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sábado, 15 de abril de 2023

Cine y Pediatría (692) La tetralogía neorrealista de Vittorio de Sica y la pobreza de postguerra

 

El Neorrealismo italiano es un movimiento fílmico que convulsionó el séptimo arte en la segunda mitad del siglo XX, como secuela a esa cruda Segunda Guerra Mundial. Un buen número de directores nos dejaron un abanico de películas que son un auténtico documento histórico sobre la Italia triste y hambrienta de la postguerra, cine denuncia de las condiciones de vida miserables y en el que desaparecen los finales felices. Una figura esencial fue Vittorio de Sica y hoy recordamos esa tetralogía neorrealista que nos dejó junto con el guionista Cesare Savatini: El limpiabotas (1946), Ladrón de bicicletas (1948), Milagro en Milán (1951) y Umberto D (1952). En las tres primeras con un especial protagonismo de la infancia, en la última con un protagonista en su senectud. En estas cuatro películas sus personajes son ingenuos e inocentes; y sufren por las injusticias de una sociedad vil, marcada por el hambre, el egoísmo y la guerra. 

Ya hemos dedicado una entrada especial a una de las mejores obras y más paradigmática de Vittorio de Sica, en ese dueto inolvidable de un padre (Lamberto Maggiorani) y un hijo (Enzo Staiola), y con una bicicleta robada como verdadero elemento nuclear para adentrarnos en esta familia y en esta sociedad de postguerra en Roma. Hablamos de Ladrón de bicicletas (1948), una película dura, donde el paro y la pobreza se constituye en un mal modelo educativo ante su hijo y un verdadero ladrón de infancias.  Y es así que hoy revisaremos las otras tres películas de la tetralogía. La primera y la última tienen lugar también en Roma, y una de ellas en Milán, como reza su título. 

- El limpiabotas (1946). 

En la Roma de la posguerra, dominada por la miseria y el desempleo, dos jóvenes limpiabotas, Giuseppe (Rinaldo Smordoni) y Pasquale (Franco Interlenghi), sueñan con comprarse un caballo. La única forma de conseguir el dinero necesario es trapichear en el mercado negro. Tras vender unas mantas americanas son detenidos y enviados a una cárcel de menores, donde el consejo que reciben del resto de internos es claro: “Tranquilo.. Aquí has de callar y aguantar”. Y uno de los funcionarios de esta peculiar cárcel, expresa desalentado: “Por desgracia en estos tiempos, la miseria convierte a todos en criminales”

Y estos dos amigos pierden la amistad en este centro y acaban delatándose entre sí. Pasquale no tiene ninguna familia y el director de la cárcel escribe de él: “Propenso a la violencia, peligroso para sí mismo y los demás. Recomendamos aislamiento”. Giuseppe recibe la ayuda de un abogado contratado por su familia, de código tan mísero como el entorno: “Deja la verdad al confesor. En el juicio dirás lo que yo diga”. Todo lo que viven (y apreciamos como espectadores) es bastante miserable y aboca a un final tan negro como el de esa noche en el que el caballo de estos dos limpiabotas se escapa. 

Una película realizada con adolescentes y preadolescentes que se interpretan a sí mismos, niños de la calle y la miseria, abandonados en muchos casos por la familia y casi siempre penalizados por la sociedad. Cabe recordar que esta película, una de las piezas cumbres del Neorrealismo, se graba un año después de terminar la Segunda Guerra Mundial y no es hasta el año 1948 cuando empieza la primera fase de recuperación del continente, puesto que los primeros años de posguerra fueron de absoluta penuria económica y productiva en la mayoría de los países. 

 - Milagro en Milán (1951).

Película basada en la novela “Totò il buono”, un libro infantil que Cesare Zavattini escribió para sus hijos, con la idea de ganarlos como lectores. Y la película comienza con el “Érase una vez…” y nos adentra en una fábula de realismo mágico y optimista, el que nos regala su protagonista, Totó (Francesco Golisano). 

