miércoles, 30 de noviembre de 2022

Arte y Medicina, la revista de ASEMEYA


ASEMEYA es una entidad en la que se agrupan más de dos centenares de profesionales de la medicina con inquietudes, afición y al menos una mínima obra realizada en los campos de la literatura, el arte o ambos. Los orígenes hay que buscarlos en el primer tercio del siglo XX, cuando se funda en Madrid la Asociación Española de Escritores Médicos para intentar reunir a un buen número de profesionales que realizaban labores periodísticas sobre cuestiones médicas y cuyas obras andaban desperdigadas por la prensa de la época.  

Es dudoso poder atribuir a la asociación fundada en 1928 el papel de germen de la actual ASEMEYA, si bien en los primeros años esta Asociación se parece mucho a la propia Asociación de la Prensa Médica, de la que en cierto sentido se había desgajado. Llegamos a los años cincuenta, a partir de los cuales su actividad se revitaliza, gracias en gran parte a presidentes de la talla de Bosch Marín, Blanco Soler, Zúmel y Rico-Avello. Y es en 1987 cuando se procede a una profunda reestructuración de la Sociedad Española de Médicos Escritores y pasa a englobar también el concepto de Artistas, para acoger de médicos con otras inquietudes en el mundo del arte. 

Hace ya ocho años, ingresé en esta asociación mediante el discurso de ingreso "¿Te atreves a prescribir películas en Pediatría?".  Y en este tiempo he podido comprobar que es una sociedad que precisa ser revitalizada. Por ello, considero muy favorable la noticia de que aparece “Arte y Medicina” como la revista de ASEMEYA y lo hace bajo la dirección de la Dra. Raquel Almendral, pediatra amiga a la que tuve el honor de formar en su etapa de residente en el Hospital San Juan de Alicante, y cuya pertenencia a esta sociedad es muy anterior a la mía.  

Como se nos explica en la editorial de presentación, “la revista ARTE y MEDICINA nace como continuación de «EL DESVÁN DE ESCULAPI0», su hermana mayor, a la que el Dr. Pedro Gargantilla, director y promotor de la misma, dotó de una calidad y estilismo propio de quien conoce de primera mano la medicina en su faceta literaria y artística. ARTE porque compacta el talento en diferentes disciplinas como la literatura, pintura, escultura, fotografía, canto, interpretación, etc., y MEDICINA porque representa el baluarte de la gran mayoría de los asociados de ASEMEYA”. 

Una revista que tendrá su espacio para la prosa, para la poesía y para la pintura. Y cuyo primer número podéis revisar en este enlace.  Larga vida al arte y a la medicina, y esa unión que nos ayuda a aunar ciencia y humanidades en nuestra profesión.

lunes, 28 de noviembre de 2022

La incoherencia de los museos del Ministerio de (in)Cultura de España



Del Ministerio de Cultura y Deporte dependen 82 museos en España, con esta distribución: 
- 16 son de gestión directa a través de la Subdirección General de Museos Estatales, a los que llaman “nuestros museos”. 
- Otros seis están adscritos al Ministerio de Cultura y Deporte, pero se gestionan de distintas formas: Museo de la Biblioteca Nacional de España, Museo Lázaro Galdiano, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Museo Nacional del Prado, Museo Nacional del Teatro y Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. 
- Otros 60 museos están adscritos al Ministerio pero tienen su gestión transferida a las Comunidades Autónomas en las que se ubican. 

Centramos nuestra atención a esos 16 museos con gestión directa de la Subdirección General de Museos Estatales, distribuidos en las siguientes provincias: 
- En Madrid: Museo de América, Museo Nacional de Antropología, Museo Arqueológico Nacional, Museo Nacional de Artes Decorativas, Museo Cerralbo, Museo Nacional del Romanticismo, Museo Sorolla y Museo del Traje-Centro de Investigación del Patrimonio Etnológico. 
- En Toledo: Museo del Greco y Museo Sefardí. 
- En Valladolid: Museo Casa Cervantes y Museo Nacional de Escultura. 
- En Cartagena (Murcia): Museo Nacional de Arqueología Subacuática (ARQVA). 
- En Mérida (Badajoz): Museo Nacional de Arte Romano. 
- En Santillana del Mar (Cantabria): Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira. 
- En Valencia: Museo Nacional de Cerámica y de Artes Suntuarias “González Martí”. 

