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sábado, 31 de enero de 2026

Cine y Pediatría (838) “Los niños de la estación de Leningradsky”, infancias ultrajadas en Moscú

 

Nuestra película de hoy tiene algo de particular. No es un largometraje al uso, sino un cortometraje documental de tan solo 35 minutos de duración. Pero es tal la contundencia de sus imágenes y mensajes, que no podemos de dedicarle un post exclusivo. Hablamos del cortometraje polaco Los niños de la estación de Leningradsky (Hanna Polak, Andrzej Celinski, 2004) que retrata, con un estilo directo y sin comentarios en off, la vida cotidiana de un grupo de niños y adolescentes sin hogar que malviven en la estación de tren de Leningradsky, en Moscú. Y está claro que no es un descubrimiento, pues ya fue en su momento nominado al Óscar al mejor cortometraje documental. Es una obra dura, de fuerte impacto emocional, que funciona a la vez como denuncia social y como interpelación ética al espectador frente a la infancia excluida en la Rusia postsoviética. 

El film sigue a más de una docena de niños y niñas, de entre 8 y 14 años, que duermen en la estación, túneles, escaleras o alcantarillas, sobreviviendo mediante mendicidad, pequeños robos, prostitución y consumo de pegamento o alcohol para soportar el frío, el hambre y la violencia. Estos niños y niñas nos hablan y cuentan sus vivencias y experiencias, su (oscuro) pasado, su (duro) presente y su (ausente) futuro, y por orden de aparición son Sasha (8 años), Christina (11 años), Roma (12 años), Misha (13 años), Andréi (10 años), Yules (14 años), Tania (14 años), Artur (13 años), Zorina (13 años), Serguéi (12 años), Yuva (14 años), Andréi (13 años) y Andréi (12 años). 

En lugar de narración explicativa, son los propios menores quienes cuentan, en breves entrevistas y comentarios a cámara, sus historias de abandono, familias marcadas por el alcoholismo y la violencia, la muerte de hermanos o amigos y los episodios de brutalidad policial. He aquí algunas de sus escalofriantes manifestaciones: “Me fui de casa porque mis padres se emborrachaban y me pegaban… He apuñalado dos veces a mi padre en la barriga con un cuchillo mientras estaba borracho y me pegaba”, “Voy por ahí pidiendo dinero. Yo no quiero ponerme a robar”, “Me violaron cuando tenía 11 años… Después mi madre se volvió adicta a las drogas. Empecé a odiarlo todo en el mundo y me fui de casa”, “Los niños se van con esos pedófilos y luego se arrepiente porque enferman. Porque cogen la sífilis o el sida”, “Como empieces a esnifar pegamento, se acabó. Lo esnifas una y otra vez”. Y esta contundente reflexión final de Misha: “Dios cree en la gente y la ayuda. Quiere a todo el mundo, incluso a las malas personas. No solo a los niños. Quiere incluso a los chechenos. Pero sobre todo, quiere a los niños”

Son solo 35 minutos de metraje que dan mucho de sí. Porque es tal el bombardeo de desgracias y ultrajes a la infancia, que se hacen muy largos… y muy duros. Porque el documental subraya la dimensión estructural del problema: se habla de decenas de miles de niños sin hogar en Moscú (en torno a 30.000 viviendo en calles y estaciones; unos 100.000 que huyen cada año de hogares rotos por pobreza, alcohol y maltrato), conectando las biografías individuales con una crisis social masiva. 

Vale la pena analizar las características de la grabación, en la que se pueden destacar cuatro aspectos del estilo cinematográfico: 1) observacional y minimalista: la película adopta un enfoque de “cine directo” que nos sumerge en esa cruda realidad, con esa cámara a ras de calle, presencia prolongada con los niños, montaje a base de escenas breves y fragmentarias, casi sin contextualización histórica o política explícita; 2) primacía del testimonio infantil: no hay voz adulta analizando la situación; la banda sonora verbal son los relatos de los propios niños, con su lenguaje coloquial, sus juegos y sus plegarias, lo que confiere una fuerte autenticidad y al mismo tiempo expone su extrema vulnerabilidad; 3) estética cruda sin subrayados: las imágenes muestran consumo de sustancias, violencia, heridas, frío y suciedad, donde el impacto procede del contraste entre la cotidianeidad de lo filmado y la gravedad de lo que ocurre; 4) brevedad e intensidad: porque en solo 35 minutos condensa un mosaico de escenas de gran carga emocional, lo que ha generado elogios por su fuerza y también críticas que la acusan de ser demasiado impactante y poco contextualizada. 

