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sábado, 19 de diciembre de 2020

Cine y Pediatría (571). “El odio que das” contamina la infancia y a toda la sociedad

 

Thug Life es el acrónimo de la frase “The hate you give Little infants fucks everybody” que significa que el odio que transmites a los más pequeños, nos afecta (en realidad, la traducción literal es nos jode) a todos. Esta frase fue dicha por primera vez por el rapero Tupac Shakur, quien forma parte de esta banda de música Thug Life, y que también tenía por integrantes a Stretch, Big Syke, Mopreme Macadoshis y The Rated R. La banda sacó su único LP titulado “Thug Life: Volume 1” en 1994, y cuando Tupac murió en septiembre de 1996, la banda se disolvió. 

Pues bien, esta introducción es clave para entender una escena de la interesante película que lleva por título El odio que das (George Tillman Jr., 2018)  y que está basada en la novela homónima "The Hate U Give" de Angie Thomas, una joven autora afroamericana cuyo objetivo es sacar a la luz los problemas que enfrentan a muchos afroamericanos en los Estados Unidos y facilitar el entendimiento del movimiento de Black Lives Matter. Y la novela y la película no dejan lugar a concesiones. 

La primera escena de la película nos presenta a la familia afroamericana Carter alrededor de la mesa, donde el padre les da esta aleccionadora charla a sus tres hijos (Starr, Seven y Sekani): “Aunque tengamos que aguantar esto, no olvidéis que ser negro es todo un honor. Descendéis de la grandeza. Este es el Programa de los Diez Puntos del Partido Black Panther. Esta es nuestra Carta de Derechos. Quiero que la aprendáis. Porque os haré preguntas, os pondré a prueba… Conoced vuestros derechos, conocen vuestra vida, ¿entendido?”. Esta conversación tiene lugar cuando nuestra protagonista, Starr, tenía entonces 9 años, su hermano Sekani uno y su hermanastro Seven, 10. 

Y a continuación la película ya nos traslada a una Starr Carter de 16 años (una fantástica Amandla Stenberg), para quien sus padres son su UPV (“única pareja verdadera”). Y allí reconocemos como su padre regenta una tienda de ultramarinos, si bien antes fuera socio de King, primer esposo de su mujer y el padre de Seven, actual jefe de los King Lords, la banda que controla el barrio a través del narcotráfico. Y ese cambio de vida es patente, pues Starr oscila constantemente entre dos mundos: el barrio pobre de Garden Height, en su mayoría afroamericano, donde vive, y el instituto rico de Williamson, en su mayoría blanco, al que asiste. Y el motivo de ese cambio nos lo expone: “En el instituto (de Garden Height) te asaltan, te colocas, te quedas embarazada o te matan. Ya no estudiamos allí…”. Y cambia de registro como un interruptor, entre la Starr de su barrio y la Starr de su instituto: “A veces pienso que no quiero ser una versión de mí misma”. 

Pero este equilibrio incómodo entre esos mundos se hace añicos cuando Starr es testigo de la muerte de su amigo de la infancia, Khalil, a manos de un oficial de policía. Previamente a este hecho ocurre la escena en que oyen rap en el coche y ambos hablan de Tupac Shakur, de la banda Thug Life y del significado de ese acrónimo. Y Khalil le dice: “El odio que dais a los niños, jode a todos. De ahí vienen las siglas. ¿Y qué significa eso? Significa que lo que nos da la sociedad de pequeños vuelve para atormentarnos cuando crecemos y nos volvemos locos”. 

Y durante el funeral de Khalil se conoce que no va a haber investigación policial, y una abogada activista proclama: “Es imposible estar desarmado cuando es nuestro color de piel el arma que temen”. Y a partir de ahí surge toda una espiral que hoy reconocemos bajo el hastag #BlackLivesMatter. Y cuando todo se complica, el padre les hace recordar a sus hijos el punto 7 de Programa de los Black Panther: “Queremos que la brutalidad policial cese de inmediato. Al igual que los asesinos de los negros y de los oprimidos. Por todos los medios necesarios”. Y entonces les dice que lean uno de sus tatuajes, el que pone “Las razones para vivir te dan las razones para morir… Así es, tú, tus hermanos, tu madre, sois mis razones para vivir y para morir. Yo os di el poder en vuestros nombres: Seven, perfección; Starr, luz; Khalil, alegría. ¡Usad el poder!”. 

