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lunes, 21 de septiembre de 2026

Historia de las epidemias en España y sus colonias


El libro titulado “Historia de las epidemias en España y sus colonias” nos ofrece un recorrido exhaustivo por la historia de las epidemias en España y sus colonias, abarcando desde la devastadora peste megra de 1348 hasta principios del siglo XX. El autor, José Luis Betrán Moya, profesor titular de Historia Moderna, analiza en sus más de 300 páginas cómo estas crisis sanitarias transformaron la demografía, la economía y las estructuras sociales, provocando reacciones que oscilaban entre el fervor religioso y la búsqueda de culpables. Se detalla la evolución del conocimiento médico, destacando el paso de las explicaciones providencialistas y astrales hacia el descubrimiento científico de patógenos como la Yersinia pestis. Además, la obra examina el impacto de otras enfermedades como el tifus, el cólera y la viruela, subrayando la persistente desigualdad social ante la muerte. Finalmente, el relato conecta las plagas del pasado con los desafíos de la globalización moderna, advirtiendo sobre el resurgimiento de la intolerancia ante nuevas amenazas biológicas. 

De aconsejable lectura, resumimos algunos apartados de interés. 

a) La peste en la Península Ibérica (siglos XIV-XVII) 

La peste bubónica fue la enfermedad epidémica dominante en España desde su llegada en 1348 hasta finales del siglo XVII. Tras la Peste Negra inicial, que se propagó rápidamente por Italia y Francia antes de alcanzar la península, España experimentó brotes recurrentes durante los siglos XV, XVI y XVII. 

El siglo XVI transcurrió con la presencia casi permanente de la peste en las riberas del Mediterráneo. En 1507 murieron aproximadamente 30.000 personas, y entre 1521 y 1523 la enfermedad afectó Valencia, Sevilla y Córdoba. La segunda mitad del siglo XVI trajo nuevos brotes: en 1557 afectó a toda la costa catalana, extendiéndose posteriormente por Aragón y Castilla, coincidiendo además con epidemias de tifus exantemático (conocido como «tabardillo»). 

El periodo más catastrófico llegó entre 1596 y 1602, cuando una epidemia de peste afectó a casi toda la península y causó alrededor de medio millón de muertos. Esta fue la primera de las tres grandes pestes del siglo XVII, que en conjunto produjeron al menos 1.250.000 muertos en un Estado español de aproximadamente siete millones de habitantes. 

La segunda gran peste del XVII (1647-1652) tuvo especial virulencia en Valencia, donde fallecieron 16.000 personas, y en Sevilla, donde se estima que murió el 45% de la población. La tercera y última gran epidemia pestífera comenzó en 1676 en el puerto de Cartagena tras el desembarco de ropas procedentes de Inglaterra, afectando gravemente a ciudades andaluzas como Sevilla, Córdoba, Málaga, Cádiz y Jaén, además de Cartagena en el Reino de Murcia. 

A partir de las grandes epidemias de peste de finales del siglo XVII, esta enfermedad abandonó España. En el siglo XVIII solo hubo episodios menores, siendo los más importantes los de Cádiz (1730-1731) y Málaga (1741). 

b) Epidemias en las colonias americanas 

La llegada de los europeos a América desencadenó una catástrofe demográfica sin precedentes debido a las enfermedades infecciosas que los colonizadores trajeron consigo. Los indígenas americanos no tenían inmunidad previa a virus como la viruela, el sarampión o la influenza, lo que provocó mortalidades masivas. 

El primer brote documentado de viruela en América ocurrió en 1518 en La Española (Santo Domingo), matando «casi la tercera parte de los indios» de la isla según testimonios de frailes jerónimos. A lo largo de los siglos siguientes, las epidemias se sucedieron de forma casi continua. Se han identificado cerca de 2.000 epidemias ocurridas en América desde 1492 hasta 1898, con identificación del agente causal y sus efectos demográficos. 

