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sábado, 13 de diciembre de 2025

Cine y Pediatría (831) “Bienvenido a la montaña” y a la importancia de las escuelas integradas rurales


La fusión de alumnos y profesores en muy diversos centros docentes (desde el parvulario a la universidad, pasando por la escolarización de primaria y secundaria) se ha constituido en casi un subgénero dentro del séptimo arte. Películas de todas las cinematografías, pero donde destaca el cine procedente de Francia y Estados Unidos, tanto en películas de ficción como documentales. Historias de la que derivan diferentes temas clave para la reflexión, pero en donde destacan aquellos argumentos alrededor de docentes de origen atípico y con profundo compromiso con la enseñanza de sus alumnos, con aires de renovación y ruptura. Algunos ejemplos al respecto, ya vistos en Cine y Pediatría, son Adiós, Mr. Chips (Sam Wood, 1939), El milagro de Ana Sullivan (Arthur Penn, 1962), Ángeles sin paraíso (John Cassavettes, 1963), Rebelión en las aulas (James Clavell, 1967), Un profesor singular (Marco Ferreri, 1979), El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989), Mentes peligrosas (John N. Smith, 1995), Profesor Holland (Stephen Herek, 1995), La sonrisa de Mona Lisa (Mike Newell, 2003), Half Nelson (Ryan Fleck, 2006), Diarios de la calle (Richard LaGravenese, 2007), Al frente de la clase (Peter Werner, 2008), Profesor Lazhar (Philippe Falardeau, 2011), La historia de Marie Heurtin (Jean-Pierre Améris, 2014), La profesora de parvulario (Sara Colangelo, 2018),… 

Y a este listado hoy podemos suma una más: la película italiana Bienvenido a la montaña (Riccardo Milani, 2024), que nos narra la historia de Michele Cortese (Antonio Albanese), un profesor romano hastiado de su profesión tras cuatro décadas en la ciudad, y quien logra su sueño de trasladarse a una pequeña escuela rural, por nombre Cesidio Gentile, en el Parque Nacional de los Abruzos, en un pueblo con menos de 400 habitantes. 

Pese a que los inicios son complejos (el pueblo está bloqueado por la nieve y el frío y los pocos compañeros de la escuela no entienden que hace allí), logra integrase con la ayuda de la subdirectora Agnese (Virginia Raffaele) y sus siete alumnos de diferentes cursos y edades, chicos y chicas espabilados cuyo objetivo de mayor es ser “youtubers”. Las ideas que Michele les transmite no siempre no son entendidas por los padres, como ese mensaje “Tenéis que salvar el mundo antes de cenar”. Si bien Agnese le intenta poner los pies en el suelo:”Aquí no estamos en un mudo de ensueño. Aquí estamos en un mundo aparte… Llueva, nieve o truene, la escuela no debe cerrar nunca”. Porque el principal reto de estos docentes es luchar contra la resignación de los habitantes de los pueblos pequeños. 

Pero la idílica calma se rompe al saber que el centro cerrará por falta de estudiantes al finalizar el curso. Y el cierre de un colegio rural suele marcar el principio del fin de un pueblo. Por ello Agnese y Michele inician una carrera contrarreloj contra la burocracia para salvar la escuela, movilizando a la comunidad. Porque necesitan al menos 8 niños para una escuela integrada, según le transmiten los gestores, pues “los números son los números”, les repite la funcionaria. Y es que la baja natalidad y la partida de las familias a las ciudades no hacen fácil mantener las escuelas rurales; por fortuna, la la crisis humanitaria desencadenada por la guerra de Ucrania les permite acoger alumnos ucranianos y salvar la situación, lo que plantea ese debate entre la despoblación rural y la inmigración. 