Todo comienza con un recién nacido abandonado en un campo de coliflores. Una abuela lo encuentra, y le cuida y la mima de una manera sorprendente, incluso para el propio niño. Cuando ésta fallece, Totó es ingresado a los 7 años en un orfanato. Y de ahí sale un chico jovial y de buena voluntad, quien enseguida sufre el robo de su bolsa en la Escala de Milán, y persigue al ladrón por las Galerías Vittorio Emanuele II, para finalmente hacerse amigo de él. Acaba viviendo en un mísero barrio de chabolas en las afueras de Milán, allí donde todos los mendigos agradecen los rayos de sol en el crudo invierno. Y Totó trae alegría e ilusión a la comunidad y deciden construir casas de madera que sustituyan a las chabolas de latón que se las lleva el viento. Erigen una estatua de una mujer en la plaza y ponen nombres a las calles, a las que Totó añade la tabla de multiplicar que le enseñaba la buena anciana (“Strada Maggiori. 5 x 5= 25”). Acogen a más familias y a solteros, y todos cantan alegres: “Todos necesitamos una cabaña para vivir y dormir. Todos necesitamos un poco de tierra, donde vivir y morir. Todos necesitamos un par de zapatos, algo de leche y un poco de pan. Esto se necesita para creer en mañana…” 

Pero llegan los especuladores, con el Sr. Mobbi (Guglielmo Barnabò) a la cabeza, y ponen a la subasta los terrenos, donde resuena su oratoria barata: “Aquí estamos todos reunidos. Yo tengo frío, como ustedes. ¿Y por qué? Porque somos todos iguales. Mi nariz será más grande o más pequeña que la de ustedes, pero siempre será una nariz. Esta es la verdad amigos, una nariz es una nariz…” Y es que el agua que brotaba en estos terrenos ya no es agua, sino petróleo y sale por todas partes del poblado. Totó y una delegación de mendigos intentan mediar, pero son engañados de nuevo. Y aparece la madre-abuela desde el cielo con una paloma milagrosa que consigue deshacerse de los policías que querían desalojarles. Y es en ese momento cuando cada uno le pide un deseo: un abrigo, un armario, una maleta… o ser más alto o volverse blanco; aunque luego se ponen a pedir dinero sin ton ni son. Pero cuando se llevan la paloma, regresa la realidad. 

Una película que es un puro neorrealismo mágico, con ese final donde todos los habitantes de ese lugar vuelan sobre el Duomo de Milán con las escobas de barrendero, mientras cantan la canción que ya hemos referido. Y esa frase tan significativa: “¡Había un reino donde buenos días… quiere decir verdaderamente buenos días!”. 

- Umberto D (1952). 

Es la obra con la que cierra esta tetralogía neorrealista, un film dedicado al padre de Vittorio de Sica. Comienza con una manifestación de ancianos que es dispersada, y donde conocemos a nuestro protagonista, Umberto Dominico Ferran (Carlo Battisti, que no era actor, sino un profesor de filosofía) y a su perro Flike, un anciano jubilado bien vestido quien fuera un empleado de ministerio y que ahora acude al comedor social. 

Descubrimos que Umberto vive en una casa de huéspedes en Roma (que también es una casa de citas), pero va a tener que irse por impago. No tiene hijos ni familia, y su mayor alianza es la criada María (Maria-Pia Casilio), ahora embarazada y que nos sorprende con su costumbre de quemar las hormigas que están por toda la casa. Umberto intenta conseguir el dinero del alquiler vendiendo sus libros, su reloj y sus pocas pertenencias, pero la patrona, la Sra. Belloni (Lina Gennari), no tiene compasión de él. Y piensa nuestro anciano: “Para saldar todas mis deudas, tendré que estar un mes sin comer”. Por lo que busca ser internado en un hospital por una faringoamigdalitis febril, con la idea de poder tener un lugar donde estar y comer, pero pronto le dan el alta. Y entonces se da cuenta que han enviado a Flike a una perrera, e intenta recuperarlo para evitar que lo maten. Porque cuando Umberto abandona la pensión, intenta infructuosamente que alguien se quede con su perro. Y esa imagen final de nuestro protagonista con su perro en los brazos junto a la vía del tren es puro reflejo de su desesperación, con esas palabras finales: “Corre, Flike”. 

