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sábado, 2 de marzo de 2024

Cine y Pediatría (738) Dramas adolescentes basados en hechos reales

 

Las películas sobre desapariciones y secuestros de niños, niñas y adolescentes es un tema que hemos revisado de forma recurrente en Cine y Pediatría, en títulos como En lo profundo del océano (Ulu Grosbard, 1999), El fuego de la venganza (Tony Scott, 2004), Adiós pequeña, adiós (Ben Affleck, 2007), El intercambio (Clint Eastwood, 2008), The Lovely Bones (Peter Jackson, 2009), Silencio de hielo (Baran Bo Odar, 2010), La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014), La habitación (Lenny Abrahason, 2015), Searching (Aneesh Chaganty, 2017), Sonido de libertad (Alejandro Monteverde, 2023) o Cerdita (Carlota Pereda, 2023), entre otras.         

Pero cuando esas desapariciones y secuestros están basadas en hechos reales, los hechos son más dolorosos: unos padres y familiares rotos; medios de comunicación al acecho; la investigación policial; el tiempo que pasa como una losa, sin noticias; el cuerpo que aparece (o no); etc. Porque si es dura la muerte de un hijo, su desaparición resulta aterradora. Y hoy queremos recordar esta situación en tres historias reales de adolescentes desaparecidos y con final no feliz, y que se suman a la película ya comentada la semana pasada: El secuestro de Amber (Keoni Waxman, 2006).  

Tres películas, todas con elevado impacto mediático, con el trágico protagonismo de una adolescente australiana y otras dos adolescentes españolas, que todavía recordamos. Dramas adolescentes basadas en hechos reales en las antípodas del mundo. 

- Una chica perfecta (Simone North, 2009), peculiar traducción del título original In Her Skin (I Am You), inspirado en el libro “Perfect Victim” de Elizabeth Southall, la madre de la adolescente Rachel, y Megan Morris, una reportera de investigación. Una película narrada en tres partes, correspondiente a sus principales protagonistas, recurriendo a diversas analepsis (flashback) y prolepsis (flashforward): Mike y Elizabeth, los padres, interpretados por Guy Pearce y Miranda Otto; Caroline, la adolescente con baja autoestima que perpetra el asesinato, interpretada por Ruth Bradley; y Rachel, la víctima, interpretada por Kate Bell. 

Todo comienza el 1 de marzo de 1999, cuando Rachel Barber, una chica de 15 años amante del ballet, no llega a la parada del tranvía donde le esperaba su padre. A partir de aquí la búsqueda desesperada de los padres y la indiferencia policial inicial. Retrospectivamente conocemos cuatro años antes a una vecina suya, Caroline Reed, a la que conocemos escribiendo sobre su acoso escolar en un ordenador: “De verdad que necesito ayuda”. Los padres se acaban de separar y madre e hija no se soportan: “Querida mamá. No soy la hija perfecta que querías. Soy una maldita cosa gorda, fea y egoísta. Deberías haber abortado”. Una chica demasiado complicada, depresiva y con ocasionales ataques epilépticos, que quiera la estima de su padre (Sam Neill): “Perdón por no ser perfecta. Me odias…Soy lo que soy y nunca encajaré”. Y de ahí, la historia regresa a ese presente donde narra el encuentro con su ex vecina, Carolina, la chica perfecta a diferencia de ella y a la que propone un negocio que es la coartada para llegar a un hecho tan atroz que solo su perturbación mental podría concebir. Y cuando los trágicos hechos ven la luz, los padres de Rachel hacen ese viaje de la ansiedad y miedo hacia el paradero a ese estado atónito de tristeza y extraña paz interior. Que nada cambia el que Caroline fuera condenada a 20 años de prisión. 

- El caso Wanninkhof, una doble tragedia (Fernando Cámara y Pedro Costa, 2008), telefilme en dos capítulos sobre este hecho real (pero con nombres cambiados), cuyo título es el de los dos grandes protagonistas de este asesinato de una adolescente de 19 años que conmocionó nuestra país: Victoria Álvarez es el título de la primera parte, interpretada por Luisa Martín (y que en la realidad es Dolores Vázquez); y Robin Jones es el título de la segunda parte, interpretado por Frank Feys (y que en realidad es Tony Alexander King). Porque el ambiente de histeria popular creado por los medios de comunicación y un juicio plagado de irregularidades por parte de las autoridades policiales y judiciales, conllevó una condena con errores judiciales de gran magnitud, incluyendo la anulación de la presunción de inocencia. 

