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sábado, 29 de octubre de 2022

Cine y Pediatría (668). Jeffrey Dahmer, apología juvenil de los asesinos en serie

 

El ser humano es capaz de matar a otros, pero no todos los asesinos son iguales. Algunos lo son por accidente, otros cumplían órdenes, otros matan para obtener un provecho económico..., pero hay quienes matan por matar, como lo son los asesinos en serie. El término asesino en serie ("serial killer", en inglés), como lo conocemos hoy en día, no comenzó a utilizarse hasta la década de los ochenta, pues antes era habitual denominarlos como asesino de desconocidos o multicidio. Parece que fue el agente del FBI Robert K. Ressler quien popularizaría el término porque el comportamiento de los asesinos le recordaba a la descripción de unas películas en episodios cortos que tenían un final inconcluso, un gancho, que hacía volver al espectador a la semana siguiente; y Ressler entendía que para los asesinos en serie les pasaba lo mismo, que al matar sentían una tensión que les mantenía enganchados al deseo de cometer otro asesinato, uno que se acerque aún más a sus fantasías o que les sirva para liberar toda su carga emocional y sexual. 

He aquí una referencia a alguno de los 10 asesinos en serie más conocidos, una lista difícil de leer, la mayoría de los cuales han sido llevados a la gran pantalla. 

- Jack el Destripador (siglo XIX, Reino Unido) es probablemente el asesino en serie más famoso de la historia, a pesar de que no sabemos quién fue, cuándo nació, cuándo murió… Su fama es tan enorme que se han realizado múltiples obras, tanto escritas como cinematográficas, inspiradas en él y sus asesinatos atribuidos en Londres, donde la mayoría de sus víctimas fueron prostitutas a las que mutilaba, algo que hizo sospechar a los investigadores de la época que podría tener conocimientos de carnicería o medicina. Algunas referencias de cine: El enemigo de las rubias (Alfred Hitchcock, 1927), La caja de Pandora (G. W. Pabst, 1929), Jack el Destripador (Jess Franco, 1976), Al borde de la locura (G. Kikoïne, 1989) o Desde el infierno (Albert Hughes, Allen Hughes, 2001). 

- Peter Kürten (1883-1931, Alemania), conocido como “el vampiro de Düsseldorf” y que fue acusado de 9 asesinatos y 7 intentos durante el año 1929, donde su forma de actuar consistía en violar, asesinar y degollar a sus víctimas, bebiendo la sangre de algunos. Si en vida su historia fue turbia, lo es también tras su muerte: después de su ejecución, se diseccionó y momificó su cabeza, que hoy en día está expuesta en un museo de Wisconsin. Dos películas versan sobre su figura: M, el vampiro de Düsseldorf (Fritz Lang, 1931) y El vampiro de Düsseldorf (Robert Hossein, 1965). 

- Dorothea Puente (1929-2011, Estados Unidos), fue una tierna abuelita dueña de una casa de huéspedes que pasaría a la historia porque durante años engañaba, drogaba y asfixiaba a sus huéspedes más indefensos (principalmente ancianos y personas discapacitadas), a los que enterraba en el jardín de su hostal. Por esto, ese lugar sería conocido como “la casa de los horrores” una vez se hizo público lo que allí había ocurrido. La serie de Netflix El peor compañero de piso inimaginable (Domini Hofmann, 2022) le ha dedicado el primer capítulo a su historia, bajo el título de Puedes llamarme “abuela”

- Charles Manson (1934-2017, Estados Unidos), líder de una secta organizada por él mismo llamada la Familia Manson, cuyos delitos se cometieron mayormente en el estado de California. A él se le atribuyen dos muertes donde su participación fue directa, aunque se cree que fue el instigador de por lo menos 7 asesinatos brutales más (el más conocido es el que perpetró en la casa del director Roman Polanski donde asesinaron a varios amigos del director y a su mujer, la actriz Sharon Tate), además de otros crímenes como robos y asaltos a mano armada. Algunas referencias de cine: The Other Side of Madness (Frank Howard, 1971), Manson: Retrato de un asesino (Tom Gries, 1976), La familia Manson (Jim Van Bebber, 2003), Manson, mi nombre es malvado (Reginald Harkema, 2009), Manson, los archivos perdidos (Hugh Ballantyne, 2018) o The Manson Family Massacre (Andrew Jones, 2019), sin olvidar la importante referencia en Érase una vez en... Hollywood (Quentin Tarantino, 2019). 

- Andrei Chikatilo (1936-1994, Unión Soviética), conocido también como “el destripador rojo” y “el carnicero de Rostov”, quien confesó un mínimo de 56 homicidios (entre 1979 y 1990) de mujeres y niños sobre los que practicó un canibalismo propio de una bestia salvaje. Su referencia cinematográfica es reciente con la película La ejecución (Lado Kvataniya, 2021). 

- John Wayne Gacy (1942-1994, Estados Unidos), conocido como “el payaso asesino” (pues se ganaba la vida en fiestas infantiles vestido de payaso con el apoyo de Pogo) fue un depredador sexual que secuestró, violó y mató a 33 hombres jóvenes de entre 14 y 21 años, y que guardaba la mayoría de sus cuerpos en el sótano de casa. Algunas referencias de cine: Gacy, el payaso asesino (Clive Saunders, 2003), En la mente de un asesino en serie (Svetozar Ristovski, 2010) o John Wayne Gacy: Devil in Disguise (Rod Blackhurst, 2021). 

- Ted Bundy (1946-1989, Estados Unidos), autor de más de 30 asesinatos durante un periodo de cuatro años (1974 a 1978), aunque se cree que es responsable de otras 40 desapariciones sin resolver; todas sus víctimas fueron mujeres jóvenes de entre 12 a 22 años, muchas de ellas universitarias, a las que violaba y desmembraba. Algunas referencias de cine: Ted Bundy (Matthew Bright, 2002), Extremadamente cruel, malvado y perverso (Joe Berlinger, 2019), Ted Bundy: enamorada de un asesino (Trish Wood, 2020), Ted Bundy: la confesión final (Amber Sealey, 2021) o Ted Bundy: American Boogeyman (Daniel Farrands, 2021). 

- Richard Ramírez (1960-2013, Estados Unidos), conocido como ”el acosador nocturno”, quien perpetró 14 asesinatos entre 1984 y 1985 en la ciudad de Los Ángeles, cuyas conductas se volvieron más sádicas en cada nueva víctima, muy vinculado con el satanismo. Esta historia se ha reflejado en la película El acechador nocturno (Megan Griffiths, 2016). 

- El asesino del Zodiaco (siglo XX, Estados Unidos), del que no se conoce su identidad y que asesinó entre 1968 y 1969 en California a 7 víctimas jóvenes, aunque tampoco se tiene la certeza de que esos asesinatos no los cometiera una persona, sino varias, ya fueran imitadores del asesino original o seguidores (y pudiera alcanzar hasta 37 las personas asesinadas según una carta presuntamente suya). Su película paradigmática es Zodiac (Davin Fincher, 2007). 

- Jeffrey Dahmer (1960-1994, Estados Unidos), conocido como “el carnicero de Milwaukee”, fue un asesino cuyas víctimas fueron varones jóvenes (la mayoría negros o hispanos) a los que captaba ofreciéndoles dinero a cambio de hacerles fotografías, mantener relaciones sexuales o ver pornografía con ellos, y que cometió 17 atroces asesinatos (entre 1978 y 1991), a los que descuartizaba y en los que practica actos de necrofilia y canibalismo. 

Y hoy nos quedamos con este último, y ello debido al especial revuelo que ha provocado la serie de Netflix que lleva por título Monstruo: la historia de Jeffrey Dahmer (Ryan Murphy e Iam Brennan, 2022), 10 capítulos donde se hace un profundo análisis de Dahmer (Evan Peters), a través de su infancia, adolescencia y juventud, pero también de su familia (particularmente de una madre con perturbaciones psiquiátricas y un padre algo pusilánime que se ausentaba con demasiada frecuencia por su trabajo de químico) y de la historia de algunas de sus víctimas y familiares. Un profundo análisis de la mente y circunstancias alrededor de uno de los asesinos en serie más tenebrosos en la historia de Estados Unidos (país donde vemos que se concentran una gran mayoría de los "serial killers", algo sobre lo que cabría reflexionar el por qué es así), y donde esta serie pone la guinda de un criminal sobre del que se han realizado decenas de series de televisión, películas y obras de teatro, sin contar los textos que se han escrito, desde reportajes hasta libros con testimonios de sus compañeros de secundaria. 

Una infancia aparentemente normal, si bien ya comenzó a tener un hábito algo extraño a medida que se aproximaba a la adolescencia. Y ello en su particular “laboratorio” junto a su casa, donde recogía animales muertos (muchos atropellados en la carretera) y los disolvía con ácido (una práctica que en el futuro aplicaría a sus víctimas) ; y ello motiva la opinión de sus vecinos: “Dahmer, eres un bicho raro”. Ya sus padres aprecian que se relaciona poco con los demás, y por ello le animan a participar en la banda de música o a jugar al tenis, pero disfruta más con su hábito de estudiar los huesos de los animales en soledad. También entonces, y para ser aceptado en el instituto, comienza a intentar llamar la atención con episodios de espasmos que los demás bautizaron como “hacer un Dahmer”. Algunos se aprovechan de ello (“Deberíamos crear el club de fans de Dahmer”), si bien la mayoría le rechaza, especialmente cuando comienza a aficionarse al alcohol, lo que será un problema toda su vida. 

La inestabilidad del matrimonio de sus padres, que acaba en divorcio, no ayuda a percibir la psicopatología que envuelve el comportamiento de su hijo. Es más, sus padres acaban abandonando el hogar y él acaba viviendo solo en casa durante un tiempo como un adolescente perdido entre su petaca de alcohol y como una mascota de feria en el instituto, mientras se acucia su cara de tristeza y su posición abatida. Y esta parte de su infancia y adolescencia es la que relata con especial énfasis la película Mi amigo Dahmer (Marc Meyers, 2017), basada en el libro de “My Friend Dahmer” de Derf Backderf, precisamente el compañero de clase que creó "The Dahmer Fan Club". Y esta película, interpretada por Ross Lynch en el papel principal, termina cuando Dahmer recoge a un autoestopista y se lee este colofón: “El 18 de junio de 1978, Steven Hicks volvió a casa de Jeffrey Dahmer. Nadie volvió a verle. En julio de 1991 fue arrestado y confesó el asesinato de 17 hombres jóvenes”. 

