sábado, 8 de agosto de 2020

Cine y Pediatría (552). “Magnolia” nos deja el aroma de las secuelas por una paternidad con malos tratos



Se denomina como película coral (en referencia a la música del coro) a ese tipo de cine en el que se presentan varias historias y personajes cuya conexión tiene lugar en el clímax de la obra. Y podemos recordar varias películas que entrarían en este subgénero: Plácido (Luis García Berlanga, 1961), Caídos del cielo (Francisco J. Lombardi, 1990), Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994), Airbag (Juanma Bajo Ulloa, 1997), Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, Kátia Lund, 2002),  Crash (Paul Haggis, 2005), Los tres entierros de Melquiades Estrada (Tommy Lee Jones, 2005), Truco o trato: Terror en Halloween (Michael Dougherty, 2007). Ahora bien, en este capítulo tiene un lugar destacado “la trilogía de la muerte” de Alejandro González Iñárritu, con Amores perros (1999), 21 gramos (2003) y Babel (2005). Pero parece que hay cierta unanimidad en que fue la película Short Cuts: Vidas cruzadas (1993) una de las más importantes en este género y que creó escuela cuando el (quizás sobrevalorado) Robert Altman nos dejó esta obra en la que enlaza la acción de 22 personajes, en paralelo o con encuentros casuales. 

Pero a Robert Altman le salió un digno sucesor que superó al maestro y cuya figura cabe destacar: la del guionista, director y productor californiano, Paul Thomas Anderson. Considerado un niño prodigio, con menos de 30 años nos dejó dos obras del calado de la excelente comedia dramática ambientada en el mundo del cine pornográfico de los 70, Boogie Nights (1997), y tan solo dos años después, la obra maestra dentro de las películas corales que hoy nos convoca: Magnolia. 

Es Magnolia una película especial y por varios motivos: por su inusual formato de 188 minutos, pero que gracias a su gran ritmo y mejor guión, es capaz de domar el tiempo; por su estructura en tres partes, como toda obra teatral, para hablarnos del azar, con su breve y llamativa introducción, su largo nudo y su especial desenlace, con uno de los finales más rompedores de la historia del cine; y por la fusión de música y cine, de forma que algunas canciones se convierten en un protagonista más, de la mano especial de esta cantante de Virgina por reivindicar llamada Aimee Mann, quien acapara la BSO (salvo alguna canción de Supertramp y algún otro autor). Porque Magnolia es para algunos entendidos una de las más bellas, profundas, enigmáticas, singulares y poderosas películas norteamericanas en muchas décadas. 

Como un buen genio y un buen artesano del séptimo arte, Paul Thomas Anderson entrelaza nueve historias para conformar un film coral en el que todo encaja a la perfección. Con una intensa puesta en escena y una serie de ingeniosos recursos narrativos, Anderson reflexiona durante casi tres horas sobre el carácter azaroso de la paternidad, sobre el daño de una paternidad mal entendida y los malos tratos que se pueden producir, sobre cómo establecemos raíces sobre sucesos producto de la casualidad y la contingencia inherente a la existencia. Y como el perdón se conforma y confirma como una salida redentora. Y todo ello a través de su introducción, nudo y desenlace. 

Introducción (o prólogo). Deslumbrante, breve y desconcertante. Tres historias sobre el azar y la casualidad, tres historias reales protagonizadas por la fatalidad y los caprichos del destino. Nada tiene que ver con el resto de la película, pero esta metaficción no es una referencia gratuita en esta descomunal y obscena demostración de cine a la que nos enfrentaremos. A modo de cierre del prólogo, la voz del narrador concluye: “Esto no fue solo una cuestión de azar. No. Estas cosas extrañas suceden a todas horas”. 

Nudo. Contundente y eficaz presentación de los nueve personajes principales (y alguno más), de diversos extractos sociales y niveles culturales, que viven, trabajan o sobreviven en la ciudad de Los Ángeles, allí donde construye este monumental fresco sobre el perdón y la superación de los traumas de la infancia o desde la infancia. Y lo hace con un reparto vertiginoso e interpretaciones magníficas, donde el director saca lo mejor de cada uno de ellos, algunos ya sus actores fetiche. 

