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sábado, 14 de septiembre de 2024

Cine y Pediatría (766) “Oasis” para ese amor de adolescentes con discapacidad

 

“El estilo de vida moderno, con sus giros complejos y dinámicos, crea varios tipos de deshumanización social. Para los desafortunados al nacer, el mecanismo de la vida parece enfatizar su incapacidad para formar parte de la sociedad. Tristemente, el mundo moderno siempre ha mostrado una falta de compresión hacia estos desafortunados seres. En la Antigüedad, los enfermos eran asesinados o ahogados en el mar, mientras que hoy en día, las familias aceptan pasivamente la desgracia de sus seres queridos. En 1969 se creó cerca de Belgrado una institución para niños y jóvenes discapacitados mentales de 5 a 25 años. Los discapacitados moderados tienen un cociente intelectual de entre 36 y 50, y los ligeramente discapacitados entre 51 y 55. Estos son incapaces de asistir ni siquiera a escuelas especiales. La institución se centra en hacer que los usuarios sean lo más independientes posible, enseñándoles a comer de forma independiente, a servirse a sí mismos, a cuidar su higiene y su espacio vital. ¿Pueden estos desafortunados jóvenes seres humanos, incapaces de superar la etapa permanente de la infancia, adquirir las habilidades necesarias para la autosuficiencia, y ser liberados de la necesidad de la ayuda de otras personas? Si algo de esto parece escenificado significa que los usuarios de la institución son buenos actores, perfectamente capaces de cumplir sus papeles. Esta película es un testimonio auténtico del potencial para guiar y educar a los niños con discapacidades mentales para que se adapten a una sociedad que nunca les muestra comprensión o atención tierna e incondicional”. Esta es la larga introducción con voz en off e imágenes reales de archivo de ese centro, antes de mostrarnos el título de esta película serbia: Oasis (Korisnici, Ivan Ikic, 2020). Todo un alegato de intenciones… 

Son varias las películas que podemos encontrar con este mismo título: la francesa Oasis (Yves Allégret, 1955), una aventura exótica en Marruecos; la surcoreana Oasis (Lee Chang-Dong, 2002), un drama romántico con la parálisis cerebral de protagonista; la finlandesa Oasis (Alejandro Cárdenas, 2013), película documental alrededor de un refugio para los indígenas mayas VIH-positivos en Yucatán. Así como varios cortometrajes con este título de otras nacionalidades y dos teleseries: la británica Oasis (Kevin Macdonald, 2017), una odisea intergaláctica; y la surcoreana Oasis (Yoon Sung-Shik, Han Hee, 2023), ambientada en los turbulentos tiempos de Corea del Sur entre los años 80 y 90. Por lo tanto son muy diversos los oasis cinematográficos. Y también diferente es este que viene de Serbia, y nuestra experiencia con este país es que no son películas fáciles de ver ni de digerir. Ya tuvimos una experiencia previa con Klip (Maja Milos, 2012), esos adolescentes con vidas más duras que la guerra en sociedades y familias desestructuradas.  

Y hoy llega la película serbia Oasis, en donde se narra, tras ese extenso prolegómeno en off, la historia de un triángulo amoroso entre tres adolescentes internados en este centro psiquiátrico y contada en tres partes, con el nombre de sus protagonistas: Marija, Dragana y Robert. Tres personajes que no son interpretados, sino son ellos mismos, tres internos de este centro y cuyo mayor mérito es la dirección de actores, pues consigue sacar gran partido de ellos y reflejar bien esa mezcla de sentimientos encontrados que se entremezclan: amistad, rivalidad, aprecio, deseo, celos, compañerismo o venganza. Tres jóvenes internos para interpretar a las enérgicas a ese mundo cerrado y normalmente oculto a ojos de la sociedad, y para ello su director se basó en un hecho real. Porque Ivan Ikić fue reconocido a nivel internacional cuando su primer largometraje, Barbarians (2014), que consistía en una mirada naturalista a los aficionados ultras del fútbol serbio, con actores no profesionales que interpretaban personajes similares a los suyos. En Oasis reproduce la fórmula seudocumental, pero con mayor dificultad al ser ahora pacientes de una institución para jóvenes con necesidades especiales.

Vemos al inicio a Marija (Marijana Novakov) llegar al centro y su incorporación al mismo es disruptiva. Pronto se hace amiga de Dragana (Tijana Marković), y se acerca a Robert (Valentino Zenuni), un chico que ayuda en la cocina, que nunca habla y se desliza por la institución con facilidad y parece poseer una personalidad magnética para las dos chicas. El afecto que surge de Marija hacia Robert lo considera Dragana una intromisión y ésta reza así ante una icono de la Virgen: “Santa Virgen María, yo era la mejor chica del mundo. Dios me ha elegido para ser madre como tú. ¡Deseo que esa bruja de Marija se muera! Ella me ha quitado a Robert. Quiero que todo sea como antes”. Dice estar embarazada y acuden al médico, quien niega el embarazo, pero confirma el de Marija. Y ésta le dice a Dragana: “Robert ya no me quiere. Me voy a suicidar”. Y Dragana le responde: “Él tampoco me quiere. Me cortaré las muñecas”. Y no debe ser la primera vez, pues cada uno de ellos tienen marcas de intentos de suicido previos. Y todo ello nos aboca a un final trágico a lo Romeo y Julieta, con las manos juntas y mirándose… Y, sí, la historia nos deja varios puntos suspensivos y cabe que el espectador llene los espacios en blanco sobre ese pacto de suicidio de los tres adolescentes debido a que la institución no les permitirá estar juntos. Y donde se mezcla la insurrección de Marija, los celos disparados y la falta de contención de Dragana y los silencios armónicos y definitivos de Robert. Una historia de amor, de celos y de decisiones alteradas propia de una tragedia griega. 

