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miércoles, 25 de noviembre de 2020

Siete fallos evidentes del gobierno de España en la pandemia


Unidad Editorial es uno de los principales grupos españoles de prensa escrita, tanto en distribución como en lectores, y que cuenta en su haber con publicaciones líderes en su campo como El Mundo, Marca o Expansión, pero que también gestiona otras publicaciones especializadas como Diario Médico y Correo Farmacéutico. 

Diario Médico es un reconocido periódico sanitario en nuestro país, decano en su especialidad y con rigor y transparencia demostrada. Y que el pasado 26 de octubre publicó una editorial bajo el título de “Siete fallos evidentes del gobierno de Pedro Sánchez en la pandemia”. Una editorial que merece ser reproducida, porque se puede decir más alto pero no más claro. Y que solo recoge lo que es un clamor desde muchos puntos de vista (dejando aparte las ideologías que todo lo distorsionan), pero principalmente una petición que desde hace meses se vienen reclamando desde las sociedades científicas de España, y con punto de inflexión en el manifiesto que surgió en el mes de septiembre del I Congreso Nacional COVID-19, en el que participaron 55 sociedades Científicas españolas: “COVID-19 en España: Manifiesto a favor de una respuesta coordinada, equitativa y basada en la evidencia”. 

Previamente, una carta en el mes de agosto firmada por una veintena de especialistas en Salud Pública y Epidemiología en la revista Lancet reclamaba una auditoría externa a la gestión de Gobierno y Comunidades Autónomas a la gestión de la crisis de la COVID-19. Y que se continuó con una carta de similar contenido y otros firmantes en el mes de octubre. 

Y ha pasado el tiempo y nada ha cambiado a mejor. Y solo se confirma que España sigue encabezando el ránking de peores indicadores en la gestión sanitaria de esta pandemia, tanto en términos sanitarios (porcentaje de contagios, porcentaje de mortalidad, porcentaje de sanitarios infectados, porcentaje de infectados y muertes en la tercera edad) como económicos (caída del PIB, tasa de desempleo global, tasa de paro juvenil, tasa de destrucción de negocios). Y estos datos son incontestables. Y la conclusión es clara, por mucho que se utilicen las estrategias ya definidas por Noam Chomsky para desenfocar el problema y sus responsables: unos malos datos en la crisis del coronavirus es responsabilidad de una mala gestión de su gobierno. 

Ya se ha dicho de todo sobre este tema, pero para este Gobierno es como predicar en el desierto. Los periodistas Iñaki Ellakuría y Planos Planas han publicado recientemente su libro “Manual de incompetencia”, en clara alusión y guiño al previo “Manual de resistencia” de Pedro Sánchez. Y ahora esta editorial de Diario Médico va dirigida a él y su Gobierno, con esos siete fallos que conviene tener en cuenta y aprender de ellos, para mejorar. Porque en la mejora va la salud de los españoles, pero también la crisis económica y social de dimensiones no vividas hasta la fecha en el futuro cercano. Espero que dejemos las ideologías aparcadas por un momento y sirva de algo este clamor y esta petición. 

Expongo literalmente la editorial: 

“Desde que se registró el primer caso positivo de SARS-CoV-2 en España, el 31 de enero, en una persona de origen alemán llegada a la isla de La Gomera en calidad de turista y que había estado en contacto con un paciente diagnosticado en Alemania, hasta hoy, 26 de octubre, sumamos más de un millón de infectados (la cifra se superó el pasado día 21/10, pero con fecha actual el número de casos ha superado 1,5 millones y el de fallecidos se acerca a los 43.000 oficiales ), lo que nos confirma como el sexto país del mundo que acumula esa cifra de contagios confirmados. 

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? El Gobierno de Pedro Sánchez, que había asumido el poder justo dos meses antes del citado primer caso, cometió su primer error al desoír las alertas internacionales y las nacionales y no poner en marcha hasta el 14 de marzo el estado de alarma que luego duró nada menos que 98 días. Posiblemente Sánchez y su Comité Ejecutivo se consideraron muy hábiles dejando, a partir de ahí, en manos de los gobiernos autonómicos la gestión de la pandemia en sus respectivos territorios, pero de esa forma cometió su segundo error: la covid-19 es un problema de Estado y requería, en todo momento, control de Estado; con la participación en las decisiones de las regiones, sí, pero control de Estado. 

El tercer error: Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, tendría que haber sido sustituido al frente de la estrategia contra la covid-19 por un académico de la Medicina Preventiva y Salud Pública muy respetado dentro y fuera de España por sus aportaciones a la especialidad en la bibliografía médica mundial y tendría que haberse nombrado un comité formal y oficial de expertos de todas las disciplinas requeridas, del que saliesen todas las propuestas de medidas y criterios técnicos a aprobar por parte del Gobierno central con participación de los autonómicos. Cuarto error: en la compra de material (EPI, respiradores artificiales, PCR…) el ministerio hizo bien en pretender centralizar las adquisiciones, para intentar lograr mejores precios con la economía de escala, pero fracasó por no apoyarse desde un primer momento en la industria nacional con conocimientos y contactos en el mercado asiático, lo que generó falta de productos vitales para los sanitarios y un dispendio, por ahora, incalculable. 

Quinto error: no dictar las normas necesarias para asumir el control (que no la gestión directa) de los recursos asistenciales, con la participación legalmente obligada de las autonomías, de tal manera que fuese posible mover enfermos con covid-19 entre unas y otras en función de recursos y necesidades, lo que hubiese paliado el abandono de enfermos en las residencias de ancianos. Es evidente que la solidaridad entre ellas ni funcionó ni cabía esperar que lo hiciera sin más. 

Sexto error: no intentar poner en marcha un sistema de recogida de datos centralizado, automatizado y anonimizado de las historias clínicas electrónicas de todo el SNS para tener datos fiables y on line de la evolución de la pandemia. La credibilidad de los datos aportados por Gobierno central y las autonomías ha sido baja por la inexplicada discrepancia entre ellos. 

