sábado, 9 de mayo de 2026

Cine y Pediatría (852) “No dejemos que esta noche todo se pierda” en la complejidad de la descolonización africana

 

“Zimbabue-Rodesia. África del Sur, 1980” es el contexto que nos marca esta película al inicio. Y esta frase de nuestra niña protagonista de 7 años, Boboo, nos pone en la pista, aún con fundido en negro: “Mamá dice que no podemos entrar en su habitación por la noche, que no debemos asustar a mamá y a papá mientras duermen. Cuando le pregunté por qué, me respondió: Porque estamos en guerra. Podríamos pensar que eres un terrorista y disparar por error”. Así comienza la película sudafricana No dejemos que esta noche todo se pierda (Embeth Davidtz, 2024), en lo que es la ópera prima en la dirección de esta actriz estadounidense formada en Sudáfrica y que se consolidó como actriz con papeles como la trabajadora judía Helen Hirsch en La lista de Schindler (Stenve Spielberg, 1993) y la adorable maestra Jennifer Miel en Matilda (Danny de Vito1996).  

La película No dejemos que esta noche todo se pierda es un drama familiar que se sitúa en la turbulenta descolonización de Rodesia (actual Zimbabue) a finales de los años 70 y principios de los 80. Contada a través de la mirada de esta niña, la película combina la ternura de una infancia libre con la crudeza de una guerra civil y de un cambio político radical, y que se fundamenta en las memorias de la autora británico-zimbabuense Alexandra Fuller, “Don't Let's Go to the Dogs Tonight” (a la sazón, el título original de esta película). La historia sigue a Bobo (Lexi Venter, de marcada espontaneidad), esta niña blanca que vive en la granja familiar de la Rodesia rural, y donde la Guerra de los Arbustos —el conflicto entre fuerzas coloniales y movimientos independentistas— va deformando el entorno de su infancia. A través de sus ojos ingenuos, el espectador asiste a la descomposición de la vida colonial, a los miedos de sus padres, a la melancolía de su madre y a la tensión racial entre la familia blanca y la población negra, mientras el país se encamina hacia la independencia bajo el liderazgo de Robert Mugabe. 

Y vale la pena profundizar en el contexto. Porque la conocida como Guerra de los Arbustos (en inglés Rhodesian Bush War) fue el conflicto armado que se libró en Rodesia entre 1964 y 1979, enfrentando al régimen de minoría blanca de Ian Smith primero con movimientos guerrilleros y, más tarde, con dos grandes organizaciones nacionalistas: ZANU (Zimbabwe African National Union), cuyo brazo armado era el ZANLA, y ZAPU (Zimbabwe African People’s Union), con su fuerza guerrillera ZIPRA. El conflicto acabó con la independencia de la excolonia británica como Zimbabue, bajo gobierno mayoritariamente negro liderado por Robert Mugabe, en 1980. La guerra se enmarca en la resistencia africana a un estado de minoría blanca que se había declarado unilateralmente independiente del Reino Unido en 1965, manteniendo un sistema de dominio blanco y discriminación racial similar al apartheid sudafricano. Los movimientos nacionalistas, con ideología izquierdista y apoyo externo de países comunistas y de vecinos africanos (como Tanzania, Mozambique y Zambia), interpretaron el conflicto como una guerra de liberación nacional. 

Y mientras transcurre la historia familiar, nos inundan los pensamientos de Boboo contaminados por el ambiente que le rodea: “Cualquier africano puede ser un terrorista. Lo mejor es no hablar nunca con ningún africano, por si acaso es terrorista o es amigo de uno”, “Los africanos y los blancos no son iguales. Cuando se muere un bebe blanco se va a la iglesia y se reza el Padrenuestro. Luego se le entierra y va directo al cielo. Los familiares se emborrachan y ya está. No se hace ningún drama. Sin embargo, cuando muere un niño africano, se llevan regalos a sus antepasados y se les pide que cuiden al niño para que no se confunda y trate de volver”, “Hasta el año pasado el país en el que vivíamos se llamaba Rodesia, pero los africanos dijeron que ellos lo habían descubierto y que los europeos se lo habían robado. Entonces los africanos se convirtieron en terroristas y comenzó la guerra”. 

