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sábado, 18 de julio de 2026

Cine y Pediatría (862) “Los Tenenbaums. Una familia de genios”, pero totalmente desestructurada

 

Wes Anderson es uno de los directores de cine estadounidenses contemporáneos más singulares, con una filmografía muy particular y muy reconocible, con estos rasgos: simetría y encuadres frontales muy marcados, con composiciones casi pictóricas; paletas cromáticas muy controladas, a menudo con colores pastel o tonos cuidadosamente equilibrados; uso muy visible de decorados, vestuario y utilería como parte esencial del relato; narración coral, con repartos amplios y muchos personajes secundarios memorables; movimientos de cámara y coreografías muy calculadas, con travellings y planos largos que refuerzan el orden visual , y un humor seco, nostalgia y una sensibilidad emocional que suele esconderse bajo una apariencia fría o geométrica. 

Sirva como ejemplo de todo lo anterior algunas de sus películas más icónicas como Academia Rushmore (1998), Life Aquatic (2004), Fantástico Sr. Fox (2009), Moonrise Kingdom (2012), El Gran Hotel Budapest (2014), Isla de perros (2018) y, muy especialmente, Los Tenenbaums. Una familia de genios (2001). Y es que esta última película, de la que estamos celebrando las bodas de plata de su estreno, sigue divirtiendo y sorprendiendo.  

Los Tenenbaums. Una familia de genios es una tragicomedia que explora la culpa, las segundas oportunidades de esos niños prodigio y la posibilidad de recuperar los viejos vínculos, y ello con el particular universo visual, musical y narrativo de Wes Anderson. El guion, coescrito por el director junto a su amigo de la infancia Owen Wilson, estuvo nominado al Oscar al mejor guion original. 

La película está construida narrativamente como si fuera la adaptación cinematográfica de un libro de biblioteca. Cada salto importante en la trama está marcado de forma literaria mediante pantallas fijas que muestran las páginas de un libro real impreso. La historia cuenta con un narrador omnisciente con voz en off (en su versión original interpretado por el actor Alec Baldwin). Y se organiza estructuralmente en las tres partes habituales de la estructura narrativa clásica: introducción, nudo y desenlace. 

- Introducción: el prólogo donde se nos presentan los genios de la familia. 
El narrador presenta a los tres hermanos Tenenbaum durante su infancia, destacando que todos eran prodigios: Chas (Ben Stiller), un genio de las finanzas; Margot (Gwyneth Paltrow), una aclamada dramaturga; y Richie (Luke Wilson), campeón de tenis juvenil. Sin embargo, esta brillantez se desvanece abruptamente debido a dos décadas de decepciones causadas por el abandono de su padre, Royal (Gene Hackman), a su madre Etheline (Angelica Huston). 

- Nudo: el reencuentro y las mentiras, que se nos presenta de los capítulos 1 al 8
Veinte años después, la familia vive distanciada y sumida en el fracaso emocional. El padre de la familia, se queda sin dinero y decide volver a su casa. Para ganarse el amor de sus hijos y recuperar a su esposa - que planea casarse con su contable, Henry (Danny Glover) -, finge tener una enfermedad terminal. Durante este tiempo, todos vuelven a vivir bajo el mismo techo, lo que provoca la explosión de sus problemas, depresiones y secretos. 

- Desenlace.la catarsis y la reconciliación. 
El engaño del padre finalmente se descubre, lo que provoca una crisis familiar temporal. A pesar del enojo, este evento actúa como una purga emocional y les permite sacar a la luz las heridas del pasado- En esta última parte, cada miembro de la familia comienza a sanar: Royal reconoce el daño que causó, se aleja para que su exmujer sea feliz, y los hermanos encuentran la manera de seguir adelante con sus vidas de forma más equilibrada. 

Aparte del núcleo familiar de los Tenenbaum, existen otros personajes que se cruzan en su universo: Eli Cash (Owen Wilson), el vecino de la infancia y mejor amigo de Richie, escritor adicto a las drogas que busca desesperadamente ser aceptado como un miembro legítimo de la familia Tenenbaum; Raleigh St. Clair (Bill Murray), un neurólogo e intelectual extremadamente apático que está casado con Margot y que se pasa sus días estudiando el comportamiento de un joven sujeto de pruebas llamado Dudley; o Pagoda (Kumar Pallana), el leal mayordomo e intermediario de la casa, quien, a pesar de trabajar con Etheline, mantiene una extraña alianza de espionaje y amistad secreta con Royal. 

Señalar que el director de fotografía, Robert D. Yeoman, trabajó codo a codo con Anderson para asentar las bases del universo estético del director. Y donde destaca la uniformidad de los personajes, pues los tres genios hermanos visten exactamente la misma ropa durante casi toda la película (Chas con su chándal rojo de Adidas, Margot con su abrigo de piel y Richie con sus gafas y cinta de tenis) como si fueran dibujos animados o juguetes estáticos. 

Y si importante es la fotografía, qué decir del uso exquisito que Wes Anderson hace siempre de la música, en este caso combinando composiciones clásicas de Mark Mothersbaugh con canciones icónicas de la cultura pop de los años 60 y 70, del folk melancólico al punk rock, pasando por el pop más clásico, con temas como temas de Nico (“These Days”), Elliott Smith (“Needle in the Hay”), Paul Simon ("Me and Julio Down by the Schoolyard"), The Velvet Underground ("Stephanie Says"), Ramones ("Judy Is a Punk"), Bob Dylan ("Wigwam"), The Clash ("Police & Thieves"), Van Morrison ("Everyone") o The Rolling Stones ("Ruby Tuesday" y "She Smiled Sweetly"). Porque Wes Anderson es un ejemplo claro de fusión de lo sonoro y lo visual. 

Pero aparte de la estética, Los Tenenbaums. Una familia de genios también deja una mezcla poderosa de emociones y transmite varios mensajes sobre la infancia perdida, la fragilidad del éxito y la posibilidad (imperfecta) de redención familiar. Quizás el más importante es que la infancia no superada marca la vida adulta: los hijos prodigio siguen anclados en sus roles infantiles, incapaces de madurar plenamente por heridas emocionales tempranas. Y eso porque el éxito no garantiza la felicidad: el talento y la fama de los Tenenbaum no impiden sus fracasos personales y vacío afectivo. Y es que pocos dudan que la familia es nuestro ecosistema clave como fuente de daño y salvación: aquí la figura del padre ausente/egoísta es responsable de muchas fracturas, aunque su (cuestionable) intento de redención abre la puerta a la reconciliación, aunque imperfecta. 

Los Tenenbaums ofrece una lección doble: muestra lo destructivo que puede ser el abandono emocional y, al mismo tiempo, sugiere que la redención y el afecto son posibles aunque nunca completos ni perfectos. La película celebra la imperfección humana con ternura y mirada crítica.

 

sábado, 4 de julio de 2026

Cine y Pediatría (860) “El Hotel New Hampshire” y la familia en construcción

 

John Irving es un escritor que sigue transportado su estilo decimonónico ya durante medio siglo, regalándonos tramas complejas y un enfoque en el azar que altera vidas. Sus personajes son dickesianos y donde incluye temas que han sido importantes en su devenir como persona y literato, como Nueva Inglaterra, Austria, los osos, la ausencia paterna, la lucha libre, la sexualidad no ortodoxa (incesto, transexualismo, violación, prostitución) y las muertes accidentales. Además, es uno de esos novelistas que mantiene con el mundo del cine una relación estrecha, compleja y a veces problemática, que oscila entre el éxito de las adaptaciones de sus novelas, su trabajo directo como guionista y su crítica a la forma en que Hollywood traduce su literatura. 

Es así que de sus 16 novelas escritas hasta la fecha, cinco han sido llevadas a la gran pantalla, tal como recordamos en un post de hace muchos años, cuando destacamos dos de estas adaptaciones: El inolvidable Simon Birch (Mark Steven Johnson, 1998), basada en la novela “Oración por Owen”, emotiva historia de amistad entre Simon Birch (Ian Mitchel Smith), un niño afecto de enanismo por síndrome de Morquio, y Joe (Joseph Mazzello); y Las normas de la casa de la sidra (Lasse Hallström, 1999), basada en la novela “Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra”, esa especial relación entre Homer Wells (Tobey Maguire), quien ha vivido durante toda su vida entre las paredes del aislado orfanato de St Cloud, y el director del centro, el doctor Larch (Michael Caine). Pero también recordamos El mundo según Garp (George Roy Hill, 1982) y Una mujer difícil (Tod Williams, 2004), ambas basadas en sus novelas homónimas, y la que hoy nos convoca: El hotel New Hampshire (Tony Richardson, 1984)

El Hotel New Hampshire se fundamente en la novela homónima de John Irving y que cuenta con dirección y guion de Tony Richardson, el que fuera una figura clave del Free Cinema y de la nueva ola británica, con un cine muy atento a la realidad social, la clase obrera y los conflictos morales de la posguerra. Su estilo combina realismo social, espíritu rebelde, energía visual y una mirada crítica que suele mezclar humor, rabia y compasión. Y, además, le atrajo mucho la adaptación literaria y teatral, versiones que podían parecer clásicas en la forma pero, al mismo tiempo, eran muy modernas en su actitud. Y todas esas cualidades las utilizó en la adaptación de El Hotel New Hampshire, obra de madurez tras dejarnos títulos como Mirando atrás con ira (1959), La soledad del corredor de fondo (1962), Tom Jones (1963), Mademoiselle (1966), o Un sabor a miel (1961), obra esta que ya forma parte de Cine y Pediatría.  

