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sábado, 25 de abril de 2026

Cine y Pediatría (850) “La otra víctima”, las segundas víctimas

 

En el ámbito de la seguridad del paciente, se conoce como “segundas víctimas” a los profesionales sanitarios (médicos, enfermeras, técnicos, etc.) que se ven implicados directa o indirectamente en un evento adverso, un error médico o una lesión inesperada relacionada con la asistencia a un paciente y que, como consecuencia, experimentan un fuerte impacto psicológico y emocional. 

Dos son los aspectos clave de una segunda víctima: 1) está expuesto a un evento adverso grave (por ejemplo, muerte inesperada, daño importante, error de medicación, mal manejo clínico…) en el que se siente personalmente implicado, aunque no haya habido mala praxis deliberada; 2) presenta síntomas de estrés postraumático: sentimientos de culpa, ansiedad, insomnio, miedo a ser juzgado, dudas constantes sobre su competencia, baja autoestima profesional, vergüenza, irritabilidad, cansancio emocional e incluso pensamientos de abandonar la profesión. 

El término segunda víctima diferencia a los otros dos términos interrelacionado, como son primera víctima (el paciente y su familia, que sufren físicamente y emocionalmente las consecuencias del evento adverso) y tercera víctima (la institución sanitaria - hospital, centro de salud, administración, aseguradoras -, que experimenta daño reputacional, gasto y tensión organizativa derivados del evento). 

El concepto de “segunda víctima” se introdujo en el año 2000 en la literatura científica. Varios estudios en nuestro país señalan que más de 60% de los profesionales sanitarios han vivido algún episodio como segunda víctima en los últimos años, lo que pone de relieve la necesidad de dispositivos de apoyo interno, acompañamiento clínico, grupos de reflexión, y normas explícitas de cuidado compartido entre profesionales y dirección. Es así que tenerlo presente es clave para construir una cultura de seguridad positiva, en la que se proteja tanto al paciente como a quien cuida de él cuando algo sale mal. 

Y para adentrarse en el tema vale la pena revisar la reciente película danesa La otra víctima (Zinnini Elkington, 2025), en lo que es la ópera prima de esta cineasta emergente, quien también escribió el guion de este drama médico que explora los errores en el ámbito sanitario. Vale la pena revisar su argumento… 

En la unidad de ictus de un hospital danés con escasez de personal, la experimentada neuróloga Alexandra, Alex (Özlem Saglanmak), asume el busca de urgencias durante un día rutinario. Examina a Oliver, un joven de 18 años con dolor de cabeza: “Parece que se trata de una migraña normal o una resaca”, le dice la doctora a su madre; y la residente le pregunta aparte: "¿Y si le hacemos una prueba de imagen para estar seguros?”. El paciente es dado de alta, pero a los pocos minutos tiene un convulsión, vomita y pierde el conocimiento. Aquí ya la resonancia cerebral demuestra una hemorragia subaracnoidea y Alexandra comenta con otros especialistas la duda entre la cirugía y la embolización, cada una con sus ventajas y riesgos. 

La reunión de contención convocada por la jefa de Urgencias entre Alex, la residente Emilia (Mathilde Arcel Fock) y la enfermera para conocer qué ha ocurrido intenta no ser una reunión de culpabilidad, pero lo cierto es que ya se comprueba un error en la transmisión de información entre la residente, que hizo el triaje, y la adjunta que no precisó la rigidez de nuca del paciente. Alex acaba de comprobar ese error, mientras comprueba que Oliver está en coma, con riesgo de muerte. Y empieza a notar el vértigo de tener que informar a la madre, Camila (Trine Dyrholm), a quien informa de que le van a operar porque puede aumentar el riesgo de su hemorragia. Inicialmente la madre le da las gracias y asume parte de culpa por no haberle dado importancia el dolor de cabeza desde la noche anterior. 