Y con ese triángulo que conforma Umberto, Maria y Flike, De Sica nos plantea el tema de la crisis que afecta a una sociedad que no es capaz de ayudar ni mostrar el más mínimo interés en un anciano que no tiene casi para vivir, y donde la insolidaridad y la deshumanización son temas claves en la obra. Un curioso triángulo para mostrar una Roma de postguerra donde campea la pobreza de una sociedad maltrecha. Y es Umberto D un melodrama lírico con la sencillez de las grandes obras, una de las mejores, más profundas y conmovedoras películas jamás rodadas sobre la vejez, junto a Vivir (Akira Kurosawa, 1952), Cuentos de Tokio (Yasujirō Ozu, 1953) y Fresas salvajes (Ingmar Bergman, 1957). Una película que no habla de la infancia (como sus tres predecesoras), sino de ancianidad, y que cierra el círculo, como quizás ya lo hemos visto en alguna otra obra, y creo que Del rosa al amarillo (Manuel Summers, 1963) es un buen ejemplo patrio.  

Es así como el Neorrealismo pintó, con una inmejorable paleta de blancos y negros, la depresión social que invadió todos los ámbitos en los años de la posguerra. Es un cine triste, melancólico, que reseña la terrible depresión económica al cabo de una guerra feroz, que dejó a todo un pueblo sumergido en la pobreza y la desesperanza. Y esta tetralogía de Vittorio de Sica es un ejemplo paradigmático. 

 

sábado, 8 de octubre de 2016

Cine y Pediatría (352): Ciertos asuntos de capital importancia... “Del rosa al amarillo”


Hay películas imposibles de etiquetar, por mucho que los cinéfilos y críticos cinematográficos se empeñen en catalogarlas dentro de un género o corriente cinematográfica en concreto. Existen igualmente historias que traspasan la pantalla para impregnarse en el alma y en el corazón del espectador de manera indeleble, aquellas marcadas a fuego en nuestro imaginario por más que pase el tiempo y pese a que en nuestra memoria se almacenen más películas de las que nuestro cerebro pueda asumir. Es lo que me pasó a mí cuando era un chaval y vi esta película por primera vez. Y en blanco y negro se grabaron estas dos historias en una, para muchos una obra maestra del cine español, quizás la película más intimista y personal que ha generado el cine español en toda su historia y que tiene prácticamente mi misma edad. 

Una obra que brota del imaginario de una personalidad única del arte español: el a menudo infravalorado humorista y director sevillano Manuel Summers (que, desgraciadamente, algunos recordarán solo por ser el padre de David Summers del grupo Hombres G), un autor maldito que ejerció su maestría tanto en el universo cinematográfico como en el del humor gráfico. Descendiente de una familia irlandesa afincada en España, onubense de corazón y madrileño de adopción, Summers fue quizás el cineasta con menor apoyo por parte de la crítica más sesuda de esa generación de autores españoles que en los años sesenta revolucionaron la forma de hacer cine en este país dentro de ese movimiento que se denominó El Nuevo Cine Español, autores marcadamente antifranquistas y que estaba compuesto, entre otros, por nombres como Carlos Saura (La caza, 1965; Peppermint frappé, 1967) Mario Camus (Los farsantes, 1963; Young Sánchez, 1964), Basilio Martín Patino (Nueve cartas a Berta, 1966; Del amor y otras soledades, 1968), Francisco Regueiro (El buen amor, 1963; Amador, 1966) o Miguel Picazo (La tía Tula, 1964; Oscuros sueños de agosto, 1967). 

