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sábado, 20 de julio de 2013

Cine y Pediatría (184). “La bicicleta verde” es un canto a la igualdad de sexos


Las bicicletas no son sólo para el verano, sino para todas las épocas del año. La bicicleta es más que un juguete en la infancia, más que un vehículo en la vida adulta. La bicicleta representa muchos valores, entre ellos la libertad de movimientos y el sentimiento ecológico y respetuoso con la vida. La bicicleta nos regala motivos para entender la felicidad. Pero hoy no vamos a hablar de Las bicicletas son para el verano (Jaime Chávarri, 1984), pues ya la comentamos cuando enumeramos una serie de películas que se enfocaban a la mirada inocente de la infancia ante la Guerra Civil Española y su postguerra. Hoy vamos a hablar de una película que ha conmocionado el mundo del cine, al ser el primer largometraje rodado por una mujer directora saudita: La bicicleta verde (Haifaa Al Mansour, 2012). 

Teniendo en cuenta que en Arabia Saudí el cine pertenece al ámbito más íntimo, sin salas de cine, es imposible contar allí con una industria cinematográfica. De ahí que rodar una película en este país es ya de por sí una proeza; si encima lo hace una mujer, el mérito es doble (o triple). Porque las mujeres tienen que ocultarse detrás del abayá e ir acompañas siempre por un familiar, tienen prohibido conducir (tampoco pueden montar en bici) y tan sólo un 5% trabaja fuera de casa. Así, Haifaa Al Mansour nos descubre que hace películas como terapia (empezó en el corto y éste es su primer largo), terapia frente a la invisibilidad de la mujer en Arabia Saudí y en los países árabes. Y nos regala La bicicleta verde, una forma de expresar los aromas de cambio en su país, la tensión entre modernidad y tradición. Y lo hace contando la historia de Wadjda, una niña inconformista de 10 años que vive en Riad y que ansía poseer una bicicleta, cuando en Arabia Saudí montar en bicicleta es cosa de chicos.  En realidad esta película es la bicicleta verde de su directora y Wadjda se convierte en alter ego de Haifaa Al Mansour. 

No es la mejor película que denuncia los derechos de la mujer en los países islámicos. Otras películas ya comentadas en Cine y Pediatría lo han hecho con maestría: El círculo (Jafar Panahi, 2000), Kandahar (Mohsen Makhmalbaf, 2001), Osama (Siddiq Barmak, 2003), Buda explotó por vergüenza (Hana Makhmalbaf , 2007) o Persépolis (Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, 2007). Estas películas nos abofetean de lo encerrados que vivimos en nuestra pequeña burbuja de Occidente y sentimos la injusticia contra las mujeres, pero con La bicicleta verde conseguimos sentir complicidad y simpatía por su joven protagonista. No nos extraña por ello que haya sorprendido en los festivales de Venecia, Toronto o Dubait. 

La película se basa en la vida de una sobrina de la directora. Wadjda vive en una sociedad tan tradicional que ciertas cosas como ir en bicicleta le están totalmente prohibidas a las niñas. A pesar de todo, es divertida y emprendedora y bordea siempre el límite entre lo autorizado y lo prohibido. Wadjda (Waad Mohammed) desea tener una bicicleta para poder competir con su amigo Abdullah (Abdullrahman Al Gohani) en una carrera, pero su madre no se lo permite porque las bicicletas son un peligro para la dignidad de una chica. Wadjda se aprovecha de su estatus de niña para cruzar los límites de lo que está prohibido para el sexo femenino en su país. Aunque las bicicletas no son un juguete para las niñas, Wadjda luchará (con todo tipo de negociaciones) por conseguir la bicicleta, y para ello utilizará toda su rebeldía, su gracia y su inconformismo. Y esa rebeldía se plantea en los dos ambientes habituales: en casa frente a su madre, quizá más preocupada por gustar a su marido (y que éste no le abandone por no darle un hijo varón); y en el colegio frente a su estricta directora. Pero la bicicleta sólo es un leitmotiv para denunciar la situación de la mujer en Arabia Saudí y La bicicleta verde se convierte, por derecho propio, en un canto a la igualdad de sexos en un mundo en donde las mujeres son transparentes (o menos que eso). 

Porque esa es la parte más interesante de la película: el reflejo de esa sociedad conservadora vista desde el punto de vista de una niña que lo medio acepta, pero no la entiende. Con una sencilla puesta en escena y una dirección muy limpia y sin florituras, Haifaa Al Mansour nos adentra de lleno en el conformismo de las mujeres en esta sociedad en la que está bien visto que una niña se case y en la que, una vez tenga el periodo, deba tocar el Corán con un pañuelo; una sociedad en la que la mujer debe ser servil hacia el marido, pero invisible ante el resto de los hombres; una sociedad en la que los niños pueden ir al colegio en bicicletas y las niñas a pie.