El paciente se mantiene en la UCI en estado de coma… hasta que Alex recibe la llamada más difícil de la enfermera: “Oliver está registrado como donante de órganos. Tienes que volver ya… y tenemos que decírselo a los padres”. Los padres no acaban de entende qué significa la muerte cerebral que les comuniza Alex si su hijo sigue respirando (por el ventilador) y latiendo (por la medicación). Y vivimos la dura escena del examen médico para confirmar la muerte cerebral delante de los padres, como estos han pedido. Y surgen los reproches, del cirujano a Alex (“Has fallado a tus compañeros y ahora encimas estás mintiendo a los pobres familiares…¿Qué clase de médica eres?”) y Alex a la residente (“Eres médica, Emilia. Nadie va compadecerte. Ni los pacientes. Ni los familiares. Ni nadie. ¿Crees que tus sentimientos son más importantes? ¿Crees que todos tenemos que cuidarte, sentir lástima?”). 

Y llegan las primeras fases del duelo: la negación, la rabia, el echarse la culpa. Los padres entre sí, la madre a la doctora. Y a la pregunta de la madre de si no había algún signo que hiciera sospechas la hemorragia cerebral, Alex responde: “La medicina no es una ciencia exacta”. Pero en nada convence a su interlocutora, rota y confusa por el dolor, quien le amenaza: “Escúchame. Has matado a nuestro hijo. ¿Te queda claro?”, mientras la agarra del cuello. 

La película se convierte en claustrofóbica para Alex y para el espectador, siempre dentro del hospital. Y llega la policía ha hacerle unas preguntas…, pues consideran que es inaceptable que una paciente la haya amenazado (cuando ocurrió lo anterior, se activó el código de protección), pero Alex les pide que no denuncien a la madre. Cabe anotar que amenazar a un sanitarios es algo que en Dinamarca y algunos países es muy serio, y que en España comienza a serlo. Pero la presión y la culpa acaban originando un ataque de ansiedad de la doctora. 

El padre lo acepta. La madre no. Y llama a un sacerdote para que haga algo… y la respuesta es muy potente: “Tienen que hacer lo que siempre han hecho: quererlo. No se deja de amar porque haya fallecido. El amor es más fuerte que la muerte. Eso es lo que nos hace humanos. En el amor está la aceptación. Recuérdenlo. Quiéranlo”. Pero después de ello, la amenaza del padre a la doctora: “A primera hora de la mañana presentaré una denuncia”. 

La conversación final de Alex con su compañero cirujano resulta consoladora para ella, incluso cuando este le dice: “Cada médico tienen un cementerio”. Luego el abrazo que le da la residente. Acaba el día, regresa a casa y encuentra a su marido y a sus dos hijos, la menor aún lactante. Y el contraste de los padres de Oliver en la despedida de la UCI y Alex con sus hijos, ambos lugares llenos de dolor. Un final lleno de sentido y sensibilidad para entender el dolor por las primeras víctimas (Oliver y su familia) y el dolor por esas segundas víctimas que son los profesionales sanitarios, aquí especialmente la de una buena profesional como Alex que tuvo un error y pensó que por el trote era un caballo, cuando fue una cebra… 

La otra víctima es una buena película que nos permite reflexionar sobre la fragilidad de quienes están detrás de decisiones cruciales en el ámbito hospitalario, un lugar donde se convive con la enfermedad, la tensión y el dolor por mucho que, como aquí, los pasillos estén decorados con intensos colores. Y para ello su directora utilizar un enfoque introspectivo y realista, evitando dramatismos excesivos para reflejar el sistema sanitario danés, con énfasis en la moralidad ambigua y la atmósfera opresiva. 

Es una película con muchas aristas para profundizar como cine fórum entre profesionales sanitarios, y con dos enseñanzas principales: 1) el revelar la fragilidad humana en profesiones de alto riesgo y recordamos la frase "Cada médico tiene su cementerio", subrayando que no hay control total pese a la tecnología; 2) el abogar por la compasión hacia las segundas víctimas (el personal médico), con crítica hacia los sistemas sanitarios sobrecargados (fuentes de error) y enfatizando el poder del amor y cuidado en la adversidad.

