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sábado, 7 de marzo de 2026

Cine y Pediatría (843) “Extraño río”, la fluidez de un adolescente

 

La simbología del río es universal y rica: representa el flujo incesante de la vida, el paso del tiempo, la purificación espiritual y la transición entre mundos (nacimiento, muerte, renacimiento). En la mitología, evoca fertilidad y renovación, pero también peligro y olvido, como corriente que arrastra lo viejo hacia lo nuevo. En el arte y en la literatura implica experiencia táctil y sensorial (hapticidad), autodescubrimiento, memoria o huida, cambio personal y conexión con lo natural. 

Hay ríos simbólicos: el Nilo, cuna de la civilización egipcia; el Ganges, río sagrado para la purificación hindú, el Tigris y Éufrates, origen de la escritura y la civilización mesopotámica; el Amazonas, el río más largo y caudaloso, pura biodiversidad y misterio indígena; el Sena o el Támesis, corazón de ciudades simbólicas como París o Londres; y un largo etcétera. Entre estos, como no citar el Danubio, el más internacional de los ríos al atravesar diez países europeos en sus 2.850 km, símbolo de unidad multicultural y diversidad histórica, desde la Selva Negra hasta el Mar Negro. Ha servido históricamente como frontera imperial y "autopista líquida" que conecta cuatro capitales europeas (Viena, Bratislava, Belgrado y Budapest), meandro histórico de imperios (romano, austrohúngaro, otomano), violencia (guerras mundiales, Holocausto) y culturas mestizas (germánicos, magiares, eslavos). Poéticamente, evoca misterio, flujo eterno y melancolía, con aura mitológica de lo profundo y fantasmagórico. Y en el cine es epicentro de una ópera prima, Extraño río (Jaume Claret Muxart, 2025), representa deseo adolescente y abstracción sensorial. 

El director catalán Jaume Claret Muxart se había fajado en el cortometraje, y es ahora con Extraño río cuando firma su primer largo, un viaje iniciático a orillas del Danubio en el que un adolescente vive un despertar del deseo y de la identidad que fractura la imagen idealizada de su familia: su madre Monika (Nausicaa Bonnín), su padre Albert (Jordi Oriol), sus dos hermanos menores y de sí mismo. Es un film sensorial, muy apoyado en cuerpos, tacto, agua y desplazamientos en bicicleta, que propone un debate sobre el deseo, la fuga y los límites de la mirada familiar y social. 

No es la primera vez que Claret Muxart habla de este río, pues ya en el año 2023 firmó el corto Los Danubios, donde un escritor recorre el Danubio en busca del origen del río. Ahora, con Extraño río, la historia no se basa en eventos reales específicos, sino en experiencias personales del director sobre viajes familiares en bicicleta por ese circuito. Y aquí es Dídac (Jan Monter), de 16 años, quien recorre en bicicleta el Danubio con su familia durante un verano de calor y largos paisajes, en un viaje que combina turismo cultural (el padre arquitecto fascinado por edificios, la madre actriz ensayando a Hölderlin por la noche) y convivencia en campings o en sus rutas de cicloturismo. En uno de esos tramos del río, un misterioso chico emerge literalmente de las aguas y se suma al viaje, alterando de forma silenciosa pero intensa la dinámica del grupo. Y ese adolescente misterioso por el que se siente atraído Dídac, Alexander (Francesco Wenz), es una figura ambigua, presentada como una aparición enigmática que aparece y desaparece en este viaje, simbolizando el despertar sexual del protagonista. Un rol alegórico como proyección del deseo de Dídac, sin confirmar si otros lo perciben, lo que deja abierta la interpretación de que podría ser solo su imaginación. 

La presencia del recién llegado despierta en Dídac un deseo confuso y nuevo, mezcla de fascinación erótica, curiosidad y identificación, que se entrelaza con las fricciones típicas con sus hermanos y con la relación cambiante con sus padres. La experiencia se convierte así en un viaje interior: el paisaje del Danubio funciona como proyección de sus emociones, entre la realidad y una dimensión casi fantasmal, en la que no siempre está claro qué es vivido y qué es fantaseado. Didac y Alexander, dos adolescentes apolíneos, realidad y deseo. 

