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sábado, 13 de diciembre de 2025

Cine y Pediatría (831) “Bienvenido a la montaña” y a la importancia de las escuelas integradas rurales


La fusión de alumnos y profesores en muy diversos centros docentes (desde el parvulario a la universidad, pasando por la escolarización de primaria y secundaria) se ha constituido en casi un subgénero dentro del séptimo arte. Películas de todas las cinematografías, pero donde destaca el cine procedente de Francia y Estados Unidos, tanto en películas de ficción como documentales. Historias de la que derivan diferentes temas clave para la reflexión, pero en donde destacan aquellos argumentos alrededor de docentes de origen atípico y con profundo compromiso con la enseñanza de sus alumnos, con aires de renovación y ruptura. Algunos ejemplos al respecto, ya vistos en Cine y Pediatría, son Adiós, Mr. Chips (Sam Wood, 1939), El milagro de Ana Sullivan (Arthur Penn, 1962), Ángeles sin paraíso (John Cassavettes, 1963), Rebelión en las aulas (James Clavell, 1967), Un profesor singular (Marco Ferreri, 1979), El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989), Mentes peligrosas (John N. Smith, 1995), Profesor Holland (Stephen Herek, 1995), La sonrisa de Mona Lisa (Mike Newell, 2003), Half Nelson (Ryan Fleck, 2006), Diarios de la calle (Richard LaGravenese, 2007), Al frente de la clase (Peter Werner, 2008), Profesor Lazhar (Philippe Falardeau, 2011), La historia de Marie Heurtin (Jean-Pierre Améris, 2014), La profesora de parvulario (Sara Colangelo, 2018),… 

Y a este listado hoy podemos suma una más: la película italiana Bienvenido a la montaña (Riccardo Milani, 2024), que nos narra la historia de Michele Cortese (Antonio Albanese), un profesor romano hastiado de su profesión tras cuatro décadas en la ciudad, y quien logra su sueño de trasladarse a una pequeña escuela rural, por nombre Cesidio Gentile, en el Parque Nacional de los Abruzos, en un pueblo con menos de 400 habitantes. 

Pese a que los inicios son complejos (el pueblo está bloqueado por la nieve y el frío y los pocos compañeros de la escuela no entienden que hace allí), logra integrase con la ayuda de la subdirectora Agnese (Virginia Raffaele) y sus siete alumnos de diferentes cursos y edades, chicos y chicas espabilados cuyo objetivo de mayor es ser “youtubers”. Las ideas que Michele les transmite no siempre no son entendidas por los padres, como ese mensaje “Tenéis que salvar el mundo antes de cenar”. Si bien Agnese le intenta poner los pies en el suelo:”Aquí no estamos en un mudo de ensueño. Aquí estamos en un mundo aparte… Llueva, nieve o truene, la escuela no debe cerrar nunca”. Porque el principal reto de estos docentes es luchar contra la resignación de los habitantes de los pueblos pequeños. 

Pero la idílica calma se rompe al saber que el centro cerrará por falta de estudiantes al finalizar el curso. Y el cierre de un colegio rural suele marcar el principio del fin de un pueblo. Por ello Agnese y Michele inician una carrera contrarreloj contra la burocracia para salvar la escuela, movilizando a la comunidad. Porque necesitan al menos 8 niños para una escuela integrada, según le transmiten los gestores, pues “los números son los números”, les repite la funcionaria. Y es que la baja natalidad y la partida de las familias a las ciudades no hacen fácil mantener las escuelas rurales; por fortuna, la la crisis humanitaria desencadenada por la guerra de Ucrania les permite acoger alumnos ucranianos y salvar la situación, lo que plantea ese debate entre la despoblación rural y la inmigración. 