Película opresiva, incómoda de ver, con iluminación natural, sonido ambiente sin apenas diálogo… Y donde también los espectadores sentimos el respirar profundo de Marija, como epicentro de este triángulo afectivo-amoroso. Allí donde el romance es un drama para estos jóvenes, y su interpretación fatalista convierte cada conflicto en un asunto de vida o muerte. Embarazos, reales o imaginarios, así como violencia y autolesiones, desempeñan un papel importante en un contexto como es esta institución para jóvenes con discapacidad y diversidad funcional, donde el escenario es un personaje en sí mismo. 

Es Oasis una nueva muestra de cine serbio que nos adentra a ese oasis que son los niños, adolescentes y jóvenes con discapacidad intelectual y trastornos psiquiátricos.

 

sábado, 30 de marzo de 2024

Cine y Pediatría (742) “Ángeles sin paraíso” debaten sobre la enseñanza de menores con diversidad funcional


Las carátulas iniciales de esta película en blanco y negro se inician con dibujos infantiles y el aviso de la asistencia técnica llevada a cabo por el Departamento de Salud Mental del estado de California y el Pacific State Hospital. Una nueva película alrededor de la docencia, en este caso alrededor de un internado infantil de pacientes con deficiencia mental y diversidad funcional de muy diversa etiología. Hablamos de Ángeles sin paraíso (John Cassavetes, 1963), la tercera película como director de este  insobornable pionero del cine independiente, quien comenzara como actor (y a quien reconocemos por su papel en una película de culto como es La semilla del diablo), y que aquí se atrevió a abordar con suficiente sensibilidad el retrato de esta infancia inestable. Y para ello contó con un trío de actores muy reconocidos, como Burt Lancaster, Judy Garland y Gena Rowlands (esposa y musa del propio director).  

Jean Hansen (Judy Garland) llega a un internado educativo para niños con capacidades diversas, y donde apreciamos fenotipos característicos de síndrome de Down y otros síndromes genéticos con retraso mental (síndrome de Williams, síndrome de Klinefelter,…), parálisis cerebral, autismo y otros trastornos del neurodesarrollo. Es enfermera y pianista, pero no tiene experiencia alguna en la educación de niños, y menos aún de niños especiales, pero se arriesga a solicitar empleo en el instituto Crawthorne, donde el director Dr. Clark (Burt Lancaster) le dice: “¿Sabe algo de esta clase de niños?... Trabajar aquí no es caridad, es un trabajo duro y exigente. Y pocas personas están preparadas para ello. Los niños responden a la música. Si quiere intentarlo, puede hacerlo. ¿Conoce el sueldo?”. Y cuando Jean conoce a los alumnos, pregunta a un compañera: “¿Qué les ha pasado a estos chicos”. Y le responden: ”¿Quiere conocer todas las razones? Hay 265… El caso más frecuente se produce al nacer porque no llega suficiente oxígeno al cerebro, por un parto difícil.. Si la madre tiene el sarampión antes del tercer mes de embarazo…No sabemos todas las razones”. 

A medida que pasan los días, Jean irá dándose cuenta, con prudencia pero con inconformidad, de que la base formativa del director-psiquiatra se centra en la norma y en la disciplina: “Las ideas de Clark respecto a estos niños y a su trato son discutibles”, comentan sobre él. Y así lo confirma cuando, en sus inicios, Jean encuentra a un alumno recién llegado, Ruben (Bruce Ritchey), un chico de 12 años con trastorno del espectro autista, que se encariña de la profesora y viceversa, pero que recibe estos comentarios del director: “Reuben ocupa un puesto especial en nuestra institución. Es uno de nuestros más espectaculares fracasos”. Aún así, su postura es ambivalente, como cuando en la reunión del consejo escolar tiene que oír lo de que “Aquí, los niños se dividen en tres categorías: educables, adiestrables y totalmente inadaptables”, el defiende otra postura: “¿Qué es normal? Lo normal es relativo… ¿Qué mediría antes para decidir su vida?, ¿su cociente intelectual o sus necesidades?”. 