Quizás la última parte de la historia, con ese final (excesivamente) feliz es quizás lo menos creíble de la historia. Y ese lema de Agnese a sus alumnos: “Este año hemos aprendido que la escuela es nuestra”. Si es significativo el homenaje al personaje de Ceisidio Gentile, nombre de la escuela unificada, en honor a este poeta y pastor abruzzense (1847-1914), cuya figura se usa en el filme como símbolo de la cultura rural y de la identidad de las comunidades de montaña. Y también es simbólico conocer que la mayoría de los personajes que aparecen en la película, alumnos y familiares incluidos, son vecinos de Pescasseroli, el pequeño pueblo de montaña donde nació nuestro poeta y donde se grabó la película. Todo un homenaje… 

Porque Bienvenido a la montaña es una película sencilla, lineal y sin aspavientos de guion, y que nos acerca al contraste entre la vida urbana y el mundo rural aislado de la Italia vaciada, mostrando la adaptación de Michele a retos como el clima hostil y la resignación local. Aborda el despoblamiento rural, la indiferencia institucional y la lucha por mantener servicios esenciales como la educación pública en zonas marginadas. Y que también nos deja algunas reflexiones, entre las que podemos  destacar: el poder de la unión comunitaria para superar adversidades, transformando prejuicios iniciales (como hacia los inmigrantes) en solidaridad inclusiva; enfatizar la importancia de preservar la educación rural como pilar de identidad cultural y esperanza frente al abandono estatal y la despoblación; y donde el personaje de Michele subraya su evolución personal, es que va del desencanto urbano a la pasión renovada por enseñar- 

Una película que aborda el despoblamiento de la Italia rural, conocido como "Italia vaciada", donde comunidades montañosas luchan por la supervivencia ante la migración hacia ciudades y la indiferencia burocrática. Un panorama que es trasladable a nuestra “España vaciada”, donde la falta de inversión estatal en servicios básicos como la educación en zonas periféricas, amenazan siempre la continuidad cultural y demográfica. Y un mensaje clave en Bienvenido a la montaña es el de proponer la educación como herramienta de cohesión social y resistencia contra el despoblamiento rural, promoviendo valores de resiliencia y democracia participativa en contextos  marginados. 

sábado, 17 de junio de 2023

Cine y Pediatría (701). “Adiós, Mr Chips”, toda una vida dedicada a la enseñanza, en blanco y negro y en color

 

La frase de Andy Rooney, famoso personaje de la radio y televisión en Estados Unidos, es bastante significativa: "La mayoría de nosotros no tenemos más de cinco o seis personas que nos recuerdan. Los maestros tienen miles de personas que les recuerdan por el resto de sus vidas". Y también el séptimo arte nos ha devuelto un buen número de personajes del mundo de la educación, algunos reales y otros de ficción, los cuales hemos ido recordando en Cine y Pediatría: Ana Sullivan (Anne Brancroft) en El milagro de Ana Sullivan (Arthur Penn, 1962),  Mark Thackeray (Sidney Poitier) en Rebelión en las aulas (James Clavell, 1967),  John Keating (Robin Williams) en El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989),  LouAnne Johnson (Michell Pfeiffer) en Mentes peligrosas (John N. Smith, 1995), Glenn Holland (Richard Dreyfuss) en Profesor Holland (Stephen Herek, 1995),  Sean McGuire (Robin Williams) en El indomable Will Hunting (Gus Van Sant, 1997),  Roberta Guaspari (Meryl Streep) en Música del corazón (Wes Craven, 1999),  Don Gregorio (Fernando Fernán Gómez) en La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999),  Katherine Watson (Julia Roberts) en La sonrisa de Mona Lisa (Mike Newell, 2003),  Clément Mathieu (Gérard Jungnot) en Los chicos del coro (Christophe Barratier, 2004),  Dan Dunne (Ryan Gosling) en Half Nelson (Ryan Fleck, 2006),  Pierre Dulaine (Antonio Banderas) en Déjate llevar (Liz Friedlander, 2006), Erin Gruwell (Hilary Swank) en Diarios de la calle (Richard LaGravenese, 2007),  Brad Cohen (Jimmy Wolk) en Al frente de clase (Peter Werner, 2008), Stacy Bess (Emily Vancamp) en Más allá de la pizarra (Jeff Bleckner, 2011),  Bachir Lazhar (Mohamed Fellag) en Profesor Lazhar (Philippe Falardeau, 2011),  Henry Bathes (Adrien Brody) en El profesor (Tony Kaye, 2011),  Carlos González (Carlos González) en Entre maestros (Pablo Usón, 2012),  Anne Gueguen (Ariane Ascaride) en La profesora de Historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014),  Master Carvelle (Dustin Hoffman) en El coro (François Girard, 2014),  La hermana Marguerite (Isabelle Carre) en La historia de Marie Heurtin (Jean-Pierre Améris, 2014),  María Drazdechova, (Zuzana Mauréry) en La profesora (Jan Hrebejk, 2016); François Foucault (Denis Podalydès) en El buen maestro (Olivier Ayache-Vidal, 2017),  Lisa Spinelli (Maggie Gyllenhaal) en La profesora de parvulario (Sara Colangelo, 2018),  Ugyen Dorji (Sherab Dorji) en Lunana: un yak en la escuela (Pawo Choyning Dorji, 2019),  Alex (David Verdaguer) en Uno para todos (David Ilundain, 2020), entre otros.