Sus padres conocen (y hablan de ello) la orientación sexual de su hijo hacia otros chicos, y responden a sus preguntas: “Mamá, ¿te recuerdas de tu primer amor?”. En un momento clave, Dídac sorprende a su madre besando a otro hombre en el camping, lo que derrumba de golpe la idea infantil de que sus padres sólo se desean entre sí. Esa herida se traduce en rabia contenida, visible en cómo pedalea y se desplaza, y refuerza la sensación de que todo el viaje es una transición desde la inocencia hacia una mirada más compleja y ambivalente del mundo adulto. 

La película evoca efluvios del cine de Éric Rohmer (La rodilla de Clara, Pauline en la playa, Cuento de verano....). La naturaleza alumbra con sus bosques, caminos, noches cálidas, alguna tormenta, arquitectura que se fusiona con el paisaje...; y todo bajo la influencia mágica del río, en cuyas aguas se esconde el bálsamo de la relajación y la volcánica presencia de las pasiones venideras. Y en el último tercio se produce ese encuentro muy sensorial (primeros planos de piel, agua, vegetación, texturas sonoras) entre los dos adolescentes, donde Dídac le pregunta “¿Cómo te llamas?” y la contestación, en alemán, es “Para ti soy Alexander”. Y su consejo a nuestro protagonista: “Deja que las corrientes decidan por ti”. 

Y termina con la misma sensibilidad que ha manifestado en toda la película, bajo los acordes de la canción “The Fireman is Blue” de Ryder The Eagle, mientras la cámara fluye por el agua del Danubio. Y nos quedamos reflexionando sobre los mensajes centrales, el principal ese despertar sexual e identidad fluida de nuestro protagonista, que no se formula en términos de etiquetas rígidas, sino como experiencia de deseo hacia un otro masculino en un contexto de vacaciones y libertad. Allí donde el río, con su fluir constante, funciona como metáfora de una identidad en tránsito, aún no fijada, donde el deseo puede ser tan cambiante como la corriente y tan ambiguo como la frontera entre fantasía y realidad. Pero también trascienden otros temas, entre ellos la ruptura de la idealización de la familia (ese descubrimiento del deseo extramatrimonial de la madre quiebra la imagen infantil de una familia cerrada, monolítica, y abre la pregunta de qué significa realmente la fidelidad, el amor y el deseo en la vida adulta; allí donde lo que se ve desde la mirada adolescente es sólo una superficie pulida que empieza a agrietarse) y la posibilidad de fuga (esa tentación de apartarse de la familia para seguir el cauce de un deseo propio, con ese encuentro final de dos “cuerpos anónimos” y que deja la idea de que la fuga puede ser más interior que geográfica: un cambio de mirada más que una huida física). 

Se ha interpretado la película como un gesto de valentía dentro de la industria: un cine que privilegia la poesía visual, la ambigüedad y el tiempo sensorial frente a la obviedad narrativa y al entretenimiento inmediato. El cine entendido como experiencia táctil a través de planos que casi invitan a tocar la piel, el agua, el pelo, más que a seguir un argumento clásico. Allí donde el clímax físico se liga al río como imagen del deseo. Allí donde la orientación sexual de este adolescente fluye como las aguas del Danubio, en una historia que permitiría debatir en un cinefórum con adolescentes, aspectos como la tensión entre deseo y culpa, y la diferencia entre “huir” de tu familia y empezar a mirarla con otros ojos.

