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sábado, 19 de abril de 2025

Cine y Pediatría (797) Ni distintos, ni diferentes: “Campeones” (con ese o con equis)

 

Javier Fesser funda en 1992, junto con el productor Luis Manso, la productora Películas Pendelton, caracterizada por utilizar la fantasía como recurso, con ese humor absurdo y surrealista, personajes atípicos y marginales, y todo sembrado de optimismo y humanismo a través de original estética visual. Los dos primeros trabajos que escribe y dirige son los cortometrajes Aquel ritmillo (1995) y El secdleto de la tlompeta (1996), que se convierten en los dos cortos más premiados del cine español, incluyendo el Goya el primero de ellos. Su primer largometraje fue el icónico film El milagro de P. Tinto (1998), un comedia del absurdo que se ha convertido ya en película de culto con un Luis Ciges inolvidable rodeado de inolvidables personajes, y al que le seguirían obras de gran versatilidad como La gran aventura de Mortadelo y Filemón (2003) y su secuela Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo (2014), Binta y la gran idea (2004) - una de las cinco partes con cinco directores de la película En el mundo a cada rato, a la postre nuestra primera película comentada en este proyecto de Cine y Pediatría -, Camino (2008), la película menos Pendelton de todas, pues en un drama que aborda el camino de la fe en la enfermedad inspirado en la historia real de Alexia González Barros, la hija menor de una familia perteneciente al Opus Dei, y que conllevó más polémica de la necesaria, aunque fuera la gran triunfadora de los Goya de aquel año.   

Tuvieron que pasar un buen número de cortometrajes hasta que se embarcó en la obra que hoy nos convoca, Campeones (2018), alrededor de las personas con capacidades diferentes, de la que se ha derivado la secuela Campeonex (2023) y el remake estadounidense Champions (Bobby Farrelly, 2023). De la filmografía de Javier Fesser solo restaría comentar el largometraje Historias lamentables (2020), comedia negra de historias cruzadas. Y ahora que ya se conocen los próximo galardonados de la 22ª edición del Festival Internacional de Cine de Alicante que comienza en un mes, recordamos al que fuera Premio Ciudad de la Luz de la pasada 21ª edición, Javier Fesser, con el que pude hablar y al que regalamos el libro de Cine y Pediatría que contenía la película Camino, prometiendo en ese momento buscar el hueco para hablar de estas dos películas de hoy tan particulares e innovadoras. Porque las películas Campeones y Campeonex representan un hito en la comedia dramática española reciente, al abordar la discapacidad intelectual desde una perspectiva innovadora, alejándose de clichés paternalistas y abrazando la humanidad, el humor y la complejidad de sus personajes. 

Campeones (2018) nos introduce a Marco Montes (Javier Gutiérrez), un entrenador de baloncesto profesional frustrado y con problemas personales. Tras un incidente con la ley, es sentenciado a realizar trabajos comunitarios entrenando a un equipo de baloncesto formado por personas con discapacidad intelectual. Inicialmente, Marco ve esta tarea como un castigo humillante, pero su interacción con el equipo "Los Amigos" transformará su perspectiva de la vida. 

La película se centra en la dinámica entre Marco y los miembros del equipo, cada uno con una genuina personalidad ante el reto de entrenar y competir en los partidos de baloncesto, donde su mosaico de personalidades y sus reacciones que son el corazón de la película: Marín (Jesús Vidal), Collantes (Gloria Ramos), Sergio (Sergio Olmos), Benito (Alberto Nieto Fernández), Manuel (Stefan López), Paquito (Fran Fuentes), Roman (Roberto Chinchilla), Jesús (Jesús Lago), Juanma (José de Luna) y Fabian (Julio Fernández). Y el camino transformación de Marco es la clave, al pasar del cinismo y la frustración a la empatía, el respeto y, finalmente, el cariño hacia sus jugadores. 

