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sábado, 15 de febrero de 2025

Cine y Pediatría (788) “Los dos hemisferios de Lucca”, qué es verdad, qué no es verdad

 

La poderosa empresa de entretenimiento y streaming audiovisual Netflix ya ha cumplido sus bodas de plata. En su camino ha invertido fuertemente en la producción de contenido original, quizás con más peso en series que en largometrajes. Personalmente no es para mí la mejor plataforma de películas, pero no desaprovecha la oportunidad de apoyar a títulos con éxito de público y, en ocasiones, también de crítica. Sirvan algunas de estas películas ya analizadas en Cine y Pediatría, y desde diversas nacionalidades, con un predominio de las producciones made in USA: Brain on Fire (Gerard Barrett, 2016), Tallulah (Siân Heder, 2016), Hasta los huesos (Marti Noxon, 2017), Historia de un matrimonio (Noah Baumbach, 2019), Campamento extraordinario (James Lebrecht, Nicole Newnham, 2020), El dilema de las redes sociales (Jeff Orlowski, 2020), Monstruo: la historia de Jeffrey Dahmer (Ryan Murphy e Iam Brennan, 2022), o Apolo 10 ½: Una infancia espacial (Richard Linklater, 2022). Pero donde también podemos destacar la mexicana Roma (Alfonso Cuaron, 2018), la turca Milagro en la celda 7 (Mehmet Ada Öztekin, 2019), la británica El niño que domó el viento (Chiwetel Ejiofor, 2019), la española Diecisiete (Daniel Sánchez-Aréval, 2019), la chilena Nadie sabe que estoy aquí (Gaspar Antillo, 2020), o la neerlandesa Las semanas mágicas (Applie Boudellah, Aram van de Rest, 2023). Y a esta sumamos una película que está dando mucho que hablar, tanto entre el público general como por los profesionales sanitarios: hablamos de la mexicana Los dos hemisferios de Lucca (Mariana Chenillo, 2024), una historia real fundamentada en el libro homónimo de Bárbara Anderson, una periodista argentina afincada en México que luchó incansablemente para mejorar la calidad de vida de su hijo Lucca, quien desarrolló una parálisis cerebral (PCI) debido a un complicado parto. 

“Como ya les dijo el doctor, tenemos que esperar 72 hs a que su cerebro se desinflame”, es la información que la madre recibe de la enfermera neonatal cuando ve por primera vez a su hijo en la incubadora en la Unidad Neonatal. A continuación un mezcla de ficción y realidad, de fotos y notas, de voz en off y los términos leucomalacia periventricular, hipotonía generalizada o crisis epilépticas… Pasan los años y esta madre coraje, Bárbara (Bárbara Mori), convive con la PCI grave de su hijo Lucca y le dice a su marido Andrés (Juan Pablo Medina): “Hemos probado y seguiremos probándolo todo. Cada nuevo aparato, cada nuevo doctor, cada nuevo tratamiento es una nueva esperanza”. Una familia unida, con esa madre que se pasa el día yendo a las terapias de su hijo Lucca (Julian Tello, seleccionado entre más de 200 niños con parálisis cerebral que hicieron la audición para interpretar ese papel, y que ha interpretado de forma soberbia) y junto a su comprensivo esposo y el buen hermano menor, Bruno. Y la madre subraya su mensaje: “Todos juntos hasta el final, cada día, cada noche, hasta encontrar el camino”. 

Y en ese camino de búsqueda contacta con un mexicano, el Dr. Jaramillo, quien trabaja en India con el Dr. Kumar, en cuyo centro se ha desarrollado un tratamiento experimental con una máquina, el Cytotron, que actúa con campos electromagnéticos para estimular la regeneración celular y nuevas conexiones neuronales, aunque antes fuera utilizado para destruir tumores. Ante ello, Andrés duda y le dice a su esposa: “¿Sabes lo que pienso en los tratamientos milagrosos? No creo en ellos” o “¿Cómo puedes creer cada cosa que nos pueden vender? Somos carne de cañón para esas personas”

Pero Bárbara se aferra a esa única esperanza y, meses después, consigue embarcar a toda la familia a India, con lo que supone el coste económico, los trámites con el hospital y movilizar a Lucca y todo su aparataje (incluida medicación y nutrición) en ese largo viaje en avión. Y cuando llegan al Kumar Center es todo menos un centro avanzado, y hasta les roban los zapatos en una ceremonia indú, a lo que el guía les dice: “Es de buena suerte. En India, si te roban los zapatos, se llevan tus problemas”. Pero las dificultades no han hecho más que empezar. Les indican 28 sesiones en el Cytotron. A la sesión 7 la duda de la madre: “¿Será que estamos haciendo lo correcto?...Nos estafaron... Perdón Lucky. Perdón por traerte hasta acá”. Pero poco después aparece la succión en Lucca, algo que nunca había tenido y que les explican que es el primer reflejo humano. Y la mejoría es progresiva, lo que llega a que su neuropediatra mexicano, al regreso a casa, exclame “esto es una locura” al revisar la diferencia de conexiones cerebrales actuales de Lucca respecto a las pruebas de neuroimagen previas. 

