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miércoles, 20 de noviembre de 2024

Las guerras y la infancia, una denuncia "de cine"

 

En el pasado mes de julio tuve la oportunidad de participar como ponente en el 41 Congreso Nacional de Pediatría celebrado en México y lo hice con un tema siempre doloroso y siempre de actualidad, ahora más con la visibilidad que los telediarios dan a la guerra entre Rusia-Ucrania y entre Israel-Gaza (pero sin olvidar que hay más de una treintena de guerras activas en el mundo y acalladas).  El título fue "Las guerras y la infancia, una denuncia "de cine".

Porque la historia de la humanidad está asociada a sus guerras, quizás la mayor constatación del fracaso del ser humano. Y no debiéramos ser ajenos a su denuncia, también desde el séptimo arte. Este tema fue el motivo nuclear de presentación de nuestro último libro en “Cine y Pediatría”, el libro Cine y Pediatría 13 presentado el pasado mes de mayo de 2024 y dentro del XXI Festival Internacional de Cine de Alicante, y que, posteriormente, fue publicado como artículo en Revista de Pediatría de Atención Primaria.   

Y en esta ponencia recopilamos aquellas películas ya publicadas en el proyecto “Cine y Pediatría” que se centran en los conflictos bélicos y su repercusión en la infancia y adolescencia. Un conjunto de seis decenas de películas clasificadas en tres apartados: 

a) La infancia en la Guerra (y postguerra) Civil Española, con ejemplos como El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977), La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro, 2007) o El maestro que prometió el mar (Patricia Font, 2023). 

b) La infancia en la Segunda Guerra Mundial, con ejemplos como Alemania, año cero (Germania, anno zero, Roberto Rossellini, 1948), La infancia de Iván (Ivanovo detstvo, Andrei Tarkovsky, 1962), El tambor de hojalata (Die Blechtrommel, Volker Schöndorff, 1979), La vida es bella (La vita è bella, Roberto Benigni, 1997) o El niño con el pijama de rayas (The Boy in the Striped Pajamas, Mark Herman, 2008). 

c) La infancia y otras guerras, con ejemplos como Los juncos salvajes (Les roseaux sauvages, André Téchiné, 1994), Voces inocentes (Luis Mandoki, 2004), Nacido en Gaza (Hernán Zin, 2014), Pequeño país (Petit pays, Eric Barbier,2020) o Belfast (Kenneth Branagh, 2021). 

Historias de cine desde todas las filmografías que combinan realidad y ficción, pasado y presente, y que deben prescribirse en escuelas y familias (y, por qué no, también nuestras consultas pediátricas) para denunciar la continua violación de los derechos de la infancia en las guerras. 

Y de ello trata esta ponencia realizada para el 41 Congreso Nacional de Pediatría en México. Porque cabe no olvidar el pensamiento de Henry Miller: “Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”. 

Os dejamos la presentación en este enlace y debajo el vídeo de la ponencia.

 

miércoles, 10 de julio de 2024

Las violaciones contra la infancia en los conflictos bélicos, una denuncia “de cine”

 

Por desgracia, la historia de la humanidad no se puede entender sin las guerras, la forma de conflicto social y político más grave que puede haber entre dos o más comunidades humanas. Atendiendo a los propósitos de sus participantes y al contexto de sus bandos enfrentados, podemos hablar de guerras santas, guerras civiles, guerra de guerrillas, guerra total o guerra nuclear, entre otras. Porque en la guerra todos pierden. Pero algunos pierden más que otros. Y a buen seguro que la infancia es una de las peores paradas. 

Así es como la historia de la humanidad está asociada a sus guerras, quizás la mayor constatación del fracaso del ser humano. Y no debiéramos ser ajenos a su denuncia, también desde el séptimo arte. Y este artículo recopilamos aquellas películas ya publicadas en el proyecto “Cine y Pediatría” que se centran en los conflictos bélicos y su repercusión en la infancia y adolescencia. 



Un conjunto de seis decenas de películas clasificadas en tres apartados: 

a) La infancia en la Guerra (y postguerra) Civil Española, con ejemplos como El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977), La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro, 2007) o El maestro que prometió el mar (Patricia Font, 2023). 

b) La infancia en la Segunda Guerra Mundial, con ejemplos como Alemania, año cero (Germania, anno zero, Roberto Rossellini, 1948), La infancia de Iván (Ivanovo detstvo, Andrei Tarkovsky, 1962), El tambor de hojalata (Die Blechtrommel, Volker Schöndorff, 1979), La vida es bella (La vita è bella, Roberto Benigni, 1997) o El niño con el pijama de rayas (The Boy in the Striped Pajamas, Mark Herman, 2008). 



c) La infancia y otras guerras, con ejemplos como Los juncos salvajes (Les roseaux sauvages, André Téchiné, 1994), Voces inocentes (Luis Mandoki, 2004), Nacido en Gaza (Hernán Zin, 2014), Pequeño país (Petit pays, Eric Barbier,2020) o Belfast (Kenneth Branagh, 2021). 

Historias de cine desde todas las filmografías que combinan realidad y ficción, pasado y presente, y que deben prescribirse en escuelas y familias (y, por qué no, también nuestras consultas pediátricas) para denunciar la continua violación de los derechos de la infancia en las guerras. Y con las emociones y reflexiones que nos devuelven buscar un mundo en paz y con mayor sintonía. Os dejamos el artículo para su análisis, que podéis descarga en este enlace o bien ver abajo.

 

Y también el vídeo de presentación de Cine y Pediatría 13, relacionado con este tema.

sábado, 18 de mayo de 2024

Cine y Pediatría (749) “El maestro que prometió el mar” y que no le dejaron cumplir su promesa


Hoy se inaugura el 21 Festival Internacional de Cine de Alicante, en una fecha muy especial para nuestra familia, y en tres días tendrá lugar este certamen la presentación del libro Cine y Pediatría 13, o 12+1 para los supersticiosos, aunque en realidad el 13 es símbolo de paz y armonía. Y con esa paz y armonía en el vídeo de presentación de este nuevo libro denunciamos la violencia contra la infancia en los conflictos bélicos del mundo. Los informes de UNICEF sobre lo que suponen las guerras para la infancia son escalofriantes, y baste recordar que las guerras siempre están presentes, actualmente con los conflictos de Ucrania y Gaza como tristes testigos. 