Y esta obra es Del rosa al amarillo (1963) preciosa película de Manuel Summers con dos historias paralelas que rebosan amor: la primera protagonizadas por dos niños, la segunda por dos ancianos, ambas repletas de ternura que nace de una manera especial en estas dos etapas de la vida, tan lejanas y (quizás) tan parecidas. Y con ese eterno oxímoron de la vida: el deseo de ser mayores cuando somos niños y el deseo de ser niños cuando somos mayores. 

La cinta consta de dos partes y dos historias, cuyo único nexo es que son historias de amor en los dos extremos de la vida: la infancia y la senectud. Y la canción de los créditos iniciales ya nos pone en la pista... 

En la primera historia, que se presenta bajo el epígrafe de «Del rosa...», nos cuenta la pequeñas gran historia de amor de Guillermo (Pedro Díez del Corral), de 12 años, y de Margarita (Cristina Galbó), de 13, dos chicos de la misma pandilla de un barrio acomodado de Madrid, que confirmamos cuando los niños juegan (qué maravilla, niños jugando en la calle como antes y no adocenados con móviles y videoconsolas como ahora) entre las calles de ese barrio de Salamanca reconocible de los años sesenta. Entrañable voz en off sobre los pensamientos del pequeño Guillermo, con un pensamiento recurrente y que no se atreve a expresarle: "Hola Margarita. Tengo que hablarte de ciertos asuntos de capital importancia para mí... No puedo ocultarlo por más tiempo: te amo, te adoro, no sé vivir sin ti". Guillermo está preocupado por ser pequeño y reza para crecer deprisa y convertirse en un hombre fornido y velludo digno de ser el novio de Margarita. Al llegar el verano se tienen que separar porque Margarita se va con sus padres a la playa (a Alicante, cómo no...) y a él lo mandan a un campamento (de la OJE, cómo no...). Guillermo no olvida a Margarita durante este periodo, continúa pasándose el día pesando en ella y le escribe cartas de amor; pero en cambio Margarita conoce a un chico de 18 años y se hace su novia. Margarita le rompe el corazón a Guillermo cuando se lo dice y le devuelve la pulsera que éste le había regalado. Desconsolado Guillermo borra el nombre de Margarita del corazón que había dibujado en su libro de matemáticas, pero inmediatamente lo vuelve a poner, porque a pesar de todo sigue queriéndola. 

En esta historia no tiene desperdicio las escenas del colegio, que algunos recordaremos (más o menos) como esa particular declinación del verbo amar por el maestro, o la forma de dirigirse a los alumnos por parte del cura director del colegio, o esa figura del profesor fumando en clase...(no hace tanto se fumaba en todos los sitios, también en la tele, en hospitales, etc.). Y otro aspecto a destacar es la canción "Mirando al mar" del inmortal bolerista español Jorge Sepúlveda, verdadero leitmotiv de esta maravillosa historia de amor entre los niños Guillermo y Margarita. 

La segunda historia, bajo el epígrafe «... al amarillo», trata de una pareja de ancianos, Valentín (José Vicente Cerrudo) y Josefa (Lina Onesti), que viven en un asilo ubicado en Toledo. Se quieren en secreto, y se envían cartas de amor a escondidas para que no se enteren las monjas que regentan el asilo, y con ello juegan a rememorar su adolescencia ya lejana. Un día Valentín decide escaparse del asilo y vivir una nueva vida y le pide a Josefa que lo acompañe, pero a ella le da miedo, le dice que es una locura y que no irá con él. Valentín dice que él no puede vivir así y que la esperará hasta la una de la madrugada por si cambia de opinión. La anciana se siente incapaz de acompañarlo y llora la pérdida de su amor, pero a la mañana siguiente comprueba con alegría que Valentín no la ha abandonado y que se ha quedado por ella, al verlo sentado en el banco de siempre en el patio. Y aquí resuena el "Toda una vida" de Antonio Machín, cómo no. 