Una película llena de valores, entre ellos: la superación de los prejuicios sobre la discapacidad intelectual, mostrando la capacidad, el talento y la humanidad de estas personas; la importancia de la inclusión, destacando su derecho a participar en actividades deportivas y a ser valorados por sus capacidades; la transformación personal a través del otro, y esa capacidad de generar un crecimiento personal profundo; el verdadero significado del éxito en el deporte (y en la vida), donde más que mirar el marcador, cabe fijarse en el esfuerzo, la unidad y la alegría de participar. Y todo en busca de normalizar la discapacidad (hoy definida con los términos de capacidades diversas o diversidad funcional) y ello a través de un humor lleno de respeto. 

Ni que decir tiene que Campeones fue el gran impacto cinematográfico español en el año 2018, un rotundo éxito de público y de crítica (decenas de premios, entre ellos las 11 nominaciones a los Goya, con tres galardones: mejor película, canción y actor revelación para Jesús Vidal, un hito significativo en la representación de la discapacidad en nuestro séptimo arte patrio). 

Campeonex (2023) retoma la historia del equipo "Los Amigos", ahora bajo la dirección de una nueva entrenadora, Javi (Elisa Hipólito), tras la marcha de Marco. En esta ocasión, el equipo se enfrenta a un nuevo desafío: el mundo del atletismo adaptado, concretamente la Champion League de Atletismo para Personas con Discapacidad Intelectual. La película explora las dificultades de adaptarse a una nueva disciplina, las nuevas dinámicas dentro del equipo y los desafíos personales de cada uno. La mayoría del elenco original de Campeones regresa (con algún nuevo personaje, como el del youtuber Brianeitor, Brian Albacete, afecto de espina bífida), permitiendo al público reencontrarse con personajes ya queridos, pero ni la calidad ni el éxito de esta segunda parte llegó a la del original. 

Sea como sea, tanto Campeones como Campeonex (con ese o con equis) son películas valiosas y necesarias que contribuyen a una representación más justa y humana de la discapacidad intelectual en el cine. Campeones se centra más en la sorpresa inicial y la transformación de un personaje ajeno al mundo de la discapacidad como es Marco; Campeonex explora la continuidad de la vida del equipo, su capacidad de adaptación y la superación de nuevos retos en un contexto diferente. Javier Fesser y su equipo logra crear personajes entrañables y situaciones divertidas sin trivializar las dificultades que enfrentan estas personas, nos permite reflexionar como sobre nuestros propios prejuicios y nos recuerdan la importancia de la inclusión, el respeto y la celebración de la diversidad humana. En última instancia, dos historias para hacer del mundo un lugar un poco mejor. 

Y todo ello se puede analizar en la película documental Ni distintos ni diferentes: Campeones (Álvaro Longoria, 2018) sobre las vidas de los actores protagonistas de esta película. Y que comienza así “En la primavera de 2017 comienza el rodaje de la nueva película de Javier Fesser, “Campeones”. Para la elección de los personajes principales se toma una decisión sin precedentes en el cine español: nueve actores con discapacidad intelectual serán los protagonistas de su nueva película. Estas son sus historias…” 

Y se nos presenta a cada uno de estos actores con discapacidad intelectual: Gloria Ramos, 24 años, síndrome de Down; Sergio Olmos, “el Risitas”, 28 años, 68% de discapacidad intelectual; Alberto Nieto Fernández, 42 años, síndrome de Sotos; Stefan López, 22 años, trastorno general del desarrollo, trastorno del espectro autista (adoptado desde Bulgaria); Fran Fuentes, 52 años, síndrome de Down; Roberto Chinchilla, 35 años, esclerosis tuberosa (síndrome de Bourneville), y con una hermana afecta de la misma enfermedad; Jesús Lago, 28 años, 65% de discapacidad intelectual (también adoptado, de padres biológicos también discapacitados); José de Luna, 31 años, negligencia médica en el parto (hemorragia cerebral tras no aplicar vitamina K al nacimiento); Julio Fernández, 30 años, síndrome de Noonan. Todos ellos con patologías muy reconocibles para los pediatras, pues todas estas entidades surgen en la infancia, aunque se manifiesten también en edades posteriores, como nuestros protagonistas. Decir que no aparece Jesús Vidal, pues realmente no presenta una discapacidad intelectual, sino una discapacidad visual del 90% debido a una miopía patológica y la pérdida total de visión en su ojo derecho tras varios desprendimientos de retina. 