El hotel New Hampshire es una historia familiar extravagante sobre los Berry y sus cinco hijos, y esos varios hoteles levantados como si la familia misma fuera una obra en construcción permanente. Una película que convierte la vida doméstica en una mezcla de melodrama, farsa y relato de iniciación. La historia arranca cuando Win Berry (Beau Bridges), estudiante de Harvard, conoce a Mary (Lisa Banes) mientras trabaja en un hotel de la costa; se casan y, tras la guerra, deciden levantar su propio hotel en el recuerdo de aquel lugar idealizado. A partir de ahí, la familia crece y cada uno de sus cinco hijos encarna una forma distinta de desajuste, deseo o búsqueda de identidad: Frank (Paul McCrane), el “raro", quien lidia con su homosexualidad y tiene una personalidad algo sombría; Franny (Jodie Foster), la carismática, la más fuerte y la líder natural del grupo de hermanos; John (Rob Lowe), el hermano mediano, el responsable y narrador de la historia, quien mantiene una intensa y peculiar relación con su hermana Franny; Lilly (Jennifer Dundas), quien padece enanismo y se refugia en la escritura desde muy joven; y Egg (Seth Green), el eterno benjamín y el más frágil de la familia. 

El relato se desplaza luego a Austria, donde los Berry intentan abrir el segundo hotel New Hampshire y terminan atrapados en una trama política y absurda, antes de volver de nuevo a Estados Unidos años después, donde el tercer hotel New Hampshire se erigirá como un refugio para curar las heridas acumuladas a lo largo de los años. Porque el núcleo narrativo no es solo “qué les pasa”, sino cómo la familia sobrevive a pérdidas, violencias, amores imposibles y fracasos sucesivos. Esa resistencia, a veces desordenada y casi siempre afectiva, es la auténtica columna vertebral del filme. 

El hotel New Hampshire es un lugar en el que cada personaje tiene que crecer (aunque no sea físicamente), encontrarse a sí mismo y descubrir su lugar en una familia tan caótica como lo es el mundo en el que vivimos, así como descubrir una manera de salir adelante y superar las adversidades sin acabar volviéndose completamente loco. Aunque para ello haya que tomar medidas poco convencionales y, en ocasiones, arrasar con todo. Y en el camino aparecen otros personajes peculiares como el abuelo (Wilford Brimley), un apasionado del levantamiento de pesas y del ejercicio físico, Susie the Bear (Nastassja Kinski), una joven profundamente insegura que camina siempre disfrazada con un traje de oso para ocultar sus complejos, o Freud (Wallace Shawn), un viejo amigo del padre de la familia que es judío, ciego, y dueño del oso llamado State o´ Maine 

Se suele considerar una obra de culto por su tono híbrido, entre comedia negra, drama familiar, sátira sexual y fábula sentimental. Y donde uno de los rasgos más comentados es su audacia temática: aparecen el incesto, la homosexualidad, la violencia sexual, la mezcla racial y el terrorismo, todo ello tratado con una extraña mezcla de humor y dolor. Esa acumulación de elementos hace que muchos espectadores la recuerden como una película desconcertante pero muy singular. Pero otros detalles memorable son la presencia de esos animales: el oso, ligado a la figura de Freud, y el perro labrador que expulsa flatulencias, convertido en un símbolo grotesco de la excentricidad familiar. 

Pero más allá de su rareza, la película puede leerse como una reflexión sobre la familia como refugio y también como lugar de conflicto, donde cada hotel funciona como espacio de convivencia imperfecta, casi un microcosmos de la familia Berry, esa metáfora de la casa interior que se construye entre todos, con ruinas, reparaciones y memoria. Allí donde Win y Mary no encarnan una crianza ideal, pero sí una voluntad radical de mantener unidos a sus hijos, incluso cuando el entorno es caótico y doloroso. Porque en los Berry, cada hijo busca su sitio desde la diferencia, y la película sugiere que una familia valiosa no es la perfecta, sino la que resiste, escucha y permanece, allí donde el amor convive con el desconcierto, una idea hermosa y muy irvingiana.

 

sábado, 13 de enero de 2024

Cine y Pediatría (731) “El regreso” de la figura paterna

 

Actualmente, los festivales de cine de clase A son 15: Berlín (Alemania), Cannes (Francia), Venecia (Italia), San Sebastián (España), Moscú (Rusia), Karlovy Vary (República Checa), Locarno (Suiza), Varsovia (Polonia), Tallin (Estonia), Shanghái (China), Tokio (Japón), Goa (India). Montreal (Canadá), Mar Del Plata (Argentina) y El Cairo (Egipto), Como se puede observar, Europa predomina con nueve festivales, frente a los tres asiáticos, dos americanos y uno africano. Dentro de esta agrupación, los más destacados son Berlín, Cannes y Venecia, festivales en los que cualquier director de cine soñaría participar. 

Y hoy vamos a recordar algunas películas que ya tienen en su haber el León de Oro, el máximo galardón del Festival Internacional de Cine de Venecia, y que tienen a la infancia, adolescencia y familia como santo y seña: Juegos prohibidos (René Clement, 1952), La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 1962), Adiós, muchachos (Louis Malle, 1987), Ni uno menos (Zhang Yimou, 1999), El círculo (Jafar Panahi, 2000), Las hermanas de la Magdalena (Peter Mullan, 2002), Roma (Alfonso Cuarón, 2018) y El acontecimiento (Audrey Diwan, 2021)        

Y a estas ocho películas premiadas, hoy sumamos una más: El regreso (Andrei Zvyagintsev, 2003), la ópera prima de su director y que llega desde Rusia, como cuatro décadas antes lo hiciera un compatriota suyo con La infancia de Iván, el gran referente del cine ruso, Andrei Tarkovski. Y ambos directores no solo comparten nombre, sino también su fascinación por el poder simbólico y fotogénico del agua, elemento omnipresente en la película El regreso, una gran película (no fácil de interpretar) de irresistible fuerza emocional sobre el amor, la pérdida de los afectos y el ingreso en la edad adulta. Porque la vida de dos hermanos (que se llaman Iván y Andrei, otro guiño) se ve sacudida de pronto por la aparición de su padre, que sólo recuerdan por una vieja fotografía de hace 10 años

El regreso comienza con unos niños saltando desde una alta torre al mar. Pero Ivan (Ivan Dobronravov), el hermano menor de Andrei (Vladimir Garin), no se atreve, Los demás lo dejan solo en la altura y su madre viene a buscarle: “Si me echo atrás me llamarán cobarde y gallina”. Y tras esa escena inicial, nos adentramos en otro viaje iniciático de este otro Iván, que va de esta torre sobre el agua a un trágico final en otra torre sobre la tierra. Y la historia se narra en cuatro días, de lunes a jueves. 

En aquel lunes la bella madre (Nataliya Vdovina) dice a sus dos hijos que el padre (Kostantin Lavronenko, quien encima se parece a Anatoli Solonitsyn, actor fetiche de Tarkovski) ha vuelto. Y ese regreso les trastoca, pues solo le recuerdan por una vieja fotografía de hace una década, cuando Iván era solo un bebé. La primera cena familiar es puro silencio y miradas. Y el padre hace brindar a todos con vino, también los niños. Y en la noche los hermanos le pregunta a su madre: “¿De dónde ha salido?”. Porque la vida de dos hermanos sufre un brusco cambio y no entienden dónde ha estado tanto tiempo y por qué ha vuelto ahora. Los chicos intentarán encontrar la respuesta a sus preguntas en una peculiar road movie de reencuentro con el padre, donde la agreste belleza de los ríos, lagos y bosques del norte de Rusia añade una peculiar dimensión a este revelador drama humano. 

Pero la convivencia es complicada, con un padre severo que pregunta a un inconforme Iván: “¿Te da vergüenza llamar “padre” a tu padre?”. Y la tozudez de Iván es respondida con dureza por el padre y el niño le grita: “Dime, ¿por qué viniste? ¿Para qué nos has traído contigo? ¡No nos necesitas! Estábamos bien sin ti, con mamá y la abuela”. Finalmente llegan a una isla desierta en medio de un lago, y ello tras un complicado viaje, remando bajo la tormenta. No entienden por qué están allí, pero comprenden menos por qué el padre les trata con tanta crudeza, incluso abofeteando a Andrei, momento en el que Iván, con un cuchillo en mano, le amenaza: “Basta, ¡aléjate de él! Podría quererte si fueras distinto, pero eres de lo peor. ¡Te odio!” No te atrevas a torturarnos ¡No eres nadie!”. Y en la huída sube a esa otra torre, y el padre le persigue y todo se precipita… 

En un final, que cabe no desvelar, se nos presenta una sucesión de fotos en blanco y negro de los dos hermanos, bajo peculiar banda sonora de Andrey Dergatchev, y en la última foto aparece la foto recuerdo del padre. 

Y es que el lenguaje visual de El regreso, con la impresionante fotografía de Mikhail Krichman, impacta incluso sin necesidad de comprenderla. Porque esta película no solo se enriquece de Andrei Tarkovski, sino que es posible visualizar otras referencias, desde pictóricas (la primera y la última imagen del padre emulan la perspectiva de "Cristo Muerto", la obra maestra de Andrea Mantengna) hasta otras cinematográficas, de Carl Theodor Dreyer (la escenas del de la cena) a Theo Angelopoulos (otro gran fan de la fotografía del agua), de Roman Polanski (por su capacidad de crear tensión claustrofóbica en espacios abiertos) a Michelangelo Antonioni (con una historia que emula La Aventura, película que el propio Zvyagintsev confiesa que le cambió la vida). 