Cuando Bárbara intenta negociar el traer Cytotron a México es cuando se confirma una realidad sospechada en la figura del Dr. Jaramillo, las falacias de éste y el interés económico de sus mediaciones junto al Dr. Kumar, un profesional honesto. Es entonces cuando Bárbara hace un doble listado de “qué es verdad” y “qué no es verdad” de toda esa experiencia que está viviendo. Y con el fondo musical de la canción “Fix You” de Coldplay llega el colofón: “Lucca y su familia hicieron tres viajes más a la India. Actualmente Lucca está terminando la Primaria en el mismo grado de su hermano Bruno. Lucca lleva 5 años sin epilepsia y está comenzando a caminar y a hablar. En agosto de 2021, Bárbara, Andrés y un grupos de inversionistas compraron dos Cytotron y abrieron la primera clínica fuera de India. El Kumar Center está en la Ciudad de México y ha atendido de pacientes de occidente”. Y ello con el fondo de las imágenes reales de Bárbara Anderson, Lucca y su familia. 

Y es así que la película Los dos hemisferios de Lucca se ha convertido en líder de audiencia tras su estreno en Netflix. Pero la polémica no se ha hecho esperar con esta terapia experimental con Cytotron, cuya investigación científica sobre su eficacia y seguridad es limitada y no está ampliamente aceptada en la comunidad médica. Cierto es que el cine tiene el poder de hacer visible lo invisible, y eso es precisamente lo que ha logrado esta película, pues muchos desconocíamos esta historia. La búsqueda desesperada de una mejor calidad de vida para su hijo con PCI llevó a esta familia hasta la India, donde se sometió a un tratamiento experimental con resultados favorables. Pero mientras algunos ven el Cytotron como una esperanza, la comunidad médica alerta sobre la falta de evidencia científica y sus riesgos, y la pregunta está en el aire: ¿es una alternativa viable o una falsa esperanza para miles de familias?  Es recurrente la aparición de terapias milagros para la PCI y otras muchas enfermedades, por lo que la prudencia debe ser una máxima. La Sociedad Mexicana de Neurología Pediátrica emitió un comunicado advirtiendo sobre el uso de tratamientos no avalados por organismos reguladores como la FDA o la EMA y, según la asociación, hasta la fecha no existen ensayos clínicos que prueben la eficacia y seguridad del Cytotron para tratar la PCI. Y, por ello, Los dos hemisferios de Lucca reabre el debate para preguntarnos todos que es verdad y qué no es verdad. 

No es la primera vez que el cine nos muestra esta situación de búsqueda de una terapia para una enfermedad grave a través de padres corajes que actúan con esa figura del “intruso benefactor”, como ya hicieron el matrimonio italiano Odone en El aceite de la vida (George Miller, 1992), la familia estadounidense Reimuller en Juramento hipocrático (Jim Abrahams, 1997), o el matrimonio estadounidense Crowley en Medidas extraordinarias (Tom Vaugham, 2010). Ahora llega esta familia desde México para sacarnos de nuestra zona de confort.   

 

sábado, 8 de abril de 2023

Cine y Pediatría (691) “Evelyn” y la lucha por la custodia de los hijos

 

Con el nombre de Evelyn podemos encontrar tres películas de distintas nacionalidades y diferente tema: la irlandesa Evelyn (Bruce Beresford, 2002), un drama judicial sobre la lucha de un padre coraje por la custodia de sus hijos, la española Evelyn (Isabel de Ocampo, 2011); el drama que transforma a una ingenua chica inmigrante en una esclava sexual; y la británica Evelyn (Orlando von Einsiedel, 2018), película documental alrededor de la propia familia del director para reflexionar sobre la vida y la muerte. 