Los padres visitan ocasionalmente a sus hijos en el colegio en fechas determinadas y apreciamos como cada uno tiene una relación diferente y especial con sus hijos o hermanos. Pero algunos, entre ellos Reuben, no reciben visita, y no lo ha recibido en los dos últimos años, lo que incrementa el afecto de Jean. Y la historia nos devuelve retrospectivamente lo que ocurrió con su familia cuando aquel diagnóstico de “que es retrasado” fue recibido con la rabia por su padre y con angustia por su madre (Gena Rowlands), diagnóstico que fue confirmado por sucesivos doctores que recomendaron su ingreso en un instituto para retrasados mentales (en aquellos momento, y hasta hace no mucho, no se practicaba el lenguaje políticamente correcto). Y, a partir de entonces, los padres se divorciaron y la madre se quedó con la custodia de la hermana menor y se volvió a casar. Pero Jean sigue empeñada en que la madre venga a verle y no le abandone. Porque estos padres de Reuben primero le negaron, luego le ocultaron y finalmente le abandonaron. Y la madre le dice con poca convicción a su profesora: “Lo mejor para Reuben es estar con chicos como él. Yo he llegado a esa conclusión”. 

Cuando el Dr. Clark comienza a notar que se está dando una relación demasiado estrecha entre Jean y Ruben, marcada por el paternalismo y la sobreprotección, decide cambiar a la educadora de pabellón. Y la acompaña a una visita al psiquiátrico, con el objetivo de hacerla entender cuál puede ser el final de Reuben cuando sea mayor: “No se trata de lo que usted pueda hacer por ellos, sino de lo que ellos pueden hacer por usted”. 

Y estas actitudes entre director y educadora producirán un necesario choque, pero abrirán un espacio de discusión en los métodos formativos de la institución: ¿cómo se debe tratar y educar la diversidad funcional? Una pregunta que desde hace décadas está sobre la mesa, sobre lo que se ha avanzado mucho, pero sobre lo que resta mucho por aprender y mejorar. En este sentido cabe recordar que el productor, Stanley Kramer, parecía interesado en dirigir él mismo este significativo guion de Abby Mann (pues ya habían trabajado juntos, y dos años antes firmaron la película ¿Vencedores o vencidos? (El juicio de Nuremberg)), pero que al final optó por entregarlo John Cassavetes (tras desistir a última hora Jack Clayton), director avalado por su ópera prima, Shadows (1959). Se dice que como era de esperarse por su trayectoria como realizador, Kramer se permitió ciertas injerencias al serle entregada la película e hizo algunos cortes buscando que primara su tesis de que lo correcto con los niños especiales es tenerlos en una institución donde se socialicen con sus iguales y la cual se dedique particularmente a sus problemáticas; mientras que Cassavetes, defendía la idea de que, “los niños deben ser aceptados tal como son, pues, su vida tiene un sentido y un significado, pues la tragedia la creamos nosotros con la manera como interpretamos sus diferencias”. Al final, la película logra contener las ideas de ambos, pero a buen seguro que hoy en día apostaríamos por la segunda tesis.

 

sábado, 19 de agosto de 2017

Cine y Pediatría (397). El amor de Gilbert Grape transforma la discapacidad en capacidad


"Endora. Endora es donde estamos. Decribir Endora es como bailar sin música. Es un pueblo donde casi nada pasa nunca y donde nunca pasará demasiado. La tienda de Lamson es donde trabajo. Y millas fuera del pueblo, en el interestatal, está Foodland, donde todos los demás van de compras. Aquí es donde vivo con mi familia. Mi papá construyó la casa y es mi trabajo mantener las reparaciones. Los doctores dijeron que tendríamos suerte si Arnie vivía hasta los diez años. Bien, diez pasaron. Ahora los doctores dicen "En cualquier momento. Arnie puede irse en cualquier momento"... Algunos días quieres que viva, otros no... Mi hermana mayor Amy es más como una madre. Ella regentaba la cafetería escolar en Montley hasta que se incendió el año pasado. Mi otra hermana, Ellen, acaba de cumplir 15. La removieron los aparatos y desde hace días va diciendo "Ohh, Ahh", como si no pudiera creer la sensación de los dientes. Tengo otro hermano, Larry, pero se marchó. Y está mamá, quien en sus días fue la chica más bonita del lugar. Desde que nuestro papá se colgó hace 17 años mamá ha tenido las manos llenas. Con mamá no hay forma sutil de sugerirlo. No ha dejado la casa desde hace más de siete años. Yo soy Gilbert, Gilbert Grape". 

Con esta voz en off tan contundente de su protagonista conocemos desde el inicio la familia con la que vamos convivir durante casi dos horas de emocionado metraje. La historia procede de la primera novela de Peteer Hedges, también reconocido dramaturgo y guionista: "What’s Eating Gilbert Grape", una novela publicada en 1991 y que fue llevada a la pantalla en el año 1993 por el director sueco Lasse Hallström bajo el título de ¿A quién ama Gilbert Grape?, y que fue su segunda incursión en el cine de Hollywood, tras su éxito con Mi vida como un perro (1985) y que repetiría posteriormente en otras películas como Las normas de la casa de la sidra (1999). De esta obra ya hablamos en Cine y Pediatría, y la semana que viene lo haremos de su ópera prima. 

