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sábado, 27 de junio de 2026

Cine y Pediatría (859) “Mi hija Hildegart”, en busca de la hija eugenésica

 

La historia de Aurora Rodríguez Carballeira (1879-1955) y de su hija Hildegart Rodríguez Carballeira (1914-1933), ocurrida en el convulso primer tercio del siglo XX, constituye uno de los casos más fascinantes y trágicos de la crónica negra y sociopolítica española. Aurora es una mujer gallega nacida en Ferrol de clase media-alta acomodada, y que en su juventud se trasladó a Madrid ya con una amasada ideología socialista utópica y eugenésica. Convencida de que la mujer debe ser liberada de la opresión masculina, Aurora decide concebir un "modelo de mujer del futuro". Elige cuidadosamente a un sacerdote como progenitor biológico bajo la condición de que este renuncie a cualquier derecho de paternidad. Y de este plan nace Hildegart (cuyo nombre significa "jardín de la sabiduría"), a quien somete desde el principio a un estricto e implacable régimen de educación y aislamiento por parte de su madre. De esa manera, la niña se convierte en un prodigio absoluto: lee a los dos años, escribe a los tres y domina varios idiomas en su infancia; a los 17 años se convierte en la abogada más joven de España; y se transforma en una activa militante política y líder de la Liga Mundial para la Reforma Sexual. 

El conflicto estalla cuando Hildegart cumple 18 años. Al madurar, la joven comienza a buscar su independencia emocional e intelectual, se enamora e intenta desvincularse del control asfixiante de su progenitora. Aurora, incapaz de tolerar que su "escultura de carne y hueso" desarrolle voluntad propia y arruine el proyecto de su vida, decide que prefiere destruirla antes que perder su control. El 9 de junio de 1933, Aurora asesina a tiros a Hildegart mientras duerme. 

Una historia, la de este “proyecto Hildegart”, que ha inspirado varias adaptaciones cinematográficas en nuestro país. Tres en concreto, dos películas de ficción y un documental. Y que vamos a comentar, poniendo especial hincapié en la película original. 

- Mi hija Hildegart (Fernando Fernán Gómez, 1977), basado en el libro "Aurora de sangre" de Eduardo de Guzmán, y adaptado por Rafael Azcona y Fernando Fernán Gómez. Se basa en los hechos que precedieron al juicio, cuando Aurora confiesa su asesinato y rememora la historia de ella y su hija, protagonizada por Amparo Soler Leal (como Aurora) y Carmen Roldán (como Hildegart). Se nos presenta en blanco y negro las escenas del pasado y los recuerdos, mientras que el presente es en color, lo que hace que las continuas analepsis (flashback) y prolepsis (flashforward) se puedan seguir sin dificultad, sin perder su tono esencialmente teatral y que pone bastante peso en el análisis sociopolítico de la Segunda República. La música corre a cargo de Luis Eduardo Aute. 

Vale la pena destacar algunas confesiones de Aurora ante su abogado: "Tenía que ser una niña, una mujer sana de cuerpo y alma, guiada certeramente desde antes de nacer, capaz de realizar la gran idea que yo por mi falta de preparación no podía llevar a cabo. Hildegart debía consagrarse a la liberación de la mujer", lo que aclara su idea eugenésica; "Prefiero la muerte, antes de que la gente piense que mis ideas fueron por estar loca", lo que reafirma la convicción de sus ideas, hasta sus más crueles consecuencias. Porque esta madre, incapaz de soportar la más mínima desviación de su hija del camino que ha soñado para ella, la mata a sangre fría, en sus propias palabras, igual que un escultor destruye su obra cuando la misma no ha alcanzado las cotas de perfección a que aspiraba. Y ello, al parecer, con el propio consentimiento de la hija. 

- La virgen roja (Paula Ortiz, 2024), es una versión más reciente con guion de Eduard Sola y Clara Roquet, protagonizada por por Najwa Nimri (como Aurora) y Alba Planas (como Hildegart). Utiliza una paleta de colores donde predominan el blanco, el negro y el rojo para simbolizar el fanatismo, la pureza, el control y la libertad. Se centra fuertemente en el diseño científico de la menor por parte de la madre y la fractura entre ambas cuando Hildegart intenta independizarse y explorar sus propias emociones frente a la rigidez de su madre. 

Algunos de los mensajes que Auroa lanza a su hija son contundentes: "Fuiste concebida para cambiar el mundo", "Freud en el sexo, Nietzsche en el pecho, Marx en la cabeza", "El amor es una debilidad",...