Y en esta película documental cierra perfectamente el círculo sobre los actores que protagonizan estas dos películas. Y que comienza con el debate sobre qué título darle a la misma, y pensó en “Distintos”, también en “Diferentes”, pero nadie estaba de acuerdo, así que al final “Ni Distintos, ni Diferentes…Campeones”, título del propio documental. Allí donde nos nutrimos de las entrevista a padres y familiares, quienes nos manifiestan su experiencia sobre el diagnóstico de cada hijo o hija, y el día a día para superarlo, aceptarlo y disfrutarlo. Donde también conocemos de cada actor sus aficiones y su ocio, su vida en familia o en pisos tutelados, sus parejas sentimentales y el amor, la sexualidad y afecto en sus vidas. Y que también aborda temas como el bullying en discapacitados, la educación especial y los profesores, la integración laboral y las fundaciones, el qué será de ellos cuando falten los padre,… Entre los entrevistados también aparece el actor Javier Gutiérrez, el director Javier Fesser y el productor Luis Manso. Y esa declaración final de Julio Fernández: “Nos gustaría que nos trataran como gente normal. Que lo somos, pero nos cuesta”. 

Y el colofón a esta película documental: “El 3 de abril de 2018 tuvo lugar el estreno en los cines Kinépolis de Madrid de la película Campeones. Y esa noche, Alberto, Fran, Gloria, Jesús, José, Julio, Roberto, Sergio y Stefan cumplieron un sueño: ser unas estrellas de cine... Campeones se convirtió en la película revelación de 2018 en España y fue seleccionada por la Academia para representar a España en los Óscar”. 

Es el 3 de diciembre, día de San Francisco Javier, mi santo, el día elegido para conmemorar el Día Internacional de las Personas con Discapacidad. Y ahora recodamos el lema de su última edición: “Fomentar el liderazgo de las personas con discapacidad para un futuro más inclusivo y sostenible”. Así que vale la pena recordar el di-capadidad de todos estos campeones.

 

sábado, 29 de agosto de 2020

Cine y Pediatría (555). “Milagro en la celda 7”, el milagro de la paternidad con discapacidad

 


Hay filmografías que llegan de forma excepcional a la cartelera de cine de España, y una de ellas es Turquía. Probablemente recuerdo en mi juventud la película Yol/El camino (Yilmaz Güney, Serif Gören, 1982). Y cierto renombre, por ganar el Oso de Oro en Berlín, de la película Honey (Semih Kaplanoğlu, 2010), la tercera y última entrega de la Trilogía de Yusuf, que incluye las películas Egg y Milk. Y en Cine y Pediatría hemos hablado de una buena película, Mustang, ese grito de libertad de cinco hermanas turcas, en un drama del año 2015 de coproducción internacional, pero que se presentaba por Francia, dirigida por la directora de origen turco y nacionalizada francés, Deniz Gamze Ergüven.   Poco más que pueda recordar. 

Y es gracias a Netflix que llega la película turca Milagro en la celda 7 (Mehmet Ada Öztekin, 2019), una nueva adaptación de la película original homónima coreana dirigida por Lee Hwan-kyung en el año 2013 que inspiró otros remakes como la india Pushpaka Vimana (S. Ravindranath, 2017), la filipina Miracle in the Cell No. 7 (Nuel Crisostomo Naval, 2017) y la recién estrenada versión indonesa Miracle in the Cell No. 7 (Hanung Bramantyo, 2020). En ellas cambia el lugar de los acontecimientos y algunos detalles, pero en esencia todas versan sobre un hombre con problemas mentales que tiene un coeficiente de inteligencia de un niño de 6 años de edad, que es casualmente la edad que tiene su hija. Padre e hija llevan una vida feliz, pero todo cambia cuando el padre es falsamente acusado y condenado por el asesinato de una menor de edad, hija de un comisario de policía. Entonces el padre es encarcelado (en la celda número 7) y la hija es enviada a una institución de menores. Inevitable no ver en esta historia una relación importante con la película Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001), aquella preciosa lucha de Sam (Sean Penn), afecto de retraso mental leve y algunos comportamientos autistas, por recuperar la custodia de su hija Lucy (Dakotta Fanning) con la ayuda de una abogada (Michelle Pfeiffer) y con la música de The Beatles como leitmotiv. 