Frank T.J. Mackey (Tom Cruise, en un papel como pocos en su carrera) interpreta a un joven charlatán machista que transmite su fama y éxito por conferencias y programas televisivos. Earl Partridge (Jason Robards), un anciano encamado en los últimos momentos de enfermedad, y quien está al cuidado de su enfermero Phil Parma (Philip Seymour Hoffman), mientras su pareja Linda Partridge (Julianne Moore) sale a conseguir medicamentos para combatir su angustia por no haberle sido fiel en vida a su anciano marido. Jimmy Gator (Philip Baker Hall), un presentador de un programa televisivo que acarrea problemas de salud y dificultades dentro de su familia, especialmente con su hija deprimida y ya drogadicta, Claudia Wilson Gator (Melora Walters). Jim Kurring (John C. Reilly), el oficial de policía en busca del amor y de ser mejor persona. Donnie Smith (William H. Macy), un ex niño prodigio y que ahora es un fracasado don nadie en banca rota y enamorado en secreto de otro hombre. Y, por último, Stanley Spector (Jeremy Blackman), el niño prodigio que su padre utiliza para los concursos de televisión. 

Y las vidas de estos personajes se cruzan y entremezclan, con un punto en común: el perdón por una paternidad que ha dejado en sus hijos el aroma de las secuelas que conllevan los diferentes tipos de malos tratos. Earl Partridge busca el perdón de su hijo Frank T.J. Mackey, a quien abandonó en su infancia y le sometió a hacerse cargo de su madre enferma. Jimmy Gator busca el perdón de una hija Claudia Wilson Gatos, temerosa y despechada por supuestos abusos de su padre en la infancia. Donnie Smith reconoce que sus padres le utilizaron y se quedaron con todo el dinero que ganó cuando era un niño prodigio. Y algo parecido le ocurre ahora a Stanley Spector, quien llega a decir a su padre: “Papá, debes portarte bien conmigo”. Y la película llega al final para volver al principio con esta reflexión: “Dejamos el pasado atrás, pero el pasado no nos deja”. Porque todos ellos viven sumidos en una pequeña tragedia personal, pues, ya sea por un excesivamente infausto o excesivamente brillante pasado, viven un presente desolador. 

Desenlace. Con una película de esta magnitud, es posible que Anderson se crea Dios. Y de ahí la catarsis anfibia y bíblica con la que concluye la película, ese final que nos desconcierta a todos. La lluvia de ranas guarda una estrecha relación con la Biblia, pues en el Éxodo 8.2 se dice “Así lo hizo Aaron, y salieron tantas ranas que cubrieron todo el país de Egipto”. Sin embargo, la intención del director no era en ningún momento la de darle este significado, pues él mismo reconoció desconocer ese pasaje del texto, pero una vez que fue consciente de ello supo sacarle partido. Porque el número 82 está sutilmente insertado en varios momentos del film: en un avión de extinción de incendios, un reloj que indica las 8:20, o, la más relacionada con este hecho, la predicción meteorológica que indica un 82% de probabilidades de lluvia. De nuevo el azar parece que no es tal. Porque aunque Magnolia parezca un film sobre el azar y sus circunstancias, no lo es: Anderson, como Voltaire, piensa que el azar es una palabra vacía de sentido, porque nada puede existir sin causa. Ninguno de los personajes eligió tener una vida tan desdichada, y, sin embargo, se ha visto envuelto en una situación tan calamitosa que parece no encontrar salida. Y de pronto, miles de ranas cayendo del cielo sirven de punto final para todas estas historias a la vez. 

A cada flor se le suele atribuir un significado especial. Incluso diferentes culturas tienen diferentes significados de flores a una flor específica. Algo así ocurre con la flor de la magnolia, que crece en árboles de hoja perenne y hasta de hoja caduca. Las magnolias producen diferentes flores de color dependiendo de la variedad y estas flores no tienen pétalos o sépalos como otras flores, tienen tépalos. Las flores están disponibles en una variedad de colores y cada color conduce a un significado diferente: las flores blancas indican pureza y perfección, las rosas significan juventud e inocencia, las verdes tienen el mismo significado de la alegría y también salud y suerte, las púrpura ayudan en la consecución de los deseos de suerte y salud. La magnolia, incluso, es la flor oficial del estado de Misisipi y Luisiana, y el primero se ha ganado el apodo de “Estado Magnolia ‘debido a las abundantes floraciones de esta flor. Básicamente, la flor de magnolia se asocia con la belleza y la perseverancia, con la nobleza y la dignidad. Posiblemente la belleza, perseverancia, nobleza y dignidad que buscan los nueve protagonistas de la película Magnolia. 

