Cine y Pediatría 8

lunes, 3 de agosto de 2020

Doce hombres sin piedad, COVID-19, mascarillas y la duda razonable



El pasado 21 de julio, la cadena 2 de Televisión Española emitió de forma consecutiva las dos versiones escénicas más conocidas de la novela “Twelve Angry Man”, publicada en el año 1954 por Reginald Rose: la película estadounidense de Sidney Lumet y la obra teatral española de Estudio 1. 

El drama representa un jurado obligado a considerar un juicio por homicidio. Al principio toman una decisión casi unánime de culpabilidad, con un único disidente de "no culpable", que a lo largo de la obra siembra la semilla de la duda razonable. Este jurado son 12 hombres (y podemos entender que esta obra no se hubiera podido llevar a cabo hoy por considerarse políticamente incorrecta) que a lo largo de sus deliberaciones no se llaman por su propio nombre, sino por el número adjudicado: jurado nº 1 (entrenador de fútbol), nº 2 (empleado bancario), nº 3 (transportista de oficio), nº 4 (corredor de bolsa), nº 5 (desempleado), nº 6 (pintor obrero), nº 7 (vendedor de productos varios), nº 8 (profesional de la construcción), nº 9 (jubilado), nº 10 (comerciante), nº 11 (relojero) y nº 12 (publicista). El disidente es el jurado número 8. 

Fue en el año 1957 cuando el director Sidney Lumet nos regaló la versión esencial de esta obra, con título homónimo y con un elenco de actores de Hollywood encabezado por Henry Fonda como el jurado número 8. Fue cuarenta años después cuando surgió una nueva versión cinematográfica dirigida por William Friedkin e interpretada por Jack Lemon en el papel principal. Entre medias, en el año 1973, Televisión Española hizo una adaptación teatral dirigida por Gustavo Pérez Puig para el programa Estudio 1 con un elenco de actores que nos habla de un brillante pasado actoral en nuestro país. Ya ninguno está con nosotros, pero este era el corolario de actores que marcaron una época: jurado nº 1 (Jesús Puente), nº 2 (Pedro Osinaga), nº 3 (José Bódalo), nº 4 (Luis Prendes), nº 5 (Manuel Alexandre), nº 6 (Antonio Casal), nº 7 (Sancho Gracia), nº 8 (José María Rodero), nº 9 (Carlos Lemos), nº 10 (Ismael Merlo), nº 11 (Fernando Delgado) y nº 12 (Rafael Alonso). 

Pues bien, en la época que nos encontramos, poder ver de seguido la versión cinematográfica de Lumet y la teatral de Pérez Puig, me hizo reflexionar sobre la presunción de inocencia y la duda razonable. Y aplicarlo a la crisis sanitaria, social y económica que estamos viviendo en los últimos meses. Pues los hechos parecen claros, al menos en apariencia, pocos dudan de ello: el nuevo coronavirus denominado como SARS-Cov-2 se ha extendido de Wuham al mundo originando una pandemia conocida como COVID-19. Una pandemia que a fecha de hoy, 3 de agosto, tiene las siguientes cifras en el mundo: 18,1 millones de casos, 6 millones de casos activos y 690.000 muertes. Una pandemia con más dudas que respuestas, pero que la mayoría de explicaciones políticas y ecos periodísticos hace que al jurado popular le marque el camino para explicarle que el inicio de la pandemia tuvo malas consecuencias por lo desconocido de la enfermedad y los rebrotes actuales ocurren como consecuencia de que no se siguen las normas marcadas de prevención por la ciudadanía.

Veamos lo que haría un jurado número 8 al no dar por anulada la duda razonable. Revisemos los datos. A fecha de hoy, y con los datos oficiales, siete países acumulan el 52% de los casos de COVID-19 diagnosticados hasta la fecha (9,3 millones), el 63% de los casos activos (3,8 millones) y el 68% de las muertes (450.000). Estos siete países son Estados Unidos, Brasil, México, Reino Unido, Italia, España y Rusia. Hagamos un acto de reflexión por qué ha pasado esto en estos países y no en otros: tenemos la hemeroteca para saber los pasos dados por cada uno de los líderes políticos de estos países, muchos de los cuales se mofaron del virus, de la enfermedad, de su pueblo y de la salud de sus ciudadanos. En esta estadística oficial cabe decir que a España aún le contabilizan unos 28.500 fallecimientos, no los ya más de 45.000 que han salido a la luz.  En estos datos no incluyo los dos países más poblados del planeta, India (con 1,7 millones de casos de COVID-19, 570.000 activos y 38.000 fallecimientos) y China (cuyos datos no reproduzco, pues no cabe ser partícipe de las tomaduras de pelo). 