En esta versión turca, se nos narra la historia de Memo (Aras Bulut Lynemli, uno de los actores jóvenes más talentosos y reconocidos de Turquía), un pastor que tiene un trastorno mental cognitivo no identificado, y su maravillosa hija Ova (Nisa Sofiya Aksongur), cuya madre falleció en su alumbramiento. Ambos viven en la casa de la abuela paterna (Celile Toyon Uysal), a quien su nieta le dice: “Mi padre no es como los otros padres. Tiene la misma edad que yo”. Pero esta abuela, tan esencial como todas las abuelas, apoya incondicionalmente a su hijo: “No te sientas insignificante… Tienes un corazón precioso”. 

A pesar de su hándicap, Memo hace todo lo que un padre haría para ver feliz a su hija. Pese a su discapacidad pone toda la capacidad y amor posible en su hija, incluso comprarle esa mochila de Heidi que Ova admiraba en un escaparate. Pero otra niña, llamada Seda, la hija del comandante, la compra primero. Por el azar, esa misma niña es la que corre hacia un acantilado y se asoma al borde, a pesar de las advertencias de Memo. Entonces ocurre la tragedia y Memo es culpado de la muerte de la niña y obligado a firmar una confesión, por lo que entra en prisión, en la celda número 7, donde todos (soldados y presos) le someten a diversos maltratos por creer que es un asesino de niños. 

Pero cuando es llevado por la policía, Memo le grita a Ova que “el gigante de un ojo lo vio” y la niña intenta por todos los medios conseguir el testigo que ayude a salir de la cárcel a su padre. Y esta hija le pregunta a su abuela: “¿Cuántos días faltan para que vuelva papá?”. Una pregunta que adquiere más sentido cuando se queda sola al fallecer la abuela y convertirse en un ángel (pues para Ova todos los que se mueren se convierten en ángeles, como lo hizo su madre). 

Una película llena de emoción durante su más de dos horas de metraje, especialmente todo lo que ocurre en esa celda número 7. La transformación de los compañeros de celda, quienes pasan de odiarle a compadecerle, para luego quererle con su forma de ser y sus problemas mentales. Y a medida que su sentencia a muerte está más cercana, ocurre el milagro que todos esperan y por el que han luchado. Una sucesión de acontecimientos que conviene no revelar. Y donde todavía resuenan la voz en off de su abuela, ya ángel: “Te diré dos cosas, Ova. La primera es sobre la verdad. ¿Sabes esos pájaros tras los que corre tu padre? No vuelan al cielo. Vienen en verano y se van en invierno. La segunda es sobre tu padre, Ova. Digan lo que digan, ordenen lo que ordenen, impongan el castigo que impongan, tu padre es un buen hombre. Recuérdalo. Tu padre es un buen hombre”. 

Y ese despliegue de humanidad de Milagro en la celda 7 se refuerza con una sólida factura visual y musical –realista, pero con destellos de fábula–, y sostiene una profunda reflexión sobre la paternidad, la justicia, la culpa y el perdón. Y al final tiene lugar un flashfoward, donde Ova reaparece crecida con un vestido de novia para su boda con el segundo amor de su vida. El primero siempre será el pastor, su padre. “Lingo, lingo”

Y esta película nos dirige al debate de la paternidad-maternidad de las personas con discapacidad intelectual, lo que no podemos ignorar que nos remite a un derecho, reconocido específicamente por la ONU. Y cuya reflexión enraíza en una asunción: a) que se pretende, a la vez, empática y lúcida; b) que pone en interconexión lo que implica este derecho con las demandas de otros derechos en juego, especialmente los de los futuros hijos –de acuerdo con el principio de interdependencia de derechos-; c) que resalta decididamente los apoyos y los acompañamientos que, asentados en la justicia y la solidaridad, corresponde ofrecer a la sociedad en general y a las instituciones públicas en particular cuando se plantea el ejercicio, o incluso la inhibición, de este derecho; d) que considera el disfrute de este derecho, por parte de las personas con discapacidad intelectual, en el marco general de su disfrute por parte del conjunto de la población. 