Todo comienza el día de los hechos, un 9 de octubre de 1999, en la localidad malagueña de Mijas, cuando es asesinada Rocío Wanninkhof (Valentina Burgueño). Finalmente la Guardia Civil detuvo como sospechosa del crimen de la adolescente a Victoria Álvarez, quien fue el amor lésbico de su madre y madrina de Rocío. Y no fueron los hechos lo que se juzgaron, sino su persona, pagando por su carácter huraño y frío, con pocos amigos, además del hecho de ser lesbiana. Fue carne de cañón al ser sometida a un juicio popular y ser condenada un año después a 15 años y un día de cárcel (aunque pudo salir a los 17 meses, pero ya con la vida destrozada). En este proceso tuvo la defensa de un abogado (Pedro Apalategui en la realidad, interpretado por Juanjo Puigcorbé), quien no pudo vencer el móvil del despecho hacia la madre de Rocío, de quien se separó años antes. 

Y fue el asesinato de otra adolescente de 17 años, Sonia Carabantes, el 14 de agosto de 2003 en la localidad malagueña de Coín, y la coincidencia de hechos y pruebas de ADN, los que pusieron la pista en un ciudadano británico afincado por esos lares, Tony Alexander King. De ahí la doble tragedia del título de esta película: el asesinato de dos adolescentes (Rocio Wanninkof y, luego, Sonia Carabantes) y la condena errónea de Dolores Vázquez, quien tuvo que huir a su localidad coruñesa de Betanzos y quien, dos décadas después, nunca recibió una indemnización ni un disculpa pública por el daño causado a su persona. Y así finaliza esta película fiel a los hechos (aunque se cambien los nombres), con nuestra falsa culpable mirando a la cámara y diciéndonos: “Yo no maté a Rocío”. 

Decir que un hecho así ha visto otras versiones en la pantalla, con dos películas documentales: El caso Wanninkhof-Carabantes (Tània Balló, 2021) y Dolores: La verdad sobre el Caso Wanninkhof (Noemí Redondo, 2021), siendo esta última donde la propia protagonista de uno de los mayores errores judiciales de la historia reciente de España aborda preguntas no antes respondidas. 

- El secuestro de Anabel (Pedro Costa, 2010), uno de los films de la serie televisiva La huella del crimen, y que narra otro asesinato mediático, el de la adolescente de 19 años, Anabel Segura, ocurrida el 12 de septiembre de 1993. Un veraz análisis de los hechos de este caso que movilizó a todo un país pidiendo la liberación de Anabel, incluso en el famoso programa de Paco Lobatón, “¿Quién sabe dónde?”, y cuya lucha se vio simbolizado por un lazo amarillo. 

Todo comienza con el encuentro de dos viejos amigos, que no se veían hace años, en un bar de Vallecas. Tanto Antonio (en la realidad, Emilio Muñoz, interpretado por Enrique Villén) como Cirilo (en la realidad, Cándido Ortiz, interpretado por Juan Codina) viven malos momentos laborales y personales y ahogan sus penas en alcohol; al salir, se dieron una vuelta por la Urbanización Intergol en el barrio residencial de La Moraleja y allí ven a una joven haciendo jogging, Anabel Quintana (nombre ficticio de Anabel Segura, interpretada por Polina Kyryanova), a quien secuestran de forma impulsiva. 

Un secuestro absurdo, totalmente improvisado, que termina de la forma más trágica. Pues aunque pidieron un rescate de 150 millones de pesetas y no se les detuvo hasta dos años después, lo cierto es que asesinaron a la adolescente en la primera noche, por no saber qué hacer con ella. La historia de uno de los pocos secuestros extorsivos en España y una actuación chapucera de unos ciudadanos comunes sin experiencia en la delincuencia y que terminó en tragedia. Como anécdota, cabe decir que la mujer de Antonio es interpretada de nuevo por Luisa Martin, quien aparece en dos de las historias más mediáticas de dramas adolescentes en nuestro país. 

Hoy hemos revisado tres dramas adolescentes basados en hechos reales. En el caso de los acaecidos en España, fueron dos profundas chapuzas: en el caso Rocío Wanninkhof fue una chapuza policial y judicial, y en el caso Anabel Segura fue una chapuza de los delincuentes. Pero en todos con el mismo trágico final. Y el cine no es ajeno a este dolor.