El partidismo, en un contexto de gobiernos débiles (en minoría y de coalición en el caso del central y de autonómicos, entre ellos los de Madrid y Cataluña; en este caso también más pendiente del procés que de la pandemia), ha resultado un palo en las ruedas de la maquinaria para hacer frente con éxito a la covid-19, pero Sánchez no debió renunciar, bajo ningún concepto ni por ningún tipo de presión, a ejercer su rol en un problema nacional de tanta gravedad. Pero lo hizo, y perdió el verano, séptimo error, en no se sabe qué. ¿Por qué somete a aprobación del Consejo Interterritorial justo cuando ya cabalgamos sobre la segunda ola de la pandemia el documento Actuaciones de respuesta coordinada para el control de la transmisión de Covid-19? Pedir sacrificios a la ciudadanía es necesario, pero la pandemia requiere sobre todo un Gobierno eficaz.” 

Siete errores y siete pecados capitales que dejaran pequeñas a la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza. Porque obras son amores y no buenas razones. Y porque este análisis de la editorial de Diario Médico soporta el método deliberativo de hechos, valores y deberes.

lunes, 21 de septiembre de 2020

COVID-19 en España: Manifiesto a favor de una respuesta coordinada, equitativa y basada en la evidencia

 


Entre el 13 y el 19 de septiembre 2020 se ha celebrado de forma telemática el I Congreso Nacional COVID-19, en el que han participado 55 sociedades Científicas españolas que representan a 171.656 profesionales sanitarios. Con el objetivo de mejorar la gestión de la pandemia en nuestro país, las 55 sociedades científicas participantes en este encuentro desean trasladar a la opinión pública y a las autoridades sanitarias el siguiente manifiesto (se comparte íntegro abajo). Nunca antes había ocurrido un hecho así, con lo que podemos dimensionar la importancia de este hecho y de lo que nos jugamos. 

Hace un mes y medio, a principio de agosto, una carta firmada por una veintena de especialistas en Salud Pública y Epidemiología y otros expertos sanitarios publicada en la prestigiosa revista científica The Lancet, solicitaban una auditoría externa a la gestión del Gobierno y de las Comunidades Autónomas, dado los malos resultados sanitarios (y económicos secundarios), que nos sitúan a la cola de Europa y ya a mucha distancia del resto. Nada ha cambiando en este punto, pero algo si ha cambiado en la crisis del coronavirus en nuestro país en este mes y medio: ha ido a peor. Y sin haber comenzado el otoño-invierno, hay zonas de España ya al borde del colapso y donde se han iniciado ya medidas de confinamiento (Madrid a la cabeza), donde la mala gestión y la falta de medios parecen ser la clave (ya parece que el mantra de que los ciudadanos somos la causa ya no les vale y la responsabilidad regresa al mismo punto de la primera oleada, como nunca debió dejar de ser). Y si en la primera oleada la información era continua con muchos miembros del Gobierno (incluida las Fuerzas de Seguridad del Estado, lo que chocaba), ahora han desaparecido y han dejado aún más solo a Fernando Simón, como cabeza de turco. 

Pues como se ha hecho oídos sordos a aquella petición, este importante congreso virtual, que durante siete días ha puesto sobre la mesa más de 400 trabajos de investigación publicados, ha desarrollado este MANIFIESTO en el que, en seis páginas, se desarrollan estas 12 medidas para una respuesta a la COVID-19 “coordinada, equitativa y basada en la evidencia científica”. 

1. Respuesta sanitaria basada en la evidencia científica y en el interés general. 

2. Lealtad política e institucional y aprendizaje continuo. 

3. Respuesta rápida. 

4. Protocolización nacional de mínimos. 

5. Principio de equidad y reserva estratégica nacional de material. 

6. Coordinación territorial. 

7. Minimización del impacto de la pandemia en la atención a otros procesos. 

8. Rechazo a cualquier discriminación. 

9. Responsabilidad individual. 

10. Frente a la desinformación, sensibilización y educación para la salud. 

11. Apuesta por el trabajo multidisciplinar. 

12. Planes estratégicos para el desarrollo de la ciencia y la investigación. 

Destacar que la voz de la Pediatría también fue oída a través de la Asociación Española de Pediatría (AEP), Sociedad Española de Infectología Pediátrica (SEIP) y Asociación Española de Enfermería Pediátrica (AEEP). 

La situación es grave. Y se va a poner mucho peor, pudiendo alcanzar dimensiones ni imaginables. La voz de los científicos y técnicos se siguen levantando. Esto ya es mucho más que la crónica de una muerte anunciada… Y por ello surge este Manifiesto a favor de una respuesta coordinada, equitativa y basada en la evidencia para la gestión de la COVID-19 en España: coordinada significa que no se puede decir una cosa por un Ministerio y la contrario una hora después por otro, equitativa significa que cada Comunidad Autónoma no puede hacer de su capa un sayo (una cosa son los matices y otra el desajuste imperante) y basada en la evidencia científica significa poner a los científicos y sanitarios como cabeza visible de cualquier decisión en una crisis sanitaria de este calibre. ¿Oído cocina…?
 

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Sobre cisnes negros, rinocerontes grises y virus con corona

 


Muchos teóricos han catalogado la crisis del coronavirus como un «cisne negro». El término, muy utilizado en economía, fue acuñado por el investigador libanés Nassim Nicholas Taleb en 2007 y se refiere a un suceso raro, extremadamente improbable que, cuando sucede, produce un impacto descomunal. Ese impacto provoca que a posteriori se fabriquen miles de explicaciones al respecto, racionalizando el suceso y transformándolo en algo que sí se podía predecir. Ejemplos de cisnes negros son los atentados de las Torres Gemelas, la caída del Muro de Berlín o, más recientemente, el Brexit. 