 - La virgen roja (Marcos Nine, 2021), película documental cimentada con alternancia de fragmentos de películas de la primera mitad del siglo, imágenes de archivo y segmentos de animación de cosecha propia con las narraciones y testimonios de una serie de historiadores, escritores y psiquiatras especialistas en la historia analizada. Nine reconstruye, bajo la primacía de la imagen sobre la palabra, las peculiares vidas de Aurora Rodríguez y su hija Hildegart, a la que quiso moldear como su Frankenstein particular (al respecto, cabe no olvidar que la novela de Almudena Grandes titulada “La madre de Frankestein” tiene como protagonistas a un joven psiquiatra, a Aurora Rodríguez Carballeira y a una joven auxiliar de enfermería que trabaja en un manicomio). 

Tres visiones cinematográficas de una misma historia que acumula una serie de enseñanzas que cabe recordar. La primera, que los hijos no son proyectos ni extensiones de los progenitores, poniendo en aviso del peligro de la paternidad posesiva; porque los hijos son seres individuales con derecho a forjar su propio destino y no "herramientas ideológicas" al servicio de los traumas o ambiciones parentales. La segunda, que la libertad no se puede construir sobre la opresión: paradójicamente, Aurora buscaba la liberación de las mujeres en la sociedad, pero aplicó una tiranía claustrofóbica y totalitaria dentro de su propio hogar; es así que la incoherencia entre sus ideales públicos y sus métodos privados vició el proyecto desde el origen. Y la tercera, el siempre peligro del fanatismo ideológico: cuando una doctrina teórica (en este caso la eugenesia y el control social radical) se superpone a la empatía, el amor filial y la humanidad básica, se abren las puertas a la monstruosidad. 

Tres enseñanzas amasadas bajo otras tantas reflexiones de una historia que parece ficción, pero que nos demuestras una vez más que en ocasiones la realidad supera a la ficción. Esta historia funciona como una versión real y oscura de Frankenstein o el mito de Pigmalión, la de ese creador que dota de inteligencia a su criatura, pero se ve superado por la autonomía y el libre albedrío de esta, reaccionando con violencia letal ante la pérdida de control. Y donde Hildegart vivía en una profunda contradicción, pues mientras teorizaba con brillantez sobre la reforma sexual y la libertad de la mujer en libros y discursos públicos, ella vivía completamente reprimida y tutelada en su privacidad, lo que refleja la dura brecha existente entre el conocimiento abstracto y la madurez vivencial afectiva.

 

sábado, 23 de julio de 2022

Cine y Pediatría (654) La trilogía infantil de Frances Hodgson Burnett (1): “El pequeño lord”

 

La escritora británico-estadounidense Frances Hodgson Burnett ha traspasado la memoria literaria con tres obras infantiles ya universales publicadas en ese puente temporal que cruza del siglo XIX al XX. Novelas que han sido llevadas a la pantalla en numerosas ocasiones como guion adaptado y que la convierten en una verdadera autora “de cine”. Curiosamente esta autora ha sido el eje argumental del prólogo del libro “Lo que nunca volverá. La infancia en el cine”, recientemente publicado, y en el que he tenido la oportunidad de participar. 

Nació Frances Hodgson Burnett en el año 1849 en Manchester, la hija mayor de una familia sustentada por el humilde sueldo de platero del padre. La pronta muerte del padre provocó una gran crisis económica en la familia Hodgson, lo que les obligó a emigrar a Estados Unidos para residir con un tío materno que al final no se ocupó demasiado de su parentela. Ya allí Frances comenzó a publicar sus primeros textos, poemas y relatos desde el año 1868, aparecidos en revistas femeninas, y esa pequeña remuneración sirvió como medio para ayudar al sustento de la casa. 

Pero fue en su tarea como novelista donde Frances obtuvo gran éxito como autora de historias románticas y de protagonismo infantil, esa trilogía que fueron “Little Lord Fauntleroy” (1886), buscando inspiración en su propio hijo Vivian; “A Little Princess" (1905), libro retitulado del original “Sara Crew” (1888) y que antes fue obra teatral; y “The Secret Garden” (1911), uno de sus mejores y más populares trabajos, aunque no fuera valorada en su época como las dos anteriores. Porque aunque esta escritora nos dejó casi dos docenas de obras para adultos durante su vida, es recordada hoy en día por sus tres novelas para niños 

Y esas tres novelas han alcanzado el status de clásicos intemporales de la literatura infantil. Y en las dos próximas entradas de Cine y Pediatría vamos a revisar sus adaptaciones cinematográficas. Hoy revisaremos las de “Little Lord Fountleroy” y la semana que viene las películas asociadas a las otras dos historias. 