Y desde Cine y Pediatría hemos recopilado aquellas películas ya publicadas que se centran en los conflictos bélicos y su repercusión en la infancia, y que por un tema didáctico, hemos dividió estas decenas de películas en tres apartados: Guerra Civil Española y la postguerra, Segunda Guerra Mundial y holocausto nazi, y otras guerras. Y en nuestro país, qué duda cabe, que la Guerra Civil sigue siendo una cicatriz queloidea que no cesa, con películas tan significativas como La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977), La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro, 2007) o Pan negro (Agustín Villaronga, 2010). Y a estas se suma hoy una más, de reciente estreno, El maestro que prometió el mar (Patricia Font, 2023).     

El maestro que prometió el mar es un drama basado en hechos reales sobre un maestro de ideas republicanas que llega a una escuela rural de la provincia de Burgos, desde donde impulsa un proyecto pedagógico innovador, pero que fue fusilado al inicio de la Guerra Civil. Un filme que se fundamenta en el libro homónimo del periodista Francesc Escribano, “El mestre que va prometre el mar”, junto con el libro de José Antonio Abella, “Aquel mar que nunca vimos” y la documentación fotográfica de Sergi Bernal. Una historia con un antes, los hechos acaecidos en el curso académico 1935-36 en el pequeño pueblo burgalés de Bañuelos de Bureba, y un después, en el año 2010 entre las provincias de Barcelona y Burgos. 

Todo comienza con el minucioso trabajo del equipo de recuperación de los restos humanos y materiales en una fosa común de la Guerra Civil en el Monte de la Pedraja, provincia de Burgos. Hacía allí se dirige la joven Ariadna (Laia Costa), una chica de Barcelona que ha decidido ayudar a su abuelo, ya bastante deteriorado de salud, y quien busca desde hace tiempo los restos de su padre desaparecido en la Guerra Civil por aquel paraje. Durante su estancia en ese entorno castellano, conocerá la historia de Antoni Benages (Enric Auquer), un joven maestro de Tarragona que llega al pequeño pueblo de Bañuelos de Bureba para sustituir al antiguo maestro, en un tiempo aún republicano, pero donde no ha desaparecido el concepto de “las dos Españas”. Y su presentación a los pocos niños que acuden a la escuela al inicio es significativa: “Tengo la voluntad de ayudaros a descubrir que dentro de cada uno de vosotros hay una persona llena de saber. Y también de ganas de aprender”. 

Y Ariadna va descubriendo que este maestro se convierte en uno de los más raros que había pasado por el pueblo, querido por su trato docente a los alumnos (y que les enseña el uso de la imprenta en la que van a publicar sus propios cuadernos), pero con reacciones encontradas en el pueblo por sus ideas docentes y políticas, tal como se entiende de sus afirmaciones: “En esta escuela vamos a aprender con música”, “El crucifijo no se ha caído, lo he quitado. Porque estamos en una escuela, no en una iglesia”, “Los niños tienen que ser lo que ellos quieran”. Y la historia sigue viajando del presente al pasado, donde también conocemos que un vecino, Bernardo Ramírez, le pide al maestro que su hijo Carlos, de 8 años, pueda vivir un tiempo con él para intentar corregir su conducta rebelde. Y Ariadna descubre que ese Carlos niño era su abuelo. 

Pasa el curso y mejora la relación del profesor con sus alumnos, y les hace esa pregunta: “¿Ninguno de vosotros ha visto el mar?” Y uno de los cuadernos que pasan por la imprenta lo dedican al mar y les promete que ese verano les llevará a conocer el mar Mediterráneo de su tierra. Y entre sus actividades docentes, Antoni sigue escribiendo en los periódicos sus ideas republicanas sobre la educación, la religión y la política. Le manda un inspector de educación, pero este queda sorprendido ante los cuadernos que imprimen los propios alumnos. Y de ese curso queda esa fotografía de la clase, la captura de ese instante que ninguno de sus alumnos olvidaría, como tampoco sus palabras: “Niños, ya queda poco para nuestra excursión. Pero antes quiero deciros que ha sido un verdadero placer compartir este curso con todos vosotros. Y quería daros las gracias porque realmente yo he estado lejos de mi casa, y ha habido momentos en que me he sentido solo y me habéis acogido muy bien. Y que vaya a echar mucho de menos vuestras clases”. 

Y todas estas palabras, imágenes y proyectos se truncan ese 19 de julio de 1936, fecha del Alzamiento Nacional, donde es detenido y vapuleado, quemando la bandera republicana de la escuela, pero también la imprenta y los cuadernos de los alumnos: “Es el precio que pagan los que quieren pervertir España”. Y de regreso al hoy, Ariadna lee en la residencia a su abuelo Carlos el libro “El mar. Visión de unos niños que no lo han visto nunca”, que ellos confeccionaron con aquel profesor que les prometió ver el mar. Aunque la promesa no se pudo cumplir. 

Y el colofón de la historia con este mensaje: “En las fosas comunes de Pedraja se encontraron los restos de 135 cuerpos. Ninguno de ellos pertenecía a Antoni Benaiges, que sigue desaparecido. En 2015 el pueblo de Bañuelos de Bureba fundó la asociación “Escuelas Benaiges” para difundir su memoria y legado. A día de hoy se han exhumado en España los restos de 12.000 personas. Se estima que aún quedan miles por encontrar. Sus familiares continúan buscando”. Y unos agradecimientos finales muy especiales. 

Docencia, Segunda República, mundo rural, Guerra Civil, memoria histórica y "las dos Españas" en El maestro que prometió el mar y al que no le dejaron cumplir su promesa.