Es El rechazo el itinerario de dos adolescentes con su padre reencontrado, con quien viven de forma concentrada todo el proceso de adoración-rechazo-destrucción-aceptación de la figura paterna. Un viaje de descubrimiento interior enmarcado en la relación de los personajes con su entorno cuya comprensión absoluta siempre nos resultará inabarcable. Así es el regreso de un padre con el trasfondo de la tundra rusa…

 

sábado, 2 de diciembre de 2023

Cine y Pediatría (725) “The Quiet Girl”, la emoción de ser querida


La escritora irlandesa Claire Keegan publicó en el año 2010 la novela corta “Foster” y, 12 años después, el director irlandés Colm Bairéad se estrena en el largo con la adaptación de esta obra, bajo el título de The Quiet Girl (2022), una obra llena de sentido y sensibilidad con un buen recorrido por festivales de cine y que en su año fue nominada al premio Óscar a Mejor película internacional, premio que fue a parar ese año a la película alemana Sin novedad en el frente (Edward Berger, 2022). 

Porque el primer largometraje de ficción del documentalista Colm Bairéad nos muestra la numerosa y disfuncional familia de Cáit, esa niña de 9 años de ojos azules y serena belleza (maravillosa interpretación de Catherin Clinch en su primer papel), en la Irlanda rural de principio de la década de los 80, donde sobrevive junto a un mujeriego y borracho padre, una madre dejada y engañada y tres hermanas mayores, un hogar donde apenas nadie se preocupa de ella. Un hogar donde los padres se olvidan de prepararle la comida cuando acude a clase, lugar donde también la consideran un bicho raro. Con ese ambiente de familia disfuncional y la poca integración escolar no extraña que tenga problemas de aprendizaje, sufra enuresis nocturna, sea una niña callada y quiera pasar desapercibida. 

Cuando la madre queda nuevamente embarazada, deciden enviarla a casa de unos familiares lejanos, unos primos de la madre, allí donde descubre el cariño y protección que no ha tenido hasta entonces. Los familiares son un matrimonio de mediana edad que viven solos en una casa de campo. La mujer, Eihblín (Carrie Crowyley), trata a Cáit con sumo cariño y respeto desde el principio y le regala enseguida este mensaje: “Una casa en la que hay secretos es una casa avergonzada. Y aquí la vergüenza no tiene cabida”. Pero también piensa sobre la propia niña: “Que Dios se apiade de ti. Si fueras mi hija, jamás te abandonaría en casas de unos desconocidos”. El marido, Seán (Andrew Bennett), se muestra algo más distante al principio, pero enseguida cambia su actitud, y al cabo de un tiempo piensa: “Tienes mejor aspecto. Solo hacía falta que te cuidaran un poco”

Y la historia se desarrolla como un poema de amor fundamentado en la sencillez. Cuando Cáit mira el papel pintado de trenes de su nueva habitación, cuando corre entre la fila de árboles para recoger el correo, cuando ayuda a cocinar y limpiar, cuando busca agua en el pozo, cuando le compran ropa nueva en la ciudad, incluso cuando asiste a un entierro. Sin otros niños alrededor. Solo ellos tres en la casa de la campiña irlandesa, rodeados de la naturaleza. Y sentimos cómo crece el cariño entre ellos, cariño sin afecto físico, pero que no se desmorona cuando una vecina descubre a Cáit uno esos secretos de los que también había en ese hogar, una dolorosa verdad. 

Cáit lo vive todo con pocas palabras y sentimos cómo va arreglando una pequeña parte de lo que tiene roto, aunque también somos conscientes de que jamás podrá curar de todo el trauma de una infancia infeliz. Y Seán la defiende ante los que le dicen que es una niña de pocas palabras: “Porque solo usa las palabras que necesita. Ojalá hubiera más personas como ella”; y sus consejos suenan sabios: “No estás obligada a hablar. Recuérdalo siempre. A menudo la gente desaprovecha la oportunidad de callarse y luego sufre por ello”. 

Es fascinante ver durante la hora y media de metraje esta conmovedora reflexión sobre la familia encontrada. Y a buen seguro que la fotografía de Kate McCullough y la música de Stephen Rennicks contribuye a este estado de búsqueda del cariño y respeto que ha encontrado y que sabe que existe, aunque no será permanente. Porque un día tiene que volver….cuando ya la madre ha dado a luz a su quinto hijo. En el hola con sus padres y el adiós con Eihblín y Seán no hay muestras de cariño. Pero entonces llega esa maravillosa escena final, cuando la carrera de Cáit nos dirige al primer abrazo, tan profundo como desgarrador. 

Es The Quiet Girl un ejemplo de que menos es más y que nos interroga a los espectadores con esta pregunta: ¿qué ocurre cuando a una niña criada en una familia disfuncional le dejas vislumbrar lo que podría ser el amor familiar, aunque con fecha de caducidad? Hace poco comentamos la película Broker, allí donde el cine de Hirokazu Koreeda nos volvía a enfrentar a su peculiar reflexión sobre la familia encontrada, aquella que va más allá de la consanguinidad. Y The Quiet Girl nos devuelve esa reflexión, ahora desde Irlanda y rodada en gaélico. Una película con alma, mucho corazón y vida. Una película que emociona al sentir la emoción de Cáit al ser querida. Un cariño y cuidados que debieran recibir todos los niños y niñas de este mundo, pero que sabemos que, desgraciadamente, no es así en muchas ocasiones… 

 

sábado, 1 de julio de 2023

Cine y Pediatría (703) “Las semanas mágicas” de la crianza

 

Pañales, biberones, juguetes de bebés, un libro por título “Oei, ik groei” y los gritos de una mujer dando a luz en la bañera de su casa, acompañada de su marido y una matrona. Con estas rápidas imágenes en el recorrido de cámara comienza Las semanas mágicas (Appie Boudellah, Aram van de Rest, 2023), película neerlandesa distribuida por la todopoderosa Netflix, cuyo guion parte del libro que vemos en esa escena. 

Porque “Oei, ik groei” es ya todo un clásico escrito en los Países Bajos por la antropóloga Hetty van de Rijt y el etólogo y psicólogo del desarrollo Frans Plooij. Y cuyo título se ha traducido como “The Wonder Weeks / Las semanas mágicas”, título de la propia película. Publicado el libro originalmente en 1992, y debido a su continuado éxito, tuvo una actualización en 2019. En realidad es un libro de autoayuda a padres y madres, y que se fundamenta en los muchos años de observación y análisis del neurodesarrollo infantil de sus autores, por lo que brinda una guía práctica para ayudar al desarrollo cognitivo del bebé a través de sus etapas predecibles o "saltos", como ellos lo definen. Su base teórica es la Teoría del control perceptivo, que predice y explica los fenómenos observados y, aunque también ha sido cuestionado, lo cierto es que el libro continúa siendo popular y el editor ha producido una aplicación móvil basada en el libro y su propia webY es así que “las semanas mágicas” son definidas por estos autores como aquellas semanas en las que el comportamiento del bebé, debido a su desarrollo cerebral, suelen ir precedidas por periodos más intensos de llantos, apego, irritabilidad e insomnio. 

Y el guiño continúa con esta película que nos adentra en esta comedia sobre la maternidad (y paternidad) que gira alrededor de tres parejas modernas que hacen lo que saben (o lo que pueden) para conciliar sus relaciones y sus exigentes carreras profesionales mientras se enfrentan a las vicisitudes de la crianza. De hecho, en la carátula de presentación de Las semanas mágicas se indica que es una película que sigue la estela de ¿Qué esperar cuando estás esperando? (Kirk Jones, 2012), película también basada en un libro superventas, “What to Expect When You're Expecting”, publicado en 1984 por Heidi Murkoff y apodado como “la Biblia americana del embarazo”; y aquí la historia de la película, ya tratada en Cine y Pediatría, nos introduce en la intimidad de cinco parejas de Atlanta que están esperando a un recién nacido. 

En Las semanas mágicas todo comienza con el nacimiento de tres bebés… y la promesa de una de las madres: “Vas a tener los mejores padres del mundo. Lo prometo”. Y la pregunta de rigor: "¿Qué tal la prueba de Apgar?” y la respuesta esperada “Ha sacado siete puntos. No nos tenemos que preocupar”; pero la madre procreadora replica: “¿Siete?...¿puede volverá hacerla?”. Un buen guiño y un buen comienzo… 

Primera familia. Anne (Salle Harnsen), prometedora abogada especializada en divorcios y separaciones familiares, y su esposo Barry (Soy Kroon) avanzan en la crianza de Mia, quienes tienen que sobrellevar que le diga la pediatra que es una lactante con sobrepeso. Y se tienen que apoyar en una niñera a la que le marcan pautas y horarios rígidos para el cuidado de Mia. Aún así, siguen agobiados, sobre todo por el obsesivo control que Anne ejerce sobre su hija (con el monitor continuamente), pero también sobre su matrimonio, la propia niñera y su vida. 