 

sábado, 24 de febrero de 2024

Cine y Pediatría (737) “La historia de Amber” y el origen de la creación de un sistema de alerta para menores desaparecidos

 

Los efectos de la desaparición de un familiar repercuten en la salud física y psicológica de los familiares cercanos y produce un estado de conmoción persistente, de crisis latente y prolongada, en el que la angustia y el dolor causado por la ausencia de la persona amada continúa indefinidamente. Ese proceso de angustia ante tal pérdida se ocasiona porque no logran realizar el ritual del duelo, por la vulneración de los derechos humanos y desconocimiento de la verdad. Si la desaparición es la de un hijo, no es difícil imaginar cómo esta repercusión se incrementa. Y el cine se ha hecho eco de estas historias, muchas de ellas basadas en hechos reales. 

Y hoy vamos a comentar un caso que tuvo en la lucha de los familiares (esos padres y madres coraje que surgen por la tremenda realidad a la que se enfrentan) una repercusión muy positiva para otros menores: la desaparición y asesinato de la niña de 9 años, Amber Hagerman en el estado de Texas a principios del año 1996. Y lo vamos a fundamentar en dos películas: un telefilme y un documental. 

- El secuestro de Amber (Keoni Waxman, 2006) es un telefilm de 85 minutos basado en hechos reales, que comienza con los hechos acaecidos ese 13 de enero de 1996 cuando la pequeña Amber sale a montar en bici y a plena luz del día un hombre la mete en un coche. La situación es vista en la distancia por un vecino anciano, por lo que enseguida comienza la búsqueda policial, con la angustia de Donna (Elisabeth Röhm), esa madre separada que espera con angustia junto a su otra hija y su familia: “No quiero estadísticas. Quiero a mi hija”. Cuatro días después aparece el cuerpo de la pequeña en la cuneta de un río. Y ya en agosto de 1996, se nos presenta cómo la madre lucha por crear una asociación denominada Ciudadanos contra los Crímenes Sexuales, y cuenta con el apoyo de un congresista. Un año después, consigue que algunos estados se sumen a activar un sistema de alerta con el objetivo de activar a toda la población y organismo estatales cuando desaparece un menor. 

Un salto temporal en agosto de 2003 nos traslada a otro lugar y otra historia, la de la pequeña Nicole, su madre soltera y el cuidador habitual que la considera como una hija, pero se extralimita en un momento dado. Y con esta historia que se entremezcla con la de la propia Donna y su lucha por salir adelante y mantener vivo el recuerdo de su hija, mientras intenta ayudar a que a otros niños no les pase lo mismo. Y la segunda historia nos sirve para conocer los resultados favorables del ya conocido como sistema AMBER. 

Finaliza esta película con la imagen real del presidente George W. Bush, cuando firmó la Ley Project del año 2003 y declaró: “Ningún niño debería experimentar el terror de un rapto. Ninguna familia debería sufrir la pesadilla de perder a un hijo”. Y con el mensaje de que en febrero de 2005 todos los 50 estados de Estados Unidos adoptaron este sistema de alerta para la detección precoz de menores desaparecidos. Y cierto que las virtudes cinematográficas de esta película no son las mejores, pero nos permite conocer algo que muchos desconocíamos. 

- Amber: The Girl Behind The Alert (Elizabeth Fisher, 2023) es una película documental de 90 minutos sobre esta historia de Amber Hagerman, la niña cuyo secuestro y asesinato sigue sin resolverse, pero que inspiró la Alerta AMBER, que desde entonces ha salvado a más de 1000 niños. Y que nos lleva a hacernos la pregunta de qué pasa en una sociedad como la estadounidense (tan diferente a sus vecinos canadienses), donde el catálogo de desdichas para teleseries está a la orden del día, sean asesinos en serie, tiroteos en institutos o desapariciones de personas. 

Y vale la pena profundiza sobre este sistema de alerta que adquirió el nombre de pila de la niña Amber Hagerman, pero que se escribe en mayúsculas, para designar el retroacrónimo AMBER de America's Missing: Broadcast Emergency Response (que significaría en español, «Personas perdidas de América: retransmisión de respuesta de emergencia»). Porque los expertos han indicado que las primeras horas son vitales, por ello la alerta se emite lo antes posible y es transmitida por diversos medios como televisión, radio, mensaje de texto, correo electrónico, pantallas electrónicas de autopistas, estaciones y aeropuertos, entre otras. Y todo ello con el fin de poder llegar al mayor número de personas posibles. Y cabe conocer que el sistema de alerta AMBER no sólo se utiliza cuando se lleva a cabo algún secuestro, sino también cuando algún menor corre el peligro de ser abusado sexualmente o maltratado físicamente. 

