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sábado, 21 de septiembre de 2024

Cine y Pediatría (767) “El rapto” de niños en nombre de la fe

 

Es Marco Bellocchio un experimentado director y guionista italiano, quien sigue activo a los 84 años de edad. Son, pues, seis décadas donde se ha dedicado a contar historias con unas claras señas de identidad de su cine: su compromiso con el pensamiento de izquierdas y su mirada crítica hacia la sociedad. Y así fue desde su ópera prima en el largometraje, Los puños en los bolsillos (1965), hasta su última obra hasta el momento, El rapto (2023); y, entre ellas, obras como China está cerca (1967), Noticias de una violación en primera página (1972), En el nombre del padre (1972), La sonrisa de mi madre (2002), Buenos días, noche (2003), El traidor (2019) o Exterior noche (2022). 

Y hoy nos convoca su última obra, El rapto (2023), la historia real del niño judío secuestrado por el Vaticano en el siglo XIX y conocido como el caso Mortara, un drama familiar con amplias repercusiones políticas. La historia real fue la siguiente, y ello se intenta reflejar en la película. En 1858, en Bolonia, que entonces formaba parte de los Estados Pontificios, la policía se llevó a Edgardo, el hijo pequeño de seis años de la familia Mortara, y lo condujo al Vaticano por orden del Papa Pio IX. Los Mortara eran comerciantes judíos que vivían en el gueto de la ciudad. Cuando siendo un bebé Edgardo había enfermado, la criada de la familia, una chica católica de escasas luces llamada Anna Morisi, decidió bautizarlo en secreto para salvar su alma en caso de que falleciera. Esta información llegó tiempo después a oídos del inquisidor local, Pier Gaetano Feletti, que ordenó que se le arrebatara el niño a la familia para educarlo en la fe católica. Según una antigua norma papal, cualquier cristiano podía improvisar un bautizo para salvar el alma de un crío en peligro de muerte. Y una vez bautizado, el infante pasaba a ser cristiano. 

Y en el filme, y durante su metraje de 134 minutos, conocemos a Edgardo niño (Enea Sala), en el contexto de su familia, con siete hermanos más, hasta el Edgardo adolescente y joven (Leonardo Maltese), ya totalmente abducido por su formación católica, junto con otros muchos niños en su misma situación, y junto al Papa Pio IX (Paolo Pieroboron), quien le coge una especial estima. Baste recordar esa escena en el salón en la que el Papa come con los niños que ha cogido a su cargo y pregunta: “¿Alguien puede decirme que es un dogma?”. Y la contestación del niño Edgardo, tras el silencio del resto: “El dogma es una verdad de fe, en la que se cree sin cuestión alguna y sin discusión, porque viene directamente de Dios”. Y el Papa le responde: “¡Bravo Edgardo! Me has costado caro, pero me has compensado ampliamente. Dios obró un milagro al confundir a esos canallas que querían secuestrarte, pero afortunadamente sigues aquí”. Y ello porque la película es una continua la lucha de la familia (y también del pueblo) para tratar de recuperar a su hijo ante esta acción de la Iglesia Católica. Y donde la madre lamenta: “Sigue allí en Roma solo. Lo llenan de mentiras. ¿Me devolverán a mi hijo después de todo esto?”. 

Y Bellocchio nos lo narra en estilo casi documental, aplicando las fechas concretas a los fotogramas, desde el presunto bautizo en la noche del 24 de junio de 1858 hasta la muerte de Pio IX, el 7 de febrero de 1878, pasando por el juicio a Pier Gaetano Feletti (Fabrizio Gifuni) en 1860 (donde es exculpado, mientras Edgardo es confirmado en la fe católica), o el mismo asalto por el ejército al seminario de Roma en 1870, donde su hermano le pregunta: “¿Pero cómo puedes defender a esos criminales que te raptaron?” (esta parte es una licencia no fiel a la historia). Y es que ha pasado una década, y ahora Edgardo está muy feliz de haber abrazado el cristianismo, y ya ha olvidado que le arrancaron de los brazos de su familia en su infancia. Es más, considera que el bautismo le salvó… Y es tal la separación que se establece con su familia que no acudió al funeral de su padre, y en el lecho de muerte de su madre, intenta bautizarla, aunque esta es firme: “Nací siendo judía y moriré judía”. 

