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lunes, 15 de junio de 2026

Terapia cinematográfica (22). Prescribir películas para combatir la problemática del trabajo y explotación infantil

 

El trabajo infantil es toda actividad laboral realizada por niños, niñas o adolescentes que perjudica su desarrollo, su salud o su educación, o que les priva de su infancia y dignidad. La explotación infantil es una forma más grave de abuso, en la que el menor es utilizado de manera abusiva o forzada, a menudo vulnerando sus derechos, por ejemplo mediante trabajos peligrosos, esclavitud, trata, explotación sexual o actividades delictivas. Los dos implican una violación clara de sus derechos y su protección, pero la explotación infantil es un paso más grave e ilegal si cabe. 

El trabajo infantil afecta a casi 140 millones de niños, niñas y adolescentes de 5 a 17 años en 2024-2025, según la OIT y UNICEF, incumpliendo la meta de erradicación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible pactados para 2025. Esta explotación viola derechos fundamentales y perpetúa ciclos de pobreza, teniendo en cuenta que el trabajo infantil priva a los niños de infancia, potencial y dignidad, y que es perjudicial para su desarrollo físico, mental, social y moral. Las peores formas abarcan esclavitud, trata, prostitución, pornografía, reclutamiento armado y drogas. 

El cine ha tratado el trabajo infantil y la explotación infantil sobre todo como un problema de pobreza estructural, violencia y pérdida de la infancia, no solo como un drama individual. Lo ha hecho a través de ficciones realistas, cine social, neorrealismo y documentales de denuncia, con frecuencia situando a los niños en la calle, en fábricas, en minas, en plantaciones o en redes de explotación sexual. 

Pero hoy vamos a intentar hablar y prescribir de películas sobre el trabajo y explotación infantil que ya forman parte del proyecto Cine y Pediatría. Y es así que desde esta sección de Terapia cinematográfica hoy recogemos 7 películas argumentales al respecto, desde títulos clásicos a modernos, desde películas de realismo social a documentales. Estas películas son, por orden cronológico de estreno: 

- Oliver Twist (David Lean, 1948), para revivir el trabajo infantil y el maltrato institucionalizado en una Inglaterra sumida en la convulsa Revolución Industrial. 

- Los olvidados (Luis Buñuel, 1950), para denunciar la desigualdad sobre esos “olvidados” de la infancia y adolescencia cada vez más numerosos que dio a luz el desarrollismo de la opulencia. 

- El polaquito (Juan Carlos Desanzo, 2003), para conocer a nuestro Oliver Twist a ritmo de tango alrededor de la estación central de Buenos Aires. 

- Sombras del tiempo (Schatten der Zeit, Florian Gallenberger, 2004), para enfrentarnos a un retrato arquetípico de la esclavitud infantil desde Calcuta, entre el trabajo y la prostitución infantil. 

- Ángeles del sol (Anjos do sol, Rudi Lagemann, 2006) , para denunciar la explotación sexual de niñas en Brasil, basado en una serie de relatos reales de prensa. 

- Los herederos (Eugenio Polgovsky, 2008) , para adentrarnos en silencio en el retrato del trabajo infantil en zonas agrícolas y montañosas de México. 

- Slumdog Millionaire (Danny Boyle, 2008) , para conocer a esos verdaderos perros callejeros en las infancias desfavorecidas de la India. 

Siete películas argumentales para adentrarnos en las muchas caras del trabajo y maltrato infantil a lo largo del mundo, una lacra que cuesta tanto erradicar. 

Se puede revisar el artículo completo en este enlace o en este otro.

sábado, 28 de febrero de 2026

Cine y Pediatría (842) “A Kind of Childhood”, infancias muy diferentes

 

Nuestra película de hoy comienza con esta reflexión inicial de partida: "Imaginen un mundo donde el concepto de infancia tal como lo conocemos carece de sentido. Imaginen un mundo donde los niños apoyan a sus padres, donde la comida y la supervivencia son lo más importante, donde el trabajo es solo una parte más del crecimiento. Esto es Daca, Bangladesh". Esta voz en off desafía las nociones occidentales de infancia y presenta el enfoque del filme en realidades cotidianas en otros entornos. Es la película documental bangladesí A Kind of Childhood (Tareque Masud, Catherine Masud, 2002) y en la que descubrimos que se ha seguido durante seis años la vida de varios niños trabajadores en las calles y fábricas de Daca, explorando el trabajo infantil en el contexto de la pobreza urbana extrema. Una obra que combina intimidad personal con denuncia social, habiendo ganado el Premio del Jurado en el International Video Festival de India de aquel año. Su enfoque longitudinal ofrece una visión muy particular de la transición de la niñez a la adultez bajo condiciones de explotación laboral. 

El trabajo y la explotación infantil siguen campando a sus anchas en demasiados países, especialmente en el denominado segundo y tercer mundo, pero también en los demasiados núcleos de pobreza que persisten en países del primer mundo y emergentes. Nuestras últimas películas en Cine y Pediatría dan buena fe de ello: desde Polonia, Los niños de la estación de Leningradsky (Hanna Polak, Andrzej Celinski, 2004), desde India, Los niños del barrio rojo (Ross Kauffman, Zana Briski, 2004) y Children of the Pyre (Rajesh S. Jala, 2008), y desde México, Los herederos (Eugenio Polgovsky, 2008). Todas con carácter documental, al igual que nuestra película de hoy, que nos traslada a Bangladesh, un país con 177 millones de habitantes, y en concreto a su capital, Daca, con una población que supera los 20 millones. Fundada como fortaleza mogol en 1610, fue capital de la colonia británica desde 1905 y de Pakistán Oriental en 1947, sigue siendo el centro económico desde 1971, tras la independencia, con rápido crecimiento urbano. Ha pasado casi un cuarto de siglo desde la grabación de A Kind of Childhood, pero nos documentamos que en Daca persisten slums (asentamientos urbanos informales y densamente poblados) masivos donde converge migración rural y pobreza urbana, con altos niveles de trabajo infantil: hasta el 15% de menores entre 6-14 años no están escolarizados y trabajan un promedio superior a las 40 horas semanales, principalmente en industria textil (dos de cada tres son niñas trabajadoras). Porque aún hoy se tiene en ese país (y en otros muchos) la percepción cultural de que el trabajo infantil es necesario para la supervivencia.     

De hecho, en la capital bangladesí, slums como Korail albergan millones de migrantes pobres, donde niños trabajan en condiciones peligrosas, vinculándose directamente al tema de A Kind of Childhood, que entrelaza las historias de niños y niñas de Dhaka y se nos muestra su rutina diaria de largas horas de trabajo, merodeados por el hambre y el riesgo físico. Lo que se dice una infancia muy diferente la de crecer en Daca… 

Son varios los niños y niñas que aparecen, pero es Idris nuestro personaje central, y vemos su recorrido en esos seis años, de niño a adolescente. Nos cuenta cómo pierde su trabajo inicial en una fábrica textil por una campaña contra el trabajo infantil y pasa a ser ayudante en el transporte público (el “tempo”, como se nombra en la película, esos particulares rickshaws), mientras intenta continuar su educación en la escuela pública (un lugar tan desvencijado como su casa o su entorno): "Mi gran deseo es poder estudiar. Yo mismo trabajo, tengo esperanza de mantener bien a mi padre con un trabajo". Sus padres están separados, la madre se fue y el padre se encuentra inválido y no puede trabajar, por lo que él es el sustento. Su sueño es ser conductor de estos tempo, vehículos de tres ruedas, y para ello no duda en maquillarse bigote para parecer mayor y poder conducir el motocarro y que la policía no le pare y pida la licencia. 

Pero también aparece Shuli y su hermana pequeña, quienes venden collares de flores en las calles, y cuya madre le dice: “No quiero que no seas educada como yo. Mi sueño es que vayas a la escuela y consigas un futuro brillante”. Y sueñan con que ser doctoras algún día: "Quiero estudiar para que todos nos respeten... Así podré mantener a mi madre". También conocemos a Joshin, ese chico más pequeño que Idris y que le ayuda como asistente en los tempo, quien, tras un accidente con este inseguro medio de transporte, se fractura el brazo izquierdo; y la reflexión no se hace esperar: "Dos amigos murieron así... Después de eso, mi padre no me dejó ir más allí". Y con el tiempo el propio Idris tiene otro accidente más tarde y le hace dejar este oficio… pero también su reflexión final de querer dejar la ciudad. 

Y con Idris alejándose por el camino, termina la historia con esta reflexión final: “Después de unos meses de lucha para adaptarse a la vida del pueblo, Idris regresó a su antigua vida de trabajo en el tempo en Daca. Durante una reciente ofensiva gubernamental contra la contaminación urbana, los viejos tempos fueron retirados de la calle e y Idris se vio obligado a aceptar otra profesión: tirar de rickshaw”. Una nota más de lo difícil que es cambiar el destino… 

Es A Kind of Chilhood un documental que muestra el sufrimiento por el trabajo infantil y el robo de estas infancias, pero sin explorar los sentimientos. La cámara nos permite observar los entornos reales (las calles, los basureros, los talleres, las casas, las escuelas,…), sin manipular las imágenes ni tampoco los testimonios, que rezuman autenticidad. Una película íntima y no sensacionalista, que evita el morbo mostrando dignidad en la resiliencia infantil, con tomas cercanas que humanizan a los protagonistas sin explotar su sufrimiento. 