Pero hoy nos centramos en la película que nos pregunta ¿A quién ama Gilbert Grape?, para lo cual el director contó como guionista al propio autor de la novela, lo cual garantiza la fidelidad a la obra literaria originaria. Pero la obra cuenta además con otros tres soportes maravillosos: para el contenido cuanta con un elenco de actores, jovencísimos actores que se convertirían en grandes estrellas de Hollywood, especialmente el dúo Johnny Deep y Leonardo DiCaprio (en uno de sus primeros papeles con tan solo 18 años y bordando una interpretación que ya le valió la candidatura como Oscar a mejor actor secundario); para el continente unió la música de Alan Parker y Bjön Isfält con la fotografia de Sven Nykvist, que presenta unos colores cálidos propios de un ambiente bucólico que contrastan fuertemente con los conflictos que vive la familia Grape. Recordar que Sven Nykvist fue el mismo mago de la fotografía que trabajó con Ingrid Bergman en Fanny y Alexander (1982), comentada la semana pasada. 

Gilbert Grape (Johnny Deep) es un joven que vive en Endora, un pequeño pueblo de la América profunda, con esa peculiar familia que nos describe. Parece que el día que el padre se ahorcó, la madre entró en una depresión muy grave y comenzó a engordar hasta llegar a una obesidad mórbida y ahora pesa 230 kilos (una situación real interpretada por la actriz Darlene Cates, quien ha fallecido este mismo año), pero ella misma confiesa: "Yo no siempre he sido así”. Su hermano Arnie (Leonardo DiCaprio) tiene un retraso mental moderado y está a punto de cumplir 18 años. También tiene dos hermanas, Amy y Ellen, con las que no mantiene muy buena relación pero que soporta como puede. Amy es la hermana adulta y se encarga de todas las tareas del hogar, mientras Ellen, la menor, es caprichosa y aún inmadura. Amy viene a ser la madre de la casa que ya no existe (la obesidad de la madre la tiene recluida constantemente a un sofá, donde come y duerme y ve la televisión) y Gilbert viene a ser el padre de la casa que ya no está. Entre Gilbert y su hermano Arnie hay una vinculación muy importante, pues están juntos casi siempre porque Arnie no es capaz de valerse por sí mismo. 

Gilbert trabaja en una pequeña tienda de alimentación del pueblo, que ve amenazada su clientela por la apertura de un nuevo centro comercial. El chico mantiene una relación sentimental con Betty, una mujer casada y con hijos, con la que tiene encuentros sexuales esporádicos. Y cuenta con el apoyo de dos amigos: Tucker, el amigo manitas, y Bobbie, quien regenta un negocio funerario. 

La acción de la película tiene lugar durante la semana que la familia prepara el cumpleaños de Arnie. Y en uno de esos días, la monotonía del pueblo se rompe cuando en una caravana llegan Becky (Juliette Lewis) y su abuela. Aunque Becky y Gilbert tienen caracteres antagónicos, ella es muy trotamundos y él un gran sedentario, empiezan una relación afectiva y Gilbert descubre que más allá del pueblo hay muchas oportunidades, por lo que se plantea la posibilidad de huir. La relación entre Gilbert y Becky está llena de confesiones que permiten a nuestro protagonista salir de su complejo mundo interior (producto de su compleja vida): "Mi mamá está como atada a casa. Atada no es la palabra adecuada. Más bien está acuñada... Alguna vez viste una ballena encallada en televisión. Es ella. Ella es mi mamá". Y cuando Becky le dice que piense rápido lo que quiere, él responde: "Quiero. Quiero una nueva casa para la familia. Quiero. Quiero que mamá tome clases de aerobic. Quiero que Ellen crezca. Quiero un nuevo cerebro para Arnie... Quiero ser una buena persona". Porque realmente Gilbert es una buena persona, que está perdido en Endora, en un minúsculo pueblo y en su minúsculo mundo: "No tengo a donde ir". 

Y la fiesta del cumpleaños de la mayoría de edad de Arnie, cuya preparación resulta bastante problemática, desencadena un final muy peculiar, entre trágico y esperanzador. Y donde el fuego quizá simbolice el final de una etapa de sus vidas. Y en el camino de esta historia nos enseña la posibilidad de que las discapacidades que nos rodean puedan motivar el crecimiento de nuestras propias capacidades. 

Dos discapacidades centran esta película y rodean a Gilbert: una discapacidad física (la obesidad mórbida, que es la propia realidad de la actriz Darlene Cates) y una discapacidad mental (el retraso mental interpretado con maestría por un joven Leonardo DiCaprio, que no consiguió su Oscar en esta ocasión, pero que le esperaría a la quinta nominación en el año 2015 con El renacido, de Alejandro González Iñárritu). Para prepararse el papel, DiCaprio investigó sobre cómo ponerse en la piel de una persona con discapacidad mental y, para ello, pasó un tiempo en un centro para adolescentes mentalmente retrasados, conversando con ellos y observando sus gestos: lo que más le impactó de su experiencia fue ver cómo apreciaban las cosas más cotidianas de la vida como algo completamente novedoso. 