Porque en su corta vida, Starr ya ha visto morir a dos personas: de pequeña, a una amiga, y ahora a Khalil. Y la imagen de su hermano pequeño, Sekani, blandiendo un revolver para defender a su familia, le hace reflexionar: “No es el odio que tú das. Es el odio que damos todos. Pero podemos romper ese ciclo”. Y al ritmo de la canción “We Won´t” de Arlissa, Starr nos promete que seguirá adelante para iluminar la oscuridad. 

Esa oscuridad que ha acompañado por siglos a los afroamericanos y que tuvo, a mediados del siglo XX, a dos líderes como marca de esa lucha frente a la segregación racial: Martin Luther King y Malcolm X. Ambos luchaban por los derechos civiles de los negros, pero creían en formas distintas de conseguir esa igualdad, la más pacífica frente a la más violenta. Malcolm X fue asesinado en el año 1965 por tres miembros de la Nación del Islam que no estaban de acuerdo con el nuevo rumbo de sus ideas; tres años más tarde, Martin Luther King fue asesinado por un grupo de racistas blancos. Ambos murieron a la misma edad, con 39 años, mientras predicaban los ideales de igualdad y justicia. 

Parece que fue mucho más lo que les unió que lo que les separó. Y entre ambas muertes apareció el Partido Pantera Negra (en inglés Black Panther Party), una organización nacionalista negra, socialista y revolucionaria activa en Estados Unidos entre 1966 y 1982 (y que además tuvo un capítulo internacional en Argelia entre 1969 y 1972) y partían de las ideas de autodefensa de Malcolm X. Una organización que el FBI dirigido por J. Edgar Hoover llegó a declarar al partido “la mayor amenaza interna para la seguridad del país”. 

Porque Malcolm X fue uno de los principales influyentes de este Partido Pantera Negra. Y la ideología inicial del grupo se articulaba en torno al llamado "Programa de los Diez Puntos", y que forman parte nuclear de nuestra película de hoy, donde los integrantes deberían estar de acuerdo con el siguiente programa, memorizarlo y dedicarse a ponerlo en práctica: 
1) Queremos libertad. Queremos el poder para determinar el destino de la comunidad negra. 
2) Queremos pleno empleo para nuestro pueblo. 
3) Queremos el fin del robo por el capitalista a nuestra comunidad negra. 
4) Queremos vivienda decente, adecuada para alojar a los seres humanos. 
5) Queremos educación para nuestro pueblo que muestre la verdadera naturaleza de esta decadente sociedad americana. Queremos una educación que nos enseñe nuestra verdadera historia y nuestro papel en la sociedad de hoy. 
6) Queremos que todos los negros sean exentos del servicio militar. 
7) Queremos un cese inmediato a la brutalidad policial y a los asesinatos de la gente negra. 
8) Queremos libertad para todos los hombres negros recluidos en las prisiones federales, estatales y locales. 
9) Queremos que toda la gente negra llevada a juicio sea procesada por un jurado compuesto de sus iguales, es decir, gente de su comunidad negra, tal y como viene definido en la Constitución de los Estados Unidos. 
10) Queremos tierra, pan, vivienda, educación, ropa, justicia y paz. Y, como nuestro mayor objetivo político, un plebiscito supervisado por Naciones Unidas a celebrar en toda la colonia negra, en el cual solo los sujetos coloniales negros puedan participar, para el propósito de determinar la voluntad del pueblo negro, así como su destino nacional. 

Y con este Programa de los Diez Puntos se inicia esta película tan recomendable como es El odio que das, y donde el padre les hace recordar a sus hijos el punto 7, uno de los más sangrantes. Y donde nuestra Starr intenta romper ese círculo del odio, que impregnó su infancia y que impregna su adolescencia. Buena película y buenas reflexiones. 

