sábado, 30 de octubre de 2021

Cine y Pediatría (616): “Déjame caer”, el réquiem por el sueño islandés

 

Me encuentro ahora enganchado a la serie televisiva islandesa Atrapados, en donde su director principal, Baltasar Kormákur, nos atrapa con su guion y con ese particular personaje que es la naturaleza del “país del hielo”, Islandia. Esta serie es un ejemplo más del cine noir nórdico que ha puesto de moda en películas y series que llegan de Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia e Islandia. Películas como Aurora boreal (Leif Lindblom, 2007), La isla de los olvidados (Marius Holst, 2010), Headhunters (Morten Tyldum, 2011), Misericordia-Los casos del Departamento Q (Mikkel Nørgaard, 2013), o la trilogía Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres (Niels Arden Oplev, 2009), La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (Daniel Alfredson, 2009) y La reina en el palacio de las corrientes de aire (Daniel Alfredson, 2009). Y series como Forbrydelsen, El puente-Bron o Borgen

En Cine y Pediatría ya pudimos revisar un par de películas que nos dejó helados, difíciles de olvidar, como la sueca Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008) o la danesa La caza (Thomas Vinterberg, 2012). Bienvenida sea esta moda para conocer las filmografías de estos países septentrionales tan diferentes socialmente a nuestra cultura mediterránea. Un ejemplo muy apreciado es Islandia, ese país insular tan peculiar. En Cine y Pediatría ya hemos podido compartir dos películas: Sparrows-Gorriones (Rúnar Rúnarsson, 2015) y Heartstone, corazones de piedra (Guðmundur Arnar Guðmundsson. 2016).   Y hoy llega una película que se han convertido en uno de los éxitos más taquilleros de la historia del cine islandés: Déjame caer (Baldvin Zophoníasson, 2018), una cruda película sobre el terrible viaje hacia el infierno de las drogas de una adolescente de clase media-baja en un país como Islandia, considerado como el paraíso del bienestar social. Un conmovedor drama sobre la generación oculta de adolescentes toxicómanos en la Reikiavik actual en una película áspera, no fácil de mirar y que pone contra las cuerdas al espectador: adolescencia, adicción, sexo, realismo sucio, autodestrucción, vileza, soledad. Una película, pese a su crudeza, tan real que debería proyectarse en institutos, porque son muchas las emociones, reflexiones y enseñanzas que se derivan, pese a que sea un cine que nos sigue dejando helados. 

“Dedicado a la memoria de Sissu y Krístin Gerdar”. Comienza con estas palabras (porque está basada en una historia real) y con una velada escena muy dura durante los títulos de crédito, que ya nos pone en la pista de qué tipo de película vamos a ver, de nuevo frente al gélido cine islandés. Porque nunca es fácil cuando se trata de la adicción a estupefacientes de jóvenes, un tema que las filmografías han dado enfoques diferentes como en Drugstore Cowboy (Gus Van Sant, 1989), Trainspotting (Danny Boyle, 1995) o Beautiful Boy. Siempre serás mi hijo (Feliz Van Groeningen, 2018). Pero cuyo culmen cabe encontrarlo en Réquiem por un sueño (Darren Aronofsky, 2000), película que nos traslada a la desazón del mundo de las adicciones con esa comunión de imagen y sonido, donde el británico Clint Mansell nos regala una música de culto de enorme carga dramática, puro “leitmotiv”.  

Magnea, de 15 años, vive entre las nuevas familias de unos padres divorciados y comprensivos. La compañía y atracción por Stella la separa de su familia y de su instituto, sumergida en una oscura red de anuncios de sexo para pederastas a los que luego atracan y con cuyo dinero se abastecen de estupefacientes. Trafican inicialmente con Ritalin (metilfenidato) y en ella todo comienza con una primera aplicación en vena cubital. A partir de aquí comienza una espiral cuya salida es un tobogán de infelicidad propia y ajena. Porque es conocido que las vivencias de la adolescencia pueden conllevar dos delicadas premisas: intento experimentar todo y no tengo ningún riesgo. 

Y para contar esta historia, Déjame caer nos regala una estructura narrativa interesante, con continuos flashbacks y flashforwards para mostrarnos la vida de Magnea y Stella en su adolescencia y vida adulta, que se van intercalando y que nos sumerge en la historia. Y ello gracias a las muy notables interpretaciones de las actrices que interpretan a Magnea (Elín Sif Halldórsdóttir de adolescente, Kristín Þóra Haraldsdóttir de adulta) y a Stella (Eyrún Björk Jakobsdóttir de adolescente, Lára Jóhanna Jónsdóttir de adulta). 

