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sábado, 20 de julio de 2024

Cine y Pediatría (758) “El sexto hijo” y la adopción ilegal

 

La adopción ilegal (o irregular) se puede definir como el delito cometido por personas o instituciones que participan, promueve, toleran o se lucran de la adopción ilegal de un menor, lo que suele ir unido al tráfico de personas, falsificación de documentos, alteración de la identidad, secuestro o soborno. Se conoce que existe esta práctica en prácticamente todo el mundo, pero los datos estadísticos son difíciles de obtener. Es cierto que los acuerdos y la legalidad sobre la adopción (nacional e internacional) y los controles estatales sobre las empresas de adopción han reducido este problema, pero en algunas regiones del mundo sigue siendo un negocio. 

Diversas películas han abordado este problema en sus historias, algunas ya recogidas en Cine y Pediatría, como la argentina Nordeste (Juan Diego Solanas, 2005), la española La adopción (Daniela Fejerman, 2015) o la surcoreana Broker (Hirokazu Koreeda, 2022). Y hoy volvemos a tratar este tema tan particular con la película francesa El sexto hijo (Léopold Legrand, 2022), en base a una libre adaptación de la novela “Pleurer des rivières” de Alain Jaspard, y que fue nominada como mejor ópera prima en los Premios César de aquel año.
    
Dos parejas llegan a un acuerdo ilegal que pone a un ser humano recién nacido en el centro de este drama. Franck (Damien Bonnard), un chatarrero, y Meriem (Judith Chemla), su mujer, tienen cinco hijos y el sexto está en camino, y viven todos en una caravana en el extrarradio de la ciudad con problemas económicos. Julien (Benjamin Lavernhe) y Anna (Sara Giraudeau) son abogados y no pueden tener hijos. Franck y Julien coinciden como cliente y abogado en un juicio por un robo y que supone el inicio de un acuerdo imposible, pero que no será tal. Franck acaba de perder su furgoneta, que es su herramienta de trabajo, por lo que al conocer la situación familiar de su abogado, trata de ofrecerle el sexto hijo que viene en camino a cambio de un acuerdo económico. 

Julien y Anna ven como una locura esta propuesta al principio, pero al final surge la pregunta entre ellos: “¿Quieres comprar un bebé?”. Y Anna busca una forma legal a través de la adopción simple, de forma que ellos le educarían y llevaría su apellido, aunque sus padres biológicos seguirían siendo sus padres. Algo que su entorno social no lo entendería y a lo que Julien se opone, más siendo abogado y le recuerda a su esposa: “Artículo 2254: ¡Tráfico de seres humanos: 20 años de cárcel, 3 millones de multa!”. Pero la situación de Anna ha acabado siendo irrespirable tras siete años buscando familia con distintos tratamientos de reproducción asistida y cinco negaciones de adopción (tanto nacional como internacional), pues en el informe psicológico se indicaba siempre que el bebé solo sería para llenar el vacío de la infertilidad materna. Y hastiada ante ello, decide seguir ese camino pese a la negación del marido y su pregunta directa: “¿Y te parece un buen motivo para ir a la cárcel?”. Y es así que Anne se hace pasar por la hermana de Meriem en los controles obstétricos, donde comparten las primeras ecografías y primeros latidos, pero también conversaciones sobre el deseo de que el pequeño sea bautizado (aunque los nuevos padres no son creyentes). Y ello a cambio de dinero. Y a medida que se acerca el momento del parto, la propia Anne se hace pasar por embarazada ante los compañeros del bufete de abogados de su marido. Pero eso solo empeora la relación de pareja. 

Y es que el cine francés es capaz de manejar las situaciones más complicadas con especial sentido y sensibilidad, sin dramatismos o ñoñerías de telenovelas. El momento del parto con las madres en el paritorio, los padres en el coche, Lila es el nombre del nuevo ser que llega de madrugada. Y el intercambio tras salir del hospital. Unos contarán que han perdido el bebé mientras rezan un Avemaría con el resto de sus hijos, otros harán realidad su embarazo ficticio y presentaran al nuevo miembro a la familia. Pero la felicidad aparente dura poco… Todo error se paga. Y el espectador lo descubrirá con las declaraciones del juicio. 

Un buen planteamiento sobre la maternidad frustrada, interesante y que da que pensar, y que nos pone frente a esa contraposición de puntos de vista. Y lo que para algunos es un horror fundamentado en la ilegalidad, para otros puede ser un modo de mejorar la calidad de vida de un menor. Todo un debate moral y emocional. Un puzle razonable y equilibrado, en que se manejan bien los elementos emocionales, y con el mérito de saber resolver adecuadamente, sin caer en extremos sentimentales o tremendistas, y con un mérito destacado: el buen hacer de sus cuatro protagonistas. Y ese final con Anna, Meriem y Lila que cabe no descubrir. 

Es El sexto hijo una vuelta de tuerca más al tema de la adopción ilegal. Y aunque, aparentemente, el acuerdo que se podía establecer entre estas dos familias que hoy hemos conocido pudiera parecer beneficioso para ambas y, quizás también, para el nuevo recién nacido, lo cierto es que es clave la protección jurídica del menor, que pasa de ser un elemento pasivo dentro de la familia, a ser sujeto de derechos fundamentales que necesitan ser protegidos. Y es conocido que, por otra parte, la adopción ilegal y el tráfico de bebés suelen ir unidos en muchas ocasiones a los delitos de tráfico de personas, falsificación de documentos, alteración de la identidad, secuestro, soborno, abuso de menores y en ocasiones rapto, abuso sexual de menores y prostitución infantil. Y ello da igual que sea el primer hijo, el segundo… o el sexto hijo.