Es La bicicleta verde una oda a la libertad, a la libertad y a la lucha por los derechos de la mujer en el islam. Una película agridulce, que te hace sonreír de vez en cuando, que habla con sutileza de una moral tan hipócrita como asfixiante, eficazmente contada y resuelta, protagonizada por una niña que te puede enamorar. Y es esa niña Wadjda la que nos regala muchas escenas para el recuerdo, pero no podemos dejar de contar la del inicio (entre los pies de las niñas del colegio aparecen unas zapatillas deportivas de colores, símbolo de la rebeldía de nuestra protagonista) y la del final (la carrera en bicicleta, con la mirada y sonrisa final de Wajda, preludio de esperanza en donde las mujeres tienen pocas esperanzas).

 

sábado, 6 de abril de 2013

Cine y Pediatría (169). “Osama” denuncia la vida de niñas y mujeres en el mundo Talibán


"No puedo olvidar, pero puedo perdonar". Con esta frase de Nelson Mandela comienza una película que es toda una excepción en el panorama cinematográfico. Y lo es por una razón esencial: apenas conocemos ninguna película de Afganistán. Osama (Siddiq Barmak, 2003) es la primera película que se rodó totalmente en Afganistán desde 1996, cuando el régimen de los talibanes castró la libertad de un pueblo y prohibió la creación artística, también la del séptimo arte. La película es una coproducción internacional entre empresas de Afganistán, Países Bajos, Japón, Irlanda e Irán y es también el debut como director de largometrajes de Siddiq Barmak, un director comprometido que tuvo que exiliarse a Pakistán cuando los talibanes tomaron el poder, y después de que se estableciera el nuevo gobierno fue elegido para dirigir la Afghan Film Organization y Afghan Children’s Education Movement. Osama fue filmada en Kabul con actores sin experiencia, gente ordinaria de la ciudad y se tardó cerca de un año completo. La película vio la luz poco más de un año después de la caída de las Torres Gemelas en Nueva York por miembros de la red yihadista Al Qaeda. 

Aparte de la anécdota histórica, Osama es también trágica historia de la vida en Afganistán bajo el régimen Talibán, donde nadie tenía derecho a regir su propia vida y a tomar sus propias decisiones, la historia de una aparentemente interminable cadena de injusticias hacia las mujeres, la historia de aquellos que perdieron su identidad y sus derechos. Pero Osama es también el nombre de una niña de 12 años (Marina Golbahari, a quien el director encontró en la calle, cuando ella se le acercó a pedirle dinero) que actúa como el hilo conductor de este relato. Una niña que vive con su madre (médico de profesión) y su abuela, porque todos los hombres de su familia han muerto en los diversos conflictos por los que ha atravesado el país en los últimos años. Y ser una familia compuesta sólo de mujeres en un país regido constitucionalmente por un islam ultra conservador no es fácil: no se les permite trabajar, caminar solas por la calle o andar descubiertas. Niña y madre son testigos de las manifestaciones organizadas por mujeres afganas que han sido cruelmente oprimidas por el régimen Talibán y que se asegura que ninguna mujer pueda salir de su casa sin un miembro de su familia varón. 

La madre, que trabaja en un hospital, pierde su trabajo y, en ese momento las tres mujeres de tres generaciones  (hija, madre y abuela) se convierten en auténticas prisioneras en su propia casa, ya que no pueden abandonarla sin un “acompañante legal” varón y tienen prohibido trabajar fuera para ganarse la vida. La madre y la abuela urden un plan: le cortarán el pelo a la chica y cambiarán su indumentaria, para que parezca un muchacho, momento en que la joven (que ha adoptado el nombre de Osama) empieza a trabajar para un tendero del vecindario, que fue amigo de su padre. Pero pronto llega a la edad de tener que acudir a la escuela islámica, y allí será más difícil ocultar su verdadera identidad. Finalmente, es reclutado con otros niños en una escuela de formación para militares donde se les enseña cómo luchar, momento en que Osama sentirá lo difícil que será permanecer allí ocultando su identidad. 

La niña tendrá que hacer frente a todos los problemas para que nadie se dé cuenta de su verdadera identidad, pues sabe de lo que serían capaces los talibanes si se enterasen de la farsa. A partir de ese momento, la pequeña tendrá que ver la vida de una forma completamente distinta, pues en el fondo nos aproxima a una historia acerca del miedo, por el cual la gente se aterroriza tan sólo con los sonidos y las sombras a su alrededor. Injusticia y fanatismo religioso que recae sobre las mujeres y, sin pedirlo, cae sobre las niñas. 

La película busca la denuncia: porque es terrible ser mujer ante un régimen como el que mantienen ciertos países árabes extremos. No son únicamente las restricciones y falta de libertades constantes, sino el miedo perpetuo con que crecen las niñas en el país, sobre todo aquellas que no se sienten protegidas por una figura masculina. El travestismo de Osama sirve para evidenciar el abismo social que existe entre ambos géneros y las insalvables distancias: Osama tiene que asumir un papel que le es totalmente extraño, con el temor constante a que cualquier movimiento en falso la descubra y la condene.

El origen de Osama está en un recorte de periódico que contaba como una niña se cortó el pelo y se hizo pasar por un niño para poder ir al colegio. Y es que, como reflexiona Barmak, esta película es "la amarga y trágica historia de nuestra vida, de una época terrible, cuando nadie tenía derecho a tomar sus decisiones. Es la historia de los que perdieron su identidad, acerca de vivir asustado, acerca de las mujeres en la cárcel... El pueblo afgano tiene mucho que decir, pero necesita ayuda internacional".