Sin embargo, en las últimas semanas, otras voces han afirmado que este virus es, en realidad, un «rinoceronte gris». Michele Wucker en su libro de 2016 'El rinoceronte gris: cómo reconocer y actuar sobre los peligros evidentes que ignoramos' se refiere a él como una amenaza altamente probable (ya que en el pasado han habido sucesos de la misma índole) y de alto impacto pero que es sistemáticamente ignorada. Si el cisne negro se enmarca dentro de lo inesperado o con baja probabilidad de ocurrencia, el rinoceronte gris se muestra en cambio como un suceso inminente y conocido al que, por la razón que sea, no se hace ni caso. 

Cisnes negros y rinocerontes grises aparte, creo que con el COVID-19 todos tenemos la misma sensación: estamos ante una crisis de evolución incierta. No sabemos lo que va a ocurrir ni desde el punto de vista sanitario, ni económico, ni político, ni ambiental, ni tan siquiera estructural. No lo saben los científicos, los sanitarios, ni los virólogos, tampoco los analistas ni los economistas, ni mucho menos los políticos. Surge una teoría con respecto a la posible evolución de la pandemia y a los dos minutos surge justo la contraria. Todos nuestros intentos de predecir y controlar el futuro o las posibles repercusiones que se avecinan son fruto del miedo y son fallidos. Esta crisis necesita menos sensacionalismo, menos predicciones, más sentido común y más investigación. Menos “infoxicación” amarillistas y más información científica. Más acción proactiva, y menos reactiva… porque si no es así, siempre llegaremos tarde, mal y nunca. 

Volvamos a la COVID-19 y a estos símiles de zoológico. Los diferentes gobiernos, desde China a Estados Unidos pasando por España y los otros países europeos (así como la OMS en un primer momento), se han querido justificar ante el terrible impacto sanitario, pero también económico y social, de la COVID-19. La excusa ha sido prácticamente unánime: nadie había previsto un efecto tan severo ni una propagación tan rápida y que, en consecuencia, los estados no estaban preparados para hacerles frente. Dejando de lado si esto es creíble, tras la expansión de la enfermedad en China, Irán e Italia y, por tanto, de los avisos que llegaban a Europa del desastre que se iba acercando en un mundo globalizado, en el que las distancias ya no importan, quizás conviene reflexionar sobre aquellos fenómenos arrolladores que se lanzan sobre nosotros sin que, supuestamente, nadie haya previsto su aparición, sus consecuencias y los posibles remedios. 

Toda esta digresión nos llevan a una conclusión ineluctable: los eventos catastróficos se pueden prever (en mayor o menor medida); no estamos preparados para tratarlos por desidia (gubernamental o por parte de los expertos académicos, que prefieren elucubrar sobre cosas seguras) o por tacañería; cuando finalmente nos asaltan abocamos en ellos los mecanismos, las armas, los protocolos, etc. usuales que, mira por donde, no funcionan porque estaban preparados para toda otra clase de acontecimientos. Y, por supuesto, nos cubrimos las espaldas diciendo que este o aquel acontecimiento es un “cisne negro”, cuando la realidad es que se trata de un “rinoceronte gris”, que hace tiempo que existía y nos amenazaba, pero al que no le habíamos hecho caso. 

Se ha escrito mucho sobre esta combinación de animales para explicar los resultados de una pandemia que, tras dos oleadas, ha dejado una estela de muerte y dolor que continúa, pero que se va a continuar de muchas resacas y un tsunami social y económico sin precedentes (especialmente en algunos países como España). Para conocer algo más os dejo un artículo adjunto.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Enfermería escolar: figura clave en la vuelta al colegio en tiempos de COVID-19

 


La vuelta al colegio del alumnado en España (y en el mundo) está en el centro de atención y preocupación de madres, padres, profesores, familias, profesionales sanitarios, gestores y de toda la sociedad. Y ello porque la gestión de los “criterios de sospecha COVID-19” aplicados a la infancia van a provocar continuas dudas en las familias y en las escuelas, un maremágnum de pruebas PCR, continuas ausencias a las clases, habituales cuarentenas y aislamientos, y muchas dudas de carácter epidemiológicos, salubrista y sanitario. 

Y ante toda esta difícil situación, que comienza esta misma semana, se han publicado muchas normas, recomendaciones y protocolos adaptados a cada centro escolar. Y en donde aparece la figura del “coordinador Covid”, figura que tal como pinta el panorama sería recomendable que recayera en un sanitario, pero en la mayoría de las ocasiones recaerá en un docente. Y es aquí donde vuelve a aparecer la figura de un profesional sanitario que se viene reclamando hace décadas en nuestro país: la enfermera escolar. 

La enfermera escolar se define como el profesional de enfermería que realiza su desempeño en el ámbito escolar, prestando atención y cuidados de salud a la comunidad educativa. Su objetivo es contribuir al pleno desarrollo y máximo bienestar físico, mental y social de dicha comunidad, debiendo estar integrada en la misma, y en consecuencia, presente en el centro educativo durante todo el horario escolar. La enfermera escolar no es una figura novedosa, pues ya está institucionalizada y consolidada en otros países, en colegios privados y colegios públicos específicos de educación especial. 

El debate de la necesidad de la enfermera escolar, surge en Londres, en el año 1891 en el Congreso de Higiene y Demografía cuando se plantean los beneficios de las visitas regulares de enfermería a los colegios para revisar la salud de los escolares. Esto conduce a que en 1897 se funde The London School Nurses‘ Society y se creen puestos de enfermeras escolares en colegios ingleses de enseñanza primaria . La sociedad londinense, tras una profunda reflexión, ve que la salud de los escolares está mejorando y se decide dotar a los centros de una enfermera a tiempo completo. Finalmente, en la primera reunión anual de The London School Nurses‘ Society se establecen las principales funciones de la enfermería escolar. 