Y del que podemos extraer un buen número de mensajes clave: la realidad del trabajo infantil (el círculo pobreza, incultura, explotación es inexorable, allí donde los menores trabajan en condiciones peligrosas, robándoles educación y salud en un país con cerca de 700.000 niños y niñas trabajadores en Daca), la complejidad familiar de estas sociedades (donde hay familias dependen económicamente de los sus hijos pequeños, revelando un ciclo de pobreza donde el trabajo infantil es visto como supervivencia, no elección), y esa lucha entre resiliencia y explotación (porque estos mantienen sueños de futuro pese a la adversidad). 

Porque frente al trabajo infantil debemos promover una responsabilidad compartida en la lucha contra la explotación de estos menores. Y por ello estas películas son tan necesarias, como documental social y ético, un pequeño germen frente a esta realidad invisibilizada en el primer mundo.

 

sábado, 21 de febrero de 2026

Cine y Pediatría (841) “Children of the Pyre”, el trabajo infantil rodeado de muerte y fuego

 

Rajesh S. Jala es un cineasta documental indio, nacido en Cachemira en los años 70, con una trayectoria centrada en historias de personas marginadas y contextos de conflicto social. Lleva trabajando en cine desde mediados de los años 90 y ha dirigido, entre otros títulos, Cradle by the Stream (2008), Floating Lamp of the Shadow Valley (2006), Beyond Tradition (2009), At the Stairs (2011), y, más recientemente, The Spark (2023). Su filmografía es poco conocida en nuestros lares, pero hoy quiero destacar una película impactante: Children of the Pyre (2008). 

En el comienzo de Children of the Pyre ya se nos advierte que las imágenes pueden herir la sensibilidad del espectador. Y así es, porque este documental de 75 minutos sigue durante 18 meses la vida de siete niños de la casta Dom (intocables) que trabajan en el crematorio Manikarnika Ghat, el más activo de Varanasi, a orillas del Ganges (allí donde alrededor de 150 cuerpos se queman cada día). Las entrevistas realizadas a Revi, Yogi, Manish, Sunil, Ashik, Kapil y Gagan, adolescentes de entre 10 y14 años, nos sumergen en este trabajo en el que voltean cadáveres en piras de madera, avivando fuegos y robando sudarios para revenderlos, en jornadas interminables bajo humo tóxico y violencia de adultos. Cruel maltrato infantil junto a la muerte y el fuego como trabajadores infantiles en un crematorio indio. 

El film se fundamenta en un rodaje extenso e inmersivo, con más de 100 horas de material que permiten adentrarnos a la intimidad de estos niños; cámara cercana que captura gestos, silencios y lenguaje corporal, priorizando su interioridad sobre explicaciones externas. Somos espectadores de sus peleas por los sudarios, de sus sueños truncados (la falta de educación, la falta de futuro), sus miedos a fantasmas, el alcoholismo familiar y breves momentos de camaradería o juego, contrastando con el ritual hindú de cremación para la salvación (moksha). 

Una grabación estética poética y evocativa, con esos primeros planos con piras ardientes de fondo, paleta de colores contrastada (con el rojo del fuego omnipresente) y música tonal que logran crear una textura visual especial. Pero también una grabación dura, con el trasfondo de la muerte y los cuerpos preparados para la cremación. Como duros son los mensajes que nos devuelven estos siete niños y adolescentes: “He estado quemando cuerpos desde los 5 años. Habré quemado unos 1000 cuerpos”, “Si sientes tanta lástima por mí, mándame un cheque de 5000 rupias cada mes a mi casa y lo dejaré todo”, “Queremos que muera más gente para ganar más dinero”, “Los de casta alta no quieren ni siquiera mi sombra sobre ellos. Si lo hago, me despedazarán”, “Esperan que la gente muera y roban sudarios de las piras para revenderlos, mientras ven cuerpos humanos y animales flotando en el Ganges: es un día normal”,... 

Son varios los mensajes que nos dejan Children of the Pyre, pero destacamos tres: 1) la denuncia del trabajo infantil, aquí en los espacios sagrados de Manikarnika, lugar de peregrinación hindú, donde alrededor de 300 niños realizan labores extremas (fuego, humo, cadáveres) en un entorno de miseria; 2) la persistente discriminación de castas, donde los Dom, intocables hereditarios, siguen enfrentándose a su bajo estatus pese a la modernización del país, donde persiste la ignorancia hacia los vulnerables; 3) la resiliencia para mantener ese difícil equilibrio entre la vida y la muerte, en esta historia real que oscila entre infierno laboral y la vitalidad infantil (camaradería, sueños), cuestionando la relatividad de la niñez y la triste aceptación de la brutalidad social. Y cuyo visionado nos permite viajar a otros países y otras culturas, donde el poder del documental humaniza a estos niños trabajadores "invisibles", donde pobreza y discriminación está arraigada en este contexto cultural que también nos invita a conocer sus rituales de muerte. 

Porque en Manikarnika, la muerte es rutina y negocio, y la vida, un lujo que casi ninguno de nuestros siete protagonistas puede permitirse. La infancia de estos niños se quema al mismo ritmo que las piras: juegan, ríen y fuman a la sombra de la muerte, pero nunca pueden alejarse de ella. Rodeados de fuego y ceniza, estos niños han aprendido que el cuerpo humano puede ser mercancía, pero su dignidad no debería serlo. La aparente dureza de este documental (bromear con los cadáveres, desear más muertos) es una coraza: si sienten demasiado, no sobreviven; si se anestesian del todo, dejan de ser niños. Culmina la película exponiendo cómo la discriminación de casta y pobreza que perpetúan el ciclo laboral desde la infancia. 

Con Children of the Pyre, la misión del director Rajesh S. Jala, fue doble: documentar sin filtros la vida de siete niños que trabajan en un crematorio y, a la vez, usar el impacto de la película para cambiar realmente sus condiciones de vida. Porque tal como se describe al final, a raíz del documental, se puso en marcha el “Project Bhagirathi” para mejorar la vida de los niños que trabajan en ese crematorio. Jala colaboró directamente con donantes para lograr que los siete niños protagonistas pudieran dejar el trabajo en las piras y asistir a la escuela. 

Porque en entrevistas y retrospectivas de su obra, Jala insiste en que el arte, para él, no es solo estética, sino una herramienta para compartir historias realistas y llamar la atención sobre problemas que requieren ser abordados. Children of the Pyre encaja plenamente en esa ética: convierte la mirada del espectador en responsabilidad, y su misión como director no termina al apagar la cámara. Su impacto radica en la representación no sensacionalista de un entorno infernal, destacando la resiliencia infantil frente a la muerte constante.

 

sábado, 31 de enero de 2026

Cine y Pediatría (838) “Los niños de la estación de Leningradsky”, infancias ultrajadas en Moscú

 

Nuestra película de hoy tiene algo de particular. No es un largometraje al uso, sino un cortometraje documental de tan solo 35 minutos de duración. Pero es tal la contundencia de sus imágenes y mensajes, que no podemos de dedicarle un post exclusivo. Hablamos del cortometraje polaco Los niños de la estación de Leningradsky (Hanna Polak, Andrzej Celinski, 2004) que retrata, con un estilo directo y sin comentarios en off, la vida cotidiana de un grupo de niños y adolescentes sin hogar que malviven en la estación de tren de Leningradsky, en Moscú. Y está claro que no es un descubrimiento, pues ya fue en su momento nominado al Óscar al mejor cortometraje documental. Es una obra dura, de fuerte impacto emocional, que funciona a la vez como denuncia social y como interpelación ética al espectador frente a la infancia excluida en la Rusia postsoviética. 

El film sigue a más de una docena de niños y niñas, de entre 8 y 14 años, que duermen en la estación, túneles, escaleras o alcantarillas, sobreviviendo mediante mendicidad, pequeños robos, prostitución y consumo de pegamento o alcohol para soportar el frío, el hambre y la violencia. Estos niños y niñas nos hablan y cuentan sus vivencias y experiencias, su (oscuro) pasado, su (duro) presente y su (ausente) futuro, y por orden de aparición son Sasha (8 años), Christina (11 años), Roma (12 años), Misha (13 años), Andréi (10 años), Yules (14 años), Tania (14 años), Artur (13 años), Zorina (13 años), Serguéi (12 años), Yuva (14 años), Andréi (13 años) y Andréi (12 años). 