Pues bien, por delante de todos ellos, cabe recordar al profesor Arthur Chipping, personaje creado en la novela británica de James Hilton “Good-bye, Mr. Chips” publicada en 1934, si bien originalmente fue publicada como un suplemento del British Weekly, un periódico evangélico. Esta novela ha tenido varias adaptaciones teatrales y ha sido llevada al cine en dos películas ganadoras del Premio Óscar, la primera en blanco y negro y la segunda en color. 

La novela narra la vida de un profesor a lo largo de su larga estancia de medio siglo en Brookfield, la ficticia escuela pública en la que enseña griego y latín. Allí donde el Sr. Chipping supera su incapacidad para conectar con los niños en la escuela, así como su timidez inicial, cuando se casa con Katherine, una joven corista a la que conoce en las vacaciones y que rápidamente comienza a llamarlo por su apodo, "Chips". La novela describe los cambios personales de nuestro protagonista, asociado al momento histórico, que comienza su permanencia en Brookfield en 1870, cuando la Guerra Franco-Prusiana acaba de estallar, y finaliza en su lecho de muerte poco después del ascenso de Adolf Hitler al poder, apreciándose una nostalgia hacia aquel orden social Victoriano que desapareció rápidamente tras la muerte de la Reina Victoria en 1901. Se cree que la obra se basó en la The Leys School de Cambridge, de donde James Hilton fue alumno entre 1915 y 1918, y la inspiración para el protagonista, Chips, procedía de muchas fuentes, pero principalmente de W. H. Balgarnie, uno de los profesores de Leys. Pero hoy nos interesan sus dos adaptaciones cinematográficas principales, ambas británicas. 

Adiós, Mr. Chips (Sam Wood, 1939)

Esta es la primera y la más conocida versión de la novela, también la de mayor calidad, y con el soporte de la Metro-Goldwyn-Mayer. El papel de Mr. Chips fue para Robert Donat (quien ganó el Óscar a mejor actor) y el de Katherine para Greer Garson, y entre sus actores contó con Terry Kilburn, John Mills y Paul Henreid, entre otros. Y, aunque algunas de las escenas que aparecen en las adaptaciones cinematográficas no aparecen en el libro, esta película intenta ser lo más fiel posible a las historia original.  Algunas reflexiones son merecedoras de ser recordadas: “Nuestra profesión no es fácil, Mr. Chipping. Requiere algo más que un título universitario, créalo. Nuestra tarea es formar hombres. Hace falta carácter y valor. Ante todo requiere la habilidad de saber ejercer autoridad. Si no sabe ejercerla creo que, como todo joven, debería preguntarse seriamente si quizás no habrá equivocado su vocación”

Adiós, Mr. Chips (Herbert Ross, 1969). 

La segunda película fue una versión musical, también soportada por la Metro-Goldwyn-Mayer. El papel de Mr. Chips fue para Peter O´Toole (que fue nominado al Óscar a mejor actor, pero que fue a parar a John Wayne por la película de Henry Hathaway, Valor de ley, si bien si consiguió el Globo de Oro al mejor actor de comedia o musical) y el de Katherine para Petula Clark (conocida y reconocida según el Libro Guinness como la artista británica más prolífica, especialmente en la década de los sesenta), y que entre sus actores contó con Michael Redgrave, Siân Philips y Jack Hedley, entre otros. 

