La Cañada Real de Madrid es un antiguo camino pecuario —una vía reservada históricamente al paso del ganado— que hoy se conoce sobre todo por el gran asentamiento irregular que se formó sobre parte de su trazado. Atraviesa el sureste de Madrid y municipios como Coslada, Madrid y Rivas-Vaciamadrid, y se extiende a lo largo de unos 14-15 kilómetros.
En origen, esta Cañada Real de Madrid formaba para de la Cañada Real Galiana (o Riojana), una de las diez principales cañadas que formaron la red de cañadas reales utilizadas para la trashumancia en España. Eran vías protegidas por ley, con un ancho determinado, y no estaban pensadas para edificación. Desde la segunda mitad del siglo XX, y especialmente a partir de los años 60 y 70, fueron apareciendo construcciones irregulares, primero pequeñas viviendas y huertas, y después chabolas, naves, talleres e incluso edificaciones más consolidadas. Con el tiempo se convirtió en un gran asentamiento informal dividido en sectores. Hoy la Cañada Real de Madrid es conocida por las graves condiciones de vida de sus habitantes: falta de servicios básicos en algunas zonas, problemas de acceso a la electricidad y una fuerte vulnerabilidad social. También es un espacio de gran complejidad urbanística y administrativa, porque intervienen varias instituciones con competencias distintas.
La Cañada Real es importante porque resume varias realidades a la vez: historia de la trashumancia, crecimiento urbano desordenado, pobreza, exclusión social y conflicto sobre el derecho a una vivienda digna. Por eso aparece tanto en debates urbanísticos como en obras culturales y periodísticas. Y también es el epicentro de nuestra película de hoy: Ciudad sin sueño (Guillermo Galoe, 2025), un drama híbrido entre ficción y mirada documental que retrata la Cañada Real de Madrid a través de Toni (Antonio Fernández Gabarre), un adolescente gitano de 15 años, que vive con su familia de chatarreros en este entorno, el asentamiento irregular más grande de Europa, donde las noches sin electricidad y la amenaza de desalojo forman parte de la vida cotidiana. Y cuya comunidad vive entre el arraigo, la incertidumbre del derribo y la pérdida de un mundo que se desmorona. Esta obra es la ópera prima de su director en el largometraje, tras varios cortos y algún documental.
La película destaca por su tono elegíaco, su sensibilidad etnográfica y una puesta en escena cuidada que evita la pornomiseria y apuesta por la dignidad de sus personajes. La trama se articula alrededor de Toni y su relación con el abuelo (Jesús Fernández Silva), su amistad con Bilal (Bilal Sedraoui), de origen marroquí, y la elección dolorosa entre quedarse en un territorio amado o aceptar un futuro incierto fuera de la Cañada. Porque el conflicto no es solo urbanístico, sino también emocional y generacional: Toni ve cómo se deshace el mundo que conoce mientras la comunidad se enfrenta a la dispersión, al fin de una infancia compartida y a la presión de abandonar el lugar.
Ese proceso convierte a la película Ciudad sin sueño en una historia de formación, pérdida y despedida. "En todos los sitios estorbamos los gitanos" es una sentencia pronunciada por un hombre mayor en un bar. Y cuando a la familia de Toni les enseña el nuevo piso público, este ni se atreve a subir en el ascensor. “Ya tienes una habitación para ti”, le dice el funcionario que les enseña el piso, pero él lo observa sin ilusión alguna. Al decir su madre que ya ha firmado y que se va con la familia de la Cañada Real, su argumento es claro: “No tengo agua, no tengo luz, no puedo más…”; pero el abuelo se enfada y dice que los niños se quedan.
Y al final este pensamiento: "Toni debe elegir: enfrentarse a un futuro incierto o aferrarse a un mundo que está a punto de desaparecer". Y finaliza cuando Toni sale de la Cañada Real en su furgoneta con la familia en busca de una nueva vivienda, una nueva vida… mientras suena la canción de Enrique Morente y Lagartija Nick, “Ciudad sin sueño”, canción que da título a la propia película. Y resuena su letra: “No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas…”.
Es Ciudad sin sueño una película que atesora diversos premios, incluido cinco nominaciones a los Goya, del que consiguió el premio a mejor actor revelación para Antonio Fernández Gabarre, muy valorada por su naturalidad y su fuerza contenida (destacar aquí el resto del reparto no profesional, lo que contribuye al tono de verdad que sostiene la película). Uno de los rasgos más llamativos del film es la mezcla de registro social, mirada lírica y cierta deriva de western moderno, donde la Cañada Real aparece como un territorio fronterizo, casi mítico, sometido a tensiones de ocupación, vigilancia y expulsión. La película usa la oscuridad, los cortes de luz y la materialidad del espacio para construir una atmósfera muy reconocible.
También sobresale el uso de imágenes muy trabajadas desde el punto de vista visual, con travellings laterales, planos nocturnos y una fotografía que transforma la precariedad en un paisaje casi épico. Es llamativo el uso del color en algunas escenas, con rosas de Barbie, azules de Avatar, colores kitch que pintan la realidad de la pobreza y marginación, allí donde conviven personas de raza gitana e inmigrantes árabes. Varias críticas subrayan que la obra conversa con el cine social contemporáneo, pero con una personalidad formal propia, más cercana a una observación poética que a una denuncia explícita.
Una película que habla, ante todo, de la dignidad de quienes viven al margen y del derecho a permanecer en un lugar que forma parte de su identidad. Y también nos plantea que el desalojo no solo expulsa cuerpos, sino memorias, vínculos y modos de vida que no siempre encajan en la lógica urbana dominante. Otro mensaje central es el de la identidad adolescente: Toni está obligado a madurar demasiado pronto porque el desarraigo le impone decisiones para las que nadie le ha preparado. En ese sentido, la película convierte la pérdida de la casa en una metáfora de la pérdida de la infancia y de la fragilidad de cualquier pertenencia.
Sea como sea, Ciudad sin sueño evita el tono victimista y también el paternalismo; por eso funciona mejor como experiencia humana que como simple alegato. Su mayor virtud es mostrar que la Cañada Real no es solo un problema social, sino una comunidad con lazos, códigos, afectos y una memoria propia. La relación entre Toni, Bilal y el abuelo abre además una reflexión sobre el relevo generacional y sobre la posibilidad de conservar la identidad cuando el entorno desaparece. Esa tensión entre permanencia y desplazamiento da a la película una dimensión política muy clara, pero también íntima y universal.
Como obra cinematográfica, Ciudad sin sueño interesa porque integra observación social, sensibilidad poética y una fuerte conciencia del espacio. Eso la convierte en una película muy útil para pensar el cine como mirada política sin renunciar a la emoción ni a la belleza. Una ciudad sin sueño en la Cañada Real de Madrid, un lugar donde conviven algunas zonas de mayor estabilidad con otras de pobreza extrema y fuerte exclusión.

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