Quizás la última parte de la historia, con ese final (excesivamente) feliz es quizás lo menos creíble de la historia. Y ese lema de Agnese a sus alumnos: “Este año hemos aprendido que la escuela es nuestra”. Si es significativo el homenaje al personaje de Ceisidio Gentile, nombre de la escuela unificada, en honor a este poeta y pastor abruzzense (1847-1914), cuya figura se usa en el filme como símbolo de la cultura rural y de la identidad de las comunidades de montaña. Y también es simbólico conocer que la mayoría de los personajes que aparecen en la película, alumnos y familiares incluidos, son vecinos de Pescasseroli, el pequeño pueblo de montaña donde nació nuestro poeta y donde se grabó la película. Todo un homenaje… 

Porque Bienvenido a la montaña es una película sencilla, lineal y sin aspavientos de guion, y que nos acerca al contraste entre la vida urbana y el mundo rural aislado de la Italia vaciada, mostrando la adaptación de Michele a retos como el clima hostil y la resignación local. Aborda el despoblamiento rural, la indiferencia institucional y la lucha por mantener servicios esenciales como la educación pública en zonas marginadas. Y que también nos deja algunas reflexiones, entre las que podemos  destacar: el poder de la unión comunitaria para superar adversidades, transformando prejuicios iniciales (como hacia los inmigrantes) en solidaridad inclusiva; enfatizar la importancia de preservar la educación rural como pilar de identidad cultural y esperanza frente al abandono estatal y la despoblación; y donde el personaje de Michele subraya su evolución personal, es que va del desencanto urbano a la pasión renovada por enseñar- 

Una película que aborda el despoblamiento de la Italia rural, conocido como "Italia vaciada", donde comunidades montañosas luchan por la supervivencia ante la migración hacia ciudades y la indiferencia burocrática. Un panorama que es trasladable a nuestra “España vaciada”, donde la falta de inversión estatal en servicios básicos como la educación en zonas periféricas, amenazan siempre la continuidad cultural y demográfica. Y un mensaje clave en Bienvenido a la montaña es el de proponer la educación como herramienta de cohesión social y resistencia contra el despoblamiento rural, promoviendo valores de resiliencia y democracia participativa en contextos  marginados. 

sábado, 1 de junio de 2024

Cine y Pediatría (751) Documentales educativos de cine (1): “Pequeña escuela” y “El lápiz, la nieve y la hierba”

 

La docencia y el séptimo arte se han convertido en un tema recurrente en Cine y Pediatría. Decenas de películas de todas las filmografías con la escuela como escenario, y alumnos y profesores como protagonista, algunas ya icónicas y otras menos conocidas. Y entre ellas algunas con carácter de película documental como las francesas Ser y tener (Nicolas Philibert, 2002), La clase (Laurent Cantet, 2008), Sólo es el principio (Jean-Pierre Pozzi y Pierre Barougier, 2010), Camino a la escuela (Pascal Plisson, 2013) y El gran día (Pascal Plisson, 2015); la estadounidense Esperando a Superman (Davis Guggenheim, 2010); la argentina La educación prohibida (German Doin, 2012); la española Entre maestros (Pablo Usón, 2012); la neerlandesa Los niños de la señorita Kiet (Peter Lataster y Petra Lataster-Czisch, 2016); y la alemana El profesor Bachmann y su clase (Maria Speth, 2021). 

Y a estas queremos sumar algunas películas documentales más en las próximas cuatro entradas de Cine y Pediatría, donde infancia, educación y séptimo arte se funden para reflexionar sobra los métodos educativos, con sus luces y sus sombras. Y hoy comenzamos con dos películas con mensajes tan poéticos y necesarios como sus propios títulos: la película belga, Pequeña escuela (Lydie Wisshaypt-Claudel, 2022), y la película española, El lápiz, la nieve y la hierba (Arturo Méndiz, 2017). 

- Pequeña escuela (Lydie Wisshaypt-Claudel, 2022) nos invita a cuestionar el sistema educativo escolar convencional en un alumnado de niños exiliados en Bruselas, a través de un experimento educativo llevado a cabo por las maestras Marie y Juliette, tal como indican en un cartel a la entrada del pequeño local: “La Petite École acoge a niños de 6 a 15 años que nunca han ido a la escuela”. 