Y su visionado, nos permite reflexionar sobre algunos de sus mensajes: 1) la visibilización de los “niños invisibles”: porque saca a la luz una población infantil literalmente expulsada del espacio doméstico y simbólicamente expulsada del imaginario colectivo ruso, a pesar de vivir en el corazón de la capital; y donde la estación, espacio de tránsito, se convierte en su hogar permanente; 2) el fracaso del entramado familiar y estatal: las biografías remiten a hogares devastados por pobreza, alcoholismo y violencia, y a una red de protección institucional insuficiente, que deja a estos menores en manos de la calle, de la policía o de explotadores sexuales, expulsados a mendigar o robar; 3) la normalización de la violencia y la muerte: los niños relatan detenciones, palizas, muertes por frío, sobredosis o asesinatos con un tono casi rutinario, como parte del paisaje de su vida, lo que transmite la interiorización de la precariedad extrema; 4) la interpelación moral internacional: el film se inscribe en una corriente de documentales que señalan las consecuencias humanas de las transiciones postsoviéticas, advirtiendo que el colapso económico y la reestructuración neoliberal han tenido como víctimas más visibles a la infancia pobre. 

La circulación internacional (incluida la nominación al Óscar) de esta película amplifica esa llamada de atención más allá de Rusia. Porque la situación de los niños sin hogar en Moscú persiste como un problema estructural, aunque con cifras más bajas que en los años 90 y 2000 gracias a intervenciones estatales y ONGs, pero agravada por la guerra en Ucrania y la crisis demográfica. Las estimaciones varían ampliamente debido a la falta de datos oficiales actualizados, pero donde se estimas entre cientos de miles y varios millones en toda Rusia, concentrados en ciudades como Moscú, San Petersburgo, Novosibirsk, Ekaterimburgo, Vladivostok o Volgogrado. Factores como alcoholismo familiar, pobreza y migración interna siguen impulsando el abandono infantil. 

Y es que la infancia es un indicador social de un país, un termómetro de la salud moral y política de la sociedad. Porque una ciudad (y un país) que es capaz de tolerar miles de menores viviendo en estaciones y alcantarillas revela un profundo deterioro del tejido social. A pesar de la oscuridad, el film deja entrever gestos de cuidado entre los propios niños, momentos de juego y reflexiones sobre Dios, el amor o el futuro, que actúan como recordatorio de una humanidad que persiste incluso en condiciones límite.
 

sábado, 27 de diciembre de 2025

Cine y Pediatría (833) “Los niños del barrio rojo” fotografían la explotación infantil


El trabajo y la explotación infantil representan una grave violación de los derechos de la infancia, afectando a millones de niños en todo el mundo que son privados de su educación, salud y desarrollo integral. Esta problemática surge principalmente de la pobreza extrema, la falta de acceso a servicios básicos y conflictos sociales que obligan a los menores a trabajar en condiciones peligrosas. Entre las formas comunes se encuentra el trabajo doméstico y esclavitud (millones de niños confinados en hogares para tareas agotadoras, expuestos a abusos), el trabajo forzoso en minas y agricultura, pero también la explotación sexual (se cuenta en cerca de dos millones de menores, principalmente niñas, obligadas a trabajar en la prostitución o pornografía). 

Y sobre esto último indaga esta película documental estadounidense titulada Los niños del barrio rojo (Ross Kauffman, Zana Briski, 2004). Una película que sigue a la fotógrafa Zana Briski en el distrito Sonagachi de Calcuta, quien se adentró aquí para realizar un reportaje de la prostitución de este barrio. Fue entonces cuando conoció a los hijos e hijas de estas prostitutas y se propuso enseñarles el arte de la fotografía y la grabación para que documentaran su dura realidad y ayudarles a escapar de la pobreza. Y les intentó salvar por el arte y la educación, pues la idea final era buscarles escuelas y asilos para separarles de ese ambiente hostil y pernicioso, aunque fue muy complicado que admitieran en las instituciones a la fratria de las trabajadoras sexuales. 