 

sábado, 12 de febrero de 2022

Cine y Pediatría (631) El olor inolvidable en el recuerdo de “Las 13 rosas”

 

La Guerra Civil española (1936-1939) enfrentó a los habitantes de España y a varias potencias extranjeras, que combatieron en suelo español para apoyar a uno de los dos bandos: republicanos o nacionales. Al finalizar, Francisco Franco se convirtió en el caudillo del país e impuso una dictadura autoritaria, conocida como Franquismo. Madrid fue la última ciudad en ser conquistada. Tras el fin de la guerra, el 1 de abril de 1939, las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), organización juvenil de izquierdas contraria a Franco, quisieron organizarse clandestinamente para rechazar la ocupación de la ciudad. Sin embargo, sus líderes fueron descubiertos y aprisionados, y se buscó a aquellas personas que tenían contacto con la organización para reprimirles. 

Los hechos se precipitaron tras el asesinato del comandante Isaac Gabaldón, su hija de 16 años y el conductor del vehículo. Aunque no se sabía con claridad quién era el culpable del ataque, el régimen lo consideró un desafío y que debía castigar a los verdaderos culpables, o a aquellos de los que se sospechase, de forma ejemplar. El Régimen lo atribuyó a una supuesta red comunista de grandes dimensiones y muchos fueron detenidos y torturados. Así es como el 3 de agosto de 1939, el fiscal del Consejo Permanente de Guerra concluía y sentenciaba a muerte a 56 personas, y las culpabilizaba como “responsables de un delito de adhesión a la rebelión”. Entre ellos había 43 hombres (conocidos como “Los 43 Claveles”) y nuestras 13 mujeres (elegidas al azar de entre las reclusas que se encontraban en ese momento en la cárcel de Las Ventas de Madrid). 

Estas jóvenes pasarían a la historia como “Las Trece Rosas”: tenían entre 18 y 29 años y, dado que en aquel tiempo la mayoría de edad para las mujeres estaba fijada a los 23 años (21 en el caso de los varones), cabe decir que nueve de las 13 eran menores, pero fueron juzgadas a través de la Ley de Responsabilidades Políticas, en la que se rebajaba la edad a los 14 años. La madrugada del 5 de agosto de 1939, fueron fusiladas en el cementerio de la Almudena de Madrid en uno de los hechos históricos más tristes de la Postguerra Civil Española, con gran repercusión tanto en nuestro país como en el extranjero. 

Esta historia conmovedora ha sido motivo de inspiración para escritores y cineastas. Destacan libros como “Las Trece Rosas” de Jesús Ferrero o “Trece Rosas Rojas” de Carlos Fonseca. También su historia ha sido adaptada a otros formatos, como el espectáculo de danza Las 13 Rosas. O el documental Que mi nombre no se borre de la historia (Verónica Vigil y José María Almela, 2004), que buscó reflejar en el título la frase que dejó escrita una de las mujeres antes de morir. Y, finalmente, la película que nos convoca hoy: Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro, 2007), también busca rendir homenaje a las mujeres fusiladas. 

Las 13 rosas narra con emoción, sentimiento y rigor histórico uno de los episodios más terribles de la última postguerra española: el fusilamiento de las 13 mujeres inocentes, aunque se centre especialmente en cinco de ellas. La película cuenta con varios aciertos, como son la dirección de Emilio Martínez-Lázaro, la fotografía de José Luis Alcaine, la música de Roque Baños (acompañado por la Orquesta Sinfónica de Praga) y el vestuario diseñado por Lena Mossum, así como un elenco coral de actrices (y actores). La película fue ganadora de cuatro Goyas (mejor fotografía, diseño de vestuario, música original y actor de reparto a José Luis Cerviño), pero fue nominada a otros diez premios más, entre ellos mejor película y director (que fue a parar a La soledad de Jaime Rosales) y mejor guion original (que lo consiguiera El orfanato de Juan Antonio Bayona). 

La película, tras una títulos de crédito iniciales acompañados de fotos en blanco y negro de aquella España gris y complicada por la situación política y social que se vivía, nos presenta a dos de nuestras protagonistas, Virtudes y Carmen, aleccionando a sus conciudadanos: “De qué sirve la paz, sino tenemos libertad. De qué sirve la paz, sino tenemos dignidad”. Y a continuación se nos presenta a nuestras cinco protagonistas principales (y las actrices que les dan vida): Virtudes González García (Marta Etura), Carmen Barrero Aguado (Nadia de Santiago), Blanca Brisac Vázquez (Pilar López de Ayala), Julia Conesa Conesa (Verónica Sánchez), Adelina García Casillas (Gabriela Pession). Y en el último cuarto de le película, cuando ya se encuentran encerradas en la Cárcel de las Ventas, las otras ocho rosas: Martina Barroso García (Celia Pastor), Pilar Bueno Ibáñez (Sara Martín), Elena Gil Olaya (María Cotiello), Ana López Gallego (Alba Alonso), Joaquina López Laffite (Miren Ibarguren), Dionisia Manzanero Salas (Bárbara Lennie), Victoria Muñoz García (Teresa Hurtado de Orv) y Luisa Rodríguez de la Fuente (Carmen Cabrera). Trece mujeres con trece historias y trece familias; muchas de estas mujeres desempeñaban varios oficios (una pianista, una secretaria, una sastre y varias modistas). A ellas se le sumó Antonia Torre Yela (que no aparece en la película) y a la que se conocería como la Rosa número 14: fue condenada el mismo día que el resto, pero no fue fusilada hasta el 19 de febrero de 1940 a causa de un error de registro. 

A día de hoy y desde 1988, la Fundación Trece Rosas sigue conmemorando cada aniversario y velando por la memoria histórica de estas 13 mujeres que murieron fusiladas bajo el régimen franquista. Y esta película es un sentido homenaje. Y por la película somos testigos de la preparación de aquel Desfile de la Victoria, del miedo de las familias republicanas a la represalia, del NODO y de El cara al sol, del Auxilio Social y el exilio, del terror de la guerra y su postguerra. Una película especialmente dura tras la detección de nuestras protagonistas. Y cómo, tras ser condenadas en un juicio lleno de irregularidades, nunca les llegó el indulto, pese a cada una de las cartas de clemencia escritas al Caudillo. Y especial valor tiene las cartas finales de despedida escritas antes de su fusilamiento, que como se nos recuerda en el colofón de la película son cartas históricamente contrastadas: 

“Conserva, padre, la serenidad y la firmeza hasta el último momento. Que te ahoguen las lágrimas. A mí no me tiembla la mano al escribir…”. Adelina. 