 

sábado, 6 de noviembre de 2021

Cine y Pediatría (617) “La (des)educación de Cameron Post” y la promesa de Dios

 

“De acuerdo, prestad atención. Ya es hora de empezar. Veréis, esta mañana me he puesto a pensar. He pensado en cómo… como era tener vuestra edad. En cómo venía a rezar como si estuviera obligado a hacerlo. No lo entendía igual que ahora. Y se me ocurrió que debía contaros un secreto. ¿Sabemos qué hacemos cada domingo en la Iglesia nosotros, los adultos? Intentamos deshacer las cosas que hicimos cuando teníamos vuestra edad. Pensad en ello, sois el futuro. Y estáis en la edad en la que sois muy vulnerables al mal. Y cuando digo mal, hablo en serio. Puede que ahora no lo veáis, ni mañana tampoco. Pero lo que parece divertido es vuestro enemigo. Y ese enemigo está apretando la soga que lleváis alrededor del cuello. Mientras experimentáis con ese yugo como si fuera un juguete y pensáis «Por una vez no pasada nada, solo un poquito más» ¡Zas! Ya os ha atrapado”. Esta es la charla que da un pastor a unos adolescentes en su catequesis al inicio de esta película que se desarrolla a principios de los años 90 y cuenta la imprevista experiencia de Cameron, una adolescente de 12 años que, tras el baile de graduación, es descubierta en actitud de intimidad con otra chica. Y sin dilación la película nos muestra cómo esta chica es enviada a un centro en Montana llamado La promesa de Dios, y allí, en medio de la naturaleza y junto a otros jóvenes, poder recibir una terapia de reconversión sexual. En otras palabras, considerar su lesbianismo como una enfermedad. 

Nos encontramos ante la película La (des)educación de Cameron Post (Desiree Akhavan, 2018), donde esta directora estadounidense de origen persa (y activista LGTBI) acepta el reto de llevar a la pantalla la novela “The Miseducation of Cameron Post” de Emily M. Danforth, publicada en el año 2012. Sí es cierto que la novela profundiza más en los prolegómenos de nuestra protagonista, Cameron (Chloë Grace Moretz), quien perdió a ambos padres en un accidente de tráfico y vive con una conservadora tía. De hecho, toda su vida familiar y escolar queda mínimamente trazada para centrar enseguida su entrada en La promesa de Dios, allí donde se intenta curar a chicos y chicas de su homosexualidad. 

Lo mejor de esta película es, sin duda, su protagonista, la veterana actriz – a pesar de su juventud - Chloë Grace Moretz y ello porque desde niña se ha enfrentado a la cámara dejándonos una apreciable filmografía en series y películas. Y eso lo confirma que ya en Cine y Pediatría nos ha dejado tres obras tan interesantes como diferentes: La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011), Carrie  (Kimberly Peirce, 2013) y Brain on Fire (Gerard Barrett, 2016). Ya intuíamos a una joven gran actriz, pero la contención actoral de La (des)educación de Cameron Post lo confirma. Y aquí aporta a su personaje una inusual madurez, esa que a veces la vida exige antes de tiempo a esta adolescente (cabe decir que Chloe Grace Moretz tenía 21 años cuando interpretó este papel, aunque su cara infantil sugiere menor edad). Sabemos que la verdadera identidad de Cameron está salvaguardad por su nivel de aceptación y autoconocimiento y eso entronca con la mirada  compasiva con que la directora retrata a los personajes y describe esa experiencia contra natura. De hecho, de la experiencia inversiva de ese internado se destaca la complicidad la protagonista con otros jóvenes en la misma situación de ella, especialmente con Jane (Sasha Lane), la chica de la pierna ortopédica, y Adam (Forrest Goodluck), el chico de ascendencia india. Y tampoco dibuja a los educadores como seres retorcidos o malvados, lo que sugiere que todo es más amable que en otras películas con similar temática. Si bien sí se juega con una perversa reformulación lingüística y a los pacientes se les llama “discípulos”, a la inapropiada reconversión sexual, “reajuste” y a la homosexualidad, “confusión de género” o “SSA-Same Sex Attraction”. 

Porque la película se centra en mostrarnos las señas de identidad de estos centros de reorientación sexual, como la moralidad cristiana como arma salvadora, la eliminación de cualquier atisbo de individualismo, el control de la comunicación con el exterior, la insistente búsqueda de culpabilizar a los padres o a traumas no resueltos (que tienen que dibujar en ese esquema de iceberg). Y esa hermética doctora Lidia Marsh (Jennifer Ehle) que les dice: “La homosexualidad no existe. Solo existe la batalla contra el pecado que libramos…El pecado es pecado. Y tú te enfrentas al de la atracción hacia tu mismo sexo. El primer paso sería que dejases de considerarte homosexual… Deberías considerarte cristiana”. Pero la presión a la que son sometidos los internos a veces también viene de la propia familia, como esa carta de un padre: “Rechazo tu petición de volver a casa al acabar el semestre. Aún eres muy afeminado, y esa es una debilidad que no acepto en mi hogar”. 

