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miércoles, 14 de enero de 2026

Terapia cinematográfica (19). Prescribir películas para entender los trastornos de la conducta alimentaria

 

Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) son afecciones médicas y de salud mental graves que se caracterizan por alteraciones persistentes en la ingesta o en el comportamiento alimentario. Estos problemas causan un deterioro significativo de la salud física, el funcionamiento psicosocial y el bienestar emocional. No son una elección o un estilo de vida. 

Los tipos de TCA más comunes, según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), incluyen la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa, los trastornos por atracón y otros. La infancia y, sobre todo, la adolescencia son períodos críticos para la aparición y el desarrollo de los TCA, y su impacto en estas etapas es particularmente grave. 

Su importancia es tal, que los TCA representan la tercera causa de enfermedad crónica en niños y adolescentes, después del asma y la obesidad. Y es por ello que cada 30 de noviembre se celebra el Día Internacional de la Lucha contra los Trastornos de la Conducta Alimentaria, que se identifica bajo el símbolo de un lazo, una cinta o una pulsera de color azul claro. 

No hay duda de que los TCA son enfermedades que requieren una detección precoz y una intervención especializada e intensiva para minimizar el riesgo de secuelas crónicas y salvar vidas. Son entidades que deben ser conocidas por los jóvenes que lo pueden sufrir, también por las familias y la sociedad. El cine, como poderosa herramienta de narrativa y comunicación visual, es un vehículo crucial para la sensibilización, el entendimiento y la prevención. 

Las formas positivas en que el cine puede ayudar en los TCA incluyen la desestigmatización y sensibilización, la educación sobre la complejidad de los y el fomentar la búsqueda de ayuda y la esperanza en la recuperación (quizás lo más importante, representando el proceso de tratamiento de forma constructiva, así como visibilizando el importante papel de la familia y el entorno). Además, el cine puede ser utilizado activamente por profesionales en programas de prevención y de terapia (la cineterapia puede ayudar a los pacientes a explorar sus sentimientos, facilitar la expresión emocional y analizar patrones de comportamiento de los personajes). 

Y es así que desde esta sección de Terapia cinematográfica hoy recogemos 7 películas argumentales alrededor de los TCA en la infancia y adolescencia. Estas películas son, por orden cronológico de estreno: 

- Por el amor de Nancy (For the Love of Nancy, Paul Schneider, 1994), para profundizar en la lucha de los padres con una hija o hijo con TCA y el profundo coste emocional de la familia. 

- Secreto compartido (Sharing the Secret, Katt Shea, 2000), para descubrir el secreto que se esconde tras la bulimia nerviosa. 

- Miedo a comer (Thin, Laurent Greenfield, 2006), para convivir con las impactantes vivencias que acompañan a las personas con un TCA. 

- Hambre al límite (Starving in Suburbia (Thinspiration), Tara Miele, 2014), para realzar la importancia de la detección precoz y prevención de los TCA ante los riesgos de internet y las redes sociales. 

- Hasta los huesos (To the Bone, Martin Noxon, 2017), para reconocer cuando la comida se conviert en el enemigo de la anorexia nerviosa. 

- Ara (Pere Solés, 2018), para conocer la anorexia nerviosa desde el punto de vista de las pacientes hospitalizadas y su relación con los terapeutas. 

- Club Zero (Jessica Hausner, 2023), para concienciarnos de los riesgos del adoctrinamiento en ciertas prácticas nutricionales, como la alimentación consciente. 

Siete películas argumentales para sumergirnos en la cruda realidad personal, familiar y social de los TCA, y que nos permitirá extraer aspectos positivos frente a la desestigmatización y sensibilización, la educación y terapias, así como el fomentar la búsqueda de ayuda y la esperanza en la recuperación. 