“Muy querido hijo del alma. En estos últimos momentos tu madre piensa en ti. Voy a morir con la cabeza muy alta, solo por ser buena…Hijo, hasta la eternidad”. Blanca. 

“No me matan por criminal, me matan por una idea que creo justa y por ella muero. Me despido de vosotros con el deseo de que me recordéis siempre. Vuestra hija que os adora”. Virtudes. 

“Muero como debe morir una inocente. Adiós mamá, adiós para siempre. Tu hija ya jamás te podrá besar y abrazar… Que no me lloréis. Que mi nombre no se borre de la historia”. Julia. 

Es Las 13 rosas una película que emociona y conmociona, de la que no es fácil reponerse. Pero es una película muy necesaria, especialmente para las nuevas generaciones. Para que el aroma de estas rosas no desaparezca del recuerdo y evitemos que se pueda volver a repetir algo así. 

En ese casi subgénero del cine español que es la Guerra y Postguerra Civil Española, y que tiene ya su hueco en Cine y Pediatría, esta película adquiere un lugar privilegiado y por méritos propios. Porque, como recordaba su eslogan, Las 13 rosas es una de las películas que hacen historia. 

 

sábado, 8 de abril de 2017

Cine y Pediatría (378). "Pan negro", más negro que el alma


Hace dos semanas hablamos en Cine y Pediatría de una película de culto del cine español: Mater amatísima (José Antonio Salgot, 1980). Y hoy nos convoca un director español de culto: Augustí Villaronga. Un director con un trabajo inconstante largamente dilatado en el tiempo (9 obras en un período de 25 años), lo convierte en una rara avis dentro del panorama español. Quizás por eso mismo nos parece que está injustamente poco reconocido, frente otras voces singulares. Ya es hora de remarcar que atesora en su trayectoria algunas de las películas más arriesgadas y perturbadoras que existen en el cine contemporáneo escrito con ñ y con una característica en su particular visión de la infancia: para Villaronga la infancia siempre es violada, literal o metafóricamente. La pérdida de la inocencia, motor común de muchos de su películas, siempre es una acción agresiva y desgarradora, a lo que se suman los traumas, habitualmente asociados a una homosexualidad patológica y fruto de la no asunción de la identidad sexual, y que derivan hacia una deformación demente que convierte casi en enfermos a aquellos personajes que sufren su diferencia con fulgurante desgarro. Valgan como ejemplos, la pederastia en Tras el cristal (1985) o el sufrimiento como martirio religioso en El mar (2000). Pero hoy nos convoca otra de sus películas que también nos habla de la pérdida de le inocencia, pero cuando los niños son las víctimas involuntarias que desatan las bajezas morales de una sociedad civil todavía impregnada de la brutalidad y la sinrazón de la guerra: hablamos de Pan negro (2010). 

Una película en la que Agustí Villaronga adapta dos novelas de Emili Teixidor, una del año 1988, "Retrat d´un assassí d´ocells, y otra del año 2003, "‘Pa negre". Y que nos transporta hasta la mitad de los años cuarenta para mostrarnos los últimos años de la infancia de Andréu, un hijo de payeses cuyos padres hacen un enorme esfuerzo para que pueda continuar sus estudios en unos años de mucha pobreza y convulsión política. Una película que sigue indagando en la podredumbre moral, cuando la guerra y la postguerra hacen que el alma humana supure y emane un sopor putrefacto que pervierte el ambiente, un ambiente que ahoga a quienes lo sufren y que afecta - y de qué manera - a la infancia a la que roza. 

Pan negro es una de las películas más premiadas del siglo XXI en España: gran triunfadora de los Goya de su año (con 14 nominaciones, de las que logró 9, entre ellas Mejor película y Mejor director) y gran triunfadora de los Premios Gaudí (con 15 nominaciones, de los que logró 13 premios). Y todo ello para una película ambientada en los años de la postguerra y con algunos toques de cine fantástico, para hablarnos de las consecuencias de la guerra sobre la población civil y todo ello a través de los ojos de un niño de 11 años, Andreu quien intentará no repetir ese tipo de vida que le parece un desastre. 

Pan negro es fiel a las constantes del director en la creación de ambientes sofocantes y opresivos, con imágenes y escenas de una contundencia abrasadora, llevando al espectador a los límites de lo soportable. Y baste como ejemplo la muy impactante secuencia con la que empieza la película. Un principio que duele por lo que se ve, pero también un final que duele por lo que se intuye. Pero también duele toda la película, pues hay muchas escenas crudas en el fondo y en la forma: y pensamos en esa escena en la que Andreu se venga de su padre al matar los pájaros que él tanto cuidaba. 

Pan negro nos muestra los últimos años de la infancia de Andreu (Francesc Colomer), un niño que vive en el bando de los perdedores los duros años de la postguerra en la Cataluña rural y cuya trama se teje tras encontrar en el bosque los cadáveres de un hombre y su hijo. Alrededor de su vida nos encontramos a una sacrificada madre (Nora Navas), a un padre inculpado (Roger Casamajor), a un maestro facha (Eduard Fernández), a un alcalde falangista (Sergi López, en un papel versión soft de su personaje en El laberinto del fauno) y a su prima Núria (Marina Comas), una chica de su edad mutilada de una mano mientras jugaba con una granada. Aunque con algunos estereotipos, la película es narrada con sobriedad a través de excelentes interpretaciones, y en la que un asesinato y los secretos, no del corazón sino de la sinrazón, vienen a desatar los rencores entre los proclives al bando republicano o al franquista. Y el odio de los adultos incluso se traslada al odio que se demuestran los niños con sus insultos. 