Simbólicamente queman los dibujos de sus dibujos de icebergs en el momento que deciden escapar juntos Cameron, Jane y Adam. Y con la imagen de ellos tres en la parte posterior de una furgoneta termina una nueva película para la reflexión. Posiblemente una película que solo escoge la esencia de la novela, pero quizás esa esencia es suficiente, o al menos así lo debieron interpretar los jurados que la galardonaron como Mejor película en el Festival de Sundance y también con la Espiga de Plata del Festival de Valladolid. 

Ni que decir tiene que esta película tiene una profunda relación con Plegarias para Bobby (Russell Mucahy, 2009) y con Identidad borrada (Joel Edgerton, 2018).   Y al igual que nuestra película de hoy, estas dos también basan su guion en sendos libros: “Prayers for Bobby: A Mother's Coming to Terms with the Suicide of Her Gay Son”, la novela biográfica de Leroy Aarons sobre la historia real de Bobby Griffith, un adolescente homosexual que se suicidó a causa de la intolerancia religiosa de su madre y de la sociedad; y “Boy Erase: A Memoir” el libro autobiográfico de Garrad Conley, a quien sus padres envían a un programa de terapia de conversión de su homosexualidad (Love in Action, LIA) en el que, a través de doce pasos basados en el estudio de la Biblia, intentan suprimir su orientación. 

Porque en estos momentos del siglo XXI y con lo que ya se conoce, debiera quedar claro que la homosexualidad no es una enfermedad y, por tanto, no hay que buscarle cura. Y que el problema no es que haya personas con orientaciones sexuales diferentes, sino que vivamos en una sociedad enferma, rígida e intolerante, donde el verbo amar se conjuga mal y en minúsculas. Y esa es la verdadera promesa de Dios: amar. No otra. Y La (des)educación de Cameron Post nos lo vuelve a recordar.

 

sábado, 3 de abril de 2021

Cine y Pediatría (586). “Identidad borrada” denuncia las infancias, adolescencias y vidas borradas


La semana pasada, la entrada de Cine y Pediatría se dirigió a dos recientes películas de cine independiente que nos hablaban del respeto y de la compresión que cabe tener a la orientación sexual de otras personas: Call Me By Your Name (Luca Guadagnino, 2017) y Giant Little Ones (Keith Behrman, 2018). Hoy, una novela y su adaptación a la gran pantalla, nos expresa que aún estamos muy lejos de conseguirlo. 

Garrad Conley publicó en el año 2016 un libro autobiográfico titulado “Boy Erase: A Memoir”. En ella narra su propia historia, la de un hijo de un pastor bautista fundamentalista de una pequeña ciudad de Arkansas. Cuando Garrard tiene 19 años, sus padres descubren que es homosexual, por lo que deciden enviarle a un programa de terapia de conversión (Love in Action, LIA) en el que, a través de doce pasos basados en el estudio de la Biblia, intentan suprimir su orientación. Garrard se ve obligado a elegir entre asistir a este programa o no volver a ser bienvenido en su casa, lo cual significaría perder a su familia y a sus amigos. A pesar de las durísimas experiencias vividas, el joven consigue hallar la fuerza y la comprensión para dejar todo eso atrás e intentar encontrar el perdón y su verdadero yo. 

Este programa de rehabilitación LIA se basa en una serie de principios que no solo trataban la homosexualidad a la manera de adicciones como el alcoholismo o la ludopatía, sino que la ponían al mismo nivel que la pederastia y el bestialismo. Sus participantes estaban sometidos a un rígido control en cuestiones como la vestimenta y el aseo; se les exigía evitar comportamientos excéntricos y la música de compositores como Beethoven o Bach. Conley pasó seis meses sometido a maratonianas sesiones diarias de tortura psicológica que lo dejaron al borde del suicidio, hasta que un día su madre irrumpió en una de ellas para llevarse a su hijo a casa. 