La visita a la pediatra no tiene precio: “Su hija está en la parte más alta de crecimiento. Puede tener consecuencias a largo plazo para las capacidades motoras y el desarrollo físico y emocional… Su bebé está gorda. Código amarillo” Y la conversación posterior con los padres seguro que nos va a sacar más de una sonrisa a los pediatras, por reconocer que tanta medicina preventiva puede no ser buena para la salud: “Hagan algo diferente. Yoga para bebés, natación para bebés, todo ayuda”, les dice la pediatra con la cara de susto correspondiente de los progenitores. Y al regresar tiempo después a la consulta, ya el código se ha convertido en rojo. Y la madre se justifica: “Seguimos todos los horarios. Fuimos a natación para bebés y a reiki”. Y es que son de esos padres que viven todo como si fuera el principio y el fin, desde conseguir guardería hasta que su hija voltee por primera vez. 

Luego vienen los “ckeck list” que la madre deja al padre cuando ella se incorpora al trabajo en relación con el cuidado del bebé, mientras ella se lleva ese sacaleches espacial a la oficina de su bufete de abogados. Y surgen continuos debates: hasta cuándo la lactancia materna y cuándo introducir biberón; quién acude por la noche ante los llantos (que casi acaba recayendo del lado de quien tiene dos cromosomas X). Y cuando buscan guardería, la lista de espera para entrar es peor que hacerlo en la Universidad de Harvard: “Apunté aquí a mi hija hace unos meses y aún no sé nada”. Y para conseguirlo se tiene que apuntar al grupo "Mamás por mamás", un club de élite particular. 

Segunda familia. Kim (Katja Schuurman, famosa cantante y presentadora) y Roos (Sarah Chronis) forman una pareja de lesbianas que tienen a un padre donante, el apuesto Kaj (Louis Talpe), que ahora se ha encariñado con el segundo hijo que les ha dado, Teun; y que, además, crean un acuerdo de custodia compartida finalmente con el bebé y la otra preciosa hija de 8 años, Didi, de la que también es donante de esperma y, por tanto, padre biológico (ah, y el tercer bebé en camino). Kim además es la creadora del grupo de apoyo "Mamás por mamás", allí donde las madres miembro realizan actividades a favor de la dieta infantil saludable, el embarazo en adolescentes y otras similares. Y aunque Kaj quiere mucho a sus hijos biológicos y se esfuerza en ello, ciertos antecedentes penales que saca a la luz Kim, le cuestan la custodia. 

Tercera familia. Ilse (Yolanthe Cabau) tiene de pareja a Sabri (Iliass Ojja), musulmán de origen y quien, tras el nacimiento de Samih, trae a su madre para “ayudar”, así como a su amplia familia de Marrakech, con el consiguiente malestar para la relación de pareja. Y chocan las costumbres culturales entre ellos, con epicentro en la circuncisión. 

Y la película avanza de forma simpática entrecruzándose los personajes y las confusiones, en este formato de comedia que se sonríe con algunas circunstancias que surgen alrededor de la crianza de los hijos y alrededor de una sociedad neerlandesa moderna donde la diversidad familiar es la pauta. Y tras los conflictos que se desencadenan, llega la reconciliación. Con ese mensaje final tan positivo para la sociedad, donde el perdón y el amor todo lo solucionan. Y con el primer cumpleaños conjunto de los tres bebés finaliza esta película sobre cómo ser madres y padres hoy en día a través de las semanas mágicas. 

Una película fácil de ver, refrescante para este verano entre la poco original cartelera que nos rodea, y donde los padres (y por qué no, también los pediatras) podrán rescatar algunos mensajes de aquellos estereotipos alrededor de la crianza en nuestra sociedad actual.

 

sábado, 8 de agosto de 2020

Cine y Pediatría (552). “Magnolia” nos deja el aroma de las secuelas por una paternidad con malos tratos



Se denomina como película coral (en referencia a la música del coro) a ese tipo de cine en el que se presentan varias historias y personajes cuya conexión tiene lugar en el clímax de la obra. Y podemos recordar varias películas que entrarían en este subgénero: Plácido (Luis García Berlanga, 1961), Caídos del cielo (Francisco J. Lombardi, 1990), Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994), Airbag (Juanma Bajo Ulloa, 1997), Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, Kátia Lund, 2002),  Crash (Paul Haggis, 2005), Los tres entierros de Melquiades Estrada (Tommy Lee Jones, 2005), Truco o trato: Terror en Halloween (Michael Dougherty, 2007). Ahora bien, en este capítulo tiene un lugar destacado “la trilogía de la muerte” de Alejandro González Iñárritu, con Amores perros (1999), 21 gramos (2003) y Babel (2005). Pero parece que hay cierta unanimidad en que fue la película Short Cuts: Vidas cruzadas (1993) una de las más importantes en este género y que creó escuela cuando el (quizás sobrevalorado) Robert Altman nos dejó esta obra en la que enlaza la acción de 22 personajes, en paralelo o con encuentros casuales. 

Pero a Robert Altman le salió un digno sucesor que superó al maestro y cuya figura cabe destacar: la del guionista, director y productor californiano, Paul Thomas Anderson. Considerado un niño prodigio, con menos de 30 años nos dejó dos obras del calado de la excelente comedia dramática ambientada en el mundo del cine pornográfico de los 70, Boogie Nights (1997), y tan solo dos años después, la obra maestra dentro de las películas corales que hoy nos convoca: Magnolia

Es Magnolia una película especial y por varios motivos: por su inusual formato de 188 minutos, pero que gracias a su gran ritmo y mejor guión, es capaz de domar el tiempo; por su estructura en tres partes, como toda obra teatral, para hablarnos del azar, con su breve y llamativa introducción, su largo nudo y su especial desenlace, con uno de los finales más rompedores de la historia del cine; y por la fusión de música y cine, de forma que algunas canciones se convierten en un protagonista más, de la mano especial de esta cantante de Virgina por reivindicar llamada Aimee Mann, quien acapara la BSO (salvo alguna canción de Supertramp y algún otro autor). Porque Magnolia es para algunos entendidos una de las más bellas, profundas, enigmáticas, singulares y poderosas películas norteamericanas en muchas décadas. 

Como un buen genio y un buen artesano del séptimo arte, Paul Thomas Anderson entrelaza nueve historias para conformar un film coral en el que todo encaja a la perfección. Con una intensa puesta en escena y una serie de ingeniosos recursos narrativos, Anderson reflexiona durante casi tres horas sobre el carácter azaroso de la paternidad, sobre el daño de una paternidad mal entendida y los malos tratos que se pueden producir, sobre cómo establecemos raíces sobre sucesos producto de la casualidad y la contingencia inherente a la existencia. Y como el perdón se conforma y confirma como una salida redentora. Y todo ello a través de su introducción, nudo y desenlace. 

Introducción (o prólogo). Deslumbrante, breve y desconcertante. Tres historias sobre el azar y la casualidad, tres historias reales protagonizadas por la fatalidad y los caprichos del destino. Nada tiene que ver con el resto de la película, pero esta metaficción no es una referencia gratuita en esta descomunal y obscena demostración de cine a la que nos enfrentaremos. A modo de cierre del prólogo, la voz del narrador concluye: “Esto no fue solo una cuestión de azar. No. Estas cosas extrañas suceden a todas horas”. 

Nudo. Contundente y eficaz presentación de los nueve personajes principales (y alguno más), de diversos extractos sociales y niveles culturales, que viven, trabajan o sobreviven en la ciudad de Los Ángeles, allí donde construye este monumental fresco sobre el perdón y la superación de los traumas de la infancia o desde la infancia. Y lo hace con un reparto vertiginoso e interpretaciones magníficas, donde el director saca lo mejor de cada uno de ellos, algunos ya sus actores fetiche. 

Frank T.J. Mackey (Tom Cruise, en un papel como pocos en su carrera) interpreta a un joven charlatán machista que transmite su fama y éxito por conferencias y programas televisivos. Earl Partridge (Jason Robards), un anciano encamado en los últimos momentos de enfermedad, y quien está al cuidado de su enfermero Phil Parma (Philip Seymour Hoffman), mientras su pareja Linda Partridge (Julianne Moore) sale a conseguir medicamentos para combatir su angustia por no haberle sido fiel en vida a su anciano marido. Jimmy Gator (Philip Baker Hall), un presentador de un programa televisivo que acarrea problemas de salud y dificultades dentro de su familia, especialmente con su hija deprimida y ya drogadicta, Claudia Wilson Gator (Melora Walters). Jim Kurring (John C. Reilly), el oficial de policía en busca del amor y de ser mejor persona. Donnie Smith (William H. Macy), un ex niño prodigio y que ahora es un fracasado don nadie en banca rota y enamorado en secreto de otro hombre. Y, por último, Stanley Spector (Jeremy Blackman), el niño prodigio que su padre utiliza para los concursos de televisión. 

Y las vidas de estos personajes se cruzan y entremezclan, con un punto en común: el perdón por una paternidad que ha dejado en sus hijos el aroma de las secuelas que conllevan los diferentes tipos de malos tratos. Earl Partridge busca el perdón de su hijo Frank T.J. Mackey, a quien abandonó en su infancia y le sometió a hacerse cargo de su madre enferma. Jimmy Gator busca el perdón de una hija Claudia Wilson Gatos, temerosa y despechada por supuestos abusos de su padre en la infancia. Donnie Smith reconoce que sus padres le utilizaron y se quedaron con todo el dinero que ganó cuando era un niño prodigio. Y algo parecido le ocurre ahora a Stanley Spector, quien llega a decir a su padre: “Papá, debes portarte bien conmigo”. Y la película llega al final para volver al principio con esta reflexión: “Dejamos el pasado atrás, pero el pasado no nos deja”. Porque todos ellos viven sumidos en una pequeña tragedia personal, pues, ya sea por un excesivamente infausto o excesivamente brillante pasado, viven un presente desolador. 