La película incluyó música y letras compuestas por Leslie Bricusse con partitura original de John Williams. El proyecto estuvo en desarrollo varios años antes, inicialmente con una banda sonora compuesta por André Previn y su entonces esposa Dory Previn, aunque la carrera musical del compositor en el momento de la realización de la película impidió que se usara. Las canciones, interpretada alguna por Peter O´Toole y la mayoría por Petula Clark son “Where Did My Childhood Go?”, “London is London”, “And the Sky Smiled”, “Apollo”, “Know Yourself”, “Fill the World With Love”, “Flossie From Fulham Overture”, “Pompeii” y “When I Am Older”. Y las canciones van encajando en la historia y las reflexiones que nos deja las conversaciones entre Chips y Katherine, verdadero soporte emocional del profesor: (“Los chicos me llaman cenizo porque dicen que les doy mala suerte. No lo creo, lo que quizá ocurre es que soy fastidioso… Pero no me importaría que pensaran que lo soy si al menos logrará hacerles ver cuánto los quiero y cuánto me preocupo por ellos. Es la verdad”) o entre los propios profesores (“Verdad que no es justo que mientras nosotros nos vamos haciendo mayores, ellos siempre tengan la misma edad”, “Siguen sin quererme y no creo que me quieran nunca… Después de 35 años me he vuelto tan insensible como ellos”). Y tras la decepción de no haber podido tener hijos, su comprensiva mujer le dice: “Pero, cariño, si tengo centenares de hijos, varones todos”. 

Y cuando finalmente Chips es nombrado director de Brookfield, su mujer no pudo disfrutar de tal logro, pues falleció en un bombardeo en plena contienda de la Guerra Mundial. Y con su despedida de Broomfield, somos espectadores de una vida (de novela y de cine) dedicada por y para la docencia. 

Y, aparte de estas dos famosas adaptaciones, la novela también ha sido volcada en la pantalla en la miniserie de 1984 Goodbye Mr. Chips, protagonizada por Roy Marsden y Jill Meagher y organizada en 6 capítulos de media hora cada uno, donde muchas escenas fueron grabadas en la Repton School en un intento de ser lo más fieles posibles a la novela original; y en la película británica para la televisión Goodbye Mr. Chips (Stuart Orme, 2002) protagonizasa por Martin Clunes y Victoria Hamilton. 

Porque Mr Chips es uno de los primeros docentes emblemáticos en el cine. Ese profesor del que tantas generaciones se han podido acordar, alumnos y espectadores. Y que este fin de semana recordamos, justo cuando expira un curso escolar más.
 

sábado, 20 de noviembre de 2021

Cine y Pediatría (619) “El profesor (Teacher)” y el acoso escolar entre el héroe y el villano

 

Son muchas las películas que desde Cine y Pediatría han abordado el tema del acoso escolar (también conocido con el anglicismo bullying) y también muchas las películas que se han aproximado al mundo de la educación desde el punto de vista de un profesor coraje que quiere cambiar a sus alumnos. Pero la fusión de ambos temas es lo que nos ofrece la película estadounidense El profesor (Teacher) (Adam Dick, 2019), una buena ópera prima de su director que nos devuelve una vigorosa narrativa y una sensación de desasosiego latente que mantiene la tensión durante los 100 minutos de metraje. 

Mr. James Lewis (David Dastmalchian) es un joven profesor de inglés que intuimos que lidia con sus propios fantasmas, consecuencia de las secuelas traumáticas de una niñez en la que sufrió acoso escolar y también el maltrato físico y psicológico de un padre alcohólico. El profesor vuelve a revivir en su presente cómo dos alumnos de 16 años del instituto (Daniela, una chica sudamericana, y Preston, un introvertido chico aficionado a la fotografía) son asediados, insultados y ridiculizados sin cesar. Y él se implica para que no se repita su historia, e intenta apoyarles y alejarles de los alumnos que intentan injuriarlos, pero deberá enfrentarse a un sistema educativo cobarde que prefiere mirar hacia otro lado, sin tomar medidas para prevenir estas situaciones. 