Y hoy ocupa esta película un lugar privilegiado en Cine y Pediatría, porque Manuel Summers es uno de los pocos directores españoles que ha centrado su filmografía en la infancia, la adolescencia y la juventud. Un equivalente a otros directores de otras latitudes, con más renombre que él (hablamos de François Truffaut en Francia o de Robert Mulligan en Estados Unidos), y por ello le reivindicamos. Quizás Del rosa al amarillo no alcance la plenitud de Los cuatrocientos golpes (1959) o de Matar a un ruiseñor (1962), pero también es una película mágica. Y al igual que recordamos el nombre de Antoine Doinel o de Atticus Finch, no deberíamos olvidar el de estas dos parejas de enamorados, Guillermo y Margarita, Valentín y Josefa.

Pero además de la película Del rosa al amarillo, cabe reivindicar dos obras más de Manuel Summers alrededor de la pediatría. Una de ellas es Adiós, cigüeña, adiós (1971) que parece concebida como una ampliación de la primera historia de Del rosa al amarillo (1963) centrada nuevamente en los amoríos adolescentes, con embarazo de por medio. La otra es Me hace falta un bigote (1986), sobre una historia de recuerdos de amores de la infancia, mezclada con un rodaje de cine dentro de la propia película.

Porque Del rosa al amarillo trata de ciertos asuntos de vital importancia..., al ser una de las más bellas poesías fílmicas que se hayan escrito sobre el amor como acto demoledor de la inocencia que habita en nuestros corazones. Y lo hace emparentando las dos épocas vitales en las que la inocencia gana la partida a la madurez, que no son otras que la infancia preadolescente y la solitaria vejez, dos universos paralelos (tan lejanos y tan similares) separados por los años de experiencia que llamamos ser adultos.

Y este es el viaje a que se nos invita en una película en blanco y negro: a viajar "del rosa" (los sueños del primer amor de infancia) "al amarillo" (el crepúsculo de la vida y de los sueños). Una película que ganó la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián de 1963 y que al verla de nuevo, sigue manteniendo vivo sus colores. Y que en un día tan especial para mí, hoy llega como un regalo. Porque hoy, que cumplo una cifra mágica de 55 años, sigo transitando del rosa al amarillo (como todos), y en el camino me he podido encontrar decenas de otros colores (como todos).

sábado, 16 de mayo de 2015

Cine y Pediatría (279). La progeria de Benjamin Button y una sabia reflexión sobre la vida


“Algunos nacen para sentarse junto a un río. 
A algunos les cae un rayo. 
Algunos tienen oído para la música. 
Algunos son artistas. 
Algunos nadan. 
Algunos entienden de botones. 
Algunos saben de Shakespeare. 
Algunas son madres. 
Y otras personas... bailan.” 

Así termina una película muy especial. Y con un reloj cuyas manecillas van en dirección contraria. Porque así es esta historia, una historia que van en dirección contraria de las edades de un hombre: un hombre que nace anciano y muere niño

La historia fue un relato breve escrito en los años 20 del siglo pasado por F. Scott Fitzgerald quien, a su vez, se inspiró en una cita de Mark Twain: "La vida sería infinitamente más alegre si pudiéramos nacer con 80 años y nos acercáramos gradualmente a los 18". El relato se tituló como “The Curious Case of Benjamin Button” y fue un capricho de Fitzgerald, una especie de fantasía, y su adaptación a la pantalla se consideró durante mucho tiempo como demasiado ambiciosa, demasiado fantástica. El proyecto permaneció en una especie de limbo durante cuatro décadas hasta que llegó a buen puerto (pero no fue fácil), tras la conjunción de tres nombres: Eric Roth (como guionista, quien ya nos regalara en Cine y Pediatría un guión de Oscar con Forrest Gump), David Fincher (como director, quien ya nos regalara en Cine y Pediatría una película de Oscar como La red social) y Brad Pitt (como intérprete, quien ya nos regalara en Cine y Pediatría una obra tan especial como El árbol de la vida). Y la película vio la luz en el año 2008 con un título homónimo a la obra literaria: El curioso caso de Benjamin Button… y con un personaje especial: la música de Alexander Desplat, una baza ganadora en cualquier banda sonora. Técnicamente es un prodigio de película (que le valieron tres Oscars por la dirección artística, maquillaje y efectos visuales), cinematográficamente es emocionante y hasta logra vencer el aparente hándicap de su largo metraje (167 minutos).

