sábado, 16 de octubre de 2021

Cine y Pediatría (614). Carlos Saura y sus aves de la infancia


Acaba de celebrarse el primer Día del Cine Español para reconocer el "peso, la importancia y el motor" que representa la industria cinematográfica para el país. Y se ha elegido el 6 de octubre para esta efeméride, fecha escogida porque coincide con la del final del rodaje de Esa pareja feliz (1953), película dirigida y guionizada por Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem, y protagonizada por Fernando Fernán Gómez. Por tanto, 2021 es el primer año que se celebra, sabiendo que este año se conmemoran, además, los centenarios del nacimiento de Luis García Berlanga y Fernando Fernán Gómez, y el 150 aniversario del nacimiento del turolense Segundo de Chomón. 

Y desde Cine y Pediatría son ya más de 80 las películas revisadas de nuestra cinematografía, y basta algunos ejemplos (dos por década) para constatar que nuestra filmografía tiene pasado, presente y futuro: Marcelino, pan y vino (Ladislao Vajda, 1955),  Los chicos (Marco Ferreri, 1959),  La gran familia (Fernando Palacios, 1962),  Del rosa al amarillo (Manuel Summers, 1963),  El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973),  La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977),  Mater amatísima (José Antonio Salgot, 1980),  Maravillas (Manuel Gutiérrez Aragón, 1980),  Secretos del corazón (Montxo Armendáriz, 1997),  Barrio (Fernando León de Aranoa, 1998),  El Bola (Achero Mañas 2000), Los otros (Alejandro Amenábar, 2001),  Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba, 2013),  Verano 1993 (Carla Simón, 2017), Las niñas (Pilar Palomero, 2020) o  Adú (Salvador Calvo, 2020).  Una selección en las que son todas las que están, pero no están todas las que son películas de interés. 

Y en este contexto hoy recordamos a uno de los directores más prolijos en España, el maño Carlos Saura con más de una cincuentena de películas en su haber y una gran diversidad de géneros. Algunas ya hemos revisado, como fueron su opera prima en el largo, Los golfos (1959)  y su incursión al cine quinqui con Deprisa, deprisa (1981).  Pero hoy queremos recordar al Saura más intimista, aquel que rememora la infancia a través de los ojos de sus niñas y niños protagonistas. Y curiosamente ambas obras tienen en su título referencia a aves: Cría cuervos (1976) y Pajarico (1997). 

Cría Cuervos es la primera película con guión en solitario y dirección de Saura, que se estrenó apenas unos meses después de la muerte de Franco, y que es una alegoría y radiografía de un régimen en crisis a través de los recuerdos de infancia de nuestra protagonista. La película comienza con fotos de infancia y música nostálgica, lo que marca la importancia de los dos protagonistas de esta obra: Ana y la música. 

La película se centra en Ana (Ana Torrent), una niña de 9 años que es criada junto a sus dos hermanas con suma austeridad por su tía (Mónica Randall) con la ayuda de una sirvienta (Florinda Chico), mientras recuerda a su también fallecida madre (Geraldine Chaplin) y se siente responsable de la muerte de su padre, militar de oficio (Héctor Alterio). En la narración, que se aprovecha de una cuidada fotografía de Teo Escamilla, aparecen paralelismos y simbolismos de carácter político en una época muy convulsa para el cine y la vida en España. Allí donde las niñas oyen los consejos de esa particular criada: “Todos los hombres son iguales. Todos. Ya te darás cuenta. Tu padre sin ir más lejos. Le gustaban las faldas un horror… Ya lo creo, tenía las manos muy largas. Menudo era tu padre, si yo te contara”. Allí donde Ana y sus hermanas juegan a muchas cosas, también a imitar las disputas de sus padres, mientras bailan al son de la canción de Jeanette (escrita por José Luis Perales) “Porque te vas”, verdadero leitmotiv, pues suena en tres escenas y al final del film. Y junto a esta icónica canción, también otras dos sobresalen: “Canción y Danzas N. 6” de Frederic Mompou al inicio, y “¡Ay, Maricruz!” de Imperio Argentina, en esa escena en que a la abuela se le iluminan los ojos y la sonrisa al ver sus fotos de juventud y familia, y a la que Ana le pregunta: “¿Tú también quieres morir?”. 