En lugar de narración explicativa, son los propios menores quienes cuentan, en breves entrevistas y comentarios a cámara, sus historias de abandono, familias marcadas por el alcoholismo y la violencia, la muerte de hermanos o amigos y los episodios de brutalidad policial. He aquí algunas de sus escalofriantes manifestaciones: “Me fui de casa porque mis padres se emborrachaban y me pegaban… He apuñalado dos veces a mi padre en la barriga con un cuchillo mientras estaba borracho y me pegaba”, “Voy por ahí pidiendo dinero. Yo no quiero ponerme a robar”, “Me violaron cuando tenía 11 años… Después mi madre se volvió adicta a las drogas. Empecé a odiarlo todo en el mundo y me fui de casa”, “Los niños se van con esos pedófilos y luego se arrepiente porque enferman. Porque cogen la sífilis o el sida”, “Como empieces a esnifar pegamento, se acabó. Lo esnifas una y otra vez”. Y esta contundente reflexión final de Misha: “Dios cree en la gente y la ayuda. Quiere a todo el mundo, incluso a las malas personas. No solo a los niños. Quiere incluso a los chechenos. Pero sobre todo, quiere a los niños”

Son solo 35 minutos de metraje que dan mucho de sí. Porque es tal el bombardeo de desgracias y ultrajes a la infancia, que se hacen muy largos… y muy duros. Porque el documental subraya la dimensión estructural del problema: se habla de decenas de miles de niños sin hogar en Moscú (en torno a 30.000 viviendo en calles y estaciones; unos 100.000 que huyen cada año de hogares rotos por pobreza, alcohol y maltrato), conectando las biografías individuales con una crisis social masiva. 

Vale la pena analizar las características de la grabación, en la que se pueden destacar cuatro aspectos del estilo cinematográfico: 1) observacional y minimalista: la película adopta un enfoque de “cine directo” que nos sumerge en esa cruda realidad, con esa cámara a ras de calle, presencia prolongada con los niños, montaje a base de escenas breves y fragmentarias, casi sin contextualización histórica o política explícita; 2) primacía del testimonio infantil: no hay voz adulta analizando la situación; la banda sonora verbal son los relatos de los propios niños, con su lenguaje coloquial, sus juegos y sus plegarias, lo que confiere una fuerte autenticidad y al mismo tiempo expone su extrema vulnerabilidad; 3) estética cruda sin subrayados: las imágenes muestran consumo de sustancias, violencia, heridas, frío y suciedad, donde el impacto procede del contraste entre la cotidianeidad de lo filmado y la gravedad de lo que ocurre; 4) brevedad e intensidad: porque en solo 35 minutos condensa un mosaico de escenas de gran carga emocional, lo que ha generado elogios por su fuerza y también críticas que la acusan de ser demasiado impactante y poco contextualizada. 

Y su visionado, nos permite reflexionar sobre algunos de sus mensajes: 1) la visibilización de los “niños invisibles”: porque saca a la luz una población infantil literalmente expulsada del espacio doméstico y simbólicamente expulsada del imaginario colectivo ruso, a pesar de vivir en el corazón de la capital; y donde la estación, espacio de tránsito, se convierte en su hogar permanente; 2) el fracaso del entramado familiar y estatal: las biografías remiten a hogares devastados por pobreza, alcoholismo y violencia, y a una red de protección institucional insuficiente, que deja a estos menores en manos de la calle, de la policía o de explotadores sexuales, expulsados a mendigar o robar; 3) la normalización de la violencia y la muerte: los niños relatan detenciones, palizas, muertes por frío, sobredosis o asesinatos con un tono casi rutinario, como parte del paisaje de su vida, lo que transmite la interiorización de la precariedad extrema; 4) la interpelación moral internacional: el film se inscribe en una corriente de documentales que señalan las consecuencias humanas de las transiciones postsoviéticas, advirtiendo que el colapso económico y la reestructuración neoliberal han tenido como víctimas más visibles a la infancia pobre. 

La circulación internacional (incluida la nominación al Óscar) de esta película amplifica esa llamada de atención más allá de Rusia. Porque la situación de los niños sin hogar en Moscú persiste como un problema estructural, aunque con cifras más bajas que en los años 90 y 2000 gracias a intervenciones estatales y ONGs, pero agravada por la guerra en Ucrania y la crisis demográfica. Las estimaciones varían ampliamente debido a la falta de datos oficiales actualizados, pero donde se estimas entre cientos de miles y varios millones en toda Rusia, concentrados en ciudades como Moscú, San Petersburgo, Novosibirsk, Ekaterimburgo, Vladivostok o Volgogrado. Factores como alcoholismo familiar, pobreza y migración interna siguen impulsando el abandono infantil. 

Y es que la infancia es un indicador social de un país, un termómetro de la salud moral y política de la sociedad. Porque una ciudad (y un país) que es capaz de tolerar miles de menores viviendo en estaciones y alcantarillas revela un profundo deterioro del tejido social. A pesar de la oscuridad, el film deja entrever gestos de cuidado entre los propios niños, momentos de juego y reflexiones sobre Dios, el amor o el futuro, que actúan como recordatorio de una humanidad que persiste incluso en condiciones límite.
 

sábado, 27 de diciembre de 2025

Cine y Pediatría (833) “Los niños del barrio rojo” fotografían la explotación infantil


El trabajo y la explotación infantil representan una grave violación de los derechos de la infancia, afectando a millones de niños en todo el mundo que son privados de su educación, salud y desarrollo integral. Esta problemática surge principalmente de la pobreza extrema, la falta de acceso a servicios básicos y conflictos sociales que obligan a los menores a trabajar en condiciones peligrosas. Entre las formas comunes se encuentra el trabajo doméstico y esclavitud (millones de niños confinados en hogares para tareas agotadoras, expuestos a abusos), el trabajo forzoso en minas y agricultura, pero también la explotación sexual (se cuenta en cerca de dos millones de menores, principalmente niñas, obligadas a trabajar en la prostitución o pornografía). 

Y sobre esto último indaga esta película documental estadounidense titulada Los niños del barrio rojo (Ross Kauffman, Zana Briski, 2004). Una película que sigue a la fotógrafa Zana Briski en el distrito Sonagachi de Calcuta, quien se adentró aquí para realizar un reportaje de la prostitución de este barrio. Fue entonces cuando conoció a los hijos e hijas de estas prostitutas y se propuso enseñarles el arte de la fotografía y la grabación para que documentaran su dura realidad y ayudarles a escapar de la pobreza. Y les intentó salvar por el arte y la educación, pues la idea final era buscarles escuelas y asilos para separarles de ese ambiente hostil y pernicioso, aunque fue muy complicado que admitieran en las instituciones a la fratria de las trabajadoras sexuales. 

El director Ross Kauffman y la fotógrafa Zana Brinski (artífices de todo el proyecto, dirección, guion y fotografía) capturan la vida cotidiana de ocho niños en este barrio rojo de Calcuta: son Avijit, Shanti, Suchitra, Manik, Gour, Puja, Tapasi y Kochi. Ellas y ellos miran a la cámara y reflexionan sobre su vida y aspiraciones: “Vivo aquí con mi abuela porque mi madre no puede cuidar de mí. MI padre intentó venderme. Si mi hermano no llega a venir por mí, mi padre me habría vendido. Me preocupa poder acabar como ellas (las protitutas)”; “Ojalá pudiera llevarme a Puja de aquí. Cuando crezca, acabará en las calles, se drogará, robará dinero a la gente”; “La madre de Suchitra ha muerto. Pero su tía quiere enviarle a Bombay a hacer la calle… quiere que sea prostituta”. Ellos no son actores o actrices, son niños y niñas de ese barrio rojo plagado de prostitución. 

Zana les presta cámaras para fotografiar su mundo de miseria, adicciones y violencia. El color y la miseria de ese barrio de Calcuta consiguen que se transformen en imágenes poéticas de calles, animales y madres prostitutas. Fotos que se exhiben en Calcuta y también en Nueva York, atrayendo atención y fondos para enviarlos a internados y sacarlos de los burdeles. “Mi objetivo ahora es recaudar dinero para ellos, utilizando sus propias fotografías”. A pesar de rechazos escolares, abusos familiares y el riesgo de prostitución, se intenta que con una educación formal puedan romper ese ciclo generacional de prostitución: abuelas prostitutas, madres prostituta, hermanas prostitutas, hijas prostitutas,… 

Y a lo largo de esta película se mezclan las declaraciones de los menores con sus propias imágenes captadas por la cámara. Una película que tiene por título original Born Into Brothels: Calcutta's Red Light Kids, del que se derivan los problemas asociados a estos menores nacidos en los burdeles, al menos tres graves: uno sobre la explotación sexual, donde las personas (adultos y menores) pueden ser obligadas a trabajar en condiciones de esclavitud; otra sobre la trata de personas, algo muy asociado a la industria del sexo; y una tercera no menos importante, como es la salud pública, pues estos lugares son un foco de enfermedades de transmisión sexual. 

El colofón a las historias de estos ocho menores deja alguna esperanza, aunque menor de lo que deseáramos: “Avijit volvió a Calcuta y decidió entrar en la escuela Futuro Hope. El padre de Manik no le dejó ir a la escuela. La madre de Puja la sacó de la escuela Sabera. Shanti dejó la escuela Sabera por decisión propia. Gour todavía viven en casa y espera ir a la universidad. Tapasi se escapó de casa y fue a la escuela para niños de Sanlaap. La tía de Suchitra se negó a dejarla salir del burdel. Kochi decidió quedarse en Sabera, es feliz y le va bien. En honor de las mujeres y niños del barrio rojo”. 