El profesor de esta película utiliza la literatura shakesperiana para mostrar a sus alumnos la delgada línea que separa al héroe del villano, y como muchas veces comparten sentimientos o características. Y lo hace a través de la lectura y análisis de “El mercader de Venecia”, esa historia de Bassanio y Porcia, de Graciano y Nerissa, y especialmente la relación entre el mercader Antonio y Shylock, el usurero judío. Y esa deuda de carne que Shylock adquiere sobre Antonio si la suma de dinero no es devuelta en la fecha indicada. Y esta diferencia entre héroes y villanos tan definidos (o no) cuando el acoso escolar amenaza una clase y a sus alumnos es la cuestión central que se nos plantea, como una cuestión moral al espectador: ¿cuál es la actitud ante una denuncia desoída de acoso escolar?, ¿debemos tomarnos la justicia por nuestra mano o aguantar y seguir alimentando una cadena de violencia? 

Y a lo largo de la historia, Preston sufre agresiones físicas (que incluso terminan con un ingreso hospitalario por secuelas graves) y Daniela sufre agresiones morales y ciberacoso a través de la creación de una web pornográfica, huella que en internet se hace imborrable (y que finaliza con un intento de suicidio...y casi lo consigue). “¿Me tienes miedo, verdad? Solo di que me tienes miedo y que eres un maricón de mierda y pararé”, son algunas de las humillaciones verbales que oímos. Y aunque este ascenso de la violencia es denunciado por el profesor, la dirección del centro escolar lo tapa, y los padres de Tim, el cabecilla de los acosadores, tienen una reacción muy paradójica. Y finalmente llega la solución más fácil (y la más errónea): el director del instituto opta por expulsar al profesor, para que no siga causando molestias; y el padre de Tim (Kevin Pollack) también le acosa - en una de las escenas más duras por la contención verbal de las amenazas que se oyen -, porque en el fondo los patrones se repiten. 

Y es entonces cuando la estrecha frontera entre héroe y villano que nos muestra “El mercader de Venecia” aparece en su vida. Porque entonces el profesor decide actuar por su cuenta, y sus acciones entran en una espiral cada vez más complicada, donde no se sabe donde acaba el hombre justo y donde comienza el psicópata. Y se convierte en un antihéroe que intenta vengar a esos alumnos que sufren los mismos problemas que él tuvo en su infancia y así le dice al acosador cabecilla: “Entiendo que eres un mierda privilegiado y consentido que puede dejar ciego a un chico un día y al siguiente fanfarronear en internet con una chica sobre una fiesta en un yate metiéndose rayas… ¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué nos lo hiciste a todos?” Y entonces Tim reconoce que su padre le maltrata para conseguir los retos académicos y en el deporte, lo que él llama “entrenamiento”. Y repite estereotipos.

Y otro giro de la historia nos aboca a un desenlace inesperado. Allí donde el padre de Tim confiesa “Tal vez no te guste, pero el miedo es la manera de obtener respeto”, y el profesor dice a su alumno: “Tim, piensa en quién podrías ser si no estuvieras criado en esta casa”. Y en ese final en otra clase vuelve a surgir la duda entre el héroe y el villano que nos dejó “El mercader de Venecia”. Porque El profesor (Teacher) nos devuelve un original guion para tratar un tema tantas veces visto y que transita desde el abuso escolar al abuso de poder

Y hoy, 20 de noviembre, en el que celebramos la Convención de los Derechos de la Infancia, esta película es un buen homenaje. Recordamos que en 1924 tuvo lugar la Declaración de Ginebra, considerada la primera declaración sobre los derechos de los niños, en lo que era un breve texto de sólo cinco artículos, en los que se proclaman los derechos de los niños a tener una vida digna, a ser estimados, cuidados y protegidos, a ser educados. Y el 20 de noviembre de 1959 fue aprobada por la ONU la Declaración de Derechos del Niño que se basa principalmente en la defensa de los derechos de promoción (el nombre, la nacionalidad, el domicilio, la educación, la salud, el juego), los derechos de protección (contra la tortura, los maltratos, la explotación sexual y económica, los conflictos armados) y los derechos de participación (escuchar su opinión, valorar su interés). Y ni que decir tiene que el maltrato que supone el acoso en los entornos educativos atenta de forma directa contra ellos. Y no debiera de haber ninguna duda a la hora de diferenciar quiénes son los héroes y quiénes los villanos en esta lacra social. 