Se puede revisar el artículo completo en este enlace o en este otro.

sábado, 28 de septiembre de 2024

Cine y Pediatría (768) “Thin”, miedo a comer

 

“Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) afectan aproximadamente a 5 millones de personas en Estados Unidos. Una de cada siete mujeres con anorexia nerviosa morirá por esta enfermedad”. Con este mensaje comienza la película documental Miedo a comer (Thin) (Lauren Greenfield, 2006), la historia de cuatro mujeres que sufren de anorexia y bulimia en distintas edades (entre 15 y 30 años) y que intentan recuperarse en el Centro Renfrew de Florida, un lugar especializado para el tratamiento de los TCA, y donde la cámara se introduce al estilo “cinema verité”. Una película que ha tenido un notable éxito de crítica y público, si bien no es cómoda de visualizar, pues vemos desde nuestra butaca una realidad incómoda: la de Shelly, Polly, Alisa y Brittany. Historias más dolorosas que las propias estadísticas, donde ellas son las protagonistas principales, pero donde aparecen también los diferentes profesionales del centro. 

Comienza con el despertar en el Centro Renfrew, momento en el que las internas acuden a la sala que llaman de “peso y signos vitales”, donde las enfermeras realizan el control de peso y la toma diaria de frecuencia cardiaca, presión arterial, temperatura, así como la exploración física para confirmar su estado general y buscar posibles lesiones físicas. Y donde vamos viendo los significativos carteles colocados en la institución: “Dos líquidos por comida”, “No se permite ir al baño durante las comidas”, “Las pacientes deben permanecer sentadas durante toda la comida”, “Solo 15 minutos al teléfono”, “No deje a la paciente sola en la sala de exploración”. Y durante los 102 minutos de metraje acompañamos a nuestras protagonistas… 

Shelly Guillory, 25 años, enfermera psiquiátrica, tiene una hermana gemela. Admite haber tenido ideas suicidas con insulina o sobredosis de medicamentos antipsicóticos. Obligada a alimentarse por sonda durante los últimos 5 años, aunque pronto aprendió a inutilizar el tubo que le habían implantado en el estomago, usando jeringuillas para sacar por él la comida nada más tomarla. Después de diez hospitalizaciones, aceptó internarse en Renfrew. “Bienvenida. Y buena suerte”, le dice una auxiliar del centro, tras indicarle las reglas del centro. Ella recuerda que “De cada fotografía mía que tengo en los últimos 5 años, en la mayoría tengo un tubo en mi nariz… Así que mi padre hizo que lo bajaran y desperté con un tubo en mi estómago”. 

Polly Williams, 29 años, confiesa que contaba calorías y grasas desde que tenía 11 años. Ha estado en tratamiento durante seis semanas, pero se internó después de un intento de suicidio: intentó cortarse las venas después de comer un par de trozos de pizza, aunque ese no fuera el motivo real. Es quizás la más rebelde del grupo y se salta las reglas de la comunidad: “Es difícil comer siempre. De todo esto es lo que menos necesito…” 

Brittany Robinson, 15 años, presenta un desorden alimenticio desde que tenía 8 años. Pero lo que es peor, su madre también tenía un TCA y realizaban conjuntamente los atracones y vómitos inducidos junto a su hija. En el último año pasó de tener un peso de 83 Kg a quedarse en 43. Cuando llegó a Renfrew tenía un ritmo cardiaco bajo, pérdida de cabello y daño hepático. Y tampoco se adapta: “Mamá, no estoy bien. Quiero volver a casa”. 

Alisa Williams, 30 años, presenta un TCA desde hace 16 años. Madre de dos niños, divorciada, ha sido hospitalizada cinco veces en los últimos tres meses. Mantenía un régimen de 200 calorías en lugar de las 1.600 que se recomienda para su edad. Y nos narra con todo lujo de detalles sus atracones y purgas. Y su cruda reflexión: “¿Y si tengo que fallecer en el intento? Sería un gran logro”. 

Y la película entremezcla las vivencias de cada paciente, con sus logros y recaídas, con sus fases de euforia y desesperación, con ese apoyo entre las internas de forma ocasional, con las purgas que recurren en ocasiones. Y ello junto con las reuniones de equipo, allí donde médicos, enfermeras, psicólogos, psiquiatras, terapeutas nutricionales y otros profesionales del centro revisan la evolución de cada chica. Se repiten las reuniones, también con ellas presentes. Y con las ocasionales revisiones de habitaciones de las pacientes, cual detectives privados. Y donde se entrecruzan con las opiniones de otras internas: “Y mi novio me dijo: Quiero pasar el resto de mi vida contigo, pero a la velocidad que vamos temo sepultarte en cinco años”. 