Entre Andreu y Núria se establece una peculiar amistad en la que surgen una serie de confesiones, y ella le dice cosas así de trascendentes: "Vuelas demasiado bajo Andreu. Vuelas tan bajo que parece que solo camines. Vuela alto y no te dejes atrapar por nadie" o "Los mayores lo esconden todo con mentiras". Aunque no siempre la relación se mantiene por los mejores cauces, como cuando Andreu le grita: "Tú eres una marrana, lisiada, mano podrida...".  A la muerte de su padre le dicen aquello de "Tendrás que llevar luto un año. Tu madre durante toda la vida". Y al final, tras tantas mentiras de los adultos, Andreu lo tiene claro: "No quiero ser como vosotros". 

Y ese rencor que Andreu crea a la mentira de los adultos nos lleva a un final tan doloroso como la misma película. La madre le va a visitar al internado donde está estudiando y le dice "Yo ya he perdonado a mi padre. Quizás tú también le debieras perdonar". Y mientras se aleja la madre, borrada detrás del cristal con el aliento del niño, un compañero le pregunta quién era esa mujer y el hijo dice "Nadie, una mujer del pueblo que me ha traído un paquete". Un portazo a la entrada de la clase y el fundido en negro final, más negro que el pan del título... El aliento y el portazo hacen desaparecer los recuerdos de la madre y con ello borrar el pasado. Lo dicho: un principio y un final que duelen, que duelen en la memoria (la histórica y la presente). 

Porque la infancia es la época del descubrimiento, de albergar todavía la posibilidad de creer. Y cuando aparece la guerra, antes, durante y después, todo cambia. Y de ello trata Pan negro, un difícil cruce entre El viaje de Carol (Inmanol Uribe, 2002), La cinta blanca (Michael Haneke, 2009) y Secretos del corazón (Montxo Armendáriz, 1997). Pero allí donde Montxo Armendáriz puso poesía para desvelar esos secretos, aquí es donde Agustí Villaronga pone la prosa. Porque nos acerca a la miseria moral, sin distinciones de bando y como complejo tratado sobre la formación de monstruos. Los monstruos que una guerra crea en la infancia. 

Terminamos con una buena anécdota que ya comentamos en su día en Cine y Pediatría: porque Francesc Colomer y Marina Comas fueron los últimos niños en recibir un Premio Goya, algo que aplaudimos en su momento. Porque la Junta Directiva de la Academia de Cine adoptó en el año 2011 por unanimidad la medida de excluir a los menores de 16 años de la carrera por los premios Goya, tal como comunicó su presidente, Enrique González Macho: "Se ha hecho algo que es esencial, que es proteger al menor. Cuando un niño gana un Goya le puede afectar profundamente en su desarrollo posterior". También recordó el "poder mediático" que tienen los galardones y las "presiones y obligaciones" que ganarlos supone para los menores. En cuanto a las carreras de actores infantiles, el presidente de la Academia considera que todas las decisiones deben ser tomadas por los padres o por los propios menores, llegada la edad en que tengan capacidad de juicio. Y estoy de acuerdo...

 

lunes, 13 de junio de 2016

Cuadernos de Historia de la Pediatría Española


El Comité de Historia de la AEP se encarga de abordar la historia de la pediatría española y de recoger la documentación generada desde el inicio de la pediatría científica en nuestro país. En el reciente Congreso Nacional de Pediatría celebrado en Valencia, este grupo de pediatras amigos nos han regalado dos nuevos Cuadernos: 
- El número 10 que lleva por título "El niño y los pediatras en la Guerra Civil Española". 
- El número 11 que lleva por título "Algunas notas sobre la historia de la Pediatría en Valencia". 

Una información necesaria, como necesaria es cualquier Historia para conocer el pasado, para reconocer el presente y mirar al futuro. En todo, también en nuestra Pediatría. 

Destacamos algunos apuntes del Cuaderno referido al niño y los pediatras en la Guerra Civil Española, esta tremenda cicatriz que ocurrió hace 80 años en nuestro país. Porque toda guerra complicada la vida, especialmente la vida de los más pequeños. 

En una época en que la cantidad de hijos ilegítimos o abandonados obligaba a recogerlos en centros de la Iglesia o de asistencia (por ejemplo, yo me apellido "De Dios" y es un apellido, como otros - De la Cruz, San José, etc. - cuyo origen hay que buscarlo en algún abuelo o bisabuelo en esta más que probable situación) y donde la falta de instrucción, sobre todo en la mujer, en la que abundaba el analfabetismo, la condujo a pasar hambre y a tener que enviar los hijos, a veces, a la inclusa. 

Todavía era peor la forma de vida durante las guerras, al estar los hombres jóvenes y trabajadores en los frentes de combate. No digamos nada de la población infantil en los hospicios, orfelinatos y casas de acogida. Como ha escrito Pérez Lugín, son niños de los que apenas se ocupaban en “el desconsolado vivir de los hijos de nadie, que no esperan a nadie y nadie les espera”. 

Estos son los temas tratados en este Cuaderno número 10: 
- Enrique Jaso y su epopeya en el traslado de los niños de la Inclusa de Madrid 
- Las enfermedades carenciales en Madrid durante la guerra y la posguerra. La pelagra. Los calambres y el retraso de crecimiento de los niños de Vallecas 
- Algunos aspectos neonatológicos estudiados por Francisco Grande Covián 
- La Guerra Civil y la tragedia del profesor Enrique Suñer (1878-1941)

Como ya hemos ya en alguna otra ocasión y desde este blog, gracias por vuestro trabajo.

martes, 1 de diciembre de 2015

El niño y los pediatras en la Guerra Civil Española


La Guerra Civil dejó una gran cicatriz en España. La guerra tuvo múltiples facetas, pues incluyó lucha de clases, guerra de religión, enfrentamiento de nacionalismos opuestos, lucha entre dictadura militar y democracia republicana, entre revolución y contrarrevolución, entre fascismo y comunismo. Y también dejó una profunda cicatriz en la infancia, como todas las guerras. 