Saura realiza un interesante y a ratos hipnótico análisis de la muerte desde la perspectiva infantil, beneficiándose de la sobrecogedora mirada de Ana Torrent, como años antes lo hiciera Víctor Erice en El espíritu de la colmena (1973) y años después fuera Jaime de Armiñán en El Nido (1980) Y al final, Ana adulta, quien ha rememorado esos momentos de su infancia dos décadas antes, nos dice: “No entiendo cómo hay personas que dicen que la infancia es la etapa más feliz de sus vidas. En todo caso, la mía no lo fue. Y por eso no creo en el paraíso infantil, ni en la inocencia, ni en la bondad natural de los niños. Yo recuerdo mi infancia como un periodo largo, interminable, triste, donde el miedo lo llenaba todo. Miedo a lo desconocido. Hay cosas que no puedo olvidar. Parece mentira que haya recuerdos que tengan tanta, tanta fuerza. Tanta fuerza”. 

Pajarico es un homenaje a la infancia murciana de Saura. No es autobiográfica, pero se basa en sus recuerdos y en esa sensualidad que rodea el Mediterráneo. Aquí el epicentro es Manu (Alejandro Martínez), un niño de 10 años cuyos padres se encuentran en proceso de divorcio en Madrid, y al que mandan tres semanas con su familia paterna a Murcia. Allí vivirá cada semana con uno de sus tíos, pues todos ellos viven el mismo edificio de la Plaza Cardenal Belluga, al pie de la catedral: la primera semana con sus tíos Juan y Marisa, y sus tres primas, Sofía, Amalia y Fuensanta (Dafne Fernández), con la que vive un romance de verano; la segunda semana con sus tíos Fernando y Beatriz, dueños de una confitería y sin hijos; y la tercera con sus tíos Emilio y Margarita, quienes viven con sus dos hijos y la tía soltera Margarita (Eulalia Ramón, esposa del propio Carlos Saura). Y cada uno de sus tíos tiene una historia especial. 

Tío Juan (Manuel Banderas) es modisto y aficionado a la pintura y al cante, lisonjero, vivaz y alegre: “Ni al sol ni a la muerte se puede mirar de frente”. Su hija Fuensanta, nombre murciano por demás, tiene visiones y premoniciones, y en la escena de la terraza con las sábanas colgadas y las horas tañendo en la torre de la catedral le dice a Manu: “Este es mi lugar preferido. Vengo aquí a pensar”. 

Tío Fernando (Eusebio Lázaro) es pastelero de profesión y violoncelista en tiempo libre, homosexual oculto entre sacos de harina, un ser excéntrico en busca del éxtasis, romántico con tendencia suicida. Y así le ofrece a Manu algunos consejos: “Los genios no existen. Se hacen a base de horas de trabajo y sumisión… Porque a mí lo que más me gusta es divagar”, “La carne es débil, amado sobrino. Ten cuidado con las mujeres, ellas tienen la sabiduría y la fuerza”. 

Tío Emilio (Juan Luis Galiardo) es médico oftalmólogo con aficiones a la iridología, de temperamento irascible y con una mujer religiosa que tiene visiones con la Virgen, aunque le aseguran que sus ausencias son epilépticas. Y aficionado a las reflexiones: “La curiosidad es la madre de la ciencia” o “Vivimos de la apariencia, de reflejos y de ilusiones”. 

Y entre todos ellos, el abuelo (interpretado por un murciano de pura cepa como Paco Rabal), quien, por su progresiva demencia, habla con un lenguaje especial que solo Fuensanta entiende. Él llama Pajarico solitario a Manu y le regala suculentos pensamientos: “Este siglo va a acabar muy mal”, “Todos guardamos un secreto del que nos avergonzamos”, “Si respiras bien y no sientes dolor, es que ya estás en el cielo”, o sus últimas frases sentado frente al Mar Menor: “Qué hermosa es la vida. Qué hermoso es el mar. Qué bien se está cuando se está bien”. 