 

lunes, 9 de octubre de 2017

El primer pediatra y el primer hospital pediátrico en España


La anterior es la imagen de mi consulta de Pediatría. Y desde ese mismo afecto, hace un tiempo un compañero pediatra me regaló su libro titulado "¿Es la Pediatría un cuento o tiene su historia? 12 relatos, una poesía y un anexo documental". Su autor es el Dr. Miguel Ángel Zafra Anta, cuya amistad se inició en nuestra faceta de residentes de Pediatría en el Hospital La Paz de Madrid... hace ya unas décadas. Y el libro me lo regaló hace meses, en una Jornada Formativa en Salud Infantil en Alcalá de Henares y en homenaje a la pediatra Montse Manzana. 

Hace tiempo que tenía el "debe" de leer este libro editado con su ISBN por el propio Miguel. Y lo he podido hacer en un viaje transatlántico, por lo que ha valido la pena la espera: la lectura ha sido de "altura". Un libro peculiar, como lo es Miguel, quien atesora muchas facetas, y entre ellas el amor a escribir y a la historia (él que es miembro activo del Grupo de Historia de la Asociación Española de Pediatría). El libro guardaba una sorpresa en su dedicatoria: "A mis amigos humanísticos y y humanizadores, no he podido dejar de pensar en ellos al juntas estas páginas: Ignacio de Arana, Iván Carabaño, Javier González de Dios, Ángela Ruiz, Esther Ruiz Chércoles, Rafael Vargas y... ¡tantos otros!" 

Buen comienzo, sin duda. Pero aparte de la mención y la sorpresa, me tomó la libertad de reproducir parte de ese "anexo documental" y extraer datos de interés general que Miguel nos regala. Lo titula como "Monumentos a pediatras y la Pediatría en Madrid" y extraigo las notas de dos hechos significativos, no siempre conocidos. 

a) El primer pediatra en España: D. Mariano Benavente González 
Mariano Benavente (1818-1885) fue primer médico rural, titular de Villarejo de Salvanés, y después médico de la inclusa y Colegio de La Paz y director del Hospital Niño Jesús. Nombrado Académico de la Real Academia Nacional de Medicina (RANM). El historiador de la medicina, Sánchez Granjel - a la postre profesor mío en la Universidad de Salamanca - y otros autores lo reconocen como el primer pediatra de España. 
El Dr. Benavente tuvo tres hijos. El menor se llamó Jacinto, quien llegaría a ser Premio Nobel de Literatura en 1922. Y ambos dos, padre e hijo, tienen su monumento en el Parque del Retiro de Madrid. El monumento de Jacinto es obra de Victorio Macho en 1962 y el monumento del padre, Mariano, es obra de Ramón Subirachs y Codorniú en 1886, y en ese monumento figuran una de las máximas favoritas del considerado primer pediatra, que señalan su espíritu y su obra: "Mediación sencilla, amor fraterno, devuelven la salud al niño enfermo". 

b) El primer hospital pediátrico en España: Hospital Niño Jesús de Madrid (HNJM) 
El HNJM fue, en cierto modo, la cuna de la especialidad pediátrica en España. Fue promovido por el Dr. Mariano Benavente y otros médicos, y patrocinado por María Hernández Espinosa, duquesa de Santoña. El hospital se inauguró en el año 1881 y allí permanece, en frente del Retiro, y es un edificio que ha sido premiado en diversas exposiciones internacionales. 
Tuvo su precedente en el conocido como "El Hospitalito", respaldado también por la propia duquesa de Santoña, inaugurado en 1877 y con 60 camas. Inicialmente el HNJM fue dirigido por el Dr. Manuel Arnús Fortuny, pero poco después por el Dr. Mariano Benavente. En sus comienzos tuvo una actuación primordial como hospital-asilo, pero en seguida se sumó para colaborar en la organización de los primeros congresos de Pediatría en España y en la formación de especialistas en Pediatría. 

Interesantes historias las que no refresca Miguel... porque la Pediatría no es cuento, porque la Pediatría tiene su propia historia.

sábado, 23 de enero de 2016

Cine y Pediatría (315). "Hipócrates", el primum non nocere de un Residente


Hipócrates de Cos es considerado el padre de la Medicina, gracias a una escuela intelectual que revolucionó la Medicina en la Antigua Grecia, allá en lo que se denominó como el siglo de Pericles dentro del siglo V antes de Cristo. No debemos confundir con Hipócrates de Quíos, matemático griego también del mismo siglo. Porque nuestro Hipócrates médico fue el creador, junto con sus estudiantes y discípulos, del conocido como "Corpus hipocrático", una colección de 70 obras médicas, entre las que se incluyen libros, lecciones, investigaciones, notas y ensayos filosóficos sobre diversos temas médicos. Y entre ellos destacan el conocido como Juramento hipocrático, documento clave para la ética y deontología médica. 