La viruela fue la enfermedad más devastadora, aunque también causaron estragos el sarampión, la influenza, el tifus y otras infecciones. Estas epidemias, combinadas con otros factores como la explotación laboral y la desestructuración social, provocaron un colapso demográfico que algunos historiadores han utilizado para cuestionar la obra colonizadora española, aunque investigaciones recientes matizan esta interpretación. 

c) Filipinas: un patrón epidemiológico diferente 

El caso de Filipinas presenta un contraste notable con América. A diferencia de los indígenas americanos, los filipinos poseían inmunidad para virus como la influenza gracias a siglos de contacto previo con Asia continental. Esto, sumado a que Filipinas ya conocía enfermedades como la malaria y la viruela antes de la llegada de los españoles, resultó en una «colisión inmunológica» mucho menos devastadora. 

La población filipina, lejos de colapsar, experimentó un crecimiento demográfico sostenido durante el dominio español: pasó de aproximadamente 500.000 habitantes en 1521 a cerca de 7.500.000 en 1898, con una tasa de crecimiento anual cercana al 1%. No obstante, hubo brotes epidémicos periódicos: los años 1574, 1591 y 1595 fueron años de «peste» (viruelas), lo que indica que las circunstancias locales no permitían una inmunidad completamente eficiente. 

En el siglo XIX, los españoles residentes en el archipiélago enfrentaban sus propios desafíos sanitarios: hasta 1859, los recién llegados estaban expuestos al cólera, la disentería y otras enfermedades tropicales, además de la dificultad de adaptación al clima caluroso. Los brotes de cólera de 1882, 1883 y 1889, así como la malaria endémica, continuaron afectando la salud pública hasta el final del dominio español. 



d) El cólera y otras epidemias modernas (siglos XIX-XX) 

El cólera asiático llegó a España en 1831, marcando el inicio de una nueva era epidemiológica. De las seis pandemias de cólera conocidas entre 1817 y 1923, cuatro afectaron a la península. Entre 1833 y 1885, estas epidemias ocasionaron cerca de 800.000 muertes en una población de aproximadamente 15 millones de habitantes. 

La mortalidad del cólera no fue aún mayor gracias al trabajo de Jaime Ferrán i Clúa (1851-1929), quien desarrolló y ensayó una de las primeras vacunas contra esta enfermedad. Ferrán, médico catalán, aplicó su vacuna durante la epidemia de 1885, marcando un hito en la historia de la medicina preventiva española. 

Además del cólera, España enfrentó otras enfermedades infecciosas crónicas con impacto epidémico: la tuberculosis, el paludismo (especialmente en zonas costeras y del sur) y la gripe. La mal llamada gripe española de 1918-1919, aunque de origen incierto, causó una mortalidad extraordinaria en todo el mundo, incluida España. 

e) Impacto social y respuestas sanitarias 

Las epidemias transformaron profundamente la sociedad española y colonial. Durante el Antiguo Régimen, la respuesta ante la «pestilencia» combinaba medidas de huida («huir de la pestilencia es buena ciencia», aconsejaba en 1616 el médico Juan Sorapan de Rieros) con cuarentenas, cordones sanitarios y la creación de lazaretos. 

En las colonias americanas, el impacto demográfico de las epidemias fue tan profundo que reconfiguró completamente la estructura social, económica y política de los virreinatos. La despoblación indígena forzó la importación de mano de obra esclava africana y aceleró procesos de mestizaje y transformación cultural. 

En Filipinas, la menor virulencia de las epidemias permitió una continuidad demográfica y cultural más estable, aunque los españoles residentes enfrentaron constantemente el desafío de las enfermedades tropicales. 

Con estas cuestiones abordadas se intenta inducir a la lectura de este libro, de verdadero interés para los profesionales sanitarios como cultura e historia de la Medicina. 

En este blog ya hemos hablado de epidemias, tanto desde el punto de vista de la ciencia como del séptimo arte.  





sábado, 26 de agosto de 2023

Cine y Pediatría (711) Florence Nightingale, una enfermera de cine

 

Hoy queremos dedicar este capítulo a una mujer que dejó una marca indeleble en la historia de las ciencias de la salud, en general, y de la enfermería, en particular. No solo está considerada como la fundadora de la enfermería moderna, sino que también fue muy destacada su labor en otras áreas como la estadística o el movimiento feminista. Aunque nació en Florencia, en realidad es una de las dos hijas de una familia británica acomodada en la que tuvo una gran educación, lo que unido a su carácter vital e independiente y a sentir una “llamada divina” para el servicio a los más necesitados, la convierten en una de las mujeres más admiradas de aquella sociedad británica victoriana. Hablamos de Florence Nightingale, un personaje de cine que dejó su impronta en el siglo XIX, pero también para la posteridad. 