Y al final, las lágrimas de Manu y Fuensanta cuando acuden los padres de Manu al entierro y llega el momento de separarse. Y todo ello bajo la nostálgica banda sonora de Alejandro Massó. 

Porque hoy, con el recuerdo de Carlos Saura y estas dos entrañables películas que son sus aves de infancia, nos unimos al homenaje al cine español.

  >

miércoles, 13 de octubre de 2021

Contribuciones del grupo EPICO-AEP a la investigación en la pandemia COVID-19 en la edad pediátrica

 

En julio de 2020 se constituyó el proyecto EPICO-AEP: “Estudio de las infecciones por el nuevo coronavirus (SARS-CoV-2) e influencia de los factores genéticos del huésped en población pediátrica”, un registro nacional multihospitalario de pacientes pediátricos afectados por COVID-19 durante la epidemia en España. Un claro ejemplo de que sumar y compartir es la esencia para avanzar frente a todo y, de forma muy especial, frente a la pandemia por la infección por SARS-CoV-2 que nos asola. Y de ello ya informamos en este blog, pues nuestro hospital pertenece a esta red de trabajo. Pues bien, los resultados se mantienen en diversos ámbitos. 

El primero es de las publicaciones científicas que han visto la luz ya en este poco más de un año de trabajo conjunto. He aquí alguno de estos trabajos: 

Además, desde EPICO-AEP se nos informa que se ha desarrollado un estudio cuyos resultados han dado la posibilidad de que la saliva se incorpore como alternativa en la estrategia de diagnóstico del Ministerio de Sanidad y de la Comunidad Autónoma de Madrid. Así, en el documento ESTRATEGIA DE DETECCIÓN PRECOZ, VIGILANCIA Y CONTROL DE COVID-19 publicado en agosto por el Ministerio de Sanidad, en su página 26 viene este texto: 
 
“Detección de ARN viral mediante RT-PCR en muestra de saliva 

La utilización de saliva tiene como principal ventaja frente al exudado nasofaríngeo la facilidad de obtención de la muestra, que puede incluir la auto-toma por el paciente, y la posibilidad de evitar roturas de stock de las torundas con medio necesarias para la toma del exudado. Esta facilidad de la toma de muestra puede posicionar la técnica para casos de muestreo agrupado (pool testing). El resto del proceso sería el mismo que el de una PCR convencional. 

La detección del SARS-CoV-2 mediante PCR en muestras de saliva muestra una sensibilidad variable dependiendo de factores como la carga viral o la técnica utilizada para la toma de muestra. Así, aunque en la mayoría de los estudios muestra una sensibilidad inferior a la PCR en exudado nasofaríngeo, en otros la sensibilidad es comparable o incluso superior. En pacientes sintomáticos, la sensibilidad decae tras los primeros 5 días de síntomas. En personas asintomáticas la pérdida de sensibilidad respecto al exudado nasofaríngeo podría verse compensada en ámbitos concretos en los que se plantee hacer cribados repetitivos ya que la repetición aumentará la posibilidad de detectar a individuos positivos. Es en estos ámbitos, además, donde la facilidad de la obtención de la muestra y el menor coste suponen una mayor ventaja. 

Por otra parte, los resultados obtenidos por el estudio EPICO-AEP (Estudio epidemiológico de las infecciones pediátricas por el nuevo coronavirus SARS-CoV-2. EPICO-AEP”) demuestran que la PCR en muestra de frotis oral podría ser una alternativa a tener en cuenta en población pediátrica ya que, aunque se observa una disminución de la sensibilidad (71%, IC 95%: 58,7-81) esta se debe principalmente a casos no contagiosos. 