Una personalidad y una historia, la de este adolescente y joven asesino en serie, que ha sido revisitada numerosas veces en la pantalla previamente. En el cine podemos recordar: The Secret Life: Jeffrey Dahmer (David R. Bowen, 1993), protagonizada por Carl Crew; Dahmer, el carnicero de Milwaukee (David Jacobson, 2002), protagonizada por Jeremy Renner; Raising Jeffrey Dahmer (Rich Ambler, 2006), protagonizada por Rusty Sneary; o The Jeffrey Dahmer Files (Chris James Thompson, 2012), película documental con varias entrevistas, como a su ex vecina, Pamela Bass, así como con el detective Patrick Kennedy y el médico forense Jeffrey Jentzen. En la televisión cabe citar: The Trial of Jeffrey Dahmer (Elkan Allan, 1992), documental sobre el primer juicio de Dahmer; Dahmer on Dahmer: A Serial Killer Speaks (Matthew Watts, 2017), documental en dos partes con varias entrevistas; o Conversaciones con asesinos: Las cintas de Jeffrey Dahmer (Joe Berlinger, 2022), tres episodios de entrevistas sin tapujos que ofrecen una inquietante mirada a una mente trastornada. 

Este es un post de Cine y Pediatría complicado, lleno de preguntas sin respuestas: ¿cómo se crea un asesino en serie?, ¿cómo influye la genética y la epigenética?, ¿qué papel tiene la familia, la infancia y adolescencia, el ambiente escolar y familiar? Y cómo Jeffrey Dahmer se convierte en la apología juvenil de los asesinos en  serie, algo siempre difícil de entender. 

sábado, 30 de octubre de 2021

Cine y Pediatría (616): “Déjame caer”, el réquiem por el sueño islandés

 

Me encuentro ahora enganchado a la serie televisiva islandesa Atrapados, en donde su director principal, Baltasar Kormákur, nos atrapa con su guion y con ese particular personaje que es la naturaleza del “país del hielo”, Islandia. Esta serie es un ejemplo más del cine noir nórdico que ha puesto de moda en películas y series que llegan de Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia e Islandia. Películas como Aurora boreal (Leif Lindblom, 2007), La isla de los olvidados (Marius Holst, 2010), Headhunters (Morten Tyldum, 2011), Misericordia-Los casos del Departamento Q (Mikkel Nørgaard, 2013), o la trilogía Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres (Niels Arden Oplev, 2009), La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (Daniel Alfredson, 2009) y La reina en el palacio de las corrientes de aire (Daniel Alfredson, 2009). Y series como Forbrydelsen, El puente-Bron o Borgen

En Cine y Pediatría ya pudimos revisar un par de películas que nos dejó helados, difíciles de olvidar, como la sueca Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008) o la danesa La caza (Thomas Vinterberg, 2012). Bienvenida sea esta moda para conocer las filmografías de estos países septentrionales tan diferentes socialmente a nuestra cultura mediterránea. Un ejemplo muy apreciado es Islandia, ese país insular tan peculiar. En Cine y Pediatría ya hemos podido compartir dos películas: Sparrows-Gorriones (Rúnar Rúnarsson, 2015) y Heartstone, corazones de piedra (Guðmundur Arnar Guðmundsson. 2016).   Y hoy llega una película que se han convertido en uno de los éxitos más taquilleros de la historia del cine islandés: Déjame caer (Baldvin Zophoníasson, 2018), una cruda película sobre el terrible viaje hacia el infierno de las drogas de una adolescente de clase media-baja en un país como Islandia, considerado como el paraíso del bienestar social. Un conmovedor drama sobre la generación oculta de adolescentes toxicómanos en la Reikiavik actual en una película áspera, no fácil de mirar y que pone contra las cuerdas al espectador: adolescencia, adicción, sexo, realismo sucio, autodestrucción, vileza, soledad. Una película, pese a su crudeza, tan real que debería proyectarse en institutos, porque son muchas las emociones, reflexiones y enseñanzas que se derivan, pese a que sea un cine que nos sigue dejando helados. 

“Dedicado a la memoria de Sissu y Krístin Gerdar”. Comienza con estas palabras (porque está basada en una historia real) y con una velada escena muy dura durante los títulos de crédito, que ya nos pone en la pista de qué tipo de película vamos a ver, de nuevo frente al gélido cine islandés. Porque nunca es fácil cuando se trata de la adicción a estupefacientes de jóvenes, un tema que las filmografías han dado enfoques diferentes como en Drugstore Cowboy (Gus Van Sant, 1989), Trainspotting (Danny Boyle, 1995) o Beautiful Boy. Siempre serás mi hijo (Feliz Van Groeningen, 2018). Pero cuyo culmen cabe encontrarlo en Réquiem por un sueño (Darren Aronofsky, 2000), película que nos traslada a la desazón del mundo de las adicciones con esa comunión de imagen y sonido, donde el británico Clint Mansell nos regala una música de culto de enorme carga dramática, puro “leitmotiv”.  

Magnea, de 15 años, vive entre las nuevas familias de unos padres divorciados y comprensivos. La compañía y atracción por Stella la separa de su familia y de su instituto, sumergida en una oscura red de anuncios de sexo para pederastas a los que luego atracan y con cuyo dinero se abastecen de estupefacientes. Trafican inicialmente con Ritalin (metilfenidato) y en ella todo comienza con una primera aplicación en vena cubital. A partir de aquí comienza una espiral cuya salida es un tobogán de infelicidad propia y ajena. Porque es conocido que las vivencias de la adolescencia pueden conllevar dos delicadas premisas: intento experimentar todo y no tengo ningún riesgo. 

Y para contar esta historia, Déjame caer nos regala una estructura narrativa interesante, con continuos flashbacks y flashforwards para mostrarnos la vida de Magnea y Stella en su adolescencia y vida adulta, que se van intercalando y que nos sumerge en la historia. Y ello gracias a las muy notables interpretaciones de las actrices que interpretan a Magnea (Elín Sif Halldórsdóttir de adolescente, Kristín Þóra Haraldsdóttir de adulta) y a Stella (Eyrún Björk Jakobsdóttir de adolescente, Lára Jóhanna Jónsdóttir de adulta). 

El nuevo rumbo por el que transita Magnea en sus años de adolescencia hace que ambos padres (y sus nuevas familias) intenten ayudarla, con esa asertividad tan peculiar de los países nórdicos, tan distinta de los países latinos: “He estado hablando con tu madre y queremos enviarte de nuevo a rehabilitación”. Pero todos los esfuerzos no cambian el rumbo de una vida sin un momento de paz, felicidad o respiro. Hasta devolvernos a una Magnea adulta ingresada con grave deterioro físico y psíquico, una yonqui en caída libre, rodeada de maltratos físicos y psicológicos, en una espiral sin fondo, con las drogas y los abusos sexuales en el epicentro desde sus tempranos 18 años hasta hoy. Y la frase de su madre al final: “Ya no puedo más, ¿lo entiendes? No puedo soportarlo más”. Sin embargo, Stella logro desintoxicarse y ahora trabaja en un centro de apoyo para mujeres. Y cuando se reencuentra con su amiga de adolescencia aprecia que la angelical adolescente se ha convertido en una caricatura grotesca de ser humano. 

Y en el desenlace final de esta historia real (y tan similar a tantas otras) nos quedan algunas respuestas pero muchas preguntas por responder, mientras suena la canción “Ain´t Gonna Rain Anymore” de la cantante austriaca Zöe, una adaptación de la canción original de Nick Cave And The Bad Seeds. Una canción tan misteriosa como la banda y la misma película. Una pequeña joya de arte de 136 minutos que resulta ser un continuo puñetazo a nuestras entrañas y nuestro cerebro. Una película que viene a ser el réquiem por un sueño islandés

Y es que Islandia es un ejemplo de cómo atajar este problema universal. Porque aunque Islandia es uno de los países de las llamadas “blue zones” (por su ecosistema único y un estilo de vida relajado), sufrió a finales del siglo XX un grave problema de abuso del alcohol y drogas entre los jóvenes, incluso menores de 14 años. Un problema que estaba afectando a todos los niveles de la sociedad y donde toda la sociedad se implicó en la solución: el milagro islandés

Uno de los primeros proyectos fue el Proyecto Self-Discovery hacia principios de la década de los 90, y que ofrecía a los adolescentes alternativas naturales a las drogas y el crimen. Obtuvieron referencias de maestros, enfermeras escolares y consejeros, que acogieron a niños de 14 años que no se veían a sí mismos como necesitados de tratamiento pero que tenían problemas con las drogas o algunos delitos menores. No se les propuso ningún tratamiento a sus problemas, sino que se les ofreció todo lo que quisieran aprender: música, danza, hip hop, arte o artes marciales. La idea era que estas clases diferentes podrían proporcionar una variedad de alteraciones en la química del cerebro de los niños y darles lo que necesitaban para lidiar mejor con la vida: experiencias que podría ayudar a reducir la ansiedad. Y para ellos se prodigaron las salas dedicadas al bádminton y al ping pong, las pistas de atletismo, las piscinas climatizadas geotérmicamente, el fútbol en campos artificiales, así como los clubes de música, arte y danza. Y el resultado fue patente: el porcentaje de jóvenes de 15 y 16 años que habían estado borrachos en el mes anterior se desplomó del 42 % en 1998 al 5 % en 2016, el porcentaje que alguna vez ha usado cannabis bajó del 17 % al 7% y los fumadores de cigarrillos diarios cayeron del 23 % a solo el 3 %. Y ahora Islandia encabeza la tasa europea de los adolescentes más limpios. Pero lo anterior no bastó, y se construyó un plan nacional donde era ilegal comprar tabaco en menores de 18 años y alcohol en menores de 20 años, se prohibió la publicidad de tabaco y alcohol; además se creó una ley que prohíbe que los niños de entre 13 y 16 años estén fuera de casa después de las 10 de la noche en invierno y a la medianoche en verano que aún hoy está vigente; pero también se fortalecieron los vínculos entre los padres y la escuela con consejos escolares muy activos, y ha habido una formación global para los padres de que no basta con tiempo “de calidad" ocasional con sus hijos, sino que hace falta mucho tiempo junto a ellos. 