Y tres temas claves de Aimée Mann nos llenan y rellenan de sentido con este tercer personaje invisible - y, como aquí, a veces tan visible -, llamado música: el “One” arrancando a toda potencia, con el primer momento magistral de la película, como es la presentación de todos y cada uno de los personajes principales; superado la mitad de metraje su tema principal, “Wise Up” donde cada uno de nuestros ya conocidos protagonistas susurran la canción y se dan la orden de espabilarse ante los acontecimientos de su vida; y al final, “Save Me”, con un título premonitorio que nos aboca a los títulos de crédito, porque todos debemos salvarnos de nuestro pasado si no lo hemos cuidado. 

Porque si los padres no cuidan la infancia de sus hijos, la flor de la magnolia, la flor de su vida, se marchitará en el futuro.


miércoles, 5 de agosto de 2020

Consenso nacional sobre diagnóstico, estabilización y tratamiento del Síndrome Inflamatorio Multisistémico Pediátrico vinculado a SARS-CoV-2



Compartimos un documento español de consenso pediátrico sobre el Síndrome Inflamatorio Multisistémico Pediátrico vinculado a SARS-CoV-2, gracias a la participación de seis sociedades científicas de la AEP: Sociedad Española de Cardiología Pediátrica y Cardiopatías Congénitas (SECPCC), Sociedad Española de Cuidados Intensivos Pediátricos (SECIP), Sociedad Española de Infectología Pediátrica (SEIP), Sociedad Española de Pediatría Hospitalaria (SEPHO), Sociedad Española de Reumatología pediátrica (SERPE), Sociedad Española de Urgencias de Pediatría (SEUP). El documento, de 42 páginas, reúne la seriedad que atesora el trabajo de 17 especialistas, coordinados por dos buenos amigos y mejores pediatras, bregados en esta enfermedad, los Dres. Alberto García-Salido y Alfredo Tagarro García. 

Ya es conocido, tras más de 7 meses de evolución de la enfermedad COVID-19, que esa es menos frecuente y menos grave en la infancia y adolescencia. En España los pacientes pediátricos menores de 15 años han supuesto un 0,4% de los ingresados, un 0,7% de los ingresados en cuidados intensivos y un 0,15 por mil de los fallecidos. Sin embargo, en mayo de 2020, tras la llegada del brote a países occidentales, se describe que algunos niños desarrollan un síndrome inflamatorio sistémico de expresividad variable. El síndrome muestra rasgos clínicos y analíticos similares a los observados en la enfermedad de Kawasaki (EK), el síndrome de shock tóxico (SST) o síndromes de activación macrofágica (SAM). Este cuadro puede evolucionar de forma grave, incluye en ocasiones miocarditis y shock cardiogénico, y precisa a menudo ingreso en cuidados intensivos pediátricos. 

Varios organismos oficiales como los Centros para el Control de Enfermedades de EEUU (CDC), la OMS, o el Colegio Real de Pediatría de Reino Unido (RCPCH) han intentado definir las características generales de este proceso, pero no se ha llegado aún a un consenso en cuanto a la definición de caso y manejo clínico. Este nuevo síndrome resulta coincidente en el tiempo con la pandemia de SARS-CoV-2 y en la mayoría de las ocasiones se asocia con infección activa o reciente con este virus. A pesar de esto, aún no está clara la relación etiológica, pues la mayoría de los pacientes presentan serología IgG positiva y aumento de biomarcadores de inflamación lo que sugiere una disregulación inmunitaria desencadenada por SARS-CoV-2 más que un efecto patogénico directo. De este modo, se han propuesto como nomenclaturas Síndrome Inflamatorio Multi-sistémico Pediátrico Temporalmente asociado al SARS-CoV-2 (PIMS-TS) y Síndrome Inflamatorio Multi-sistémico en Niños asociado al SARS-CoV-2 (MISC-C). En este consenso se ha decidido utilizar la denominación Síndrome Inflamatorio Multisistémico Pediátrico vinculado a SARS-CoV-2 (SIM-PedS). 

La enfermedad por SARS-CoV-2 y por extensión el SIM-PedS son condiciones a menudo complejas y multiorgánicas. Tal como ha ocurrido en la población adulta, los pacientes pediátricos se beneficiarán de un abordaje multidisciplinar y coordinado por parte de pediatras de diferentes subespecialidades. En este documento se desarrolla y describe un protocolo de actuación consensuado para este tipo de pacientes. Se aborda desde un enfoque multidisciplinar, con la colaboración de varios especialistas pediátricos designados por las sociedades científicas pertinentes, y se basa en la mejor evidencia disponible en el momento de su redacción. 

