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sábado, 4 de abril de 2026

Cine y Pediatría (847) “La furia” y el mito de Medea

 

En el Código Penal español, la violación se define como una agresión sexual grave que implica acceso carnal por vía vaginal, anal o bucal, o introducción de miembros corporales u objetos por vía vaginal o anal, sin consentimiento de la víctima. Se castiga con prisión de 4 a 12 años en su tipo básico (artículo 179.1), elevándose a 6-12 años si media violencia, intimidación o anulación de la voluntad de la víctima (artículo 179.2). Agravantes incluyen actuación en grupo, armas, vulnerabilidad de la víctima (menores, discapacitados) o abuso de superioridad, con penas hasta 15 años. La agresión sexual (artículo 178) subyace: cualquier acto contra la libertad sexual sin consentimiento válido, presumiendo su ausencia ante violencia, intimidación, abuso de vulnerabilidad o privación de sentido. 

En el proyecto Cine y Pediatría, la violación (mayoritariamente de adolescentes y jóvenes) ha estado presente en obras de distintas procedencias y aristas, como la francesa Mouchette (Robert Bresson, 1967), la estadounidense Puedes confiar en mí (David Schwimmer, 2010), la coreana Princesa (Han Gong-Ju) (Lee Su-jin, 2013), la etíope Difret (Zeresenay Mehari, 2014) o la española Las chicas de la estación (Juana Macías, 2024), por citar algunas. Y hoy sumamos una película española actual, La furia (Gemma Blasco, 2025), donde el trauma tras la violación trasciende el acto físico, abarcando el silencio social y la re-victimización, temas centrales en la que poder recordar el mito de Medea a través de esa obra de teatro que interpreta nuestra protagonista y donde expulsa sus demonios y canaliza la violencia interior. 

La historia nos traslada a una fiesta de jóvenes en Nochevieja. Alexandra, Alex (Ángela Cervantes) es violada en Nochevieja; no ve a su agresor y, cuando acude a su hermano Adrián (Álex Monner) en busca de abrigo y compresión, éste reacciona cuestionándola y presionándola. Así, Alex se distancia de su hermano. A lo largo de un año vive sola el asco, la vergüenza y la culpa. Adrián, consumido por la rabia, toma sus propias decisiones en un camino cada vez más oscuro, muy lejos de lo que Álex necesita. Mientras, ella interpreta al vengativo personaje de Medea y encuentra en el teatro la única forma de canalizar su dolor e ira, su hermano se consume en una “falsa” furia protectora. 

Es La furia una película con varios ejes temáticos: 1) el trauma invisible de esa violación que no se muestra (la pantalla funde a negro y sólo oímos los sonidos), donde se nos deriva al impacto psicológico: la violencia está en el silencio posterior, no en la imagen gráfica; 2) la violencia que sigue a la violación y que persigue a Álex en forma de culpa por que haya ocurrido, de vergüenza por contar lo sucedido y de asco hacia el propio cuerpo; y donde el entorno social y familiar no ofrece sostén, más bien reproduce dudas, presiones y silencios que re-victimizan; 3) la furia del hermano frente a la furia de Álex, una furia masculina mal digerida: rabia por no haber protegido, necesidad de “hacer algo”, tentación de venganza, pero sin escuchar realmente a su hermana (lo que aumenta el daño en lugar de repararlo): “Necesito que tú denuncies, porque si no, yo no me quedo tranquilo”. 

Y cómo Álex, potencial actriz, canaliza en el teatro esa violencia a través de la tragedia griega Medea, escrita por Eurípides y que es el paradigma de la venganza extrema, allí donde ella convierte el escenario en espacio de catarsis. El mito de Medea es uno de los relatos más potentes de la mitología griega, centrado en una hechicera colquida cuya pasión amorosa se transforma en furia destructiva y venganza extrema. Porque Medea encarna la mujer apasionada que pasa del sacrificio total a la destrucción total cuando es traicionada. Y la furia que Álex no puede ejercer en la vida real se sublima en el personaje; el teatro funciona como ritual de elaboración, pero también como territorio ambiguo entre sanación y obsesión. Y algunas citas de Eurípides en la obra son escalofriantes: “De todas las criaturas que tienen mente y alma no hay especie más mísera que la de las mujeres”. Pero, aunque el arte permite decir lo indecible, no borra la herida; la resiliencia pasa por transformar el dolor en relato, sin romantizar el sufrimiento. 