El Comité de Historia de la Asociación Española de Pediatría nos ofrece un nuevo cuaderno, el número 10 de su serie, bajo el título "Los niños y los pediatras en la Guerra Civil Española" y con este índice:

- Prólogo. Benito Madariaga de la Campa 

- Enrique Jaso y su epopeya en el traslado de los niños de la Inclusa de Madrid. Miguel Zafra, José Ignacio de Arana 

- Las enfermedades carenciales en Madrid durante la guerra y la posguerra. La pelagra. Los calambres y el retraso de crecimiento de los niños de Vallecas. José Manuel Fernández Menéndez, Víctor García Nieto 

- Algunos aspectos neonatológicos estudiados por Francisco Grande Covián. Pedro Gorrotxategi Gorrotxategi 

- La Guerra Civil y la tragedia del profesor Enrique Suñer (1878-1941). Juan José Fernández Teijeiro, Fernando Ponte Hernando.

 En este enlace podéis revisar el documento completo. 

Nuestro agradecimiento al Comité de Historia, pues, como nos recordaba Cicerón, "no saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser incesantemente niños".

sábado, 4 de abril de 2015

Cine y Pediatría (273). “Insensibles”, el dolor como metáfora


La Insensibilidad congénita al dolor con anhidrosis o CIPA (del inglés: Congenital Insensitivity to Pain with Anhidrosis) o Neuropatía Hereditaria Sensitivoautonómica de tipo IV (HSAN, del inglés: Hereditary Sensory and Autonomic Neuropathy) es una enfermedad muy rara (1 caso por cada 125 millones de recién nacidos, principalmente descrito en Japón y de ahí la denominación también como síndrome de Nishida), de herencia autosómica recesiva provocada por daños en las vías nerviosas aferentes (que transmiten la información de entrada al sistema nervioso central) encargadas de transmitir la información sensorial correspondiente al dolor y a la temperatura. CIPA está causada por mutaciones en diversos genes, principalmente en el gen NTRK1 (del inglés: Neurotrophic Tyrosine Receptor Kinase). 

Una persona con CIPA es incapaz de sentir dolor y de detectar temperaturas extremas, tanto frío como calor. Por tanto, un paciente con CIPA presenta varios de los siguientes síntomas: episodios repetidos de fiebre, falta de sudoración, imposibilidad de detección de dolor y temperaturas extremas, heridas en la cavidad bucal, propensión a tener infecciones en los huesos, lesiones en las extremidades por automutilación y también pueden asociar retraso mental. La mayoría de estos pacientes no suelen alcanzar la edad de 10 años. 

Estaba claro que una enfermedad de estas características era una enfermedad propicia a su reflejo en la pantalla. Series televisivas de gran éxito internacional como Anatomía de Grey o House han tratado en alguno de sus episodios el tema de la insensibilidad al dolor, y para ello nos ha mostrado historias que dejan ver la dificultad que supone hacer frente a esta enfermedad. Y en la gran pantalla también cabría mencionar como la famosa trilogía "Millenium" de Stieg Larsson también contaba, en su segunda novela y película, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (Daniel Alfredson, 2009), con el personaje de “el gigante rubio” que tenía rasgos de esta enfermedad, aunque con otras características fantasiosas. O la aparición de Renard, el malo de James Bond en El mundo nunca es suficiente (Michael Apted, 1999), aunque en este caso, la analgesia era atribuida a una bala alojada en el cerebro. 

Pero si alguien ha dado valor argumental al CIP, con las licencias creativas propias del cine, pero con bastante aproximación, ha sido la película española Insensibles (Juan Carlos Medina, 2013). Un thriller de misterio y personajes que guardan oscuros secretos del pasado, en una historia de terror y dobles lecturas sobre los oscuros secretos del pasado que a su vez guarda la sociedad española desde la Guerra Civil. Un sólido debut de Juan Carlos Medina, aunque aquejado de algunos excesos de guión, no infranqueables. 

David (Àlex Brendemühl) es un reputado neurocirujano al que descubren que padece un mieloma múltiple por una serie de análisis efectuados tras un accidente de tráfico. Necesita un trasplante de médula para sobrevivir y, en la búsqueda de donantes compatibles, intenta encontrar a sus padres biológicos. En ese camino va a tener que enfrentarse a una serie de informaciones sobre su propia vida que jamás habría sido capaz de imaginar y que se desencadenan porque se ocultan tras un velo de silencio y misterio. En esa búsqueda descubrirá que en los Pirineos, durante la Guerra Civil Española, un grupo de niños sufría un extraño y por entonces desconocido mal: eran niños insensibles al dolor físico y tenían las características propias de CIPA. 
Película con presente y pasado. El pasado nos traslada a un pequeño pueblo pirenaico donde muchos niños son insensibles al dolor, a cualquier tipo de dolor (el prólogo de la película ya impacta y pone la materia temática al descubierto). Niños que van a ser encerrados en un hospital psiquiátrico (porque se les considera un peligro para los demás y para ellos mismos) localizado próximo a Canfranc, y cuyas historias del pasado se cruzan con la historia del presente de David. 

Y todo ello con una puesta en escena que combina elementos de dos películas españolas de Agustí Villaronga: Tras el cristal (1987), por su ambiente siniestro y perturbador, y Pan negro (2010), por su perfume de posguerra rural. Y de nuevo la Guerra (y postguerra) Civil Española como ámbito propicio para el relato fantástico o el cuento gótico de terror: dos soberbias fantasías de Guillermo del Toro (El espinazo del diablo -2001- y El laberinto del fauno -2006-), la reciente El bosque (Óscar Aibar, 2012) o una obra de arte como El espíritu de la colmena (Victor Erice, 1973) dan buena fe de ello.

Pero es Insensibles una película que, apoyada en una enfermedad (aquí la definida como CIPA), fundamenta su argumento en el valor de la paternidad. Es la relación padre-hijo la que verdaderamente hace girar la rueda argumental y en los flashbacks que van desarrollando la historia de los niños parece plantearnos preguntas del tipo: ¿puede enseñarse qué es el dolor aunque no pueda sentirse?, ¿es el sufrimiento lo que nos permite desarrollar empatía hacia los demás? Y algunas de estas preguntas se pueden centrar en uno de esos niños, Benigno, quien llega a convertirse en Berkano, un personaje monstruoso.
Quizás Insensibles se comporta como una metáfora y como un símil a la memoria histórica de cómo la insensibilidad física o moral puede conducir a la creación de monstruos. Y la sentencia: "No remuevas el pasado. El pasado no existe". 