Desenlace. Con una película de esta magnitud, es posible que Anderson se crea Dios. Y de ahí la catarsis anfibia y bíblica con la que concluye la película, ese final que nos desconcierta a todos. La lluvia de ranas guarda una estrecha relación con la Biblia, pues en el Éxodo 8.2 se dice “Así lo hizo Aaron, y salieron tantas ranas que cubrieron todo el país de Egipto”. Sin embargo, la intención del director no era en ningún momento la de darle este significado, pues él mismo reconoció desconocer ese pasaje del texto, pero una vez que fue consciente de ello supo sacarle partido. Porque el número 82 está sutilmente insertado en varios momentos del film: en un avión de extinción de incendios, un reloj que indica las 8:20, o, la más relacionada con este hecho, la predicción meteorológica que indica un 82% de probabilidades de lluvia. De nuevo el azar parece que no es tal. Porque aunque Magnolia parezca un film sobre el azar y sus circunstancias, no lo es: Anderson, como Voltaire, piensa que el azar es una palabra vacía de sentido, porque nada puede existir sin causa. Ninguno de los personajes eligió tener una vida tan desdichada, y, sin embargo, se ha visto envuelto en una situación tan calamitosa que parece no encontrar salida. Y de pronto, miles de ranas cayendo del cielo sirven de punto final para todas estas historias a la vez. 

A cada flor se le suele atribuir un significado especial. Incluso diferentes culturas tienen diferentes significados de flores a una flor específica. Algo así ocurre con la flor de la magnolia, que crece en árboles de hoja perenne y hasta de hoja caduca. Las magnolias producen diferentes flores de color dependiendo de la variedad y estas flores no tienen pétalos o sépalos como otras flores, tienen tépalos. Las flores están disponibles en una variedad de colores y cada color conduce a un significado diferente: las flores blancas indican pureza y perfección, las rosas significan juventud e inocencia, las verdes tienen el mismo significado de la alegría y también salud y suerte, las púrpura ayudan en la consecución de los deseos de suerte y salud. La magnolia, incluso, es la flor oficial del estado de Misisipi y Luisiana, y el primero se ha ganado el apodo de “Estado Magnolia ‘debido a las abundantes floraciones de esta flor. Básicamente, la flor de magnolia se asocia con la belleza y la perseverancia, con la nobleza y la dignidad. Posiblemente la belleza, perseverancia, nobleza y dignidad que buscan los nueve protagonistas de la película Magnolia. 

Y tres temas claves de Aimée Mann nos llenan y rellenan de sentido con este tercer personaje invisible - y, como aquí, a veces tan visible -, llamado música: el “One” arrancando a toda potencia, con el primer momento magistral de la película, como es la presentación de todos y cada uno de los personajes principales; superado la mitad de metraje su tema principal, “Wise Up” donde cada uno de nuestros ya conocidos protagonistas susurran la canción y se dan la orden de espabilarse ante los acontecimientos de su vida; y al final, “Save Me”, con un título premonitorio que nos aboca a los títulos de crédito, porque todos debemos salvarnos de nuestro pasado si no lo hemos cuidado. 

Porque si los padres no cuidan la infancia de sus hijos, la flor de la magnolia, la flor de su vida, se marchitará en el futuro.


sábado, 13 de abril de 2019

Cine y Pediatría (483). “Captain Fantastic” y los hijos de Noam Chomsky


¿Quién es Noam Chomsky? En su biografía se indica que es un lingüista, filósofo, politólogo y activista estadounidense, actualmente un nonagenario profesor emérito del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Aunque es uno de los grandes lingüistas del siglo XX, su figura destaca principalmente por ser el teórico de la izquierda más importante de Estados Unidos, uno de sus más importantes pensadores, quien destaca por su fuerte crítica al capitalismo contemporáneo. Y hacemos esta reseña, pues una frase de Noam Chomsky ("Si asumes que no hay esperanza, entonces garantizas que no habrá esperanza. Si asumes que hay un instinto hacia la libertad, entonces aún hay posibilidades de cambiar las cosas") domina una reciente película comercial. Pero no solo ese pensamiento, sino también su figura se convierte en el epicentro de un relato cinematográfico en el que incluso se celebra el día Noam Chomsky antes que la Navidad. Nos referimos a la película Captain Fantastic (Matt Ross, 2016), un film extraño y extraordinario, distópico y utópico, que aborda problemáticas contemporáneas y afilados discursos teóricos a través de un relato familiar con esencia de fábula moral. 

La escena inicial nos pone sobre la pista. Un joven caza un antílope en lo que es su bautizo de niño a hombre. Allí intuimos a un padre y sus seis hijos e hijas que viven en un bosque y sobreviven en la naturaleza mediante el autoaprendizaje. Un padre que les educa en todas las materias, también en la cultura, donde les manda leer e interpretar libros esenciales para su vida, desde “Lolita” a “Los hermanos Karamazov”, desde la Constitución de Estados Unidos al Manifiesto comunista de Marx y Engels. Una madre ausente - pero presente - que pronto descubrimos, tras una llamada de teléfono, que estaba enferma – descubriremos luego que sufría un trastorno bipolar - y se ha suicidado mientras estaba hospitalizada junto a su familia. Y el padre dice a su fratria: “Seguiremos viviendo de la misma forma. Somos una familia”. Porque estos padres hace muchos años que decidieron vivir dentro de la naturaleza y educar a su descendencia fuera de esa civilización corrupta por un sistema capitalista. Es decir, criar a los hijos al margen de la ciudadanía, del capitalismo y de los poderes fácticos, una crianza sin relación alguna con tus congéneres, enseñándoles ellos mismos cultura e historia, matemática y filosofía, idiomas y política, supervivencia física e intelectual. 

Y es así como este padre, Ben Cash (un Viggo Mortensen totalmente diferente en su papel y en su físico al que nos ha regalado en la oscarizada Green Book - Peter Farrelly, 2018 - ), se constituye en una mezcla conceptual de dos libros míticos: “La desobediencia civil” (1848) de Henry David Thoreau y la “La llamada de la naturaleza” (1903) de Jack London. Y la película en una mezcla Captain Fantastic una mezcla de dos películas con sabor independiente: Hacia rutas salvajes (Sean Penn, 2007) y Pequeña Miss Sunshine (Valerie Faris y Jonathan Dayton, 2006),  donde se atisba en la mitad del metraje una especie de “road movie”, pero no en coche o en furgoneta, sino en un enorme autobús descatalogado, lo que la hace más bizarra. Porque este padre y sus seis hijos de nombres únicos en el mundo e imposibles (Bodevan, Kielyr, Vespyr, Rellian, Zaja, Nai) viven una utopía de vida demasiado idílica para ser realidad, con un día a día dividido entre entrenar su físico (corren por el bosque, escalan en las montañas, cazan y pescan,…), entrenar su supervivencia (visten con pieles de animales y se orientan por las estrellas) y entrenar su intelecto (en política, ciencias y artes, también en idiomas, principalmente el esperanto). Por ello cuándo uno de los pequeños le pregunta, “Qué es cole?”, el padre le responde: “Agua envenenada”. Y también viven esa utopía de amor montados en ese autobús con un solo objetivo: salvar a la madre de ser enterrada en un funeral de una religión en la que no cree. 

Y en ese viaje se sorprenden de la obesidad de las personas que viven en la ciudad (a las que ven como enfermas), de la falta de cultura de los jóvenes, ahogados entre videojuegos y nuevas tecnologías. Y nosotros nos sorprendemos de cómo Ben explica a sus hijos temas como las relaciones sexuales o la muerte de su madre. O también de cuando nos lee los últimos deseos de su esposa, en el momento del funeral: “En caso de que muera, yo, Leslie Abigail Cash, como budista, deseo ser incinerada. Mi funeral, si tiene lugar, deberá ser una celebración del ciclo de la vida con música y baile. Después, es mi deseo expreso que mis cenizas sean trasladadas en un lugar cualquiera, preferentemente público, donde mis cenizas, de forma rápida y sin rituales, sean tiradas al váter más cercano”. 

No es de extrañar que, en algún momento, hasta sus hijos empiecen a dudar del padre y de la vida que han elegido para ellos. Bodevan, el mayor, que ha sido admitido en diversas universidades del país y ha renunciado a ellas le dice: “¡Soy un bicho raro por tu culpa! No sé nada sobre nada…”. Rellian quiere abandonar la vida de su padre e irse a vivir con los abuelos maternos. Vespyr sufre una accidente al caer del tejado en lo que bien pudiera considerarse un torpe requerimiento del padre. Y aunque en una carta su esposa le escribe “Que mis hijos lleguen a ser reyes filósofos me hace indescriptiblemente feliz”, Ben finalmente no quiere seguir arruinando la vida de sus hijos y les dice: “Ha sido un error. Precioso, pero un error”. 