En resumen, con absoluta prepotencia y total impunidad, el Vaticano le arrebató su hijo a una familia judía y lo recluyó con otros niños en situaciones similares en la Casa de los Catecúmenos de Roma para educarlo allí en el seno de la Iglesia. El padre del niño no se quedó de brazos cruzados; movió sus contactos en la comunidad hebrea de Bolonia y Roma. El caso acabó en las páginas de la prensa internacional y se armó un escándalo que llegó a tener consecuencias políticas. Rabinos italianos y de Estados Unidos intervinieron y hasta los banqueros Rothschild, que financiaban al Vaticano con sus préstamos, presionaron. Pero el Papa se mantuvo firme. No olvidemos que fue Pio IX quien introdujo lo de la “infalibilidad del Sumo Pontífice”… y tampoco olvidemos que fue beatificado en el año 2000 por el Papa Juan Pablo II. Con su pontificado de casi 32 años ha sido el segundo más largo de la historia de la Iglesia, o el más largo si se descarta el de Simón Pedro, cuya duración es difícil de determinar. 

El caso de Edgardo Mortara se convierte en un vibrante alegato contra los abusos del poder. El asunto ha dado pie a varios libros, pero destaca el de David Kertzer, antropólogo e historiador estadounidense, especializado en la historia política, demográfica y religiosa de Italia, quien publicó en 1997 “The Kidnapping of Edgardo Mortara”, y más adelante algunos sobre Pio IX, como “The Pope and Mussolini: The Secret History of Pius XI and the Rise of Fascism in Europe" (2014) y “The Pope Who Would Be King: The Exile of Pius IX and the Emergence of Modern Europe” (2018). Y parece que tampoco Bellocchio quiere olvidarse, teniendo en cuenta que ya el propio Steven Spielberg mostró antes interés en llevar esta historia al cine, interesante como materia prima para una película por tres motivos: por el drama familiar, con un niño zarandeado entre dos religiones; por las repercusiones políticas que tuvo en unos momentos de grandes tensiones y cambios sociales en la Italia del Resorgimento; y por los conflictos que han abatido con tanta frecuencia el Vaticano y la figura de algunos Papas, y aquí cabe pensar que los coletazos del asunto llegaron hasta el año 2000, ya que fue un argumento contra el proceso de beatificación de Pío IX, que pese a todo Juan Pablo II acabó llevando a cabo. 

Está claro que la visión anticlerical de Bellocchio no se oculta en esta película y en toda su filmografía. Pero tampoco la historia de los Papas es ajena a la corrupción y a aspectos nada divinos, y en el recuerdo está la trinidad de los más corruptos (Esteban VI y su Sínodo del Terror, Juan XII, conocido como El Papa Fornicario, y Bonifacio VIII, conocido como el Papa Corrupto) y el decálogo de otros que no le fueron a la zaga (Sergio III, Benedicto IX, Inocencio IV, Clemente VI, Urbano VI, Sixto IV, Inocencio VIII, Alejandro VI, Julio II y León X). Los legados de estos Papas no solo empañaron la reputación de la Iglesia Católica Romana, sino que también inspiraron una investigación sobre la legitimidad de las verdades supuestamente eternas que sus enseñanzas religiosas afirman contener. Porque el hecho de que varios Papas hayan sido malos en el sentido de que ni siquiera cumplieron con los estándares mínimos de integridad moral y piedad, plantea un problema grave para el catolicismo romano. En cualquier caso, hay que ver este listado de forma global. Pues a lo largo de la historia la lista del Anuario Pontificio contiene 264 Papas y 266 papados (esto se debe a que Benedicto IX accedió en tres ocasiones al papado). 