Un personaje y una vida así es carne de cañón para ser llevada a la gran pantalla, por lo que bien podemos afirmar que Florence Nightingale es “de cine” y al menos cinco películas (para el cine y televisión) han intentando transmitirnos su vida y legado. Y hoy queremos centrarnos en la película más actual y, posiblemente, la más interesante: Florence Nightingale (Norman Stone, 2008), una película producida por la BBC para la televisión y que contó con Laura Fraser en el papel principal. 

La película comienza y termina con un largo texto que nos sitúa en el contexto y la importancia de esta mujer. Comienza así: “En 1856, Inglaterra estaba en guerra con Rusia hacía más de dos años. Miles de personas morían por enfermedades y heridas recibidas en Crimea, una península al sur de Rusia. En esta catástrofe, una persona surgió a la fama. No fue un general ni un soldado… sino una mujer. Su nombre es Florence Nightingale. Esta es su historia basada en sus cartas y diarios personales”. Y la historia comienza cuando ella regresa exhausta en 1856 tras su labor en la Guerra de Crimea….y de allí, y mediante varios flashbacks, regresa a 1837 para narrarnos la historia que le llevó a ser una heroína nacional a la que dedicaban canciones y obras de teatro. Y para ello la protagonista se dirige continuamente al espectador para contarnos sus cuitas y desvelos, sus triunfos y fracasos, y donde vale la pena destacar como nos muestra la realización del llamado “Diagrama de la Rosa” (un gráfico absolutamente novedoso para su época en el que representaba, junto con el Dr. William Farr, tres variables: el tiempo, el número de muertes y la causa de la muerte) sobre las causas de mortalidad entre los soldados del hospital de Scutari. 

Y finaliza con otro largo texto que cubre casi todos los títulos de créditos y que nos sitúa bien en el valor de esta mujer: “Florence Nightingale vivió otros 53 años y revolucionó la práctica de la enfermería. Creó nuevos estándares para el diseño y la administración hospitalaria, que actualmente siguen utilizándose como referencia. Su reporte confidencial nunca fue publicado, pero el trabajo de la Comisión Real llevó a cambios fundamentales en el cuidado de las tropas británicas. Florence Nightingale murió en Londres, aún soltera, el 13 de agosto de 1910. Tenía 90 años. El Día Internacional de la Enfermería se celebra en la fecha de su cumpleaños, el 12 de mayo. En 1883, la Reina Victoria le otorgó la Real Cruz Roja y en 1907 se convirtió en la primera mujer en recibir la Orden de Mérito del Reino Unidos. El Juramento Nightingale efectuado por los enfermeros al graduarse, fue creado en su honor en 1893. Sus restos descansan en el cementerio de la Iglesia de St. Margaret en East Wellow, Hampshire, Inglaterra”. 

Pero vale la pena revisar las otras visiones cinematográficas, labor previamente realizada por mi compañero en la Universidad Miguel Hernández, el Dr. Manuel Sánchez-Angulo, en el artículo publicado recientemente en la revista Medicina y Cine, y que sintetizo a continuación. 
 - Florence Nightingale (Maurice Elvey, 1915), película británica en la época del cine mudo y que contó con Elisabeth Risdon para el papel principal. 
- El ángel blanco (William Dieterle, 1936), superproducción de la Warner Bros que tuvo como protagonista a Kay Francis, la principal actriz del estudio, y que fue el primer biopic sonoro.
- The Lady with a Lamp (Herbert Wilxo, 1955), película británica rigurosa desde el punto de vista histórico (de hecho el título hace referencia a que fue conocida como "La Dama de la Lámpara", por su costumbre de realizar rondas nocturnas con una lámpara para atender a sus pacientes) y con la actriz Anna Neagle en el papel protagonista. 
- Florence Nightingale (Daryl Duke, 1985), película británica para la televisión que se centra especialmente en el infructuoso romance entre Florence (Jaclyn Smith, especialmente conocida por su papel en la versión original de Los Ángeles de Charlie) y el poeta Richard M. Milnes (Timothy Dalton, antes de encarnar a James Bond), quien además es el narrador del relato. Aunque reproduce momentos de la vida de Florence en base a las versiones previas, cuenta con algunos errores históricos, por lo que se puede considerar la versión más débil. 