Y quizás la conclusión a la que se llega es que habrá personas con tales circunstancias de discapacidad intelectual que, contando con apoyos adecuados razonables, tienen suficiente competencia para ejercer el derecho a la paternidad, para ser excelentes padres y madres; mientras que habrá otras circunstancias en las que es desaconsejable que se aboque al ejercicio de la paternidad-maternidad, no sólo pensando en el bien del futuro niño y el disfrute de sus derechos, sino en el bien de la propia persona con discapacidad. Una conclusión como ésta pide discernimientos y procesos que, a su vez, reclaman acompañamientos adecuados y firmemente personalizados. 

El debate está abierto para combinar todos los elementos siguientes: discapacidad, paternidad-maternidad, amor, apoyo, comprensión, seguridad y derechos. Algo así como un milagro que debemos promover… y más allá de la celda número 7. 

sábado, 29 de septiembre de 2018

Cine y Pediatría (455). “Dora y la revolución sexual”, aquella que el sexo despierta en las personas con diversidad funcional psíquica


Durante mucho tiempo, la sexualidad de las personas con diversidad funcional ha sido un tema oculto, del que poco o nada sabíamos. Y cuando de algo no se habla, puede parecer que no existe: nada más contrario a la verdad. Y claro que sabemos que la sexualidad está presente en todas las personas, también en aquellas con algún tipo de discapacidad, sea una discapacidad física, psíquica o de ambos orígenes. Por tanto, en todas las personas hay necesidad de educación sexual, de información, de formación, de apoyar las necesidades y deseos de afecto y placer sexual. En otras palabras, sexualidad y discapacidad precisan entenderse con una de las más altas cotas de amor, de ese amor en mayúscula que nos caracteriza con seres humanos con cerebro, sexo y corazón. 

Y por ello hoy hablamos de una película muy especial, por el tema y por el trato a este tema: Dora y la revolución sexual, una película alemana del año 2015, dirigida por la directora Stina Werenfels, y que aborda esta cuestión de una forma valiente y directa. Una película que nos obliga a pensar sobre algunas cuestiones clave en el mundo de las emociones y de las reflexiones, como cuáles son los deseos y necesidades en el ámbito de la sexualidad de las personas con diversidad funcional, las dificultades que encuentran en su entorno para satisfacerlas, el papel de los padres y las problemáticas con que se encuentran, la elección de pareja, la anticoncepción, la maternidad, el dolor, la entrega, el bien y el mal, y quién sabe si la esperanza,… Una película que nos deja varias preguntas (la mayoría sin responder, que es cuando las preguntas tienen mayor valor): ¿cómo se enfrentan unos padres al despertar sexual de una hija con discapacidad intelectual?, ¿qué recursos y apoyos cuentan para hacerlo?, ¿cuáles son las dificultades o los dilemas – éticos, morales, religiosos - a los que se ven sometidos?, ¿estamos preparados para ello, como individuos y como sociedad?, etc. 

En nuestra película conocemos a nuestra protagonista, Dora, una bella jovencita alemana, hija única de un matrimonio de mediana edad, quien sopla las velas de sus 18 años, su mayoría de edad, en una fiesta con familiares y amigos. Dora tiene una discapacidad psíquica no filiada y en ese momento su madre decide dejar de medicar a su hija (le retira el metilfenidato, antipsicótico habitual para tratar los rasgos asociados de déficit de atención y/o hiperactividad de algunas de estas personas). Dora es feliz junto a sus padres y amigos, entre los que reconocemos jóvenes con síndrome de Down, autismo y otras discapacidades psíquicas. Enseguida descubrimos que Dora está descubriendo su cuerpo, su sensualidad y, finalmente, también el sexo: Dora se acuesta aún con sus padres a medianoche y, en una ocasión, les sorprende haciendo el amor… y les hace preguntas; Dora ve besarse a una pareja de compañeros con síndrome de Dowm y ella desea tener una pareja también; Dora desconcierta a su padre cuando ésta le besa en la boca; Dora descubre el placer de masturbarse. Y cuando ella pregunta “¿Soy discapacitada?”, su madre le contesta “Eres… diferente”; y Dora le replica: “No quiero ser diferente… No quiero ser discapacitada”