Y hoy hablaremos de la primera, la dirigida por el director (también guionista y productor) australiano Bruce Beresford, un artesano algo irregular con medio siglo a sus espaldas en el séptimo arte. Nominado a los Óscar como mejor director por Gracias y favores (1983), su obra más destacada es Paseando a Miss Daisy (1989), por la que obtuvo cuatro premios de la Academia, y en el que destacó el de mejor actriz para Jessica Tandy. En Cine y Pediatría ya hablamos de El último bailarín de Mao (2009), una película basada en hechos reales sobre el bailarín chino Cunxin, uno de los mejores bailarines de danza clásica del mundo, y su infancia programada en un contexto político y social muy particular.  

Y la película Evelyn también comienza con un “basado en hechos reales” y nos traslada a la capital irlandesa, Dublín, en la Nochevieja del año 1953. Allí donde, un día de San Esteban, la esposa de Desmond Doyle (Pierce Brosnan) abandona el hogar por otro hombre y este padre, sin trabajo y con cierta afición al alcohol, tiene que enfrentarse al cuidado de sus tres hijos, la mayor Evelyn (Sophie Vavasseur), de 9 años. Cuando la suegra de Desmond informa la situación a las autoridades, un juez decreta que la ley prohíbe que los niños permanezcan en un hogar dividido y son internados en orfanatos administrados por la Iglesia. 

A partir de ese momento la historia nos traslada a dos contextos: el de los colegios y orfanatos religiosos irlandeses, tema ya tratado en películas de este país como Las hermanas de la Magdalena (Peter Mullan, 2002) o Los niños de San Judas (Aisling Walsh, 2003), en lo que son dos denuncias a los abusos en la educación; y, especialmente, a la lucha judicial de un padre coraje por recuperar su fratria.   

Desmond encuentra pocas esperanzas de recuperar la custodia de sus hijos porque no puede pagar un abogado. Y solo encuentra consuelo en la bebida y en el apoyo de una camarera (Julianna Margulies), quien le presenta a su hermano abogado (Stephen Rea) y al que se le alían con el tiempo un procurador (Aidan Quinn) y otro abogado (Alan Bates). Y es así como este proceso judicial puso en vilo a toda Irlanda, pues era la primera vez que una ley irlandesa se planteaba como anticonstitucional. Y consta que la votación del Tribunal fue seguida por radio por la población como si hubiera sido un partido internacional de fútbol. 

Una película con final feliz y que hizo historia judicial en Irlanda. La historia termina como comienza, con otra celebración de Navidad, y con este colofón: “Como resultado de la victoria de Desmond Doyle, el Children Act fue modificado, permitiendo que muchos niños de toda Irlanda pudieran reunirse con sus familias”. Porque cabe recordar que The Children Act (La Ley de menores) fue enunciada en el Reino Unido en 1989 para asignar deberes a las autoridades locales, los tribunales, los padres y otras agencias en el país, para garantizar que los niños estén protegidos y se promueva su bienestar. Y que fue un tema que ya se abordó también en la película británica El veredicto (Richard Eyre, 2017).  

Evelyn no es una película extraordinaria, pero si honesta. Y que viene avalada por un buen elenco actoral, donde destaca el entrañable papel de la niña debutante Sophie Vavasseur y un Pierce Brosnan en un papel correcto, despojado del halo que le ha marcado en su carrera (el detective Remignton Steele o el agente James Bond), y que en algún momento nos pudiera hacer recordar alguno de los papeles de James Stewart, ese ciudadano normal que lucha por un mejor futuro. Y cabe reseñar dos aspectos: que además de ser el protagonista, el irlandés Brosnan ha impulsado esta obra a través de su productora Irish DreamTime; y que en la historia real, este padre coraje tenía a su cargo cinco hijos, no solo tres como en el film. 

Es Evelyn una película que atesora mucho del realismo social irlandés abanderado por Jim Sheridan y que pondera dos aspectos de esta sociedad: el valor esencial de la familia y la importancia decisiva de la religión católica. Y sea como sea, una película más alrededor de la lucha por la custodia por los hijos y que se suma a las ya tratadas en Cine y Pediatría, como las estadounidenses Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979) y Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001), la británica Ladybird, Ladybird (Ken Loach, 1994) o la portuguesa Listen (Ana Rocha, 2020).    