Y regresamos al colofón de esta película: “Hasta 1906, don Pío María Edgardo Mortara llevó una vida misionera de predicación. Ese mismo día se retiró a la abadía de Bouhay, cerca de Lieja, en Bélgica, donde falleció el 11 de marzo de 1940 con casi 90 años”. Porque cierto es que Edgardo presentó algo así como un síndrome de Estocolmo en la religión (llamémosle como síndrome del Vaticano), pues se convirtió en un sacerdote de férrea fe que recorrió Europa contando su historia como ejemplo de una conversión que había salvado su alma, siendo además un erudito políglota. 

Historia, denuncia y ficción se dan la mano en El rapto, la última obra de Marco Bellocchio. No confundir este film (por título original, Rapito) de la película argentina El rapto (Daniela Goggi, 2023), sobre las desapariciones de la brutal dictadura argentina en la década de los 80.

 

sábado, 24 de febrero de 2024

Cine y Pediatría (737) “La historia de Amber” y el origen de la creación de un sistema de alerta para menores desaparecidos

 

Los efectos de la desaparición de un familiar repercuten en la salud física y psicológica de los familiares cercanos y produce un estado de conmoción persistente, de crisis latente y prolongada, en el que la angustia y el dolor causado por la ausencia de la persona amada continúa indefinidamente. Ese proceso de angustia ante tal pérdida se ocasiona porque no logran realizar el ritual del duelo, por la vulneración de los derechos humanos y desconocimiento de la verdad. Si la desaparición es la de un hijo, no es difícil imaginar cómo esta repercusión se incrementa. Y el cine se ha hecho eco de estas historias, muchas de ellas basadas en hechos reales. 

Y hoy vamos a comentar un caso que tuvo en la lucha de los familiares (esos padres y madres coraje que surgen por la tremenda realidad a la que se enfrentan) una repercusión muy positiva para otros menores: la desaparición y asesinato de la niña de 9 años, Amber Hagerman en el estado de Texas a principios del año 1996. Y lo vamos a fundamentar en dos películas: un telefilme y un documental. 

- El secuestro de Amber (Keoni Waxman, 2006) es un telefilm de 85 minutos basado en hechos reales, que comienza con los hechos acaecidos ese 13 de enero de 1996 cuando la pequeña Amber sale a montar en bici y a plena luz del día un hombre la mete en un coche. La situación es vista en la distancia por un vecino anciano, por lo que enseguida comienza la búsqueda policial, con la angustia de Donna (Elisabeth Röhm), esa madre separada que espera con angustia junto a su otra hija y su familia: “No quiero estadísticas. Quiero a mi hija”. Cuatro días después aparece el cuerpo de la pequeña en la cuneta de un río. Y ya en agosto de 1996, se nos presenta cómo la madre lucha por crear una asociación denominada Ciudadanos contra los Crímenes Sexuales, y cuenta con el apoyo de un congresista. Un año después, consigue que algunos estados se sumen a activar un sistema de alerta con el objetivo de activar a toda la población y organismo estatales cuando desaparece un menor. 

Un salto temporal en agosto de 2003 nos traslada a otro lugar y otra historia, la de la pequeña Nicole, su madre soltera y el cuidador habitual que la considera como una hija, pero se extralimita en un momento dado. Y con esta historia que se entremezcla con la de la propia Donna y su lucha por salir adelante y mantener vivo el recuerdo de su hija, mientras intenta ayudar a que a otros niños no les pase lo mismo. Y la segunda historia nos sirve para conocer los resultados favorables del ya conocido como sistema AMBER. 

Finaliza esta película con la imagen real del presidente George W. Bush, cuando firmó la Ley Project del año 2003 y declaró: “Ningún niño debería experimentar el terror de un rapto. Ninguna familia debería sufrir la pesadilla de perder a un hijo”. Y con el mensaje de que en febrero de 2005 todos los 50 estados de Estados Unidos adoptaron este sistema de alerta para la detección precoz de menores desaparecidos. Y cierto que las virtudes cinematográficas de esta película no son las mejores, pero nos permite conocer algo que muchos desconocíamos. 