La película nos susurra acerca de un deseo tan básico como infinito: cómo ser quienes queremos ser y compaginarlo con quienes debemos ser, cómo ser buenas personas. Y creo que al final podemos contestar a la pregunta que es el título de este film, ¿a quién ama Gilbert Grape?  Pues quizás sin saberlo, él ama a su madre y a su hermano, él convive con ambas discapacidades y forman parte de su vida, una vida que no es fácil, pero que le genera nuevas capacidades. Quién sabe si algún día - cuando tengamos que vivir algo así - podamos llegar a transformar la palabra discapacidad en di-capacidad. El paso se llama amor, y a esas personas ama - quizás sin saberlo - Gilbert Grape.

 

sábado, 8 de junio de 2013

Cine y Pediatría (178): ¿Quiénes son las "Estrellas en la Tierra"...?


Nada es casualidad. Y casi todo está escrito en la vida… No es casualidad que Estrellas en la Tierra (Aamir Khan, 2007), una bella película de la India que fue seleccionada en su momento para el Óscar como mejor película extranjera, nunca fuera estrenada en España y no la conociera. No es casualidad que un gran amigo, con el que llevo embarcado en un proyecto común desde hace un año (el Dr. Paco Hijano), me hablara de que la había acabado de ver con sus hijos. No es casualidad que esta película se publica en Cine y Pediatría justo cuando este proyecto común es presentado en el 62 Congreso Nacional de la Asociación Española de Pediatría. En fin, no es casualidad que una de esas personas que son estrellas en la Tierra (y que encuentras ocasionalmente en la vida) te hablará de Estrellas en la Tierra… 

Estrellas en la Tierra (cuyo título original "Taare Zameen Par" significa “cada niño es especial”) trata de forma emotiva el tema de la dislexia (y de la discapacidad infantil, en general). Se conoce como dislexia a la dificultad en la lectura (y, ocasionalmente, de la escritura) que imposibilita su comprensión correcta. Y en psicología y psiquiatría se define la dislexia como una discrepancia entre el potencial de aprendizaje y el nivel de rendimiento de una persona, sin que existan ningún tipo de problema, ya sea sensorial, físico, motor o deficiencia educativa. 

Ishaan (Darsheel Safary) es un niño de ocho años aparentemente feliz, con un rico mundo interior donde imagina tierras mágicas llenas de animales y colores que él no es capaz de transmitir a los demás. Su mundo está lleno de colores, peces, perros y cometas, que simplemente no son importantes en la vida de los adultos, más interesados en recordarle temas como los deberes, las notas o el éxito. Ishaan es un artista en potencia, pero con dificultades en el aprendizaje de las letras y los números, y problemas de rendimiento escolar. Ese fracaso escolar le provoca el menosprecio de sus compañeros de clase y de algún profesor, así como la incomprensión familiar. Porque el padre de Ishaan es un ejecutivo de éxito que espera de él que sea como su hermano mayor, un estudiante y deportista ejemplar, mientras su madre sufre ante la incapacidad de no poder ayudarle. Finalmente, los padres deciden enviar a Ishaan a un internado con el objetivo de que esta decisión le ayude a superar su fracaso escolar, pero el niño se hunde en un estado de tristeza y depresión. 

Pero la situación del niño cambia cuando Ram Shankar (Aamir Khan, a la postre director de la película y todo una estrella en Bollywood), un nuevo profesor de arte también especializado como instructor en una escuela niños con discapacidades del desarrollo, percibe el estado de Ishaan: descubre que las deficiencias académicas son indicadores de dislexia, pero también descubre en sus dibujos y pinturas que en él se esconde un verdadero artista. 

Especialmente emotivas son las secuencias de este profesor. Como la secuencia en que el profesor aborda el tema de la dislexia en la clase, y ofrece una lista de grandes personas de la historia que fueron disléxicos: Albert Einstein, Leonardo da Vinci, Thomas Alba Edison, Pablo Picasso, Walt Disney, Neil Diamond, Agatha Christy o Abhishek Bachchan (famoso actor indio y, además, esposo de la "diosa" Aishwarya Rai). Con ello, Ram Shankar intenta estimular el ánimo de Ishaan, al tiempo que solicita convertirse en su tutor y ayudarle en la lectoescritura, hasta que desarrolla un interés por el lenguaje y las matemáticas y mejorar sus calificaciones. O cuando visita a la familia del niño y les dice: “Todos queremos crecer ganadores y famosos en nuestras casas. Todos queremos ser número 1. Doctor, ingeniero, gerente, menos de eso es inaceptable… Pienso sólo esto: cada niño tiene su propia calidad, su propia especialidad, su propio deseo…”. O cuando comenta con sus compañeros profesores: “Cada niño tiene su propio paso. Cinco dedos hacen un puño”. 

Con todo ello se consigue la transformación de Ishaan y un final feliz made in Bollywood, con la imagen congelada del niño lanzado al aire por su profesor. Una película hermosa que tiene en su larga duración (160 minutos) una potencial debilidad. Aunque se mitiga por la belleza de sus canciones en lenguaje hindú, que se constituyen en un poema, casi un mantra…en el conjunto de la historia. Una banda sonora escrita por Shankar-Ehsaan-Loy (un trío de música aclamado en la India y especializado en poner música a más de 50 películas) con letra de Prasoon Josh (un prolífico poeta y escritor de canciones). 