Y por ello el padre se afeita y sus hijos le siguen de vuelta en el autobús, ya con el cadáver de la madre a la que incineran frente al mar con un rito de música y canciones, cumpliendo así su último deseo. Y ese final alrededor de un desayuno en la nueva granja familiar, ya cercanos a la civilización, y esperando que llegue el autobús escolar. Y los consejos del padre a Bodevan, que toma el camino de su vida: “Cuando te acuestes con una mujer, sé amable y escúchala, aunque no la quieras. Di siempre la verdad. Toma el camino honrado. Vive cada día como si fuera el último. Sé aventurero, sé osado, pero saboréalo, pasa rápido. No te mueras”

Captain Fantastic ofrece una crítica a la sociedad estadounidense en busca de construir un hipotético mundo mejor que aquél en el que vivimos. Pero quizás la vida tiene un propósito muy claro: la supervivencia, pero nunca solos, siempre juntos, donde el extremismo y la intolerancia no son buenos compañeros de viaje. Pero quizás la película acompaña al espectador al quid de la cuestión: desprenderse de lo innecesario y lo superfluo para poder encontrar lo esencial, y así trabajar por la vida que queremos. No en vano viene la cita de Noam Chomsky, una suerte de Papá Noel para los Cash: “Si asumimos que hay un instinto por la libertad, entonces habrá una oportunidad para cambiar las cosas”

Es Captain Fantastic una odisea particular para reflexionar. Y, de paso, conocer a Noam Chomsky. Y pone sobre la mesa una necesaria reflexión sobre el sistema educativo más adecuado para que los jóvenes salgan adelante, así como los límites del maltrato infantil (aún con la mejor de las intenciones). A partir de ahí nos queda decidir si seguimos celebrando la Navidad o el "Noam Chomsky Day".

 

sábado, 27 de agosto de 2016

Cine y Pediatría (346). "The Kings of Summer"... y de todas las estaciones


Hace unos días celebrábamos el 80 cumpleaños Robert Redford, el actor de intensos ojos azules, resplandeciente sonrisa blanca y pelo rubio cuidadosamente revuelto que continúa siendo un sex symbol que enamora a distintas generaciones. Pero Redford tiene un calificativo que le identifica sobre otros actores: el ser el rey del cine independiente, porque, ni más ni menos, fundó en 1981 el festival de Sundance, una de las mecas del cine independiente cuyos premios han servido como trampolín a actuales directores míticos (como Quentin Tarantino, Kevin Smith, Robert Rodriguez o los hermanos Coen) y películas ya míticas (algunas ya en Cine y Pediatría como María llena eres de gracia, Joshua Marston 2004; Pequeña Miss Suhsine, Jonathan Dayton y Valerie Faris 2006; Winter´s Bone, Debra Granik 2010; Bestias del sur salvaje, Benh Zeitlin 2012; entre otras). 

Porque fue precisamente la película de 1969 que encumbró a Robert Redford, Dos hombres y un destino (una traducción inventada en nuestro país del original Butch Cassidy and the Sundance Kid), la que dio nombre premonitorio a este festival, ya que tomó el nombre de Sundance Kid, el personaje de Redford, y con ello inició uno de sus proyectos más importantes: crear el Sundance Institute, un centro que impartía cursos de alta calidad para jóvenes cineastas en unos terrenos propiedad del actor. Y de esa hornada, hoy disfrutamos en los albores del verano de una película más de este lugar de buen cine indie: The Kings of Summer, ópera prima de Jordan Vogt-Roberts del año 2013, quien comenzó su carrera produciendo videos de comedia en internet y tras su exitoso corto Successful Alcoholics. 

Tres amigos adolescentes de 15 años, Joe (Nick Robinson), Patrick (Gabriel Basso) y el peculiar Biaggio (Moises Arias), acuciados por el comportamiento sobreprotector de sus padres y los conflictos familiares (nada excepcionales, por cierto) deciden escapar de casa y pasar el verano en el bosque, construyendo una casa y viviendo en libertad al margen de la sociedad y del entorno familiar, en un acto de reivindicación por su independencia. Los tres amigos se mudan al extraño habitáculo que han creado con mucho esfuerzo, allí convivirán sobreviviendo como pueden, intentando ser dueños de su propio destino, y lo más importante, libres de sus padres y sus estrictas normas. Y al comenzar esa nueva vida leen este manifiesto: "Bajo pena de perder la amistad, no hablar nunca en esta casa con ningún adulto, ni revelar la ubicación ni identidad de sus moradores, Y, desde hoy en adelante, herviremos nuestro agua, cazaremos la comida, construiremos nuestro cobijo y nos valdremos solos". 

Pero pronto, lo que se había convertido en un idílico verano, se transforma en una importante lección de vida en la que aprenden que la familia no es algo de lo que uno pueda huir tan fácilmente, por mucho que uno de ellos afirme: "Me alegro de estar donde no están mis padres". Y esto aunque Joe mantenga una complicada y distante relación con su padre viudo, o aunque Patrick sufra todo lo contrario, a unos padres tan aparentemente enrollados que resultan ridículos y tan cariñosamente sobreprotectores que literalmente le provocan alergia. Porque algo aprenden ellos (y recordamos todos), y es que la familia no es un juego de Monopoly, donde el cariño se puede vender y comprar... 

Las películas sobre la adolescencia insatisfecha son un clásico desde que James Dean se calzara su célebre chaqueta roja en Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955). Como buen subgénero, ha dado una enorme cantidad de productos, la gran mayoría de dudosa calidad y algunos para recordar como Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986), quizás con cierta semejanza a nuestra The Kings of Summer. Porque con esta película Jordan Vogt-Roberts ha sabido captar los altibajos de una época de la vida tan compleja y llena de contradicciones, aportando frescura, luminosidad y alegría que contagia al espectador. A ello ayuda la buena interpretación de sus tres jóvenes protagonistas, quienes nos transmiten toda la gama de emociones que trae la adolescencia, de la rebeldía al arrepentimiento, del entusiasmo del primer amor al dolor del desengaño, de la amistad a la amargura y la reconciliación, y todas de una manera bastante auténtica. Baste recordar un personaje y una escena: el personaje de Baggio, este chico hispano de lo más peculiar, con unos rasgos de personalidad que bien merecen una valoración psiquiátrica; y la escena paralela de Joe y su padre, cuando ambos rememoran en soledad cómo han podido destrozar su hogar, el real y el ficticio. 

El guión y los actores proporcionan el envoltorio perfecto a una historia y unos personajes que, aunque hemos visto mil veces, pueden seguir emocionandonos en un tiempo en que los días de verano eran eternos y podíamos creer que todo era posible. Porque los hijos son los reyes del verano... y de todas las estaciones. Y no es fácil ser buenos padres, al menos para la interpretación de nuestros hijos adolescentes.

sábado, 8 de febrero de 2014

Cine y Pediatría (213). “¿Qué hacemos con Maisie?”, ¿qué hacemos con algunos padres irresponsables…?


La familia, ese entorno en el que se desarrolla cualquier vida y durante toda la vida, es el espejo en el que se miran muchos guiones cinematográficos. Y máxime porque la familia, como microsistema dentro de cualquier sistema social, ha sufrido los cambios de la sociedad en forma paralela. En sentido evolutivo, la familia cambiará a medida que la sociedad cambie. Sobre la familia hemos profundizado en “Cine y Pediatría” en repetidas ocasiones, pero hoy nos viene a la memoria, especialmente, la película Los chicos están bien (Lisa Chodolenko, 2010). 

Pues bien, de los mismos productores de Los chicos están bien y contando con la misma actriz principal (Julianne Moore), disfrutamos de un estreno que pone el dedo en la llaga sobre otro modelo actual de familia del siglo XXI, aquélla donde el éxito profesional se antepone al cuidado de los hijos. Hablamos de una película más que recomendable: ¿Qué hacemos con Maisie? (Scott McGehee y David Siegel, 2013) y cuyo guión se fundamenta en la novela publicada en 1879 por Henry James “What Maisie Knew”, en este caso como un revisión contemporánea y neoyorquina de aquella novela de corte victoriano. Y lo que más sorprende es que han pasado 135 años entre la novela original y esta versión, en forma de película, y lo que se cuenta es totalmente vigente para la familia y para el ser humano. 

¿Qué hacemos con Maisie? está construida alrededor de un simple concepto: la singular perspectiva de Maisie (Onata Aprile, protagonista absoluta y gran hallazgo del cine y para el cine), una niña de 6 años que se encuentra en medio de la lucha por su custodia entre su madre Susanna (Julianne Moore), una madura (y algo caduca) estrella del rock, y su padre Beale (Steve Coogan), un atareado empresario marchante de arte. Dos padres que quieren a Maisie, pero quizás no tanto como a su éxito profesional, y donde las habituales disputas acaban con el matrimonio. En la pugna por conseguir el favor del juez para la custodia de la hija, Beale se casa con la joven Margo (Joanna Vanderham), la niñera habitual de Maisie, lo que empuja a Susanna a casarse con su joven amigo Lincoln (Alexander Skarsgård). 

Con sus padres inmersos en una batalla que no beneficia a nadie, Maisie se encariña de las nuevas parejas de sus padres, quienes si le dedican tiempo de calidad y pruebas de amor para un niño (el juego, la lectura, los paseos, etc.). Y de nuevo, una pregunta surca el aire, como lo hiciera con la película japonesa De tal padre, tal hijo (Hirokazu Kore-eda, 2013): “nature or nurture?”, es decir, quién es el verdadero padre y la verdadera madre, los que recibimos por los genes o los que encontramos por el cuidado real y la verdadera educación. 