No confundir esta película con la titulada El profesor (Detachment) (Tony Kaye, 2011), ya comentada en Cine y Pediatrí, y que es una de tantas buenas películas alrededor de la educación y de las aulas. 

 

sábado, 11 de septiembre de 2021

Cine y Pediatría (609) “La profesora de parvulario” supera los límites entre docente y dicente

 

El techo de cristal de la mujer en la dirección cinematográfica también ha sido difícil de romper. He aquí una selección de películas dirigidas por mujeres que cabe tener presente, algunas ya presentes en Cine y Pediatría: El autoestopista (Ida Lupino, 1953), Cleo de 5 a 7 (Agnès Varda, 1962), Pasqualino: Siete bellezas (Lina Wertmuller, 1975), Daughters of the Dust (Julie Dash, 1991), El pequeño Tate (Jodie Foster, 1991),  El piano (Jane Campion, 1993), Boys Don´t Cry (Kimberly Peirce, 1999),  Buen trabajo (Claire Denis, 1999), Las vírgenes suicidas (Sofía Coppola, 1999),  Thirteen (Catherine Hardwicke, 2003),  Lost in traslation (Sofía Coppola, 2003), Buda explotó por vergüenza (Hana Makhmalbaf, 2007),  Lirios de agua (Céline Sciamma, 2007),  Siete mesas de billar francés (Gracia Querejeta, 2007), XXY (Lucía Puenzo, 2007),  Madre (Mabel Lozano, 2007),  LOL (Lisa Azuelos,2008), En tierra hostil (Kathryn Bigelow, 2008), Home, ¿dulce hogar? (Ursula Meier, 2008),  Fish Tank (Andre Arnold, 2009),  El último verano de la boyita (Julia Solomonoff, 2009),  Winter’s Bone (Debra Granik, 2010),  Tenemos que hablar de Kevin (Lynne Ramsay, 2011),  Joven y alocada (Marialy Rivas, 2012),  La bicicleta verde (Haifaa Al Mansour, 2012),  Inch’Allah (Anaïs Barbeau-Lavalette, 2013),  Selma (Ava DuVernay, 2014), Un monstruo en mi puerta (July Jung, 2014),  Mustang (Deniz Gamze Ergüven, 2015),  Línea de meta (Paola García Costas, 2015),  Diario de una chica adolescente (Marielle Heller, 2015), Toni Erdmann (Maren Ade, 2016), Rara (Pepa San Martín, 2016),  Lady Bird (Greta Gerwig, 2017), El viaje de Nisha (Iram Haq, 2017),  Verano 1993 (Carla Simón, 2017),  Cafarnaúm (Nadine Labaki, 2018),  Carmen y Lola (Arantxa Etxebarría, 2018),  Conociendo a Astrid (Pernille Fischer Christensen, 2018),  Atlantique (Mati Diop, 2019), La inocencia (Lucía Alemany, 2019),  The Farewell (Lulu Wang, 2019), Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019), Las niñas (Pilar Palomero, 2020),  Nunca, casi nunca, a veces, siempre (Eliza Hittman, 2020).

Pues bien, a ese listado (a buen seguro incompleto), se suma hoy la directora estadounidense Sara Colangelo y su atrevida película del año 2018, La profesora de parvulario, en realidad una adaptación de la película homónima israelí del año 2014 dirigida por Nadav Lapid. Curiosamente es un “remake” con pocos años de diferencia, pero lo cierto es que ambas obras están a la altura de este estudio psicológico de una maestra que llega demasiado lejos para proteger la rara sensibilidad poética de uno de sus pequeños alumnos, una obra que resulta perturbadora por la ambigüedad de la que envuelve a su protagonista, y por las preguntas que deja sin responder sobre los límites de la docencia y el potencial nocivo de superarlo. 