Por tanto, para conseguir el milagro islandés ha hecho falta mucha gestión nacional y mucho compromiso familiar. Y con ello evitarán dejar caer a muchos adolescentes. Como les pasó a Magnea y Stella.

 

sábado, 21 de agosto de 2021

Cine y Pediatría (606). Cine quinqui (y III): Otros directores, otras películas

 

En las dos semanas anteriores hemos revisado las películas clave de los dos directores más icónicos del cine quinqui, ese subgénero tan típicamente español: José Antonio de la Loma, quien lo inició, y Eloy de la Iglesia, quien lo consolidó. Pero cabe considerar otros directores y otras filmografías, que podemos clasificar en dos momentos: a) películas de la época típica del cine quinqui (década de los 70 y 80); b) películas de la época neoquinqui (a partir de la década de los 90). Son muchas las películas que podrían tener esta consideración, pero recordaremos las más relevantes. 

a) Películas en la década de los 70 y 80 
- ¿Y ahora qué, señor fiscal? (León Klimovsky, 1977). Este director argentino emigrado a España nos dejó esta complicada relación de José (Valentín Trujillo), un joven que vive en un barrio obrero, y Paloma (Leticia Perdigón), una chica de buena familia, todo aderezado por un embarazo no deseado y un robo complicado. 

- Juventud drogada (José Truchado, 1977). Un actor devenido en director nos deja la historia de una banda de delincuentes que se dedican al robo y al tráfico de heroína y cocaína. 

- Los violadores del amanecer (Ignacio F. Iquino, 1978). Este prolífico e irregular director de la Transición también incurrió en este género, con la provocadora filmación de esta banda de delincuentes formada por cuatro chicos y una embarazada que se dedican a secuestrar jovencitas para después violarlas. 

- Chocolate (Gil Carretero, 1980). Destacada película del cine quinqui en esta historia de “bajarse al moro” que tantas veces fue retratada en el cine español de los ochenta, aquí con la historia de "El Muertes" (Ángel Alcázar), "El Jato" (Manuel de Benito) y su novia, Magda (Paloma Gil). 

- La patria del Rata (Francisco Lara Polop, 1980). José Moya Merino, alias “El Rata” (Danilo Mattei) , condenado a veinte años de cárcel por un atentado terrorista en el que murieron dos policías, sale de Carabanchel gracias a una amnistía. El desempleo y la falta de apoyos arrastran de nuevo al mundo de los atracos y del crimen a “El Rata”. 

- Maravillas (Manuel Gutiérrez Aragón, 1980) se ha clasificado en este subgénero, pero esta historia de iniciación de nuestra protagonista es mucho más, aunque es cierto que dos de los personajes que se cruzan en la vida de la adolescente Maravillas (Cristina Marcos) son dos pequeños delincuentes interpretados por actores típicos del cine quinqui, como son Quique San Francisco y “El Pirri”.  

- Deprisa, deprisa (Carlos Saura, 1981). Un viaje lisérgico al extrarradio de Madrid de los años 80 y a la delincuencia juvenil de aquella época de la Transición alrededor de una banda que buscan salida en el dinero fácil y en las drogas. La historia de dos novios, Ángela (Berta Socuéllamos) y Pablo (José Antonio Valdelomar), y dos amigos, “El Sebas” (José Antonio Hervás) y “El Meca” (Jesús Arias), cuatro actores para los cuales fue su primer y única película, y en el que el destino real no les deparó mejor final que el destino cinematográfico de esta historia. Una historia de robos de coches para realizar atracos (coches que son quemados ante la cara de éxtasis de “El Meca”), de una juventud enganchada a los porros y la heroína cuando los Seat campeaban por España y los billetes de 1000 pesetas nos mostraban la cara de Hernán Cortés y los de 5000 pesetas la cara de Cristóbal Colón. Esta película peculiar en la filmografía del gran Carlos Saura contó con una destacada B.S.O., con canciones muy propias de este género, como “Caramba, carambita” de Los Marismeños, “Un cuento para mi niño” de Lole y Manuel o “Ay que dolor” o “Me quedo contigo” de Los Chunguitos (la primera en los créditos iniciales, la segunda en el trágico final). 

- De tripas corazón (Julio Sánchez Valdés, 1984). La particular relación entre Jaime (Juan Diego), abogado de oficio, que consigue la libertad del joven delincuente "El Chirlo" (José Luis Fernández Eguía, “El Pirri”) y Rocío (Patricia Adriani), una modelo de 25 años. 

- La reina del mate (Fermin Cabal, 1985). La vida de Rafa (Antonio Resines), un joven cartero de barrio obrero, cambia radicalmente cuando conoce a la fascinante Cristina, La Reina del Mate (Amparo Muñoz), y ésta le sumerge en un mundo drogas y dinero fácil. 

- 27 horas (Montxo Armendáriz, 1986). Un director por antonomasia de Cine y Pediatría como es Montxo Armendáriz realizó también una incursión en la crónica más negra de la juventud de los años 80, con la heroína y la desesperación como temas centrales, en esta cuenta atrás en la capital donostiarra.  

- El Lute: camina o revienta (Vicente Aranda, 1987) y El Lute II: mañana seré libre (Vicente Aranda, 1988). La historia del salmantino Eleuterio Sánchez, “El Lute” (Imanol Arias), nacido en una familia merchera, se convirtió en un famoso delincuente de la época franquista y formó parte de nuestro manipulado temor social. Sus culpas fueron robar unas gallinas acuciado por el hambre (con seis meses de cárcel) y robar una joyería (condenado a pena de muerte y luego conmutada a cadena perpetua), por lo que sus fugas y persecuciones formaron parte de su leyenda. Hoy es un apreciado abogado y escritor español. 

- Matar al Nani (Roberto Bodegas, 1988). Película con carácter histórico, cuyo protagonista es Santiago Corella Ruiz, alias “El Nani”, conocido delincuente español de la década de los 80 que adquirió cierta fama a partir de su desaparición, en lo que todo parece indicar que fue una historia de corrupción policial con el interrogante de si sigue vivo o muerto. Porque al final del gobierno de la UCD, algunos policías al mando del comisario Manuel Soto y con la colaboración del joyero Molero, montan un grupo de atracadores de joyerías, entre los que se encuentra “El Nani”. Tras el triunfo del PSOE en 1982, el nuevo Ministro del Interior se opone a que se sigan cometiendo más robos y “El Nani” (interpretado por el francés Frédéric Deban,) y uno de sus compañeros cargan con las responsabilidades y al parecer mueren durante el interrogatorio en la Dirección General de Seguridad de Puerta del Sol, hecho nunca admitido por las autoridades. Lola, la mujer de “El Nani” y su hijo pequeño, nunca recibieron una explicación de su muerte o desaparición. Este caso en plena época quinqui sirvió para destapar una mafia policial que campaba a sus anchas en los primeros años de la democracia y que acabaría en el banquillo y condenada. 

b) Películas en la década de los 90 
- Historias del Kronen (Montxo Armendariz, 1995). Regresa el director vasco para adentrarse en esa generación X en el Madrid de la segunda mitad de los 90, con retazos de una juventud desobediente hacia cualquier figura de autoridad, y que asociaba consumo desaforado de drogas, promiscuidad sexual y afición a los actos delictivos. Allí donde Carlos (Juan Diego Botto), Roberto (Jordi Molla), Pedro (Aitor Merino), Manolo (Armando del Río) y Amalia (Nuria Prims) forman una pandilla que vive de noche y duerme de día.  

- Barrio (Fernando León de Aranoa, 1998). Es difícil clasificar esta película como cine quinqui, pero es difícil olvidarse de ella y no recordar este prodigio de guion y dirección, en el peculiar verano en un barrio de Madrid de los quinceañeros Manu (Eloi Yebra), Rai (Críspulo Cabezas) y Javi (Timy). Según Fernando León de Aranoa, los tres protagonistas representan las tres almas de Platón: Manu la racional, Rai la instintiva y Javi la emocional. 

- Báilame el agua (Josecho San Mateo, 2000). Marginal película romántica entre David (Unax Ugalde), un joven sin hogar, y María (Pilar López de Ayala), y la caída en una espiral de drogas, prostitución, mafia y marginación. 

- 7 vírgenes (Alberto Rodríguez, 2005). Las vivencias de Tano (Juan José Ballesta) y Richi (Jesús Carroza), dos “perros callejeros” adolescentes en la periferia marginal de Sevilla, esa frágiles vidas rotas de las que hay a cientos en las ciudades y que no deberían pasarnos desapercibidas.  

- Volando voy (Miguel Albaladejo, 2006). Narra la historia de finales de los 70 donde Juan Carlos Delgado, alias "El Pera" (Borja Navas), es un niño de Getafe, localidad del sur de Madrid, quien con solo 7 años ya sabía conducir y robar coches y con 10 ya era todo un delincuente, quien con su banda de amigos son portada de todos los periódicos y conmocionan a la sociedad. Una de las pocas historias quinqui con final feliz, pues en la actualidad nuestro protagonista se ha convertido en periodista de motor, probador oficial de nuevos modelos de coches y monitor de conducción de riesgo de la Guardia Civil. 

- El idioma imposible (Rodrigo Rodero, 2010). Regreso a una Barcelona canalla y sombría que poco tiene que ver con la ciudad postolímpica soñada. La relación en el Barrio Chino de Barcelona entre Fernando (Andrés Gertrudix), quien se busca la vida traficando con anfetaminas, y la dulce adolescente Elsa (Irene Escolar), que se convertirá en su mayor adicción. 

- Ärtico (Gabriel Velázquez, 2014). La historia de cuatro jóvenes salmantinos, Simón (Juanlu Sevillano), Lucía (Lucía Martínez), Debi (Deborah Borges) y Jota (Victor García), veinteañeros sin futuro en la España profunda de la crisis que nos acerca a la adolescencia, la soledad y la familia. Una película que parte de la admiración de su director por el cine quinqui y que se traduce en un largometraje poderoso que no esquiva la actualidad (embarazos no deseados, el paro juvenil, la violencia contra las mujeres, las drogas). 