La peculiaridad de este película (y el gran hallazgo), es que todos los problemas de la familia y de los padres los vemos y los oímos a través de una increíble Maisie, nunca en directo, y sí rodeados de sus juguetes, sus muñecas, sus cuentos…, sus increíbles ojos transparentes y la expresión de esa cara de ángel con pecas. Y con ello se muestra al espectador no sólo lo que Maisie debe de estar sintiendo en cada momento, sino lo que está sintiendo como una niña que busca su propia voz susurrante en un mundo lleno de ruido. Así, el punto de vista inocente de Maisie impregna al filme de belleza, equilibrio y ligereza, una ligereza para nada exenta de carga melodramática que sorprende, dados los acontecimientos que se suceden. 
Porque pese a toda la sinrazón de esos padres y de ese matrimonio, pese a la violencia moral (nunca física) de la película, pese a que la niña va y viene como un paquete (ante la irresponsabilidad de sus padres),… la niña sólo lanza una lágrima (digo bien, una) en toda la película. 

Porque ¿Qué hacemos con Maisie? es una emotiva película sin estridencias, y que muchos espectadores verán como a medio camino entre Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979) y Donde viven los monstruos (Spike Jonze, 2009), pero con la peculiaridad de que Onata Aprile nos envuelve en los múltiples recovecos de la sensibilidad infantil y nos lanza una pregunta casi moral: ¿qué hacemos con los padres irresponsables…?. 

Una Maisie preciosa de la que no olvidaremos las expresiones de su cara, sus ojos, sus tenues pecas, su precioso pelo liso… y, sobre todo, no olvidaremos la maravillosa colección de vestidos (que si, como dice mi mujer, uno volviera a tener una hija, la vestiría así…). Y que ante tanto padre irresponsable que anda suelto por la vida (de forma consciente o inconsciente), posiblemente ningún espectador en la sala no salga con el pensamiento de adoptarla… Porque películas como ésta, tan sencillas como honestas, son muy reivindicables: esta crónica de una ruptura familiar en trazo fino sobre los feroces daños colaterales en los hijos.

 

sábado, 3 de agosto de 2013

Cine y Pediatría (186). “Libero”, los padres no siempre aciertan


Kim Rossi Stuart no es François Truffaut, Nani Moretti ni Gianni Amelio. Kim Rossi Stuart es un joven y atractivo actor italiano que copia de los tres anteriores para atreverse con una arriesgada ópera prima: Líbero (2006). Con ello se suma al grupo de actores que dan el salto a la dirección, y de los que lo hacen con una obra sobre la iniciación en la adolescencia a partir de algunos apuntes autobiográficos. 
Porque Líbero recuerda en el tema, salvando las distancias, al Truffaut de Los cuatrocientos golpes (1959), al hacer girar la historia en torno a un niño que sufre la falta de afecto paterno y el desconcierto ante un mundo lleno de incoherencias. Y recuerda en la ambientación y el tono realista a otros cineastas italianos del momento, como al Moretti de La habitación del hijo (2001) o al Amelio de Las llaves de la casa (2004), películas donde también se indagaba en las relaciones entre padres e hijos y en la necesidad de superar los escollos de la vida. Las tres películas ya han formado parte de Cine y Pediatría y, curiosamente, en Las llaves de casa también es el actor principal el propio Rossi Stuart, y de nuevo en el papel de padre. 

Líbero narra la historia de una extraña familia, y lo hace a través de los ojos omnipresentes (y el sentimiento) de Tommy (Alessandro Morace), un niño de 11 años, quien vive con su hermana Viola (Marta Nobili), de 15 años, y su padre Renato (Kim Rossi Stuart). Forman una extraña y luchadora familia de clase media italiana, después de ser abandonados por la mujer más importante de sus vidas, su madre y esposa Stefania (Barbora Bobulova). Así, se nos presenta a un Renato irascible y con grandes cambios de humor, cansado de los repetidos abandonos de su mujer, del fracaso en su trabajo y del esfuerzo por sacar adelante a sus dos hijos, la niña en plena pubertad y el niño dando los primeros pasos de una vida que se le presenta como incomprensible. Un nuevo relato de crecimiento y madurez hacia la adolescencia, que acumula todos los tópicos y vivencias de un hijo que no ha tenido el afecto materno, que sufre la inestabilidad familiar y que comienza a juzgar la realidad que le rodea sin entender del todo el comportamiento de los mayores. 

Líbero es un drama familiar a la italiana bajo la mirada de un niño, con un mensaje evidente: cuando los padres se equivocan, los hijos lo pagan… y sufren, con su mirada inocente y su soledad, las equivocaciones de los adultos. El prolífico actor italiano Kim Rossi Stuart debutó como director y guionista con este drama intimista que también acabó protagonizando porque el actor que iba a interpretar al padre rechazó el papel dos semanas antes del inicio del rodaje. La película hizo las delicias de la crítica, convirtiéndose en una de las revelaciones de la Quincena de Realizadores de Cannes (atesorando varios premios) y ganando el David di Donatello al mejor realizador novel. Mención especial merecen los niños que aparecen en la película, especialmente el pequeño Alessandro Morace, quien literalmente se apodera de la película y de los sentimientos volcados a través de su mirada. La dirección de Alessandro Morace se convierte en clave del éxito, porque el director logra que el espectador mire (y sienta) a través de sus ojos siempre que la cámara se posa en el rostro del niño, pero también cuando la acción se desplaza hacia otros personajes o tramas secundarias. Su mirada inocente y cándida, su gesto de inquietud y desconcierto dejan traslucir todo un mundo interior que se desmorona y pierde pie con una madre “que viene y va”, con un padre que estalla en frecuentes arrebatos de cólera (y que está empeñado en hacer de él un gran nadador, cuando lo que le gusta es el fútbol), con una hermana que bromea frívola e infantílmente con el sexo y con un vecino en el que se contempla con envidia al descubrir la familia que él no tiene. Son las primeras experiencias del paso de la infancia a la adolescencia, de la adolescencia a la vida adulta, más difícil cuando faltan referentes paternos. 
Quizá lo mejor de la película esté en esa captación del universo infantil, recogido en ocasiones con el uso del fuera de campo, cuando la cámara se queda con el rostro del niño a la espera de recoger su gesto ante cada una de las novedosas experiencias o se queda con él observando desde el tejado de la casa. En donde Alessandro Morace pone naturalidad y frescura en el papel de hijo, Kim Rossi Stuart pone excesivo histrionismo y teatralidad en el papel de padre. Es por ello que el hijo se convierte en el verdadero protagonista de este drama intimista y humano que prefiere lo sugerido a explícito, lo pudoroso a lo brutal, lo correcto a lo trasgresor. Aún así, hay escenas que reflejan un gran contraste, que oscila entre la tensión cuando el padre expulsa de la casa a la madre que ha vuelto (es de una crudeza que se incrementa ante la mirada y el sufrimiento irreparable de los hijos) y la felicidad, en aquellas escenas en que se aprecia la sintonía familiar con la madre (el día en el parque de atracciones o las conversaciones cómplices de la madres y sus hijos en la cama). 

El título original de la película es Anche Libero Va Bene, título que forma parte de un diálogo final que pronuncia Tommy cuando su padre le pregunta (una vez aceptado que cambiará un deporte individual como la natación por un deporte colectivo como el fútbol) en qué puesto del campo le gustaría jugar y aquél le contesta que en el mediocampo, a lo que el padre comenta que a él le gustaría de líbero. El título traducido en español es Libero, los padres no siempre aciertan, un título que condensa todo el mensaje. Y ése es el gran contraste, y ése es el gran dolor de nuestro pequeño protagonista: ver el contraste entre la familia feliz y cómplice de su vecino y su familia desestructurada, el contraste entre la felicidad de aquél y su sufrimiento. Sufrimiento que se condensan en las lágrimas de nuestro protagonista previo al fundido en negro que precede al final de Líbero... y con ello comienza nuestra reflexión sobre cómo las decisiones de las padres influyen (y de qué manera) sobre sus hijos.

 

sábado, 29 de septiembre de 2012

Cine y Pediatría (142). “La vida sin Grace”, el valor fuera del campo de batalla.


Algunos momentos históricos cruciales en la historia contemporánea han visto su traducción en el cine y ya han ocupado su lugar en “Cine y Pediatría”: así lo hemos referido ya con el holocausto nazi y también con la Guerra Civil Española y su postguerra

La reciente Guerra de Irak también tiene su hueco en el cine, especialmente en el Hollywood de los últimos 5 años: En el valle de Elah (Paul Haggis, 2007), Red de mentiras (Ridley Scott, 2008), En tierra hostil (Kathryn Bigelow, 2008), The Messenger (Oren Moverman, 2009), Los hombres que miraban fijamente a las cabras (Grant Heslov, 2009), Caza a la espía (Doug Liman, 2010), etc. Y con esta película de hoy, La vida sin Grace (James C. Strouse, 2007) de nuevo la guerra de Irak y el sentido patriótico como telón de fondo, en una especie de pulso político que se ha generado en el cine norteamericano en torno al conflicto. Pero aquí no se recoge el clima de violencia o de denuncia, ni tampoco se recurre a la textura hiperrealista de anteriores propuestas. Se trata más bien de la aproximación a un hombre que debe aprender a vivir sin la madre de sus hijas, que descubre la distancia que le separaba de las pequeñas y la necesidad de suavizar los modos en la convivencia, y que entiende que el valor también se puede demostrar lejos del campo de batalla. 