Pocos años después, en 1907, la figura de la enfermera escolar se extiende a Suecia y Escocia. En 1909 llega a Boston (EE.UU.), donde se lleva a cabo un estudio en el que introducen a dos enfermeras en varios colegios para controlar el absentismo escolar debido a las enfermedades físicas y contagiosas. Es tal el éxito, que en 1926 la Organización Nacional de Enfermería en Salud Pública (ONESP) señala la eficacia en la educación sanitaria cuando interacciona el cuerpo docente con la enfermería, alcanzando un abordaje completo en la salud infantil y en la educación sanitaria a los padres. En 1999 en Estados Unidos surge el término de School Nursing, que es designado por primera vez por la National Association of School Nurses (NASN) fruto de la especialización del profesional de enfermería en el ámbito escolar. 

Hoy en día, la enfermería escolar se encuentra consolidada en países como EE.UU (más del 75% de las escuelas americanas cuentan con una enfermera escolar a tiempo completo), Inglaterra (tal vez sea el país donde más importancia se dé a esta figura y es una línea de especialización en la enfermería), Francia (cuenta de forma reglada con la figura de L’Infirmier de l’Éducation Nationale), Escocia (tiene al menos una enfermera en cada colegio y dan preferencia a las que poseen una formación adicional en salud pública) y Suecia (cada enfermera se encarga entre 2-5 colegios diferentes). 

En España, hay un gran debate entre enfermería escolar-enfermería comunitaria, ya que dicha figura en la enseñanza pública aún no se encuentra implantada y la ausencia se cubre por las enfermeras comunitarias y los programas de salud escolar. En toda esta controversia, hay posturas que defienden la integración de una enfermera dentro del escenario escolar, mientras que otras creen que la necesidad que viene a cubrir la enfermera escolar ya está cubierta por la enfermera comunitaria, si bien ésta ya asume una elevada carga de trabajo en su centro de salud. Este debate político, social y sanitario nos muestra la necesidad de establecer una enfermera dentro del colegio para atender adecuadamente a la comunidad escolar, de manera continuada, programada y guiada. 

Contar con este tipo de profesional en un colegio no es un capricho, sino una necesidad. Y en España, muy pocos centros escolares tienen una enfermera en su plantilla. Y ahora es cuando vamos a acordarnos de Santa Bárbara, cuando truena: y es tarde. Porque las ventajas de contar con un servicio de enfermería escolar son evidentes y están bien descritas en sus cuatro niveles: funciones asistenciales, funciones docentes, funciones de gestión y funciones de investigación. Aprovecho el artículo de Amanda Encinar Casado para revisar estas funciones. 

Funciones asistenciales: 
- Promocionar, proteger, mantener y rehabilitar la salud de la comunidad educativa. 
- Identificar y valorar las necesidades de salud y los cuidados que requieren los individuos, considerando los aspectos biopsicosociales. 
- Realizar la actividad asistencial en función de las necesidades de cuidados detectadas y actuar según protocolos validados científicamente. 
- Realizar los pertinentes planes de atención de enfermería a los alumnos que lo requieran basados en los diagnósticos enfermeros. 
- Actuar ante emergencias o incidencias que surjan durante el horario escolar. 
- Administrar los tratamientos y medicaciones prescritos por profesionales médicos, a los escolares que lo requieran, previa autorización por escrito. 
- Control y seguimiento del alumnado con enfermedades crónicas en colaboración con las familias, facultativos y demás miembros del equipo de salud. 
- Prevenir y detectar de forma precoz los principales problemas de salud más prevalentes en la edad escolar. Dentro de este ámbito la enfermera colaborará estrechamente con la dirección y gabinete psicopedagógico del centro en los casos en los que se detecten problemas de salud emocionales y/o psicológicos. 
- Supervisar el equilibrio de la alimentación ofrecida por el comedor escolar participando en la Comisión de Comedor, para la evaluación mensual de los menús y adecuación de éstos a los alumnos/as con necesidades alimentarias especiales. 
- Asesorar como especialista en el marco sanitario a toda la comunidad escolar en la Consulta de Enfermería. 
- Crear una historia individualizada de los escolares y un diario de consultas. 
- Derivar al alumno/a al centro sanitario cuando se considere necesario con previo aviso a los padres o tutores del alumno/a. 
- Diseñar, implementar y evaluar los protocolos específicos y guías de acción para la práctica de la enfermería en el ámbito escolar. 
- Participar activamente en el equipo interdisciplinar que conforma la comunidad educativa, aportando la visión de experto en el área que le compete. 


Funciones docentes: 
- Promover la salud y la adquisición de hábitos saludables y habilidades que favorezcan las conductas saludables a través de los programas de EpS (Educación para la salud) dirigidos a toda la comunidad escolar. Entre ellos: a) Formar a madres, padres y asociaciones de APAS sobre los problemas frecuentes en el centro educativo (enfermedades transmisibles, prevención de accidentes...), cómo prevenirlos y en general, fomentar unos hábitos saludables desde el ámbito familiar participando en la Escuela de Padres; b) Colaborar en la formación de profesionales y trabajadores de la comunidad educativa (personal de comedor, educador, maestro, equipo directivo, etc.) desarrollando seminarios y talleres sobre hábitos de vida saludables; c) Trabajar colaborativamente con el equipo docente y el claustro de profesores para integrar la salud en todas las materias de manera transversal. 
- Educar a alumnos que padecen enfermedades crónica, y al resto de la comunidad educativa, sobre el autocuidado. 
- Realizar recomendaciones dirigidas a madres-padres, y personal docente y no docente sobre los procesos patológicos más comunes en la infancia y cómo prevenirlos. 
- Explicar el proceso de la enfermedad, beneficios y ventajas de algunas pruebas diagnósticas, buen uso del sistema sanitario, etc. 
- Aportar a la comunidad educativa una visión de la salud como un bien positivo que hay que cuidar cuando la persona está sana. 