El Juramento hipocrático sigue siendo un acto público y obligatorio que deben hacer las personas que se gradúan en medicina y sus varias ramas, como veterinaria o farmacia, en definitiva, de las personas que se ocupan de la salud humana o animal. Su contenido es ético y sirve para orientar la práctica de la profesión con declaraciones como "Me comprometo solemnemente a consagrar mi vida al servicio de la humanidad" o "Desempeñaré mi arte con ciencia y con dignidad, donde la salud y la vida del enfermo serán las primeras de mis preocupaciones". 

Y precisamente toma el nombre de Hipócrates una comedia dramática francesa dirigida por Thomas Lilti en el año 2014 y que resultó en su momento el "sleeper" de la temporada, entendiendo como tal aquella película que no parece gran cosa, pero que da la campanada. La pequeña historia de un residente de medicina en un hospital asfixiado por los recortes presupuestarios, pero donde nos adentra además en ciertos oasis para la reflexión sobre la eutanasia, la falta de medios sanitarios a causa de la crisis económica, la toma de conciencia moral frente a las injusticias o la discriminación racial. 

El cine francés últimamente está a bastante distancia de calidad de la mayoría de las filmografías y con gran éxito incluso en películas que siguen incluso el patrón de comedias dramáticas, desde Los visitantes (Jean-Marie Poiré, 1993) hasta Amélie (Jean-Pierre Jeunet, 2001), desde La cena de los idiotas (Francis Veber, 1998) a Los chicos del coro (Christophe Barratier, 2004), desde Bienvenidos al norte (Dany Boom, 2009) a La familia Bélier (Éric Lartigau, 2014), desde El Primer día del resto de tu vida (Rémi Bezançon, 2009) a Un feliz acontecimiento (Rémi Bezançon, 2011), por no hablar del gran taquillazo del cine francés de toda la historia: Intocable (Olivier Nakache y Eric Toledano, 2012). La mayor parte de los éxitos corresponden a este tipo de patrón establecido: comedias con un punto dramático que apelan a la fibra sensible del espectador a través de temas sociales comprometidos tratados de una manera bienintencionada. 

Y algo de ello es Hipócrates, que mezcla esa filosofía del último cine francés con las series de televisión sobre médicos, que en alguna ocasión nos hace dudar de si estamos ante un capítulo de Anatomía de Grey, House, Urgencias, Code Black, Hospital Central o tantas otras series sobre este tema. Y algo tendrá que ver que el director, Thomas Lilti, es médico con aficiones a la dirección (ésta es su segunda película, tras Les Yeus bandés en el año 2007 y a punto de estrenar Médecin de campagne), por lo que se sirve de su experiencia -quizás también un poco autobiográfica- para acercarnos a los temores y las dudas de un joven médico en formación (conocido como MIR, médico interno residente), al trabajo en un hospital y al funcionamiento particular de una parte del sistema de salud público en Francia. 

Hipócrates narra los inicios de Benjamin (Vincent Lacoste), un residente de 23 años que, como su nombre indica, se inicia en la formación y es el más joven entre los médicos de un hospital parisino: comienza como MIR en el hospital que dirige su padre, el doctor Barois (Jacques Gamblin). Allí coincide con Abdel (Reda Kateb), un facultativo argelino más experimentado que él, y que también comienza la residencia como extranjero, con el trámite de superar las pruebas que le permitan trabajar en Francia. Entre Benjamin y Abdel se establece la rivalidad, el conflicto y la amistad, en donde a Benjamin le acompaña el sentirse en un ambiente protegido, mientras a Abdel le acompaña la solvencia de conocer la profesión, su pensamiento crítico y objetivo. Pero para ninguno de los dos, las cosas son como esperaban, porque cuando conocen la realidad, ésta es menos glamurosa que la de las series de televisión. 