Los puntos en común en todas estas versiones cinematográficas son la Guerra de Crimea (y el hospital de Scutari, donde desarrolló su labor junto a 38 enfermeras, entre ellas 15 monjas católicas), sus problemas con la burocracia militar, la reina Victoria, el perfil de Florence (luchadora, religiosa y respetuosa con los pacientes, a quien llamaba “mis hijos”) y su visión para luchar contras las malas condiciones sanitarias (porque la mayor parte de los soldados morían por cólera, disentería, fiebre tifoidea y no por sus heridas en combate) mediante la mejora de las instalaciones, la higiene, la comida y la estandarización de los cuidados. Cabe recordar que la Guerra de Crimea (1854-1856), ese conflicto entre Rusia y una amplia coalición que reunión a Gran Bretaña, Francia y el Imperio Otomano, significó un punto de inflexión en la política europea y fue el preludio del belicismo del siglo XX. Y como nos recuerda la historia (y hoy estas películas) el número de bajas fue enorme para la época (alrededor de 650.000 fallecimientos), pero donde lo llamativo de esta cifra es que tres de cada cuatro no cayeron en el campo de batalla, sino que fueron víctimas de enfermedades contraídas tanto en el frente como en los hospitales, tal como bien detectó (y combatió) Florence Nightingale, un ejemplo desde ayer para las enfermeras de hoy, un verdadero ruiseñor para la sanidad. 

Y es así como en la escuela de enfermería Ferrand, del Hospital Arpar de Detroit, se creó en 1893 un juramento tradicional que es efectuado por los nuevos enfermeros, y que en honor a nuestro personaje denominaron como Juramento Nightingale y que dice así:
“Juro solemnemente ante Dios y en presencia de esta asamblea llevar una vida digna y ejercer mi profesión honradamente. 
Me abstendré de todo cuanto sea nocivo o dañino, y no tomaré ni suministraré cualquier substancia o producto que sea perjudicial para la salud. 
Haré todo lo que esté a mi alcance para elevar el nivel de la enfermería y consideraré como confidencial toda información que me sea revelada en el ejercicio de mi profesión, así como todos los asuntos familiares en mis pacientes. 
Seré una fiel asistente de los médicos y dedicaré mi vida al bienestar de las personas confiadas a mi cuidado”. 

Lo dicho, Florence Nightingale fue una enfermera de cine…

 

lunes, 10 de mayo de 2021

Homenaje a los pediatras y cirujanos pediátricos españoles

 

Recibimos la buena nueva de un libro de 132 páginas que es un homenaje a los pediatras y cirujanos españoles. Un libro escrito por el Dr. Alfonso Fernández Sánchez, cirujano pediátrico del Hospital Infantil La Paz, allí donde me formé hace tres décadas y el lugar que sigue siendo mi casa madre. Y que viene precedido de dos prólogos, también de dos pediatras de este icónico hospital en la sanidad española: la Dra. María José Mellado, actual presidenta de la Asociación Española de Pediatría, y el Dr. Francisco Ruza, quien fuera Jefe de Servicio de Cuidados Intensivos Pediátricos y uno de los grandes adalides de esta especialidad. El título del libro es "Homenaje a los pediatras y cirujanos pediátricos españoles" y su contenido libre se puede descargar en este enlace. 

Como nos recuerda el prólogo del Dr. Ruza, parece que históricamente se podría vincular a la segunda mitad del siglo XIX (1876) cuando la enseñanza de la Pediatría adquirió su propia autonomía y consecuentemente, inició su mayor progresión y desarrollo y, por ello, es la Pediatría una especialidad relativamente reciente, no alcanzando los 150 años de andadura independiente. Los doctores. Mariano Benavente , el Francisco Criado Aguilar y Andrés Martinez Vargas fueron el grupo de pediatras que introdujo en España la Ciencia Pediátrica Europea y configuraron el grupo Fundador de la Pediatría Española. 

