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sábado, 16 de diciembre de 2023

Cine y Pediatría (727) “Canción sin nombre” por los bebés robados

 

Siempre es una alegría dar la bienvenida a una nueva filmografía en Cine y Pediatría. Y hoy esta bienvenida es para Perú, un país cuya filmografía en España y Europa es escasa y poco conocida. Y cabe recordar algunos títulos que lograron traspasar sus fronteras a través de festivales internacionales: Espejismo (Armando Robles Godoy, 1972), un estudio complejo y fascinante de la influencia de la tradición y de los recuerdos sobre el presente, así como una mirada sobre la interrelación de las clases sociales, los rituales, las tradiciones y las obsesiones sexuales; El bien esquivo (Augusto Tamayo San Román, 2001), sobre un amor imposible entre una monja y un noble español en el Perú del siglo XVII; La teta asustada (Claudia Llosa, 2009), alrededor de esa enfermedad que se transmite por la leche materna de mujeres maltratadas durante la época del terrorismo en el Perú: Retablo (Alvaro Delgado Aparicio, 2017), con esa particular relación entre un maestro retablista y su hijo adolescente, también discípulo. Y hoy recordamos una de las películas recientes de mayor éxito: Canción sin nombre (Melina León, 2019), la ópera prima de su directora. 

Una película filmada en blanco y negro, con una fotografía muy destacada de Inti Briones, cineasta peruano-chileno que vale la pena tener en mente, y que nos deja un buen número de imágenes para el recuerdo. Como también cabe destacar la música étnica que acompaña la historia, a cargo de Pauchi Sasaki, compositora, artista experimental multidisciplinaria y violinista peruana-japonesa. Comienza la película sin sonido y mostrando noticias de prensa sobre un Perú convulso a nivel político y social, con la corrupción, el paro y la violencia como telón de fondo, con referencias a Sendero Luminoso o al presidente Alan Garcia, conocido con el apodo de Caballo Loco. Un cartel nos indica que nos encontramos en el año 1988 y que la historia está inspirada en hechos reales

Es Camino sin nombre la historia de Georgina Condori (Pamesa Mendoza, en una interpretación desgarradora de esta actriz que es también antropóloga y gestora cultural) y su marido, dos jóvenes de la comunidad ayacuchana que viven en un suburbio a las afueras de Lima. Ella tiene 20 años, está embarazada de su primera hija y un día oye en la radio: “Ofrecemos la mejor atención especializada a embarazadas sin coste alguno”. Y allí acude, donde pare en una sala fría e inhóspita de un piso. Nunca llega a ver a su hija, y le comunican que se la han llevado a un hospital… aunque la reclama con gritos y llantos. Y un fundido en negro nos traslada a su triste realidad, el que será un sendero muy poco luminoso para Georgina, quien regresa cada día de su chabola a ese piso al que ya nadie contesta. Intenta denunciar, sin ningún éxito, ante la policía o la justicia, donde los pasillos, ventanillas y trámites convierten todo su esfuerzo en una cruel inoperancia. Encuadres e imágenes certeras para hacernos sentir la crueldad de sus vidas indígenas perdidas en la ciudad… mientras Georgina le canta nanas a una manta vacía. 

En medio del caos, se topa con el joven periodista limeño Pedro Campos (Tommy Párraga, en una interpretación contenida), quien toma a su cargo la investigación y emprende junto a ella la desesperada búsqueda. En el camino encuentran otras madres que fueron engañadas y a quienes robaron sus hijos tras el nacimiento con destino a la adopción internacional. Una trama en la que había implicados médicos, enfermeras, jueces y políticos. Y que finaliza con esa canción de cuna que canta Georgina: “Duerme bebita, duerme… ¿Por qué no tienes sueño? Que tu sueño sea para siempre de amor en paz”. Porque, desgraciadamente, en el mundo sigue siendo cruel la gran cantidad de nanas sin nombre que se cantan. 

Cabe señalar que en Canción de cuna la trama principal es esta investigación por el secuestro de recién nacidos, pero de la que emanan dos subtramas, quizás no fáciles de encuadrar: la relación homosexual no conclusa entre Pedro y un vecino actor, con la obra el “Zoo de cristal” de Tennessee Williams de trasfondo; y la confabulación de bandas y sus atentados en momentos convulsos para esa población empobrecida y asediada por el terrorismo. Quizás un nota de guion mejorable, pero que no debe nublar su fotografía de alto nivel (con una particular imagen en 4:3, lo que da esa sensación de estar realizando una vuelta al ayer), unas puestas en escena destacadas, buenas actuaciones, excelente dirección y una banda sonora de primer nivel. Y todo ello nos sumerge en esta historia (que incluye subtítulos ocasionales para entender el idioma indígena) y nos hace entender que la realidad es mucho más cruel que la ficción que hemos vivido. La directora Melina León, en los créditos, dedica la película a su padre, periodista, como fuente de los hechos. Para todos esos bebés robados, esta canción sin nombre… 

Y Canción de cuna se suma a todas esas películas del siglo XXI que deciden abonarse al blanco y negro para narrar su historia, y algunas ya han sido comentadas en Cine y Pediatría: la francesa Persépolis (Marjane Satrapi, Vincent Paronnaud, 2007), la alemana La cinta blanca (Michael Haneke, 2009), las mexicanas Güeros (Alonso Ruizpalacios, 2014) y Roma (Alfonso Cuarón, 2018) o la británica Belfast (Kenneth Branagh, 2021).     