La película nos pasea por el complejo mundo de un residente en formación, no siempre conocido por quien desconoce lo que significa esta etapa de la profesión y de la vida: 
- El darse de bruces ante la complejidad médica (La punción lumbar fallida:. "tienes que oir un crujido") y social de los pacientes (enfrentarse por primera vez a la inmovilización de un paciente agitado y agresivo con síndrome de Korsakoff, nombre que se da a la encefalopatía por fracaso hepático secundario a alcoholemia). 
- El afrontar el servicio a la vida y a la muerte, y sufrir con ese primer paciente fallecido por infarto de miocardio y confundido con una pancreatitis. Y cuando su tutora le pregunta: "¿No le hiciste el electrocardiograma?", y mentir, porque el aparato estaba estropeado. Y el encubrimiento de su padre ante las preguntas de la mujer del fallecido: "Porque lo que hacemos ya es difícil de por sí...". 
- El comenzar a conocer las complejas relaciones entre residentes, entre médicos y enfermería, entre las diferentes especialidades y especialistas, entre un Médico internista y un Anestesista. 
- El participar en las conversaciones sobres los seguros de responsabilidad civil o sobre el reparto de guardias, especialmente críticas en festivos (por cierto, los turnos de Navidad los tienen organizados de una forma mucho más caótica que en nuestro hospital). 
- El enfrentarse a las complicadas informaciones a ciertos pacientes (y familiares) y los problemas bioéticos latentes ("En realidad no quiero que me dejen mucho tiempo en mal estado, ¿me entiende doctor?"), como la decisión de no reanimar ("Crees que tenemos tiempo de leer los informes. Tenemos que tomar decisiones", dice un médico del equipo de UCI) o la adecuación del esfuerzo terapéutico, con la mejor gestión posible de los denominados cuidados paliativos. 
- El conocer en primera mano ese estado anormal del cuerpo y el alma llamado guardias médicas ("Eso son 58 horas de guardia...", comenta un residente extranjero), los días y las noches eternas, la llamada del busca a medianoche cuando uno intenta despertar en esas habitaciones tan peculiares de los residentes (casi nunca razonables para el descanso). Porque en la película son residentes en el más amplio sentido de la palabra, médicos que viven en el hospital, como era hace mucho tiempo en España y como aún ocurre excepcionalmente. Quien no se ha tenido que enfrentar a las guardias médicas no podrá entenderlo bien... 
- El vivir las huelgas hospitalarias, el enfrentamiento con la Dirección ("El gerente antes estaba en Amazon... y ahora nos quiere gestionar en el hospital"), los servicio mínimos, la angustia de gestionar las camas libres,... 
- Las horas de estudio en casa..., porque el trabajo no termina nunca en el hospital. 

No es de extrañar que Benjamín llegue a exclamar: "Creo que lo voy a dejar. No estoy hecho para esto. Es una locura. Ser médico no es un trabajo, es una especie de maldición". Y desesperado ante la injusticia, se emborracha y le atropellan. Entra en crisis, esa crisis que surge al sentir que nada funciona como debería funcionar, empezando por algunos profesionales. Y se precipita la revolución en el hospital, cuando la Dirección-Gerencia piensa más en la rentabilidad que en las personas. 

En Hipócrates el hospital es prácticamente el único escenario, tan realista como lo son esos pasajes subterráneos por los que accede Benjamín a su primer día de trabajo (que tendrán los sótanos de todo hospital que los hace tan lóbregos) y al recoger sus batas y ver que tiene manchas, la señora de la lavandería le dice aquello de "Está lavada, son manchas limpias". 
Y así es como esta película aparentemente sencilla (y con manchas limpias... o no tanto) fue nominada a siete Premios César (aunque solo se aupó con la de Mejor actor secundario para Reda Kateb) y como paso de ser un "sleeper" a ser testimonio de una pequeña parte del mundo de un MIR y a mostrarnos temas de cada día en el debate ético de un hospital, donde predomina esa máxima de Hipócrates, en honor a su título, y que dice aquello de "primum non nocere" (lo primero, no dañar).

Una película dedicada a todos los MIR en formación, en agradecimiento a su labor al sistema sanitario.