- Barcelona 92 (Ferrán Ureña, 2015). Una pelea en el barrio barcelonés de Gracia termina con diversos heridos por arma blanca. Tras una aparente normalidad, ese suceso hace que diversas vidas se entrecrucen en el verano e invierno de 1992, el año de las Olimpiadas. Retrato del movimiento contracultural que se vivió a finales de los 80 y principios de los 90 en Barcelona, donde se narran hechos históricos y las situaciones de violencia entre Boixos Nois y Brigadas Blanquiazules. 

- Criando ratas (Carlos Salado, 2016). La película neoquinqui más reciente se ha grabado gracias al micromecenazgo y cuenta con la música de El Coleta, rapero de Moratalaz. Narra las andanzas del delincuente juvenil “El Cristo” (Ramón Guerrero) y sus sucesivos errores, mientras se nos muestra de forma paralela el comienzo de la carrera delictiva de tres chavales. Todos ellos sufrirán las consecuencias del estilo de vida elegido y comprenderán cuál es el precio a pagar. 

Y con esta revisión del cine quinqui y neoquinqui más allá de sus dos directores fetiche (José Antonio de la Loma y Eloy de la Iglesia) finalizamos estas tres entradas de Cine y Pediatría dedicadas a un género y un tiempo muy particular de aquella España de mi juventud… y de la de muchos.

 

sábado, 14 de agosto de 2021

Cine y Pediatría (605). Cine quinqui (II): Eloy de la Iglesia

 

En nuestro post previo hablamos del director que inició el cine quinqui, el barcelonés José Antonio de la Loma. Y hoy centramos nuestra atención en el director que consolidó este género: el director guipuzcoano Eloy de la Iglesia, quien para algunos ha sido definido como “el Pasolini” español, y ello por su estilo naturalista, directo y tendente a mostrar realidades sociales y temas incómodos, así como por su tendencia comunista y homosexual, lo que le provocó amplias disputas con la censura cinematográfica de la época. 

Y dentro de su filmografía, que abarca un total de 22 películas dirigidas durante casi cuatro décadas, tuvo un lugar especial sus películas alrededor del cine quinqui, donde destacamos cinco obras (con su habitual guionista, Gonzalo Goicoechea): Navajeros (1980), Colegas (1982), El pico (1983), El pico 2 (1984) y La estanquera de Vallecas (1987). Y a estas películas dedicamos nuestro capítulo de hoy, así como a sus actores fetiche que se fueron repitiendo en su filmografía: destaca José Luis Manzano, “El Jaro”, pero también José Luis Fernández Eguía, “El Pirri”, o Quique San Francisco. 

Navajeros (1980) comienza con una advertencia (“Esta historia está basada en hechos reales, aunque son imaginarios todos los personajes que en ella aparecen”) y una frase del pensador chino del siglo V a.C., Ten-Si: “Los hombres no se hacen criminales porque lo quieran, sino que se ven conducidos hacia el delito por la miseria y la necesidad”. A continuación, una vista exterior e interior de la famosa cárcel de Carabanchel en Madrid y esta voz en off: “Ante de que José Manuel Gómez Perales, alias “El Jaro”, cumpliera los 16 años, figuraban en su ficha policial los siguientes hechos delictivos: 500 tirones, 400 asaltos a garajes, 50 robos a comercios y más de 80 atracos a transeúntes. Se fugó 29 veces del reformatorio y fue herido en tres ocasiones por enfrentamientos con las fuerzas del Orden Público”. Allí donde un periodista interpretado por José Sacristán desea realizar un reportaje de la delincuencia juvenil, especialmente establecida en los barrios marginales de las grandes ciudades. Ese submundo de delincuencia, drogas y chaperos, adolescentes con 15 o menos años que se escapan continuamente de los reformatorios, mientras les espera la cárcel o un peor final. Una vida que transcurre demasiado rápido para ellos entre policías, jueces, guardias civiles, jueces, asistentes sociales y psicólogos, entre caballos, prostitutas y proxenetas. Y alrededor de “El Jaro” y su banda aparecen tres personajes clave: la maternal prostituta de origen mexicano (Isela Vega), el periodista (José Sacristán) y la adolescente drogadicta (Verónica Castro). Pero ninguno de los tres consigue cambiar su triste destino. Y finaliza la película con el llanto de un recién nacido bajo los efectos de una reanimación neonatal superficial. Y así Navajeros aparece como la historia real sobre el mundo de la delincuencia juvenil, las drogas, la prostitución y la marginalidad, un retrato buñuelesco que nos remite a Los olvidados (Luis Buñuel, 1950).  

Colegas (1982) comienza con un videojuego arcaico que nos transporta a un barrio periférico del Madrid de los años 80. Cabe poner atención al trío de protagonistas, los hermanos Antonio y Rosario (interpretados por los hermanos Flores), y el novio de Rosario, interpretado de nuevo por José Luis Manzano, en esta historia que plantea el tema del tráfico de bebés con escenas de un costumbrismo tan feroz que llegan a asustar: baste recordar la escena de la habitación donde duermen los tres hermanos de José. Y ello con una estética de la época que incluye el papel pintando, los posters de Bruce Lee, el hule en la mesa de la cocina, los cigarrillos Winston o la llegada del Predictor. Una estética que se conjuga para mostrar la imagen descarnada del paro y drogadicción juvenil (incluso bajando al Moro), de la homosexualidad y delincuencia, del aborto y tráfico de bebés. Y finaliza con la canción del propio Antonio Flores: “Me levanté esta mañana con muchas ganas de salir de aquí…”. 

El Pico (1983), la relación entre Paco (José Luis Manzano), hijo de un comandante de la Guardia Civil destinado en Bilbao, y Urko (Javier García), hijo de uno de los líderes abertzales independentistas, amigos que se acaban de enganchar a la heroína, esa droga que en aquella década de los 80 causó estragos entre los jóvenes españoles y provocó un inusitado aumento de la criminalidad. Y así se expresan al hablar de la heroína o “caballo”: “Como esto no hay nada, tío, ni el chocolate, ni las anfetas ni los tripis, nada… Te da la paz. Sí, la paz, fíjate que chorrada, esa paz de la que tanto hablan la encuentras de repente así, esnifando un poco de polvo. Y te sientes tranquilo, tranquilo”. Y se suceden escenas muy duras, como el de esa madre embarazada que no puede desengancharse y su recién nacido con síndrome de abstinencia al que la madre calma untando el chupete con “caballo”, como el de ese hijo que roba a su madre moribunda los opiáceos que utiliza como analgésicos, como ese padre que encubre a su hijo del asesinato de un matrimonio de traficantes, o como el de ese amigo Urko que fallece por sobredosis. 

El Pico 2 (1984) funciona como una secuela de la anterior, donde ahora se trasladan a Madrid, con la madre de Paco fallecida unos meses antes, y se van a vivir a casa de la abuela (Rafaela Aparicio) y su criada (Gracita Morales), dos actrices clásicas de aquel cine español. Y ahora su padre Guardia Civil cambia de actor (José Manuel Cervino en la primera parte, Fernando Guillén en ésta), un padre que sigue encubriendo a su hijo y le ayuda a pasar la deshabituación a la heroína. 

La estanquera de Vallecas (1987), que funciona como la explicación del síndrome de Estocolmo a la española, a ritmo de chotis y pasodoble, una comedia negra dentro del cine quinqui. Comienza la película con la canción homónima de Patxi Andión y su “… eso es Vallecas”. Y nos narra el peculiar atraco a un estanco de este barrio madrileño de Leandro (José Luis Gómez), un albañil en paro, y su amigo Tocho (José Luis Manzano, de nuevo), allí donde la señora Justa (Emma Penella) y su sobrina (Maribel Verdú) no se lo van a poner fácil. La explicación de los atracadores es muy simbólica: “Si no somos profesionales, pero robamos porque hay que papear. Dos años ya sin el paro y con el curro que hay, ¿tú cómo lo ves? Y, además, que la vida está muy mal repartida”. O la conversación entre atracadores y atracados: “Es que España es muy bonita” y la respuesta, “Según se mire… Seguro que si hubiera dos, nos iríamos a la otra”

Estos son las cinco películas características del cine quinqui en la filmografía de Eloy de la Iglesia, como ejemplo de compromiso con la realidad inmediata frente al conformista panorama de la mayoría del cine de su tiempo.

 

sábado, 7 de agosto de 2021

Cine y Pediatría (604). Cine quinqui (I): José Antonio de la Loma

 

En la década de los 60 y 70 en España se produjo una amplia emigración del campo a la ciudad y, como consecuencia, se crearon muchos barrios periféricos que fueron núcleos de pobreza y marginalidad. Junto con el paro juvenil y la llegada de la heroína se creó un caldo de cultivo perfecto para el auge de la delincuencia, incluyendo aquí a niños y adolescentes. Una generación maldita que pasaría a la historia en aquella época de emigración, miseria y posterior transición. Y alrededor de este contexto histórico de nuestro país nació el cine quinqui, ese subgénero cinematográfico que narra las vivencias y las aventuras de jóvenes delincuentes de estrato social muy bajo y que han alcanzado la fama por los delitos cometidos. Decir que el término quinqui deriva de la palabra quincallería, que significa trabajar con metales baratos. 

El cine quinqui se hizo muy popular en España a finales de la década de 1970 y tuvo una década de recorrido, cuando alcanzó su máximo esplendor debido a la gran inseguridad ciudadana que vivía el país en aquella época, por lo que se rodaron numerosas películas y sagas, una gran mayoría a cargo de dos directores: José Antonio de la Loma y Eloy de la Iglesia. Y de ambos hablaremos en Cine y Pediatría. Y hoy dedicamos este post a José Antonio de la Loma, quien se considera el padre del cine quinqui con su película Perros callejeros (1977), y donde introduce elementos de denuncia social dirigiendo los dardos a las instancias oficiales, a las leyes y a los pocos recursos económicos invertidos en la protección de menores y ayudar a su reinserción. Películas donde es difícil separar a los actores de sus protagonistas en la vida real, como fueron "El Torete", "El Vaquilla" o "El Jaro", y cuyo recorrido en la vida no fue mejor que el de sus personajes en la ficción: Ángel Fernández Francos ("El Torete") murió a los 31 años por el sida, Juan José Moreno Cuenca ("El Vaquilla") murió a los 42 años víctima de cirrosis, José Luis Manzano ("El Jaro)" falleció a los 29 años por una sobredosis de heroína y otras drogas. Estos directores fueron criticados por recurrir a estos actores no profesionales (los dos primeros unidos a José Antonio de la Loma, el tercero a Eloy de la Iglesia) con un cierto sentido de reinserción social (lo cual no consiguieron), pero al menos es justo decir que daban un punto de veracidad. 