Lisa Spinelli (descomunal Maggie Gyllenhaal) es una maestra de parvulario de Staten Island, quien combina su pasión por la educación infantil con su alma de poeta, de forma que asiste a unas clases nocturnas de poesía con el profesor Simon (Gael García Bernal). Un día escucha a uno de sus alumnos de 5 años recitar un poema que llama su atención y comienza a interesarse por el inusual talento del pequeño prodigio. Este niño de origen indio se llama Jimmy Roy y conoce que sus padres están peleados por su custodia. Es así como Lisa se obsesiona por el poder creativo de Jimmy y arriesga su vida familiar, su libertad y hasta su profesión para intentar que el niño desarrolle su talento. Incluso le da al niño su teléfono para que le recite los poemas que surgen de su mente, poemas con los que Lisa triunfa en sus clases de poesía nocturna. 

La profesora le dice al padre de Jimmy: “Creo que tenemos a un pequeño Mozart. Tiene un don, señor Roy. El nivel de poesía que escribe está muy por encima de los normal a su edad”. Y el padre le contesta: “Quiero ayudar a mi hijo y, sobre todo, si disfruta con esto. Quiero que a mi hijo le vaya bien en la escuela, que sea listo, pero también que tenga una vida normal. Que gane dinero y que sea práctico”. Y a medida que avanza el metraje esa relación profesora y pequeño alumno se hace un poco más incómoda a cada paso. Y llega a convencer al padre de que se pueda hacer cargo de su hijo en los ratos que él no puede, logrando expulsar a su cuidadora habitual. Y en esos momentos acude con Jimmy a museos de arte moderno, al teatro, a recitales de poesía. Y más adelante Lisa también logra que expulsen a su ayudante de clase, y ello porque Jimmy le expresa afecto en un poema y crea su celotipia. Tal es la obsesión que vuelca hacia él, que casi ignora a sus hijos mayores. Y cuando Simon, el profesor de poesía, descubre lo que está ocurriendo le expresa algo que sentimos los propios espectadores: “Deberías dejar la clase, Lisa. Me incomoda que presentes obras que no son tuyas. Todos los artistas toman cosas de otros, pero lo que tú haces…, no sé, es otra cosa. Estás explotando a un niño. Dañaste la confianza de toda la clase, toda la ética. No entiendo qué pretendes. No, no está claro lo que haces”. 

Y esa búsqueda de Lisa por proteger el talento de su joven alumno de parvulario le llega a cometer actos cada vez más difíciles de entender. Incluso intenta secuestrarle, aunque confirmamos que no era su intención, sino protegerle para cuidar de su don para la poesía y que no pase desapercibido. 

Es así que La profesora de parvulario explora temas como la frustración vital, la crisis creativa, las contradicciones del sistema educativo y los delicados límites entre profesores y alumnos, entre docentes y dicentes. En el original bajo la dirección de un hombre, Nadav Lapid, quien obtuvo el premio a Mejor director en el Festival Internacional de Cine de Buenos Aires; en la copia bajo la dirección de una mujer, Sara Colangelo, quien obtuvo el premio a Mejor directora en el Festival de Sundance. Y en ambos casos (original y copia) poesía y prosa, realidad y psicología se dan cabida en esta especial historia alrededor de los dones y la felicidad de los niños superdotados y la dificultad de ser respetados por las personas que les rodean.

Y con La profesora de parvulario seguimos rompiendo el techo de cristal y algunos tabúes. 

  

sábado, 15 de julio de 2017

Cine y Pediatría (392). Continuará..."En la casa"


Que el cine francés (y en francés) tiene un plus de calidad es algo que venimos defendiendo en Cine y Pediatría hace mucho tiempo. Y hoy acude un ejemplo más, de un director del que ha hemos hablado en este foro. Porque François Ozon es indudablemente uno de los grandes exponentes del cine europeo contemporáneo, con una filmografía con títulos más que destacables y laureados en el mundo como Amantes criminales (1999), Gotas de agua sobre rocas calientes (2000), 8 mujeres (2001), La piscina (2003), Potiche: Mujeres al poder (2010) o Joven y bonita (2013), obra ya analizada en Cine y Pediatría como la sexualidad de una adolescente en cuatro estaciones. Pues este "enfant terrible" del cine francés y europeo nos regaló un año antes la película En la casa (2012), libre adaptación de la obra "El chico de la última fila" del dramaturgo español Juan Mayorga, escrita en el año 2006 y que juega con la teatralidad, algo que a Ozon siempre le ha atraído.