Frente a estos países que son un mal ejemplo ante la COVID-19, existen muchos otros donde se han hecho bien los deberes y donde sus ciudadanos no han sufrido ni la gravedad de la enfermedad ni la severidad del confinamiento ni medidas de control de la enfermedad a destiempo. Y en este capítulo, “Spain is different”, desgraciadamente diferente. Hay quien por ideologías no beneficiosas a la lucidez mental se siguen aferrando contra lo que ya nadie duda: que nuestro país atesora los peores datos en la gestión de la crisis sanitaria  y en la crisis económica que se deviene.  

Y ante una enfermedad como la COVID-19 con dudas en el valor y uso de las pruebas diagnósticas (y muchas, aunque sigamos entonando el canto de sirenas de test para todos) y sin tratamientos de mostrada eficacia y seguridad (que en algún caso han provocado más daño que beneficio, y a la vuelta de la esquina está la asociación hidroxicloroquina + azitromicina), está claro que la prevención es clave. Y nadie duda del valor del distanciamiento social y el lavado de manos, algo que es más antiguo que la tana y que forma parte de la necesidad de la concienciación individual, de la responsabilidad y la interiorización de las medidas preventivas donde la ciudadanía ha sido un ejemplo. Porque la ciudadanía (con los niños y adolescentes a la cabeza) han sido un ejemplo de comportamiento (algo que pocos dirían de los políticos) en los primeros meses y ahora, por mucho que la prensa sensacionalista, amarillista y del pánico siga insistiendo en que los españoles somos unos cabezalocas y así nos va. Pues no es así…, lo queramos o no, los peores datos de nuestro país siguen dándose en aquellas Comunidades Autónomas que peor están llevando su política sanitaria, donde el apoyo a la Atención Primaria y el papel de los rastreadores es clave. 

Y algo que merece una duda razonable, un jurado número 8, es el tema de la mascarilla. La hemeroteca tiene suficientes datos para confirmar lo incoherente de las recomendaciones del uso de la mascarilla en estos meses (desde la OMS a las instrucciones de Ministerios de Sanidad y Consejerías). Un uso que ha sido condicionado más por las existencias, que por la propia tasa de infección y enfermedad en la población: cuando estuvimos en la cima de casos, hospitalizaciones por COVID-19 y colapso sanitario, todos conocimos la escasez de EPIs y cuáles fueron las recomendaciones del uso de la mascarilla. Sin embargo, ahora estamos sometidos a ella, pues de pronto todo ha cambiado y la mejor respuesta a la pandemia parece ahora que es el uso obligatorio de la mascarilla en todo lugar y momento

Recordemos que la prevención que se le asume en su uso habitual a una mascarilla quirúrgica van asociadas a las medidas de asepsia y antisepsia que rodean un quirófano y con una mascarilla de un solo uso que se cambia en el momento que se mancha o simplemente se toca indebidamente. Ahora revisemos nuestras mascarillas: cómo las ponemos, cómo las quitamos, dónde las guardamos, y cuánto tiempo las usamos. Desde luego, quizás pensemos que mejor algo que nada, pero esta respuesta ahonda en el fracaso de las medidas que han llevado a España a ser el país del mundo desarrollado que más daño ha causado con su política ante la pandemia, en salud (muertes) y en economía (desempleo). Además, los actuales rebrotes de PCR positivas ocurren principalmente en entornos de familias y de ocio nocturno, donde difícilmente el uso de mascarilla sea una solución. 