Y en este libro se expone con una cronología histórica las actividades profesionales de los grandes pediatras españoles, comenzando por los Pioneros y llegando avanzado el tiempo, hasta los grandes Maestros y Clínicos de la Pediatría Española actual. En el libro establece conceptualmente tres etapas: la Primera etapa arranca a partir de la segunda mitad del siglo XIX, en la que refiere las actividades profesionales de la primera generación de pediatras españoles, con un un sentido homenaje a la Institución de la Inclusa, cuyo origen se remonta al siglo XVI, y que desde su instauración, ha realizado una labor encomiable en favor de la infancia desvalida de nuestro país; en la Segunda etapa, aborda las actividades de los pediatras dentro de una especialidad ya asentada, y cada vez mas desarrollada, y aquí también aborda la impronta positiva que representó la aparición y promoción de las vacunaciones; en la Tercera etapa, se describen a los grandes profesionales de la pediatría moderna y esa aparición de los grandes hospitales pediátricos de la Seguridad Social, auténticos núcleos del Desarrollo de las Especialidades Pediátricas y de la Cirugía Pediátrica y que se iniciaron en las década 1960-1970. 

Se realiza una profusa revisión de la historia de la pediatría española, con nombres y apellidos.Y también a hospitales y centros pediátricos. Y se recuerda como el primer hospital pediátrico del mundo apareció en 1802, el “Hospital des enfants Malades”de París; luego en 1830 “La Charité” de Berlin, en 1852 el “Great Ormond Street Hospital” de Londres, y en 1877 el “Hospital del Niño Jesús” de Madrid (primera institución española eonsagrada al tratamiento de las enfermedades infantiles). 

Es entrañable recordar aquellos pediatras que marcaron mis inicios en esta profesión, pues cuando era MIR aún resonaban ese grupo de pediatras de prestigio que formaron Escuela (algo que hoy es casi inaudito, pues han cambiado las formas y los modos): los doctores Guillermo Arce, Enrique Jaso, Manuel Suárez Perdiguero, Ciriaco Laguna, Angel Ballabriga, Ernesto Sanchez-Villares, José Peña Guitián, Juan Rodríguez Soriano, Manuel Bueno Sánchez, Manuel Cruz Hernández (Don Manuel, aún con nosotros y amigo real y virtual)... cuya aportación a la Pediatría, con sus investigaciones, sus publicaciones y su enseñanza, formaron excelentes pedíatras. 

Pero también se destacan los nombres de pediatras que destacaron en las diferentes especialidades pediátricas que se han conformado con el tiempo y muchos profesionales dedicados en cuerpo y alma, algunos maestros, otros compañeros, algunos - incluso - amigos. Como toda recopilación no están todos los que son, pero son todos los que están. Pero el propio autor lo comenta en su texto: "Pido disculpas por cualquier error u omisión que puedan existir en esta pequeña monografía (por olvido o desconocimiento sin duda ). Por que mi única intención, ha sido ensalzar a todos los pediatras y cirujanos pediatras españoles, que aportaron y aportan su grano de arena, en el cuidado y tratamiento del niño enfermo y en el desarrollo y prestigio de la Pediatría Española". 

Y así lo entiendo al leer este texto. Y es muy agradable cuidar nuestro recuerdo y agradecimiento con textos así. Porque conocer y apreciar el pasado es el primer paso para apreciar el presente y mirar la futuro.

lunes, 20 de julio de 2020

Historia, Medicina y Ciencia en tiempo de… EPIDEMIAS

La actual pandemia producida por el nuevo coronavirus SARS-CoV-2 ha originado, desde que a finales de 2019 surgiera en la ciudad china de Wuhan, el contagio de más de 14,5 millones y medio de personas en prácticamente todos los países de la Tierra, con una cifra de fallecidos que superaba los 600.000 a fecha de hoy (tasa de mortalidad del 4,2%). Estados Unidos, Brasil y Reino Unidos albergan el mayor número  de muertes por la enfermedad, que se concentran sobre todo en personas de edad avanzada y con patologías previas. Ello ha obligado a los Gobiernos a tomar medidas de distanciamiento social, mientras los sistemas sanitarios se han visto sometidos a una presión asistencial que los dejaba al borde del colapso.