En la casa narra la historia de Germain (Fabrice Luchini), un escritor frustrado y un profesor de literatura harto de la mediocridad de su curso (“¿Hay algo más triste que enseñar literatura en el bachillerato?", “Lo peor no es su ignorancia, es su futuro”, piensa), que se ve iluminado por la sorprendente creatividad y por el talento del chico de la última fila de clase, quien entrega un trabajo relatando su fin de semana: su ingreso en una casa de "una familia normal" que le ha obsesionado durante meses, perteneciente a uno de sus compañeros de curso y en el que describe a la madre con “el inconfundible olor de la mujer de la clase media”. El alumno se llama Claude (Ernst Umhauer) y lo que empezó como un ejercicio aislado se convierte con el tiempo en una serie de entregas literarias donde va relatando sus experiencias dentro de la casa de su amigo Rapha (Bastien Ughetto), al volverse estratégicamente el amigo que le ayuda en matemáticas, y recibiendo de él una confianza ciega.

Y la acción transcurre en tres ámbitos, con la voz en off de Claude como nexo de unión. El primer ámbito es el que transcurre en la casa de su amigo Rapha, un buen chico estrábico que vive con sus padres de clase media, y en donde la madre (Emmanuelle Seigner) pasa a ser una especia de musa para nuestro protagonista. El segundo ámbito son las confesiones que Germain realiza a su esposa (Kristin Scott Thomas), propietaria de una galería de arte por nombre "El laberinto del Minotauro", a través de los progresivos escritos del alumno sobre aquella familia. Y, finalmente, las escenas protagonizadas por Claude y Germain, alumno y maestro, mano a mano de lecciones recíprocas, intenso y arrogante combate de genios que pugnan por discernir la realidad de la ficción, lo bueno de lo malo, lo artístico de lo mundano, la literatura de la perversión. Una relación más allá del alumno y y su Pigmalión en la que este chico de 10 años le dice a su profesor: "Usted es un sultán. Yo soy su Sherezade".

Una novela, la de Mayoral, que parte de una anécdota como profesor de la asignatura de matemáticas, y que el guión de la película logra transmitir esa patina de "master class" del suspense haciendo alarde de eso que se llama la “obra dentro de la obra”. Mezcla de realidad y ficción, donde los miembros de la familia se convierten en los personajes de una novela en construcción y donde lo que se busca, al final, es sorprender al lector. Una novela en la que cada nuevo capítulo termina con la expresión "....Continuará". Y en la que, curiosamente, apenas sabemos nada de la familia de nuestro protagonista: solo que la madre les abandonó a él y al padre, quien en una escena apreciamos que está inválido.

Una película con un guión inquietante, acompañado de una música inquietante de Philippe Rombie (quien también participó de la música de Joven y bonita), y que nos devuelve unas cuantas preguntas. Porque la literatura, de alguna manera, es el arte del voyeur en la que se decide pausar nuestra vida y rutinas para dedicarnos al conocimiento de otras historias, dentro de otras casas. Cuando uno lee cualquier obra de ficción está siendo el ojo detrás de la cerradura, está siendo Claude mirando por la ventana indiscreta.

La película En la casa logra preservar la credibilidad de sus errantes personajes con diálogos hilarantes, con un duelo interpretativo que mantiene la curiosidad del espectador y frases de este calado: "La gran pregunta es : “¿Cómo es la casa de una familia normal?”, “Es mejor descargarse con palabras que incendiar autos”, “Sentarse atrás en la clase es lo mejor, ves todo sin que nadie te vea”, “Por cómo maneja el control del televisor se nota que es el jefe de familia”, “La vida sin historias no vale nada”, “No hay un gramo de arte en esta casa, le tiras una poesía y es como una bomba atómica”, “Ni siquiera la lluvia baila descalza”, “La primera pregunta que debe hacerse un escritor es: ¿para quién escribo?”.

Y en la parte final nuestro joven protagonista va en busca de un final para su historia. Y este colofón: "El Sr. Germain lo había perdido todo: su mujer, su trabajo. Pero ahí estaba yo, dispuesto a contarle una nueva historia... Continuará".