Una película digna de un cine fórum y de desentrañar sus principales mensajes. He aquí algunos: 1) que el arte puede funcionar como una salvavidas: en nuestro caso, la fotografía empodera a estos menores marginados, transformando su percepción de sí mismos y abriendo puertas a la educación y dignidad; 2) que la indiferencia hacia los marginados es sistémica en India (y en la mayoría de los países) y expone el abandono estatal y familiar que perpetúa la explotación sexual infantil en comunidades pobres.; 3) que queda el poder de la resiliencia humana, casi la única tabla de salvación para muchos, donde los niños demuestran un talento innato para sobrevivir y resguardan esquinas de esperanza pese al horror que les rodea. Y que también nos invita a conocer el proyecto “Kids with Cameras”, ONG creada por Zama Briski y que se basa en usar la fotografía como herramienta para transformar vidas de niños en entornos de riesgo, similar al trabajo inicial en India, pero que puede alcanzar a otros países. 

Así pues, Los niños del barrio rojo fotografían la explotación sexual infantil en India, donde la pobreza extrema es el factor principal que empuja a familias rurales a vender o enviar a sus hijas a ciudades con promesas falsas de educación o empleo, terminando en burdeles. El sistema de castas discrimina a dalits (también conocidos como "intocables" o parias, el grupo social más marginado en el sistema de castas tradicional de India) y tribus, exponiéndolos a abusos sistemáticos y trata, con más de 15 millones de niñas y niños dalits en semiesclavitud sexual o laboral. En India, ya el país más poblado del planeta Tierra, el sesgo contra las niñas provoca infanticidios, abortos selectivos (12 millones en tres décadas) y matrimonios infantiles (47% de mujeres antes de la mayoría de edad), haciendo a las menores vulnerables a la prostitución hereditaria. Porque la dote y la inferioridad cultural convierten a las niñas en "carga económica", facilitando su venta por traficantes. 

Una triste realidad que cabe fotografiar para denunciar y mejorar. En todos momento, pero también en estas fechas alrededor de la Navidad. Con esta historia de hoy, ocho menores casi logran salvarse… pero son millones.

 

sábado, 20 de diciembre de 2025

Cine y Pediatría (832) “Los herederos” que no heredarán la tierra…


El trabajo infantil ha afectado históricamente a millones de niños y niñas, impulsado por la industrialización en Europa y Estados Unidos durante los siglos XVIII y XIX, donde menores de 10 años trabajaban hasta 16 horas diarias, lo que llevó a las primeras leyes reguladoras como la Factory Act de 1833 en Gran Bretaña. Hoy persiste como problema global pese a ciertos progresos, con 138 millones de niños de 5 a 17 años involucrados en 2024, incluyendo 54 millones en trabajos peligrosos, fallando el objetivo de erradicación para 2025 establecido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), agencia especializada de la ONU. El Convenio 138 de la OIT fija 15 años como edad mínima general (18 para trabajos peligrosos), pero muchos menores de 12 años trabajan en agricultura, minería, trabajo doméstico forzado y explotación sexual. 

África subsahariana lidera el trabajo infantil con la mayor incidencia, donde más de uno de cada cinco niños de 5-17 años trabaja, principalmente en agricultura, minería y pesca, afectando a unos 59 millones. Asia-Pacífico ha reducido su tasa casi a la mitad desde 2000, pero aún suma una gran mayoría de los casos, con niños en trabajos agrícolas y manufactura. Por países, las violaciones graves están encabezadas por la República Democrática del Congo, Etiopía, Myanmar, Chad o Camboya. Pero es un problema demasiado presente aún…donde el cine ha sido testigo, tanto en películas de ficción como películas documentales. 

Ya en Cine y Pediatría hemos revisado algunas películas de ficción desde distintas nacionalidades: desde Italia, Ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica, 1946); desde Francia, Mouchette (Robert Bresson, 1967); desde Estados Unidos, En busca de Bobby Fisher (Steven Zaillian, 1993); desde Argentina, El Polaquito (Juan Carlos Desanzo, 2003); desde Alemania (pero ambientada en la India), Sombras del tiempo (Florian Gallenberger, 2004); desde Irán, Las tortugas también vuelan (Bahman Ghobadi, 2004); desde Reino Unido, Oliver (Roman Polanski, 2005); desde Brasil, Ángeles del sol (Rudi Lagemann, 2006); desde Estados Unidos, El triunfo de un sueño (August Rush) (Kirsten Sheridan, 2007); desde Reino Unido (pero ambientada en la India), Slumdog Millionaire (Danny Boyle, Loveleen Tandan, 2008); desde Paraguay, 7 cajas (Juan Carlos Maneglia y Tana Schémbori, 2011); desde Reino Unido (pero ambientada en Brasil), Trash, ladrones de esperanzas (Stephen Daldry, Christian Duurvoort, 2014); desde Irán, Hijos del Sol (Majid Majidi, 2020). Pero hoy vamos a pasar al género documental, más directo y donde las imágenes hablan por sí mismo.              

Y hoy vamos a referirnos a la película documental mexicana Los herederos (Eugenio Polgovsky, 2008), cuyo director también es guionista y fotógrafo de este proyecto, que es un retrato de la lucha diaria por sobrevivir de diferentes comunidades rurales y familias mexicanas (de los estados de Guerrero, Nayarit, Oaxaca, Sinaloa, Puebla y Veracruz), donde los niños y niñas comienzan a trabajar desde pequeños (la mayoría escolares), crudas realidades que son reflejo de aquellas de sus ancestros, donde una generación tras otra permanece atrapada en un ciclo perpetuo de pobreza. 

Eugenio Polgovsky (1977-2017) fue un cineasta mexicano especializado en documentales que exploraban la vida rural, la pobreza y las tensiones entre naturaleza y civilización en México. Nacido en Ciudad de México, inició su carrera como fotógrafo autodidacta y estudió dirección y cinefotografía en el Centro de Capacitación Cinematográfica. Polgovsky dirigió, fotografió y editó documentales observacionales sin narración, enfocados en realidades marginadas. Su ópera prima fue Trópico de Cáncer (2004), alrededor de la supervivencia en el desierto de San Luis Potosí, pero también incluye Mitote (2012), sobre diferentes viviencias en el Zócalo de Ciudad de México o Resurrección (2016), la historia de la desaparición de El salto de Juanacatlán, un lugar considerado antiguamente “las cataratas del Niágara mexicanas”, y que en las últimas décadas fue devastado por la contaminación industrial. Falleció joven en Londres y su hermana, Mara Polgovsky, compiló su obra en el libro "Eugenio Polgovsky: La poética de lo real", destacando su mirada poética y humanista. Sus filmes generaron debates en importantes festivales de cine alrededor del trabajo infantil y la pobreza. Y una buena muestra de ello es Los herederos. 

Empieza con un fundido en negro bajo el sonido de una nana en un idioma indígena: “Que no despierte mi pequeñito, que no despierte mi dulce sueño…”. Ahí comienzan tres años de rodaje cámara en mano condensados en 90 minutos de un retrato del trabajo infantil sin diálogos, sin narración ni entrevistas y que nos traslada a la vida cotidiana de niños y niñas en ocho zonas agrícolas y montañosas de México. Muestra a estos menores trabajando desde edades tempranas en tareas como cosechar y arar el campo, recoger tomates, maíz, pimientos o judías verdes, pastorear, tejer, fabricar ladrillos, cortar leña, cocinar, cuidar hermanos o tallar alebrijes (estas artesanías principalmente de Oaxaca que combinan elementos de animales reales e imaginarios, pintadas con colores vibrantes y alegres, y que actúan como amuletos frente a los malos espíritus). Algunas veces trabajan solos, otras acompañados de adultos. Trabajan sin cesar, con ahínco, creen en lo que hacen y por qué lo hacen: por sobrevivir. Apenas hablan, solo trabajan, cada uno su función, sin protestar, sin una pizca de procrastinación (esa lacra de nuestra sociedad del Primer Mundo, donde tenemos de todo y en exceso). 

El filme sigue el ritmo implacable de sus jornadas laborales, desde el amanecer hasta el agotamiento, capturando momentos de esfuerzo físico intenso sin caer en la victimización explícita. Los niños y niñas aparecen como seres curiosos, alegres y diligentes, interactuando con la naturaleza y sus familias en un México profundo marcado por la ausencia de escuela y oportunidades. Un trabajo generalmente sin horario… para salir adelante de la pobreza. Al final, llega la noche y festejan, bailan y juegan como niños y niñas, como debiera ser… pero no es. 

En Los herederos confirmamos que el trabajo infantil es normalizado en contextos rurales, allí donde la dignidad humana persiste en la adversidad, mostrando resiliencia y afecto familiar más allá de la compasión externa. Y esta obra genera debate sobre explotación infantil al dignificar sin moralismo, cuestionando discursos institucionales y preconcepciones urbanas sobre el campo. Y nos invita a reflexionar sobre responsabilidad social, políticas educativas y económicas para romper ciclos de desigualdad, posicionándose como memoria cinematográfica junto a clásicos que también causaron desasosiego y enfado en la sociedad mexicana muchos años antes, como Los olvidados (Luis Buñuel, 1950).  