 

sábado, 14 de diciembre de 2013

Cine y Pediatría (205). “Medidas extraordinarias” frente a la enfermedad de Pompe


La realidad supera la ficción. Y la ficción nos cuenta alguna de estas realidades. Porque algunas realidades son proclives a que esto ocurra, como la de los padres corajes que luchan por sus hijos y consiguen avances en la medicina. Películas con valores y dilemas, películas que, en general, nos enriquecen la vida en nuestra condición como persona. Este el caso de la historia de John Crowley y su esposa Aileen, quienes lucharon por salvar la vida de dos de sus tres hijos, afectos de una enfermedad degenerativa, invalidante y mortal: la glucogenosis tipo II o enfermedad de Pompe, una rara enfermedad (afecta a 1 de cada 40.000 recién nacidos vivos) causada por una disfunción de una enzima que provoca una acumulación creciente de glucógeno (y esta acumulación afecta principalmente al tejido muscular, lo que causa debilidad en todo el cuerpo, pero también afecta al sistema nervioso, hígado y corazón). 

Esta historia fue inicialmente transformada en un libro: "The Cure: How a Father Raised $ 100 million - And Bicked The Medical Establishment-in a Quest to Save His Children”, escrito por Geeta Anand y por el que consiguió el Premio Pulitzer. Harrison Ford quedó cautivado por la historia y vio en este convincente material la posibilidad de hacer una película, por lo que se lo comentó a los productores Shambert y Sher, dueños de la productora “Double Feature Films”. La historia de la familia Crowley encajaba perfectamente en esta productora, casi ya especializada en una serie de películas de éxito inspiradas en temas de la vida real: Erin Brockovich (Steven Soderbergh, 2000), World Trade Center (Oliver Stone, 2006) y Diarios de la calle (Richard LaGravenese, 2007). Y fue el director Tom Vaughan el elegido para dirigir en el año 2009 la película, bajo el título de Medidas extraordinarias.

En el invierno de 1998 John (Brendan Fraser) y Aileen Crowley (Keri Russell) estaban cada vez más preocupados porque su pequeña Megan no gateaba. Por recomendación de su pediatra la llevaron a un neurólogo y, con 15 meses, fue diagnosticada de la enfermedad de Pompe, lo que transformó para siempre la vida familiar. Pero cuando John y Aileen pensaban que era lo peor que les podía pasar, meses después recibieron la noticia de que su hijo recién nacido, Patrick, también tenía esta enfermedad mortal. Pasan los años y Megan (Meredith Droeger) y Patrick (Diego Velázquez) están cada día más enfermos: la progresiva debilidad muscular hace que andar, tragar o respirar sea cada vez más difícil y la vida diaria sea una lucha, enfrentados a la enfermedad. A una enfermedad donde a los padres se les dijo que poco se podía hacer, que no había cura y que la velocidad de la investigación científica era lenta, demasiado lenta para la familia. Y entonces los Crowley deciden empezar a investigar sobre la enfermedad de Pompe y crearon su propia empresa para desarrollar un tratamiento eficaz, aunque se encontraban constantemente fuera de lugar (la figura del “intruso benefactor”) y, lo que es peor, se les acababa el tiempo. 

Aunque John tenía una experiencia limitada en el mundo médico, se asoció con numerosos científicos y médicos, y cómo descubren los trabajos del Dr. Stonehill (Harrison Ford), un huraño y solitario investigador de la Universidad de Nebraska, pionero en investigación enzimática. “Yo investigo, hijo, no veo pacientes... La Universidad de Nebraska paga más en un año a su entrenador de fútbol que todo mi presupuesto científico", nos recuerda este doctor. 

Con el tiempo, la empresa de John desarrolló una medicina que demostró resultados prometedores y positivos, por lo que ejerció presión para que sus hijos empezaran un tratamiento clínico de prueba. Los comités de evaluación no estaban cómodos desde el punto de vista ético con el hecho de que John fuese a la vez padre de los pacientes y ejecutivo de la empresa que desarrollaba la medicina. John se lo puso fácil a los comités: dimitió de su propia compañía. Y tras un camino duro, el ensayo clínico comenzó y Megan y Patrick empezaron a recibir el tratamiento que les salvaría la vida. John incluso pudo apretar el botón para empezar la infusión en Megan, mientras que Aileen apretó el botón para empezar la de Patrick. 