 Os dejamos abajo el documento para su lectura y estudio. Y con un mensaje esencial a la población: aún en la situación más grave conocida en la infancia de la infección por SARS-CoV-2, la Pediatría tiene bien establecidas las pautas de actuación.

lunes, 3 de agosto de 2020

Doce hombres sin piedad, COVID-19, mascarillas y la duda razonable



El pasado 21 de julio, la cadena 2 de Televisión Española emitió de forma consecutiva las dos versiones escénicas más conocidas de la novela “Twelve Angry Man”, publicada en el año 1954 por Reginald Rose: la película estadounidense de Sidney Lumet y la obra teatral española de Estudio 1. 

El drama representa un jurado obligado a considerar un juicio por homicidio. Al principio toman una decisión casi unánime de culpabilidad, con un único disidente de "no culpable", que a lo largo de la obra siembra la semilla de la duda razonable. Este jurado son 12 hombres (y podemos entender que esta obra no se hubiera podido llevar a cabo hoy por considerarse políticamente incorrecta) que a lo largo de sus deliberaciones no se llaman por su propio nombre, sino por el número adjudicado: jurado nº 1 (entrenador de fútbol), nº 2 (empleado bancario), nº 3 (transportista de oficio), nº 4 (corredor de bolsa), nº 5 (desempleado), nº 6 (pintor obrero), nº 7 (vendedor de productos varios), nº 8 (profesional de la construcción), nº 9 (jubilado), nº 10 (comerciante), nº 11 (relojero) y nº 12 (publicista). El disidente es el jurado número 8. 

Fue en el año 1957 cuando el director Sidney Lumet nos regaló la versión esencial de esta obra, con título homónimo y con un elenco de actores de Hollywood encabezado por Henry Fonda como el jurado número 8. Fue cuarenta años después cuando surgió una nueva versión cinematográfica dirigida por William Friedkin e interpretada por Jack Lemon en el papel principal. Entre medias, en el año 1973, Televisión Española hizo una adaptación teatral dirigida por Gustavo Pérez Puig para el programa Estudio 1 con un elenco de actores que nos habla de un brillante pasado actoral en nuestro país. Ya ninguno está con nosotros, pero este era el corolario de actores que marcaron una época: jurado nº 1 (Jesús Puente), nº 2 (Pedro Osinaga), nº 3 (José Bódalo), nº 4 (Luis Prendes), nº 5 (Manuel Alexandre), nº 6 (Antonio Casal), nº 7 (Sancho Gracia), nº 8 (José María Rodero), nº 9 (Carlos Lemos), nº 10 (Ismael Merlo), nº 11 (Fernando Delgado) y nº 12 (Rafael Alonso). 

Pues bien, en la época que nos encontramos, poder ver de seguido la versión cinematográfica de Lumet y la teatral de Pérez Puig, me hizo reflexionar sobre la presunción de inocencia y la duda razonable. Y aplicarlo a la crisis sanitaria, social y económica que estamos viviendo en los últimos meses. Pues los hechos parecen claros, al menos en apariencia, pocos dudan de ello: el nuevo coronavirus denominado como SARS-Cov-2 se ha extendido de Wuham al mundo originando una pandemia conocida como COVID-19. Una pandemia que a fecha de hoy, 3 de agosto, tiene las siguientes cifras en el mundo: 18,1 millones de casos, 6 millones de casos activos y 690.000 muertes. Una pandemia con más dudas que respuestas, pero que la mayoría de explicaciones políticas y ecos periodísticos hace que al jurado popular le marque el camino para explicarle que el inicio de la pandemia tuvo malas consecuencias por lo desconocido de la enfermedad y los rebrotes actuales ocurren como consecuencia de que no se siguen las normas marcadas de prevención por la ciudadanía.