Y en el año 2018 aparece la película Identidad borrada (Joel Edgerton, 2018), fundamentada en este libro y en esta historia, donde el protagonista toma el nombre de Jared Eamons (Lucas Hedges), quien vive en el entorno de una familia religiosa, con un rígido padre y pastor de la comunidad, Marshall (Russel Crowe), y su comprensiva madre, Nancy (Nicole Kidman). Cuando Jared les confiesa: “Pienso en hombres. No sé por qué. Lo siento mucho”, sus padres buscan “curar” su homosexualidad. Y lo intentan a través de la medicina: “Tu padre quiere que comprueben tus niveles de testosterona”, le dice una doctora que sostiene en una mano la ciencia y en otra a Dios. Pero finalmente llegan a LIA, donde adquiere un papel relevante Victor Sykes, el terapeuta jefe (interpretado por el mismo directo, Joel Edgerton), quien hace recitar a los internos: “Uso el pecado sexual y la homosexualidad para llenar un hueco destinado a Dios”. Y mientras les enfrenta a una pizarra donde se les alecciona de los peligros que les acechan (drogas, juego, alcoholismo, promiscuidad, aborto, enfermedad mental, pornografía, criminalidad, violencia doméstica y homosexualidad), les alecciona con arengas (“¿Qué es un hombre de verdad?”, “Dios no te amará tal como eres, a no ser que quieras cambiar”) y les amenaza también (“Está prohibido hablar de la terapia fuera de estas paredes”). 

Y entre esas paredes está atrapado Jared, pese a que su pareja intenta evadirle de ello: “Quédate conmigo. No te va a pasar nada. Te prometo que Dios no te va a fulminar”. Pero finalmente es salvado de LIA por su madre, quien se enfrenta a todos: “Amo a Dios. Dios me ama a mí. Y yo amo a mi hijo. Es así de simple. Pero para tu padre es algo más complicado”. Y cuatro año después de salir de esa terapia que casi logra destrozarle, le animan a escribir su experiencia, que comienza en un artículo del Times titulado “Si Dios supiera: ética y moral de la terapia de conversión”. Y que sería el germen del libro que hoy nos convoca y del que se nutre esta película. 

Y resulta toda una enseñanza las palabras que Jared dirige a su padre (y en general a todos aquellos padres más preocupados en los que les afecta a ellos, que en lo que les preocupa a los hijos): “Soy gay y soy tu hijo. Y nada de ambas cosas van a cambiar”. Y con ello llegamos al colofón de esta película: “En la actualidad, Garrod Conley vive en Nueva York con su marido. Con su literatura y activismo, Garred sigue luchando a favor de la comunidad LGTBQ. El verdadero Victor Sykes dejó Live in Action en 2008. Ahora vive en Texas, con su marido. Cuando se terminó esta película, aún era legal la terapia de conversión en 36 estados. Hasta la fecha, esta práctica ha afectado, por lo menos, a 700.000 estadounidenses LGTBQ”. 

En estos momentos del siglo XXI y con lo que ya se conoce, debiera quedar claro que la homosexualidad no es una enfermedad y, por tanto, no hay que buscarle cura. Y que el problema no es que haya personas con orientaciones sexuales diferentes, sino que vivamos en una sociedad enferma, rígida e intolerante, donde el verbo amar se conjuga mal y en minúscula. Por tanto, la terapia de reorientación sexual (también conocida como terapia de deshomosexualización), que incluyen la modificación del comportamiento, la terapia de aversión, el psicoanálisis, la oración y el consejo religioso, no tienen lugar. La American Psychological Association (APA) condena estas terapias que intentan cambiar la orientación sexual de los pacientes, indicando que hay grandes probabilidades de que los pacientes sufran depresión y tendencias suicidas. Este tipo de "terapias" son ilegales en varios países y en diferentes estados de Estados Unidos… pero no en todos. Quizás ya es tiempo de no borrar ninguna infancia, adolescencia ni vida adulta.