Perros callejeros comienza con esta simbólica voz en off, mientras se nos muestra Barcelona: “Esto es lo que suele llamarse una gran ciudad. Tiene sus anchas avenidas, sus casas señoriales, sus míticos monumentos y sus problemas. Uno de esos problemas es el de la delincuencia juvenil y, dentro de ella, un reducido grupo de menores – entre los 12 y 16 años – lanzados a una vertiginosa carrera de delitos hasta hace poco exclusivos de los malhechores más veteranos. Miles de coches robados y estrellados, asaltos a tiendas, robos de armas, atracos a parkings, gasolineras, incluso a bancos”. Nos cuenta la historia de Ángel Fernández Franco, un joven delincuente del barrio de La Mina de Barcelona, que en realidad respondía al seudónimo de "El trompetilla", pero que fue rebautizado como "El Torete" para la película. Aunque lo cierto es que interpretaba el personaje de otro delincuente, Juan José Moreno Cuenca, "El Vaquilla", que en aquel momento estaba en la cárcel. 

El éxito de esta película implicó la filmación de Perros callejeros II: Busca y captura (1979), donde se mantienen las persecuciones de "El Torete" por Barcelona y alrededores, con la estética setentera, su particular música y formas de vestir, las discotecas y coches de la época, las escenas de destape (valientes para la época, quizás por razones de guión), algunas desagradables escenas violentas y la cárcel Modelo de Barcelona. “Es que si no roba, no es feliz”, llegan a decir de un quinqui. La saga finalizaría con Perros callejeros III: Los últimos golpes de El Torete (1980), una parte fallida y prescindible, pues en realidad "El Torete" tuvo que resucitar para ello, pues éste ya había fallecido en la segunda parte. Y tal fue la moda, que también hubo una versión femenina con Perras callejeras (1985), cuya protagonista, Sonia Martínez, quien fuera una presentadora de programas infantiles, pero quien no siguió mejor estela que sus compañeros actores del cine quinqui, pues falleció a los 30 años por los problemas derivados del sida. 

La otra película relevante de la filmografía de José Antonio de la Loma fue Yo, El Vaquilla (1985), que narra la historia de Juan José Moreno Cuenca - que finalmente pudo interpretarse a sí mismo -, quien con 23 años se encuentra preso en el penal Ocaña 1 de Toledo. Y así comienza la película: “Soy Juan José Moreno Cuenca, aunque todos me llaman Vaca o Vaquilla. Ya lo ven, nací a este otro lado de la sociedad y nunca pude, o nunca supe, pasar al otro. Ahora me he propuesto hacerlo y sé que no será fácil. Mi mayor enemigo fue esa fama que me fue envolviendo desde niño hasta atarme de pies y manos. Hoy me piden que cuente mi vida. De acuerdo, puede ser una oportunidad. Para mí, quizás acaba por conocerme; para ustedes, tal vez empiecen a comprender quién diablos es ese sujeto del que tanto hablan sin saber por qué”. No era justo que "El Vaquilla" se hiciera tan famoso en el cine interpretado por otra persona, por lo que José Antonio de la Loma quiso contar con él para que interpretara su propia vida. Efectivamente sus dotes interpretativas dejaban mucho que desear y la película no tuvo el mismo tirón que Perros Callejeros. De hecho, su papel en la historia lo interpretó Raúl García Losada y, además, contaron en la película con Ángel Fernández Franco, "El Torete", que en su día hizo de "El Vaquilla". Un lío de personajes, vamos. 

Finalizó nuestro director su recorrido por el cine quinqui con la película Tres días de libertad (1995), donde se nos narra ese permiso de tres días de un conocido delincuente, Juan “El Gato”, con una larga condena por cumplir. 

Y esta es la filmografía esencial de José Antonio de la Loma, el director barcelonés con el que se inició este peculiar subgénero de cine genuinamente español, conocido como cine quinqui. Porque “lo quinqui” se puso hasta de moda y también se convertiría en casi un subgénero musical, con canciones de grupos como Los Chichos o Los Chunguitos, de forma que algunas canciones formarían parte (y leitmotiv) de bandas sonoras de estas películas.

 

sábado, 19 de septiembre de 2020

Cine y Pediatría (558). “Pirañas: los niños de la Camorra”, devorados por la vida

 


Un enorme árbol de Navidad ocupa el centro de la Galería Umberto de Nápoles. Y ese centro comercial se convierte en el lugar de encuentro donde dos pandillas de adolescentes intentan derrumbar el árbol: unos son del “quartieri Spagnoli” y otros del “quartieri Sanità”, provistos de bates de béisbol y otros objetos cuyo objetivo está claro que no es desearse felices fiestas. El objetivo cinematográfico se consigue perfectamente con estas breves escenas: Nápoles es una ciudad cuyos barrios son territorios enfrentados en los que cada clan mantiene su primacía acosando a los extraños y pugna por crecer a costa de los otros. Son las nuevas generaciones de la leva mafiosa, los niños de la Camorra, aquellos que envidian de sus modelos adultos aquellas ropas de marca, coches de lujos, relojes de oro, chándales llamativos, y mujeres siliconadas. Así comienza la película Pirañas: los niños de la Camorra (Claudio Giovannesi, 2019), adaptación de la novela “La paranza dei bambini” publicado cinco años antes por el periodista y ensayista italiano Roberto Saviano. El propio Saviano interviene como coguionista de la película junto a Maurizio Braucci y el propio director, un Giovannesi que también fuera responsable de dos capítulos de la afamada serie Gomorra, también fundamentada en la novela homónima de Saviano. 

El joven Nicola (Francesco di Napoli) vive en el barrio de Sanità con su madre, que regenta una lavandería, y su hermano pequeño. Tiene 15 años, al igual que sus amigos (Biscottino, Briato, O´Russ, Lollilop,…), y comienzan a trabajar para el clan dominante de su barrio, aquel que extorsiona negocios y hogares cobrándoles “impuestos” a cambio de seguridad, que gana dinero fácil con el comercio de cocaína entre estudiantes. Eso les permite conseguir un status impropio de su edad y conocer chicas: y es en una discoteca donde Nico conoce a Letizia (Viviana Aprea). 

Finalmente Nicola se alía con Agostino, hijo de un capo venido a menos, y forman su propio clan para hacerse con el control de su barrio, algo que ya no es discutible cuando consiguen armas con el apoyo de otro capo anciano, Don Vittorio. Porque para escalar en esta peculiar jerarquía hay que ir haciendo méritos, pero de vez en cuando algún alumno surge precoz y pretende saltar las etapas para controlar cuanto antes su barrio. Es lo que le ocurre a Nicola y su guardia pretoriana. Y los clanes contrarios les pronostican: “Media hora duraréis en el sistema”. Y tras ello llega su primer asesinato, su bautismo de sangre. Y un proceso acelerado de brutalidad y violencia que transforma a niños amorosamente cercanos a sus madres en auténticos canallas con los días contados. Y sigue llegando el dinero fácil, lo que les hace brindar con Moet Chandon como si fuera agua. Pero a su favor cuenta que tratan bien al mercado ambulante y a sus vecinos, por lo que se hacen querer, algo bien diferente al clan que acababan de derrocar. 

Y entre medias la pequeña historia de amor entre Nico y Letizia, dos jóvenes de dos barrios enfrentados, pues ella vive en el famoso barrio napolitano conocido como “quartieri Spagnoli”, donde Nico no es bienvenido. Y deviene la esperada tragedia, pues las armas las carga el diablo. Y el final nos deja todas las respuestas llenas de interrogantes, porque una vida así les obliga a sacrificar algo tan importante como la amistad y el amor, cuando no la vida. 

Y para contar esta historia, Giovannesi utiliza un estilo semidocumental para tenernos dentro del grupo de manera permanente. Y formamos parte como espectadores de esa prisa por llegar cuanto antes y donde no hay tiempo para reflexionar ni para cuestionarse moralmente los acontecimientos. Es cierto que la película goza en su exposición de los mismos defectos y aciertos que Calabria, mafia del sur (Francesco Munzi, 2014), Suburra (Stefano Sollima, 2015) o Il sindaco del rione Sanità (Mario Martone, 2019), pero que no alcanza las cotas cinematográficas de El traidor (Marco Bellocchio, 2019), Selfie (Agostino Ferrante, 2019) o La mafia ya no es lo que era (Franco Maresco, 2019) verdaderos referentes del último cine italiano alrededor de la temática local-criminal y en las que tan importante es mostrar lo que sucede como quiénes son sus amparadores, su base sociológica y sus difíciles, por no decir imposibles, soluciones. 

Es Pirañas: los niños de la Camorra una película que nos permite adentrarnos a una triste realidad: la de esa organización criminal mafiosa de la región de Campania, cuyos grupos más influyentes se encuentran en las ciudad de Nápoles, y que se centra en la contratación pública y blanqueo de capitales, en el tráfico de drogas y donde no es inusual que los clanes de la Camorra se infiltren también en la política de sus respectivas áreas. La etimología del término Camorra es incierta y se presta a bastantes interpretaciones, pero la más aceptada es la tesis de que viene del término dialectal napolitano “c'a morra” (literalmente “con el grupo”, en referencia a los grupos callejeros), nombre con el que se individualizaba también a bandas de malhechores que controlaban los juegos de azar y la prostitución en el Reino de Nápoles, desde el 1300 hasta el 1800. A diferencia de otros clanes como la Mafia siciliana, la estructura de la Camorra es más horizontal que vertical, dado que no hay un líder comúnmente reconocido, sino que se divide en grupos individuales llamados clanes. Cada capo es el jefe de un clan, en el que puede haber decenas o cientos de afiliados, dependiendo del poder y la estructura del clan. Por lo tanto, esto da lugar a numerosos enfrentamientos armados entre clanes rivales para el control de tráficos y barrios. 