Función investigadora: 
- Desarrollar estudios científicos diversos con el fin de conocer los conocimientos, actitudes y hábitos de salud de los escolares, para así mismo, conocer la situación de partida y poder evaluar la actuación enfermera haciendo estudios comparativos posteriormente. 
- Colaborar con grupos de investigación desarrollando el trabajo de campo en el ámbito escolar. 
- Evaluar los resultados y el cumplimiento de los objetivos propuestos en la promoción de hábitos saludables. 
- Medir la satisfacción de los usuarios (alumnado, madres, padres y docentes) con el servicio de enfermería escolar. 
- Evaluar la calidad de vida relacionada con la salud de los escolares. 
- Mejorar los recursos didácticos de EpS a través de métodos como el de la investigación acción en el aula. 
- Potenciar la formación en investigación. 
- Fomentar la auto-evaluación de las enfermeras escolares a través de reuniones y dinámicas individuales y grupales. 
- Difundir los resultados de los estudios a través de revistas científicas y participación en congresos. 

Función gestora: 
- Coordinar con el equipo profesional y directivo del centro escolar, la planificación de la actuación enfermera, especialmente la relacionada con su función docente, incluyendo ésta en el Proyecto Educativo de Centro (P.E.C.) y en la Programación General Anual (P.G.A.) 
- Ser el referente de salud y el nexo de unión entre los diferentes organismos involucrados en la salud de los escolares (Centro de Atención Primaria, Servicio de Odontopediatría, Salud Pública, Unidad de Prevención Comunitaria, etc.) facilitando la puesta en marcha de los distintos programas de promoción de la salud que ofertan las Administraciones Públicas y Privadas. 
- Coordinar la actuación enfermera con los diferentes profesionales de los niveles asistenciales de salud, que atienden a los alumnos/as (pediatra, y enfermera del centro de Atención Primaria, médico especialista, fisioterapeutas, psicólogos, etc.) e incluso a través de los padres o tutores legales si fuera necesario. 
- Gestionar el proceso de atención, recopilación y almacenamiento de la información referente a los alumnos. Registro y actualización de las historias de salud de cada alumno/a, garantizando la confidencialidad en base a la Ley de protección de datos vigente. 
 - Supervisar la adecuada dotación del Servicio de Enfermería de los recursos materiales necesarios y su reposición. 
- Controlar y registrar todas las acciones desarrolladas a todos los niveles. 

Pues bien, si se hubiera hecho bien el trabajo o bien se hubiera trabajado estos últimos meses con ímpetu, la figura de la enfermera escolar estaría presente. Porque a estas cuatro funciones de la enfermería escolar hoy sumaríamos una fundamental, como es el poder constituirse en el “coordinador Covid” de las escuelas. De hecho, AMECE (Asociación Nacional e Internacional de Enfermería Escolar) viene realizando su gran trabajo y también en esta materia, entre ellos el Plan estratégico de Enfermería Escolar para la prevención COVID-19 en los centros educativos, un documento de más de 50 páginas que su presidenta (y amiga), Natividad López Langa me hizo llegar hace unas semanas y que hoy quiero compartir con vosotros. Un documento lleno de información práctica y de anexos útiles, así como de elementos gráficos como los que acompañan este post. 


Hace unos días, en mi post titulado “Vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el nuestro, versión COVID-19”  planteaba dos preguntas a los responsables de la gestión de la crisis del coronavirus:
¿quién ocupará el cargo de “coordinador Covid” en los colegios, un profesor o un sanitario – en este caso, sin duda, en la figura de la tan demanda enfermera escolar -? y ¿para hacer una realidad los “grupos burbuja” de convivencia estable y reducidos, cómo se va a duplicar la plantilla de profesores necesarios para ello? 

Tengo la triste sensación que en la mayoría de los colegios, la respuesta no se va a poder responder de forma afirmativa o positiva en ninguna de las dos. Es decir, no existirá suficiente plantilla de profesores para disminuir el tamaño de las clases y de los “grupos burbuja” y la figura del “coordinador Covid” no recaerá en una enfermera escolar en la mayoría de las ocasiones. Y está claro que la enfermera escolar no va a solucionar todos los problemas que van a surgir de aplicar el protocolo COVID a la infancia en las escuelas (en esta época de otoño-invierno que iniciamos), pero ayudaría mucho a dar respuesta a difíciles decisiones de carácter sanitario, salubrista y epidemiológico. Y así se demanda desde el ámbito de la Educación y desde el ámbito de la Sanidad.

Ojalá la amenaza que supone la COVID-19 para mantener la normalidad en la educación de los centros docentes (no universitarios) sea la oportunidad para consolidad la figura de la enfermera escolar.
 

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el nuestro, versión COVID-19

 


En la comparecencia del día 27 de agosto del Ministro de Sanidad, Salvador Illa, se le vio perder su estudiada parsimonia y tono conciliador cuando hizo referencia a esos padres que llevan a su hijo enfermo al colegio, tal como se aprecia en el vídeo adjunto. Pero creo que le faltó definir lo que es “enfermedad” en ese hijo. 

Todos entendemos lo que es una enfermedad moderada-grave, también los padres (fiebre elevada, vómitos incoercibles, diarrea profusa, insuficiencia respiratoria con mal estado general, decaimiento general con mal aspecto y falta de apetito, convulsiones, etc.), quienes en esas ocasiones todos dejaran a sus hijos en casa y consultaran por ello. Pero me temo que la “enfermedad” a la que se pueda referir, según el protocolo de “sospecha de COVID” del documento Guía de actuación ante la aparición de casos de COVID-19 en centros educativos del 27/08/2020, es a un “cuadro clínico de infección respiratoria aguda de aparición súbita de cualquier gravedad que cursa, entre otros, con fiebre, tos o sensación de falta de aire”, pero también “odinofagia, anosmia, ageusia, dolores musculares, diarreas, dolor torácico o cefaleas, entre otros”, pues todos ellos pueden ser considerados también síntomas de sospecha de infección por SARS-CoV-2 (pág. 3 del documento). 