La propia directora se reserva el papel de la madre de Bobo, Nicola (Embeth Davidtz), una mujer de carácter que prefiere dormir junto a su metralleta, mientras el padre, Tim (Rob van Vuuren), le vemos preparar una artillería, con bombas de mano incluidas, con las que la niña juega. Tiene una hermana adolescente, Vanessa, con sobrepeso… y con el transcurrir del metraje descubriremos que hubo otra hija que murió ahogada en el estanque de la casa. Y les cuidan dos sirvientes negros, Sara (Zikhona Bali) y Jacob (Fumani Shilubana), quienes corren el peligro de ser vistos por la guerrilla como colaboracionistas. Y dentro de la comunidad blanca con la que se relacionan también los abuelos viven cerca, y Bobo se muestra descarada ante ellos. 

Porque Bobo es total protagonista y se come la pantalla. Siempre descalza, con la cara sucia y el pelo despeinado, como una niña salvaje-hippie, que también fuma y monta en una moto con un rifle a las espaldas. Todo bastante anormal para una niña de su edad, mientras suena la BSO con temas como el “Watch Out” de la influyente banda de rock zimbabuense Wells Fargo, “The Last Farewell” de Roger Whittaker, “I Wonder” de Sixto Rodríguez, “Patricia the Striper” de Chris de Burgh… Y en ese ambiente se cría Bobo, alter ego de la novelista Alexandra Fuller, y ahí aparecen sus dudas: “¿Soy africana?...¿Somos racistas?”, le pregunta a su madre, “¿Qué sientes cuando mueres?”, le pregunta a Sarah. Y la niña aprende a mandar y, en el propio juego, trata también a los niños negros como criados. 

Y en las elecciones del 18 de abril de 1980 fue declarada formalmente la República de Zimbabue, lo que supuso el fin del régimen colonial británico. Rober Mugabe tomo el cargo de Primer ministro del país, mientras que Canaan Sondino Banana fue elegido presidente. Mugabe ocupó el puesto de Primer Ministro hasta 1987 y desde ese momento ya pasó a ser el Presidente del país hasta 2017, momento en que el ejército forzó su renuncia. Y vemos en la película como en aquella fecha, donde este cambio se establece, todo cambia para la familia de Bobo, y el padre se ve obligado a vender la granja, pese a la oposición de su esposa. Los padres preparan la marcha a Zambia, país vecino al norte de Zimbabue. “Si me quieres, gírate”, piensa Bobo al despedirse de Sarah y dejar el país. Y como colofón, aparecen las fotos en blanco y negro de la historia real y los verdaderos protagonistas, acompañando a los créditos finales. 

El hecho de que la cámara siga en todo momento a Bobo permite que la violencia, el racismo y la pérdida se perciban de forma indirecta, más a través de gestos, silencios y detalles que a través de discursos ideológicos. Y desde el punto de vista formal, la película ha sido elogiada por su tono equilibrado: sabe ser a la vez íntima y política, sin idealizar ni demonizar a la familia blanca colono ni a la población local. 

Una película que nos acerca a un país y un momento histórico poco conocido en nuestro entorno y con tres enseñanzas y reflexiones clave: en primer lugar, la película muestra hasta qué punto la infancia puede ser un espacio de resistencia emocional frente a la barbarie; en segundo lugar, la cinta invita a pensar en la complejidad de la colonización y la descolonización, con esos modos de vida colisionando, de traumas compartidos y de heridas que no se cierran con un acto político formal; y, por último, tiene un mensaje ético sobre la memoria: la frase “no dejemos que esta noche todo se pierda” sugiere que, aunque cambie el mapa político, hay experiencias humanas que merece la pena no olvidar, incluso cuando resultan incómodas para identidades colectivas (blancas o negras). 