 

sábado, 5 de mayo de 2012

Cine y Pediatría (121). La mirada inocente de la infancia ante la Guerra Civil Española y su postguerra


En nuestra entrada previa hablamos de la mirada inocente de la infancia a una sinrazón de la historia: el holocausto nazi. Hoy esta mirada se vuelve hacia otra efeméride que sigue grabada en la conciencia de España: la Guerra Civil Española y su postguerra. En nuestra cinematografía patria este tema constituye casi un subgénero, tratado bajo múltiples aristas (como las aristas que tiene la historia): películas propagandísticas en sus inicios, películas denuncia posteriores, películas desde un bando u otro (donde no hay vencedores ni vencidos, pues en una guerra todos pierden), películas bélicas o sociales, etc. En este enlace podemos encontrar un recopilatorio de películas, subdivididas en décadas. 

Exploraremos aquellas películas sobre la Guerra y Postguerra Civil Española en las que la infancia y adolescencia tienen un papel protagonista; y lo haremos en un orden cronológico descendente. Son obras que entrañan casi siempre dos películas: la del mundo de los adultos (con sus pasados, sus desencuentros y rencores, que se presenta en segundo término, apenas sugerida en muchos casos) y la del mundo de los niños (donde apreciamos el velado misterio del mundo de los adultos en la guerra o en la postguerra a través del cristal que da la mirada de los más pequeños). 

- Pan negro (Agustí Villaronga, 2010), basada en dos novelas de Emili Teixidor (“Pa negre” y “Retrat d´un assassí d´ocells”). Nos muestra los últimos años de la infancia de Andreu (Francesc Colomer), un niño de 11 años que vive en el bando de los perdedores los duros años de la postguerra en la Cataluña rural y cuya trama se teje tras encontrar en el bosque los cadáveres de un hombre y su hijo. Alrededor de su vida nos encontramos a una sacrificada madre (Nora Navas), a un padre inculpado (Roger Casamajor), a un maestro facha (Eduard Fernández), a un alcalde falangista (Sergi López) y a su prima Núria (Marina Comas), una chica de su edad mutilada de una mano mientras jugaba con una granada. Aunque con algunos estereotipos, la película es narrada con sobriedad a través de excelentes interpretaciones, méritos que le valieron ser la ganadora de los Goya en su año, con 9 premios (entre ellos mejor película y mejor director). También recibieron el Goya a mejor actor y actriz revelación los dos adolescentes protagonistas, si bien cabe decir que serán los últimos menores de edad en recibir este galardón, tras que la Junta Directiva de la Academia de Cine adoptara en junio de 2011 la medida de no premiar más a menores de 16 años de edad. 

- Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro, 2007), basada en el libro de Carlos Fonseca (“Trece rosas rojas”), una historia real sobre 13 militantes (entre 18 y 29 años) de las Juventudes Socialistas Unificadas que fueron detenidas y ejecutadas (injustamente) en Madrid, un mes después de terminar la Guerra Civil Española. Los personajes de Pilar López de Ayala, Verónica Sánchez, Marta Etura, Nadia de Santiago o Bárbara Lennie (cinco de las 13 rosas) nos muestran la vivencia de quien dice que la posguerra es aún peor que la guerra, pues el hambre y la pérdida de libertad, la denuncia y la represalia, la venganza y el rencor pueden llegar a ser realidades tan dolorosas o más que las balas y las bombas. La película apuesta sin pudor por el sentimiento y la emoción, en donde la banda sonora resulta decisiva en una trama donde lo humano le gana la partida a lo político-ideológico. 

- El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006) cuenta la historia de Ofelia (Ivana Baquero), una niña de 13 años muy aficionada a los libros de fantasía, quien junto a su madre (Ariadna Gil) se traslada hasta un pequeño pueblo del Pirineo aragonés en el que se encuentra destacado su actual padrastro (Sergi López), un cruel capitán franquista. Una noche, Ofelia descubre las ruinas de un laberinto donde se encuentra con un fauno (Doug Jones), quien le hace una revelación: Ofelia es en realidad una princesa llamada Moanna y, para poder regresar a su pueblo, deberá superar tres pruebas antes de que llegue la luna llena. En el transcurso de su misión, la fantasía y la brutal realidad se entremezclan, dando lugar a una historia donde la magia que rodea a Ofelia le sirve para evadirse de la cruel realidad en la que se encuentra inmersa. Fue también la ganadora de los Goya en su año, con 7 premios (entre ellos mejor actriz revelación para Ivana Vaquero). 

- El viaje de Carol (Inmanol Uribe, 2002) basada en la novela de Ángel García Roldán ("A boca de noche"), funciona como un fábula sobre infancia situada en plena Guerra Civil, si bien ésta sólo se insinúa como telón de fondo. Carol (la debutante Clara Lago) es una niña de 11 años que llega desde Nueva York al pueblo cántabro natal de su madre (María Barranco), con la transición de pasar de una urbe de libertades a un pueblo de la España del año 1938, en plena guerra; un pueblo en donde vive su abuelo (Álvaro de Luna), su tio (Carmelo Gómez) y una maestra republicana (Rosa María Sardá). Las aventuras de Carol con Tomiche, el pillo (Juan José Ballesta), con Cagurrio, el rechoncho (Andrés de la Cruz) y con Culovaso, el gafotas (Daneil Retuerto), nos dibujan un cuento para niños y adultos que harán reflexionar sobre el dolor de las infancias perdidas. 