La población asiste desde su confinamiento a la rápida expansión de una infección hasta ahora desconocida, lo que genera miedo, confusión, desconfianza ante la información recibida y las medidas adoptadas por las autoridades e incertidumbre sobre la finalización del estado de alarma y la vuelta escalonada a una forma de vivir, algo necesario para intentar remontar una crisis económica sin precedentes. Amenazados por los posibles rebrotes, mientras se confunde infección (test PCR +, con los problemas de sensibilidad y especificidad de la prueba) con enfermedad, que antes colapsó hospitales y UCIs, pero que ni mucho menos es el caso actual en España. Pero ya el miedo y la sinrazón predominan sobre una toma de decisiones fundamentadas en los datos epidemiológicos y clínicos. Y mientras, vamos en nuestro país del defecto al exceso, intentando mitigar los errores por neglicencia e ineptitud política inicial con la severidad actual a la población – a esa ciudadanía ejemplar que nos ponen en duda -. Y así caminamos de la parada de burro (que trajo en primavera una crisis sanitaria y de fallecimientos) a la arrancada de caballo (que traerá seguro una crisis económica, de paro y de pobreza sin parangón). Junto a la tragedia de las vidas perdidas, la magnitud de las gravísimas repercusiones que tiene y tendrá las actuales medidas sobre la economía componen un escenario complejo que no reconocemos como propio, como si nunca antes la humanidad se hubiera visto obligada a afrontar una situación parecida.

Porque cabe aprender de la Historia. Y cabe aprender de los que conocen las historias de la pandemia.  Y baste recuperar un libro editado ya hace una década, por título “Historia, Medicina y Ciencia en tiempo de… EPIDEMIAS”, y cuyos autores son destacados catedráticos de Historia de la Medicina y escritores varios. El texto se adjunta debajo para su lectura y reflexión, y en el que encontraremos casi 200 páginas de historia de las epidemias en cuatro apartados:

I. Epidemias en la Historia

II. Epidemias y ficción

III. Los males secretos

IV. Epidemias en España

Porque ¿se pueden encontrar similitudes con otras epidemias del pasado en cuanto a la manera de originarse, la forma de expandirse, el pánico desatado en la población, las medidas tomadas por las autoridades para frenar el contagio y las repercusiones médicas, demográficas y económicas? La reflexión histórico-médica sobre la evolución de las infecciones puede darnos una perspectiva amplia que ayude a comprender mejor epidemias actuales como la de COVID-19, que guarda paralelismos con otras grandes pandemias anteriores.

El origen de las enfermedades infecciosas fue, durante mucho tiempo, objeto de controversia. Los médicos griegos, basados en la idea del equilibrio entre el hombre y su entorno, pensaban que las epidemias eran causadas por la conjunción de determinadas condiciones atmosféricas y locales, lo que llevó a la noción de «constitución epidémica». A lo largo de la Edad Media se admitía como origen de la enfermedad infecciosa una corrupción o alteración del aire atmosférico producida por la presencia de los llamados miasmas, vapores o exhalaciones de carácter nocivo que provenían de la materia orgánica en descomposición o del agua estancada y que, al ser introducidos en el organismo por la respiración, alteraban los humores corporales.

Esta teoría miasmática se mantuvo con pocas variaciones hasta el siglo XIX. Durante esta centuria, las ideas acerca de la etiología infecciosa siguieron tres etapas claramente diferenciadas. En una primera etapa, que abarca hasta los años 50, la teoría miasmático-atmosférica fue predominante. En las décadas 50 y 60 algunos científicos defendieron que los causantes del contagio eran seres vivos microscópicos, pero no pudieron aislarse. Esta teoría del contagio animado quedó probada a finales de siglo con la demostración experimental de la transmisión microbiana de la enfermedad, lo que llevó a la consolidación de la Microbiología Médica.