Porque a sus padres les asombra las repentinas ganas de vivir de Dora. Pero el desconcierto es mayor cuando empieza a quedar con un hombre mucho mayor que ella al que conoce en su trabajo de vendedora de frutas y hortalizas en un mercado. Y ese desconcierto es el que vivimos también como espectadores, con escenas tan duras como incomprensibles para Dora, para su familia… y para nosotros: la escena del lavabo de la estación de metro, cuando es violada; la denuncia en la policía, su revisión ginecológica, la lógica preocupación de sus padres, la confusión de Dora, la píldora del día después y las pruebas frente al sida. Pero Dora se vuelve a ver con aquel extraño que la forzó (sin duda, uno de los más extraños personajes que recuerdo en el cine) y el test del embarazo acaba dando positivo. Y llega el dolor del aborto. Los padres recurren a las pastillas anticonceptivas que su hija no vuelva a quedar embarazada…, pero que no las quiere tomar y buscan otro método anticonceptivo. Pero nada resulta y vuelve a quedar embarazada. Y como es mayor de edad, sigue viendo al hombre que “solamente la folla”, como él dice con un frialdad tan cruel que nos duele como si fuéramos los padres de Dora. Pero la ley no dice lo contrario frente a una relación consentida con una mayor de edad y no inhabilitada mentalmente. 

Es tal la impotencia y el dolor de los padres, que en un momento la madre le dice a su marido: “¿No desearías, por un momento, tener una hija sana? Un momento sin dolor… Un momento sin sentir envidia del resto de familias. Si podría volver atrás, abortaría, y tendría un niño sano”. Porque todos sus esfuerzos no dan resultado, y cuando la aventura de Dora lleva a una situación más seria, todo el mundo nos planteamos donde están los límites de las relaciones con los demás, donde están los límites de la autodeterminación, la confianza, el sexo, el amor, la ley, la justicia, la coherencia, la bondad, la maldad,... 

Finalmente Dora comienza a residir en una vivienda de convivencia con otros compañeros con distinto grado de discapacidad mental. Y en un momento la vemos tumbada con un vestido de novia y ya en avanzado estado de gestación, esperando a que ese misterioso y amoral hombre con el que comparte el placer del sexo, la lleve a Las Vegas a casarse, tal como le ha dicho… Pero no ocurre, y entonces Dora vuelve al mismo baño donde fue violada… Y a la vez apreciamos que la madre de Dora hace un viaje lisérgico en esas fiestas “rave” donde trabajaba elaborando cócteles, y se suman las imágenes: y vemos al bebé de Dora intentando mamar; y oímos al final la voz de Dora llamando “¿Mamá?”. Y un fundido en negro, como nuestra alma, con tantas preguntas sin responder en este tema de cómo afrontar el despertar sexual en un hijo con retraso mental y bajas capacidades

Es Dora y la revolución sexual una película que nos recuerda que los padres y madres son una pieza clave en este asunto, pero con frecuencia se encuentran desbordados por la situación y con la sensación de no saber cómo enfrentarlo, ni tener recursos suficientes para hacerlo. Para empezar, quizás, porque hemos considerado a las personas con diversidad funcional como asexuadas. Si os interesa el tema, esta película no dejará indiferente, pues no es fácil ver ni quizás sea apta para todas las sensibilidades. Pero sea como sea, y pese a ello, debería prescribirse para sensibilizarnos de un tema que hay que conocer, prevenir y actuar. 