Miedo a comer (Thin) es un documento impactante, como impactante es la vivencia de los TCA. Y que deja traslucir algunas de las lagunas del sistema sanitario estadounidense, pues dos de nuestras protagonistas tienen que dejar el centro porque el seguro les expiró, y con una situación clínica muy diferente: porque mientras Alisa se apoya en el recuerdo de sus hijos e intenta recuperarse, Brittany sigue mal, muy delgada, con alopecia y con ideas no controladas respecto a su desorden alimenticio: “Solo quiero que me dejen morir… Estoy harta de mí, estoy tan cansada. Quiero ser más delgada”. Y también impacta cuando expulsan a Polly, pues los responsables consideran que es una mala influencia para la comunidad, y ello pese a los ruegos de la madre, que resultan en vano. Shelly es la única de las cuatro que es dada de alta de Renfrew con normalidad, pero se siente insegura fuera del centro, no se siente tan fuerte como para superarlo sola. 

El colofón de la película no nos deja más tranquilos: “Brittany empezó a hacer dieta después de salir y perdió peso rápidamente. El seguro no pagaría tratamientos futuros. Volvió a casa con su madre, consiguió un trabajo de verano en Burger King. Alisa perdió 9 Kg después de salir e intentó suicidarse con una sobredosis de diuréticos. Regresó a Renfrew y recobró un peso saludable. Polly regresó a la escuela a estudiar fotografía y consiguió un empleo administrando un estudio fotográfico. Se estabilizó en un peso saludable, a pesar de su lucha con la purga. Shelley perdió 8 Kg y recibió tratamiento de shock eléctrico para tratar su depresión. Ahora está casada y regresó a su trabajo como enfermera, aunque sigue luchando contra su trastorno de la alimentación”

Miedo a comer (Thin) es una película documental tan incómoda como necesaria.

 

sábado, 31 de agosto de 2024

Cine y Pediatría (764) El “Secreto compartido” de la bulimia

 

Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) representan la tercera causa de enfermedad crónica en niños y adolescentes, después del asma y la obesidad. La prevalencia en la población se sitúa en 0,3% para anorexia nerviosa, 1% para bulimia nerviosa y 1,6% para el trastorno por atracones, muchas veces asociado a obesidad. Los TCA son más frecuentes en la adolescencia que en cualquier otra época de la vida y hay estudios que encuentran que hasta el 40% de los adolescentes hacen o han hecho dieta y que el 13% desarrolla algún trastorno alimentario. La edad media de inicio son 12,5 años, es tres a cinco veces más frecuente en mujeres que hombres y afecta a todas las razas y niveles socioeconómicos. 

El cine no ha sido ajeno a presentar estos TCA, aunque quizás no con la frecuencia con la que el problema está afincado en nuestra sociedad. Hasta ahora, solo hemos abordado este tema en la película Hasta los huesos (Marti Noxon, 2017), la historia de Ellen, una joven estadounidense de 20 años con anorexia nerviosa. Ante este debe, es bueno recuperar algunas otras películas y algunas tendrán formato de telefilme o documental, pero todas son válidas para conocer el problema y concienciar sobre la enfermedad. Y hoy hablaremos de Secreto compartido (Katt Shea, 2000), un telefilme basado en historias reales, tal como nos avisa al inicio, y en este caso se trata de Beth, una adolescente estadounidense de 14 años con bulimia nerviosa.  

Beth (Alison Lohman, en un gran papel, y a quien ya conocimos como actriz principal de La flor del mal - Peter Kosminsky, 2002- y en el reparto de Big Fish - Tim Burton, 2003 – o Cosas que perdimos en el fuego – Susanne Bier, 2007 -) es la única hija de un matrimonio separado; vive con su madre, psiquiatra de profesión y quien pasa mucho tiempo en el trabajo, pero también convive con su padre, actualmente con otra pareja y con un hijo pequeño. Se nos presenta como una adolescente modélica, educada, alegre, buena hija, buena estudiante y compañera, y también aplicada en el ballet. Pero guarda desde hace tiempo un secreto, que acaba confesando a otras dos amigas obsesionadas por el peso. 