Según esto, cualquier presencia (y gravedad) de fiebre, tos, diarrea, dolor de garganta o dolor de cabeza (cinco motivos que suponen a buen seguro las tres cuartas partes de consultas en Atención Primaria y Urgencias de Pediatría) implicará la no asistencia a clase, la permanencia en casa de los padres (si trabajan, muchos deberán dejar de hacerlo para estar con sus hijos en casa, porque no lo van a dejar con los abuelos que son grupo de mayor riesgo) y entiendo que lo razonable será la consulta a un centro sanitario. El profesional sanitario, según el protocolo (y máxime si se conoce que los niños asintomáticos también pueden cursar con el coronavirus), le pedirá una PCR (salvo criterio clínico contrario, lo cual es lo razonable, pero ya no lo más habitual) y con ello se activará todo el protocolo de aislamiento de la familia hasta conocer resultado y todo el protocolo derivado y publicado. No dudo que la febrícula (entre 37 y 38ºC) vaya a ese cajón de sastre y con la misma dinámica, al menos en lo que se refiere a poder acudir a clase, pues dudo que pasen el control de temperatura. 

Así que cualquier niño que tenga fiebre (y febrícula), tos, diarrea, dolor de garganta, dolor de cabeza, según la guía de actuación (y como demuestra el enfado del ministro) mejor que no vaya a clase, aunque sea leve, aunque haya comenzado al levantarse, aunque pueda ser transitorio (como lo ha sido hasta ahora en su mayoría y los padres avisaban al colegio que lo vigilaran). Y cada mañana, cada familia tendrá que reprogramarse, porque cualquier niño o niña puede acostarse bien y se despierta tosiendo o con unas décimas, o con dolor de barriga y haya ido al baño un poco suelto, o parece que me duele la frente. Lo de toda la vida, vaya. Pero ahora, ojo, que con la dinámica de culpar a la ciudadanía de la mala cabeza (en este caso a esos padres irresponsables,… que lo debimos ser todos en algún momento) seremos condenados del desastre sanitario que asola España en esta crisis de la COVID-19. “¡Cómo no vamos a ir mal si los padres actúan así!”. Por si nos falla la memoria, durante el confinamiento - uno de los más severos del mundo - la ciudadanía española tuvo un exquisito cumplimiento de las normas y tuvimos las peores estadísticas de todo el mundo, se cuente por donde se cuente. Es decir, en abril, mayo y junio fuimos ejemplares y la gestión sanitaria de la crisis un desastre (no vale la pena recordar todos los aspectos en lo que se llegó tarde, mal y nunca). Y en julio y agosto parece que nos hemos desmadrado (la ciudadanía me refiero, porque la política sigue igual de mal y algunos de vacaciones). Será la “caló”… u otro virus, vaya usted a saber, lo que nos ha afectado el sentido, pero muchos no lo interpretamos así. El caso es que yo viajo y viajo y viajo, y no he visto ninguna actitud incorrecta nunca por parte de la ciudadanía y a cualquier edad. Esas actitudes incorrectas las conozco por los periodistas amarillistas que van a la mala anécdota, al escabroso detalle y crean la falsa sensación de que lo puntual es lo general: pero de ellos ya hemos hablado, y de las conclusiones precipitadas de que eso será el motivo de por qué seguimos igual de mal que al principio respecto a la gestión (cuando todos eramos muy cumplidores). Demos una vuelta a este punto y reflexionemos sobre eso sesgo de información.  

El Sr. Illa, con su intervención abajo adjunta, ve la paja en el ojo ajeno (los padres inconscientes) y no ver la viga en el suyo (una gestión muy mejorable). Reproduzco sus palabras a esos “padres irresponsables”, y hago suyas las frases para dedicarle este simulacro de lo que debiera ser el respeto a la Sanidad Pública, en todos los ámbitos, pero más en la mayor crisis sanitaria que recordamos.  Desde el respeto a su trabajo y desvelos, que no los dudo (como los del Dr. Fernando Simón, demasiado omnipresente, demasiado solo), sugiero revisar el texto en este contexto:

“Quiero decir, vamos a ver. Estamos como estamos. No concibo que un presidente o una presidenta nombren a un filósofo/político sabiendo que no está en condiciones para llevar el Ministerio de Sanidad, poniendo en riesgo la salud de su hijo y del resto de la ciudadanía que está trabajando. Francamente no lo concibo. De todo hay, pero no lo concibo. Por tanto, vamos a ver si somos todos un poco serios. Porque si no esto no tiene solución, vamos a ver… ¿A quién se le puede ocurrir nombrar a un filósofo/político sabiendo que no reúne condiciones para un Ministerio de Sanidad, cuando hay un conjunto de profesionales que permiten tomar otras decisiones más adecuadas? Siendo además el propio país. Vamos, si hay que sancionar esto… en fin”. 

Porque el Sr. Illa, filósofo de formación y político de profesión, padece el efecto Dunning-Kruger, pero de tanto actuar ya no lo recuerda.  Porque ya está bien de echar balones fuera e insinuar que la culpa viene de esa ciudadanía incívica (que los hay, como en todo, pero baste recordar que teniendo movimientos antivacuna en España, nuestro país lidera las tasas de vacunación en población infantil... luego los malos resultados no son por una causa única).

En otoño-invierno, los virus de siempre (virus respiratorio sincitial, virus de la gripe, rinovirus, muchos otros… y también, cómo no, el omnipresente coronavirus entre ellos, pero a muy menor escala) asolarán los domicilios y las escuelas de fiebre (febrícula), tos, diarrea, dolor de garganta, dolor de cabeza y otros supuestos considerados como “sospecha de COVID-19”. Por cierto, cada niño o niña menor de 5 años se conoce que tendrá entre 14 y 17 procesos al año de esos cinco procesos antes referidos, por lo que según protocolo, precisará entre 14 y 17 PCR al año y entre 14 y 17 periodos de de aislamiento con sus familias, bien hasta conocer el resultado de la prueba o de al menos dos semanas si la prueba es positiva. Y cabe conocer que ayer el Gobierno anunció que los padres solo podrán coger baja si su hijo da positivo en coronavirus, pero si el menor tiene que estar en su domicilio en aislamiento (pendiente del resultado de la PCR) o cuarentena de dos semanas por ser contacto estrecho de un positivo, o si se cierra el colegio, solo tendrán derecho a reducción de jornada y preferencia en el teletrabajo (siempre que sea posible, que será la menos de las veces). 