La peste originó las primeras epidemias conocidas. Causada por una bacteria, se transmitía a partir de la picadura de la pulga de la rata negra infectada. Si el microorganismo llegaba a los pulmones, producía una neumonía y la transmisión del agente infeccioso a través de las gotas de saliva, lo que aumentaba su contagiosidad. La epidemia de peste más conocida es la denominada peste negra, aparecida a mediados del siglo XIV. Murió un tercio de la población mundial, entre 75 y 200 millones de personas. Como causa de la enfermedad se recurrió a los miasmas transmitidos por el aire y responsables de su mal olor, de ahí la polisemia del vocablo peste. A estos miasmas se les atribuía una consistencia pegajosa que les hacía adherirse a los objetos y también los eliminaba el enfermo a través del sudor. El contacto con ellos podía producir, asimismo, la enfermedad, por lo que se dispusieron medidas de aislamiento para los apestados y para las personas y mercancías que vinieran de lugares epidemiados, que tenían que pasar una cuarentena (periodo de cuarenta días) antes de obtener permiso para entrar en una población. Se pensaba que, pasado ese tiempo, ya no se produciría el contagio.

Cuando, cinco siglos después, el cólera llegó por vez primera a Europa procedente de la India, ocasionando alrededor de 300.000 muertes, el pánico ante una enfermedad hasta entonces desconocida fuera del subcontinente hindú volvió a adueñarse de la población, situación que se repitió a lo largo de las sucesivas pandemias que se propagaron durante el siglo XIX. Hasta que en 1883 el bacteriólogo alemán Robert Koch demostró que se transmitía mediante el agua de bebida contaminada con el bacilo colérico, al cólera se le atribuyó un origen atmosférico a través de miasmas y se adoptaron las medidas habituales de establecimiento de cordones sanitarios y cuarentenas y fumigación de personas y objetos con desinfectantes gaseosos.

El cambio del paradigma etiológico miasmático por el microbiano a través del agua tardó en aceptarse. Durante la cuarta pandemia de cólera, las medidas de prevención ya se guiaban por la etiología bacteriana y al aumento de la limpieza de las calles y el aislamiento de los coléricos se unió la limpieza de las alcantarillas, el consejo de hervir el agua antes de consumirla y el control de la potabilidad del agua de bebida mediante su análisis bacteriológico en el laboratorio. Cuando el avance de la epidemia hacía inviable el aislamiento de los enfermos en sus viviendas, se habilitaban lazaretos para aquellas personas que habían tenido algún contacto con coléricos y eran mantenidas en observación por si estuvieran en periodo de incubación. Se abrieron también hospitales específicos para enfermos de cólera, con el fin de que no mantuvieran contacto con los pacientes ingresados por otras patologías. A estas medidas se añadió la aplicación de la primera vacuna anticolérica desarrollada en el mundo. Fue descubierta por el bacteriólogo catalán Jaime Ferrán Clúa, que llevó a cabo una campaña de vacunación en la ciudad de Valencia y en diferentes poblaciones de la provincia invadidas por el cólera en 1885.

Ya en la centuria siguiente tuvo lugar otra gran pandemia que guarda bastantes similitudes con la de COVID-19: la llamada gripe española de 1918-1919. También se transmitía con gran rapidez, por vía respiratoria. Su velocidad de expansión por todo el mundo a través del transporte humano y de mercancías fue superior a la alcanzada por las pandemias de cólera del siglo XIX y abarcó una extensión mayor que la peste negra. La magnitud de su repercusión epidémica no volvió a alcanzarse hasta la aparición del sida en la década de los ochenta.

A pesar de su denominación, no se originó en España, sino en Estados Unidos, en un campamento militar en Funston (Kansas) el 4 de marzo de 1918. Fue traída a Europa por los soldados estadounidenses que combatieron en la Primera Guerra Mundial, y los primeros casos se dieron en abril en las ciudades francesas de Brest y Burdeos. La censura militar impidió que las noticias sobre su rápida expansión y su elevada mortalidad llegaran a la prensa de los países combatientes, para evitar la desmoralización de las tropas y de la población. No era el caso de España, que vio el primer brote en Madrid en el mes de mayo, dos meses después de su llegada silenciada al continente europeo.