Es Estrellas en la Tierra una bonita historia de superación donde se nos confirma que cada niño es especial, incluso con sus potenciales deficiencias psíquicas, físicas y/o sensoriales. Y así se nos destaca en la fiesta en la que bailan niños con retraso psicomotor de distinta índole: niños afectos de síndrome de Down, de parálisis cerebral, de síndrome X frágil, de cromosomopatías, etc. Esos niños que son verdaderas estrellas en la Tierra… “Ha habido grandes gemas en el mundo que lo cambiaron. Ellos pudieron ver el mundo desde sus ojos. Sus mentes eran un poco diferentes. A las personas nos les gustó eso y ellos entraron a su manera. Aún así ellos ganaron. Y ellos ganaron el mundo entero en un suspiro…”.

Gracias Paco Hijano, y dedicado a tus "estrellas en la Tierra": tus hijos y los niños que cuidas en tu consulta.

 

sábado, 21 de julio de 2012

Cine y Pediatría (132). “Forrest Gump”, una metáfora sobre la superación en la vida


" Run, Forrest, run ! " . Es una de esas frases famosas del séptimo arte que han atravesado la pantalla y se han convertido ya en un grito de esperanza y superación. Pertenecen, como no, a una de las películas más emotivas de la historia, una película que se disfruta más y más en cada una de las re-visiones que realizamos de ella. Hablamos de Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994). 

Basada en la novela del mismo nombre escrita en 1986 por Winston Groom, nos narra la vida de Forrest Gump (increíble Tom Hanks), un niño de Greenbow (Alabama) afecto de diferentes discapacidades (no posible conocer cuál es su diagnóstico, pero atesora un leve retraso mental, escoliosis y defecto de extremidades inferiores), quien, con el amor y enseñanzas positivas de su madre, consigue conquistar grandes metas en su vida. Una vida que se pasea en primera mano por algunos de los eventos históricos más importantes de la historia sociocultural americana de finales de los años cincuenta y principios de los ochenta (el Ku Klux Klan, la guerra de Vietnam, el movimiento hippie, la llegada del hombre a la Luna, el movimiento de las Panteras Negras, el periodo Ping-Pong, el huracán Carmen en Alabama, el escándalo Watergate, el nacimiento de Apple Computer, los primeros casos del sida,…) y por personajes simbólicos de la cultura (Elvis Presley, John Lennon) o de la política (John F. Kennedy, Lyndon Johnson, Richard Nixon). 

Gran parte de la filosofía de Forrest proviene de su madre (Sally Field), y de una de sus frases favoritas: "My mama always said life is like a box of chocolates; you never know what you're gonna get". También, gran parte de su motivación, se basa en el amor eterno a Jenny (Robin Wright), desde aquel primer día de colegio en que la conoció en el autobús, una Jenny cuya vida estuvo marcada por los vaivenes que le causó un trauma infantil (los abusos sexuales por parte de su padre). Como Forrest nos dice, “Es curioso lo que un joven recuerda. Porque yo no recuerdo haber nacido, no recuerdo lo que me regalaron para mi primera Navidad y no recuerdo a dónde fui para mi primer pic-nic. Pero sí recuerdo la primera vez que escuché la voz más dulce de todo el mundo”. En ese momento Jenny le pregunta si es tonto, y él le contesta que según su madre “tonto es el que hace tonterías”.

Forrest tuvo una infancia complicada: vivía sólo con su madre en una casa en la que alquilaban las habitaciones; tenía una sería de hándicaps mentales y físicos, por lo que tuvo que llevar ortesis en sus piernas y, por ello, recibía la burla y agresiones de sus compañeros de colegio. Su madre siempre tuvo palabras positivas para él y sus circunstancias: "Cada uno crea su propio destino: aprovecha lo que Dios te ha dado. Haz todo, lo mejor posible. Si Dios hubiera querido que fuéramos iguales, nos habría puesto a todos aparatos en las piernas". Esas mismas estructuras metálicas en sus piernas es las que le hicieron desarrollar las piernas fuertes que utilizaría en toda su vida, para hacer lo mejor que solía hacer: correr. 

Forrest corrió toda su vida; y con ello consiguió entrar en la Casa Blanca con sendas medallas como premio, sobrevivió en Vietnam (en donde conoció a dos de sus grandes amigos: el teniente Dan Taylor -Gary Sinise- y Bubba -Mykelti Williamson-), fue campeón nacional de ping-pong, dio un discurso que nadie escuchó en una manifestación por la paz de hippies, se compró un barco camaronero, alcanzó casarse con el amor de toda una vida, y hasta tuvo un hijo, Forrest Gump Junior (Haley Joel Osment, el niño que luego alcanzó la fama en El Sexto sentido). 