Como hemos dicho, este sistema de alerta AMBER ya se encuentra en Estados Unidos, pero también en algunos otros países. Cada lugar tiene sus propias normas de activación, pero de manera general las directivas empleadas son: que sea un menor de 18 años; que un departamento de policía valide la desaparición del menor; que se cuente con la suficiente información del niño, el sospechoso o su vehículo; y que suponga un grave riesgo para su integridad. Con ello se motiva a todos los miembros de la comunidad a estar atentos para encontrar al niño secuestrado y al sospechoso del secuestro. 

Y, una vez más, de un mal surgió un bien. Y la memoria de esta niña ya será eterna…

 

sábado, 9 de abril de 2022

Cine y Pediatría (639) “Condenados” por culpa del heavy metal

 

Es Atom Egoyan un director canadiense de familia armenia poco prolífico en su producción, pero especializado en dramas tan hondos y dolientes que dejan tras de sí un poso de tristeza. Fue en la década de los 90 un director de prestigio (en ocasiones de culto) y un autor mimado de Cannes a través de sus arriesgadas películas. Hace justo diez años hablamos de él en Cine y Pediatría con dos películas que le consagrarían en su proyección internacional, dos películas que son dos fábulas, dos cuentos de hadas, y que convierten a Egoyan en una mezcla de Esopo, Samaniego y hermanos Grimm del séptimo arte: El dulce porvenir (1997), una fábula que funciona como la versión moderna del “El flautista de Hamelin”; y El viaje de Felicia (1999), una fábula que funciona como la versión moderna de “La bella y la bestia” o de “Caperucita Roja”. Dos películas con introspección psicológica de los personajes a través de la presencia estelar de dos jóvenes adolescentes, no aptas para todos los públicos, pero muy recomendables para los amantes del buen cine.  Y estas fábulas adquieren un cénit de intriga y perversión con Cautivos (2014), una película sobre el secuestro de niños y niñas alrededor del terrible mundo de la pederastia bajo su peculiar visión.  

Pues hoy este director regresa con otra película en la que conserva esos principios: Condenados (2013), en lo que es una historia basada en hechos reales y fundamentada en el libro “Devil´s Knot. The True Story of the West Memphis Three” de Mara Leveritt. Como reportera de investigación, esta autora estadounidense es conocida por examinar la interacción de la política y la justicia penal en ciertos delitos graves, y en este caso se centra en lo que se conoció como “los tres de West Memphis”.

La película comienza en aquel 5 de mayo de 1993 donde tres amigos de 8 años (Stevie Branch, Michael Moore y Chris Byers), que viven en la ciudad de West Memphis (en el estado de Arkansas), salen una tarde a jugar con sus bicicletas hacia el bosque de Robin Hood y no regresan a sus casas. Cuando se activa su búsqueda por los vecinos y la policía, sus cuerpos desnudos y atados con los cordones de los zapatos aparecen en el fondo del río. Unas escenas que no ahorran en crudeza. 

A partir de ahí comienzan las investigaciones, donde las autoridades locales se ven sometidas a una gran presión popular para que encuentren lo antes posible a los culpables. El testimonio de un niño amigo de los chicos asesinados y una serie de pruebas circunstanciales centran sus sospechas en tres chicos entre 16 y 18 años vinculados a grupos de heavy metal: Jason Baldwin, Damien Echols y Jessie MissKelley Jr. Son arrestados y aparecen las supuestas conexiones, como la manifestación del predicador: “Hay una conexión innegable entre el heavy metal y el satanismo”, donde se asimila una secta satánica como la reencarnación del mal. Y se les pide la pena de muerte a los tres. 

El detective Robin Lax (Colin Firth) intenta investigar el caso junto con los abogados de los tres adolescentes, en realidad chicos inadaptados y uno de ellos con cierto grado de retraso mental. Y el comentario de Damien es revelador: “La policía da miedo. Hacen lo que sea para que la gente diga lo que quieren oír…¿Por qué se acusaba a la gente de brujería en Salmen?”. A partir de ahí se realizan las distintas vistas de un juicio que duró un año, y donde se confirmaron graves discordancias en las declaraciones y las pruebas, incluyendo la presencia aquella noche de un hombre negro lleno de sangre y barro y del que nunca se supo nada. Pero vestir de negro y con indumentaria gótica, oír música heavy metal y leer libros de brujería fueron la suma suficiente para ser acusados, pese a las irregularidades manifiestas y a que se declararon inocentes de forma repetida. Finalmente Jason y Jessie fueron condenados a cadena perpetua y Damien a recibir una inyección letal el 5 de mayo de 1994, justo un año después del asesinato de los tres niños. 