El director Ross Kauffman y la fotógrafa Zana Brinski (artífices de todo el proyecto, dirección, guion y fotografía) capturan la vida cotidiana de ocho niños en este barrio rojo de Calcuta: son Avijit, Shanti, Suchitra, Manik, Gour, Puja, Tapasi y Kochi. Ellas y ellos miran a la cámara y reflexionan sobre su vida y aspiraciones: “Vivo aquí con mi abuela porque mi madre no puede cuidar de mí. MI padre intentó venderme. Si mi hermano no llega a venir por mí, mi padre me habría vendido. Me preocupa poder acabar como ellas (las protitutas)”; “Ojalá pudiera llevarme a Puja de aquí. Cuando crezca, acabará en las calles, se drogará, robará dinero a la gente”; “La madre de Suchitra ha muerto. Pero su tía quiere enviarle a Bombay a hacer la calle… quiere que sea prostituta”. Ellos no son actores o actrices, son niños y niñas de ese barrio rojo plagado de prostitución. 

Zana les presta cámaras para fotografiar su mundo de miseria, adicciones y violencia. El color y la miseria de ese barrio de Calcuta consiguen que se transformen en imágenes poéticas de calles, animales y madres prostitutas. Fotos que se exhiben en Calcuta y también en Nueva York, atrayendo atención y fondos para enviarlos a internados y sacarlos de los burdeles. “Mi objetivo ahora es recaudar dinero para ellos, utilizando sus propias fotografías”. A pesar de rechazos escolares, abusos familiares y el riesgo de prostitución, se intenta que con una educación formal puedan romper ese ciclo generacional de prostitución: abuelas prostitutas, madres prostituta, hermanas prostitutas, hijas prostitutas,… 

Y a lo largo de esta película se mezclan las declaraciones de los menores con sus propias imágenes captadas por la cámara. Una película que tiene por título original Born Into Brothels: Calcutta's Red Light Kids, del que se derivan los problemas asociados a estos menores nacidos en los burdeles, al menos tres graves: uno sobre la explotación sexual, donde las personas (adultos y menores) pueden ser obligadas a trabajar en condiciones de esclavitud; otra sobre la trata de personas, algo muy asociado a la industria del sexo; y una tercera no menos importante, como es la salud pública, pues estos lugares son un foco de enfermedades de transmisión sexual. 

El colofón a las historias de estos ocho menores deja alguna esperanza, aunque menor de lo que deseáramos: “Avijit volvió a Calcuta y decidió entrar en la escuela Futuro Hope. El padre de Manik no le dejó ir a la escuela. La madre de Puja la sacó de la escuela Sabera. Shanti dejó la escuela Sabera por decisión propia. Gour todavía viven en casa y espera ir a la universidad. Tapasi se escapó de casa y fue a la escuela para niños de Sanlaap. La tía de Suchitra se negó a dejarla salir del burdel. Kochi decidió quedarse en Sabera, es feliz y le va bien. En honor de las mujeres y niños del barrio rojo”. 

Una película digna de un cine fórum y de desentrañar sus principales mensajes. He aquí algunos: 1) que el arte puede funcionar como una salvavidas: en nuestro caso, la fotografía empodera a estos menores marginados, transformando su percepción de sí mismos y abriendo puertas a la educación y dignidad; 2) que la indiferencia hacia los marginados es sistémica en India (y en la mayoría de los países) y expone el abandono estatal y familiar que perpetúa la explotación sexual infantil en comunidades pobres.; 3) que queda el poder de la resiliencia humana, casi la única tabla de salvación para muchos, donde los niños demuestran un talento innato para sobrevivir y resguardan esquinas de esperanza pese al horror que les rodea. Y que también nos invita a conocer el proyecto “Kids with Cameras”, ONG creada por Zama Briski y que se basa en usar la fotografía como herramienta para transformar vidas de niños en entornos de riesgo, similar al trabajo inicial en India, pero que puede alcanzar a otros países. 