Curiosamente países con mejor política y resultados solo la recomiendan en el transporte público y espacios cerrados (como nosotros en los meses de mayor gravedad en nuestro país), y Noruega, Suecia o Dinamarca no recomiendan el uso de mascarillas de forma generalizada entre su población, sino que promueven otras medidas principalmente, como las de distanciamiento social. Y posiblemente muchos piensen así: que hay un uso racional de la mascarilla y un uso menos racional. Pero ahora tenemos una fortísima razón moral para utilizar la mascarilla siempre y en todo lugar: la vergüenza. La vergüenza a que nos afeen la actitud por la calle cuando no la llevamos, aunque mantengamos el distanciamiento social y la usamos en lugares cerrados (como lo hacíamos en los meses previos, cuando las UCIs estaban llenas). Más que el temor por las posibles multas que se comentan, lo peor es que estamos generado una sociedad con una especie de autoritarismo dictatorial que ha convertido a muchos ciudadanos en auténticos lobos (‘Homo homini lupus’) contra sus convecinos. Y los altercados familiares y sociales no han hecho más que empezar. Con las amenazas y con las multas, con el pánico y con los nuevos confinamientos drásticos, se transforma un problema de salud pública en otro de orden público, como ya se viene debatiendo por diversos autores. 

Por supuesto, nada justifica el uso de la mascarilla al aire libre y en solitario, como se ha impuesto en España. Llevar mascarillas en todo momento y lugar es un disparate que “castiga” a la población como forma de “reparación” de los errores y fallos de las autoridades (a la cabeza nuestro Ministro de Sanidad y sus muchos asesores), sus expertos (que no existían y nos mintieron… pero no pasa nada) y sus generales (de la policía y el ejército). No se puede intentar tapar la inoperancia, ineptitud y negligencia política inicial ante la COVID-19 con la severidad frente a la población actualmente. 

No se debe intentar acallar la responsabilidad política derivando la potencial culpa y responsabilidad a la ciudadanía. La ciudadanía española, como la de la mayoría de los países, han sido ejemplares (tontos los hay en todas partes, también en las carreteras, y no por ello dejamos de conducir o llevamos el cinturón de seguridad al salir del coche). Los políticos y la política sanitaria han sido lamentables en nuestro entorno. Y querer taparnos la boca con una mascarilla para que nos enfrentemos entre nosotros por la COVIDofobia reinante, es una mala arte. La medicina es una ciencia que se basa en datos contrastados, donde suenan mal actitudes de “parada de burro y arrancada de caballo”. 

Quien me conoce, y ya son unos cuantos post en este blog en relación con la COVID-19, sabe que nada tengo que ver con facciones negacionistas del virus ni grupos conspiranoicos, pues contra ellos ya he argumentado largo y tendido. Pero no puede ser lo mismo cuatro que cuarenta. Y cabe dejar claro que: 
- Los políticos son los verdaderos responsables de actuar tarde, mal y nunca. Con contradicciones y a destiempo en el inicio de la pandemia y con resultados desastrosos para la salud de nuestro país primero y para la salud económica, después. 
La ciudadanía ha tenido y tiene una actitud ejemplar. Y no se merece que se la someta a un enfrentamiento disuasorio y de distracción entre ellos por una medida preventiva que no tiene demostrada su eficacia: el uso universal de la mascarilla. Sí al distanciamiento social, al lavado de manos y al uso de mascarillas en el transporte público, lugares cerrados y cuando no sea posible el distanciamiento social. Y quien quiera llevarla siempre, todo el respeto. 
- En ambos casos hay excepciones, políticos que hacen bien su labor y ciudadanos que no colaboran en el bien común. Pero no podemos pagar justos por pecadores. 

Actualmente el que piensa que el uso universal de la mascarilla no es necesario, puede tener la decisión casi unánime de culpabilidad por el jurado popular. Pero siempre habrá algún jurado número 8 (o varios, o muchos) que siembre la semilla de la duda razonable y defienda la presunción de inocencia. Y cabe recordar que al final Henry Fonda (en la película) y José María Rodero (en la obra teatral) consiguieron revertir lo que parecía una realidad incuestionable. 