La película se presta a un coloquio muy rico, por ejemplo con adolescentes o jóvenes en clave de educación afectivo-sexual y violencia de género. Y ello porque La furia nos obliga a mirar donde no queremos mirar: no a la escena del delito, sino a todo lo que viene después; a los silencios, a las dudas y a las falsas protecciones que, en nombre del amor, vuelven a herir. 

Destacar la interpretación de Ángela Cervantes, a quien ya conocimos en sus papeles en Chavalas (Carol Rodríguez Colás, 2021) y La maternal (Pilar Palomero, 2022). Fue nominada al Goya a mejor actriz por La Furia, premio que fue concedido a Patricia López Arnaiz por Los domingos (Alauda Ruiz de Azúa, 2025), pese a que el protagonismo de Ángela Cervantes en esta historia gana por goleada al de Patricia López Arnaiz, que en ningún caso es la protagonista principal. No quito ni pongo mérito a estas dos grandes actrices, pero no soy el único que piensa así (aunque no vamos a descubrir ahora le insoportable levedad del ser de cualquier galardón). En cualquier caso, siempre nos quedará Eurípides y su mito de Medea.   

 

lunes, 26 de enero de 2015

Las víctimas de los eventos adversos en sanidad


El pasado 22 de enero tuvo lugar la Jornada de Seguridad del Paciente en el Hospital General Universitario de Alicante. Un tema siempre de gran interés en materia de calidad y de gestión y alrededor de que se trataron distintos temas. 
En España, tenemos varias experiencias previas en materia de seguridad del paciente: el Estudio ENEAS en Atención Hospitalaria (2005), el Estudio SYREC en Medicina Intensiva (2007), el Estudio APEAS en Atención Primaria (2008) y el Estudio EVADUR en Urgencias Hospitalarias (2010). 

La seguridad del paciente incluye las actuaciones orientadas a eliminar, reducir y mitigar los resultados de los eventos adversos (EA) de la asistencia sanitaria evitables, al tiempo que propicia un cambio cultural que destierre todo atisbo de cultura reactiva que culpabilice a los profesionales por sus errores. Porque la salud puede ser que no tenga precio, pero si tiene costes y uno de estos costes son los EA y las víctimas. 

Cuando se produce un EA, las primeras víctimas son los pacientes, pero éstos no son los únicos damnificados. Las consecuencias pueden ser devastadoras para el profesional implicado (segunda víctima) y para la propia institución u organización (tercera víctima), porque también ellos sufren cuando ocurre un EA. 

- Las PRIMERAS víctimas de los EA son los pacientes. Sobre ello hemos hablado en otro post del blog y es nuestro trabajo protegerles de cualquier daño derivado de la asistencia sanitaria. 

- Las SEGUNDAS víctimas son los profesionales de la salud (entendido como cualquier prestador de servicios en el sector sanitario: médicos, enfermeras, personal de apoyo, estudiantes y voluntarios) que se ve implicado en un EA y por ello quedan afectados profesional y personalmente. Porque el profesional sanitario implicado en un EA inevitable queda traumatizado por esa experiencia. Y hay que tener en cuenta que hay estudios que marcan en tan sólo un 5% los profesionales sanitarios que nunca se han visto implicados en algún error clínico, de ahí la importancia del problema. Según los estudios APEAS y ENEAS, el 15% de los profesionales sanitarios se ven envueltos en algún EA cada año (en la mayoría de casos, EA sin consecuencias graves). Y hasta un 2% abandonan la profesión tras sufrir en ellos las consecuencias de un EA. 
Las consecuencias en la segunda víctima son de distinto tipo: emocionales, personales, familiares, legales, de reputación, miedo a ser imputado, etc. La sinceridad y las disculpas son dos premisas para la comunicación de EA y errores a los pacientes: o dicho de otra forma, la ventaja de decir “lo siento”. 

- Las TERCERAS víctimas son las instituciones sanitarias que ven amenazado su prestigio y el de sus profesionales como consecuencia de la ocurrencia de un EA con consecuencias graves en uno o más pacientes. 

Es evidente que en materia de EA y de seguridad del paciente tenemos pasado que revisar, presente que describir y analizar y, sin duda, futuro para cambiar conductas y normalizar buenas prácticas. Es necesario crear una adecuada cultura en seguridad del paciente, una cultura ligada a mejorar la calidad asistencial. El aforismo “primum non nocere” tiene que llegar de forma reflexiva y rigurosa a los tres niveles de gestión clínica: macro, meso y microgestión.