No confundir este título con otras películas con similar título, Los herederos, bien como título original o traducido al español. Y aquí encontramos una película argentina (dirigida por David Stivelen 1970), una película austríaca (dirigida por Stefan Ruzowitzky en 1998), otra película mexicana (dirigida por Jorge Hernández Aldana en 2015) y una película mexicana (dirigida por Pablo de la Barra en 2024), todas con igual título, pero muy diferentes argumentos. Porque solo es en nuestra película de hoy de Eugenio Polgovsky, testigo silencioso de una cruda realidad, es donde estos herederos no heredaran la tierra…

 

sábado, 11 de junio de 2022

Cine y Pediatría (648) “Hijos del sol” y esclavos del trabajo



"Esta película está dedicada a los 152 millones de niños trabajadores y a todos aquellos que luchan por sus derechos en el nombre de Dios”. Así comienza Hijos del sol (Majid Majidi, 2020), una película más del contundente cine iraní alrededor de la infancia y que publica un día antes de celebrar el Día Mundial contra el Trabajo Infantil. Este día se celebra cada 12 de junio para recordar y denunciar los millones de niños de todo el mundo (tantos como 1 de cada 10) que se dedican a algún tipo de trabajo peligroso o en el que son explotados, por lo general a expensas de su salud y su educación y, sobre todo, de su bienestar general y desarrollo. En este año 2022 el lema es “Protección social universal para poner fin al trabajo infantil”. 

Ya hemos hablado varias veces en Cine y Pediatría de las peculiaridades del cine iraní, de esa gravedad y autenticidad que se vislumbra en lo estético, en lo temático y en lo narrativo. Y, especialmente de esa reflexión que nos devuelve en los ojos de sus niños y niñas protagonistas, en su mayoría no actores, sino personajes reales de la calle. Y entre sus directores destacan Abbas Kiarostami, Jafar Panahi, Abolfazl Jalili, Bahman Ghobadi, Marziyeh Meshkini, los varios miembros de la familia Makhmalbaf y también Majid Majidi. Y es este último director el que hoy nos convoca con sus Hijos del sol, al igual que hace años lo hiciera con dos películas alrededor de su particular paraíso, con títulos como Niños del paraíso (1997) y El color del paraíso (1999). Porque el veterano Majid Majidi retoma aquí su interés por reflejar las duras condiciones de los niños de la calle de Teherán, los niños trabajadores y los refugiados afganos en Irán.  

Es Hijos del sol una odisea infantil, con parte de cine de aventuras y parte de suspense, que fue seleccionada por Irán para competir en los Óscar en la categoría de Mejor película internacional. En ella conocemos al niño de 12 años, Alí (Roohollah Zamani, premiado en el Festival de Venecia como mejor actor emergente), y a sus tres amigos (Abolfazl, Reza y Amad), quienes sobreviven haciendo trabajos en un desguace de coches y cometiendo pequeños delitos para conseguir dinero rápido y poder ayudar a sus familias. En un giro de los acontecimientos, Alí recibe el encargo de un capo de encontrar un tesoro oculto bajo subterráneo al que solo se puede llegar por el sótano de un colegio. Para ello recluta a sus amigos, pero antes de empezar la misión deben matricularse en este colegio, por nombre Escuela del Sol, una institución caritativa que intenta educar a niños sin hogar y que está ubicada cerca de donde se halla el tesoro. 

Es la Escuela del Sol un peculiar colegio para niños sin hogar, niños explotados expuestos a toda clase de daños sociales y donde se les intenta ayudar a gestionar sus emociones para evitar conflictos y actos violentos, para sacarles de la calle. Y en realidad, nuestros amigos cumplen ese perfil, pues cuándo les preguntan por sus padres, el de Ali murió (y ahora su madre está postrada y enferma en la cama de un hospital), el de dos de sus amigos son adictos a drogas y el del otro está en la cárcel. Pero el primer día Ali ya tiene una reyerta con otros chicos del colegio y son expulsados; por fortuna, un profesor les readmite de nuevo. Y ahí resuenan la recriminación de la niña Zahra (Shamila Shirzad), hermana de Abolfazl y vendedora ambulante en el metro: “¿Así es como cuidas de mi hermano?, ¿te das cuenta de lo que has hecho?, ¿sabes lo que nos harán como la escuela se entere? A ti nada, claro, pero nosotros somos afganos. Nos mandarán a un campo de refugiados y luego nos echarán del país”. 

Los cuatro amigos se dedican a excavar en los sótanos en los tiempos que las obligaciones de la escuela les permite, un día tras otro. Y a medida que pasan los días y avanza el túnel, conocemos un poco más a sus protagonistas y los avatares que rodean la institución. Porque llegan a cerrar y desalojar el colegio por impago del alquiler, aunque profesores y alumnos saltan la verja. Y Alí casi se queda solo en el empeño, hasta poner en peligro su vida y darse cuenta de que todo era un engaño y, en realidad, aquel tesoro solo era un alijo de droga que se les había caído por la alcantarilla y querían recuperar, sin importar nada o nadie, sin importar la vida de estos chicos de la calle, que son continua carne de cañón. 

Y ese timbre de escuela que ya no llama a ningún alumno del abandonado colegio Escuela del Sol sirve de colofón a esta dura obra del cine iraní, en la que es la décima cinta de Majid Majidi, una propuesta emotiva a la par que dura. Porque son varios los núcleos conflictivos que nos presenta la película Hijos del Sol: la pobreza, la injusticia, la criminalidad, el racismo, el trabajo infantil y… la realidad. Una realidad que nos devuelve la espontaneidad de sus jóvenes protagonistas, una muy buena fotografía de Hooman Behmanesh y una sencilla banda sonora, a manos de Ramin Kousha, que sintoniza perfectamente con algunas de las escenas más destacables. Una denuncia en tono de fábula donde hay un tesoro, un héroe, un ogro y una sorpresa final. La búsqueda del tesoro es un “macguffin”, algo con lo que mantener toda la acción en movimiento, pero es en el resto de las subtramas de la película donde cabe escarbar. 

Porque la infancia es para el cine iraní como los superhéroes para el actual cine norteamericano. Es el sujeto imprescindible, el héroe de las mil caras al que le sucede todo, desde ¿Dónde está la casa de mi amigo? (Abbas Kiarostami, 1987) a este Hijos del sol, pasando por El espejo (Jafar Panahi, 1997), Las tortugas también vuelan (Bahman Ghobadi, 2004), o Buda explotó por vergüenza (Hana Makhmalbaf, 2007), entre otras. Y hoy, con motivo del Día Mundial contra el Trabajo Infantil, hemos hablado de Hijos del sol, que algunos han realizado algún parangón con la conocida Slumdog Millionaire (Danny Boyle, Loveleen Tandan, 2008).
     

 

sábado, 11 de diciembre de 2021

Cine y Pediatría (622) “Ángeles del sol” y la noche de la prostitución infantil

 

La semana pasada llegó a Cine y Pediatría la primera película portuguesa, puro cine de crítica social, con Listen (Ana Rocha, 2020).  Y hoy seguimos también con la crítica social de la cinematografía en portugués, si bien de un país como Brasil que ya está presente en nuestro proyecto con películas tan potentes como Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, Kátia Lund, 2002),  El año que mis padres se fueron de vacaciones (Cao Hamburger, 2006), Mi planta de naranja lima (Marcos Bernstein, 2012) y  El mundo y el niño (Alê Abreu, 2013).  Todas ellas películas con una interesante reflexión alrededor de las infancias desde varias ópticas. Al igual que la película que hoy nos convoca: Ángeles del sol (Rudi Lagemann, 2006), una dura visión de la prostitución infantil fundamentada en una serie de relatos de prensa y que aquí se centra en la historia de María (Fernanda Carvalho), una niña de 12 años que, después ser vendida por sus padres, se ve envuelta en una red de prostitución infantil en un periplo que va de la selva amazónica a la gran urbe. 

Todo comienza bajo los acordes de una hermosa música clásica de cuerda, mientras un extraño hombre, por nombre Sr. Tadeau, llega a la isla donde María, esa niña de pelo corto, es vendida por sus padres, como antes lo fuera otra hermana. Los padres las venden para que consigan un futuro mejor, pero la realidad es muy otra…y quizás no sean ajeno a ello. Porque escondidas en un camión, María llega con otras adolescentes a la casa de Madame Nazaré: “Estoy aquí para ayudaros”. Tras un baño y nueva ropa, son subastadas a los hombres que acuden a esa casa. Y María e Inés son compradas por el Sr. Lourenzo, quien, tras violarlas, las envían a un club en medio de la selva amazónica. Las primeras lágrimas de María aparecen cuando vislumbra cuál va a ser en realidad su futuro. 