Nos espera un otoño-invierno clave donde será muy importante combinar con calma y coherencia lo mejor de la medicina, salud pública, pedagogía, solidaridad y tolerancia…y el buen hacer de nuestros dirigentes. Y en ese camino la ciudadanía tiene que tener claro que no se juega con ella y su credibilidad. El miedo como recurso solo genera miedo, enfermedad y pobreza.

sábado, 1 de agosto de 2020

Cine y Pediatría (551). “La sonrisa etrusca” que regalan los nietos a la vida de sus abuelos



Fui un lector empedernido en mi infancia, adolescencia y juventud. Algunos libros forman parte de nuestra imaginación de aquellos tiempos donde acabamos siendo uno más de la pandilla de “Los Cinco Secretos” y de “Los Siete Secretos” de Enid Blyton (predecesora de otras grandes de la novela juvenil británica como J.K.Rowling), viajamos en busca de aventuras en el mar con “Moby- Dick” de Herman Melville, penetramos en los misterios de aquellos monasterios del Medievo con “El nombre de la rosa” de Umberto Eco y nos divertimos con los libros de “Don Camilo” de Giovannino Guareschi. También compartimos los valores de “El principito” de Antoine de Saint-Exupéry o de “Juan Salvador Gaviota” de Richard Bach. Pero hay un obra, pequeña y quizás de un inesperado autor, que me dejó profunda huella y que podría responder a la típica pregunta de ¿dígame su libro preferido? 

El autor es José Luis Sampedro, cuya procedencia geográfica y cultural familiar tan variada (su padre había nacido en La Habana, su abuelo en Manila, su madre en Argelia y su abuela en Lugano, vivió hasta la adolescencia en Tánger y trabajó en Melilla) influyó sobremanera en su obra. Así es como comienza la vida esencial de un pensador del siglo XX y, además, todo un economista que se preocupó por la pobreza y que dejó un legado de obras esenciales de economía, siendo nombrado Catedrático de Estructura Económica. Compaginó a lo largo de su vida la actividad docente con la de economista en el Banco Exterior, pero también fue elegido miembro de la Real Academia Española. Pero un hecho marcó su vida: en 1980 nació Miguel, su único nieto, el cual inspiró su obra más leída, "La sonrisa etrusca", y esta es la novela que yo contestaría que es mi libro preferido (y mucho antes de ser abuelo). 

“La sonrisa etrusca” es una bellísima historia que relata la llegada de un anciano, Salvatore Roncone, a casa de uno de sus hijos en Milán para someterse a unas pruebas médicas. El choque de este cascarrabias, un pastor del sur de Italia apegado a la tierra calabresa, con la gran ciudad es en un principio un foco de conflictos. Pero al conocer a su nieto de pocos meses, que por casualidad lleva el mote de la guerra del abuelo (Bruno), se desata en él una ternura antes oculta, dando lugar a una metamorfosis. 

Es necesario tener un gran conocimiento del ser humano, como atesora José Luis Sampedro, para tocar los resortes que activan las sensaciones del alma, incluso las más sutiles, para construir una historia tan compleja como esta. Es necesario poseer el don de la escritura y de la vida para contar lo que en “La sonrisa etrusca” se cuenta. Y es preciso atesorar una sensibilidad primorosa para realizar un retrato del amor como se hace en esta novela. Porque el amor que el abuelo ahora siente por su nieto (y que no tuvo por nadie así en su vida) se desborda y llega también a su hijo, su nuera, y sobre todo Hortensia, la mujer que ayudará al señor Roncone a modular sus recién aflorados sentimientos. Y Salvatore Roncone, el Bruno que luchó en la guerra contra los nazis, termina calando muy hondo. 

Pues qué mejor momento para desempolvar esta obra y estos sentimientos que esta semana en la que el pasado 26 de julio, San Joaquín y Santa Ana, acabamos de celebrar el Día de los Abuelos. Y llama la atención que con cuatro décadas de vida, esta obra solo haya visto dos adaptaciones a la escena: una para el teatro, en 2011, dirigida por José Carlos Plaza, con Héctor Alterio en el papel de Salvatore Roncone; y otra para el cine, en 2018, que es la que hoy nos convoca. 