Y ello lo conocemos con Nico y sus amigos, con su ascenso y su descenso a los infiernos. Porque ellos son un ejemplo de un fenómeno que en Italia es conocido como La paranza dei bambini, título también de la novela de Roberto Saviano. Y ese fenómeno resume el ascenso de jóvenes que dejaron de respetar a los jefes de la Camorra y se abrieron su propio paso hacia el olimpo criminal. Fue a partir de los noventa cuando los “bambini” se levantaron con puño de hierro y reivindicaron la Camorra de antaño. Porque a los capos de aquel entonces se les echaba en cara que solo pensaran en sus intereses, dejando de proteger a sus barrios y a los débiles. Ellos, en cambio, se creían un Robin Hood a la napolitana, y en este Nápoles es donde muchos niños y jóvenes tienen en la cárcel y la muerte su único camino de salida. De ello ya hablamos en Cine y Pediatría con la película Robinù (Michele Santoro, 2016).  

La infancia y la delincuencia organizada no es nueva en el cine. Y puede tener muy diversos emplazamientos: lo vimos en la ciudad de Tulsa (Oklahoma, Estados Unidos) con Rebeldes (Francis Ford Coppola, 1983), lo vimos en las favelas de Río de Janeiro en Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, Kátia Lund, 2002). Y ahora lo vemos en Nápoles, epicentro de la Camorra, donde resuena la voz en off de estos jóvenes con moto, convertidos simbólicamente en pirañas y que tienen prisa en devorarlo todo con avidez: “Por respeto y por honor, amigos he perdido. Compañeros, hermanos míos, cuando llevo esta pistola, vuestros nombres van conmigo”. Pero es la vida la que les devora en estos malos ambientes para la infancia y adolescencia. 

sábado, 23 de febrero de 2019

Cine y Pediatría (476). “Los olvidados”… no se pueden olvidar


Los tambores de Calanda vieron nacer en los comienzos del siglo XX a una de las tres B del cine español (los otros dos fueron Berlanga y Barden): Luis Buñuel, y allí fue allí donde su educación jesuítica le marcaría en su devenir personal y artístico. Se trasladó a Madrid en 1917 para iniciar la carrera de Ingeniería Agrónomo (aunque finalmente se licenciaría en Filosofía y Letras), instalándose en la Residencia de Estudiantes en donde entabló amistad con Salvador Dalí y Federico García Lorca. Allí fue la visión de la película Las Tres Luces (Fritz Lang, 1921) el detonante para que comenzara a dedicarse al séptimo arte. 

España, Hollywood y, sobre todo, Francia y México fueron sus grandes platós de cine. Fue en 1928 cuando realizó junto a Dalí el famoso corto experimental Un Perro Andaluz, título que se convirtió inmediatamente en pieza clave en la historia del cine por su inmersión en el estilo surrealista, de extraordinaria fuerza visual que sirvió para provocar ansiedad en el espectador, la autocapacidad creativa y para subvertir la realidad cotidiana. Dos años después grabaría otra obra tan significativa como La Edad de Oro. Con Viridiana (1961) ganó La Palma de Oro de Cannes, con polémica vaticana incluida. Con Belle de jour (1967) ganó el León de Oro de Berlín. Con Tristana (1970) fue candidata al Oscar de Hollywood, que ganaría dos años después con El discreto encanto de la burguesía (1972). Cuando le fue concedido este Oscar, George Cukor organizó una cena homenaje a Buñuel a la que asistieron personajes tan importantes del mundo del cine como Alfred Hitchcock, George Stevens, John Ford, William Wyler, Robert Mulligan, Robert Wise, Billy Wilder o Rouben Mamoulian. 

Y hoy recordamos a este icono español del cine. Y rememoramos especialmente su etapa mexicana, quizás la más fructífera: 20 películas en 16 años, tanto que Buñuel murió en Ciudad de México con nacionalidad mexicana (aunque sus cenizas fueron esparcidas en el monte Tolocha, situado en su pueblo natal, Calanda… donde todo empezó). Todo comenzó en 1947 con la película Gran Casino, que resultó un fracaso (pese a contar con el conocido cantante mexicano Jorge Negrete y la primera figura argentina Libertad Lamarque), y se prolongó hasta 1962, con El ángel exterminador. En este intervalo otras 18 películas más: Los olvidados (1950), Susana (Carne y demonio) (1951), La hija del engaño (1951), Una mujer sin amor / Cuando los hijos nos juzgan (1952), Subida al cielo (1952), El bruto (1953), Él (1953), La ilusión viaja en tranvía (1954), Abismos de pasión (1954), Robinson Crusoe (1954), Ensayo de un crimen / La vida criminal de Archibaldo de la Cruz (1955), El río y la muerte (1955), Así es la aurora (1956), La muerte en el jardín (1956), Nazarín (1958-1959), Los ambiciosos (1959), La joven (1960) y Viridiana (1961). 

Y hoy hablamos concretamente de Los olvidados, película con fuertes vínculos con Las Hurdes, tierra sin pan (1932), y que en un primer momento no gustó a los mexicanos ultranacionalistas (Jorge Negrete el primero), ya que retrataba la realidad de pobreza y miseria suburbana que la cultura dominante no quería reconocer. No obstante, el premio al mejor director que le otorgó el Festival de Cannes supuso el reconocimiento internacional de la película, y el redescubrimiento de Luis Buñuel, y la rehabilitación del cineasta por parte de la sociedad mexicana. Actualmente, Los olvidados es una de las tres únicas películas reconocidas por la Unesco como Memoria del Mundo (las otras son Metrópolis – Firtz Lang, 1927 – y El mago de Oz – Víctor Fleming, 1939 -). 

La historia, coescrita con el extremeño Luis Alcoriza, uno de los mejores guionistas con los que contó, es una descarnada denuncia sobre la desigualdad, sobre esos “olvidados” cada vez más numerosos que da a luz el desarrollismo de la opulencia. Los olvidados es puro realismo con toques surrealistas, con la omnipresencia de su particular bestiario "buñueliano". Y comienza así: “Esta película está basada íntegramente en hechos de la vida real y todos sus personajes son auténticos”. Porque su mirada se dirige hacia la juventud, hacia ese futuro aplazado que sobrevive en un mundo cruel (donde la delincuencia es la única respuesta) sin más respuestas por parte del Estado que las represoras. 

Y por ello, tras los títulos de crédito sigue con esta voz en off: “Las grandes ciudades modernas, Nueva York, París, Londres, esconden, tras sus magnífico edificios, lugares de miseria que albergan niños malnutridos, sin higiene, sin escuela, semillero de futuros delincuentes. La sociedad trata de corregir este mal, pero el éxito de sus esfuerzos es muy limitado. Solo en un futuro próximo podrán ser reivindicados los Derechos del Niño y Adolescente para que sean útiles a la sociedad. México, la gran ciudad moderna, no es la excepción a esta regla universal. Por eso esta película, basada en hechos de la vida real, no es optimista y dejará la solución del problema a las fuerzas progresivas de la sociedad”. 

Los olvidados es una obra maestra en blanco y negro – en el que contribuye la fotografía de Gabriel Figueroa, quien da un estilo expresionista muy marcado durante toda la película – que gira en torno a dos muchachos principalmente. El primero es el cruel y violento Jaibo (Roberto Cobo), el líder sin escrúpulos del grupo de chicos del barrio, un delincuente juvenil que se ha escapado del correccional en el que permanecía ingresado y regresa a su barrio, ubicado en los suburbios. El segundo es más joven, Pedro (Alfonso Mejía), un buen chico falto de cariño materno, que se verá envuelto en problemas, un personaje difícil de olvidar pues se involucra en diferentes altercados que le mantendrán unido a un grupo de pertenencia que le sirva de referencia a modo de "hogar". Pedro vive sin padre y la madre no le quiere, incluso no le da de comer cuando regresa de sus correrías; y él llega a decirle: “Pero no se quede así, ¡ pégueme ! Me gustaría portarme bien, pero no puedo”. Finalmente lo internan en una granja escuela, donde el director le dice: “Según tu expediente no sabes leer ni escribir. Y te acusan de un robo”, pero gracias a sus dotes pedagógicas es capaz de manejar la rebeldía e ira inicial de Pedro, convenciéndole de que no es una cárcel.

Y en el grupo de niños “olvidados”, también encontramos a Ojitos (Mario Ramírez Herrera), un ser absolutamente inocente y bondadoso abandonado por sus progenitores y abocado a ser devorado por las hienas que le rodean, un niño casi salvaje que se alimenta directamente de la ubre de las cabras. Y entre ellos, un personaje peculiar, Don Carmelo (Miguel Inclán), al que atacan cruelmente, quien en el atroz final de la película llega a exclamar: “Uno menos, uno menos. Así irán cayendo todos. ¡ Ojalá los mataran a todos antes de nacer !”. Porque este personaje es como una metáfora, pues viene a representar las ideas gubernamentales, donde su irreversible ceguera es la misma que la del gobierno, las instituciones o la iglesia metafóricamente hablando. 

Buñuel nos presenta una visión sin esperanza en Los olvidados, donde la crueldad de los niños duele (crueldad contra los hombres, contra los animales,…), con hogares que son pequeños espacios donde las familias numerosas duermen hacinadas, y donde la falta de cultura es caldo de cultivo para la superstición (“Para la salud no hay como la leche de burras”, dice el ciego) y la delincuencia. Por ello la película sufrió muchas críticas en México. De ellas se defendió afirmando que lo que se presenta si existe (y para ello estuvo meses visitando esos barrios, consultando casos en los archivos del Tribunal de Menores y empapándose de los suburbios) y, para una visión más realista, utilizó actores profesionales y no profesionales (campesinos, niños de suburbios, personajes sacados de una granja-escuela, etc.). Y trató una importante problemática social (reclamando soluciones desde la base) mostrándola, según sus palabras, sin juzgar a los personajes. 

Es curioso compararla con otra película de la misma década que se acerca también a la juventud (en aquel momento un tema menor dentro del cine): Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955). Pero mientras en ésta los conflictos que se desarrollan en el film están enraizados en el interior de los personajes y son conflictos emocionales, en Los olvidados, Buñuel nos muestra las causas estructurales de la violencia y somos partícipes de ellas, y hasta se dice que nos las hace compartir como espectadores (y siempre se recuerda el magnífico plano de Pedro, lanzando un huevo contra la cámara, pero que, en realidad, es un huevo lanzado al mundo, un mundo cegado y egoísta, el cual es capaz de observar y no actuar). Un Buñuel que no dejó de introducir sus toques "buñuelianos" a lo que casi fue un seudodocumental: la abundancia de gallos y gallinas (una obsesión irracional como el director reconocía), el fetichismo (las mujeres lavándose los pies y las piernas, la leche que cae entre las piernas), el ciego aficionado a las niñas, el fantasmagórico sueño, el perro como visión que trae la muerte,… y muchos otros que quisiera haber introducido. 