Así pues, Los niños del barrio rojo fotografían la explotación sexual infantil en India, donde la pobreza extrema es el factor principal que empuja a familias rurales a vender o enviar a sus hijas a ciudades con promesas falsas de educación o empleo, terminando en burdeles. El sistema de castas discrimina a dalits (también conocidos como "intocables" o parias, el grupo social más marginado en el sistema de castas tradicional de India) y tribus, exponiéndolos a abusos sistemáticos y trata, con más de 15 millones de niñas y niños dalits en semiesclavitud sexual o laboral. En India, ya el país más poblado del planeta Tierra, el sesgo contra las niñas provoca infanticidios, abortos selectivos (12 millones en tres décadas) y matrimonios infantiles (47% de mujeres antes de la mayoría de edad), haciendo a las menores vulnerables a la prostitución hereditaria. Porque la dote y la inferioridad cultural convierten a las niñas en "carga económica", facilitando su venta por traficantes. 

Una triste realidad que cabe fotografiar para denunciar y mejorar. En todos momento, pero también en estas fechas alrededor de la Navidad. Con esta historia de hoy, ocho menores casi logran salvarse… pero son millones.

 

sábado, 3 de mayo de 2025

Cine y Pediatría (799) “Las chicas de la estación” y la música urbana de menores tuteladas

 

La directora madrileña Juana Macías es otro nombre femenino a considerar entre el elenco de directoras españolas de esta nueva hornada de la última década. Su debut fue con el cortometraje Siete cafés por semana (1999), por el que obtuvo el premio Goya al mejor cortometraje de ficción. Y tras un breve recorrido por el corto, se estrenó en el largometraje con Planes para mañana (2010), obra por la que fue nominada al premio Goya al mejor director novel. Llegaron luego una serie de comedias de regular resultado de público y crítica, hasta que en el año 2024 da un golpe sobre la mesa con una serie y una película, dos dramas sociales basados en hechos reales. La serie (codirigida junto a Polo Menárguez) es Las abogadas, seis capítulos alrededor de los últimos años de la dictadura franquista y con el protagonismo de cuatro abogadas laboralistas bien reconocidas en la reciente historia de España (Cristina Almeida, Manuela Carmena, Paca Sauquillo y Lola González). Y la película es la que hoy nos convoca, Las chicas de la estación, y que comienza con este mensaje: “Esta película está basada en hechos reales. La identidad de los personajes y la trama se han alterado por motivos dramáticos. Septiembre, 2019. Palma de Mallorca”. 

Las chicas de la estación centra la historia en tres adolescentes de 14-15 años tuteladas que viven en un centro de acogida: Jara (Julieta Tobío), Álex (Salua Hadra) y Miranda (María Steelman). Es peculiar cómo cada una de ellas nos presenta a su compañera en el primer cuarto del metraje: Jara nos presenta a Alex como la más del barrio, la dispuesta a ayudar, aunque con genio y por ello nadie la aguanta mucho; Miranda nos dice de Jara que cuando perrea se te mete dentro, que a ella nunca se le ve el lado oscuro y que le gusta que le miren; Alexa comenta de Miranda que la peña cree que está chalada, pero es tope y dibuja cosas chulas en la libreta esa que tiene, que siempre está happy, pero a veces se le cruzan las nubes negras. 

Las tres viven en este centro de acogida con otros chicos y chicas y al cuidado de sus monitores, allí conviven en espera de un hogar de adopción o acogida. Pero algunos fines de semana regresan a sus hogares cuando vienen a buscarlas, y confirmamos la familia disfuncional que a cada una les ha llevado allí: Jara va con su moderna madre y nuevo novio, junto a su hermano pequeño; Alex acude a su casa, donde la relación con el padre es muy tensa; a Miranda nadie la viene a buscar, pues sus padres la abandonaron de pequeña, y ante los demás se inventa que tiene unos padres espías a los que no puede ver. Pero lo más duro, es que la madre de Jara decide que vaya a otro hogar de acogida, y el padre de Alex le pide que no vuelva a casa durante un tiempo y que les dejen espacio. 