Forrest Gump es una metáfora de la vida, de la lucha por encontrar cuál es la meta de cada uno, una mezcla de destino y sueños propios. Forrest comienza a correr a través del país: corre de costa a costa, y lo hace continuamente a lo largo de "3 años, 2 meses, 14 días, y 16 horas" y, como él explica: “Aquel día, sin ninguna razón en particular, decidí salir a correr. Corrí hasta el final del camino, y cuando llegué, pensé que tal vez podía correr hasta el final del pueblo. Y cuando llegué, pensé que tal vez podía correr hasta el condado de Greenbow. Noté que si había llegado tan lejos, tal vez podía correr a través del gran estado de Alabama. Y eso fue lo que hice. Corrí atravesando Alabama. Sin ninguna razón en particular seguía corriendo. Corrí derecho hasta el océano. Y cuando llegué, noté que ya había llegado lejos, y que tal vez debía dar la vuelta y continuar corriendo. Y cuando llegué al otro océano, noté que debía dar la vuelta y continuar corriendo. Cuando tenía sueño, dormía. Cuando tenía hambre, comía. Cuando debía... tú sabes, iba...”. 

Forrest Gump no es producto de la casualidad y su magia está indiscutiblemente ligada a tres nombres: su director (Robert Zemeckis), su guionista (Eric Roth) y su actor (Tom Hanks). Robert Zemeckis es un director al que le preceden y suceden grandes éxitos como Tras el corazón verde (1984), la trilogía Regreso al futuro (1985, 1989 y 1990), ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988), Contact (1997), Lo que la verdad esconde (2000), Náufrago (2000) o Polar Express (2004). Eric Roth cimentó su fama de guionista con esta película, al que han sucedido otras grandes obras: El hombre que susurraba a los caballos (Robert Redford, 1995), El dilema (Michael Mann, 1999), Munich (Steven Spielberg, 2005), El curioso caso de Benjamin Button (David Fincher, 2008) o Tan fuerte, tan cerca (Stephen Daldry, 2011), entre otros. Y qué decir de Tom Hanks, quien ya encadenó dos Óscar seguidos a mejor actor (en el año 1994 por Forrest Gump y en el año anterior por Philadelphia de Jonathan Demme) y ha sido candidato en otras tres ocasiones: Big (Penny Marshall, 1988), Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) y Náufrago (Robert Zemeckis, 2000). 

Éxito de público y crítica, Forrest Gump ha sido merecedora de múltiples galardones. Los más sonados, sin duda, correspondieron al de ser la vibrante ganadora de los Óscar de ese año, con 6 premios de sus 13 candidaturas: mejor película, mejor director, mejor actor, mejor guión adaptado, mejores efectos visuales y mejor montaje. Curiosamente, no consiguió la de mejor banda sonora para Alan Silvestri, a pesar de que esta banda sonora ha llegado a ser uno de los lanzamientos discográficos más exitosos de todos los tiempos; la responsabilidad de esto hubo que achacársela a otro de los grandes de la música cinematográfica: Hans Zimmer por la música de El rey león (Rob Minkoff y Roger Allers, 1994). En el año 2011 la película Forrest Gump fue incluida en la lista de tesoros fílmicos de los Estados Unidos, junto a otras 25 películas entre las que se encuentran El Silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991) o Bambi (David Hand, 1942), entre otras. 

Un éxito sin parangón que perdura en nuestra memoria y nos dibuja una sonrisa al recordarla, porque Forrest Gump es ya un icono del siglo XX y está en nuestras vidas. Una sonrisa que se dibuja en nuestro rostro incluso con sólo oír algunas de las notas de la brillante banda sonora original de Alan Silvestri. Con ella os dejamos, con ellas soñamos, como esa pluma que la brisa eleva al cielo al final de la historia… Esa pluma que resume lo que es un ejemplo de superación en la vida. 

En una entrada previa de “Cine y Pediatría” comenté, tras analizar Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962), que las familias necesitan un Atticus Finch en sus vidas. Creo que también puedo declarar que esta película nos hace sentir, de alguna forma, que necesitamos alguno de los valores de Forrest Gump en nuestras vidas.

  

sábado, 2 de abril de 2011

Cine y Pediatría (64). “Yo soy Sam”, una lección de amor con los Beatles de testigo


El cine y las enfermedades mentales constituyen casi un subgénero, de forma que la neurología y la psiquiatría bien podrían considerarse las especialidades de la medicina más enfocadas en el séptimo arte. Discapacidad y trastornos psicológicos son el argumento de muchas películas, si bien con cierta tendencia a crear estereotipos y plantear un exceso de sentimiento. Una complicada combinación para crear obras de arte,… pero algunas si lo consiguen.

Actores de renombre han tenido su momento de gloria con algún papel de estas características. Algunos ejemplos bien reconocidos: Dustin Hoffman en Rain Man (Barry Levison, 1988), Daniel Day-Lewis en Mi pie izquierdo (Jim Sheridan, 1989), Tom Hanks en Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994), Jodie Foster en Nell (Michael Apted, 1994), Elisabeth Shue en Molly (John Duigan, 1999), Cuba Gooding Jr en Me llaman Radio (Mike Tollin, 2003) y muchos más.