 

sábado, 16 de diciembre de 2023

Cine y Pediatría (727) “Canción sin nombre” por los bebés robados

 

Siempre es una alegría dar la bienvenida a una nueva filmografía en Cine y Pediatría. Y hoy esta bienvenida es para Perú, un país cuya filmografía en España y Europa es escasa y poco conocida. Y cabe recordar algunos títulos que lograron traspasar sus fronteras a través de festivales internacionales: Espejismo (Armando Robles Godoy, 1972), un estudio complejo y fascinante de la influencia de la tradición y de los recuerdos sobre el presente, así como una mirada sobre la interrelación de las clases sociales, los rituales, las tradiciones y las obsesiones sexuales; El bien esquivo (Augusto Tamayo San Román, 2001), sobre un amor imposible entre una monja y un noble español en el Perú del siglo XVII; La teta asustada (Claudia Llosa, 2009), alrededor de esa enfermedad que se transmite por la leche materna de mujeres maltratadas durante la época del terrorismo en el Perú: Retablo (Alvaro Delgado Aparicio, 2017), con esa particular relación entre un maestro retablista y su hijo adolescente, también discípulo. Y hoy recordamos una de las películas recientes de mayor éxito: Canción sin nombre (Melina León, 2019), la ópera prima de su directora. 

Una película filmada en blanco y negro, con una fotografía muy destacada de Inti Briones, cineasta peruano-chileno que vale la pena tener en mente, y que nos deja un buen número de imágenes para el recuerdo. Como también cabe destacar la música étnica que acompaña la historia, a cargo de Pauchi Sasaki, compositora, artista experimental multidisciplinaria y violinista peruana-japonesa. Comienza la película sin sonido y mostrando noticias de prensa sobre un Perú convulso a nivel político y social, con la corrupción, el paro y la violencia como telón de fondo, con referencias a Sendero Luminoso o al presidente Alan Garcia, conocido con el apodo de Caballo Loco. Un cartel nos indica que nos encontramos en el año 1988 y que la historia está inspirada en hechos reales

Es Camino sin nombre la historia de Georgina Condori (Pamesa Mendoza, en una interpretación desgarradora de esta actriz que es también antropóloga y gestora cultural) y su marido, dos jóvenes de la comunidad ayacuchana que viven en un suburbio a las afueras de Lima. Ella tiene 20 años, está embarazada de su primera hija y un día oye en la radio: “Ofrecemos la mejor atención especializada a embarazadas sin coste alguno”. Y allí acude, donde pare en una sala fría e inhóspita de un piso. Nunca llega a ver a su hija, y le comunican que se la han llevado a un hospital… aunque la reclama con gritos y llantos. Y un fundido en negro nos traslada a su triste realidad, el que será un sendero muy poco luminoso para Georgina, quien regresa cada día de su chabola a ese piso al que ya nadie contesta. Intenta denunciar, sin ningún éxito, ante la policía o la justicia, donde los pasillos, ventanillas y trámites convierten todo su esfuerzo en una cruel inoperancia. Encuadres e imágenes certeras para hacernos sentir la crueldad de sus vidas indígenas perdidas en la ciudad… mientras Georgina le canta nanas a una manta vacía. 

En medio del caos, se topa con el joven periodista limeño Pedro Campos (Tommy Párraga, en una interpretación contenida), quien toma a su cargo la investigación y emprende junto a ella la desesperada búsqueda. En el camino encuentran otras madres que fueron engañadas y a quienes robaron sus hijos tras el nacimiento con destino a la adopción internacional. Una trama en la que había implicados médicos, enfermeras, jueces y políticos. Y que finaliza con esa canción de cuna que canta Georgina: “Duerme bebita, duerme… ¿Por qué no tienes sueño? Que tu sueño sea para siempre de amor en paz”. Porque, desgraciadamente, en el mundo sigue siendo cruel la gran cantidad de nanas sin nombre que se cantan. 

Cabe señalar que en Canción de cuna la trama principal es esta investigación por el secuestro de recién nacidos, pero de la que emanan dos subtramas, quizás no fáciles de encuadrar: la relación homosexual no conclusa entre Pedro y un vecino actor, con la obra el “Zoo de cristal” de Tennessee Williams de trasfondo; y la confabulación de bandas y sus atentados en momentos convulsos para esa población empobrecida y asediada por el terrorismo. Quizás un nota de guion mejorable, pero que no debe nublar su fotografía de alto nivel (con una particular imagen en 4:3, lo que da esa sensación de estar realizando una vuelta al ayer), unas puestas en escena destacadas, buenas actuaciones, excelente dirección y una banda sonora de primer nivel. Y todo ello nos sumerge en esta historia (que incluye subtítulos ocasionales para entender el idioma indígena) y nos hace entender que la realidad es mucho más cruel que la ficción que hemos vivido. La directora Melina León, en los créditos, dedica la película a su padre, periodista, como fuente de los hechos. Para todos esos bebés robados, esta canción sin nombre… 

Y Canción de cuna se suma a todas esas películas del siglo XXI que deciden abonarse al blanco y negro para narrar su historia, y algunas ya han sido comentadas en Cine y Pediatría: la francesa Persépolis (Marjane Satrapi, Vincent Paronnaud, 2007), la alemana La cinta blanca (Michael Haneke, 2009), las mexicanas Güeros (Alonso Ruizpalacios, 2014) y Roma (Alfonso Cuarón, 2018) o la británica Belfast (Kenneth Branagh, 2021).