El nuevo rumbo por el que transita Magnea en sus años de adolescencia hace que ambos padres (y sus nuevas familias) intenten ayudarla, con esa asertividad tan peculiar de los países nórdicos, tan distinta de los países latinos: “He estado hablando con tu madre y queremos enviarte de nuevo a rehabilitación”. Pero todos los esfuerzos no cambian el rumbo de una vida sin un momento de paz, felicidad o respiro. Hasta devolvernos a una Magnea adulta ingresada con grave deterioro físico y psíquico, una yonqui en caída libre, rodeada de maltratos físicos y psicológicos, en una espiral sin fondo, con las drogas y los abusos sexuales en el epicentro desde sus tempranos 18 años hasta hoy. Y la frase de su madre al final: “Ya no puedo más, ¿lo entiendes? No puedo soportarlo más”. Sin embargo, Stella logro desintoxicarse y ahora trabaja en un centro de apoyo para mujeres. Y cuando se reencuentra con su amiga de adolescencia aprecia que la angelical adolescente se ha convertido en una caricatura grotesca de ser humano. 

Y en el desenlace final de esta historia real (y tan similar a tantas otras) nos quedan algunas respuestas pero muchas preguntas por responder, mientras suena la canción “Ain´t Gonna Rain Anymore” de la cantante austriaca Zöe, una adaptación de la canción original de Nick Cave And The Bad Seeds. Una canción tan misteriosa como la banda y la misma película. Una pequeña joya de arte de 136 minutos que resulta ser un continuo puñetazo a nuestras entrañas y nuestro cerebro. Una película que viene a ser el réquiem por un sueño islandés

Y es que Islandia es un ejemplo de cómo atajar este problema universal. Porque aunque Islandia es uno de los países de las llamadas “blue zones” (por su ecosistema único y un estilo de vida relajado), sufrió a finales del siglo XX un grave problema de abuso del alcohol y drogas entre los jóvenes, incluso menores de 14 años. Un problema que estaba afectando a todos los niveles de la sociedad y donde toda la sociedad se implicó en la solución: el milagro islandés

Uno de los primeros proyectos fue el Proyecto Self-Discovery hacia principios de la década de los 90, y que ofrecía a los adolescentes alternativas naturales a las drogas y el crimen. Obtuvieron referencias de maestros, enfermeras escolares y consejeros, que acogieron a niños de 14 años que no se veían a sí mismos como necesitados de tratamiento pero que tenían problemas con las drogas o algunos delitos menores. No se les propuso ningún tratamiento a sus problemas, sino que se les ofreció todo lo que quisieran aprender: música, danza, hip hop, arte o artes marciales. La idea era que estas clases diferentes podrían proporcionar una variedad de alteraciones en la química del cerebro de los niños y darles lo que necesitaban para lidiar mejor con la vida: experiencias que podría ayudar a reducir la ansiedad. Y para ellos se prodigaron las salas dedicadas al bádminton y al ping pong, las pistas de atletismo, las piscinas climatizadas geotérmicamente, el fútbol en campos artificiales, así como los clubes de música, arte y danza. Y el resultado fue patente: el porcentaje de jóvenes de 15 y 16 años que habían estado borrachos en el mes anterior se desplomó del 42 % en 1998 al 5 % en 2016, el porcentaje que alguna vez ha usado cannabis bajó del 17 % al 7% y los fumadores de cigarrillos diarios cayeron del 23 % a solo el 3 %. Y ahora Islandia encabeza la tasa europea de los adolescentes más limpios. Pero lo anterior no bastó, y se construyó un plan nacional donde era ilegal comprar tabaco en menores de 18 años y alcohol en menores de 20 años, se prohibió la publicidad de tabaco y alcohol; además se creó una ley que prohíbe que los niños de entre 13 y 16 años estén fuera de casa después de las 10 de la noche en invierno y a la medianoche en verano que aún hoy está vigente; pero también se fortalecieron los vínculos entre los padres y la escuela con consejos escolares muy activos, y ha habido una formación global para los padres de que no basta con tiempo “de calidad" ocasional con sus hijos, sino que hace falta mucho tiempo junto a ellos. 

Por tanto, para conseguir el milagro islandés ha hecho falta mucha gestión nacional y mucho compromiso familiar. Y con ello evitarán dejar caer a muchos adolescentes. Como les pasó a Magnea y Stella.

 

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