“Zimbabue-Rodesia. África del Sur, 1980” es el contexto que nos marca esta película al inicio. Y esta frase de nuestra niña protagonista de 7 años, Boboo, nos pone en la pista, aún con fundido en negro: “Mamá dice que no podemos entrar en su habitación por la noche, que no debemos asustar a mamá y a papá mientras duermen. Cuando le pregunté por qué, me respondió: Porque estamos en guerra. Podríamos pensar que eres un terrorista y disparar por error”. Así comienza la película sudafricana No dejemos que esta noche todo se pierda (Embeth Davidtz, 2024), en lo que es la ópera prima en la dirección de esta actriz estadounidense formada en Sudáfrica y que se consolidó como actriz con papeles como la trabajadora judía Helen Hirsch en La lista de Schindler (Stenve Spielberg, 1993) y la adorable maestra Jennifer Miel en Matilda (Danny de Vito1996).
La película No dejemos que esta noche todo se pierda es un drama familiar que se sitúa en la turbulenta descolonización de Rodesia (actual Zimbabue) a finales de los años 70 y principios de los 80. Contada a través de la mirada de esta niña, la película combina la ternura de una infancia libre con la crudeza de una guerra civil y de un cambio político radical, y que se fundamenta en las memorias de la autora británico-zimbabuense Alexandra Fuller, “Don't Let's Go to the Dogs Tonight” (a la sazón, el título original de esta película). La historia sigue a Bobo (Lexi Venter, de marcada espontaneidad), esta niña blanca que vive en la granja familiar de la Rodesia rural, y donde la Guerra de los Arbustos —el conflicto entre fuerzas coloniales y movimientos independentistas— va deformando el entorno de su infancia. A través de sus ojos ingenuos, el espectador asiste a la descomposición de la vida colonial, a los miedos de sus padres, a la melancolía de su madre y a la tensión racial entre la familia blanca y la población negra, mientras el país se encamina hacia la independencia bajo el liderazgo de Robert Mugabe.
Y vale la pena profundizar en el contexto. Porque la conocida como Guerra de los Arbustos (en inglés Rhodesian Bush War) fue el conflicto armado que se libró en Rodesia entre 1964 y 1979, enfrentando al régimen de minoría blanca de Ian Smith primero con movimientos guerrilleros y, más tarde, con dos grandes organizaciones nacionalistas: ZANU (Zimbabwe African National Union), cuyo brazo armado era el ZANLA, y ZAPU (Zimbabwe African People’s Union), con su fuerza guerrillera ZIPRA. El conflicto acabó con la independencia de la excolonia británica como Zimbabue, bajo gobierno mayoritariamente negro liderado por Robert Mugabe, en 1980. La guerra se enmarca en la resistencia africana a un estado de minoría blanca que se había declarado unilateralmente independiente del Reino Unido en 1965, manteniendo un sistema de dominio blanco y discriminación racial similar al apartheid sudafricano. Los movimientos nacionalistas, con ideología izquierdista y apoyo externo de países comunistas y de vecinos africanos (como Tanzania, Mozambique y Zambia), interpretaron el conflicto como una guerra de liberación nacional.
Y mientras transcurre la historia familiar, nos inundan los pensamientos de Boboo contaminados por el ambiente que le rodea: “Cualquier africano puede ser un terrorista. Lo mejor es no hablar nunca con ningún africano, por si acaso es terrorista o es amigo de uno”, “Los africanos y los blancos no son iguales. Cuando se muere un bebe blanco se va a la iglesia y se reza el Padrenuestro. Luego se le entierra y va directo al cielo. Los familiares se emborrachan y ya está. No se hace ningún drama. Sin embargo, cuando muere un niño africano, se llevan regalos a sus antepasados y se les pide que cuiden al niño para que no se confunda y trate de volver”, “Hasta el año pasado el país en el que vivíamos se llamaba Rodesia, pero los africanos dijeron que ellos lo habían descubierto y que los europeos se lo habían robado. Entonces los africanos se convirtieron en terroristas y comenzó la guerra”.
La propia directora se reserva el papel de la madre de Bobo, Nicola (Embeth Davidtz), una mujer de carácter que prefiere dormir junto a su metralleta, mientras el padre, Tim (Rob van Vuuren), le vemos preparar una artillería, con bombas de mano incluidas, con las que la niña juega. Tiene una hermana adolescente, Vanessa, con sobrepeso… y con el transcurrir del metraje descubriremos que hubo otra hija que murió ahogada en el estanque de la casa. Y les cuidan dos sirvientes negros, Sara (Zikhona Bali) y Jacob (Fumani Shilubana), quienes corren el peligro de ser vistos por la guerrilla como colaboracionistas. Y dentro de la comunidad blanca con la que se relacionan también los abuelos viven cerca, y Bobo se muestra descarada ante ellos.