En la ficción cinematográfica, todo comienza con el octavo cumpleaños de Megan. Porque medidas extraordinarias son las que adoptan John Crowley y el Dr Stonehiil, dos hombres con una misión: uno salvar a su familia, el otro probar que está en lo cierto; dos hombres en contra del sistema. Y para ello es importante que entendamos lo que quiere decir medicamentos huérfanos para entender el trasfondo de la película. El "Orphan Drug Act" se aprobó en 1983 para promover el desarrollo de medicinas que tienen un mercado pequeño debido al tratamiento de las enfermedades raras (definido como aquellas enfermedades con peligro de muerte o de invalidez crónica, que tienen una prevalencia menor de 5 casos por cada 10.000 habitantes en la comunidad, según la definición de la Unión Europea). Con esta ley, compañías que desarrollan una "orphan drug" (medicina huérfana), pueden venderla sin competencia durante 7 años. La enfermedad de Pompe es una enfermedad rara y el fármaco que John Crowley y el Dr. Stonehill desarrollan durante el curso de esta historia tiene el estatus de “orphan drug”; y se nos explicamos como ambos lucharon para recaudar el capital de riesgo y crear Prozyme (inspirada en la real Novazyme) y al final vendérselo a una compañía farmacéutica más grande (Zymagen, basada en la real Genzyme). 

En 2006, la FDA aprobó el tratamiento de la terapia de sustitución de la enzima sobre la que John Crowley había trabajado sin descanso hasta conseguir el tratamiento clínico de prueba. Los pacientes a los que se da el tratamiento desde que nacen pueden ver como sus vidas se prolongan y la calidad de vida mejora notablemente. Hoy en día, John Crowley dirige una compañía bio-farmacéutica llamada "Amicus Therapeutics" que desarrolla medicinas para múltiples enfermedades genéticas raras. John y su esposa Aileen Crowley han dispuesto la web Familia Crowley, donde los interesados en la enfermedad de Pompe pueden estar al tanto de sus acciones. Y el propio John Crowley hace un pequeño cameo en la película representando, irónicamente, a uno de los hombres de negocios a los que Crowley y Stonehill persiguen para recaudar fondos. 

En la actualidad, la Organización Mundial de la Salud reconoce la existencia de entre 6000 y 8000 enfermedades raras, de las cuales el 80% son de origen genético. En España, el número máximo de pacientes necesarios para considerar una enfermedad como rara es de 22000 enfermos. Una de estas enfermedades raras es la estrella de la película de hoy y en España contamos con la Asociación Española de Enfermos de Glucogenosis (AEEG).  

Sin duda, esta película nos trae a la memoria otra similar: El aceite de la vida (George Miller, 1992), la denodada lucha de Augusto y Michaela Odone en busca de un tratamiento efectivo para la adrenoleucodistrofia de su hijo Lorenzo. Una película paradigmática sobre las enfermedades raras y que ha sido motivo de una entrada muy particular en Cine y Pediatría, así como motivo de emociones y reflexiones en un Curso de Bioética
Aunque el desarrollo de la historia y de los personajes de El aceite de la vida es bastante superior y más épico al de Medidas extraordinarias (y, desde luego, la maestría actoral de Nick Nolte y Susan Sarandon dejan a bastante distancia el buen hacer de Brendan Fraser y Keri Russell), lo cierto es que tanto la familia Odone como la familia Crowyley son ejemplos vivos (llevados al cine) de cómo se hace parte de la historia en la investigación de enfermedades raras. Y mostrar, aunque no sea su intención, la cara más fea del capitalismo distingue a Medidas extraordinarias de El aceite de la vida. Porque aquí se nos subraya un mensaje bastante duro (y deshumanizante): el que, desgraciadamente, nos recuerdan que la vida sólo vale algo si vale dinero.

 

sábado, 19 de febrero de 2011

Cine y Pediatría (58): La angustia de ser padres o yo por mi hij@… maaato

No os asustéis por el titular: que no vamos a hablar de nada (ni nadie) que no debamos. En esta entrada queremos hacer un breve recuerdo a un estado de partida muy explorado en los guiones cinematográficos: padres sometidos a un particular estado de angustia por la situación en que se encuentran sus hijos, porque “nada duele como un hijo”. De hecho, las tres semanas previas son un ejemplo de lo que hablamos: Denzel Washington se enfrentaba en John Q (Nick Cassavetes, 2001) a la angustia por conseguir un trasplante de corazón para su hijo; Nanni Moretti en La habitación del hijo (Nanni Moretti, 2001) nos ofrecía una visión del duelo por la muerte inesperada de un hijo; y Nick Nolte y Susan Sarandon se vaciaban en El aceite de la vida (George Miller, 1992) con la epopeya por la búsqueda de la curación de la adrenoleucodistrofia de Lorenzo. 