- Amber: The Girl Behind The Alert (Elizabeth Fisher, 2023) es una película documental de 90 minutos sobre esta historia de Amber Hagerman, la niña cuyo secuestro y asesinato sigue sin resolverse, pero que inspiró la Alerta AMBER, que desde entonces ha salvado a más de 1000 niños. Y que nos lleva a hacernos la pregunta de qué pasa en una sociedad como la estadounidense (tan diferente a sus vecinos canadienses), donde el catálogo de desdichas para teleseries está a la orden del día, sean asesinos en serie, tiroteos en institutos o desapariciones de personas. 

Y vale la pena profundiza sobre este sistema de alerta que adquirió el nombre de pila de la niña Amber Hagerman, pero que se escribe en mayúsculas, para designar el retroacrónimo AMBER de America's Missing: Broadcast Emergency Response (que significaría en español, «Personas perdidas de América: retransmisión de respuesta de emergencia»). Porque los expertos han indicado que las primeras horas son vitales, por ello la alerta se emite lo antes posible y es transmitida por diversos medios como televisión, radio, mensaje de texto, correo electrónico, pantallas electrónicas de autopistas, estaciones y aeropuertos, entre otras. Y todo ello con el fin de poder llegar al mayor número de personas posibles. Y cabe conocer que el sistema de alerta AMBER no sólo se utiliza cuando se lleva a cabo algún secuestro, sino también cuando algún menor corre el peligro de ser abusado sexualmente o maltratado físicamente. 

Como hemos dicho, este sistema de alerta AMBER ya se encuentra en Estados Unidos, pero también en algunos otros países. Cada lugar tiene sus propias normas de activación, pero de manera general las directivas empleadas son: que sea un menor de 18 años; que un departamento de policía valide la desaparición del menor; que se cuente con la suficiente información del niño, el sospechoso o su vehículo; y que suponga un grave riesgo para su integridad. Con ello se motiva a todos los miembros de la comunidad a estar atentos para encontrar al niño secuestrado y al sospechoso del secuestro. 

Y, una vez más, de un mal surgió un bien. Y la memoria de esta niña ya será eterna…

 

sábado, 25 de mayo de 2013

Cine y Pediatría (176). “Adiós pequeña, adiós”, mucho más que el secuestro de una niña


Hace más de dos años hablamos de padres y madres coraje de Hollywood en busca de un hijo desaparecido o secuestrado, una de las experiencias más profundamente dolorosas que uno pueda vivir o imaginar.  Hoy regresamos con una película con un tema similar, pero diferente. Porque Adiós pequeña, adiós (Ben Affleck, 2007) es mucho más que una película sobre el secuestro de un niño. Es una película con un trasfondo ético que nos acompaña durante todo el metraje y que sigue ahí perenne, con una pregunta que no resultará nada fácil de responder.

Porque Ben Affleck ha sido la gran sorpresa (o quizás no tanto) de los últimos premios Óscar. Y lo ha sido no como actor, sino como director de Argo, una pequeña obra maestra que mereció alzarse con el Óscar a Mejor película del año 2012, así como acaparar también los premios de Mejor guión adaptado y Mejor montaje. Y quizás no fue tal sorpresa como director, pues previamente había dirigido The Town (2012) y nos sorprendió en 2007 con esta su ópera prima, Adiós pequeña, adiós (sin olvidar que en el lejano 1997 ya ganó un Óscar al Mejor guión original, junto a su amigo Matt Damon, por El indomable Will Hunting de Gus Van Sant).

El guion de la película está basado en la novela “Desapareció una noche” de Dennis Lehane, autor también de “Mystic River”, en la que se basó la película homónima de Clint Eastwood. La novela es la cuarta de una saga de éxito de los años 90 protagonizada por los detectives privados Kenzie y Gennaro. Las durísimas novelas de detectives de Dennis Lehane, que mezclan un intenso suspense con magníficos personajes y temas escandalosos extraídos de los barrios bajos en los que impera el crimen, se han convertido en los últimos años en unas de las novelas de ficción contemporánea más electrizantes de los Estados Unidos. El territorio Lehane no sólo ahonda en el oscuro mundo del crimen y de las persecuciones policiales cargadas de suspense, sino que también se sumerge en los recovecos del corazón humano.