A medida que avanzan las escenas, vamos reconociendo su patrón: come pocas veces, generalmente con atracones (especialmente dulces por la noche, en su dormitorio), y luego lo vomita (con una técnica que es su mejor secreto, ahora compartido) y hace ejercicio a deshoras. Una serie de ritos que su madre no detecta, pero cuando percibe que está algo débil o que se ha desvanecido en el instituto, le llega a decir: “¿Tengo que preocuparme por ti?”. Tampoco en la revisión médica detectan el alcance del problema, y catalogan su anemia o pérdida de cabello como “crisis de la edad”, todo un eufemismo. Al final es la alarma que una de las responsables del centro escolar recibe de las compañeras de Beth. Y finalmente debe confesar a su madre lo que lleva viviendo desde hace tres años y promete cambiar: ”Lamento decepcionarte así”. Pero la situación no es fácil ni el cambio tampoco, y acaba por reivindicar su situación, y las palabras a su madre son más duras: “Tú no me conoces. Nadie me conoce. No estás aquí. Yo estoy aquí, siempre estoy aquí. Esto no se trata de ti”. Y en las palabras de la madre sirve de poco su profesión: “¿Por qué te estás haciendo esto? No quiero que te lastimes de esta manera”. Porque la madre puede ayudar a otras personas con su psicoterapia, pero no lo ha podido hacer con su hija, lo que incrementa su sentimiento de culpabilidad. 

Tras catalogar su bulimia nerviosa acude a centros psiquiátricos y también al internamiento. La compañera psiquiatra comenta a la madre: “No se trata de adelgazar… se trata de emociones”. Y le explica que cabe aplicar un enfoque sistemático para comprenderla y amarla, no para corregirle. Y nos quedamos con los bocetos de la estatua del jardín donde Beth está internada y sus palabras: “A veces tengo tanto miedo, mamá. Que va a pasar entre nosotras…” 

Según la última edición del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM-5), Beth presenta un TCA calificado como bulimia nerviosa, y cuyos criterios diagnósticos son: episodios recurrentes de atracones (un atracón se caracteriza por ingestión, en un período determinado, de una cantidad de alimentos que es claramente superior a la que la mayoría de las personas ingerirían en un período similar en circunstancias parecidas, así como la sensación de falta de control sobre lo que se ingiere durante el episodio) y comportamientos compensatorios inapropiados recurrentes para evitar el aumento de peso, como el vómito autoprovocado, el uso incorrecto de laxantes, diuréticos u otros medicamentos, el ayuno o el ejercicio excesivo. Los atracones y los comportamientos compensatorios inapropiados se producen, de promedio, al menos una vez a la semana durante tres meses. 

Es Secreto compartido una película que no pretende ser una obra maestra del séptimo arte, pero sí un vehículo para dar a conocer esta realidad, la de Beth, fundamentada en casos reales. Y para que, desde este mejor conocimiento de los TCA, podamos detectar la situación de forma precoz desde las familias, centros educativos y centros sanitarios. Y con dos mensajes para llevarse a casa: que es importante ayudar a las familias a comprender que no son responsables de la enfermedad y tampoco su hijo/a, lo que facilitará aceptación de la enfermedad; y que cabe guiar sobre una alimentación saludable, con patrones de alimentación normalizados, en el que es importante focalizar la atención en los hábitos de alimentación saludables más que en el peso.

 

lunes, 19 de febrero de 2024

Incremento de los Trastornos de la conducta alimentaria alrededor de la pandemia COVID-19

 

Una reciente Novedad Bibliográfica en la plataforma Continuum revisaba un artículo publicado en la revista Journal of Pediatrics donde se expone el alarmante incremento de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) durante el periodo 2019-2022 (periodo de la pandemia COVID-19) en la infancia y adolescencia en los países europeos y también en Estados Unido, en cifras que oscilan entre el 20 y 40% de incremento según los países analizados. 