En el proceso hasta el propio detective es investigado y acosado, y su justificación para seguir adelante es clara: “Cuando pasa algo así, cuando un pueblo pierde tres niños y sacrifica a tres más para vengarse, para mí es personal. Y a lo mejor me obsesiono un poco”. Pero es que en este camino, hasta la propia madre de Steve (Reese Witherspoon) acabó dudando de la culpabilidad de los tres jóvenes. 

Y al final, un largo colofón con la cámara paseándose por la orilla del río donde encontraron los cuerpos de los niños (y al que llaman la Guarida del Diablo), resume la situación, años después, de los implicados en el caso. Un caso cerrado con graves errores y donde estos tres adolescentes fueron condenados ya socialmente antes del juicio. Porque formar parte de la tribu urbana del heavy metal era sinónimo de drogadicción, depravación moral y satanismo, y ha sido un motivo de cruzada necesario para algunos moralistas. Por ello, "los tres de West Memphis" eran los sospechosos perfectos para satisfacer a la opinión pública. 

En la película se hace una expresa referencia a aquellos acontecimientos ocurridos en el año 1692 en la ciudad de Salem, próxima a Boston, una de las muestras más paradigmáticas de histeria colectiva y un claro ejemplo de lo que nunca debe ser la justicia. Y en Cine y Pediatría recordamos con detalle este hecho al analizar la película Nación salvaje (Sam Levinson, 2018), a la que definimos como la versión “millennial” de las brujas de Salem. Pero esta historia también nos retrotrae a la película danesa La caza (Thomas Virtemberg, 2012), en lo que es una magnífica reflexión sobre la anulación de la presunción de inocencia y donde el falso culpable y el fascismo social se dan la mano.  

Porque nada es perfecto, tampoco la justicia. De ahí la importancia de respetar las garantías procesales (imparcialidad del juez, publicidad del proceso, asistencia de abogado, prohibición de dilaciones indebidas y buena utilización de las pruebas disponibles) con la finalidad de asegurar las condiciones necesarias para el logro de un proceso justo. Y Atom Egoyan, con su particular estilo, se hace eco en este caso real. Y fue tan mediático que se han hecho otras versiones, como la película neozelandesa West of Memphis (Amy Berg, 2012) o la miniserie de televisión del año 2020 The Forgotten West Memphis Three.

 

sábado, 15 de junio de 2019

Cine y Pediatría (492). “Déjame entrar”... en tu vida


Las películas de vampiros son todo un subgénero dentro del terror. Algunas son muy reconocibles, como Drácula de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992), Entrevista con el vampiro (Neil Jordan, 1994), Vampiros de John Carpenter (John Carpenter, 1998), Van Helsing (Stephen Sommers, 2004) o Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007).

Una fama que se vio reactivada por tres sagas, una trilogía y dos pentalogías. La saga Blade, que comenzó con Blade (Stephen Norrington, 1998), y continuó con Blade II (Guillermo del Toro, 2002) y Blade Trinity (David S. Goyer, 2004). La saga Crepúsculo, que comenzó con Crepúsculo (Catherine Hardwicke, 2008) y continuó con Luna Nueva (Chris Weitz, 2009), Eclipse (David Slade, 2010) y Amanecer, parte I y parte II (Bill Condon, 2011 y 2012). Y la saga Underworld, que comenzó con Underworld (Len Wiseman, 2003), y continuó con Underworld: Evolution (Len Wiseman, 2006), Underworld: La rebelión de los licántropos (Patrick Tatopoulos, 2009), Underworld: El despertar (Måns Mårlind, Björn Stein, 2012) y Underworld: Guerras de Sangre (Anna Foerster, 2016).

Pero una de estas películas sobre vampiros que hoy nos reúne tiene algo especial, pues es mucho más que una historia de vampiros, pues a través de la amistad de un niño y una niña adolescentes aborda el lado oscuro de la humanidad, tratando temas como el acoso escolar, alcoholismo, pedofilia, pederastia, prostitución, suicidio y asesinatos junto con temas sobrenaturales y también con la amistad y el amor como salvación. Todo comenzó en el año 2007 cuando el escritor sueco John Ajvide Lindqvist escribe “Déjame entrar”, una novela que se centra en la relación entre Oskar, un niño de 12 años y Eli, una criatura con apariencia de niña de la misma edad que Oskar, pero que en realidad es una criatura de más de 200 años con hábitos de vampiro: se alimenta de sangre de seres vivos para mantenerse activa. Son varios los personajes de la novela, y por medio de ellos el autor describe la vida en los suburbios de Estocolmo a principios de la década de 1980 gran parte de la miseria humana. El título hace referencia a la canción "Let the Right One Slip In" de Morrissey, pero también al mito folklórico que afirma que los vampiros no pueden entrar en una casa sin ser invitados.