Ben Affleck , nacido en Boston y con una gran pasión por su ciudad, llevaba muchos años escuchando alabanzas sobre las novelas de Lehane. Por lo que decidió lanzarse a la dirección con una novela con un tema tan polémico como éste, y todo comenzó por escribir el guion adaptado con su gran amigo y compañero de instituto, Aaron Stockard. Y para ello Affleck y Stockard sabían que era imprescindible conservar intacta la turbia complejidad moral del mundo de Lehane y lanzarse a una película que no dejará indiferente a nadie. Es así como Ben Affleck se suma al elenco de buenos actores que pueden llegar a ser grandes directores, como ha sido el caso de Robert Redford, Warren Beatty, Mel Gibson o Clint Eastwood, entre otros.

La pareja de detectives privados Patrick Kenzie (Casey Affleck, hermano del director) y Angela Gennaro (Michelle Monaghan) son contratados por los tíos de la pequeña Amanda McCready (Madeline O'Brien), de cuatro años de edad, para encontrar a su sobrina desaparecida de su casa en el conflictivo barrio de Dorchester, en la ciudad estadounidense de Boston, una niña que vive con su despreocupada madre drogadicta, Helen (Amy Ryan). Kenzie y Gennaro deberán colaborar con dos policías de Boston, los detectives Remy (Ed Harris) y Nick (John Ashton), bajo el mando del capitán Jack Doyle (Morgan Freeman), e indagar en los bajos fondos de la ciudad tras la pista de la niña en una investigación en la que todo apunta hacia un ajuste de cuentas por drogas contra la madre de la pequeña. Pero las cosas se complican y la niña es dada por muerta, hasta que otro niño desaparece unos meses más tarde poniendo a Kenzie tras la pista de un grupo de pederastas residentes en la zona. Adiós pequeña, adiós está repleta de personajes perfectamente definidos y realmente interesantes, pero una de las grandes estrellas de la película es sin lugar a dudas la ciudad de Boston.

La película no estuvo exenta de polémica en su llegada a las salas, ya que coincidió con la desgraciada desaparición en de la niña británica Madeleine McCann ("el caso Madeleine"), quien además se parecía mucho a la protagonista del filme.

 Final con un trasfondo ético duro, de los que dan mucho que pensar (tanto al protagonista como a los espectadores): ¿dónde se encontraría mejor la niña, con su madre real drogadicta o con la familia del sargento que perdió una hija de 12 años y se apropió de ella…?. Casey Affleck, nuestro protagonista, lo resume de la siguiente forma: “Creo que al salir del cine mucha gente se preguntará cómo se habría comportado en una situación así, si hubiese estado en la situación en la que se encuentra mi personaje al final de la película. Y eso es una de las mejores virtudes de la película: su impacto emocional”. 

sábado, 12 de noviembre de 2011

Cine y Pediatría (96). La infancia en el cine del genio de Clint Eastwood (II): “El intercambio” y “Gran Torino”


Entre nuestra publicación de la semana pasada y ésta, el mundo del cine ha tributado un nuevo homenaje a Clint Eastwood (premio al mejor director del año en el XII Festival de Hollywood), todo ello en vísperas del estreno de su próxima película, J Edgar, un biopic en el que Leonardo di Caprio interpretará al principal impulsor del FBI y una de las personas con más poder en la historia de los Estados Unidos.

Continuando con su peculiar visión de la infancia en su filmografía, el año 2008 resultó especialmente prolífico. Sólo un genio como él podía estrenar dos buenas películas casi a la vez: El intercambio y Gran Torino, ambas con la infancia como trasfondo (ya hizo algo similar en el año 2006 con Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima, en este caso con el trasfondo de la batalla de Iwo Jima bajo el punto de vista estadounidense y japonés, respectivamente).