Que la situación es complicada, lo sabemos todos. Pero con lo que conocemos que ocurre todos los años en otoño-invierno con las enfermedades infantiles y con los protocolos actuales de actuación frente a la COVID-19, mantener la dinámica de las escuelas, de la vida familiar y de los trabajos será muy complicado. Y la culpa no será de los padres. Los padres bastante van a tener cada día para saber lo que pueden hacer con sus hijos, con su trabajo y con su vida. 

Y cabe dejar dos preguntas concretas, extensibles a la co-gobernabilidad de las Comunidades Autónomas, pues sería importante que fuera igual para todos: ¿quién ocupará el cargo de “coordinador Covid” en los colegios, un profesor o un sanitario – en este caso, sin duda, en la figura de la tan demanda enfermera escolar -? y ¿para hacer una realidad los “grupos burbuja” de convivencia estable y reducidos, cómo se va a duplicar la plantilla de profesores necesarios para ello? 

Porque todos somos responsables de vencer esta pandemia. Pero insisto, no todos somos responsables en la misma medida. No sigamos desviando el foco del problema y el foco de atención.

miércoles, 26 de agosto de 2020

España y COVID-19: es tiempo de ciencia y buen gobierno. ¡No enfrenten a la ciudadanía!

 

El mundo tiene un serio problema con la pandemia COVID-19. Pero este problema no es igual en todos los países. Hay países que van mal (Estados Unidos, Brasil, México, Gran Bretaña) y países que van bien (Australia, Nueva Zelanda, Japón, Corea del Sur), y también países que no sabemos cómo van, ni lo sabremos (China), aspecto el de este último país que parece increíble que se permita y no tenga una crítica como se merece. 

La mejor o peor situación de cada país no es debido a que los ciudadanos de unos países sean mejor o peor que los de otros, sino a que la gestión de la crisis del coronavirus por los diferentes gobiernos y responsables de sanidad ha sido mejor o peor. De esto no creo que debiéramos tener la mínima duda, aunque quieran convencernos de lo contrario y enfrentarnos entre los ciudadanos por ello. De las maniobras de manipulación masiva nos ha hablado en el tiempo Noam Chomsky y deben ser bien conocidas.  

Y eso nos lleva al caso de España. España no va bien, nada bien. Y, aunque este es un problema en el que todos tenemos que contribuir a superarlo, la lógica es clara: no va bien porque nuestra gestión ha sido incorrecta. Y eso lo dicen los datos relativos (por número de habitantes) de la infección por SARS-CoV-2 en nuestro país: mayor porcentaje de infectados, mayor porcentaje de muertos, mayor porcentaje de ancianos infectados y fallecidos, mayor porcentaje de sanitarios infectados y fallecidos. Estos datos son contundentemente negativos en la evaluación que la Universidad de Cambridge para la primera oleada entre marzo y mayo, al considerar que España fue el país del mundo que peor gestionó la crisis del coronavirus: así lo pone de relevancia un Informe Anual sobre Desarrollo Sostenible que analiza el progreso de 33 países del OCDE y que incluye una clasificación con cinco indicadores que miden el comportamiento de los países al inicio de la pandemia y que está encabezado por Corea del Sur, con una calificación de 0,9 sobre 1. Por el contrario, España se encuentra en la cola de la lista con una nota de 0,39 puntos, junto con Bélgica (0,4), Reino Unido (0,43), Francia (0,46) e Italia (0,49). Ojo, y estos datos tan negativos en la primera oleada es cuando la ciudadanía fue ejemplar en el confinamiento, que no se nos olvide… Y a esta pésima situación sanitaria se suma la pésima situación económica, que nos sitúa como el sufre la mayor recesión de todo el mundo por la crisis del coronavirus.  

Con una crisis sanitaria y económica así, la crisis social está servida. Y con las “4D” que nos asolan (Desgobierno, Descontrol, Desconfianza y Desánimo), el camino al caos está servido. Con el inicio del curso escolar en breve, podremos definir el concepto caos con claridad a las pocas semanas de la misma. Porque no es tiempo de “influencers”, es tiempo de ciencia y buen gobierno. Qué lejos estamos de la coherencia y calma que solicitábamos desde este blog a principio de marzo frente al coronavirus. 

Buscando las causas por las que España encabezó el número de muertes e infecciones en la primera ola COVID-19 en Europa y ahora sigue el mismo camino en la segunda, se han sugerido algunas explicaciones, pero que el autor Alfonso Cuasi analiza como no convincentes: 

1.- España tiene una población más envejecida que otros países europeos. Italia, Grecia, Alemania, Portugal, Finlandia, Bulgaria, Suecia y Letonia tienen un porcentaje de población de más de 64 años mayor que España. Por lo tanto, no parece ser la causa.  
2.- En España hay más precariedad laboral y trabajo sumergido que en otros países europeos. Es una hipótesis muy interesante, pero entre las regiones más afectadas en la primera y segunda olas destacan Madrid, Cataluña y País Vasco, que no parecen compartir las mayores tasas de paro y precariedad. Más bien son las regiones con mayor riqueza, por lo que tampoco parece el motivo.  
3.- España realiza más test diagnósticos de COVID-19 que otros países europeos. Los datos del ECDC muestran que la tasa de test por cada 100.000 habitantes de España es superada por bastantes países europeos. Entre las gráficas de la situación de cada país europeo hay una denominada "weekly testing rate" que muestra el ratio semanal de test por cada 100.000 habitantes.  
4.- Los ciudadanos españoles son menos respetuosos con las normas para la prevención de la infección que los ciudadanos de otros países europeos. Siempre está la tentación de atribuir la responsabilidad de la situación a los ciudadanos, pero ¿hay algún dato que lo pueda apoyar? Seguro que no: somos ciudadanos ejemplares, pero tampoco esencialmente distintos, al menos, a los países del sur de Europa (y el ejemplo de Portugal o Grecia es llamativo, a ellos les ha ido bien). Si la observación del confinamiento fue "ejemplar" por la mayoría de los ciudadanos, no hay muchos motivos para pensar que los mismos ahora se han vuelto tan descuidados. 