En conclusión, la utilización de este tipo de muestra podría resultar aceptable en dos tipos de situaciones: 
- En pacientes sintomáticos en los primeros 5 días de síntomas cuando no es posible obtener una muestra de exudado nasofaríngeo, ya sea por las características del paciente o por falta de material adecuado para la toma de muestras siempre y cuando la muestra de saliva sea un espécimen admitido como válido por el fabricante de la prueba diagnóstica. 
-En cribados repetidos en determinados ámbitos. 
- En pacientes pediátricos (0 a 16 años) en centros con experiencia en la utilización de este tipo de muestras”. 

Y así es como EPICO-AEP es un grupo que sigue sumando.

sábado, 9 de octubre de 2021

Cine y Pediatría (613). “Lola” y su unicornio por estrella

 

La transexualidad y las personas transgénero han tenido su espacio en Cine y Pediatría, en algunas películas abordando historias reales llevadas a la ficción, en otras planteando una ficción tan real como la vida misma. Desde la filmografía de Estados Unidos hemos podido comentar Boys Don´t Cry (Kimberly Peirce, 1999),  Transamérica (Duncan Tucker, 2005),  3 generaciones (Gaby Dellal, 2015) y  Jake (Silas Howard, 2018). Desde la filmografía española la icónica película El viaje de Carla (Fernando Olmeda, 2014) y  Me llamo Violeta (David Fernández de Castro y Marc Parramon, 2019).  Y desde Bélgica tuvimos la oportunidad de disfrutar de Girl (Lukas Dhont, 2018)  y hoy llega Lola (Laurent Micheli, 2019), dos películas que nos vuelven a reafirmar sobre la altura del cine en francés. 

Porque si Transamérica fue una simpática “road movie” entre una madre trans y su hijo en un viaje por la América profunda, Lola se nos presenta como una impactante “road movie” entre un padre y su hija trans por los caminos belgas (entre franceses y flamencos) que llevan hacia el Mar del Norte. Un tour de forcé interpretativo de altura entre Lola (Mya Bollaers, en su debut como actriz trans) y su padre Philip (Benoît Magimel). 

Lola es una chica trans que nos presenta con su ambigua belleza, su pelo a dos colores, su mochila y su monopatín con un unicornio pintado. Ahora vive en un hogar de acogida con Samir, su único amigo, pues su padre no aceptó que su hijo Lionel ahora quisiera ser una chica; y por ello nos confiesa: “Con las hormonas y estando en el refugio me siento mejor. Conmigo, me refiero”. Sigue los controles médicos y escucha atenta la explicación de su doctora: “Desde ahora, tan solo seguiremos el protocolo. Habrá dos fases, como planeamos. Una en cinco semanas y la otra en diez. Primero aumento de pecho y castración y, después, reasignación”. 

Pero Lola, impulsiva y solitaria, no pasa por un buen momento, pues cuando le confirman que por fin puede someterse a la soñada operación de reasignación de género, su madre Catherine, que era su único apoyo a nivel emocional y económico en su disfuncional familia, fallece. Y cuando Lola acude al entierro, el padre le espeta: “No tienes decencia. Tu madre se avergonzaría de ti. ¿Cómo nos has hecho esto?...Mírate, ¿no te avergüenzas de aparecer así delante de tu familia y de tus amigos? Con pintas de travelo”. Una escena muy tensa tras dos años sin haberse visto padre e hija, una relación complicada seguida de momento convulsos hasta que deciden llegar a un acuerdo para cumplir el último deseo de Catherine: esparcir sus cenizas en la casa de su infancia situada en la costa belga del Mar del Norte.

Cumpliendo con este deseo, Philip y Lola, padre e hija (aunque su padre se resiste a no llamarle Lionel), emprenden ese viaje en coche junto al jarrón que porta las cenizas de la esposa y madre (que ambos echan mucho de menos). Un viaje más emocional que físico y que tendrá consecuencias imprevisibles. Un viaje donde la música de una seleccionada BSO amplifica la emoción de algunas escenas. Y baste recordar ese viaje en coche de noche mientras suena el “Vissi d´arte, vissi d´armore” de la ópera Tosca de Puccini, interpretada por la gran María Callas, y que nos regala un tempo especial a este viaje de despedida, de desencuentros y reencuentros tan creíble. 