Porque muchas otras veces se ha llevado al cine el tema del despertar sexual de una jovencita, quizás un tema recurrente que tiene en Lolita su imaginario colectivo (tanto en su versión original del año 1962 dirigida por Stanley Kubrick como en su copia del año 1997 dirigida por Adrian Lyne), y que en Cine y Pediatría ya hemos podido revisar en películas como Lirios de agua (Céline Sciamma, 2007), El último verano de la boyita (Julia Solomonoff, 2009), Joven y bonita (François Ozon, 2013) o La vida de Adèle (Abdallatif Kechiche, 2013). Sin embargo Dora vive también un despertar sexual impetuoso como quizás no se ha llevado nunca al cine antes. Y la directora Stina Werenfels ha sido valiente con la propuesta y ha conseguido una obra auténtica, original y perturbadora. Una película para la reflexión y el debate. De hecho, el título orginal es “Dora oder Die sexuellen Neurosen unserer Eltern”, es decir, “Dora o las neurosis sexuales de nuestros padres”.

 

sábado, 20 de enero de 2018

Cine y Pediatría (419). "A cielo abierto" se entienden mejor los trastornos psiquiátricos infantiles


Hay una clasificación de las películas que todos tenemos muy clara: las películas que nos gustan, las que no y las que depende (porque el momento y forma de verlas influye). Y para los críticos, de forma similar, están las buenas películas (algunas inolvidables) y las malas películas, y un tercer grupo difícil de clasificar. Si bien tampoco todos los críticos se ponen de acuerdo, hoy llega a Cine y Pediatría una de esas películas difíciles de clasificar, una nueva película documental del aclamado cine francés en estas lides: A cielo abierto (Mariana Otéro, 2013). 

Mariana Otéro es una directora francesa nacida en una familia de artistas, y que desde 1987 se especializa en la realización de películas documentales habitualmente bien recibidas y premiadas. Y en A cielo abierto esta directora ha convivido durante varios meses con los habitantes de Le Courtil, un centro educativo belga que ayuda a discapacitados psíquicos de entre seis y 20 años a buscar los caminos para alcanzar la felicidad, o al menos a controlar sus impulsos. Al finalizar los 110 minutos de metraje cada uno tendrá la capacidad de clasificarla: me gusta o no, es una buena película o no. La crítica no se pone de acuerdo y hay para todos los gustos. Lo que está claro que no deja indiferente, al menos al que esto suscribe, tanto por la forma (grabación con cámara en mano) como por el fondo (acercarse a la realidad de los problemas psiquiátricos de la infancia). Porque en Cine y Pediatría nos hemos aproximado a ciertos problemas psiquiátricos en la infancia y adolescencia en películas como Inocencia interrumpida (James Mangold, 1999), Estrellas en la Tierra (Aamir Khan, 2007), Una historia casi divertida (Ryan Fleck y Anna Boden, 2010) o Cruzando el límite (Xavi Giménez, 2010). Pero en ningún caso algo similar a nuestra película de hoy. 

"Tiene 4 años. Lo que alertó su mamá es que hace dos años, empezó a automutilarse de manera importante, con unas crisis importantes. Ha sido hospitalizado un tiempo. Han considerado que el niño se había tranquilizado y no era lo suficientemente loco para ser ingresado, ni siquiera en un establecimiento especializado como el Courtil. Ha vuelto al colegio tradicional y le ha ido fatal. Ha roto muchos objetos. Se ha vuelto a mutilar. Entonces la madre lo ha tenido en casa". Esta es una de las muchas conversaciones que se dan en A cielo abierto, en este centro donde habitan niños y niñas neuróticos y psicóticos, y lo hacen con psiquiatras, que, por turnos, conviven con ellos las 24 horas del día, a los que llamar héroes de nuestro tiempo sería quedarnos cortos. Porque si es complicado cuidar nuestro cuerpo como médicos, más lo es entender nuestro cerebro y lo que allí se gesta. Y a lo largo de la película convivimos con niños y adolescentes con trastornos psiquiátricos, del comportamiento y de adaptación social muy diversos, desde los que se golpean contra la pared hasta lo que escuchan voces, desde los que hablan consigo mismo hasta lo que les cuesta entender su propio cuerpo, los que lo canalizan todo por los videojuegos o por sus continuos impulsos sexuales. Y aquellos que nos confiesan: "No voy a poder evitar tener mi TOC"