Una película más sobre la visión de los conflictos bélicos y sociales a través de la mirada de la infancia. Una actriz (Lexi Venter) en el papel de Bob inolvidable, como ya otras niñas miraron la violación de los conflictos bélicos a la infancia desde diferentes filmografías: Paulette (Brigitte Fossey) en Juegos prohibidos (Réne Clément, 1952), Ana (Millie Perkins) en El diario de Ana Frank (George Stevens, 1959), Ana (Ana Torrent) e Isabel (Isabel Tellería) en El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), Carol (Clara Lago) en El viaje de Carol (Inmanol Uribe, 2002), Osama (Marina Golbahari) en Osama (Siddiq Barmak, 2003), Ofelia (Ivana Baquero) en El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), Sarah (Mélusine Mayance) en La llave de Sarah (Gilles Paquet-Brenner, 2010), Lore (Saskia Rosendall) en Lore (Cate Shortland, 2012), Jasna (Isidora Simijonovic) en Klip (Maja Milos, 2012), Liesel Meminger (Sophie Nélisse) en La ladrona de libros (Brian Percival, 2013), Fanny (Léonie Souchaud) en El viaje de Fanny (Lola Doillon, 2015), Oksana (Marta Tiimofeeva) en Sestrenka (mi hermana pequeña) (Aleksandr Galibin, 2019),… O las cintas de animación Persépolis (Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, 2007) con la niña Marjane en Irán y El pan de la guerra (Nora Twomey, 2017) con la niña Parvana en Afganistán.

 

miércoles, 6 de mayo de 2026

Lavarse las manos salva vidas en sanidad

 

Ayer, 5 de mayo, celebramos el DÍA MUNDIAL DE LA HIGIENE DE MANOS, fecha que fue establecida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2009, aunque la OMS ya había iniciado campañas de concienciación sobre la higiene de manos desde 2005. La creación de este día se enmarca en la iniciativa global de la OMS llamada "Save Lives: Clean Your Hands". El objetivo era destacar la importancia de la higiene de manos en la prevención de infecciones, especialmente en el ámbito de la atención sanitaria. 

La fecha del 5 de mayo (5/5) fue elegida estratégicamente para recordar los cinco momentos clave para la higiene de manos definidos por la OMS: 

1. Antes de tocar al paciente. ¿Cuándo?: higienícese las manos antes de tocar a un paciente cuando se acerque a él. ¿Por qué?: para proteger al paciente de los gérmenes que tenemos en las manos. 

2. Antes de realizar una tarea limpia/aséptica. ¿Cuándo?: higienícese las manos inmediatamente antes de realizar una tarea aséptica. ¿Por qué?: para proteger al paciente de los gérmenes dañinos que podrían entrar en el cuerpo, incluidos los gérmenes del propio paciente. 

3. Después de la exposición a fluidos corporales. ¿Cuándo?: higienícese las manos inmediatamente después de un riesgo de exposición a líquidos corporales y al quitarse los guantes. ¿Por qué?: para protegerse y proteger al entorno de atención de salud de gérmenes dañinos del paciente. 

4. Después del contacto con el paciente. ¿Cuándo?: higienícese las manos después de tocar a un paciente y la zona que le rodea, cuando deje la cabecera del paciente. ¿Por qué?: para protegerse y proteger al entorno de atención de salud de gérmenes dañinos del paciente. 

5. Después de tocar el entorno del paciente. ¿Cuándo?: higienícese las manos después de tocar cualquier objeto o mueble del entorno inmediato del paciente, cuando lo deje (incluso aunque no haya tocado al paciente). ¿Por qué?: para protegerse y proteger al entorno de atención de salud de gérmenes dañinos del paciente. 

El Día Mundial de la Higiene de Manos tiene varios objetivos fundamentales: 

- Concienciar: sensibilizar a nivel mundial a profesionales de la salud, pacientes, cuidadores y al público en general sobre la importancia de la higiene de manos para prevenir la propagación de infecciones. 

- Promover las mejores prácticas: fomentar la adopción de prácticas correctas de higiene de manos en los centros de salud y en la vida cotidiana. 

- Reducir las infecciones: disminuir la incidencia de infecciones asociadas a la atención sanitaria y otras enfermedades infecciosas transmisibles. 