Abdelaziz, Ahmad, Aziza, Birgal, Janoa, Khaled, Khoder, Mohamed, Nouredinne, Rokhaya, Youssef, Zained son el nombre de esos alumnos, que denota su origen. Niños y niñas emigrantes, un buen número procedentes de Siria, y que viven con sus familias bajo asilo y con el recuerdo de lo vivido (y sufrido) en la guerra. Y en la Petite Ecole estas dos maestras les ofrecen espacio y tiempo de forma individualizada, fuera de los procesos formales de aprendizaje académico, para volver a ser niños, antes de enfrentarse a la institución escolar que esperar de ellos que sean alumnos. Aquí lo importante no es leer y escribir, sino ofrecerles un entorno amable que les prepare para “la gran escuela” al curso siguiente. Y así lo reflexionan, entre ellas mismas, pero también ante diferentes comunidades educativas, para evitar que su proyecto se considere una “falsa” escuela: “Tenemos bastantes niños que tienen problemas con la escuela en sí. Deben haber vivido cosas terribles. Algunos niños se ponen a llorar, tienen pataletas, se revuelven por el suelo, porque no entienden cómo funciona la escuela”

Porque el objetivo de esta Petite École, según nos explican Marie y Juliette, es reducir esos comportamientos negativos (especialmente llamativos en Ahmad y Khaled), proporcionar un espacio seguro previo a la escuela en el que puedan mitigar todo tipo de miedos y ansiedad, y ganarse la confianza de los niños y sus familias para evitar el fracaso escolar o la educación especial en el futuro. Y ello porque el estado postraumático de lo vivido por esa infancia refugiada les impide afrontar la escolarización. Y de esta forma la película nos exige cuestionar la escuela como un lugar que perpetúa, quizás, la opresión para todos nosotros. 

- El lápiz, la nieve y la hierba (Arturo Méndiz, 2017) es un canto a las escuelas unitarias, tal como sigue ocurriendo en algunos pueblos del Pirineo oscense: un aula, un maestro y un puñado de niños y niñas de todas las edades en pueblos pequeños, donde aprenden y juegan juntos. Y así nos sitúa en el principio del propio film: “Esta película tiene lugar entre Chistén, muy cerca de la frontera de Francia, y una serie de pueblos esparcidos en 30 Km río abajo en los valles de Cinca y Cinqueta”. 

Carlos, Israel, Naza, Iván… son algunos de los profesores que nos cuentan su experiencia. Y se desgranan los pueblos y las vivencias: Chistén (140 habitantes, 8 niños en la escuela), Saravillo (94 habitantes, 8 niños en la escuela), Tella (21 habitantes, sin escuela), Bielsa (331 habitantes, 39 niños en la escuela), Plan (186 habitantes, 12 niños en la escuela), Laspuña (248 habitantes, 7 niños en la escuela), San Juan de Plan (147 habitantes, 14 niños en la escuela) y Parzán (63 habitantes, sin escuela). Pueblos donde el paisaje es tan hermoso como dura es la vida. Y la experiencia de estos profesores titulares y profesores itinerantes en este CRA (Centro de Recuperación Agraria) y su agrupación de colegios, donde uno de ellos nos explica algo no difícil de entender: “Cerrar una escuela es como matar a ese pueblo”. 

Y al final se nos muestra el destino de alguno de los alumnos y profesores, y una dedicatoria: “A mis padres. A todos los que hace posible la escuela rural”. Y todo este documento cinematográfico con el fondo musical de la guitarra omnipresente de Joaquín Pardinilla, que le da más emoción al mensaje. Pero, por desgracia, una película con tan poca difusión que no es posible ni encontrar el tráiler en Youtube. Para reflexionar sobre lo que es este negocio quizás mal llamado séptimo arte… lo digo por lo de arte (y conciencia).

Porque la educción es clave en el desarrollo de los seres humanos. Y nuestras películas de hoy (y las que vendrán en las siguientes publicaciones) nos permiten reflexionar sobre ello. Vale la pena...