Porque de ahí llegamos al Black Lives Matter, este movimiento internacional originado dentro de la comunidad afroestadounidense y que comenzó en 2013, después de la absolución de George Zimmerman por la muerte del adolescente afroamericano Trayvon Martin a causa de un disparo… algo similar a nuestra historia de hoy.

 

sábado, 12 de octubre de 2019

Cine y Pediatría (509). “Genezis” de la intolerancia y la violencia, de la xenofobia


Siempre es emocionante incorporar nuevas filmografías a Cine y Pediatría. Y hoy, por primera vez, recuperamos una película originaria de Hungría: Genezis (Arpad Bogdán, 2018). Tres sobrecogedoras historias basadas en hechos reales que han ocurrido en Hungría y cuyo nexo es la familia, el racismo y la violencia que asolan este país europeo, sumido en una profunda crisis política y social, tres vidas se entrelazan en un país en ruina social. La familia como nexo común, la sociedad como testigo de tres relatos trágicos que ocurrieron en realidad y que se entrecruzan con un estructura narrativa que recuerda al Alejandro González Iñárritu de Amores perros (1999) o Babel (2005) y con un formato de filmación que semeja al estilo de los hermanos Dardenne en Rosetta (1999) o El niño (2005). 

Tres historias en tres capítulos que se apoyan en nociones bíblicas sobre la familia, allí donde la cámara nos somete a planos psicológicos de los protagonistas, que van de primeros planos a primerísimos planos de partes del cuerpo, donde el director escudriña sus personalidades y vivencias bajo una luz esencialmente oscura. Porque la fotografía nos traslada toda la frialdad y soledad de estas vidas y la sociedad en la que sobreviven 

- Capítulo uno: Ricsi. Este niño gitano de 10 años tiene al padre en la cárcel por un robo menor y tiene encomendado cuidar de su madre, con quien vive también su hermana mayor y el marido de ésta. Su madre le cuenta, de forma premonitoria: “¿No sabías que hay un dragón que vive en el bosque? Y respira esta niebla. Así puede esconderse y espiarnos tras ella. El corazón del dragón es frío y blanco. Por eso tiene hambre de la felicidad cálida que hay en nuestros corazones. ¿Oyes sus gritos de hambre?...”. Y la premonición es que son atacados por la noche por ser gitanos, una horda de neonazis con cócteles molotov, perros y armas les queman la casa y matan a su madre, a toda la familia y a él le hieren. 
Duele ver quitar los perdigones incrustados en la piel de su omóplato… y sangra de las heridas durante un tiempo, manchando sus camisetas de sangre. Y duele verle sufrir el bullying en los centros de acogida “Tirad al gitano calvo”…. 

- Capítulo dos: Virá G. Una adolescente que intenta averiguar cuál es su lugar en el mundo, mientras dispara flechas con su arco, frecuenta a un novio de oscuros antecedentes y amistades poco recomendables que tiene una perrera, y lleva en silencio su embarazo. Y su madre le confiesa: “¿Sabes que casi me deshago de ti cuando estaba embarazada? Si tu padre no hubiera estado ahí, no hubieras nacido. Estás vivas gracias a él… Sé lo que te hizo. Es algo imperdonable. Pero estuvo a mi lado, a tu lado. Tengo mucho miedo de acabar sola. Los años van pasando y nadie me necesita”. Unas palabras diferentes a las que le somete la ginecóloga: “Estás embarazada de 10 u 11 semanas. ¿Lo sabe tu madre? ¿Qué vas a hacer? Porque si quieres deshacerte de él, todavía estás a tiempo. Cuánto más esperes, más arriesgado será el aborto. Piénsatelo, tienes una semana”. 
Violencia sobre violencia… y en las noticias de prensa se lee: “Los gitanos viven con miedo”. Y entonces el arco de Virá se tensa y no frente a una diana de entrenamiento. Y pese al hostil ambiente, finalmente acepta la maternidad y le dice a su bebé acariciándose su barriga: “Todo irá bien. Sé que puedes sentirlo. Estoy esperándote, estoy impaciente. Y tendrás que aceptar que no vas a conocer a tu padre. Ese será mi secreto. Pero yo siempre estaré ahí para ti. Siempre, siempre”. 