- Combatir la resistencia antimicrobiana: la higiene de manos es una medida clave para prevenir infecciones, lo que a su vez reduce la necesidad de antibióticos y ayuda a combatir la creciente amenaza de la resistencia a los antimicrobianos. 

- Crear una cultura de seguridad: integrar la higiene de manos como un componente fundamental de la seguridad del paciente y de la calidad de la atención sanitaria. 

- Apoyar a los trabajadores de la salud: reconocer el papel crucial de los profesionales de la salud en la promoción de la higiene de manos y proporcionarles las herramientas y la formación necesarias. 

- Fomentar la participación: movilizar a líderes, responsables de la formulación de políticas y al público en general para que prioricen la higiene de manos. 

Y nuestro Hospital General Universitario Dr. Balmis (HGUA) se ha sumado un año más a la celebración de la Jornada Mundial de la Higiene de Manos, con el liderazgo del Servicio de Medicina Preventiva, quien ha organizado un programa de actividades para involucrar a los profesionales para adherirse a la campaña liderada por la OMS, que este año 2026 tiene por lema "Lávate las manos: la acción salva vidas". 

Porque desde Medicina Preventiva se analiza de forma sistemática - y con un cuestionario – un total de 57 unidades del HGUA varias veces al año, en el que se analizan, entre otros aspectos, el cumplimiento de higiene de manos. Y con unos resultados que vale la pena analizar: 

- El porcentaje global del hospital en el cumplimiento del lavado de manos ha sido de un 65%. Una cifra que ha mejorado en los últimos años gracias a programas de formación, pues se percibió una preocupante caída postpandemia (algo que se ha definido como “fatiga pandémica”). 

- El cumplimiento es desigual por estamentos sanitarios: mejor en enfermería, seguido por auxiliares-TCAES y los médicos con el peor resultado. También es desigual por sexos, peor en hombres. Y por servicios: mejor en unidades de críticos, seguido por servicios médicos y los servicios quirúrgicos con el peor resultado. Datos que suelen coincidir con los reflejados en la literatura. 

- El cumplimiento ha sido peor "antes" (en los momentos 1 con un 58,2% y 2 con un 56,5%) que "después" de tocar al paciente (en los momentos 3 con un 73,6%, 4 con un 72,4% y 5 con un 66%) 

- Las áreas con mayor porcentaje de mejora del año previo a este han sido: en primer lugar, Hemodiálisis con un 47% de mejora, seguido por Neurología con un 43% y Hematología con un 30%.

- Y las unidades con mejores resultados en este años han sido: Oncología Pediátrica y Hospital de Día de Oncología Pediátrica con un 100% de cumplimiento; Neonatología en segundo lugar con un 95% y en tercer lugar, la Unidad Cuidados Intensivos con un 91%. 

Es una gran satisfacción que dos unidades de nuestro Servicio de Pediatría (Oncología y Neonatología) lideren este indicador de calidad y seguridad del paciente. Mi expresa felicitación a las jefas de sección (Dras. María Tasso y Caridad Tapia), supervisoras (María José Vidorreta y Eugenia del Caño) y a todos los compañeros que lo hicieron posible desde todos los estamentos (profesionales médicos, de enfermería, TCAES, residentes, etc.). 

Porque un acto tan sencillo marca la diferencia. Porque lavarse las manos salva vidas en sanidad…

lunes, 4 de mayo de 2026

Código ictus pediátrico: cuando el tiempo es cerebro

 

El código ictus pediátrico es el circuito asistencial de respuesta rápida para reconocer, diagnosticar y tratar de forma urgente el ictus en niños y adolescentes, porque en esta edad también se trata de una emergencia tiempo-dependiente. Su objetivo es evitar demoras en la atención y maximizar las opciones de reperfusión precoz cuando el caso lo permite, además de reducir secuelas neurológicas a largo plazo. 