Se trata de instituciones diversas distribuidas por el país y gestionadas por el estado con un origen diferente, según nos explica la web del propio Ministerio de Cultura y Deporte. 
- En muchos casos se trata de museos creados al amparo de la peculiar situación política y social que vivió España durante el siglo XIX, como medio para paliar la destrucción del patrimonio cultural. Es el caso del Museo Arqueológico Nacional, fundado en 1867; del Museo Nacional de Arte Romano, fundado en 1838; o del Museo Nacional de Escultura, fundado en 1933 pero cuyos orígenes se remontan al Museo creado en Valladolid en 1842 a partir de los fondos desamortizados en la provincia.
- En otros casos son museos creados por iniciativa de un particular que ha reunido una colección posteriormente cedida al Estado; es el caso del doctor Pedro González Velasco, quien creó el Museo Anatómico que se encuentra en el origen del Museo Nacional de Antropología; o la actividad de Benigno de la Vega-Inclán, que está relacionado con el Museo del Greco, el Museo Casa de Cervantes y Museo Nacional del Romanticismo; o el Museo Cerralbo, el Museo Sorolla y Museo Nacional de Cerámica y Artes Suntuarias “González Martí”, que llevan en su nombre el del artista, coleccionista o estudioso que los creó. 
- La Administración General del Estado ha creado también museos con los que buscaba dar respuesta a diferentes necesidades según la época. Es el caso del Museo Nacional de Artes Decorativas, fundado en 1912 como Museo Nacional de Artes Industriales y con una clara vocación pedagógica. En 2004 se funda el Museo del Traje, que tiene su antecedente directo en el Museo del Pueblo Español, creado en 1934. La excepcional importancia de la cueva de Altamira propició la creación de su Museo en el año 1924. En 1941 se crea el Museo de América y en 1965 se inauguró su sede actual, construida para albergarlo. En 1964 fue el turno del Museo Sefardí en Toledo, en la Sinagoga de Samuel ha-Leví o Sinagoga del Tránsito. Por último, en 1980 se crea en Cartagena el actual Museo Nacional de Arqueología Subacuática, como reflejo de la importancia de esta disciplina, de este patrimonio en nuestro país y de la ciudad de Cartagena como una de las pioneras en este ámbito. 

He tenido la posibilidad de disfrutar de cada uno de estos 16 museos, pero la reciente experiencia en dos de estos museos motiva mi reflexión y el título de este post. Me explico… 

Hace nueve meses visitamos el Museo del Romanticismo, pagamos la cuota correspondiente y se nos informa que están cerrado un número importante las salas, lo que viene a ser la mitad del mismo. A la pregunta de cuál es el motivo (suponíamos que por obras de mejora), se nos informa que no se pueden abrir por falta de personal, personal que no es contratado porque el Ministerio de Cultura no saca oposiciones desde hace mucho tiempo. Una explicación que no entendimos por ilógica, mediocre e inocoherente. 

Hace un par de semanas visitamos el Museo Nacional de Arqueología, y se repite la historia: pagamos la cuota total correspondiente y se nos informa que están cerrado un número importante las salas, lo que viene a ser la mitad del mismo. A la pregunta de cuál es el motivo, un empleado nos informa que persiste la misma causa descrita, con el malestar de usuarios externos (visitantes) y usuarios internos (empleados). Muchas personas demostraron en público su malestar por ese hecho, pero el caso es omiso… y sine die. 

Así que estos “nuestros museos” que llama el Ministerio funcionan a medio gas, para desagrado de todos: de los visitantes que les dan con las puertas en las narices (y a lo mejor es la única oportunidad de conocer ese lugar después de viajar desde muy lejos) y de los propios ciudadanos que podrían optar a esos puestos de trabajo, actualmente congelados pues no se convocan las plazas. Y aquí surge una gran paradoja: en un país como España, con la tasa más alta de paro de Europa, es el propio gobierno el que no crea “sus” propias plazas de trabajo… hablamos de unos centenares de ellas, pues esta situación se repite en los 16 museos a su gestión directa. Mal asunto, pues a lo mejor luego piden a los autónomos de una pequeña-mediana empresa, ahogados a impuestos, que sean ellos los que levanten el país… Paradójico, no, lo siguiente: vergonzoso. 

Yo ya he interpuesto mis correspondientes quejas (quien me conoce sabe que lo hago a menudo, no por deporte, sino por convicción de que las cosas pueden mejorar), pero creo que no es suficiente y que debe ser conocido también desde este blog, un blog que apoya la ciencia, la cultura y el arte (y la Museología es una ciencia con mucho arte). Al menos para que la solución de crear esos puestos de trabajo llegue pronto y con ello que la cultura sea aprovechada en su integridad en estos museos que gestiona el Ministerio de Cultura. Todo lo que no sea así, conllevará que el título de Ministerio de (in)Cultura sea apropiado… por incoherentes.

sábado, 26 de noviembre de 2022

Cine y Pediatría (672) “Una vida en tres días”, prisioneros de las segundas oportunidades