Veamos lo que haría un jurado número 8 al no dar por anulada la duda razonable. Revisemos los datos. A fecha de hoy, y con los datos oficiales, siete países acumulan el 52% de los casos de COVID-19 diagnosticados hasta la fecha (9,3 millones), el 63% de los casos activos (3,8 millones) y el 68% de las muertes (450.000). Estos siete países son Estados Unidos, Brasil, México, Reino Unido, Italia, España y Rusia. Hagamos un acto de reflexión por qué ha pasado esto en estos países y no en otros: tenemos la hemeroteca para saber los pasos dados por cada uno de los líderes políticos de estos países, muchos de los cuales se mofaron del virus, de la enfermedad, de su pueblo y de la salud de sus ciudadanos. En esta estadística oficial cabe decir que a España aún le contabilizan unos 28.500 fallecimientos, no los ya más de 45.000 que han salido a la luz.  En estos datos no incluyo los dos países más poblados del planeta, India (con 1,7 millones de casos de COVID-19, 570.000 activos y 38.000 fallecimientos) y China (cuyos datos no reproduzco, pues no cabe ser partícipe de las tomaduras de pelo). 

Frente a estos países que son un mal ejemplo ante la COVID-19, existen muchos otros donde se han hecho bien los deberes y donde sus ciudadanos no han sufrido ni la gravedad de la enfermedad ni la severidad del confinamiento ni medidas de control de la enfermedad a destiempo. Y en este capítulo, “Spain is different”, desgraciadamente diferente. Hay quien por ideologías no beneficiosas a la lucidez mental se siguen aferrando contra lo que ya nadie duda: que nuestro país atesora los peores datos en la gestión de la crisis sanitaria  y en la crisis económica que se deviene.  

Y ante una enfermedad como la COVID-19 con dudas en el valor y uso de las pruebas diagnósticas (y muchas, aunque sigamos entonando el canto de sirenas de test para todos) y sin tratamientos de mostrada eficacia y seguridad (que en algún caso han provocado más daño que beneficio, y a la vuelta de la esquina está la asociación hidroxicloroquina + azitromicina), está claro que la prevención es clave. Y nadie duda del valor del distanciamiento social y el lavado de manos, algo que es más antiguo que la tana y que forma parte de la necesidad de la concienciación individual, de la responsabilidad y la interiorización de las medidas preventivas donde la ciudadanía ha sido un ejemplo. Porque la ciudadanía (con los niños y adolescentes a la cabeza) han sido un ejemplo de comportamiento (algo que pocos dirían de los políticos) en los primeros meses y ahora, por mucho que la prensa sensacionalista, amarillista y del pánico siga insistiendo en que los españoles somos unos cabezalocas y así nos va. Pues no es así…, lo queramos o no, los peores datos de nuestro país siguen dándose en aquellas Comunidades Autónomas que peor están llevando su política sanitaria, donde el apoyo a la Atención Primaria y el papel de los rastreadores es clave. 

Y algo que merece una duda razonable, un jurado número 8, es el tema de la mascarilla. La hemeroteca tiene suficientes datos para confirmar lo incoherente de las recomendaciones del uso de la mascarilla en estos meses (desde la OMS a las instrucciones de Ministerios de Sanidad y Consejerías). Un uso que ha sido condicionado más por las existencias, que por la propia tasa de infección y enfermedad en la población: cuando estuvimos en la cima de casos, hospitalizaciones por COVID-19 y colapso sanitario, todos conocimos la escasez de EPIs y cuáles fueron las recomendaciones del uso de la mascarilla. Sin embargo, ahora estamos sometidos a ella, pues de pronto todo ha cambiado y la mejor respuesta a la pandemia parece ahora que es el uso obligatorio de la mascarilla en todo lugar y momento. 

Recordemos que la prevención que se le asume en su uso habitual a una mascarilla quirúrgica van asociadas a las medidas de asepsia y antisepsia que rodean un quirófano y con una mascarilla de un solo uso que se cambia en el momento que se mancha o simplemente se toca indebidamente. Ahora revisemos nuestras mascarillas: cómo las ponemos, cómo las quitamos, dónde las guardamos, y cuánto tiempo las usamos. Desde luego, quizás pensemos que mejor algo que nada, pero esta respuesta ahonda en el fracaso de las medidas que han llevado a España a ser el país del mundo desarrollado que más daño ha causado con su política ante la pandemia, en salud (muertes) y en economía (desempleo). Además, los actuales rebrotes de PCR positivas ocurren principalmente en entornos de familias y de ocio nocturno, donde difícilmente el uso de mascarilla sea una solución. 