El intercambio (2008) se basa en una historia real ocurrida en 1928 en Los Ángeles. Cuenta la historia de Christine Collins (Angelina Jolie, uno de los rostros más bellos del cine actual), una madre soltera (abandonada por su marido, quien no puedo asumir la responsabilidad de la paternidad) que trabaja como telefonista y que vive con su hijo Walter de 9 años. Un día hizo el favor de cubrir la baja laborar de una compañera y, al volver por la noche, la cámara ya nos muestra la intuición de una madre de que algo ha ocurrido; no encuentra a su hijo y tiene que pasar las angustiosas primeras 24 horas de tiempo que la policía admite como para considerar desaparecida a una persona. La policía de Los Ángeles arrastra una pésima fama de incompetencia y corrupción y trató de lavar su imagen devolviéndole, meses después, un niño que no era su verdadero hijo, pues las diferencias físicas que presentaba no se podían deber al trauma del secuestro. A partir de este momento Angelina se vuelve una madre coraje (una más, sobre un tema recurrente en el cine y del que ya hemos hablado), intentando recuperar a su hijo y trata de denunciarlo a la prensa con la ayuda de un reverendo de la iglesia presbiteriana (John Malkovich), experto en hacer campaña contra el cuerpo policial y sus dirigentes, especialmente frente al comisario al cargo de la investigación (Jeffrey Donovan).

El argumento es de uno de tantos telefilms de sobremesa (típico asesino en serie, policía corrupta y madre coraje en busca de la verdad), pero en manos de Eastwood se convierte en una magnífica película, gracias a la maestría de su dirección y a un guion que permite atraer la atención con sus continuos giros (la historia se prolonga durante 7 años), así como a la cuidada ambientación de época y la corrección de la realización y del diseño de producción. Y, como no decirlo, a la soberbia interpretación de Angelina Jolie (un personaje complejo, lleno de emociones, por el que fue nominada al Óscar a Mejor actriz, que ese año consiguiera Kate Winslet por su también complejo papel en el El lector de Stephen Daldry): ¿por qué será que Angelina se crece cuando pisa un centro de internamiento psiquiátrico? (ya le ocurrió en Inocencia interrumpida –James Mangold, 1999- por el que si consiguió su único Öscar como Mejor actriz de reparto). El vestuario, peinado y maquillaje de Jolie son de un gran gusto estético, que termina de complementar la belleza de este film. Difícil olvidar esos labios rojos de Angelina (que destacan sobremanera en toda la película sobre el tono de época que baña la película), sobre todo en la escena de perfil, con el sombrero de época y un lágrima rodando por su mejilla.

Puro cine de autor, puro cine clásico en el siglo XXI. En este sentido, dos detalles a considerar, ambos al final de la película. Uno es el guiño a los premios Óscar de 1934 (que nos marca el final de esos 7 años de relato, que comenzaron con la desaparición del hijo en 1928), cuando nos muestra la clásica disputa de aquel año entre Sucedió una noche (Frank Capra) y Cleopatra (Cecil B. de Mille), de la que salió victoriosa la primera. La otra es la escena final, a cámara fija durante varios minutos, que nos muestra a la Sra Collins alejarse por una calle de época acompañada de la música de fondo (compuesta por el propio director). Clint Eastwood nos traslada a la época dorada de Hollywood. Y Angelina Jolie nos demuestra que no es incompatible tener belleza y talento. Eastwood y Jolie nos llegan al corazón en una película llena de emociones.

Gran Torino (2008), estrenada con sólo unos meses de margen, también con la infancia como argumento nuclear en una aparente sencilla película, pero que resultó un soplo de aire fresco. Estrenar dos películas de calidad pierde la condición de sorprendente cuando el individuo en cuestión es Clint Eastwood, etiquetado ya por los medios como “el último clásico”.