En la pequeña población amazónica de Socorro y en el club de alterne Casa Roja les recibe el encargado, Sr. Saraiva, quien arenga a estas dos chicas: “A partir de hoy tendréis una nueva vida. Tendréis cada una vuestro cuarto. Y más: os alimentaré, os vestiré, os daré medicinas y perfumes. Y todo lo que necesito es que os acostéis con mis clientes. ¿Fácil, verdad?.. Ah, y no tengáis ninguna idea de intentar huir”. Saraiva anuncia por megafonía a la población la llegada de nuevo material, tras lo cual se santigua ante una imagen de la virgen. Y él es el primero en probar ese “material”. Y la posterior escena del pasillo pasando clientes, nos hace sentir sin ver. “Me duele mucho y me siento sucia”, nos dice María entre lágrimas; y deciden huir, pero acaban capturadas tras ser perseguidas con perros de presa, y recibir un brutal castigo que acaba con la vida de Inés y con la inocencia de María. 

Sin otro remedio, María se acopla a la vida en la Casa Roja, donde el proxeneta Saraiva les engatusa con la compra de una televisión para ver fotonovelas o el propio Campeonato de Fútbol (posiblemente el del año de 2002 celebrado en Corea del Sur y Japón, y que ganara Brasil en la final contra Alemania). Y nos parece tan paradójica esa escena donde chicas y clientes cantan ensimismados el himno nacional, ajenos a toda la vergüenza que les rodea. Apenas una sonrisa esboza María en toda la película, pero esta dura poco cuando se entera que una compañera no está enferma de malaria, sino de sida, y la hacen desaparecer. Y está claro que, en este negocio fraudulento y vil, la compra de preservativos no forma parte del propósito su dueño. 

Con la llegada del Sr. Lourenzo al club, el primer comprador y violador de María, nuestra protagonista decide huir de nuevo con la ayuda de su compañera Celeste, con la que comparte uno de los escasos momentos de ternura. Y logra llegar a Río de Janeiro y encontrarse con la Sra. Vera, amiga de Celeste. Pero en realidad es otra madame de la prostitución - quien le dice: “Bienvenida a la Ciudad Maravillosa” – y le cambia el nombre (ahora se llamará Isabella Ferreira do Santos, nombre de una joven fallecida cuyo nombre se encuentran en la lápida del cementerio) y también de look, incluida peluca que tape su pelo corto que a tantos sorprende. Y es así como cambia la selva amazónica por la selva de la gran ciudad, el megáfono del club por las citas de internet de la gran urbe. Por ello, vuelve a huir… 

Y su huida es con destino es a ninguna parte. Y por ello, cuando el camionero que la recoge le pregunta por su nombre, ella responde: “Isabela”. Y aquí, en los créditos finales, aparece este mensaje:Esta película está basada en hechos reales descritos en artículos periodísticos en la prensa brasileña y por organizaciones no gubernamentales. Reportaje publicado por la Secretaría Especial de Derechos Humanos en enero de 2005, denunciando la explotación sexual comercial de niñas y adolescentes de 937 municipios brasileños. Se calcula que 100.00 niñas y adolescentes son actualmente explotadas sexualmente en Brasil”. 

Y por ello, Ángeles del sol es una película que va más allá de la simple crítica cinematográfica y que atesora su valor en el poder de denuncia a la explotación sexual de niñas en Brasil (pero cuyo problema se extiende en toda Latinoamérica). Esta película brasileña quizás no llegue a la contundencia del magnífico film sueco Lilja 4-ever (Lukas Moodysson, 2002), pero si es superior a muchas otras que se han acercado a este peligroso abismo, y en ambos casos sus protagonistas femeninas tienen mucho que ver con ese brillo: Oksana Akinshina en la obra sueca, Fernanda Carvalho en la actual. Porque Ángeles del sol nos sumerge en la terrible noche de la prostitución infantil, un mal que acaece en los cinco continentes y que hace que más de tres millones de menores caigan en redes de prostitución, lacra íntimamente asociada a la pobreza y la orfandad. 

 

sábado, 20 de marzo de 2021

Cine y Pediatría (584). “En busca de Bobby Fischer”, jaque mate a la inocencia


Un libro, una miniserie y una actriz nos han enrocado de nuevo en ese milenario juego que es el ajedrez. La novela de Walter Tevis del año 1983, “The Queen´s Gambit”, ha servido de guión para la serie de la que todo el mundo habla, Gambito de Dama, la miniserie más famosa (y premiada) del año 2020 en la plataforma Netflix (galardones compartidos con la serie The Crown). Y ello para honra de Anya Taylor-Joy, esta joven actriz de sangre británica, argentina, española y zimbabuense , quien se come la pantalla con su camaleónica belleza, sus dotes interpretativas y una personalidad que invita al misterio en el papel la genial ajedrecista Beth Harmon, un personaje ficticio que parece muy real. 

Se dice que el poema épico persa Shahnameh (“Libro de los reyes”) es la primera mención conocida del origen del ajedrez, a través de una historia o leyenda del poeta indio Fedrousí, y que tiene su origen en el juego denominado como chaturanga, cuyo nombre significa “cuatro divisiones” en referencia a las cuatro piezas que simbolizan las unidades del ejército indio. Estas son las más antiguas del juego y corresponden a los actuales peones (para la infantería), caballos (caballería), alfiles (elefantes) y torres (carros) de la versión moderna del juego. Pero lo cierto es que el ajedrez es solo el integrante más internacional de una vasta familia de juegos similares entre los que se incluyen el shogi japonés, el xiangqi chino o el makruk tailandés. La razón de esta gran diversidad se puede atribuir en parte a las grandes rutas comerciales euroasiáticas (principalmente la Ruta de la Seda) y en parte a los imperios musulmanes de la Edad Media. 

Los registros históricos demuestran que el ajedrez era ya un pasatiempo internacional a mediados de la Edad Media. Es a finales del siglo XV cuando el ajedrez se volvió especialmente popular en Europa y cabe trasladarse al año 1834 para tener conocimiento del primer campeonato internacional conocido entre el británico Alexander McDonnel y el francés Louis-Charles de la Bourdonnais, que se erigió en el primer campeón del mundo de ajedrez, aunque fuera todavía un título no oficial. Le sucedió el británico Howard Staunton, que tuvo un papel muy importante a la hora de estandarizar las piezas y reglas del juego y promocionar el ajedrez a nivel internacional. Todo ello ayudó a homogeneizar el juego y a dar un carácter oficial los campeonatos y federaciones de ajedrez en la segunda mitad del siglo XIX. 

La llegada de las dos guerras mundiales y posteriormente de la Guerra Fría dio otra vuelta de tuerca al juego y lo convirtió no solo en un deporte intelectual, sino en una batalla política. Las décadas de los años 50 y 60 vieron un dominio absoluto de los jugadores de la URSS: entre 1951 y 1969, todos los campeones mundiales fueron ciudadanos soviéticos y se llegaron a organizar dos torneos cuyo nombre era “La Unión Soviética contra el resto del mundo”, en las que esta se enfrentó a un equipo de jugadores internacionales y ganó en ambas ocasiones. 

Y es así como en los 7 capítulos de Gambito de Dama acompañamos a Beth Harmon al recuerdo de los grandes campeones, como José Raúl Capablanca (apodado “el Mozart del ajedrez” desde su Cuba natal), Mijail Tal, Tigran Petrosian, Anatoli Karpov (y sus duelos emblemáticos con Garri Casparov), Bobby Fischer (quien llegara a vencer en el “encuentro del siglo” a Boris Spassky), o los más recientes, como el búlgaro Vaselin Topalov, el indio Viswanathan Anand o el actual, el noruego Magnus Carlsen. 

Pero antes de esta mítica serie, hubo una película que reflejó la historia real de del neoyorquino Joshua Waitzkin, niño prodigio del ajedrez (y luego de las artes marciales) que padeció lo que es criarse con un don extraordinario. Porque el destino del niño prodigio asusta y más si este niño tímido quería remedar a su ídolo – y el de tantos americanos – que no era otro que Bobby Fischer. La película es conocida como En busca de Bobby Fischer (Steven Zaillin, 1993) y está basada en el libro “Searching for Bobby Fischer”, libro escrito por su padre, Fred Waitzkin

La película comienza con la voz de nuestro niño protagonista remedando la pasada historia de su ídolo: “… Si ganaba, sería el primer campeón del mundo estadounidense. Si perdía, sería un desgraciado más de Brooklyn. En la jugada número 40 de la vigésimo primera partida, contraatacó el alfil al rey 6 de Spassky con un peón a torre 4. Y lo derrotó. A su vuelta era un héroe estadounidense. Presumió ante el mundo de que derrotaría a los rusos, y lo logró. Ahora podría exigir tanto dinero como los mejores boxeadores. Fue invitado a cenar con jefes de estado y con reyes. Después, Bobby Fischer hizo la jugada más original e inesperada de todas. Desapareció”. 

De niño, aprendió de los ajedrecistas de Washington Square, especialistas callejeros, sin otra formación que la picaresca ni más recursos que su inteligencia natural. Al descubrir el don del pequeño Josh Waitzkin (primer papel de Max Pomeranc), se plantea el temprano debate entre su padre Fred (Joe Mantegna), quien le estimula su talento y le busca la mejor formación posible, y su madre Bonnie (Joan Allen) que desea que tenga un niñez normal, y sus consejos hablan por ella: “Tienes un gran corazón. Y es lo más importante de este mundo”. 