Curiosamente países con mejor política y resultados solo la recomiendan en el transporte público y espacios cerrados (como nosotros en los meses de mayor gravedad en nuestro país), y Noruega, Suecia o Dinamarca no recomiendan el uso de mascarillas de forma generalizada entre su población, sino que promueven otras medidas principalmente, como las de distanciamiento social. Y posiblemente muchos piensen así: que hay un uso racional de la mascarilla y un uso menos racional. Pero ahora tenemos una fortísima razón moral para utilizar la mascarilla siempre y en todo lugar: la vergüenza. La vergüenza a que nos afeen la actitud por la calle cuando no la llevamos, aunque mantengamos el distanciamiento social y la usamos en lugares cerrados (como lo hacíamos en los meses previos, cuando las UCIs estaban llenas). Más que el temor por las posibles multas que se comentan, lo peor es que estamos generado una sociedad con una especie de autoritarismo dictatorial que ha convertido a muchos ciudadanos en auténticos lobos (‘Homo homini lupus’) contra sus convecinos. Y los altercados familiares y sociales no han hecho más que empezar. Con las amenazas y con las multas, con el pánico y con los nuevos confinamientos drásticos, se transforma un problema de salud pública en otro de orden público, como ya se viene debatiendo por diversos autores. 

Por supuesto, nada justifica el uso de la mascarilla al aire libre y en solitario, como se ha impuesto en España. Llevar mascarillas en todo momento y lugar es un disparate que “castiga” a la población como forma de “reparación” de los errores y fallos de las autoridades (a la cabeza nuestro Ministro de Sanidad y sus muchos asesores), sus expertos (que no existían y nos mintieron… pero no pasa nada) y sus generales (de la policía y el ejército). No se puede intentar tapar la inoperancia, ineptitud y negligencia política inicial ante la COVID-19 con la severidad frente a la población actualmente. 

No se debe intentar acallar la responsabilidad política derivando la potencial culpa y responsabilidad a la ciudadanía. La ciudadanía española, como la de la mayoría de los países, han sido ejemplares (tontos los hay en todas partes, también en las carreteras, y no por ello dejamos de conducir o llevamos el cinturón de seguridad al salir del coche). Los políticos y la política sanitaria han sido lamentables en nuestro entorno. Y querer taparnos la boca con una mascarilla para que nos enfrentemos entre nosotros por la COVIDofobia reinante, es una mala arte. La medicina es una ciencia que se basa en datos contrastados, donde suenan mal actitudes de “parada de burro y arrancada de caballo”. 

Quien me conoce, y ya son unos cuantos post en este blog en relación con la COVID-19, sabe que nada tengo que ver con facciones negacionistas del virus ni grupos conspiranoicos, pues contra ellos ya he argumentado largo y tendido. Pero no puede ser lo mismo cuatro que cuarenta. Y cabe dejar claro que: 
- Los políticos son los verdaderos responsables de actuar tarde, mal y nunca. Con contradicciones y a destiempo en el inicio de la pandemia y con resultados desastrosos para la salud de nuestro país primero y para la salud económica, después. 
- La ciudadanía ha tenido y tiene una actitud ejemplar. Y no se merece que se la someta a un enfrentamiento disuasorio y de distracción entre ellos por una medida preventiva que no tiene demostrada su eficacia: el uso universal de la mascarilla. Sí al distanciamiento social, al lavado de manos y al uso de mascarillas en el transporte público, lugares cerrados y cuando no sea posible el distanciamiento social. Y quien quiera llevarla siempre, todo el respeto. 
- En ambos casos hay excepciones, políticos que hacen bien su labor y ciudadanos que no colaboran en el bien común. Pero no podemos pagar justos por pecadores. 

Actualmente el que piensa que el uso universal de la mascarilla no es necesario, puede tener la decisión casi unánime de culpabilidad por el jurado popular. Pero siempre habrá algún jurado número 8 (o varios, o muchos) que siembre la semilla de la duda razonable y defienda la presunción de inocencia. Y cabe recordar que al final Henry Fonda (en la película) y José María Rodero (en la obra teatral) consiguieron revertir lo que parecía una realidad incuestionable. 

Nos espera un otoño-invierno clave donde será muy importante combinar con calma y coherencia lo mejor de la medicina, salud pública, pedagogía, solidaridad y tolerancia…y el buen hacer de nuestros dirigentes. Y en ese camino la ciudadanía tiene que tener claro que no se juega con ella y su credibilidad. El miedo como recurso solo genera miedo, enfermedad y pobreza.