Con la frase "Nací en circunstancias inusuales" comienza la historia, que profundiza en los temas que más abordan al ser humano: el amor, la amistad, la vida y la muerte, y el paso del tiempo. El curioso caso de Benjamin Button se rodó en distintas localizaciones, incluido Montreal y el Caribe, y la ciudad natal del personaje es Nueva Orleans, que se estaba recuperando tras el devastador huracán Katrina cuando llegó el equipo de producción: de ahí el continuo homenaje de la película cuando Daisy, muy anciana y enferma, pide a su hija que le lea el diario de Benjamin.

Benjamin nace en Nueva Orleans en 1918, al final de la I Guerra Mundial. Cuando su madre fallece en el parto, su padre, horrorizado por su aspecto, lo abandona en la puerta de Nolan House, un asilo atendido por Queenie (Taraji P. Henson), quien le adopta y le cuida como un hijo, pese a su aspecto de anciano, no muy diferente a los que vivían en el asilo (con cataratas, sordera, artritis, etc.), quienes también le cuidan y le dan lecciones de vida. Y Queenie le dice a ese recién nacido el día que le acoge aquello de “Eres más feo que el hambre, pero eres hijo de Dios” y le recuerda durante toda su vida: "Nunca sabes lo que va a pasarte". Tizzy (Mahershalalhashbaz Ali), el amor de toda la vida de Queenie, es uno de los primeros "padres" de Benjamin, quien le enseña a leer y escribir y le habla de Shakespeare. Su capacidad de escuchar y de observar, como si de una persona de 80 años se tratara, junto al entorno en el crece, hacen que llegue a ser un joven sabio. Su sabiduría se potencia gracias a su capacidad de escuchar y aceptar y esto le convierte en un joven viejo lleno de paz y de luz interior.
Benjamin conoce a Daisy Fuller cuando ambos son niños y ella va a visitar a su abuela a Nolan House. Daisy ve más allá de la incapacidad que le produce su edad el niño que Benjamin lleva dentro. Porque aunque todos los que le rodean van haciéndose mayores, Benjamin va rejuveneciendo.
Pero Benjamin deja atrás a Queenie, a Tizzy, a Daisy, y a todos sus amigos del único hogar que haya conocido, el asilo donde “la muerte nos visitaba con frecuencia”. La persona que le hace esa invitación a la aventura es el Capitán Mike (Jared Harris) y la variopinta tripulación de su remolcador. Y el propio Capitán se convierte en otro "padre" para Benjamin, antes de descubrir a Thomas Button (Jason Flemyng), quien le revela un tiempo después que es su verdadero padre.
Benjamin cumple su mayoría de edad en una remota ciudad portuaria rusa donde conoce a Elizabeth Abbott (Tilda Swinton), quien sueña con poder cruzar a nado el Canal de la Mancha y es quien le da su primer beso. Y, mientras tanto, los caminos de Benjamin y Daisy se separan y convergen varias veces durante su vida, hasta que llegan a lo que Fincher denomina el "punto dulce", cuando convergen en la mitad de sus vidas, destinados a permanecer juntos durante un tiempo: “Amarte, hace que todo merezca la pena”, le declara Daisy. Una compleja y paradójica relación de pareja con la edad y la muerte como compañeros (como el último abrazo de Daisy a una anciano recién nacido) y esa reflexión entre ellos: “Cielo, todos acabamos con pañales”. Porque Benjamin es, al mismo tiempo, significado y significante, protagonista y observador pasivo, metáfora y parábola, contenido y continente, razón de ser y excusa narrativa, consciente de su paradójica existencia y confrontado a la vida y a la muerte.
La historia de Benjamin Button (un increíble y transformado Brad Pitt) es una historia de superación, amistad y, sobre todo, de amor imposible con Daisy (Cate Blanchett) y con la muerte como eterna compañera: baste recordar esa frase como leit motiv, la de ese anciano del asilo que repite durante toda la película aquello de “¿Te he contado que me ha caído un rayo siete veces?”.