Caber recordar que los TCA son enfermedades mentales graves que se relacionan con una conducta alterada respecto a los hábitos alimentarios, lo que se traduce en comportamientos que van desde comer de manera descontrolada hasta la falta de ingesta de comida. Afecta principalmente a adolescentes y mujeres jóvenes y en su aparición influyen principalmente factores biológicos y de personalidad. Los trastornos más frecuentes son la Anorexia y la Bulimia Nerviosa, el Trastorno por Atracones y el Trastorno Evitativo/Restrictivo de la Ingesta Alimentaria. 

La perturbación económica y social de la pandemia COVID-19, que se ha asociado en rigurosos estudios con el aumento de la incidencia de TCA, debe ser un toque de atención para prevenir el inicio y los efectos de estos graves trastornos durante y después de periodos de grave estrés social. Porque son conocidas las repercusiones de la pandemia COVID-19 en la crisis global en el bienestar mental de los menores, incluyendo síntomas relacionados con los TCA, tanto por el incremento de nuevos diagnósticos como por el empeoramiento de pacientes previamente diagnosticados. 

La pregunta sobre qué papel ha desempeñado la pandemia COVID-19 sobre el incremento de los TCA se ha atribuido a varias potenciales causas, tal como se explica en la Novedad Bibliográfica. Entre ellos: 1) por los métodos desadaptativos para aumentar el control ante la incertidumbre, sumado a sensaciones de aislamiento y alteraciones de las rutinas establecidas, factores que engendraron estrés y ansiedad y se cree se encuentran entre las principales causas de este aumento en los TCA; 2) por la adopción de mecanismos de afrontamiento alterados debido al distanciamiento físico y la consiguiente incapacidad para interactuar con amigos y redes de apoyo ha jugado un papel importante; 3) por la menor supervisión de los niños por parte del personal de la escuela y los padres ha creado un vacío en la supervisión estrecha, lo que podría exacerbar la situación; 4) por el considerable aumento del tiempo frente a las pantallas y el consumo de plataformas que ha expuesto las mentes jóvenes a mensajes y elementos visuales perjudiciales relacionados con la imagen corporal y la salud. 

El análisis de este estudio fue encargado al Dr. Pedro Manuel Ruiz Lázaro, psiquiatra infanto-juvenil afincado en Zaragoza y quien lidera el Programa ZARIMA alrededor del estudio de los TCA en la infancia y adolescencia y su prevención. Y por ello compartimos este libro publicado por el Gobierno de Aragón bajo el título de “Guía de prevención de Trastornos de la conducta alimentaria. Programa ZARIMA” y que se puede descarga desde este enlace. Los objetivos que se pretenden con este programa son: 1) ser un instrumento o herramienta de trabajo con el propósito de adquirir las habilidades necesarias para desarrollar un programa de prevención primaria y secundaria sobre anorexia, bulimia y otras alteraciones alimentarias; y 2) concienciar de la necesidad de incluir la educación para la salud y la prevención de los trastornos alimentarios en las programaciones de los centros y asociaciones juveniles, los colegios e institutos y los centros de salud. Su finalidad es que las personas interesadas dispongan de un texto base para poder programar actividades efectivas de educación para la salud en el terreno de las alteraciones alimentarias.

sábado, 6 de marzo de 2021

Cine y Pediatría (582). Comprometidos “Hasta los huesos” frente a los trastornos de la conducta alimentaria

 

Las personas con trastornos de la conducta alimentaria (TCA) se caracterizan por tener hábitos de alimentación irregulares y una preocupación excesiva hacia la forma y el peso corporal, lo que termina por provocar daños en su salud física y en el funcionamiento psicosocial. La adolescencia y el inicio de la edad adulta son etapas donde estos desórdenes acaecen con mayor frecuencia, y afectando más al sexo femenino. En el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales en su quinta versión (DSM-V) se recogen los siguientes: pica, trastorno por rumiación, trastorno por evitación/restricción de alimentos, anorexia nerviosa, bulimia nerviosa, trastorno por atracones y otros trastornos alimentarios o de la ingestión de alimentos especificado o no especificado. Los trastornos alimenticios más comunes son el de atracones, la bulimia y anorexia nerviosa. 