El encuentro con el profesor y entrenador Bruce Pandolfini (Ben Kingsley) y sus peculiares métodos de enseñanza, marcan un antes y un después para todos: “Pretender que un niño quiera ganar y no prepararlo bien, es un error”. Y el padre viaja con su hijo por el país de campeonato en campeonato: “Mi hijo tiene un don”. Pero los problemas comienzan a aparecer, tanto en el colegio (donde los profesores se preocupan de que el ajedrez roba espacio al estudio) como en el propio Josh, quien a los 7 años ya vive inmerso en una responsabilidad que no corresponde, y en el miedo de decepcionar a su padre, a quien llega a decir: “Quizás sea mejor no ser el mejor. Así puedes perder y no pasa nada”. 

Porque el daño está asegurado cuando un niño es sometido a un exceso de responsabilidad y competitividad. Y es la madre la que percibe mejor todo esto y acaba enfrentándose tanto al entrenador como a su marido, a quien le dice: “Josh no tiene miedo a perder. Tiene miedo a perder tu cariño… Sé que te ha decepcionado. Sabe que lo consideras débil. Pero no lo es. Es noble. Y si tú o Bruce o cualquier otro trata de echárselo a la cara, juro por Dios que me lo llevaré”. Y porque, como bien reflexiona el entrenador de otro niño ajedrecista: “Sabes que por más cosas que le enseñes a un niño, al final son lo que son”. Y así es, son niños. Y ese es su gran valor. 

Y el valor aumenta cuando es una historia real. Y eso lo confirmamos con el colofón de la película, estrenada cuando él tenía 17 años: “Joshua Waitzkin todavía juega al ajedrez. Hoy es el jugador menor de 18 años con mayor puntuación en los Estados Unidos. También juega al béisbol, baloncesto, fútbol y fútbol americano, y en verano sale a pescar. En septiembre de 1992, Bobby Fischer salió de su reclusión para desafiar a su rival, Boris Spassky. Después de ganarle, volvió a desaparecer”. 

No es la primera vez que en Cine y Pediatría tratamos la polémica que surge alrededor de los niños prodigio, y la polémica de respetar su infancia y cultivar su don extraordinario. Y el ajedrez es un claro ejemplo, y sirvan algunos ejemplos de jugadores que se convirtieron en Grandes Maestros antes de que cumplieran 15 años: el ucraniano Serguéi Kariakin (quien ostenta el récord al conseguirlo a los 12 años y 7 meses), el indio Rameshbabu Praggnanandhaa, el noruego Magnus Carlsen, el chino Wei Yi, el estadounidense Samuel Sevian, el húngaro Richard Rapport, el filipino Wesley So, el francés Etienne Bacrot o el peruano Jorge Cori, entre otros muchos. Es importante que en este camino no se dé jaque mate a la inocencia de sus infancias. 

Y para cerrar el círculo cabe comentar que la actriz Anya Taylor-Joy nunca había jugado al ajedrez; tuvo que pasar muchas horas practicando la manera profesional de mover las piezas con el excampeón del mundo Gari Kaspárov y el afamado entrenador estadounidense Bruce Pandolfini, contratados para asesorar en el rodaje de la película. Y así es como ficción y realidad se entrecruzan en el tablero de ajedrez.

 

sábado, 20 de julio de 2019

Cine y Pediatría (497). "Ladrón de bicicletas", ladrón de infancias


Durante la posguerra italiana, un hombre que ha conseguido con dificultad un trabajo ve cómo, al serle robada su bicicleta, su futuro y el de su familia está en peligro. ¿Cómo es posible con este sencillo argumento crear una obra de arte? Preguntemos al Neorrealismo italiano

El Neorrealismo italiano apareció a mitad del siglo XX como consecuencia de la postguerra y de la necesidad: al estar los estudios Cinecittà destruidos por los bombardeos, los directores de cine sacaron las cámaras a las calles destruidas rodando lo que veían y utilizando frecuentemente actores no profesionales, con lo que cambió radicalmente la forma de hacer cine. Se inició en 1945 con Roma, ciudad abierta, una obra maestra de Roberto Rosellini y cuenta con otras grande películas como El limpiabotas (Vittorio de Sica, 1946), La terra trema (Luchino Visconti, 1948), Juventud perdida (Pietro Germi, 1948), Vivir en paz (Luigi Zampa, 1948), Arroz amargo (Giuseppe de Santis, 1949), La Strada (Federico Felini, 1954) o El empleo (Ermanno Olmi, 1961). En estas películas quedó reflejado, como un auténtico documento histórico, la Italia triste y hambrienta de la postguerra, cine denuncia de las condiciones de vida miserables y en el que desaparecen los finales felices.

Ya en Cine y Pediatría hemos compartido una película de este movimiento, Alemania, año cero (Roberto Rosellini, 1948), película que subtitulamos como el deterioro moral de la infancia.  Pues del mismo año, y quizás con un subtítulo que podría ser similar, aparece otra joya de este movimiento, la película que hoy nos convoca: Ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica, 1948), película que supuso el lanzamiento al estrellato de su apenas conocido director, Vittorio De Sica y, más importante aún, la definitiva consagración del Neorrealismo italiano en el contexto cinematográfico internacional. Y una joya testimonial, cuya narración es perfectamente clásica y cíclica: nuestro protagonista sale de la multitud anónima en la primera secuencia y vuelve a ella al final, todo ello fotografiado en un crudo blanco y negro - como la realidad que describe -, casi en tono documental, en un escenario de la posguerra lleno de personajes que, perdidos en su anonimato, impregnan sus carencias por las pobladas y vívidas calles romanas. Película escrita por Cesare Zavattini y De Sica, con un grupo de colaboradores, se basa en la novela de 1946, “Ladri di biciclette” de Luigi Bartolini. Junto con “El limpiabotas” (1946), “Milagro en Milán” (1950) y Humberto D” (1952), el film compone la tetralogía que De Sica y Zavattini dedican a la realidad italiana (por extensión europea) de la posguerra.

La acción tiene lugar en Roma en 1948, a lo largo de unos pocos días, si bien hay escenas que transcurren casi en tiempo real. Antonio Ricci (Lamberto Maggiorani), en paro desde hace más de dos años, consigue a través de la oficina de empleo de su barriada, Città Valmelaina, un empleo municipal de fijador de carteles. Pero para ello se le exige que debe disponer de bicicleta, la cual había empeñado hace poco para poder dar de comer a su familia. Antonio vive con su mujer María (Lianella Carell) y con su hijo de 6 años, Bruno (Enzo Staiola). Y a partir de ahí la bicicleta se convierte en santo y seña de la historia, verdadero elemento nuclear para adentrarnos en esta familia y en esta sociedad de postguerra italiana.

En la primera jornada de trabajo padre e hijo se levantan de madrugada y salen juntos de casa. El padre a su labor, pero el hijo también acude a trabajar como recadero a una estación de gasolina. Poco después de iniciar su primera jornada laboral, roban al descuido la bicicleta de Antonio. Y a partir de ahí la película se convierte en una desesperada búsqueda de padre e hijo por la Roma de postguerra, de Piazza Vittorio a Porta Portese, de centros de acogida a casas de videntes, entre prostíbulos y barrios del hampa, porque esa bicicleta es mucho más que un medio de locomoción, es el medio que les permite mantener un trabajo y salir adelante como familia: “Era una Fides. Modelo ligero 1935”, dice Bruno. Y el amigo que les ayuda en la búsqueda por el mercado les dice: “Mejor, así dividimos el trabajo, porque aquí se desmonta todo… Vosotros dos ocupaos de las ruedas. Tú, de los cuadros, y el chaval de los bombines y de los timbres… Buscaremos pieza por pieza, y después las juntaremos todas”. Y en su angustiosa búsqueda compartimos su angustia. Y en su recorrido, ellos viven (y nosotros somos espectadores) de una cruda realidad social…

Una cruda realidad social en la que los niños trabajaban, sin acudir a la escuela. En la que los padres levantaban la mano a sus hijos: “¿Por qué me has pegado?”, dice Bruno. “Porque te lo merecías”, contesta el padre. Una visión de malos tratos sistemáticos contra la infancia, que incluye los castigos y las amenazas, en un contexto de unión de padre e hijo, como la que tienen Antonio y Bruno: “No pareces un padre… Se lo diré a mamá en casa”, a lo que el progenitor contesta, “En casa haremos las cuentas”. Y que incluye ejemplos no propios de su edad, producto de una filosofía de la vida muy diferente a la actual: “Estamos martirizándonos cuando vamos a morir de cualquier forma”, dice el padre cuando invita a su hambriento hijo a una pizza. “Vamos a olvidarlo todo. Vamos a emborracharnos… Todo tiene remedio, menos la muerte”, le dice sin conciencia, espero, en esa escena del restaurante, donde Bruno no sabe utilizar el cuchillo y tenedor y se fija en el niño de buena clase de al lado, y es cuando Antonio le explica: “Para comer como aquellos de allí, tendríamos que ganar al menos un millón al mes… Come, come, no lo pienses”.