Gran Torino nos presenta Walt Kowalski (el propio Clint Eastwood, en otro contenido personaje lleno de matices), un viejo hombre, viudo y no muy ligado a sus hijos, alguien que ya no pertenece a esta época y que vive solo junto al preciado coche que da título a la película (y que simboliza todo lo que ama y respeta en este mundo que no entiende). Walt se encuentra solo en medio de un mundo en constante cambio, donde nada se hace ya a la manera que él conoce, donde los valores y la integridad que rigen su vida son motivo de risa. Sin embargo, esa casa está en un vecindario lleno de inmigrantes asiáticos e hispanos. Los conflictos que surgen de esta convivencia nos hablan de la familia y, más en general, de los valores de la sociedad.

Si sumamos la personalidad, el carácter y los perjuicios de Walt, veterano de la guerra de Corea (y que rechaza todo lo asiático), con una familia vietnamita de vecinos (especialmente con sus dos hijos, Taho y Sue), podemos imaginar las posibilidades de guion. A partir de un violento incidente con una banda de matones, a los que Walt responde con firmeza (en un guiño al personaje de Harry Callahan que marcó sus inicios), tendrá un mayor acercamiento hacia sus vecinos, quienes le acogen como un héroe. Pronto se fijará en el más pequeño de la familia, un adolescente a quien tomará como ahijado y a quien enseñará todo lo que sabe (a él le dice lo de “yo acabo las cosas, eso es lo que hago“); a cambio, el joven le hará sentirse menos retrógrado y menos racista.

Gran Torino es una película de personajes y, especialmente, de la evolución de éstas. La evolución de Walt, Taho y Sue (Bee Vang y Ahney Her, ambos actores no profesionales elegidos entre un amplio abanico de candidatos) nos habla sobre los valores necesarios en esta multicultural sociedad en la que vivimos, mientras penetra en las almas de sus personajes.

En este breve repaso de 4 películas, Eastwood nos habla de su respeto a las infancias perdidas, bajo diversas aristas: Philip, el niño que descubre la figura paterna en su secuestrador (Un mundo perfecto); Jimmy, Sean y Dave, quienes intentan escapar de los lobos de sus conciencias, consecuencia de una inocencia perdida demasiado prematuramente. (Mystic River); Walter, el recuerdo del niño secuestrado y la angustia que genera en la familia y la sociedad (El intercambio); Taho y Sue, los adolescentes vietnamitas que aprenden a crecer en un ambiente que no es el suyo, más hostil del que merecen (Gran Torino).

Gracias Clint Eastwood. Larga vida al genio.

 

sábado, 19 de febrero de 2011

Cine y Pediatría (58): La angustia de ser padres o yo por mi hij@… maaato

No os asustéis por el titular: que no vamos a hablar de nada (ni nadie) que no debamos. En esta entrada queremos hacer un breve recuerdo a un estado de partida muy explorado en los guiones cinematográficos: padres sometidos a un particular estado de angustia por la situación en que se encuentran sus hijos, porque “nada duele como un hijo”. De hecho, las tres semanas previas son un ejemplo de lo que hablamos: Denzel Washington se enfrentaba en John Q (Nick Cassavetes, 2001) a la angustia por conseguir un trasplante de corazón para su hijo; Nanni Moretti en La habitación del hijo (Nanni Moretti, 2001) nos ofrecía una visión del duelo por la muerte inesperada de un hijo; y Nick Nolte y Susan Sarandon se vaciaban en El aceite de la vida (George Miller, 1992) con la epopeya por la búsqueda de la curación de la adrenoleucodistrofia de Lorenzo. 

Tres ejemplos de otras muchas películas con una temática similar. Pero hoy nos centramos en películas en los que alguna “estrella de Hollywood” se convierte en padre/madre coraje en busca de la recuperación de su hijo desaparecido o secuestrado. Algunos ejemplos son clásicos y perduran con el tiempo. Así, en El hombre que sabía demasiado (Alfred Hitchcock, 1956) se nos muestra a James Stewart y Doris Day envueltos en el secuestro de su hijo durante unas vacaciones en Marruecos (curiosamente esta obra es la versión en Estados Unidos de una película con el mismo título, realizada por el propio Hitchcock en 1934 en Reino Unido). Paradigmático es el papel de Jack Lemmon en Desaparecido (Costa-Gravas, 1982) y la busca desesperada de su hijo durante el golpe estado del presidente Salvador Allende en Chile, así como el papel de Susan Sarandon en Tensa espera (Robert Allan Ackerman, 1994), esa madre abnegada con 7 hijos y que recibe la noticia de que su hijo mayor ha sido víctima de un atentado terrorista en Oriente Medio donde estaba destinado, comenzando una tensa espera familiar ante nuevas noticias. 