Los TCA es una realidad que hemos visto en documentales o leído en libros, pero que es infrecuente ver reflejado en el séptimo arte. Y entre ellas es la anorexia nerviosa la entidad más referida, y recordamos algunas películas para la televisión, como Una hija casi perfecta (Sam O'Steen, 1981), Por el bien de Nancy (Paul Schneider, 1994), Secreto compartido (Katt Shea, 2000), Ser gorda como yo (Douglas Barr, 2007), Hambre al límite (Tara Miele, 2014), o algún documental como Miedo a comer (Lauren Greenfield, 2006). En la gran pantalla hemos encontrado algún personaje con trastornos alimentarios, como el interpretado por Brittany Murphy en Inocencia interrumpida (James Mangold, 1999) o la anorexia asociada a la perfección de la bailarina clásica interpretada por Natalie Portman en Cisne negro (Darren Aronofsky, 2010). Sin embargo, hoy hablamos de un largometraje que no deja indiferente alrededor de los TCA y, especialmente, de la anorexia nerviosa de su protagonista: Hasta los huesos (Marti Noxon, 2017). 

Una película que comienza sin concesiones, al expresar en pantalla: “En la creación de esta película han participado personas que han sufrido trastornos alimenticios y contiene representaciones realistas que podrían herir la sensibilidad del espectador”. La historia de Ellen (Lily Collins), una joven de 20 años con anorexia que empieza un tratamiento poco convencional en un centro donde crea lazos con otros internos que también sufren trastornos alimentarios. Y en donde la joven actriz Lily Collins (hija del cantante Phil Collins, el que fuera líder del grupo Genesis) se puso en la piel (y los huesos) de un difícil papel, en el que tuvo que perder una gran cantidad de peso, obligándole a recordar lo que ella misma padeció cuando sufrió ese trastorno, pero ahora lo hizo con el asesoramiento de una nutricionistas que le ayudó a perder peso de forma segura durante su preparación y, también, para volver a recuperarlo una vez finalizado el rodaje. 

Los padres de Ellen se separaron cuando ella tenía 13 años. Su madre (Lily Taylor) se fue a vivir con otra mujer y la catalogaron de lesbiana bipolar. Su padre (que nunca aparece en la película) se casó con Susan (Carrie Preston) y convive con su hermanastra Kelly (Liana Liberato), de similar edad, y que son las dos personas que le apoyan. Kelly sufre al verla contar las calorías de cada plato a los que se enfrenta y le dice: “Eres como un Asperger de las calorías”. Susan también sufre: “Madre mía, no podemos pasar por esto otra vez. Yo no puedo más”. Y Ellen les dice: “Lo tengo todo bajo control. No va a pasar nada”

Y, finalmente, piden apoyo al Dr. William Beckam (Keanu Reeves) quien es sincero en su primera entrevista: “Hablo todos los días con jóvenes como tú. Así que sí, por lo general, sois todos unos mentirosos. No estás delgada, más bien das miedo. Y me da que esto te gusta. Pero, como sigas así, un día no volverás a despertarte. Y no pienso tratarte si no te interesa seguir con vida… Si quieres que te ayude, tendrás que aceptar algunas cosas”. Y decide ingresar en una casa sanatorio con cinco chicas con diferentes TCA (desde Pearl, anoréxica portadora de sonda nasogástrica, hasta Kendra, bulímica con obesidad mórbida, desde las jóvenes Anna y Tracy a la más madura Megan, milagrosamente embarazada) y un chico, Luke (Alex Sharp), bailarín clásico apartado de su sueño por una lesión de rodilla. Luke tiene un sentimiento especial por Ellen, posiblemente aumentado por conocer los dibujos publicados por ella en la red social Tumbrl sobre su visión de la anorexia. 