Se utilizó el aislamiento para prevenir el contagio, con el establecimiento de cordones sanitarios y cuarentenas, lo que no evitó que alrededor de un tercio de la población mundial se infectara y que 75 millones de personas murieran a causa de la enfermedad en las tres oleadas que se produjeron: en la primavera y el otoño de 1918 y en los primeros meses de 1919, una cifra de muertes superior a la provocada por la Primera Guerra Mundial en los cuatro años que duró. La falta de alimentos y medicamentos, la destrucción de viviendas y una infraestructura sanitaria fuertemente dañada tras la contienda multiplicaron el impacto y la gravedad de la pandemia. En España fallecieron 260.000 mil personas (casi diez veces más con la actual COVID-19), sobre todo adultos jóvenes, entre los 20 y los 40 años. Su tasa de letalidad, por encima del 2,5 por ciento, superó con mucho las tasas del 0,1 por ciento habituales en anteriores epidemias de gripe. La medicina apenas tuvo recursos para combatir esa pandemia. No se conocía su etiología vírica, por lo que no se disponía de una vacuna para prevenirla ni de medidas terapéuticas como sueros o antivíricos. Tampoco se contaba con antibióticos que pudieran combatir las graves complicaciones respiratorias que ocasionaba, sobre todo neumonías y bronquitis.

La repercusión de las anteriores pandemias en la sociedad fue en todos los casos muy elevada, no solo por sus implicaciones sanitarias, sino también económicas, demográficas, científicas y emocionales por el miedo desencadenado ante lo desconocido. Y, en todas ellas, la población más desfavorecida fue la que padeció con mayor crudeza sus consecuencias, al igual que con la COVID-19. La prevención, una buena información por parte de médicos y autoridades y la solidaridad son hoy tan importantes y necesarias como entonces.

La Historia y las historias deben servir para aprender algo y no cometer los mismos errores. Por ello, además de la lectura de este texto de abajo os recuerdo un reciente post de este blog sobre las lecciones que nos dejan las pandemias en la Historia. Dejemos a la Ciencia, la Medicina y la Historia la que guíen los pasos a seguir, y que sean los científicos, médicos e historiadores los que marquen las pautas a seguir, basadas en los datos y no en las ideologías, en la prudencia pero no el miedo. Y los que se autoproclamen como científicos, médicos e historiadores sin serlo, absténgase de opinar dogmáticamente para evitar más confusión. Gracias por entenderlo.


jueves, 10 de mayo de 2012

Historia, desarrollo, realidad y futuro de la pediatría en España


 Conocer de donde venimos para saber quienes somos hoy. Conocer la historia de la atención médica a la infancia en España, para que los pediatras españoles de hoy podamos trazar una línea de continuidad que se inició nada menos que en el año 714 con la primera descripción de una enfermedad infantil (la viruela). Que se continuó con la redación del primer tratado de enfermedades de los niños cuyo autor fue Jerónimo Soriano, médico que trabajó en Teruel en 1600.

Y muchas otras fechas y datos de indudable interés para nosotros. Todo esto y mucho más podeis encontrarlo en este capítulo de libro que adjuntamos bajo esas líneas. Su autor es otro médico que ejerce en Teruel: Miguel Labay, pediatra que trabaja actualmente en atención primaria y que ha sido Jefe de Servicio de Pediatría del Hospital General de Teruel "Obispo Polanco" durante muchísimos años.

Miguel fue mi jefe durante los casi cuatro años que trabajé como adjunto en ese hospital. Excelente jefe y mucha mejor persona. Gracias, Miguel, por tu trabajo.

Referencia del documento:
Miguel Labay Matías (2012). Paediatrics, the People and Politicians in Spain – History, Development, Reality and Future, Contemporary Pediatrics, Dr. Öner Özdemir (Ed.), ISBN: 978-953-51-0154-3, InTech, Available from: http://www.intechopen.com/books/contemporary-pediatrics/pediatrics-the-people-and-politicians-in-spain-history-development-reality-and-future