Con estos mimbres no es duro percibir que Jara, Álex y Miranda han crecido sin saber qué es el amor en sus familias. Es el cumpleaños de Jara y las tres quieren celebrarlo en el concierto de su rapera preferida (todo un guiño a la importancia de la música urbana en el desarrollo de la historia). Necesitan dinero para ello y no tienen muchas opciones para conseguirlo. Ahí es cuando aparece una joven del barrio, La China, quien funciona como intermediaria de encuentros y trapicheos, extravagante hasta con el diente que le falta. “No te puedes fiar de nadie, pero de La China menos”, piensa Miranda, pero aún así Jara acepta encuentros sexuales con adultos en los baños de la estación de autobuses, y, más adelante, también convence a Álex para acudir a una fiesta nocturna. 

Y a partir de aquí llega el núcleo duro de la historia. La escena de la furgoneta llena de niños y niñas menores de edad en busca de una fiesta de adultos para intercambios sexuales es dramática, donde la fiesta es grotesca y la vuelta atroz. Al día siguiente Jara busca la píldora del día después, y la exploran en busca de enfermedades de transmisión sexual, mientras ella nos devuelve este pensamiento en off: “La primera pastilla del día después me la dio mi madre cuando pilló a un novio suyo metiéndome mano… y la polla, claro. Aunque tampoco me acuerdo muy bien, pues hace mucho”. Finalmente logran ir al concierto, pero colándose, pues no consiguen el dinero: “Ha sido el mejor cumpleaños de mi vida”, dice Jara a sus amigas. 

Llega la Navidad al centro de acogida y todos abren sus regalos. Pero el de Alex queda sin abrir, porque la noche previa se fue en un coche con chicos y no ha regresado. Se descubre que ha sufrido una violación múltiple en manada y uno de los monitores del centro le da un consejo para que hable con la policía, en lo que es un declaración de muchos quilates actorales: “Y piensa también una cosa: no puedes elegir de dónde vienes, pero sí a dónde vas”. Finalmente, por miedo, Alex prefiere cambiar de centro e ir a la Península. Porque estas jóvenes no solo son víctimas de la sociedad y víctimas de abusos, sino que no se sienten protegidas por las instituciones y la sociedad. Las palabras de la detective de policía son difíciles de olvidar: “No existen niños y niñas prostitutas. Son víctimas de abuso. Y los adultos que tiene relación con estas niñas son los culpables”. 

Tanto agobio y sufrimiento para un final esperanzador, con este colofón final para la reflexión: “En toda España, cientos de menores tuteladas han sido captadas por redes de prostitución sin que la Administración haya tomado medidas para evitarlo. La mayoría de las denuncias por explotación sexual a menores tuteladas están pendientes de juicio o han sido archivadas”, Y por ello la directora, Juana Macía, se documentó sobre esta problemática de la explotación sexual de menores tutelados en España, particularmente en casos que salieron a la luz en Mallorca y una violación grupal que tuvo lugar en la Nochebuena de 2019. Y sitúa la acción en el barrio de Palma de Mallorca conocido como "Corea", un nombre que se remonta a la época de su construcción en la década de los 50, coincidiendo con la Guerra de Corea. Aunque no hay un consenso claro sobre el porqué exacto de este nombre, fue un barrio de viviendas sociales que en la actualidad es una de las zonas más vulnerables y conflictivas de la ciudad, con problemas de marginalidad, delincuencia y okupación. 

Una historia tan dura como real, donde cabe destacar su banda sonora original, compuesta por Isabel Royán, pero que cuenta con una importante selección de música urbana que funciona como hilo narrativo y refleja el estado emocional de las protagonistas. En ella se incluyen canciones de artistas como: La Zowi, Yung Beef, Albany, Negro Jari, Somadantina, Kitty110, L'Beel, La Blackie, Gata Cattana, Pipo Beatz, Dalila… y canciones de bella factura como “Nadie”, “Mis niñas”, “Sueños rotos”, “La gata baila”, “Perra del futuro”, “Habibi”, “Niña suicida”, “Estoy bien” y otra decena más de ellas. Una música que es mucho más que leitmotiv, es la música urbana de sus vidas, la de estas menores tuteladas.