Y con este material, Mariana Otéro trata de acercarnos con tacto y sensibilidad a las emociones y dramas que esto provoca, combinando las escenas de los jóvenes internos y las escenas de reunión de los profesionales que les atienden (educadores, psicólogos, terapeutas, psiquiatras,...). Y a través de la película conoceremos a Marie, Anne, Amina, Matéo, Olivier, Lenna, Evanne, Jean-Hughes, Méghane, Alysson, Christopher, Fayçal, Yasmine, Nicolas, Océane, Logan,... y los conoceremos con sus actividades en la escuela, en el comedor, en la habitación, durante el juego, cuando se entretienen con los puzles o pasean en el campo. Y como dice la directora del centro: "Está claro que debemos tratar las cosas con el corte, escribiendo o contando. Ese es el arte del trabajo"

En la película se nos muestra como, día a día, los adultos tratan de entender los problemas de cada uno de los niños y adolescentes internos y buscan soluciones para mejorar su vida. A raíz de la historia y experiencia de cada uno de ellos se nos intenta mostrar su particular forma de ver el mundo, donde cada uno de ellos es un enigma y donde cada uno de ellos, a diferencia de nosotros que tenemos una lengua común, tiene una lengua privada. En Courtil se dedican a descifrar y entender esta lengua caso por caso, que permita entender la locura de esos pequeños que llaman "discapacitados mentales", una expresión que suena altamente peyorativa. 

Porque en la institución belga de Courtil, que acoge 250 niños, se trabaja bajo la perspectiva del psicoanálisis lacaniano, allí donde se conjugan los conceptos de lo real, lo imaginario y lo simbólico como tres dimensiones anudadas en la constitución del sujeto, tres nudos imbricados según la forma de un nudo borromeo. Y por ello, al principio el espectador puede que se sienta un poco perdido, pero poco a poco empezará a vislumbrar que estos niños tienen su propia lógica, que existe una estructura que marca su relación con los otros, con el mundo. La película da cuenta de que todo esto se puede entender y por lo tanto existen también soluciones. Porque el psicoanalista Jacques Lacan - creador del psicoanálisis lacaniano, una variante del psicoanálisis freudiano en su relación con el lenguaje - señala que en la psicosis el inconsciente está en la superficie, está “a cielo abierto”. De ahí el título de de esta película... una película para compartir la experiencia de su director, para ayudar a comprender un poco la locura de estos niños. 

Ver esta película es una experiencia singular, una película diferente porque no seguimos una historia que venga dada o sea lineal. Es el producto de 180 horas de filmación con lo que su directora llamó "cámara-cuerpo" y un complejo montaje. En resumen, un documental en ocasiones desconcertante, en el que Mariana Otero enfoca su cámara y deja que el espectador juzgue este sanatorio mental, donde el discurso alucinado y desconectado de la realidad corresponde no solo a los pacientes, también a sus terapeutas. Un documental que puedes amar o no, al igual que puedes creer en el psicoanálisis de Lacan o no. 

Cabe destacar que los productores asociados de esta película son Jean-Pierre y Luc Dardenne, los famosos hermanos Dardenne del cine belga a los que hemos dedicado dos entradas en Cine y Pediatría (ver Cine y Pediatría 110 y 111). Y cabe destacar que esta es una más de las películas documentales con sello francés, aunque personalmente no llegan a los tres títulos imprescindibles y que siempre destaco que todo pediatra debe conocer (y prescribir): 1) Entender la normalidad de un recién nacido y lactante: Bebés (Thomas Balme, 2010); 2) Reconocer a los niños como nuestros pequeños filósofos: Solo es el principio (Pierre Barougier y Jean-Pierre Pozzi, 2010); y 3) Reflexionar sobre los distintos caminos que nos llevan a la escuela: Camino a la escuela (Pascal Plisson, 2013).  

Y ahora llega A cielo abierto, para entender un poco mejor los trastornos psiquiátricos en la edad pediátrica. Porque para un problema sanitario de esta envergadura no solo hace falta alta formación y mente abierta, sino también que el cielo se nos abra para lograr la integración de estas personas tan importantes. Y mi buen amigo, el gran psiquiatra José Luis Pedreira, sabe bien de que hablo.