La sonrisa etrusca (Oded Binnun, Mihal Brezis, 2018) es una adaptación cinematográfica en que se mantiene la esencia de la historia con otros nombres y otros lugares. Ahora el protagonista se Rory MacNeil (un magnífico Brian Cox) un escocés cascarrabias que abandona a regañadientes su querida y apartada isla de Vallasay para viajar a San Francisco en busca de tratamiento médico para su enfermedad terminal, que se descubre que es un cáncer de próstata en fase IV. Al mudarse con su hijo Ian (J.J. Field), al que hace quince años que no ve, y su nuera Emily (Thora Birch), la vida de Rory sufrirá una transformación a través del vínculo que establece con su nieto Jamie de 10 meses, justo cuando menos se lo espera. O, quizás, cuando más lo necesita. 

Se mantiene ese carácter huraño y desconfiado de nuestro protagonista que de vivir en plena naturaleza tiene que adaptarse a la gran urbe, y por ello le refunfuña a su hijo “Las malditas luces de la ciudad no dejan ver las estrellas”. Su hijo ahora se dedica a la gastronomía molecular, una peculiar metamorfosis de químico a cocinero que no le satisface, y su mujer pasa más tiempo en el trabajo que con su hijo a quien le están educando, según los consejos del pediatra y otros asesores, “en ser autónomo”. Y es ahí donde aparece el abuelo que todos llevamos dentro, para abrazarle y para consentirle. Un abuelo que conserva sus tradiciones, como su idioma galeico y su tradición de vestir el kilt en las ceremonias, pues como nos dice: “Un hombre que viste con kilt es un hombre y medio”. 

Una escena esencial es el encuentro de Rory con el célebre sarcófago etrusco en terracota policromada de los esposos de Villa Giulia, fechado hacia 520 a.C., y donde Claudia (Rosanna Arquette), una de las responsables del museo que acoge temporalmente esta escultura, le explica el significado de esa sonrisa en los esposos, pues es posible morir sonriendo. Esa sonrisa etrusca es la que acompañara a Rory en los últimos meses de su vida, con el apoyo de Claudia y con el sueño de que su nieto pueda conseguir llamarle seanair (abuelo, en galeico). 

El poder salvífico de los nietos hace que Rory relativice sus sentimientos y pase del deseo de sobrevivir a Campbell, su enemigo en la isla Vallasay, a transformar la propia vida de su hijo y nuera y que estos también se pregunten por el sentido de la vida. Y por ello su confesión a Ian: “No pienso cometer con él (su nieto) el mismo error que cometí contigo”. Y la reconciliación consigo mismo, con su hijo y con la vida llega cuanto todos regresan a Vallasay para su último viaje y sus palabras a su nieto dormido: “No estaré aquí mucho tiempo para guiarte. Pero mira siempre las estrellas. Te mostrarán el camino. Lo importe es: si amas a alguien, asegúrate de decírselo. No pienses que habrá un momento mejor, porque nunca lo hay”

Una digna versión cinematográfica, pese a lo complicado que es plasmar la complejidad y matices de la novela. Pero los directores israelíes Oded Binnun y Mihal Brezis han tomado valiente licencia para adaptar la universalidad de “La sonrisa Etrusca”, introduciendo sustanciales cambios que no mancillan, sino que homenajean esa conmovedora historia con sus con sus aciertos y con sus defectos. Tenían, y es lo difícil, que ceñirse a dos horas de metraje para contar demasiados matices y para construir la magnitud de unos personajes muy complejos; y, aunque se precipita en determinados aspectos, se hace fuerte en los momentos más bellos y puros. Se podría hablar del montaje, de la música de Haim Frank Ilfman, de la fotografía de Javier Aguirresarobe, pero es poco relevante en películas de este tipo que van directas al corazón. Porque al final, en este homenaje a la tercera edad y a los abuelos y abuelas, volvemos a encontrarnos con esa escena que nos demuestra que también se puede morir con una sonrisa, con una sonrisa etrusca. 

Porque esta es la sonrisa etrusca que regalan los nietos a la vida de sus abuelos. Los abuelos y bisabuelos nos regalan la sabiduría que les da la edad. Y su amor. Y se dice que no hay en la vida de los nietos cómplice más hermoso que el abuelo y la abuela, pues en ellos se tiene a un padre o una madre, a un maestro y a un amigo.