 

sábado, 8 de marzo de 2014

Cine y Pediatría (217). "Philomena” no deja de buscar…


Las historias reales siempre sobrecogen. Este es el caso de la última película de un icono del cine británico como Stephen Frears: Philomena (2013), basada en el libro “The lost child of Philomena”, escrito en 2009 por el periodista británico, Lee de Martin Sixsmith. Un relato fascinante sobre temas tan espinosos (y tan actuales) como el de los embarazos no deseados, los niños robados o la impunidad de instituciones intocables, un película que hace justicia a un tema especialmente delicado y a una perturbadora historia real que salpica Irlanda, a personas concretas y a instituciones como la Iglesia católica. 

Hablamos de los famosos asilos de las hermanas de la Magdalena, tema que trató en profundidad Peter Mullan en el año 2002 con su película Las hermanas de la Magdalena, esa institución que en Irlanda tuvo vigencia entre los años 1922 y 1996, lugar donde unas 30.000 mujeres (gran número adolescentes) eran internadas para trabajar en las lavanderías regentadas por las hermanas de la Misericordia porque se consideraba que habían “perdido la gracia de Dios”, encerradas sin que hubieran cometido ningún crimen, únicamente por ser víctimas de violación, por haber tenido hijos sin estar casadas, por ser consideradas en “peligro moral” o por ser huérfanas. Pero allí donde Peter Mullan puso tinta gruesa y subrayados de denuncia, es donde Stephen Frears nos muestra el trazo fino y hace que Philomena condense lo mejor de él en el séptimo arte: su firmeza como narrador, su especial sentido y sensibilidad para hacer que sus actores se conviertan en los personajes, sus planteamientos realistas impregnados siempre por oportunos gestos de buen humor, un claro compromiso con los débiles o los maltratados socialmente y un evidente buen gusto para transitar por territorios resbaladizos sin caer en excesos. Y así es como Stephen Frears vuelve a ese universo de tinieblas y moralidad retorcida para dar cuenta de la historia de una de esas niñas… y de su búsqueda.

Porque Stephen Frears es un cineasta todoterreno, capaz de abordar con igual solvencia cualquier tipo de propuesta en el arte narrativo. Se curtió en la televisión y optó por un cine intimista que retrataba al mismo tiempo los conflictos vitales de sus personajes y los de la sociedad de la época. Joyas incontestables que van desde Mi hermosa lavandería (1985) a The Queen (2006), pasando por Los timadores (1990), Café Irlandés (1993), La camioneta (1996), y, cómo no, por su joya de la corona: Las amistades peligrosas (1988). Y ahora nos regala Philomena.

Philomena (magistral, como casi siempre, Judi Dench, y más cómica de lo habitual) es la historia de una mujer irlandesa que se vio obligada a ingresar a los 14 años en un asilo de las hermanas de la Magdalena. Allí dio a luz a su hijo, fruto de una relación de una noche con un chico al que no conocía (pero del que guarda un recuerdo agradable), y allí su hijo fue dado en adopción a un matrimonio de Estados Unidos. Cincuenta años de silencio después, la protagonista quiere encontrarlo, y para ello cuenta con un periodista de la BBC (que llegó a ser director de comunicaciones del gobierno de Toni Blair) que acaba interesándose por los hechos. Este periodista es el propio Martin Sixmith (Steve Coogan, habitual en papeles cómicos, pero que aquí se implica no sólo como actor ponderado, sino como guionista y productor de la película), autor del libro en el que se basa la película. Y esa relación entre Philomena (entrañable y charlatana anciana, cristiana ejemplar con el don del perdón) y Martin Sixmith (periodista huraño, cínico y de vuelta de todo, quien observa la realidad desde una atalaya de desencanto incurable), entre Judi Dench y Steve Coogan, es lo que les hace, no sólo una de las parejas cinematográficas del año, sino una de las claves del éxito.
Éxito que no sería lo que es sin el pulso narrador de Stephen Frears, quien maneja con inteligencia y firmeza un guión preciso y austero, repleto de giros sorprendentes apoyando sigilosamente el gran trabajo de sus actores, manejando el ritmo y la puesta en escena sin subrayados ni grandilocuencias, haciendo justicia a un tema especialmente delicado.

Philomena aspiraba este año a cuatro Oscar (película, guión adaptado, actriz y banda sonora), pero no ha conseguido ninguno. Aún así, nos deja otros premios, como el premio de ese sentimiento permanente de búsqueda de toda madre por su hijo, ese vínculo invisible que nunca desaparece y que ya hemos tratado en Cine y Pediatría en otras ocasiones. Y esta película nos recuerda que innumerables madres e hijos fueron separados en Irlanda y muchos de ellos todavía siguen buscándose hoy en día. Y es así como Stephen Frears nos presenta a Philomena, una mujer con sabiduría natural, incapaz de emanar sentimientos de odio o de venganza cuando hubiera tenido motivos más que suficientes para llevarlos a cabo. Y su heroica búsqueda y el valor de contar su historia (en el libro y en la película) permitirán proporcionar consuelo a todos aquellos que han sufrido un destino similar.

El primer ministro de Irlanda, Enda Kenny, ha pedido perdón en nombre del Estado, el Gobierno y su ciudadanía: "Las lavanderías son una vergüenza para la nación. Desde cualquier punto de vista era una Irlanda cruel, despiadada, claramente carente de misericordia". Mientras llega el perdón, Philomena y cientos de madres (en Irlanda y fuera de Irlanda) siguen buscando a sus hijos, ese lazo inquebrantable…