Es Jason Reitman un director, guionista y actor canadiense de ascendencia eslovaca nacionalizado estadounidense, al que la afición por el cine le viene de cuna. Su padre, Ivan Reitman, fue conocido por dirigir películas en tono de comedia como El pelotón chiflado (1981), Los cazafantasmas (1984) o Los gemelos golpean dos veces (1988), si bien fue una labor que combinó con la de productor. Jason Reitman forma parte de esa nueva hornada de directores que han logrado brillar, pese a su corta filmografía. Cuenta con ocho películas en su haber, y dos de ellas han conseguido sendas nominaciones a los Óscar: en Juno (2007) optó a mejor director y con Up in the Air optó a mejor película, mejor director y mejor guion adaptado. Ha sido guionista en cinco de sus películas (adaptando diferentes novelas) y en las otras tres cuenta con la colaboración de Diablo Cody, concretamente en Juno, Young Adult (2011) y Tully (2018). Y ya tres películas de sus películas han sido analizadas en Cine y Pediatría: Juno, un simpático e inteligente debate sobre el embarazo no deseado en adolescentes; Tully, un análisis poco glamuroso sobre la maternidad y la depresión postparto; y Hombres, mujeres y niños (2014), alrededor de internet y las nuevas tecnologías en las relaciones familiares, con un universo de encuentros en el mundo virtual y desencuentros en el mundo real. Y hoy llega su póker con la película que hoy nos reúne: Una vida en tres días (2013), de la que también es guionista, en esta ocasión adaptando la novela “Labor Day”, escrita por Joyce Maynard en el año 2009.   

Una vida en tres días es una película que va de menos a más, y quizás también merece una segunda oportunidad, como los propios protagonistas de esta historia. Comienza la película bajo la melodía folk de “I´m Going Home” de Arlo Guthrie y la voz en off de Henry (Gattlin Griffith, a quien conocimos aún más niño en El intercambio - Clint Eastwood, 2008 -), voz en off que nos acompañará durante toda la película (lo cual siempre resulta un riesgo en el séptimo arte) en esta historia ambientada en los años ochenta.  Y este chico de 13 años que vive en New Hampshire nos relata que cuida de su madre Adele (Kate Winslet), sumida en la soledad y tristeza tras que su padre abandonara el hogar: “Yo entendía quién era mi familia. Ella”. Y enseguida tiene lugar un encuentro casi inverosímil, pues aparece Frank (Josh Broslin), un convicto que es buscado por la policía tras fugarse de la cárcel, y que les solicita que le ayuden y pueda pasar una noche en su casa. A través de flashbacks se nos va revelando la historia que ha llevado a Frank a esa situación y es por ello que le dice a Adele: “Nada engaña más a la gente que la verdad”. Y también iremos conociendo que Adele tuvo varios abortos y un mortinato después de tener a Henry, por lo que el mundo se convirtió para ella en un lugar cruel, lo que contribuyó a precipitar su separación matrimonial. 

Y a través de la convivencia en ese fin de semana, donde Frank ayuda a poner orden en la casa y el jardín abandonado, ambos adultos reparan mutuamente sus dolores y se enamoran, en esos tres días que cambiaron sus vidas: “Yo he venido a salvarte, Adele”. Y no solo Henry, Adele y Frank elaboran juntos un pastel de melocotón, sino que proyectan juntos una vida común en otro lugar. Pero el sueño no se puede alcanzar, pues la realidad acaba con el arresto y larga condena de Frank. Es entonces cuando Henry pasa a la custodia del padre, Adele vuelve a convivir con su soledad y su tristeza, y Frank decide escribirla durante todos los días de sus 25 años de arresto (aunque estas cartas nunca llegaron a sus manos, pues fueron censuradas). Muchos años después, Henry (ahora interpretado por Tobey Maguire, a quien conocimos más joven en Las normas de la casa de la sidra - Lasse Hallström, 1999 – y a quien aquí hace prácticamente un cameo), se ha convertido en un exitoso panadero con una especialidad en aquellos pasteles de melocotón que Frank le enseñó. Y nos aboca a un final feliz a través del reencuentro y de esas segundas oportunidades que a veces nos regala la vida. 

Una vida en tres días es la historia de tres almas magulladas que deciden construir su propia isla aislada del mundo, narrada por la mirada de un adolescente que empieza a descubrir las pulsiones inconfesables de la vida adulta. Aunque para algunos críticos esta película es una película algo inverosímil o demasiado edulcorada (por ese recurrente pastel de melocotón y ese final feliz), lo cierto es para aquel espectador que no tema la hiperglucemia puede acabar también prisionero de una historia diferente con el valor de las segundas oportunidades, un drama romántico con el aval interpretativo de sus protagonistas. Y es una oportunidad más para disfrutar de una Kate Winslet que siempre resulta efectiva (en Cine y Pediatría ya la hemos disfrutado en Descubriendo nunca jamás - Marc Forster, 2004 -, Juegos secretos - Todd Field, 2006 - y Contagio – Steven Soderbergh, 2011 -), en este caso con Josh Brolin (el tipo duro del remake Oldboy - Spike Lee, 2013 – y tantos otros films), dos intérpretes con estilos claramente diferenciados, pero que aquí encajan a la perfección, ya que la sensible fragilidad de ella y la ruda humanidad de él van amoldándose progresivamente. 

Una película que explora los errores del pasado y el abismo de los remordimientos recurrentes del presente, y en los que un encuentro casual cambia sus vidas en una película con defectos (sin duda), pero con algunos aciertos en busca de ese descarnado retrato sobre los límites de la condición humana. Un desafío emocional en el que cada espectador sacará su juicio. Porque el buen vino es aquel que nos gusta,… como para cada uno serán sus buenas películas.