La simbología del río es universal y rica: representa el flujo incesante de la vida, el paso del tiempo, la purificación espiritual y la transición entre mundos (nacimiento, muerte, renacimiento). En la mitología, evoca fertilidad y renovación, pero también peligro y olvido, como corriente que arrastra lo viejo hacia lo nuevo. En el arte y en la literatura implica experiencia táctil y sensorial (hapticidad), autodescubrimiento, memoria o huida, cambio personal y conexión con lo natural.
Hay ríos simbólicos: el Nilo, cuna de la civilización egipcia; el Ganges, río sagrado para la purificación hindú, el Tigris y Éufrates, origen de la escritura y la civilización mesopotámica; el Amazonas, el río más largo y caudaloso, pura biodiversidad y misterio indígena; el Sena o el Támesis, corazón de ciudades simbólicas como París o Londres; y un largo etcétera. Entre estos, como no citar el Danubio, el más internacional de los ríos al atravesar diez países europeos en sus 2.850 km, símbolo de unidad multicultural y diversidad histórica, desde la Selva Negra hasta el Mar Negro. Ha servido históricamente como frontera imperial y "autopista líquida" que conecta cuatro capitales europeas (Viena, Bratislava, Belgrado y Budapest), meandro histórico de imperios (romano, austrohúngaro, otomano), violencia (guerras mundiales, Holocausto) y culturas mestizas (germánicos, magiares, eslavos). Poéticamente, evoca misterio, flujo eterno y melancolía, con aura mitológica de lo profundo y fantasmagórico. Y en el cine es epicentro de una ópera prima, Extraño río (Jaume Claret Muxart, 2025), representa deseo adolescente y abstracción sensorial.
El director catalán Jaume Claret Muxart se había fajado en el cortometraje, y es ahora con Extraño río cuando firma su primer largo, un viaje iniciático a orillas del Danubio en el que un adolescente vive un despertar del deseo y de la identidad que fractura la imagen idealizada de su familia: su madre Monika (Nausicaa Bonnín), su padre Albert (Jordi Oriol), sus dos hermanos menores y de sí mismo. Es un film sensorial, muy apoyado en cuerpos, tacto, agua y desplazamientos en bicicleta, que propone un debate sobre el deseo, la fuga y los límites de la mirada familiar y social.
No es la primera vez que Claret Muxart habla de este río, pues ya en el año 2023 firmó el corto Los Danubios, donde un escritor recorre el Danubio en busca del origen del río. Ahora, con Extraño río, la historia no se basa en eventos reales específicos, sino en experiencias personales del director sobre viajes familiares en bicicleta por ese circuito. Y aquí es Dídac (Jan Monter), de 16 años, quien recorre en bicicleta el Danubio con su familia durante un verano de calor y largos paisajes, en un viaje que combina turismo cultural (el padre arquitecto fascinado por edificios, la madre actriz ensayando a Hölderlin por la noche) y convivencia en campings o en sus rutas de cicloturismo. En uno de esos tramos del río, un misterioso chico emerge literalmente de las aguas y se suma al viaje, alterando de forma silenciosa pero intensa la dinámica del grupo. Y ese adolescente misterioso por el que se siente atraído Dídac, Alexander (Francesco Wenz), es una figura ambigua, presentada como una aparición enigmática que aparece y desaparece en este viaje, simbolizando el despertar sexual del protagonista. Un rol alegórico como proyección del deseo de Dídac, sin confirmar si otros lo perciben, lo que deja abierta la interpretación de que podría ser solo su imaginación.
La presencia del recién llegado despierta en Dídac un deseo confuso y nuevo, mezcla de fascinación erótica, curiosidad y identificación, que se entrelaza con las fricciones típicas con sus hermanos y con la relación cambiante con sus padres. La experiencia se convierte así en un viaje interior: el paisaje del Danubio funciona como proyección de sus emociones, entre la realidad y una dimensión casi fantasmal, en la que no siempre está claro qué es vivido y qué es fantaseado. Didac y Alexander, dos adolescentes apolíneos, realidad y deseo.
Sus padres conocen (y hablan de ello) la orientación sexual de su hijo hacia otros chicos, y responden a sus preguntas: “Mamá, ¿te recuerdas de tu primer amor?”. En un momento clave, Dídac sorprende a su madre besando a otro hombre en el camping, lo que derrumba de golpe la idea infantil de que sus padres sólo se desean entre sí. Esa herida se traduce en rabia contenida, visible en cómo pedalea y se desplaza, y refuerza la sensación de que todo el viaje es una transición desde la inocencia hacia una mirada más compleja y ambivalente del mundo adulto.
La película evoca efluvios del cine de Éric Rohmer (La rodilla de Clara, Pauline en la playa, Cuento de verano....). La naturaleza alumbra con sus bosques, caminos, noches cálidas, alguna tormenta, arquitectura que se fusiona con el paisaje...; y todo bajo la influencia mágica del río, en cuyas aguas se esconde el bálsamo de la relajación y la volcánica presencia de las pasiones venideras. Y en el último tercio se produce ese encuentro muy sensorial (primeros planos de piel, agua, vegetación, texturas sonoras) entre los dos adolescentes, donde Dídac le pregunta “¿Cómo te llamas?” y la contestación, en alemán, es “Para ti soy Alexander”. Y su consejo a nuestro protagonista: “Deja que las corrientes decidan por ti”.
Y termina con la misma sensibilidad que ha manifestado en toda la película, bajo los acordes de la canción “The Fireman is Blue” de Ryder The Eagle, mientras la cámara fluye por el agua del Danubio. Y nos quedamos reflexionando sobre los mensajes centrales, el principal ese despertar sexual e identidad fluida de nuestro protagonista, que no se formula en términos de etiquetas rígidas, sino como experiencia de deseo hacia un otro masculino en un contexto de vacaciones y libertad. Allí donde el río, con su fluir constante, funciona como metáfora de una identidad en tránsito, aún no fijada, donde el deseo puede ser tan cambiante como la corriente y tan ambiguo como la frontera entre fantasía y realidad. Pero también trascienden otros temas, entre ellos la ruptura de la idealización de la familia (ese descubrimiento del deseo extramatrimonial de la madre quiebra la imagen infantil de una familia cerrada, monolítica, y abre la pregunta de qué significa realmente la fidelidad, el amor y el deseo en la vida adulta; allí donde lo que se ve desde la mirada adolescente es sólo una superficie pulida que empieza a agrietarse) y la posibilidad de fuga (esa tentación de apartarse de la familia para seguir el cauce de un deseo propio, con ese encuentro final de dos “cuerpos anónimos” y que deja la idea de que la fuga puede ser más interior que geográfica: un cambio de mirada más que una huida física).
Se ha interpretado la película como un gesto de valentía dentro de la industria: un cine que privilegia la poesía visual, la ambigüedad y el tiempo sensorial frente a la obviedad narrativa y al entretenimiento inmediato. El cine entendido como experiencia táctil a través de planos que casi invitan a tocar la piel, el agua, el pelo, más que a seguir un argumento clásico. Allí donde el clímax físico se liga al río como imagen del deseo. Allí donde la orientación sexual de este adolescente fluye como las aguas del Danubio, en una historia que permitiría debatir en un cinefórum con adolescentes, aspectos como la tensión entre deseo y culpa, y la diferencia entre “huir” de tu familia y empezar a mirarla con otros ojos.

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