Noche. Una adolescente con chándal lleva en brazos a una lactante de pocos mese abrigada por la fría calle ya vacía. Se compra un café con leche en un puesto callejero. A continuación tiene un encuentro con una mujer dentro de un coche donde negocian la compra-venta del bebé. Ella sale del coche. Y aparece el título de la película: No te quiero, película rusa dirigida por la directora Lena Lanksih en el año 2021, quien se estrena detrás de las cámaras con esta ópera prima dura, muy dura, descorazonadora. Por ello, emulando la mítica película de la saga James Bond, Desde Rusia con amor (Terence Young, 1963), hoy a esta historia le podríamos subtitular, por contraste, “desde Rusia sin amor”. Película de cine independiente ruso con espíritu de crítica social.
La película se centra Vika (extraordinaria Olga Malahova), una adolescente de 14 años de origen muy humilde que acaba de tener una hija y tiene que superar ese hecho a través de una familia desestructurada y en una ciudad de provincias rusa (en la región de los Urales), gris y deprimente, y para el que los propios rusos utilizan despectivamente el término "Djopu mira", y que se traduciría como "el culo del mundo" para referirse a estos lugares, alejados de la mano de Dios.
La historia nos va desgranando su entorno familiar, social y escolar. Vive con su madre, a la que ayuda a vender frutos del bosque en un mercadillo callejero. Parece que el padre vive con otra mujer, y con ellos está su hermano. Hace pasar a su bebé cómo su hermano pequeño, sin darnos pistas ciertas de quién realmente es el progenitor. Hace tiempo que no acude al instituto y todo apunta a que fue expulsada por sus faltas continuas; si parece feliz en las clases de danza, pero algunos familiares del resto de alumnos no quieren que se acerque a estos eventos escolares, pues la consideran una mala influencia para sus hijas.
Vika nunca sonríe y si lo hace no parece normal. Y si lo hiciera, ahí está la madre para recriminarle: “¿Por qué sonríes? ¿Qué te hace gracia? Pues no es el lugar. No lo hagas en público. Es simplemente inapropiado. Pensarán, por qué está contenta”. Y algún secreto se cierne sobre ellos, pues Vika le llega a decir a su madre: “Si fue culpa mía, deberían castigarme”. Porque este bebé no solo es casi un secreto, sino también una fuente de conflicto, con una familia que no deseaba ni acepta al bebé. Y Vika está enfadada con ella misma, con todo, con todos y con la vida, de ahí que le sea difícil cuidar a su hija: “No voy a darle más el pecho”, “¿Por qué lloras todo el tiempo? Para ya…”. Acuda a su médica, pero se va de la consulta porque no quiero que haya estudiantes mientras la exploran; acude al pediatra, pero no la atienden… y es un consultorio tan patético como el resto que le rodea, como las casas, como las calles, como el clima, como los trenes,…. A medida que avanza la historia, Vika choca con la frialdad de la madre, la irresponsabilidad masculina y la indiferencia institucional, quedando aislada en un mar de dudas.
La falta de control aumenta. Vika llega a poner pastillas picadas en el biberón…, pero acaba tirándolo, mientras en segundo plano oímos llorar su hija. Al final, se vuelve a reencontrar con la mujer del principio y visita a los futuros compradores de su hija: “Cuando venga mi mujer, dale la niña. Ven a verme y te daré el dinero. No puede concebir, por eso quiere un bebé”. Pero finalmente se vuelve con su hija y le dice: “Nadie podrá separarnos. Te quiero. Nadie podrá separarnos. Era todo un juego. Nos esconderemos. Te quiero”. Pero acto seguido la abandona en el bosque… Y el final es tan sórdido e inesperado como el resto de la película.
Una tragedia rusa de principio a final… No deja respiro. Y, para ello, Lena Lanskih opta por un realismo crudo: planos prolongados, ritmo pausado, escenarios desolados y ausencia de subrayados musicales, lo que obliga a mirar de frente la precariedad moral y material del entorno. Maternidad adolescente y culpa social hacia ella, mientras el entorno familiar, masculino e institucional se desentiende o mira hacia otro lado. El título No te quiero nos remite tanto al bebé no deseado como a la propia Vika, tratada como alguien prescindible. El paisaje industrial y húmedo de los Urales funciona como metáfora de un país profundo donde los jóvenes tienen pocas salidas, allí done la economía informal (recolectar y vender frutos) muestra la vulnerabilidad económica que agrava la vulnerabilidad de género y edad.
La película interpela sobre la responsabilidad colectiva hacia adolescentes y madres jóvenes: no basta con condenar embarazos precoces si no se asegura educación sexual, redes de apoyo y servicios públicos accesibles. Muestra que, cuando las instituciones fallan y la familia es hostil, cualquier elección de la protagonista será trágica porque ha sido abandonada previamente por todos. Y la enseñanza más incómoda es que no hay espectadores inocentes: la película obliga a preguntarse qué papel se juega en la vida de las personas vulnerables que nos rodean y si se actúa como apoyo o como parte del entorno que las empuja a sentirse “no queridas”.
La frialdad de la sociedad rusa al descubierto ante la maternidad de una adolescente y que nos retrotrae a la película británica Pájaros sin alas (Ellinor Hallin y Ellen Fiske, 2018), que, aunque dirigida por dos directoras suecas, sigue la herencia del Free Cinema y la sombra de Ken Loach, otro golpe en el estómago sobre un grupo de adolescentes con poco presente y casi peor futuro en una ciudad escocesa convertida en escombros tras las políticas tatcherianas.
Y es que la cultura cinematográfica rusa no deja de mostrar una mirada sin compasión ante una sociedad que es crítica consigo misma y que por ello mismo merece ser enseñada, aunque su visionado duela en el alma. Y las películas que ya hemos visionado en Cine y Pediatría desde la Unión Soviética (antes)/ Rusia (hoy) no dejan lugar a dudas: La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 19629), pura elegía antibélica, especialmente por convertir el alma pura de un niño en el alma de un monstruo; Masacre. Ven y mira (Elem Klimov, 1985), ya considerada una de las grandes películas bélicas de la historia y donde todo es bruma, fango, frío, lluvia, niebla, explosiones, guerra, dolor, muerte,…; El regreso (Andrey Zvyagintsev, 2003), donde dos adolescentes se reencuentran con su padre y viven de forma concentrada todo el proceso de adoración-rechazo-destrucción-aceptación de la figura paterna; Children 404 (Askold Kurov, Pavel Loparev, 2014), sobre el error es que un país no acepte el arco iris de la comunidad LGTBIQ+ (y la diversidad) en su sociedad; Sestrenka (mi hermana pequeña) (Aleksandr Galibin, 2019), emotivo drama de tono familiar ambientado en la retaguardia rusa durante la Segunda Guerra Mundial y narrado desde el punto de vista de un niño. Y hoy traemos, desde esa Rusia sin amor, la película No te quiero.

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