No es de extrañar que broten propuestas para mejorar esta crisis desde la espontaneidad de científicos y técnicos preocupados por el problema, que intentan que se les oiga y se cuente con una gestión consensuada para el global del país (con las peculiaridades que pueda aportar la situación de cada Comunidad Autónoma). He aquí una de interés, matizada:  

1. Información uniforme, detallada y transparente. 
Es imprescindible publicar no solo el número de casos positivos de PCR, sino también el número de PCR que se realizan diariamente, el número diario de nuevos hospitalizados en planta y en UCI, e informar, además, de su distribución geográfica por municipios o comarcas, así como por clases de edad. Esa información daría confianza dentro y fuera de España y facilitaría su interpretación epidemiológica. 
Esto es clave. La atención de la prensa y, por tanto, de la opinión pública y de los responsables y políticos está centrada en el número de casos. Eso es incorrecto, porque el número de casos detectados no es solo en función del número real de infectados, sino también del esfuerzo de muestreo, es decir, del número de pruebas, así como de la selección de esas muestras. Ahora se hacen más pruebas que en marzo y se realiza (aunque con muchas variaciones) el trazado de casos que debería haberse hecho al principio de la epidemia. En consecuencia, se detectan más casos. Una forma de corregir ese sesgo es dividir el número de positivos diarios por el número de pruebas realizadas ese día, lo que nos daría una “prevalencia de PCR”. Pongamos el ejemplo de Castilla y León: en marzo, esa prevalencia de PCR era de en torno al 44%, en junio del 0,91% y desde julio viene subiendo alcanzando el 1,13%. Por tanto si con un 44% era la primera oleada, con un 1,13% (aunque ascendente) no sé si es prudente hablar de una segunda oleada en esta comunidad autónoma. Algo diferente ha sido en Aragón o el País Vasco, y de ahí la importancia de la información detallada. 
Además, nos fijamos más en los casos que en los hospitalizados, y puede incluso que los hospitalizados no lo sean por los mismos criterios ahora que antes. Porque en la actualidad, el número de hospitalizados es 10 veces menor que en abril, aunque este dato siempre llama a la prudencia. Similar evolución, por fortuna, ha seguido la gravedad e ingreso en las UCI. Por ello, todos los datos son importantes, muy importantes para conocer la situación con objetiva globalidad. 

2. Mantener las medidas preventivas. 
No queda ninguna duda, pues además es el único recurso que actualmente tenemos para luchar contra este virus: no olvidar las dudas que plantean las pruebas diagnósticas, los tratamientos con baja evidencia científica y la ausencia de vacunas, para dimensionar lo anterior. De ahí que las medidas de prevención continúen siendo las “3M”: metros de distancia física, higiene de manos y mascarilla (al menos a partir de una edad) y que los peligros están en espacios “3C": cerrados, concurridos y cercanos. 

3. Trazado, PCR y aislamiento. 
Es urgente aumentar el esfuerzo en el trazado de contactos y procurar su aislamiento. El esfuerzo actual no es igual en todas las Comunidades Autónomas y resulta francamente mejorable. Los servicios de Atención Primaria merecen apoyo, pues son los más adecuados para este esfuerzo de trazado, que debería integrar a todos los profesionales de la sanidad. Y no olvidar lo que va a suponer estos protocolos de aislamiento para las personas y los trabajos, y más teniendo presente que con el tiempo, casi todos formaremos parte de ese aislamiento, como positivos o como contactos. 

4. Más ciencia y menos ruido. 
Más información científica y técnica y menos “infoxicación” por redes sociales. Más científicos, técnicos, gestores y políticos rigurosos y menos “influencers” (sobre ello hablaremos en breve, pues este tema es delicado). 

5. Cambiar el mensaje. 
Al poner continuamente el acento en los nuevos casos y los rebrotes, proyectamos una imagen negativa de esta enfermedad y somos responsables de la COVIDofobia. La infodemia y la COVIDofobia es una mala combinación, como ya hemos publicado.  Conviene cambiar el mensaje: debería hablarse mucho más de los casos hospitalizados que de los diagnósticos. Si cada vez hay menos hospitalizados, las cosas van mejor. Y si los hospitalizados son menos graves e ingresan menos en las UCIs, las cosas van mejor. En ninguna enfermedad – ni circunstancia de la vida – existe el riesgo cero. Ha habido momentos en el mes de junio el que la mortalidad en carretera ha superado la mortalidad por la COVID-19, y no hemos ido contando cada fallecimiento en carretera ni hemos cerrado las mismas. Y estos datos son importantes: porque actualmente España es de los países que más casos notifican por 100.000 habitantes, pero no está entre los cuatro que reportan más mortalidad en los últimos 14 días (Rumanía, Bulgaria, Luxemburgo y Bélgica). ¿Por qué mirar solo al dato malo? 
Repito: datos globales y no sesgados. El miedo no es un buen método de gestión y para superar la crisis, y menos el amarillismo periodístico. 

En España (y en el mundo) es tiempo de ciencia y buen gobierno. No es tiempo de enfrentar a la ciudadanía por un aspecto de distracción que no se merece, cuando su comportamiento fue (en la primera oleada) y es (en la segunda oleada, con las lógicas excepciones ante las “4D” reinantes) de un cumplimiento a las normas modélico. 

La crisis por la pandemia COVID-19 es responsabilidad de todos. Pero la responsabilidad no es igual para todos. Algunos han sido elegidos para el gobierno y buen gobierno nacional y autonómico. Y cobran por ello. Y ese sueldo no es para que pongan el foco del problema en la ciudadanía, la misma que les paga con sus impuestos. 

La conclusión es clara, por mucho que se utilicen las estrategias ya definidas por Chomsky para desenforcar el problema y sus responsables: unos malos datos en la crisis del coronavirus es responsabilidad de una mala gestión de su gobierno.