Por todo ello, y más, Los olvidados se consagra como una obra eterna, en la que violencia y miseria se constituyen en sus principales ingredientes. Y su final cruel, despiadado, brusco y seco, es una puñalada en el corazón de los espectadores (aunque Buñuel llegó a filmar un final alternativo, previendo la censura). Y todo ello para decirnos que la infancia olvidada no se puede olvidar. Y por muy surrealista que sean las historias de maltrato a la infancia, la realidad siempre supera a la ficción. 

Los olvidados se convierte en una película inolvidable… 

sábado, 17 de diciembre de 2016

Cine y Pediatría (362): “Los golfos", vencidos y sin salida


Hace tan solo una semana clausurábamos la Jornada Científica de la SPARS (Sociedad de Pediatría de Aragón, La Rioja y Soria) con una peculiar conferencia: "Películas que todo pediatra debiera ver. Sumar en conciencia y humanización con el séptimo arte". Y sin solución de continuidad hoy hacemos homenaje a uno de los directores aragonés más emblemáticos (con permiso de Luis Buñuel): Carlos Saura

Siete décadas de (buen) cine dan para mucho en su extensa biografía. Despuntó con una película mítica, La caza (1965), momento en el que comienza su fructífera relación con el productor Elías Querejeta y nos deja obras como Peppermint frappé (1967), Stress, es tres, tres (1968), La madriguera (1969), El jardín de las delicias (1970) y Ana y los lobos (1972). Y el mito Saura se consolida en Cannes con dos obras, La prima Angélica (1973) y Cría cuervos (1975), y con otras grandes películas como Elisa, vida mía (1977) y Mamá cumple cien años (1979). Tras abandonar su colaboración con Querejeta, comienzan nuevos derroteros entre ellos su trilogía musical con Antonio Gades (Bodas de sangre -1981-, Carmen -1983- y El amor brujo -1986-) y un sinfín de obras mayores como El Dorado (1988), ¡Ay, Carmela! (1990), Flamenco (1995), Goya en Burdeos (1999), Buñuel y la mesa del rey Salomón (2001), etc. 

Pero antes de este despliegue de virtudes en el séptimo arte, todo comenzó con un corto, un documental y una ópera prima en el largometraje. El cortometraje fue La tarde del domingo (1957), el documental premiado en el Festival de San Sebastián, fue Cuenca (1958 y su primer largo, que es la película que nos convoca hoy, fue Los golfos (1959). Y es que la ópera prima de Carlos Saura, es una película fundamental, seca y dura, que marcaría un antes y un después en el retrato de los jóvenes en nuestro cine. Una película que representó a España en el Festival de Cine de Cannes y en otros festivales internacionales, pero que, por problemas con la censura franquista, no se estrenó en España hasta tres años después de su rodaje. 

La película nace con una clara voluntad de realismo y ya desde la primera escena de la película, donde aparece un rótulo que dice que: "Esta película ha sido rodada íntegramente en escenarios naturales". Este afán de realismo, llevó a Carlos Saura a rodar no solo en escenarios naturales sino también con actores que no eran profesionales o con escasa trayectoria. Es decir, no solo quería una novedad en la historia, sino contarla también de otra forma diferente, con un neorrealismo sin redención posible (a diferencia de Día tras día de Antonio del Amo, 1951), pues estos chicos "golfos" al final, por mucho que sueñen con un ascenso social, no lo van a conseguir. Y con ello, esta delincuencia juvenil que se nos presenta actúa como precedente del posterior cine quinqui de la década de los 70 y 80 en nuestro país.

Se dice que, de todas las cinematografías occidentales, la española es la que ha establecido unas relaciones más fructíferas entre cine y literatura. Y de todas las generaciones o movimientos la que se conoce como "la generación literaria del medio siglo", la del realismo social o neorrealista, formada, entre otros, por Rafael Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa, y en un tono menos conocido Daniel Sueiro (coguionista, junto con Mario Camus, de Los golfos). Porque Los golfos, según declaraciones del mismo Carlos Saura, posee influencias de "La busca" de Pio Baroja (1904) y un explicito homenaje al "El Jarama" de Rafael Sánchez Ferlosio (1955).

Los golfos narra las andanzas de una pandilla de desarraigados que viven en los arrabales de Madrid (en la actual Avenida de Aroca) y que se acercan al centro urbano para delinquir (en el mercado de abastos, en el estadio de fútbol del Real Madrid, en los garajes de coches, en la corrida de toros, en una fiesta, en un ascensor...) o para disfrutar de ocio (ese baile en los bajos del cine Salamanca). El primer robo a una invidente en un puesto de Lotería ya nos pone en el camino del mal camino de estos protagonistas. Y a continuación suena una guitarra española rasgada y una plaza donde los amigos ven torear una vaquilla.

Los golfos, con el trasfondo del mundo taurino, traslada al espectador una cierta épica de la marginalidad. Y todos los amigos intentan obtener el dinero (de malas formas) para ayudar a Juan a conseguir su alternativa en la plaza de toros... y todo ello narrado en un blanco y negro donde se combinan los sueños por el triunfo en la tauromaquia y la realidad de los suburbios de una ciudad en expansión de los años 60, una capital en los límites del desarrollismo capitalista español que iba a dar un salto cualitativo poco después. Y todo ello con sones de guitarra española de fondo y con la tragedia que se palpa. Y en la escena final, con la muerte del toro, es como si estos amigos, estos "golfos", también muriesen.

Porque con ello Los golfos se convierte en la amarga fotografía de jóvenes vencidos y sin futuro. Una película más amarga que la que el mismo año nos dejó Marco Ferreri con el título de Los chicos, también una historia sin resolución de adolescentes de los años cincuenta en Madrid, una película sin tercer acto, una obra aparentemente menor de Ferreri, pero que también nos lanzó una propuesta radical y completamente nueva en el cine español. Porque si hace un tiempo hablamos en Cine y Pediatría de de Los chicos, hoy lo hacemos de Los golfos, dos películas en blanco y negro, pero llenas de matices y de colores.
   

sábado, 19 de septiembre de 2015

Cine y Pediatría (297).”Dog Pound”, la perrera de la vida


Tres personajes adolescentes presentados en tres breves escenas que terminan con estos carteles: David, 16 años, posesión de narcotráficos con intención de reventa. Ángel, 15 años, reincidente, asalto y robo de vehículo. Butch, 17 años, asalto a un funcionario de correccional. Y al final un cartel más que indica: Centro correccional juvenil Enola Vale, Montana. A continuación, un primer plano de una funcionario se dirige a los tres chicos: “Señores, quítense la ropa civil y dejen sus pertenencias en la caja que lleva su nombre. Les devolveremos los zapatos cuando terminemos el registro. Todas sus pertenencias. Sacúdanse el pelo. Muevas sus dedos. Separen los dedos de los pies. Soplen por la nariz. Ahora dense la vuelta. Inclínense. Tosan. Más fuerte. Incorpórense. Dense la vuelta. Bien muchachos, ahora les vestiremos. Señores, bienvenidos al correccional juvenil Enola Vale…A continuación les voy a explicar las reglas básicas, son sencillas. Están prohibidas las armas, los objetos afilados, el material pornográfico, las sustancias ilegales, el tabaco, el alcohol y formar bandas. Nada de esto está permitido en Enola Vale. ¿Alguna pregunta?”.

Así comienza una impactante película, feroz y directa, un drama carcelario repleto de tensión y que lleva por título Dog Pound (La perrera), rodada por el francés Kim Chapiron en el año 2010 en la que supuso su primera cinta rodada en lengua inglesa y que le valió el Premio a Mejor nuevo director en el Festival de Tribeca. Un magnífico retrato de la incertidumbre de adolescente al llegar a un centro correccional, donde deben elegir un bando en un recinto lleno de violencia: víctima o verdugo. Porque lo que el director y co-guionista Kim Chapiron nos quiere transmitir es la idea más vieja de la humanidad: la violencia genera violencia, y la reflexión nunca puede llegar a través del odio, la represión y el abuso. 

Dog Pound se centra en las atormentadas vidas de Butch (Adam Butcher), Davis (Shane Kippel) y Angel (Mateo Morales), tres adolescentes encarcelados por delinquir y a la espera de pasar a disposición judicial, pero que tienen que permanecer en un recinto en el que la hostilidad será protagonista, mal prolegómeno para volver a reinsertarse en la sociedad. Los guardias y otros adolescentes reclusos son dos elementos que interfieren en el día a día de los tres muchachos, allí donde se impone la ley del más fuerte para sobrevivir, allí donde el correccional se convierte en un lugar complicado. Allí donde el entrenador les dice “Esta mañana no quiero mierdas de esas en mi cancha. Aquí no hay blancos ni negros, ni putos fumetas… Sois un grupo de perros callejeros encerrados en esta perrera”. La agresión permanente hará que estos muchachos tengan que llegar a hacer cosas que nunca imaginaron. 

Hiperrealismo e incómoda crudeza al servicio de una nueva película carcelaria, que se apoya en su reparto, jóvenes actores que trasmiten con credibilidad la rabia y el dolor, y la habilidad del director para narrar con contundencia y pasión una historia que quizás ya hemos visto antes, pero no muchas veces contada con tanta eficacia a la hora de lanzar un grito de alarma hacia el modo en que el Estado gestiona la problemática de la delincuencia juvenil. Y, aunque sólo fuera por esto, Dog Pound ya merecería un pequeño hueco en el subgénero del cine carcelario. 