Una película sencilla, pero que consigue transmitir perfectamente su mensaje, su emoción y su denuncia frente a la injusticia a la que se enfrentan niñas, adolescentes y mujeres, una injusticia ante la que se encuentran impotentes. Mientras el movimiento Talibán se mantenía en el poder en Afganistán, su trato a las mujeres obligaba a crear “ambientes seguros, donde la castidad y dignidad de las mujeres fueran por fin sacrosantas” tal y como recogen las creencias Pashtunes sobre la vida en purdah (práctica para ocultar la vida femenina en público). La dictadura talibán tuvo en la mujer a su principal víctima. Durante este periodo, la mujer es obligada a vestir burka en público, ya que “la cara de una mujer es una fuente de corrupción para hombres que no estén relacionados con ella”. No les está permitido a las mujeres tener un trabajo ni ser educadas más allá de los ocho años de edad, pudiendo hasta ese momento estudiar únicamente el Corán; no pueden llevar zapatos de tacón ya que los hombres no deben escuchar los pasos de una mujer; no pueden hablar en voz alta en público igual que un extraño no debe oir la voz de una mujer no familiar; no está permitida la presencia de mujeres en radio, televisión o actos públicos de ningún tipo… y un largo etcétera de atrocidades y vejaciones hacia las mujeres. 

Intolerable trato a la mujer. Y la película Osama denuncia esa vida ultrajada de niñas y mujeres en el mundo Talibán. La mirada de Osama y los bellos ojos llenos de lágrimas de Marina Golbahari al final de la película nos abofetean, cuando la historia se cierra en un fundido en negro mientras vemos saltar a la cuerda a la niña hecha mujer a la fuerza. Un final impactante, como toda la película.

Osama es una película que habla de los derechos humanos de la mujer en el Islam y que viene como anillo al dedo ante el próximo Festival de Cine y Derechos Humanos que se celebrará en San Sebastián en su XI edición (19-26 abril 2013). 

miércoles, 22 de agosto de 2012

Recordando a las "missing women", denunciando una atrocidad


En la actualidad, el número de niñas no nacidas en el mundo podría ascender a los 100 millones. Son las llamadas "Missing women" o "Mujeres desaparecidas" como las ha definido Amartya Sen, filósofo y economistas bengalí, ganador del Premio Nobelde Economía en 1998. 

Y es principalmente en Asia donde estas prácticas están más extendidas. India, Pakistán y China son algunos de los países que practican el infanticidio, el aborto selectivo y el feticidio: cientos de miles de niñas desaparecen nada más nacer. Ni la medicina ni las leyes han conseguido erradicar estas prácticas; pero la denuncia y la conciencia no debe desaparecer en ningún momento. 

Por ello, volvemos a recordar una película documental que, aunque ya estrenada hace más de 5 años, es un clásico: La maldición de ser niña, una producción francesa dirigida por Manon Loizeau y Alexis Marant y que refleja esta terrible realidad que afecta a millones de mujeres en el continente asiático. Este documental obtuvo, entre otros, el Prix Albert-Londres 2006, el Grand Prix y Prix du Public Figra 2007 y el Prix Etoile de la SCAM 2007. 

Algunas frases extraídas del documental son puro dolor y pura reflexión: 
"Tienes tres hijas, debes matar a una...las hijas no sirven para nada". 
- "Solo los hijos tienen preferencia y son motivo de regocijo". 
- "Tener hija es como regar el jardín del vecino". 
- "Una madre seguirá teniendo hijas y abortando hasta que nazca un varón". 
"La política del hijo único lleva a los padres a matar a sus hijas antes de nacer". 

Así, los datos son escalofriantes; las imágenes más: 
- En India se contabiliza un déficit de 40 millones de mujeres. La ecografía ha llevado a la eliminación sistemática de los fetos femeninos. Ya existen los pueblos de solteros, fruto de 20 años de infanticidio. 
- En Pakistan la tasa de mortalidad de las niñas triplica a la de los niños. Una pobreza creciente causa cada día el abandono de las bebés niñas, muerta o vivas, en las fosas comunes. 
- En China la desaparición de las niñas es, primeramente, una consecuencia de la política del niño único establecida hace veinte años. Hay más de 20 millones de hombre que no encontrarán pareja. 

La ausencia de mujeres en Asia tendrá consecuencias políticas y sociales sin precedentes para el mundo entero, el patriarcado o sociedad de la dominación no cesa de sorprender e impactar con sus desastres sanitarios, morales, ecológicos y de extinción de especies. Dolorosa ironía de la historia, historia que a veces no se nos cuenta, historias de siglos de sufrimiento de la mujeres cuyo único pecado es tener una fisiología diferente a la del varón. 

Os dejamos con el documental La maldición de ser niña. Vale la pena "perder" 52 minutos de nuestro preciado tiempo para verlo, reflexionar sobre estas "missing women" y tomar más conciencia. Para denunciar abiertamente una atrocidad.