Aunque el ictus es menos frecuente en pediatría que en adultos, su impacto es muy serio: puede dejar secuelas motoras, del lenguaje, cognitivas y conductuales, y condicionar muchos años de discapacidad. Precisamente por eso el código ictus pediátrico busca que el reconocimiento sea rápido, que el traslado sea prioritario y que el paciente llegue cuanto antes a un centro preparado. 

Los síntomas que deben hacer saltar la sospecha son, sobre todo, de inicio brusco: debilidad de un lado del cuerpo, asimetría facial, dificultad para hablar o comprender, alteración de la marcha, pérdida visual, cefalea intensa o un empeoramiento neurológico repentino. En pediatría el diagnóstico es más difícil que en adultos, porque puede confundirse con migraña complicada, crisis epiléptica, parálisis de Todd o parálisis facial periférica. Por eso la activación del circuito depende mucho del alto índice de sospecha clínica. 

El valor real del código no está solo en el nombre, sino en la coordinación: urgencias, pediatría, radiología, neurología o neuropediatría, anestesia y UCI pediátrica deben responder como un solo equipo. En varios protocolos se insiste en que el niño sospechoso debe pasar por neuroimagen urgente y valoración especializada para decidir tratamiento, ya sea en hospital de origen o mediante derivación a un centro de referencia. También se señala que, a diferencia del adulto, en pediatría la dependencia previa no debería excluir automáticamente la activación del código. 

Aquí está el punto clave: el código ictus pediátrico debe tener la misma relevancia organizativa que el de adultos, porque el tiempo también importa en el cerebro infantil. El adulto fue pionero en estructurar rutas de respuesta rápida, y ese modelo ha demostrado que los protocolos salvan tiempo y mejoran resultados; trasladar esa lógica a pediatría es esencial para no llegar tarde. La diferencia es que en niños la evidencia es menor y el proceso suele ser más complejo, así que la existencia de un circuito específico es todavía más necesaria. 

El código ictus pediátrico es un reto todavía pendiente. En la práctica, el gran problema del ictus pediátrico sigue siendo el retraso diagnóstico, porque es infrecuente y sus síntomas no siempre se reconocen de inmediato. De ahí que sociedades científicas y hospitales insistan en implantar y actualizar estos circuitos, con equipos entrenados y derivación ágil a centros con capacidad de tratamiento avanzado. En términos sanitarios, disponer de un código ictus pediátrico bien definido significa dar al niño la misma oportunidad de tratamiento precoz que ya se asumió como indispensable en adultos. 

Por tanto, el código ictus pediátrico no es una versión menor del de adultos, sino una necesidad clínica propia, porque en la infancia cada minuto cuenta y el retraso diagnóstico multiplica el riesgo de secuelas permanentes. Veamos algunos comentarios a tres preguntas clave. 

¿Cómo se diferencia el ictus pediátrico del ictus en adultos? 

El ictus pediátrico presenta diferencias significativas respecto al de los adultos en cuanto a su naturaleza, causas, diagnóstico y criterios de actuación. Según las fuentes, estas son las principales distinciones: 

- Naturaleza y epidemiología 
Tipo de ictus: mientras que en los adultos el 75% de los casos son isquémicos, en la edad pediátrica más del 50% son de naturaleza hemorrágica. 
Incidencia: el ictus es mucho más frecuente en adultos (175-200 casos por cada 100.000 habitantes al año) que en niños, donde la incidencia se sitúa entre 2,3 y 13 casos por cada 100.000 niños al año. 

- Etiología 
Variedad de causas: en los niños, las causas son mucho más numerosas y variadas que en los adultos. El abanico incluye anomalías cardíacas congénitas, enfermedades hematológicas (como la drepanocitosis), infecciones (meningitis, sepsis), traumatismos y arteriopatías específicas como el síndrome de Moya-moya. 

- Presentación clínica y "simuladores" 
Sintomatología: las manifestaciones clínicas en la infancia suelen ser más inespecíficas que en los adultos, lo que dificulta un diagnóstico rápido. 
Simuladores de ictus (Stroke-mimics): son ataques cerebrales agudos de origen no vascular que se confunden con un ictus. En los adultos representan solo el 20-30% de las sospechas, pero en los niños alcanzan el 60-70%. Los más comunes en pediatría son las crisis epilépticas (especialmente la parálisis de Todd), la migraña hemipléjica y trastornos metabólicos. 