Y de esa novel surgieron dos películas, la original y la copia. En 2008 se estrenó la película sueca Déjame entrar (Låt den rätte komma in), dirigida por Tomas Alfredsson y protagonizada, donde Oskar (Kåre Hedebrant) es un adolescente tímido sometió a acosos escolar que vive en Blackeberg, un suburbio de la ciudad de Estocolmo, quien conoce a su nueva vecina Eli (Lina Leandersson). En 2010 se estrenó el remake, la película estadounidense Déjame entrar (Let Me In), dirigida por Matt Reeves, situada en Los Álamos/Nuevo México y en donde los niños protagonistas adoptan los nombres de Owen (Kodi Smit-McPhee) y Abby (Chloë Moretz). Nos referiremos a esta última versión en donde reconocemos a los dos jóvenes protagonistas, pues ambos forman parte de emblemáticas películas de Cine y Pediatría: Kodi Smit-McPhee era el hijo de Rómulo, mi padre (Richard Roxburgh, 2007), y Chloë Moretz la hemos disfrutado y sufrido, respectivamente, en dos películas como La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011) y Carrie (Kimberly Peirce, 2013). Y curiosamente esta última era también un remake y también centraba el acoso escolar en el contexto de una película de terror, como la cinta que hoy nos convoca.

Y todo remake no está exento de polémica. Porque, salvo excepciones, el original suele siempre superar a la copia (como la novela suele superar a la película) y aunque esta copia de Déjame entrar es aceptable, parece que una nueva versión a los dos años de su estreno, resultaba, al menos, paradójico. Y algunos refieren que no aporta nada nuevo quizás esta versión de Matt Reeves, más bien le restaría en relación a la contención de la versión sueca y a la compleja descripción de sus personajes. Pero entremos en materia....

Todo comienza con una primera escena en una nevada noche en la que dos coches policía escoltan a gran velocidad a una ambulancia, en la que tratan de salvar la vida a una persona que se ha quemado la cara con ácido. Un policía le pregunta, “Queremos saber quién eres”, pero a continuación éste desfigurado personaje se tira por la ventana del hospital. Y, a continuación, retrocedemos a la historia acaecida dos semanas antes.

Y se nos presenta a nuestros dos jóvenes personajes. Owen es un joven adolescente que vive con una madre en proceso de separación, un niño algo bizarro que vigila a sus vecinos con un telescopio mientras realiza extraños juegos. Y que es considerado un friqui aniñado, por lo que sufre acoso escolar por los matones de su clase, y por ello su compañeros son el temor y deseo de venganza. De pronto, una niña de su edad se establece como vecina junto al que parece ser su padre. Su nombre es Abby y siempre anda descalza y solo sale de noche al parque, y le dice: “Sabes, no puedo ser tu amiga”. Una joven con un comportamiento extraño, que no recuerdo el día de su cumpleaños y que no reconoce lo que es el famoso cubo de Rubik.

Un niño ahora sin padre, una niña sin madre, dos jóvenes bizarros en su comportamiento que están llamados a iniciar a una amistad entre la glacial nieve externa y la helada temperatura emocional que los rodea para adentrarse juntos en un universo cálido, sólo para ellos, un pacto sellado con amor, dolor, miedo y entrega… y sangre. Abby le quiere ayudar a superar el bullying: “Dales con fuerza y dejarán de pegarte”.

Una atípica pareja de preadolescentes al margen de lo corriente, jóvenes que caminan de puntillas entre su propia forma de ser, su familia, el centro escolar y la sociedad. Allí donde Owen soporta los golpes y humillaciones de la vida parapetándose en su interior, pues su religiosa madre intenta superar las heridas de la separación con su marido y no percibe las heridas en su hijo. Y en su círculo que parecía no tener salida, aparece Abby, y la amistad se transforma en amor y por eso ella le dice: “¿Me querrás aunque no fuera una chica?”. Y él la dejará entrar… 

Una de las historias de amor adolescente más inquietantes que se han trasladado a la pantalla, una historia de aceptación incondicional, que ella intenta evitar por su secreto: “He de partir y conservar la vida, o quedarme y perecer”. Es una historia de comprensión sin palabras, pero con dudas, las dudas que Owen pregunta: “¿Crees que existe el mal?”. Y cuando Abby le declara: “Necesito sangre para vivir. Tengo 12 años, pero hace mucho tiempo que tengo 12 años”. Y pese a ello, seguir amando, amar en un infierno que para ellos es un paraíso encriptado, secreto, obviando el horror, la tragedia y la condena.