Porque, utilizando como excusa una sencilla historia, la película nos presenta un detallado retrato de la Roma de 1948, cuando habían transcurridos tres años desde la finalización de la II Guerra Mundial. Y vamos transitando por esos barrios derruidos entre las colas del paro y la desesperanza de los parados, entre la presencia en las calles de mendigos y descuideros, entre vendedores furtivos y casas de empeños, entre las colas para tomar el trolebús y las colas de los comedores de caridad, entre prostitutas de verdad y videntes de medio pelo, entre carteles del Giro de Italia y espectadores de fútbol, etc. La narración está hecha con ánimo más documental y testimonial que reivindicativo, pero las imágenes, directas y sinceras, dan testimonio de un país arruinado por la guerra, azotado por la miseria y paralizado por la incapacidad de las instituciones públicas. Y dan testimonio de los hijos de la guerra. Las malditas guerras y su pobreza…, ladrones de infancias.

La autenticidad y realismo que animan esta película son posiblemente las causas por las que éste conserva su frescura y su fuerza, más de 70 años después de su estreno. Una historia es sencilla, simple, casi minimalista, pero directa, conmovedora e intensa; intérpretes no profesionales y creíbles; la fotografía en crudo blanco y negro de Carlo Montuori; una melancólica banda sonora de Alessandro Cicognini, a través de la cuerda y viento, con melodía a cargo del clarinete. Y la dirección de actores de Vittorio de Sica, con ese dueto inolvidable, Lamberto Maggiorani y Enzo Staiola, padre e hijo. 

Y este padre e hijo nos regalan escenas épicas en su búsqueda, como las carreras entre la lluvia y los mercados, la consulta a la vidente, la persecución del ladronzuelo afecto de epilepsia tipo gran mal,… pero sobre todo las escenas finales. Ese padre e hijo sentados en la acera, abatidos y con la reconocible divagación del padre cuando no hay salida. Y todo se precipita ante los ojos atónitos y doloridos de su hijo: esos hijos que sufren todo el mal de los adultos y de la sociedad que les toca vivir… y su grito “¡Papá!, ¡papá!” resuena en nuestro corazón… “Menudo ejemplo para tu hijo, ¡qué vergüenza!”, oyen entre el tumulto que se abalanza. Y ese increíble final con lágrimas en los ojos y las manos de padre e hijo, juntas. Algo así como la simplicidad de las obras de arte. Tan amarga como hermosa. Porque la pobreza es un gran ladrón de infancias.

Ladrón de bicicletas es un hito del cine mundial, uno de los máximos exponentes del denominado neorrealismo italiano y una joya testimonial. El Neorrealismo italiano es importante para el nuevo curso del cine europeo, que a partir de esos momentos volverá su mirada hacia la realidad con nuevos ojos. Las influencias no se hacen esperar en este continente ni en otros directores, pues su sombra e influencia es muy alargada; así, películas como El camino a casa (Zhang Yimou, 1999) y Niños del cielo (Majid Majidi, 1998) se convierten en pequeñas obras maestras con tendencias neorrealistas, donde historias minimalistas sirven para describir la realidad de un contexto. Historias simples, relatos muy humanos donde el tema del amor se hace balsa de salvación ante la adversidad para la infancia.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Cine y Pediatría (256). “Trash”, la basura de la corrupción y la pobreza infantil


Ya conocemos y reconocemos que el británico Stephen Daldry tiene afinidad de rodar con niños y alrededor de historias de la infancia. Lo hizo en lo que fue su debut como director, Billy Elliot (2000), un gran éxito mundial, y también con El lector (2008) o con Tan fuerte, tan cerca (2011). Por eso, por derecho propio, este director ya forma parte de la nómina de los “grandes” en Cine y Pediatría: y así, con Billy Elliot fuimos testigos de un alegato contra los prejuicios y tópicos al ritmo de los deseos por el baile clásico y con Tan fuerte, tan cerca rememoramos la tragedia del 11-S a través de los ojos de un niño, un niño con las capacidades especiales de una persona con trastorno del espectro autista. Y ahora, en el año 2014, nos conmueve con Trash, ladrones de esperanza, al narrarnos una historia sobre la corrupción y la pobreza de los niños en Brasil. 

Y al ver Trash uno no puede por menos que recordar dos fábulas sobre infancias desfavorecidas, verdaderos regalos que nos ha dejado el séptimo arte: Slumdog Millionaire (Danny Boyle, 2009) y Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, 2002). Slumdog Millionaire es un pequeño milagro, pues pocas películas han sido capaces de contar tantas desgracias alrededor de la infancia (pobreza, marginación, delincuencia y prostitución juvenil, maltrato y mafias de niños, etc.) y simular un cuento de hadas en las calles de Mumbai, con un final feliz que despierta una sonrisa y energía positiva. Y Ciudad de Dios, que se ha convertido ya en un título clave del realismo del tercer mundo, un grito de protesta sobre la situación de los niños en las favelas. Trash anexiona elementos de ambas, pero no llega a entusiasmarnos como cada una de las anteriores… y eso que nuestro director contó con el asesoramiento del propio Fernando Meirelles, el cineasta más famoso de Brasil, quien mejor conoce la infancia de su país y la vida en las favelas. 

Como en las dos historias anteriores, también aquí los protagonistas son un trío de adolescentes: Raphael, Gardo y Rat, quienes sobreviven gracias a que escarban cada día en un gran basurero, donde tienen la esperanza de encontrar algunos residuos que les sean útiles, pero que azares del destino les lleva a alzarse contra la corrupción estatal. La fórmula de Daldry, director teatral de prestigio, es conocida: se parte de una novela premiada (o al menos best seller) y un buen guión adaptado, niños y alguna estrella en el reparto, y el objetivo de pisar la alfombra roja de los Oscar como horizonte. Así funcionó con Las horas (basada en la novela de “The Hours” de Michael Cunningham, ganadora del Pulitzer), con El lector (adaptación de ”Der Vorleser” de Bernhard Schlink) y con Tan fuerte, tan cerca (basada en la obra de “Extremely Loud and Incredibly Close” de Jonattan Safran Foe). Y repite la fórmula con Trash, basada en la novela “Trash” que Andy Mulligan escribió en 2010, pero que no transcurre en un país específico, dado que este autor dio clases en Brasil, India, Filipinas y Malasia, por lo que la historia podría desarrollarse en cualquiera de esos países, aunque los productores terminaron inclinándose por Río de Janeiro. Una de las razones de esa elección es que es una ciudad que cuenta con técnicos experimentados y con un gran apoyo al cine por parte del gobierno. 

Dos niños de las favelas de Río, Rafael (Rickson Tevez) Gardo (Luis Eduardo), encuentran una cartera en el basurero donde buscan a diario, pero no se imaginan que este descubrimiento cambiará sus vidas para siempre. Cuando la policía local aparece para ofrecerles una generosa recompensa por la cartera, comprenden que han encontrado algo importante. Deciden recurrir a su amigo Rato (Gabriel Weinstein), y los tres se lanzan a una extraordinaria aventura para intentar quedarse con la cartera y descubrir el secreto que esconde. En el camino, deberán distinguir entre amigos y enemigos, juntar las piezas del rompecabezas para entender la historia, una historia en la que se cruzan dos misioneros estadounidenses que trabajan en la favela, el decepcionado padre Julliard (Martin Sheen) y su joven asistente Olivia (Rooney Mara). 

Y, una vez más, Stephen Daldry consigue con Trash la armonía en el reparto, especialmente por el trío de niños protagonistas, cuyo casting no fue nada sencillo, pues se prolongó durante un año entre miles de niños. Con respecto a Martin Sheen y Rooney Mara, ambos conocen y tiene experiencia con personas como las de la película: el primero lleva casi diez años trabajando con los recogedores de vertederos de Smokey Mountain en Manila y la segunda ha hecho lo mismo en Nairobi. Y es así como el basurero se convierte en el escenario natural (si bien, ante el riesgo potencial, los productores prefirieron construir un basurero propio después de recolectar 2000 metros cúbicos de basura segura a base de plásticos, envases, cartones y papel). 

Y es así como Trash pone la llaga en la basura de la corrupción política y de la lacra de la pobreza infantil en Brasil, uno de los más orgullosos miembros de los BRICS, ese grupo de países erigidos en alumnos aventajados de una globalización, un país que alaba sus supuestos milagros económicos mientras queda tanto por hacer.  Porque en economía internacional se emplea la sigla BRICS para referirse conjuntamente a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, naciones que tienen en común una gran población, un enorme territorio y una gigantesca cantidad de recursos naturales y, lo más importante, las enormes cifras que han presentado de crecimiento de su producto interno bruto y de participación en el comercio mundial en los últimos años, lo que los hace atractivos como destino de inversiones. 

La película Trash. Ladrones de esperanza juega con tres elementos que siempre funcionan en la pantalla: la lucha de clases, el sentido de honestidad de aquellos personajes que no tienen nada y la opulencia codiciosa, que suele ser inseparable de la corrupción económica (y del alma) de quien teniéndolo todo, todavía quiere más. Porque la película, aunque en tono de aventura, parte de una premisa básica: el triunfo del bien sobre el mal. Y queda el mensaje clave: "a pesar de todo, siguieron adelante porque era lo correcto"