Hoy dedicamos nuestra entrada a la película Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001). Nos cuenta la lucha de Sam Dawson (Sean Penn), un varón de 35 años con retraso mental leve y algunos comportamientos autistas, por recuperar la custodia de su hija Lucy de 7 años (Dakotta Fanning), dado que el Estado se cuestiona la capacidad de Sam para educarla. Para ello necesitará la ayuda de una bella, exitosa y poco escrupulosa abogada (Michelle Pfeiffer), quien defenderá los derechos de Sam por un compromiso con sus apariencias, y quien encontrará en la manera de ser de su cliente el pago que menos esperaba: un refrescante aprendizaje sobre otra manera de vivir y entender la vida. Una película previsible, con un guion no muy original (y con más clichés de los deseables), pero que me ha sorprendido al volverla a ver en versión original (que siempre es una manera de que las películas mejoren sustancialmente). Al menos destaco tres aspectos que merecen su revisión.

- El gran acierto del filme es su banda sonora. La directora visitó varias organizaciones de discapacitados para reforzar el guion. Y encontró que la gran mayoría de alumnos dijeron que sus músicos favoritos eran los Beatles. Así, Yo soy Sam es una dedicatoria total a los Beatles: el nombre de la niña (Lucy on the Sky), la referencia repetida a los miembros del grupo, los poster en su habitación, la imagen paradigmática de los amigos deficientes cruzando la calle como en Abbey Road y, cómo no, las canciones del grupo (Strawberry Fields, Don't Let Me Down, Lucy in the Sky with Diamonds, Help, Let It Be, Here Comes the Sun, etc) protagonizadas por distintos artistas contemporáneos y que son el fondo de los mejores momentos visuales de la película.
 
- Momentos emotivos a raudales (no se extrañe si se le humedecen los ojos durante la proyección). Emotivos encuentros entre padre e hija: “Dios quería que fueras así o fue un accidente” le dice Lucy a su padre Sam. Emotivos encuentros entre Sam y su abogada: “No sabes lo que es intentarlo, e intentarlo, e intentarlo y nunca llegar allí”. Emotivos encuentros de los cinco amigos con deficiencias mentales y psicológicas varias (trastorno del espectro autista y síndrome Asperger, síndrome de Down, capacidad intelectual limítrofe, trastorno obsesivo-compulsivo).
 
- Y el encuentro de tres actores en estado de gracia: la magia de Sean Penn (después de sus habituales papeles de duro, costaba imaginárselo en un personaje tan emotivo,… pero bien que lo consigue), la belleza de Michelle Pfeiffer (más felina que nunca) y el prodigio de Dakotta Fanning (actriz infantil lanzada a la fama con esta película).
 
Sean Penn es de esos actores de raza, con gran talento transformador y que es querido por la cámara (al menos más de lo que fue su relación con Madonna). Cinco nominaciones a los Óscar como mejor actor lo atestiguan. En las tres primeras se quedó como candidato: Pena de muerte (Tim Robbins, 1995), Acordes y desacuerdos (Woody Allen, 1999) y la propia Yo soy Sam. En las dos últimas si consiguió el premio: Mystic River (Clint Eastwood, 2003) y Mi nombre es Harvey Milk (Gus Van Sant, 2009). Pero su contribución al cine también pasa por la dirección de cuatro largometrajes: Extraño vínculo de sangre (1991), Cruzando la oscuridad (1995), El juramento (2001) y, especialmente, Hacia rutas salvajes (2007).
 
Michelle Pfeiffer es de esa clase de actrices en que la belleza y la interpretación no están reñidas. Su mezcla de ascendencia holandesa, alemana, irlandesa, sueca y suiza no le ha impedido optar ya en tres ocasiones al Óscar, en dos ocasiones como mejor actriz (Los fabulosos Baker Boys de Steve Kloves, 1989 y Por encima de todo de Jonathan Kaplan, 1993) y en una como mejor actriz secundaria (Las amistades peligrosas de Stephen Frears, 1988).
 
Dakota Fanning es una niña promesa, que ya ha ganado numerosos premios: ha sido la actriz más joven en ser nominada a un Screen Actors Guild, precisamente por Yo soy Sam. Con poca edad (actualmente tiene 17 años) ha trabajado en grandes producciones de Hollywood al lado de grandes actores: además de con Sean Penn ha colaborado con Denzel Washington (El fuego de la venganza de Tony Scott, 2004), Robert De Niro (El escondite de John Polson, 2005) y Tom Cruise (La guerra de los mundos de Steven Spielberg, 2005), entre otros.

Yo soy Sam nos plantea la pregunta sobre qué grado de deficiencia mental o psicológica en un padre le incapacita para el cuidado y atención de su hijo, así como qué tipo de apoyos sociales se le podrían prestar para ayudarle a llevar adelante esta función. Porque como espectadores la directora nos plantea un claro dilema en la película: ¿qué niño corre más peligro psicológico en su crianza, el hijo de la abogada o Lucy?. ¿Sabríamos responder…?.

Al final, Yo soy Sam se convierte en una lección de amor, con Sean Penn como protagonista absoluto y los Beatles de testigo. Y esto lo publicamos hoy, 2 de abril, Día mundial de la concienciación sobre el Autismo.