- Capítulo tres: Hanna. Una bella abogada que no ha superado el fallecimiento de su hija, tiene que seguir defendiendo a asesinos en la cárcel. Y comprobamos como la cicatriz queloidea de la cesárea que le dejó su hija al nacer es mejor que la cicatriz en el corazón que le dejó su pérdida. Su eterna figura hierática esconde una tristeza que explota cuando realiza spinning en su casa, entre las cajas apiladas de recuerdos y esos dibujos infantiles en la pared. 
Y al entrar a un juicio es golpeada por los manifestantes que increpan los asesinatos xenófobos frente a gitanos, donde casualmente el novio de Virá es uno de los atacantes al campamento de los gitanos. Y Hanna no puede más y allí nos llega a confesar: “El día del accidente mi hija hizo un dibujo de mí. Lo llamó “el trabajo de mamá”. Yo llevaba una toga negra. Porque los médicos van de blanco y los jueces de negro. Dibujó una cárcel al lado con barrotes en las ventanas para impedir que los malos salieran…” 

Y al final las tres vidas se entrecruzan, con un final esperanzador: Ricsi recupera a su padre de la cárcel, gracias al apoyo de Hanna; Virá G acepta a su hijo pese a ser madre soltera; Hanna inicia una adopción. Y con ello la intolerancia y violencia se transforma en la génesis de unas nuevas y esperanzadoras vidas, más allá de la xenofobia. 

Y así no deja Genezis, este sobrecogedor alegato contra el rebrote de las intolerancias violentas y las turbias reglas de juego que imperan en el patio trasero de Europa. Tres historias inclementes sobre el racismo enfocado desde puntos de vista y conflictos distintos a la vez que complementarios. Y así es el segundo largometraje del director húngaro Árpád Bodgán, inspirada en un documental que el propio director realizó para la BBC británica sobre el ataque de un grupo de neonazis, en el año 2009, a un campamento de gitanos rumanos. 

Por cierto, a una semana de haber organizado el II Curso Nacional de Tabaquismo en Pediatría, cabe decir que esta película es un claro ejemplo de cómo el tabaco campea por todas partes en la gran pantalla, humo a doquier en demasiadas escenas, que hacen si cabe más válido nuestro documento de compromiso para mejorar el control del tabaquismo en medios audiovisuales (cine, televisión, videojuegos, redes y otros medios).

sábado, 20 de mayo de 2017

Cine y Pediatría (384). "Play" nos pregunta si esto es un juego...


Cuando uno piensa en el cine de Suecia, piensa en primera persona en Ingmar Bergman, un director formado desde el teatro, un icono del séptimo arte que se coló sucesivas veces en los Premios de la Academia, desde Fresas salvajes (1957) hasta Fanny y Alexander (1982), pasando por El manantial de la doncella (1960), Como en un espejo (1961), Gritos y susurros (1972) o Cara a cara (1976). Y luego este cine se hace más distante, con fulgurantes apariciones, algunas revisadas en Cine y Pediatría como Lukas Moodysson, uno de los más audaces, con películas como Fucking Amal (1998), Lija 4-Ever (2002) o Mamut (2009), o Reza Parsa, de origen iraní pero formado en los países escandinavos, y su Antes de la tormenta (2002). En cualquier caso es un cine que refleja una infancia que viene del frío. Y frío, casi helados, nos deja la película sueca Play (Ruben Östlund, 2011). 

Para algunos críticos, Ruben Östlund es la estrella que faltaba desde hacía tiempo en el firmamento del cine sueco. Alguien que sigue su propio camino artístico y al mismo tiempo habla de su época, alguien que se atreve a describir una sociedad de clases cruel en la que un grupo de suecos extorsiona a otros suecos y al que no le duelen prendas la polémica para poner su cámara fija y su gusto por las escenas lentas y fuera de campo. Y es que con la lentitud y parsimonia de esta película (cabe pensar si lo de la cuna en el tren es un mensaje o un macguffin) nos pone fuera de sí, nos hace incluso perder el control. Y ha suscitado debates sobre el abuso de poder, la pobreza, el miedo, la segregación y el odio. 

