sábado, 3 de marzo de 2012

Cine y Pediatría (112). La declaración de amor de un niño a los inicios del cine en “La invención de Hugo”


La reciente noche de los Oscar 2012 ha proclamado como vencedoras a dos películas que son un tributo a los inicios del cine: la innovadora y arriesgada The Artist (Michel Hazanavicius, 2011) y la espectacular y sorprendente La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011). Cinco premios Óscar para cada una de ellas: en The Artist de carácter mayor (Mejor película, Mejor director, Mejor actor, Mejor banda sonora y Mejor vestuario) y en La invención de Hugo de carácter técnico (Mejor dirección artística, Mejor fotografía, Mejor sonido, Mejor edición de sonido y Mejores efectos especiales).

Hoy hablamos de la última película de Scorsese, La invención de Hugo, una película familiar sin límites de edad, un espectáculo con alma, una reconciliación con el mejor Scorsese. Un Scorsese colosal (en lo conceptual y en lo visual) que nos devuelve el placer de mirar cine con ojos de niño, como se miraban y gozaban las películas de antaño, en un puzzle de emociones acompañado por la técnica del 3D utilizada con ciencia y conciencia, porque deslumbra sin distraer de lo esencial.

Aunque Martin Scorsese sólo ha ganado una vez el Óscar como mejor director (Infiltrados, 2006), ha sido nominado en otras seis ocasiones (Toro Salvaje, 1980; La última tentación de Cristo, 1988; Uno de los nuestros, 1990; Gangs of New York, 2002; El aviador, 2004; y la comentada hoy, La invención de Hugo) y tiene en su haber otros iconos del séptimo arte (como Taxi driver, 1976; o Casino, 1995). Las obras de Scorsese abordan principalmente los temas de la vida y la violencia endémica en la sociedad estadounidense; por eso ha sorprendido con La invención de Hugo, entre un milagro y una quimera. Porque Martin Scorsese, antes que director, guionista, actor y productor, es un cinéfilo: hace sus películas, pero también es fundador de un organismo sin ánimo de lucro (The Film Foundation) que se orienta en la restauración de películas en peligro de extinción.

La invención de Hugo es la adaptación cinematográfica de la novela de Brian Selznick (“La invención de Hugo Cabret”, 2007). El guión de John Logan y la dirección de Scorsese hace que, a diferencia de lo habitual, la película supere a la novela. Porque en este filme cohabitan dos películas.

La “primera” película comienza como una fábula infantil en la que el huérfano Hugo Cabret (Asa Butterfield, a quien conocimos en El niño con el pijama de rayas de Mark Herman, 2008), se agarra a una última esperanza para no dejar atrás la memoria de su padre. Vive oculto entre la maquinaria de los relojes de la estación de tren de Montparnasse, y su objetivo es poner en funcionamiento a un autómata que su padre trató de arreglar; para ello roba piezas del puesto de juguetes de Papa Georges (Ben Kingsley), cuya ahijada Isabelle (Chloë Grace Moretz, a quien conocimos en Déjame entrar de Matt Reeves, 2008) se convertirá en su cómplice y juntos descubrirán los secretos que oculta el anciano juguetero.

Y aquí comienza la “segunda” película, que desvela un secreto que se convierte en un originalísimo homenaje a George Meliès, fabulando sobre la vida y obra del primer visionario del celuloide, del hombre que dignificó el cine, hasta entonces un mero y sorprendente espectáculo de feria, en un nuevo campo de expresión artística. Gracias a su habilidad para manipular y transformar la realidad a través de la cinematografía, Méliès es recordado como un “mago del cine”. Dos de sus películas más famosas, Viaje a la Luna (1902) y El viaje imposible (1904), narran viajes extraños y fantásticos inspirados por Julio Verne y están consideradas entre las películas más importantes e influyentes del cine de ciencia ficción. Esta magia del cine de Méliès se muestra en la segunda parte de La invención de Hugo: es entonces cuando entendemos que el cine es una disciplina a caballo entre el arte y la magia.

Con esta película Scorsese cambia radicalmente de género y se aproxima al cine fantástico. Para ello se vale de un presupuesto multimillonario (170 millones de dólares, bien aprovechados) y de un elenco destacado de colaboradores: Dante Ferreti, su extraordinario decorador de cabecera; la bella fotografía de Robert Richardson; o la melodramática banda sonora de Howard Shore. Con todos estos componentes prodigiosos, La invención de Hugo nos regala instantes emocionantes, escenas inolvidables:

- El inicio de la película atrapa al momento: un plano aéreo sobrevuela el París de los años treinta y se cuela sobre los andenes de la estación, pasando a toda velocidad entre vagones y pasajeros, para adentrase en el recibidor principal y detenerse en el reloj de la estación, ante los ojos de Hugo. Casi todo dicho. Y emociona en 2D, pero sobrecoge en 3D. Un plano que nos recuerda al inicio de Un cuento de Navidad (Robert Zemeckis, 2009), si bien en aquel entonces el plano aéreo era de Londres y se detenía en la tienda de Mr Scrooge. En ambas películas se nos adentra a la magia; y aquí se nos presenta a Hugo, también un personaje con reminiscencia dickesianas
- Cuando el autómata se pone por primera vez en marcha y dibuja en un papel la imagen, mil veces reconocida, de la luna de Méliès con un cohete insertado en su ojo derecho.
- La visión de los niños de las fotos de un libro, en la que se nos muestra ante nuestros ojos retazos de la historia del nacimiento del cine y de sus iconos: los hermanos Lumière, David Wark Griffith, Buster Keaton, Charles Chaplin, Douglas Fairbanks, etc.
- Los bocetos de las películas de Méliès volando de forma mágica por la habitación.
- O todas las escenas que rememoran la forma de hacer cine y de crear la magia e ilusión del “mago” Méliès.

Porque La invención de Hugo es una declaración de amor a los inicios del cine bajo la mirada de un niño, en lo que pasará a la historia como un mano a mano entre dos directores que aman y amaron el cine, entre un mago (George Méliès) y un genio (Martin Scorsese).

viernes, 2 de marzo de 2012

Fiebre y tos


Durante el 9ºcurso de la AEPap pudimos escuchar la conferencia de fiebre y tos.
Durante la misma de forma clara y amena, utilizando el twiter, el ponente nos recordó que la fiebre no es una enfermedad, que protege al que la tiene, que es un mecanismo que actua contra las infecciones, que no produce daño, y que en cambio si que pueden hacer daño los antitérmicos, sobre todo si se utilizan mal, que es como se viene haciendo. Y que lo que hay que hacer es tratar el malestar del niño, no la fiebre en sí. Todo ya sabido, pero no aplicado. Pues no solo se administran antitérmicos a diestro y siniestro a todos los niños en cuanto tienen fiebre, sino que además utilizan varios medicamentos, o a la vez, o alternando. Y esto no debe hacerse bajo ningun concepto.
Con el tema de la fiebre y los antitérmicos volvemos a la eterna pregunta ¿Por qué no se aplica lo que se conoce?
La fiebre y la alternancia de los antitérmicos sigue produciendo literatura. Tal y como se publica en un artículo reciente de Evidencias en Pediatría: No existen pruebas suficientes que avalen el uso de paracetamol e ibuprofeno para tratamiento de la fiebre. No hay pruebas de que la alternancia produzca beneficios. Y ya en este blog se habló sobre la fiebrefobia y su encarnizamiento terapéutico con un documento del autor del blog "Sin estetoscopio" que concluye que hay que "educar,educar,educar".
Lo que pasa es que a los primeros a quienes hay que que educar es a los profesionales sanitarios que tratan a los niños y a sus familias: pediatras, médicos, servicios de urgencias, enfermeras...todos.
Así que a ver si con la ayuda de @fiebreytos se consigue difundir por la vía de las redes sociales el mensaje de que no hay que tratar la fiebre sino al niño, y de que en ningun caso se deben alternar los antitérmicos. El seguir haciendolo va en contra de uno de los principios básicos de la medicina, el "primun no nocere", es decir, lo primero es no hacer daño.

jueves, 1 de marzo de 2012

El legado de Barbara Starfield en Pediatría


Barbara Starfield fue una pediatra estadounidense, especialista en salud pública y profesora universitaria vinculada a la Universidad Johns Hopkins. Se le reconoce como la gran impulsora de la Atención Primaria a nivel internacional, que considera la gran herramienta de los sistemas sanitarios para mejorar la salud poblacional.
Plantea que la Atención Primaria aborda la provisión de 4 funciones básicas: es el primer contacto y puerta de entrada al sistema sanitario ante un nuevo problema de salud (accesibilidad); se orienta a la atención a la persona a lo largo del tiempo (longitudinalidad); cubre todas las necesidades en salud de las personas, derivando únicamente los problemas demasiado inusuales como para mantener competencias (globalidad), y coordina la atención cuando las personas reciben servicios de otros niveles asistenciales (coordinación).

Otros puntos de interés en la actividad asistencial y académica de Barbara Starfield fueron:
- Sus estudios comparativos de los sistemas sanitarios de los países occidentales industrializados.
- Su propuesta de modelo conceptual que refleja la salud como un continuum donde se combinan diferentes dimensiones de salud para establecer perfiles
- Su cambio de paradigma en los sistemas sanitarios, para pasar del actual (basado en la enfermedad) al futuro (basado en el paciente).
- Su defensa de la prevención cuaternaria y de que no siempre "es mejor prevenir que curar".
- Su crítica, en la investigación clínica y sanitaria, a la gran importancia que se suele dar a la metodología y el diseño de los estudios (validez interna) y, en cambio, muchas veces se pasan por alto la relevancia y los determinantes sociales de la salud (relevancia externa).
- Sus estudios sobre las desigualdades sociales en salud y la equidad en salud.

Bárbar Starfiel falleció hace 8 meses, pero su legado está y estará presente. Una editorial de Anales de Pediatría nos recuerda con gran acierto estos aspectos. Nos quedan sus libros, sus enseñanzas y su recuerdo.