Y transcurre la relación entre ellos y con su terapia. Y destacan algunas escenas: como la terapia familiar que el Dr. Beckam realiza con Ellen (quien decide ahora llamarse Eli), sus tres madres y Kelly, la única que expresa cariño verdadero: “Si te mueres, te mato”; o la escena bajo la lluvia artificial del museo mientras suena la canción “Water” de Jack Garratt, y todos ellos se calan simbólicamente hasta los huesos para intentar recuperar la ilusión por vivir; la angustia de ver el deterioro de nuestra protagonista que cada vez come menos y hace más ejercicio (incluido las flexiones a media noche); o la escena simbólica en que su madre la acurruca y le da un biberón como a un lactante, mientras le dice entre lágrimas: “Si lo que quieres es morir, lo acepto. Pero no puedo seguir enfrentándome a ti”

Y cuando la desesperación acucia a Ellen/Eli, el doctor le dice, sin convencerla: “Deja de esperar que la vida sea fácil. Deja de esperar que alguien te salve. No necesitas que alguien más te mienta. No todo tiene sentido en esta vida. Pero tú eres fuerte. Y, si te enfrentas a la dura realidad, podrás vivir una vida increíble”. Y tras el sueño de Ellen/Eli, mientras ve desde un árbol su cuerpo desnudo, su expresión aliviada: “No estoy muerta. Me pondré bien”

Porque es Hasta los huesos una lección sin concesiones sobre los TCA, pero especialmente sobre la anorexia nerviosa de nuestra protagonista. Y en esta película somos espectadores de cómo las personas que sufren de anorexia están obsesionadas con estar delgadas, no quieren comer, crean rituales en las comidas y tienen miedo de subir de peso, se preocupan por cuántas calorías ingieren, pueden tomar píldoras de dieta, laxantes o diuréticos para perder peso, y es probable que hagan demasiado ejercicio. Y cómo entendemos que los riesgos sobre la salud son patentes: debilidad, piel y cabellos resecos, problemas estomacales, alteraciones menstruales, alteraciones psicológicas y del comportamiento, riesgo de osteoporosis, de problemas renales y cardíacos, y, en casos graves, riesgo de muerte. 

Hasta los huesos es una típica producción de Netflix, sin alardes cinematográficos (y con algunos estereotipos que hubieran sido prescindibles, como la prototípica historia de amor entre adolescentes) pero efectiva y con afán de denuncia y generar resonancia en los espectadores. Y eso lo consigue. Y puede conseguir llegarnos hasta los huesos, especialmente para aquel que no conozca la profundidad de los TCA en la adolescencia, cuando la comida se convierte en el enemigo.

  

viernes, 18 de mayo de 2012

Alcohorexia: nuevo trastorno de la conducta alimentaria


La alcohorexia (o ebriorexia) es una patología doble en la que se combinan el alcoholismo, la anorexia y la bulimia. Esconde el peor de los trastornos alimentarios: saltarse la comida para entregarse a la bebida. Es una catastrofe que provoca desnutrición, ansiedad y daños psicológicos.

Afecta tres veces más a las mujeres, sobre todo afecta a menores de 30 años: las principales afectadas son especialmente universitarias. Normalmente, las motivaciones que hay detrás incluyen evitar ganar peso, emborracharse más rápido (con el estómago vacío) y ahorrar dinero de la comida para comprar alcohol. Lo preocupante es que el organismo se deteriora por doble vía: una por alcoholismo y otra por desnutrición.

Esta nueva "moda" es realmente peligrosa, y viene potenciado porque muchas "celebrities", obsesionadas por ser delgadas y divertidas, son carne de cañon para la alcohorexia. Algunos nombres conocidos son Kate Moss (la supermodelo británica), Kirsten Dunst (la novia cinematográfica de Spiderman), Lindsya Lohan (ídolo adolescente del cine y la televisión), Tara Reid (conocida principalmente por su papel en la serie Scrubs) o Mischa Barton (conocida principalmente por su papel en la serie The O.C), entre otras.

El problema de la "alcohorexia" aún no está reconocido oficialmente como desorden psicológico. En los Estados Unidos se estima que el 30% de los jóvenes entre 18 y 24 años saltan alguna comida para tomar alcohol por la noche.

Un trastorno alimentario grave, especialmente presesente en adolescentes y jóvenes universitarias. Un problema que los padres deben conocer para detectar pronto. Un problema que los pediatras debemos conocer para derivar de forma temprana a la Unidad de Trastornos de Conducta Alimentaria de referencia. Una nueva entidad asociada a las peligrosas "modas" de nuestra sociedad.

Nuestra sociedad ha incidido ya sobre el control del tabaquismo, lo que repercute en la salud de nuestro jóvenes. ¿Para cuándo un mayor control sobre el alcohol...?.