Porque todos necesitamos que nos dejen entrar en la vida de las personas que queremos, que necesitamos. Y como Abby, también “sangramos” si sentimos que no podemos formar parte de esas vidas. Algo así es esta especial película de vampiros, porque Déjame entrar nos hablar de amistad y amor en dos mundos imposibles que se necesitan.

Os dejamos los dos trailers. Que cada uno elija la versión que más le guste…

 

sábado, 31 de enero de 2015

Cine y Pediatría (264): Ladislao Vajda y su infancia en blanco y negro



El caso de Ladislao Vajda es muy especial en el mundo del cine. Este director nacido en Budapest se introdujo en el séptimo arte en contra de todo y de todos, ascendió desde abajo (electricista, auxiliar de montaje, segundo operador, ayudante de dirección y director) y es el prototipo de cineasta itinerante. Su obra cinematográfica fue producida en ocho países tan distintos como Gran Bretaña, Hungría, Francia, Italia, España, Portugal, Alemania y Suiza. Pero es en España donde realizará el grueso de su filmografía y gran parte de sus mejores obras, especialmente cuando se vincula a Producciones Chamartín y a uno de los conocidos como niños prodigio del cine español, Pablito Calvo.

La unión entre Ladilaslao Vajda y Pablito Calvo se prolonga durante tres años y tres películas, con enorme éxito de público: Marcelino pan y vino (1955), Mi tío Jacinto (1956) y Un ángel pasó por Brooklyn (1957). Tres éxitos que hicieron de Pablito Calvo una estrella en la década de los cincuenta (estrellato compartido con Joselito), pero lo cierto es que se convirtió en uno de los múltiples actores prodigio que no pudieron superar con éxito la barrera de la adolescencia en la pantalla, por lo que optó por la retirada.

- Marcelino pan y vino es una de esas obras de nuestra infancia y en nuestro recuerdo, una película española que traspasó fronteras y logró premios en aquella época, además de ser una de las más taquilleras de la postguerra en nuestro país. Marcelino (Pablito Calvo, con tan solo 5 años) es un niño abandonado a las puertas de un convento y pasa a ser educado por los frailes. En sus juegos de niño se inventa a un compañero imaginario, Manuel, y llega a entablar una amistosa relación con el mismísimo Jesucristo. Se convierte así en una historia amable y emotiva que se aleja de las típicas películas religiosas con moralina y en la que destaca el encanto de personaje central y el trabajo de fotografía.

- Mi tío Jacinto cuenta la relación entre Jacinto, antiguo torero fracasado y venido a menos, más amigo del alcohol de lo deseable, y su huérfano sobrino de 7 años, Pepote (Pablito Calvo). Ambos se cuidan y utilizan el ingenio para sobrevivir a la indigencia en que viven en esa zona de chabolas de las afueras de Madrid. Pepote adora a su tío, quien un día recibe la oferta de torear en una charlotada en Las Ventas. Conseguir el dinero para alquilar el traje de luces que le permita torear se constituye en el nudo argumental de la película. Finalmente lo consigue y llega a la plaza de toros con el deseo de triunfar y lucirse ante su sobrino, pero la lluvia arruina su actuación. Jacinto sale derrotado de la plaza y con el pesar de ver la decepción en la cara de Pepote, pero la fortuna hace que el niño fuera expulsado del coso al empezar su faena y no presenció su fracaso. Por ello, Jacinto le miente diciendo que todo fue muy bien y le narra supuestas hazañas, mientras regresan a casa entre risas.

- Un Ángel pasó por Brooklyn es una comedia con tintes sobrenaturales, al más puro estilo de Frank Capra, en donde un antipático e inmisericorde administrador de fincas (Peter Ustinov)  se verá condenado a vivir como un perro hasta que consiga ganarse el cariño de alguien, y este cariño lo consigue en un simpático niño llamado Filipo (Pablito Calvo).