La historia es conocida y reconocida en “Little Lord Fauntleroy”. El niño de 9 años, Cedric Erro,l vive con su madre viuda en Brooklyn y están tan unidos y enamorados el uno del otro que el niño llama a su madre como Querida (“Dearest” en versión original). El difunto padre de Cedric era hijo del conde británico de Dorincourt, pero el conde se había opuesto firmemente a la boda de su hijo, y por lo tanto se ha distanciado de Cedric y su madre. Pero cuando el único hijo superviviente del conde muere en un accidente de equitación, Cedric se convierte en Lord Fauntleroy, heredero del conde, aunque el testamento contiene una cláusula que lo obliga a vivir a Inglaterra con su abuelo, un viejo cascarrabias. Allí acude con su madre, donde tienen que superar los duros sentimientos del conde sobre el pasado, así como algunos obstáculos inesperados. Atrás han dejado a sus amigos del barrio, especialmente al niño limpiabotas, al tendero y a la vendedora de manzanas. Una vez juntos abuelo y nieto, la inocencia y cariño de éste atrapa y conquista el duro y enfadado corazón de aquél, pues Cedrid ejerce un verdadero efecto Pigmalion, pues los valores positivos que el nieto ve en su abuelo se acaban haciendo realidad. 

Se contabilizan cuatro adaptaciones para la gran pantalla bajo el mismo título original que la novela, así como una serie japonesa para la televisión de 43 episodios, “El pequeño lord” (Kôzô Kusuba, 1988). 

La primera adaptación es del año 1921, dirigida por Alfred E. Green y Jack Pickford, es la película estadounidense El pequeño Lord Fauntleroy. Película muda que contó con Mary Pickford, la actriz canadiense que fuera una de las grandes divas del cine mudo, la más poderosa y mejor pagada de aquella época, conocida como "la pequeña Mary", “la chica del pelo dorado” o “la novia de América” (apodo que luego recogerían Grace Kelly, Audrey Hepburn, Julia Roberts o Emma Stone). Pues bien, era tal su poderío que se atrevió tanto con el papel del niño Cedrid como el de su madre “Dearest” en esta adaptación,  de la que también fue productora. 

La siguiente adaptación es del año 1926, película muda del cine italiano dirigida por Augusto Genina, bajo el título de ¿Chico o chica? En ella cambia algo los nombres y el argumento, pero conserva la esencia de la historia. Decir que este mismo director rodó el mismo argumento como película sonora en 1932. 

La adaptación más prestigiosa fue dirigida por John Cromwell en el año 1936: El pequeño lord. Esta película estadounidense contó con Freddie Bartholomew en el papel principal de Cedrid, un joven actor británico que brilló en Hollywood con sus papeles en David Copperfield (George Cukor, 1935), Ana Karenina (Clarence Brown, 1935) o Capitanes intrépidos (Victor Fleming, 1937). Le acompañaron en el reparto, Dolores Costello como su madre “Dearest”, Aubrey Smith como el conde Dorincourt y un pequeño papel para Mickey Rooney, ya estrella consolidada en aquel entonces pese a su juventud. En esta película, la música de Max Steiner se une en perfecta sintonía con las interpretaciones para devolvernos una historia llena de sentimiento y emoción. Y baste esta declaración de amor de ese abuelo cascarrabias ya transformado: “Si alguien me hubiera dicho que le tomaría afecto a un niño, no le habría creído. Siempre he detestado a los niños. A los míos, más que a ninguno. Pero le quiero a él. Y, extrañamente, él me quiere a mí”

Esta es una de las películas más conocidas del cineasta John Cromwell, de la que él se sentía muy orgulloso, tanto por la dirección como por los detalles técnicos. Y cierto que es una cuidada producción que mantiene el sabor añejo de las producciones del Hollywood clásico, con una historia muy sencilla y llena de sensibilidad, con ese triángulo actoral entre el pequeño lord, su madre y su abuelo. Lo cierto es que el realizador supo sacar del joven actor irlandés Freddie Bartholomew la mejor interpretación de su carrera, nada afectada y muy humana. 

La última adaptación es la película británica del año 1980 dirigida por Jack Gold: El pequeño lord. Aquí los protagonistas principales son Rick Schroeder como Cedrid - joven actor estadounidense que se dio a conocer en su papel de niño en El campeón (Franco Zeffirelli, 1979) -, Alec Guinness como el conde Dorincourt y Connie Booth como la madre. Aunque es una película meritoria en color, está claro que no llega a la altura de su predecesora en blanco y negro. 

Y es así que esta novela de Frances Hodgson Burnett, con un estilo dickesiano que combina drama y humor, regala a los lectores una historia que les descubrirá las ventajas de ser virtuosos. El protagonista, con su generosidad, franqueza, prudencia y obediencia, conseguirá redimir al egoísta, soberbio y tozudo conde de Dorincourt, su abuelo. Y logrará que el poderoso anciano comprenda los beneficios que para el alma tiene el ayudar a los demás, así como la confianza en las relaciones personales. La novela nos descubre - y las películas nos recuerdan – el valor de las palabras de San Agustín: «La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos». Y este feliz reposo es el que sentimos cuando disfrutamos una historia así. De esas películas para ver en familia, como también las dos que comentaremos de la misma autora la semana que viene. 

Una historia ya universal para revisar en blanco y negro o en color.