Play cuenta la historia de una banda de adolescentes procedentes de las clases desfavorecidas que se sirven de los prejuicios sobre ellos mismos (son negros) para extorsionar a niños de buenas familias perdidos en la gran ciudad. Los ladrones juegan con los prejuicios de sus víctimas y el director con los de su público, aunque es difícil saber de parte de quién se está. Y por ello nuestra confusión e incomodidad tras su visionado. Östlund se inspiró en los robos cometidos por adolescentes negros en Gotemburgo y se entrevistó tanto con sus autores como con las víctimas. Explica que lo que le ha marcado más tras hablar con los jóvenes autores de estos delitos es que, a pesar de su corta edad, ya se habían dado cuenta de la imagen estigmatizada del hombre negro. Y han jugado de manera consciente con ello a la hora de crear un sentimiento de amenaza implícito cuando cometían sus robos. 

Y todo esto se nos cuenta en casi dos horas de metraje con el gusto por el lento desarrollo y por la cámara fija... en donde los personajes van apareciendo en escena o desarrollan la acción fuera de cámara. Se desgrana una escena con otra: la de las escaleras automáticas del centro comercial, la del mostrador de la tienda, la del parque de skate, atravesando el campo de rugby, la del autobús (una de las escenas con más violencia, nunca explícita, pero si sutil), la del puente, la de la vía del tren (que es cartel de la película, con los dos chicos apoyados en la pared de cemento y el chico negro le dice al blanco: "Si quieres puedes llamar a tu madre o a tu padre. Si quieres...¿me oyes?"), etc. Y las interminables imágenes fijas del pasillo del tren con el mensaje de la cuna, en sueco y en inglés, una y otra vez. 

Cinco chicos de color amedrentando a tres chicos blancos y durante todo un día, jugando al ratón y al gato. Y los adultos por testigos ajenos sin darle importancia a lo que solo como espectadores ya nos angustia: el abuso de poder. Y siempre la misma excusa: un móvil con unos rayones que dice ser el que robaron al hermano de uno de los matones. Y esas escenas que permanecen en el recuerdo: la de la carrera es desoladora por lo pueril y por lo doloroso del abuso de poder y el sometimiento que hasta los niños hacen unos de otros; la de multa en el tranvía de los revisores a esos niños desolados a los que les han robado todo y les han sometido a vejaciones psicológicas (basta ver la cara de uno de ellos con la cámara fija en su rostro) y esa frase tan impropia como el frío de una sociedad helada.: "Tus padres tendrán que pagar porque te has colado. Sed honestos y contarles lo que ha pasado"; la escalofriante escena cuando los cuatro chicos negros hablan (y se mofan) de la madre que llama al móvil del hijo que no vuelve a casa (como espectadores ya no sabemos cómo sentarnos); y la penúltima escena, cuando resulta imposible que los padres le hagan cambiar de idea al malhechor, pues todo se convierte en una realidad irreal y uno se ve identificado, y la impotencia de los padres le hacen decir: "Escúchame, cambia de vida. Deja de hacer daño a la gente. Cambia de vida". Y aquí la paradoja social: al ver la escena los padres son acosados por otras ciudadanas que le dicen: "Ustedes han acosado a dos niños inmigrantes...Un niño inmigrante es el doble de vulnerable". Y el padre al que han acosado a sus hijos le dice: "¿Nadie puede criticar lo que hacen los emigrantes? Eso es un racismo retorcido...".  

Y al final el baile tribal de una adolescente en clase... y el solo de clarinete de uno de nuestros protagonistas. Todo con la eterna cámara fija. Y un fundido en negro que nos deja unas cuantas reflexiones para llevarnos a casa. Y en ese momento es cuando dejamos de "jugar". Y por ello precisamente Play es una película magistral: porque los prejuicios residen en la mirada del telespectador y Ruben Östlund nos da la libertad de elegir el momento en el que pulsamos stop o play.