Tres películas españolas de Ladislao Vajda con sabor a infancia en blanco y negro, con la esencia de Pablito Calvo. Pero es un años después, en 1958, cuando filma la que podemos considerar su obra maestra, una película coproducida con Suiza, filmada allí y con un reparto de actores alemanes. Hablamos de El cebo, una alarde de guión y de fotografía en blanco y negro, una película que gana en cada visionado, una película que nos transporta al mejor Fritz Lang (M, El vampiro de Düsseldorf, 1931) y al mejor Charles Laughton (La noche del cazador, 1955), al más puro expresionismo que nos regala el cine en blanco y negro.

Un guión que rompe con los esquemas, porque es una película de suspense en que el detonante aparece a los tres minutos de comenzar: “Señor Mattei, ha ocurrido algo terrible. He encontrado a una niña muerta, he tropezado con el cadáver”. Una película clásica en tres actos: 
- En el primer acto, descubrimos a una niña asesinada en un bosque, en un pacífico cantón suizo. Un falso culpable que se ahorca. Un inspector de policía, Matthäi (Heinz Rühmann), que no se resigna a aceptar la supuesta autoría del crimen y decide seguir indagando. Y en la escuela lo explica así a los niños: "Un hombre, un hombre malo ha matado a la pobre Greta. Hay hombres así de malos. Atraen a los niños a un escondite, a un bosque, a un sótano o a un coche. Siempre buscan lugares escondidos. Y, a veces un hombre así hace tanto daño a una niña que la niña muere. Eso es lo que le ha pasado a la Greta. Hay que encerrar a los hombres que hacen cosas tan malas. Preguntaréis porque no les encerramos antes de que cometan esos crímenes. Pues no podemos hacerlo porque no hay forma ninguna de reconocerlos. No se les nota en nada, pero hay un modo de evitarlo. Nunca habléis con un desconocido, no vayáis con nadie que no conozcáis".
-En el segundo acto, una idea hace tambalear los propios pilares morales del inspector Matthäi, pero que parece la única forma de atrapar al asesino, y que origina el título de esta película: atraer al psicópata a una trampa, poniendo a una niña como cebo y arriesgando la vida de ésta. Compra una gasolinera y en ella logra convencer a una madre soltera (María Rosa Salgado, la única actriz española en el reparto) que trabaje para él y que venga a vivir con su pequeña hija Annemarie (Anita von Ow), el cebo perfecto para el asesino de niñas.
- Y en el tercer acto se consigue destapar la figura de Schrott (Gert Fröbe, que todos recordaremos por ser posteriormente el malvado Godlfinger de la película homónima de la serie James Bond), ese asesino pederasta que vive con una madre castradora (Berta Drews), y que se acerca a las niñas con chocolatinas y con marionetas.

En esta pequeña obra maestra, Vajda juega continuamente con la búsqueda del contrapunto, de la antítesis, de las oposiciones. Y evita el horror directo y gratuito, no a través de lo que ve, sino de lo que no se puede ver. Y consigue que sea más efectivo, como la inolvidable imagen del alarido de la madre fuera de campo cuando se le informa de la muerte de su hija, un dolor extrapolable y arquetípico; o la cara de la muerte, no con la presencia de los cadáveres (de la niña, del viejo ahorcado), sino con la reacción que suscita en los personajes de alrededor; o ese bosque, tantas veces amenazante para la infancia (donde Hanzel y Gretel encontraron a la bruja, donde el cazador busca el corazón de Blancanieves, donde Caperucita se encuentra con el lobo), pero ahora también a la luz del día (porque es significativo que todas las escenas de tensión, a diferencia de lo que ocurre generalmente en este género, ocurran a la luz del día); o esa historia de pederastia y horror contada como un cuento propio del mundo infantil (donde la niña Annemarie es Caperucita, el inspector Matthäi es el cazador y Schrott es el lobo o el ogro que viene de la ciudad para hacer magia en el bosque y atraer a las niñas).

El cebo es una obra en la que prima la trama, no los personajes, que más bien son arquetipos. Fernando Savater considera esta película entre la media docena de obras maestras que ha dado al cine el hoy tan sobado subgénero de los filmes con serial-killer, cuya lista encabeza M. El vampiro de Düsseldorf y que cierra por el momento El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1990). Porque las grandes obras, tanto literarias como artísticas que sobreviven al paso del tiempo, lo consiguen porque están, de alguna manera, despegadas de su época, con la potestad de calar hondamente en sociedades distintas y en otros tiempos. Películas que no se marchitan con los años y que siguen manteniendo la emoción, visionado a visionado. Algo así le ocurre a El cebo.

Porque Ladislao Vajda es uno de esos directores que está siendo rehabilitado por la crítica y nosotros nos sumamos a ello, en esta ocasión mostrando su visión de la infancia en blanco y negro.