La vida sin Grace acaba convirtiéndose en una “road movie” de un padre y sus dos hijas, de alguien que se sentía un fracasado profesional y que debe descubrir la relativa importancia que encierran las contingencias de cada día frente al poder del cariño familiar. Porque Stanley Phillips (John Cusack) soñaba con alistarse y hacer carrera en el ejército, sueño que se vio truncado por su miopía. Ahora atiende a los clientes de una tienda de productos del hogar mientras que su mujer es sargento y combate en la guerra de Irak, e intenta encargarse, con más torpeza que acierto, de la educación de sus dos hijas: la adolescente Heidi de 12 años (Shélan O´Keefe) y la niña Dawn de 8 años (Gracie Bednarczyk). Aunque las quiere, es incapaz de asumir un papel más afectivo y las niñas echan mucho de menos a su madre. Mientras soporta su trabajo y se pelea con la paternidad, recibe la noticia de la muerte de su mujer. Él mismo no sabe cómo afrontarlo y se ve incapaz de contárselo a sus hijas. Desesperado por retrasar el momento de decírselo, se embarca con ellas en un viaje improvisado y descabellado por carretera para darles sus últimos momentos de inocencia. Cuanto más se alejan de casa, más se estrecha su relación, pero Stanley sabe que tiene que enfrentarse a la tarea inevitable de volver al hogar, decirles la verdad y cambiar sus vidas para siempre. 

La vida sin Grace es puro cine independiente, ópera prima de su director y avalada por el Festival de Sundance (con los Premios del Público y Mejor guión), que nos habla de de extremas soledades y que plantea una crítica soterrada para el espectador (sobre todo el estadounidense): si de verdad merece la pena que tantos hogares queden destrozados por una decisión política altamente discutible. Y lo hace con una película sencilla y tremendamente humana, con un clima dramático afectuoso, punteada por la íntima banda sonora de uno de los grandes del séptimo arte, Clint Eastwood (ver Cine y Pediatría 95 y 96), con una música sencilla para una película sencilla. 

La cuestión clave es cómo decir a dos niñas que no volverán a ver a su madre porque ha muerto en la guerra. De ahí que lo fundamental sea la transformación interior que debe experimentar Stanley y el descubrimiento de unas hijas despertando a la vida real, más que el hecho de que éstas sepan lo ocurrido: esa adolescente Heidi que sospecha que algo raro ocurre; esa niña Dawn que juega y sueña con ilusiones largamente esperadas. Y ello se nos muestra en algunas escenas entrañables: como la del supermercado y los primeros agujeros en las orejas de las niñas; cuando el padre llama desde una estación de servicio a su casa, para oír en el contestador con la voz de su mujer y hacer que habla con ella: “Grace, estoy hecho una mierda. No sé cómo hablar con la niñas.. Por favor, dime qué tengo que hacer”; el silencio en el coche, de regreso a casa, tras pasar esos días de aventura, huyendo de la realidad y de enfrentarse a la verdad; y el final al borde del mar… cuando la música (del gran Clint Eastwood) deja paso al dolor de la noticia. Sólo por esa última escena, sólo por ese final… vale la pena esta película. 

Una película agradable y sencilla, con sensaciones de pérdida y también de reencuentro, sin especiales pretensiones ni alardes formales, con un veterano (Eastwood) y una novata (O’Keefe) que destacan como lo mejor del film, y un Cusack siempre solvente (en este blog ya le vimos en El niño de Marte - Menno Meyjes, 2007-). Una película donde el campo de batalla es el propio hogar, ese lugar en el que hay que demostrar la valentía, el coraje, la solidaridad y el amor para con los tuyos. Porque si hay una guerra que ganar en la vida, ésa es la de la familia.

 

sábado, 26 de marzo de 2011

Cine y Pediatría (63). “Los chicos están bien”, ¿seguro…?


La familia se considera uno de los pilares de la sociedad y uno de los entornos principales en los que se desenvuelve la vida psíquica de las personas. La familia, como microsistema dentro del sistema social, ha sufrido los cambios de la sociedad en forma paralela. En sentido evolutivo, la familia cambiará a medida que la sociedad cambie.

Estamos viviendo un momento de transición de paradigmas en la estructura de las familias. La familia tradicional (padre y madre con hijos, habitualmente con los abuelos cercanos) está dando lugar a otros nuevos modelos de familias, con todas las variantes posibles (y así lo palpamos y sentimos en nuestras consultas pediátricas). Un hijo puede crecer en un entorno habitual como el descrito (que sigue siendo el más frecuente), pero las posibilidades son múltiples (y con todas las combinaciones): puede crecer en una familia con separación matrimonial (cada vez más frecuente), uniparental (con una madre o un padre sólo) u homoparental (con dos padres o con dos madres). La fuerza y declaración de principios de las parejas de gays y lesbianas en este último sentido es contundente.

De esto nos habla la directora Lisa Chodolenko, norteamericana de origen ucraniano, a través de su comedia independiente con tintes dramáticos bajo el título de Los chicos están bien (2010). En realidad conoce bastante bien la historia, pues Lisa es lesbiana y ha tenido un hijo por medio de un donante anónimo de esperma: la misma historia que relata en su película, pues el guion es de la propia directora, abanderada y defensora de los derechos de los gays y lesbianas en el conservador mundo de Hollywood. Así pues, de antemano, sus cartas están marcadas sobre el nudo, estructura y desenlace de su película.

Ya hemos hablado antes de Los chicos están bien, como una de las películas de cine independiente que ha logrado situarse en la última edición de los Premios Óscar como candidata a mejor película. El cuarto largometraje de Lisa Cholodenko (tras High Art, 1998; La calle de las tentaciones, 2002; y Cavedweller, 2004) fue nominado a los Óscar en cuatro categorías: película, guion, actriz protagonista (para Annette Bening, aunque bien hubiera podido ser para Julian Moore) y actor de reparto (Mark Ruffano), si bien no consiguió ninguno, pues la rivalidad era mucha. Tres actores en estado de gracia, que no culminaron su nominación por tener que enfrentarse a dos interpretaciones soberbias: la de Natalie Portman en Cisne negro (Darren Aronofsky, 2010) y la de Christian Bale en The Fighter (David O. Rusell, 2010).

El guion se centra en dos mujeres maduras, Nic (Annette Bening) y Jules (Julian Moore), que viven como una pareja de lesbianas en buena armonía. Cada una de ellas ha tenido, respectivamente, una hija (Joni, de 18 años) y un hijo (Laser, de 15 años). La peculiaridad es que estos hijos fueron concebidos por inseminación artificial y que ahora, en la adolescencia, quieren cumplir un sueño: conocer a su padre biológico (Mark Ruffalo). Este hecho provoca el rechazo de sus madres, temerosas de que esta nueva figura paternal amenace la estabilidad familiar.

Los chicos están bien actúa como cine con vocación de provocación y de mostrar otras realidades, la que quiere demostrar su directora, convencida de ello: sugiere asumir otros modelos de familia diferentes a la familia tradicional, pues es evidente que la institución familiar funciona en la historia como un ente en movimiento y transición. Y Lisa Chodolenko nos quiere decir que, en el siglo XXI, el modelo de familia también transcurre por alguno de los caminos que ella dibuja.

El llamado indie americano o cine independiente recoge de la industria cinematográfica aquellos guiones que por su perspectiva ética y por su cuestionamiento de las estructuras sacrosantas que sostienen la normalidad de la mayoritaria clase media, no encajan en el cuadro del mainstream. En la idea de hacer listado de todo, también se han realizado listados de las 50 mejores películas indies, cuestionable como todas las listas. Parece que el planteamiento de nuevas estructuras familiares tenga un espacio reservado especial en el cine indie, comprometido a romper tabúes en torno a distintos tema, con distintas perspectivas y con distinto éxito: sea al embarazo no deseado en la adolescencia (Juno de Jason Reitman, 2007), la familia disfuncional (Pequeña Miss Sunshine de Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2006), el hijo que descubre a su padre en fase de transformación transexual (Transamérica de Duncan Tucker, 2005) y, ahora, las familias homoparentales.

Los chicos están bien aboga por familia homosexual vivida con naturalidad, la familia gay en armonía. Aparentemente más perfecta que las familias reales, porque en la familia de Los chicos están bien los problemas se hablan, se discuten, se transforman en savia que alimenta la vida. Demasiado ideal…, demasiadas cartas a su favor. El estudio psicológico sobre la pareja y la estabilidad emocional que realiza la autora podría extrapolarse a matrimonios heterosexuales o a parejas homosexuales de hombres, lo cual convierte en universal todo lo que nos propone. Ya desde el año 2002 la propia American Academy of Pediatrics realizó un informe técnico, informe que fue muy debatido por la comunidad médica a través de cartas al editor.

Independientemente de nuestra postura respecto a las nuevas familias y el entorno en el que crecen los hijos con dos madres o dos padres, Los chicos están bien es una película cálida y con buenas interpretaciones que nos abre al camino al debate en la diversidad. Un entorno familiar positivo para los hijos debe fundamentarse en el amor, en la dignidad, el respeto y la potenciación de los valores les hagan mejores personas y ciudadanos. A partir de aquí, cualquier debate es válido. Pero el bienestar físico y psicológico de los niños es fundamental en cualquier familia, sea uniparental, homoparental o heteroparental, por lo que la pregunta que subyacerá siempre, por muy evolucionados que estemos es: ¿seguro que los hijos están bien?...