 

lunes, 16 de diciembre de 2024

Terapia cinematográfica (10). Prescribir películas para entender el abuso sexual en la infancia

 

Se considera abuso sexual infantil a involucrar a niños, niñas y adolescentes en actividades sexuales que no llega a comprender totalmente, a las cuales no está en condiciones de dar consentimiento informado, o para las cuales está evolutivamente inmaduro y tampoco puede dar consentimiento, o en actividades sexuales que trasgreden las leyes o las restricciones sociales. Estos son los tres elementos que caracterizan los comportamientos abusivos sexuales (y que los diferencia de aquellos comportamientos no abusivos): a) el desequilibrio de poder que conlleva la posibilidad de controlar a la víctima física o emocionalmente; b) la diferencia de conocimientos que implican que la víctima no pueda comprender cabalmente el significado y las consecuencias potenciales de la actividad sexual; y c) la diferencia en las necesidades satisfechas: el agresor/a busca satisfacer sus propios impulsos sexuales. 

Ni que decir tiene que una situación tan complicada, compleja y perversa tiene consecuencias traumáticas en los niños, niñas y adolescentes, que se pueden agrupar en cuatro grupos de secuelas psicológicas y comportamentales: la sexualización traumática, la estigmatización, la traición y el desvalimiento. 

Por tanto, el abuso sexual infantil es una de las formas más crueles de maltrato infantil, donde la sociedad puede ser parte del problema (si lo obviamos y miramos a otra parte) o parte de la solución (si estamos vigiles y lo detectamos); y este mismo planteamiento es válido para nuestra profesión como pediatras . Y los casos pueden ser sospechados al consultar en Atención Primaria o en los Servicios de Urgencias Pediátricas, donde la anamnesis es, seguramente, el punto más importante del diagnóstico y debe realizarse con especial atención, donde la exploración física requiere una gran especialización, donde las pruebas complementarias suelen tener valor clínico y judicial y donde, una vez aplicado el tratamiento, el diagnóstico de abuso obliga a asegurar la protección del menor y dar parte a las Autoridades Judiciales. 

Y es que si el maltrato infantil debe ser denunciado siempre, lo mismo ocurre en cualquier tipo de abuso sexual infantil. Y muchas son las películas donde pedofilia, pederastia, incesto, pornografía infantil, prostitución infantil, y otras formas de abuso sexual en niños, niñas y adolescentes forman parte de la historia (real o ficticia) llevada a la pantalla, films incómodos a los que no debemos dar la espalda, sino enfrentarnos a ellos para concienciarnos y mantener una lucha activa. Y hoy proponemos un recorrido por 7 películas argumentales alrededor de este incómodo tema. Estas películas son, por orden cronológico de estreno: 

- El leñador (The Woodsman, Nicole Kassell, 2004), para sumergirnos en la convulsa reinserción social de un pedófilo y pederasta. 

- Hard Candy (David Slave, 2005), para conocer el acoso al que someten los lobos feroces del ciberespacio a nuestras Caperucitas rojas. 

- No tengas miedo (Montxo Armendáriz, 2011), para dimensionar y denunciar el abuso sexual infantil dentro de la propia familia. 

- La caza (Jagten, The Hunt, Thomas Vinterberg, 2012) , para no olvidar la fragilidad de la presunción de inocencia ante una denuncia por abuso sexual a menores. 

- Spotlight (Thomas McCarthy, 2015), para no olvidar la lacra de la pederastia alrededor de la Iglesia católica. 

- Atrapados en la red (V siti, Barbora Chalupová y Vit Klisák, 2020), para sumergirnos en una experimento revelador sobre los peligros de abusos sexuales cibernéticos en menores. 

- Sonido de libertad (Sound of Freedom, Alejandro Monteverde, 2023), para introducirse en el escabroso mundo del tráfico sexual infantil. 

Siete películas argumentales para sumarnos a la denuncia frente a cualquier tipo de abuso sexual en menores, un monstruo con muchas caras y diversos nombres: pedofilia, pederastia, incesto, pornografía, prostitución,… 

Se puede revisar el artículo completo en este enlace o en este otro.