 

sábado, 25 de octubre de 2014

Cine y Pediatría (250). Homofobia y xenofobia nunca “A escondidas”


El término homofobia hace referencia a la aversión obsesiva contra hombres o mujeres homosexuales, aunque generalmente también se incluye a las demás personas que integran a la diversidad sexual, conocido bajos las siglas LGTBI (Lésbico, Gay, Bisexual, Travesti, Transexual, Transgénero e Intersexual), un término colectivo para referirse a los sectores socialmente incluyentes en donde se congregan los diversos grupos de personas que se identifican como no heterosexuales. El término xenofobia es el miedo, hostilidad, rechazo u odio al extranjero, con manifestaciones que van desde el rechazo más o menos manifiesto, el desprecio y las amenazas, hasta las agresiones y asesinatos. Una de las formas más comunes de xenofobia es la que se ejerce en función de la raza, conocida como racismo. 

Y la homofobia y la xenofobia no pueden quedar escondidas, sino sacarse a la luz. Y este es el argumento de la película A escondidas, segundo largometraje dirigido por el vasco Mikel Rueda (2014). Y saca a la luz este problema a través de dos adolescentes de 14 años, uno marroquí y el otro español. 

Y así se nos narra en el blog de la propia película: “Amanece en una carretera del sur de España. A ras de suelo, a más de 100 km/h, un camión vuela por el asfalto. Vemos pasar, metro a metro, la carretera a toda velocidad. Sólo vemos eso, metros y metros de camino. Vamos a la altura de las ruedas del camión. Cada vez más rápidos. Pasan los metros, que se convierten ya en kilómetros y seguimos ahí, mirando el asfalto pasar”… Y así es el original final de esta película. 
Ibrahim (el debutante Adil Koukouh) es una adolescente marroquí de 15 años, al que vemos por primera vez sólo y desorientado por una carretera de las afueras de una gran ciudad. Acaban de anunciarle que en dos días va a ser expulsado del país, así que ha cogido su petate y se ha dado a la fuga. Está sólo y no tiene a dónde ir, y no sabe ni los trucos básicos para robar en un supermercado. El destino hace que su vida se cruce con la de Rafa (el debutante Germán Alcarazu), un chico español de 15 años, y no será un cruce casual. El uno influirá en el otro tanto como el otro en el uno. Hasta tal punto será esta unión, que ambos comenzarán a sentir cosas que no podrán controlar. 

Porque Mikel Rueda escribe y dirige A escondidas en las calles de Bilbao y tras un extenso casting a más de 4500 chavales para encontrar a los protagonistas: Ibrahim, Rafa y a otro buen número de adolescentes. Un drama que se sumerge en el primer amor adolescente, adentrándose en los problemas generacionales que hostigan a los chicos de esas edades (con las drogas, el sexo y la sexualidad, o la falta de futuro como compañeros de viaje) y con un mensaje: que, a pesar de los choques socio-culturales, dos personas tan distintas pueden llegar a conectar emocionalmente, ya que todos los seres humanos, más allá de la raza o religión, tienen las mismas necesidades afectivas. 

Una amistad (y un amor) por encima de homofobias y xenofobias, pese a homofobias y xenofobias.
El tabú de la homosexualidad en la adolescencia se ha tratado en diversas ocasiones en "Cine y Pediatría", tanto en los chicos (Mi Idaho privado de Gust Van Sant, 1991; C.R.A.Z.Y. de Jean-Marc Vallée, 2005; Plegarias para Bobby de Russell Mucahy, 2009) como en las chicas (Fucking Amal de Lukas Moodysson, 1998; Mi amor de verano de Pawel Pawlikowski, 2004; La vida de Adèle de Abdallatif Kechiche, 2013).
Pero el tabú de la homosexualidad en un entorno social y racial como el de A escondidas, ha sido tratado pocas veces. Y, aunque la película no tiene las virtudes de otras, al menos tiene la valentía de intentarlo y de intentarlo con casi sólo actores adolescentes no profesionales, donde sólo algunas caras de adultos resultan conocidas, entre ellas las de Alex Angulo, en la que fue una de sus últimas actuaciones.

Porque la diversidad es una realidad, no un mal. Porque la diversidad y nuestras diferencias nunca deberían estar a escondidas. Y si así fuera, recordemos la frase de John Fitzgerald Kennedy: “Si no podemos poner fin a nuestras diferencias, contribuyamos a que el mundo sea un lugar apto para ellas”.