El cine ha narrado grandes historias ambientadas en prisiones, películas que se les conoce como dramas carcelarios. Algunos ejemplos paradigmáticos pasan por nuestra mente, películas con base literaria muchas veces, otras basadas en la realidad. Algunos títulos son: La gran evasión (John Sturges, 1962), basada en los hechos sucedidos en el campo de prisioneros de guerra de Stalag Luft III, versión de la novela de Paul Brickhill; Papillon (Franklin J Schaffner, 1973), a partir de la novela homónima de Henri Charrière y con guion de Dalton Trumbo; El expreso de Medianoche (Alan Parker, 1978), narra un hecho biográfico real acaecido en 1970, la historia de Billy Hayes; Fuga de Alcatraz (Don Siegel, 1979), basada en el libro “Escape from Alcatraz” de J. Campbell Bruce; En el nombre del padre (Jim Sheridan, 1993) recoge los casos de los Cuatro de Guildford y los Siete de Maguire, según la autobiografía de Gerry Conlon, “Proved Innocent”; Cadena perpetua (Frank Darabont, 1994), fundamentada en la novela corta de Stephen King, “Rita Hayworth y la redención de Shawshank”; Pena de muerte (Tim Robbins, 1995), nos cuenta el hecho real de la hermana Helen Prejean, consejera espiritual del homicida Patrick Sonnier, y de donde surgió su libro "Dead Man Walking"; Sleepers (Barry Levison, 1996), según la novela homónima de Lorenzo Carcaterra; Huracán Carter (Norman Jewison 1999), la verdadera historia del boxeador Rubin Carter, al cual se absolvió de triple asesinato después de que hubiera pasado casi veinte años en prisión; La milla verde (Frank Darabont, 1999), a partir de la novela de Stephen King, “The Green Mile”; Celda 211 (Daniel Monzón, 2009), gran ganadora de los Goya de ese año y con guión fundamentaldo en la novela homónima del periodista Francisco Pérez Gandul; y cientos de ellas. También en Cine y Pediatría hemos vivido ya algún ejemplo, como la película argentina Leonera (Pablo Trapero, 2008), una película carcelaria con la maternidad entre rejas como tema clave. 

Porque este correcional está en sintonía con la introducción del Informe “Jóvenes y prisión” y que dice “La cárcel, aunque la pinten de rosa o la pongan música ambiental —y hay alguna que tiene estas condiciones— es una estructura de violencia y un mecanismo de castigo que la sociedad —todas las sociedades— ha creado para aquellos que saltan los límites de lo legalmente tolerable. La vida cotidiana de la prisión, su organización, las relaciones entre los internos y los profesionales penitenciarios, las relaciones entre los propios internos, las normas que rigen su funcionamiento, su estructura arquitectónica,... todo lo que compone el sistema de vida de una prisión, hay que entenderlo desde aquí: no hablamos de un internado duro y difícil ni de un colegio mayor exigente; hablamos de una estructura de violencia y de imposición, y desde aquí hay que interpretar lo normal y lo excepcional que pasa dentro de ella”. 

Y al final de la película, una puerta del correccional que se cierra de golpe… como si se acabara la única esperanza de redención. Y con ese portazo y fundido en negro final nos restañan algunas dudas: ¿es peor mandar a los jóvenes delincuentes a prisión?, ¿qué papel debería tener la condena a labores sociales?, ¿son las cárceles aún las perreras de la vida...? 

sábado, 12 de septiembre de 2015

Cine y Pediatría (296). “7 vírgenes” y cientos de perros callejeros


Igual que hay directores que ya forman parte de la familia de Cine y Pediatría por su afinidad por las películas con la infancia y adolescencia como protagonistas, también podríamos decir algo similar de ciertos actores. Un paradigma en nuestro país lleva el nombre de Juan José Ballesta. Este actor nacido en la ciudad madrileña de Parla nos sorprendió a todos en su debut con 12 años en una película que es ya un icono frente a los malos tratos familiares en la infancia: El Bola (Achero Mañas, 2000). También fue Tomiche, el pillo amigo de la niña Carol (la debutante Clara Lago) en El viaje de Carol (Inmanol Uribe, 2002), toda una fábula sobre el dolor de las infancias perdidas por la guerra, en este caso por la Guerra Civil Española. Posteriormente, fue uno de los cuatro adolescentes afectos de osteosarcoma y que intentan sobrellevar su destino lo mejor que pueden en el hospital, concretamente en Planta 4ª (Antonio Mercero, 2003), fundamentada en la obra de teatro "Los Pelones", obra autobiográfica de Albert Espinosa. La última película que ha formado parte de nuestra serie ha sido Entre lobos (Gerardo Olivares, 2010), basada en la historia real de Marcos Rodríguez Pantoja, el conocido como “niño salvaje de Sierra Morena”. 

Y hoy viene a este espacio una más: la película 7 vírgenes (Alberto Rodríguez, 2005), un firme relato sobre la vida de adolescentes en la periferia marginal de una ciudad como Sevilla. Curiosamente, Juan José Ballesta ganó el premio a Mejor actor revelación por El bola en los Premios Goya del año 2000, y su segunda nominación a Mejor actor procede precisamente por 7 vírgenes que, aunque no la ganó, si lo consiguió precisamente en esa categoría en el Festival Internacional de San Sebastián en el año 2005. 
Dos encuentros actor-director con buenos resultados: en El Bola con Achero Mañas, director novel en aquel momento; en 7 vírgenes con Alberto Rodríguez, quien, tras dirigir El Factor Pilgrim (2000) y El Traje (2002), con 7 Vírgenes se consolidó como uno de los jóvenes directores más interesantes del panorama español. Y vaya que si fue así, pues sus últimas películas, Grupo 7 (2012) y, sobre todo, La isla mínima (2014), son un buen ejemplo. Un realizador ya bregado, con personalidad y dominio de su oficio, que tiene claro qué historia quiere contar y cómo hacerlo, y que se muestra capaz de dotar a sus imágenes de la fuerza e intensidad suficientes sin perder el equilibrio, con buenos diálogos, pero que consigue que en su película hablen más los silencios, las miradas y las acciones que las palabras. 

7 vírgenes comienza con esta voz en off, con este juego de videncia: “Para hacer el juego de las 7 vírgenes hay que poner dos velas frente a un espejo y mirarse fijamente en él durante 60 segundos, como una cuenta atrás. Dicen que en ese momento tu reflejo te habla y te predice tu futuro. Hay que estar solo, sin más luz que la de las velas. 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13,..”. Es verano en un barrio obrero y marginal de una ciudad del sur. Tano (Juan José Ballesta), un adolescente que se encuentra recluido en un reformatorio, obtiene un permiso para acudir a la boda de su hermano mayor, Santacana (Vicente Romero). Durante esa salida del centro, volverá a encontrarse con Richi (Jesús Carroza), con su antigua novia y con sus colegas del barrio, con los que se meterá en más de un problema. Tano se siente libre y ejerce esa libertad con toda la fuerza y el atrevimiento de la adolescencia, pero, a medida que transcurre su estancia fuera del centro, también asiste al derrumbamiento de todos sus referentes: el barrio, la familia, el amor y la amistad. Más allá de un permiso de 48 horas, la libertad de Tano se convierte en un viaje impuesto hacia la madurez, un viaje con un final dudoso. Sólo así se entienden las palabras de Tano a Richi: “Si algún día me convierto en un pringao así, te pillas una pistola, la más grande que encuentres, te acercas por detrás sin decírmelo y pum, un pringao menos…”. 

Porque Tano y Richi son dos “perros callejeros” con reminiscencias de ese cine que se hacía, de forma muy prolífica en la España de la transición. Y viene a nosotros ejemplos el nombre paradigmático de Eloy de la Iglesia (Navajeros, 1980; Colegas, 1982; El pico, 1983), Carlos Saura (Deprisa, deprisa, 1980) o, más recientemente, Fernando León de Aranoa (Barrio, 1998). No obstante, pese a la reiterada y manida exposición del citado conflicto de los conocidos como “perros callejeros”, Alberto Rodríguez ha conseguido un resultado correcto con 7 vírgenes, con éxito de crítica y público, merced a su espléndida dirección de actores, especialmente el mano a mano entre nuestro conocido Juan José Ballesta y el menos conocido Jesús Carroza (quien recibió como Mejor actor revelación el único Goya de las seis nominaciones a la película), pero también el resto del reparto, debutantes que completan el elenco juvenil (y sacados de un casting por los institutos del barrio de Sevilla donde se rodó íntegramente la película). Una película verosímil sin exceso, realista sin regodeo, y con una profunda humanidad de sus personajes, principales y secundarios. Hasta tal punto que llegamos a conectar con Tano y Richi a pesar de que éstos vivan al margen de la ley, ese extremo de vida que les ha llevado a un presente gris y a un futuro nada alentador para estos adolescentes, con refugio en el entorno de las drogas y en el ejercicio del hurto y la violencia, una realidad hostil en la que se convierten en víctimas y en verdugos.

Como declaró Alberto Rodríguez, el principal interés en rodar esta película fue por sacar a la luz a estas personas invisibles: “Creo que para la mayor parte de la gente, los protagonistas de esta película no existen. Forman parte de una realidad localizada en la sección de sucesos; un accidente geográfico inexplorado y ajeno a la clase media de cualquier país. Es más fácil seguir desconociendo ese pequeño mundo habitado por invisibles “Tanos” y “Richis”. Y las 7 vírgenes es juego, es asomarse a una ventana donde los personajes encuentran un poco de luz; es saltar al otro lado y estar más cerca de la posibilidad del deseo. Este juego corresponde al final de la adolescencia, el último juego como tal que trasciende a una realidad ya conocida y de antemano escrita y frustrada.

Porque 7 vírgenes muestra sin juzgar, aunque nos muestra un elenco de familias más desintegradas que desestructuradas, ámbitos más marginales que deprimidos, y nos pone en tesitura que esa realidad no es solo responsabilidad de las que lo viven. Porque los protagonistas de 7 vírgenes son verdaderos “out-siders” que hacen funambulismo de sus vidas sobre el filo de la navaja,

Es 7 vírgenes una buena película que se puede observar como denuncia o simplemente como una historia real, sensible y cruel, todo en uno. Una historia tan simple como compleja, pues en muchas ciudades estos chicos (que pueden reciben el nombre de “burracos”, “kanis”, “bajunos”, etc.) son una de las principales causas de violencia, intranquilidad y delincuencia de algunas ciudades. Ellos son verdaderos perros callejeros donde la película nos dibuja bien sus vidas rotas, los hay a cientos en las ciudades y no deberían pasarnos como seres invisibles.

Y es así como, de momento, Juan José Ballesta con estas 7 vírgenes ostenta el récord con 5 películas en Cine y Pediatría. Y algún día hablaremos de Cabeza de perro (Santi Amodeo, 2006) o Ladrones (Jaime Marqués, 2007).