- Diagnóstico por imagen 
Prueba de elección: en adultos se suele recurrir inicialmente a la TC y Angio-TC. En cambio, en pediatría, la Resonancia Magnética (RM) cerebral se considera la base para diferenciar un ictus real de un cuadro simulador. 

- Manejo y Código ictus 
Criterios de exclusión: una diferencia fundamental es que, a diferencia de los adultos, la dependencia previa no se considera un motivo de exclusión para la activación del Código Ictus Pediátrico. 
Ubicación del ingreso: se aconseja que todo paciente pediátrico con ictus ingrese en una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). 
Tratamiento agudo: existe una menor evidencia científica en tratamientos como la fibrinólisis o la trombectomía mecánica en niños comparado con adultos, por lo que a menudo se deben adaptar juiciosamente los protocolos de adultos al ámbito pediátrico. 

Finalmente, aunque existe el concepto de que el niño tiene un "buen pronóstico" por su mayor plasticidad neuronal, las fuentes advierten que el impacto es severo: el 75% de los niños supervivientes presentan secuelas neurológicas de por vida. 

¿Qué síntomas inespecíficos complican el diagnóstico del ictus pediátrico? 

El diagnóstico del ictus pediátrico es particularmente complejo porque, a diferencia de los adultos, los niños suelen presentar signos y síntomas inespecíficos que pueden confundirse con otras patologías. 
- Cefalea (dolor de cabeza): Presente en un 20-50% de los casos. De hecho, la cefalea puede ser la forma de presentación inicial en un 27% de los ictus. 
- Alteración del nivel de conciencia: ocurre en un 17-38% de los pacientes pediátricos. Esto incluye estados que van desde el letargo y la obnubilación hasta el estupor o el coma. 

Estos síntomas dificultan el diagnóstico porque son compartidos por los denominados "simuladores de ictus" (stroke-mimics), que en pediatría representan entre el 60% y el 70% de las sospechas iniciales. Entre estos cuadros que imitan al ictus mediante crisis, cefaleas o disminución del nivel de conciencia se encuentran: 
- Crisis epilépticas: especialmente cuando cursan con hemiparesia postictal o Parálisis de Todd. 
- Migrañas: sobre todo la migraña hemipléjica y la migraña basilar. 
- Trastornos metabólicos o tóxicos: como la hipoglucemia, hiponatremia o la ingesta de ciertos fármacos. 
- Infecciones: como la meningitis o la encefalitis. 
Debido a esta presentación clínica tan variada y poco específica, el ictus en niños tiende a estar infradiagnosticado o diagnosticado de forma tardía, lo que hace vital aumentar el índice de sospecha ante cualquier déficit neurológico agudo. 

¿Cuáles son las principales causas y factores de riesgo infantiles? 

Las causas del ictus pediátrico son mucho más numerosas y variadas que las de los adultos, abarcando un amplio abanico de patologías predisponentes.  
- Problemas cardíacos: Incluyen tanto anomalías congénitas como arritmias. 
- Arteriopatías: se distinguen las intracraneales, como el síndrome de Moya-moya o la enfermedad de Takayasu, y las extracraneales, destacando la disección arterial. 
- Estados protrombóticos: trastornos hematológicos como las trombofilias y la drepanocitosis. 
- Malformaciones vasculares: presencia de malformaciones arterio-venosas. 
- Infecciones: procesos graves como sepsis, meningitis y encefalitis. 
- Otros factores externos y patologías: traumatismos, tumores cerebrales, consumo de drogas o ciertos fármacos. 

Es importante destacar que los avances socioeconómicos y sanitarios han permitido un aumento en la supervivencia de niños con estas patologías crónicas, lo que paradójicamente ha generado un incremento de la población susceptible de sufrir un ictus pediátrico. 

Porque en el ictus pediátrico, como en el adulto, el tiempo también es cerebro…