Tres ejemplos de otras muchas películas con una temática similar. Pero hoy nos centramos en películas en los que alguna “estrella de Hollywood” se convierte en padre/madre coraje en busca de la recuperación de su hijo desaparecido o secuestrado. Algunos ejemplos son clásicos y perduran con el tiempo. Así, en El hombre que sabía demasiado (Alfred Hitchcock, 1956) se nos muestra a James Stewart y Doris Day envueltos en el secuestro de su hijo durante unas vacaciones en Marruecos (curiosamente esta obra es la versión en Estados Unidos de una película con el mismo título, realizada por el propio Hitchcock en 1934 en Reino Unido). Paradigmático es el papel de Jack Lemmon en Desaparecido (Costa-Gravas, 1982) y la busca desesperada de su hijo durante el golpe estado del presidente Salvador Allende en Chile, así como el papel de Susan Sarandon en Tensa espera (Robert Allan Ackerman, 1994), esa madre abnegada con 7 hijos y que recibe la noticia de que su hijo mayor ha sido víctima de un atentado terrorista en Oriente Medio donde estaba destinado, comenzando una tensa espera familiar ante nuevas noticias. 

Dos actrices, una en su papel de madre coraje (Jodie Foster) y otra en su papel de hija secuestrada (Dakota Fanning), han sufrido un guion similar en dos ocasiones. Ambas son actrices prodigios en Hollywood: Jodie Foster ya es una afamada actriz con dos Óscar en su haber (por Acusados de Jonathan Kaplan, 1998; y por El silencio de los corderos de Jonathan Demme, 1991) y también directora, pero debutó a los 13 años en un papel en Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) que ya le valió la nominación a mejor actriz de reparto. Dakota Fanning es aún una niña que nos sigue sorprendiendo desde su debut a los 7 años en Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001). 

Jodie Foster se enfrenta a dos pesadillas como madre. En un caso encerrada con su hija adolescente en una habitación de máxima seguridad de su casa (La habitación del pánico de David Fincher, 2002), debido al ataque de tres ladrones (con la peculiaridad de que la hija es diabética y sufre una crisis de hipoglucemia con ataque epiléptico, con búsqueda desesperada del glucagón). En otra intentando encontrar a su hija de 6 años que ha desaparecido misteriosamente en el avión que vuela de Berlín a Nueva York (Plan de vuelo: desaparecida de Robert Schwentke, 2005). 

Dakota Fanning sufre un doble secuestro: En Atrapada (Luis Mandoki, 2002) es secuestrada con sus padres (Charlize Theron y Stuart Towsend, quienes, curiosamente, se conocieron en esta película y son pareja aún actualmente) y ella acaba siendo lo mejor de la película (excelente su interpretación de las crisis de disnea aguda por asma). En El fuego de la venganza (Tony Scott, 2004) muestra la particular relación con su guardaespaldas (Denzel Washington), aceptable thriller con el secuestro de niños en México como telón de fondo, noticia que sigue siendo una triste realidad. 

Otros padres coraje en películas con hijos secuestrados o desaparecidos son Mel Gibson en Ransom (Ron Howard, 1996), Michel Pfeiffer en En lo profundo del océano (Ulu Grosbard, 1999), Michael Douglas en Ni una palabra (Gay Fleder, 2001) o Liam Neeson en Venganza (Pierre Morel, 2008). 

El tema se ha explotado repetidamente, pero repetidamente sin conseguir ser películas de especial interés cinematográfico. Más bien adquieren el aspecto de telefilme de “no-tengo-nada-que-hacer-esta-tarde-de-fin-de-semana-y-me-la-veo”, pero sin que podamos destacar en su mayoría especiales dones para el séptimo arte. En algunos casos se llega al espasmo. Y si no que se lo pregunten a Andy García (Medidas desesperadas de Barbet Schroeder, 1998), ese policía de San Francisco que busca desesperadamente un candidato compatible para realizar un trasplante de médula ósea de su hijo pequeño, afecto de leucemia. La única persona que cumple todos los requisitos es un asesino múltiple (Michael Keaton) quien acepta ser el donante, pero quien, una vez en el hospital, logra escapar. La película se convierte en una pura persecución, buena parte de la cual es por el hospital, con oncólogos infantiles como rehenes. Pues eso… 

Os dejamos con el tráiler de Ni una palabra y de En lo profundo del océano. Ciertamente, no creo que haya palabras (ni películas) que puedan reflejar el profundo dolor que puede provocar una experiencia como la desaparición o secuestro de un hijo. Aquí no hay dudas que la realidad (aún una lacra en algunos países) supera a la ficción.