Porque Bobo es total protagonista y se come la pantalla. Siempre descalza, con la cara sucia y el pelo despeinado, como una niña salvaje-hippie, que también fuma y monta en una moto con un rifle a las espaldas. Todo bastante anormal para una niña de su edad, mientras suena la BSO con temas como el “Watch Out” de la influyente banda de rock zimbabuense Wells Fargo, “The Last Farewell” de Roger Whittaker, “I Wonder” de Sixto Rodríguez, “Patricia the Striper” de Chris de Burgh… Y en ese ambiente se cría Bobo, alter ego de la novelista Alexandra Fuller, y ahí aparecen sus dudas: “¿Soy africana?...¿Somos racistas?”, le pregunta a su madre, “¿Qué sientes cuando mueres?”, le pregunta a Sarah. Y la niña aprende a mandar y, en el propio juego, trata también a los niños negros como criados.
Y en las elecciones del 18 de abril de 1980 fue declarada formalmente la República de Zimbabue, lo que supuso el fin del régimen colonial británico. Rober Mugabe tomo el cargo de Primer ministro del país, mientras que Canaan Sondino Banana fue elegido presidente. Mugabe ocupó el puesto de Primer Ministro hasta 1987 y desde ese momento ya pasó a ser el Presidente del país hasta 2017, momento en que el ejército forzó su renuncia. Y vemos en la película como en aquella fecha, donde este cambio se establece, todo cambia para la familia de Bobo, y el padre se ve obligado a vender la granja, pese a la oposición de su esposa. Los padres preparan la marcha a Zambia, país vecino al norte de Zimbabue. “Si me quieres, gírate”, piensa Bobo al despedirse de Sarah y dejar el país. Y como colofón, aparecen las fotos en blanco y negro de la historia real y los verdaderos protagonistas, acompañando a los créditos finales.
El hecho de que la cámara siga en todo momento a Bobo permite que la violencia, el racismo y la pérdida se perciban de forma indirecta, más a través de gestos, silencios y detalles que a través de discursos ideológicos. Y desde el punto de vista formal, la película ha sido elogiada por su tono equilibrado: sabe ser a la vez íntima y política, sin idealizar ni demonizar a la familia blanca colono ni a la población local.
Una película que nos acerca a un país y un momento histórico poco conocido en nuestro entorno y con tres enseñanzas y reflexiones clave: en primer lugar, la película muestra hasta qué punto la infancia puede ser un espacio de resistencia emocional frente a la barbarie; en segundo lugar, la cinta invita a pensar en la complejidad de la colonización y la descolonización, con esos modos de vida colisionando, de traumas compartidos y de heridas que no se cierran con un acto político formal; y, por último, tiene un mensaje ético sobre la memoria: la frase “no dejemos que esta noche todo se pierda” sugiere que, aunque cambie el mapa político, hay experiencias humanas que merece la pena no olvidar, incluso cuando resultan incómodas para identidades colectivas (blancas o negras).
Una película más sobre la visión de los conflictos bélicos y sociales a través de la mirada de la infancia. Una actriz (Lexi Venter) en el papel de Bob inolvidable, como ya otras niñas miraron la violación de los conflictos bélicos a la infancia desde diferentes filmografías: Paulette (Brigitte Fossey) en Juegos prohibidos (Réne Clément, 1952), Ana (Millie Perkins) en El diario de Ana Frank (George Stevens, 1959), Ana (Ana Torrent) e Isabel (Isabel Tellería) en El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), Carol (Clara Lago) en El viaje de Carol (Inmanol Uribe, 2002), Osama (Marina Golbahari) en Osama (Siddiq Barmak, 2003), Ofelia (Ivana Baquero) en El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), Sarah (Mélusine Mayance) en La llave de Sarah (Gilles Paquet-Brenner, 2010), Lore (Saskia Rosendall) en Lore (Cate Shortland, 2012), Jasna (Isidora Simijonovic) en Klip (Maja Milos, 2012), Liesel Meminger (Sophie Nélisse) en La ladrona de libros (Brian Percival, 2013), Fanny (Léonie Souchaud) en El viaje de Fanny (Lola Doillon, 2015), Oksana (Marta Tiimofeeva) en Sestrenka (mi hermana pequeña) (Aleksandr Galibin, 2019),… O las cintas de animación Persépolis (Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, 2007) con la niña Marjane en Irán y El pan de la guerra (Nora Twomey, 2017) con la niña Parvana en Afganistán.