Se ha relacionado los primeros años de vida de Benjamin Button con un enfermedad genética extraordinariamente rara (se dice que afecta a uno de cada 8 millones de recién nacidos vivos) denominada progeria (del griego pro, "hacia, a favor de" y geron, "viejo") y que se caracteriza por presentar envejecimiento brusco y prematuro en niños entre su primer y segundo año de vida. Los síntomas incluyen piel seca y arrugada, calvicie prematura, canas, crecimiento lento, extremidades muy delgadas y deterioro de las articulaciones, tempranos problemas cardíacos, de forma que su esperanza de vida se sitúa en los primeros años de la adolescencia.

Hay distintas formas de progeria, pero la más clásica se conoce como síndrome de Hutchinson-Gilford y fue descrita por estos autores a finales del siglo XIX en Inglaterra. La provoca una mutación en el gen LMNA encargado de producir una proteína estructural de las células, de forma que cuando esta proteína es defectuosa, se acelera el proceso de envejecimiento. Hay otras variedades de síndrome progeroides como el síndrome de Werner (que afecta a los adultos y acorta la vida a unos 40 a 50 años), el síndrome de Mulvill-Smith (en el cual existe retardo de crecimiento intrauterino, talla baja, microcefalia, hipodontia, entre otros) y el síndrome de Cockayne (presente en la segunda década de la vida, con fotosensibilidad cutánea y defectos oculares).

Es tal la relación que se ha hecho de esta enfermedad con esta película, que un paciente de Massachusetts recientemente fallecido con 17 años, Sam Berns, se le conocía como el “Benjamin Button de la vida real”. Por desgracia, los niños afectados de progeria no van descumpliendo años como Benjamin. Pero otras películas han tenido a la progeria como personaje clave, más que en ésta si cabe, y cabe recordar dos: una de Hollywood, Jack (Francis Ford Coppola, 1996) con Robin Williams, y otra de Bollywood, Paa (R Balki, 2009) con Amitabh Bachchan, dos estrellas de ambas filmografías en homenaje a esta enfermedad tan extraordinaria.

Pero finalizamos con algo más que nos regala El curioso caso de Benjamin Button, algo más allá de la anécdota de esta semejanza con la progeria, que es la sabia reflexión sobre la vida de una película que se fundamenta en la voz en off de su pesonaje:

“No sé si es importante, pero nunca es demasiado tarde para ser quienes queremos ser. No hay límite en el tiempo, puedes empezar cuando quieras. Puedes cambiar o seguir siendo el mismo. No hay reglas para tal cosa. Podemos aprovechar oportunidades o echar todo a perder. Espero que hagas lo mejor. Espero que veas cosas que te asombren. Espero que sientas cosas que nunca sentiste antes. Espero que conozcas a gente con un punto de vista diferente. Espero que vivas una vida de la que estés orgullosa. Y si te das cuenta de que no es así, espero que tengas el valor de empezar de cero”
“Oh Benjamin, debemos perder a las personas que amamos, ¿De qué otra manera podríamos saber que tan importante son para nosotros?”
“Estaba pensando que nada es para siempre, y lo triste que resulta”
“Las oportunidades definen nuestra vida. Incluso las que se nos van” 
“La vida no se mide en minutos, se mide en momentos” 
“No hay límite de tiempo, puedes empezar cuando quieras” 

Y es así como esta película comienza con el final y termina por el principio. Un curioso caso…para reflexionar sobre la vida.