miércoles, 15 de julio de 2026

La inquietante visión de la maternidad e infancia dirigida por Juanma Bajo Ulloa

 

Un galicismo popular dentro del mundo del arte es el de “enfant terrible”, aplicado a artistas de diversa índole, y que se usa para hablar de artistas jóvenes rebeldes, ya sean por su enfoque, su rupturismo y, sobre todo, por su capacidad de romper con lo establecido, siendo transgresor hasta el límite y generando controversia sin importar a quien ofende en su provocación. Y directores con este calificativo los hay en todas las filmografías. Uno de ellos en España es el vasco Juanma Bajo Ulloa. 

Su debut en largometraje fue con 23 años, cuando rodó Alas de mariposa (1991), fue un éxito de crítica y premios (entre ellos el honor de ser el director más joven en ganar la Concha de Oro de San Sebastián; después llegó La madre muerta (1993), que muchos consideran su obra más celebrada y de culto. A lo largo de su carrera ha alternado periodos de gran visibilidad con otros de menor presencia industrial, algo bastante coherente con un cineasta que nunca ha sido cómodo para el mercado. Tras Airbag (1997) - una violenta y alocada road movie que se ha convertido que se convirtió en ese momento en la película más taquillera de la historia del cine español, superada luego con la saga Torrente-, volvió con títulos como Frágil (2004), Historia de un grupo de rock (2008), Rey gitano (2015), Baby (2020) y El mal (2025). Entre medias, cortos y videos musicales. 

Sus películas suelen moverse entre lo infantil y lo siniestro, entre la ternura rota y la crueldad, con una puesta en escena muy marcada y una tendencia a romper expectativas genéricas. Esa personalidad estética explica que sea considerado un director “a contracorriente”, más cercano a la autoría radical que a la industria convencional. Y esa parte materno-infantil del cine de Bajo Ulloa es la que hoy nos convoca con tres películas clave en su recorrido: 

 - Alas de mariposa (1991), que abrió su carrera con una combinación de sensibilidad y extrañeza que ya lo definía todo. Esa particular relación entre Ami (Laura Vaquero), una niña de seis años introvertida y especialmente sensible, y su madre Carmen (Silvia Munt), quien vive obsesionada con la idea de tener un hijo varón, sentimiento que no comparte su marido. La película explora la ambivalencia de la madre —dadora de vida y transmisor de muerte— en un. entorno opresivo del norte español, con prejuicios y complejos que convierten el hogar en pesadilla 

- La madre muerta (1993), que consolidó su fama de autor intenso, visualmente poderoso y poco complaciente. Narra la historia de Leire (Ana Álvarez), una adolescente deficiente mental con rasgos autistas, sin expresividad tras ser testigo en su niñez del asesinato de su madre y el reencuentro con el asesino años después (Karra Elejalde). 

- Baby (2020), donde recuperó la atención crítica y volvió a situarlo como un director capaz de incomodar y fascinar a la vez. Porque Baby se convierte en un cuento de hadas del siglo XXI sin palabras, solo con el poder de la imagen y la música. Una joven drogadicta embarazada (Rosie Day), quien, tras dar a luz, desatiende los cuidados de su bebé debido a su enfermiza adicción de heroína y alcohol, una abuela (Charo López) que intenta cuidarlos, una matrona (Harriet Sansom Harris) que se dedica al tráfico de bebés, y otros extraños personajes que se cruzan en la historia. Y donde todas sus protagonistas son femeninas… como la Madre Tierra. 

Tres películas que reflejan el gusto de Juanma Bajo Ulloa por las atmósferas opresivas e inquietantes, visionadas a través de diversas etapas de la infancia con epicentro en la maternidad: lactancia (Baby), infancia (Alas de mariposa) y adolescencia (La madre muerta). 

Y el análisis en profundidad de estos directores y sus películas se puede revisar en reciente artículo publicado en el último número de la revista Arte y Medicina, que se puede revisar en las páginas 56 a 61. 

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