- El espinazo del diablo (Guillermo del Toro, 2001), un cuento de terror gótico ambientado en las postrimerías de la Guerra Civil Española y en el entorno de un orfanato, en donde conviven huérfanos de militares, políticos republicanos y otros niños sin hogar víctimas de la guerra. Carlos (el debutante Fernando Tielve), un niño de 10 años que acaba de recaer en este colegio, realiza un viaje iniciático al descubrir la identidad del asesino de otro niño (cuyo espectro vaga por el colegio pidiéndole ayuda) y lo hace conviviendo con la dura directora (Marisa Paredes), el revolucionario profesor (Federico Luppi), la ingenua maestra (Irene Visedo), el agrio portero (Eduardo Noriega) o el líder de los niños del orfanato (Íñigo Garcés). Un historia de venganzas consumadas y amores nonatos alrededor de una bomba que cayó en medio del patio sin causar explosión; y, ante todo, una historia de gran hondura lírica bajo la batuta de un los autores consagrados del fantástico contemporáneo en versión latina, cuya obra entronca con sus obras previas, Cronos (1992) y Mimic (1997). 

- Los niños de Rusia (Jaime Camino, 2001), es un documental sobre los millares de niños españoles que fueron evacuados a distintos países (la Unión Soviética recogió casi 3.000 niños) para alejarlos del conflicto de la Guerra Civil. Lo que en principio era una evacuación temporal se convirtió para algunos en un largo viaje, del que muchos no pudieron regresar hasta 20 años después: el documental entrevista a muchos de estos “niños”, hoy septuagenarios, en una dramática narración de los hechos. 

- La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), basada en tres cuentos de Manuel Rivas, se fundamenta en el magnífico guión de Rafael Azcona y en la gran dirección de actores. Moncho (Manuel Lozano) es un niño de 8 años que tiene miedo de incorporarse a la escuela, pues ha oído decir que los maestros pegan. Pero su opinión cambia cuando conoce a Don Gregorio (Fernando Fernán Gómez), el maestro republicano: Entre ellos se entabla una gran amistad alrededor de los últimos meses anteriores a la Guerra Civil, un tiempo detenido en el que la libertad da sus últimas bocanadas sin ser conscientes del período que se avecinaba. La dirección de Cuerda encuentra un tono acertado que oscila entre la mirada objetiva, la crudeza del contenido, la belleza del continente y la ternura de la expresión. 

 - Tranvía a la Malvarrosa (José Luis García Sánchez, 1997), fundamentada en la obra del mismo título de Manuel Vicent, obra con datos biográficos. Cuenta la adolescencia del joven Manuel (Liberto Rabal) en la Valencia de la postguerra de los años cincuenta, con la represión psicológica y policial de fondo. 

- Los jinetes del Alba (Vicente Aranda, 1990), adaptación para televisión de la obra homónima de Jesús Fernández Santos. Narra la vida en el balneario de Las Caldas, en un pueblo asturiano, y transcurre desde octubre de 1934 (levantamiento del proletariado asturiano) hasta abril de 1936 (fin de la Guerra Civil Española) a través de la relación de los jóvenes Marian (Victoria Abril) y Martín (Jorge Sanz). 

 - Las bicicletas son para el verano (Jaime Chávarri, 1984), adaptación de la obra de teatro con el mismo nombre de Fernando Fernán Gómez. La historia se inicia en el verano madrileño de 1936 y dibuja la historia de un familia y su adaptación al miedo, al hambre, al cambio de vida y de costumbres que entraña un conflicto bélico. El hijo, Luisito (Gabino Diego), a pesar de haber sido suspendido el curso, quiere que su padre le compre una bicicleta. Pero la situación va a obligar a postergar la compra; y el retraso, como la propia guerra, durará mucho más de lo esperado.  

- El espíritu de la colmena (Victor Erice, 1973), en donde un guerrillero herido se convierte ante los ojos de unas niñas (Ana Torrent e Isabel Tellería) en el monstruo de Frankestein. Todo esto bajo el imaginario y la luz de Victor Erice, en una de las obras cumbre de nuestra filmografía. Y, aunque no es una película sobre la guerra, si refleja el impacto psicológico que causó en la sociedad española, incluyendo las dificultades para establecer relaciones afectivas. 

- El otro árbol de Guernica (Pedro Lazaga, 1968), fundamentada en la obra homónima y autobiográfica de Luis de Castresana. Durante la Guerra Civil, un grupo de niños vascos fueron evacuados a países extranjeros para ponerlos a salvo de los horrores de la guerra. Lejos de su hogar (y con el deseo de regresar), se nos cuenta las dificultades de los hermanos Santiago (José Manuel Barrio) y Begoña (Inma de Santi), por adaptarse a su nuevo país (Bélgica) y a sus nuevas familias. Película sencilla y con un final feliz, aunque hoy pudiera resultar algo pasada de tiempo: ante los insultos y menosprecios de una parte de la sociedad belga, los niños llegados de todas partes de España forman una piña que defiende su patria con orgullo. Por cierto, dos de las niñas protagonistas (Inma de Santis y Sandra Mozarowsky) fallecieron a muy temprana edad en diversos accidentes. 

- Murió hace quince años (Rafael Gil, 1954), adaptación de una obra de teatro de José Antonio Giménez Arnau, esta película tiene un claro tinte anticomunista que bien se puede calificar de panfleto. Durante la Guerra Civil, un niño de 10 años es separado de su familia y enviado a Rusia junto con otros niños, con la finalidad de evitarles el sufrimiento de la contienda. Allí reciben un duro adiestramiento y enseñanzas comunistas, que hacen que pierdan los recuerdos del pasado. Son instruidos para desarrollar actividades a favor de la causa comunista y, en una de ellas, una misión es colaborar en el asesinato de un miembro del Gobierno español, quien resulta ser su propio padre. 

En fin, muchas películas (y para todos los gustos y colores) con la infancia alrededor de la Guerra y Postguerra Civil Española. En general, muchas de ellas funcionan como una fábula sobre el descubrimiento del amor y la amistad entre los escombros del horror y el dolor de un conflicto bélico; y hablan de la necesidad del afecto y de la angustia de la ausencia en donde crecen los más jóvenes y se preparan para ser adultos.

Y esto nos lo dicen algunos de los muchos niños que hoy son adultos y que nos hablan y mirán a través de la pantalla: Andreu y Núria, Ofelia, Carol y Tomiche, Carlos, Moncho, Manuel, Marian y Martín, Luisito, Ana e Isabel, Santiago y Begoña,... y un largo etcétera.