Dos actrices, una en su papel de madre coraje (Jodie Foster) y otra en su papel de hija secuestrada (Dakota Fanning), han sufrido un guion similar en dos ocasiones. Ambas son actrices prodigios en Hollywood: Jodie Foster ya es una afamada actriz con dos Óscar en su haber (por Acusados de Jonathan Kaplan, 1998; y por El silencio de los corderos de Jonathan Demme, 1991) y también directora, pero debutó a los 13 años en un papel en Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) que ya le valió la nominación a mejor actriz de reparto. Dakota Fanning es aún una niña que nos sigue sorprendiendo desde su debut a los 7 años en Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001). 

Jodie Foster se enfrenta a dos pesadillas como madre. En un caso encerrada con su hija adolescente en una habitación de máxima seguridad de su casa (La habitación del pánico de David Fincher, 2002), debido al ataque de tres ladrones (con la peculiaridad de que la hija es diabética y sufre una crisis de hipoglucemia con ataque epiléptico, con búsqueda desesperada del glucagón). En otra intentando encontrar a su hija de 6 años que ha desaparecido misteriosamente en el avión que vuela de Berlín a Nueva York (Plan de vuelo: desaparecida de Robert Schwentke, 2005). 

Dakota Fanning sufre un doble secuestro: En Atrapada (Luis Mandoki, 2002) es secuestrada con sus padres (Charlize Theron y Stuart Towsend, quienes, curiosamente, se conocieron en esta película y son pareja aún actualmente) y ella acaba siendo lo mejor de la película (excelente su interpretación de las crisis de disnea aguda por asma). En El fuego de la venganza (Tony Scott, 2004) muestra la particular relación con su guardaespaldas (Denzel Washington), aceptable thriller con el secuestro de niños en México como telón de fondo, noticia que sigue siendo una triste realidad. 

Otros padres coraje en películas con hijos secuestrados o desaparecidos son Mel Gibson en Ransom (Ron Howard, 1996), Michel Pfeiffer en En lo profundo del océano (Ulu Grosbard, 1999), Michael Douglas en Ni una palabra (Gay Fleder, 2001) o Liam Neeson en Venganza (Pierre Morel, 2008). 

El tema se ha explotado repetidamente, pero repetidamente sin conseguir ser películas de especial interés cinematográfico. Más bien adquieren el aspecto de telefilme de “no-tengo-nada-que-hacer-esta-tarde-de-fin-de-semana-y-me-la-veo”, pero sin que podamos destacar en su mayoría especiales dones para el séptimo arte. En algunos casos se llega al espasmo. Y si no que se lo pregunten a Andy García (Medidas desesperadas de Barbet Schroeder, 1998), ese policía de San Francisco que busca desesperadamente un candidato compatible para realizar un trasplante de médula ósea de su hijo pequeño, afecto de leucemia. La única persona que cumple todos los requisitos es un asesino múltiple (Michael Keaton) quien acepta ser el donante, pero quien, una vez en el hospital, logra escapar. La película se convierte en una pura persecución, buena parte de la cual es por el hospital, con oncólogos infantiles como rehenes. Pues eso… 

Os dejamos con el tráiler de Ni una palabra y de En lo profundo del océano. Ciertamente, no creo que haya palabras (ni películas) que puedan reflejar el profundo dolor que puede provocar una experiencia como la desaparición o secuestro de un hijo. Aquí no hay dudas que la realidad (aún una lacra en algunos países) supera a la ficción.