Y es patognomónico el desencuentro que  tiene lugar en el club de alterne, donde el padre le dice: “¿Dónde estabas cuando cuidaba de mamá? Ni sabes que fue culpa tuya que cayera enferma. Murió por tu culpa”. Una declaración tan dura como errónea, pues la madre siempre cuidó de Lionel cuando era niño y de Lola cuando decidió ser mujer, porque la aceptó en todo momento, aunque al final fuera a escondidas para no enfadar al esposo. Y en esa noche, el padre confiesa a la madame del club lo que para él ha sido un infierno: “Empezó con pesadillas casi cada noche. Más tarde, un día empezó a romper su ropa, autolesionarse, a sufrir ataques pánico y crisis. Empezaba a llorar y a gritar por nada. Al final te vuelve loco. Un día llamaron de la escuela. Se había cortado los brazos con unas tijeras. Vimos psiquiatras. Lo intentamos todo para ayudarle. Pensábamos que todo pasaría. Pero no, tan solo empeoró. Empezó a escaparse y desaparecía durante días. Su madre y yo estábamos muy asustados. Y después, empezó a ponerse ropa de chica, a travestirse. Y yo solo perdí el control. No podía soportarlo… Tenía un hijo, no una hija”. 

Muy pocas veces Lola logra estar feliz y liberada. Si acaso cuando la animan a bailar al son de la canción “Karma Chameleon” del grupo Culture Club, muy apropiada al rememorar la estética glam y sexualmente ambigua de su líder, Boy George. O también la conversación con su padre en el coche mientras suena “What-s Up?” del grupo 4 Non Blondes, una canción que habla sobre la desesperación y pérdida, cuando Lola le pregunta a su padre: “¿La echas de menos?”. Y en algún momento suena la canción “Bird Guhl” del grupo Antony and the Johnsons, muy significativa, pues su líder, Antony Hegarty, es conocida desde 2015 por su identidad transgénero bajo el nombre de Anohni; y su desgarradora voz y letra sirve de clímax en ese túnel de lavado, donde no solo se limpia el coche sino algo del alma del padre. Tres canciones que marcan momentos muy especiales del viaje. 

Finalmente llegan al mar a cumplir el último deseo de la madre. Pero algo inesperado (y casi inexplicable) ocurre al incendiarse el coche con el jarrón de las cenizas dentro. Y cuando Philip encuentra un sobre que la madre tenía escondido con mucho dinero con la palabra CPRE, no sabe lo que es. Hasta que Lola le descubre que significa “cirugía plástica reparadora y estética”, y que su madre la estaba ayudando en los últimos meses en la reasignación de sexo, algo que el padre sigue sin comprender. Y por ello le pregunta: “¿Por qué quieres hacerlo? Aún eres un adolescente. Tan solo tienes 18 años. Es normal sentirse incómodo sobre tu cuerpo, tener complejos, no sé… Puede que cuando tengas 25 años lo veas todo diferente. Cambiarás de opinión”. Y Lola contesta sin vacilar: “No cambiaré de opinión. De todos modos, con operación o no, ya soy una mujer. Tan solo tienes que aceptarlo”. Y aún es más contundente la respuesta a si no tiene miedo al dolor de la operación: “El dolor físico no es nada comparado con todo lo que he sufrido en la vida”. 

Y la película llega a un final tan abierto como maravilloso, con esas palabras que escribió a su madre, toda una declaración de amor y de principios: “Mamá, contigo siempre pensé que todo era posible. ¿Te acuerdas del telescopio que me comprasteis por mi cumpleaños? Fue mi primer regalo. No solo por ver las estrellas, sino porque significaba que pasaríamos tiempo los tres. Noches enteras diciéndome el nombre de estrellas y constelaciones. Descubrimos mi favorita: Monoceros, el unicornio. Me dijiste que si quería creer en él, podía. Que lo importante en la vida era lo que creía, no lo que otros pensaran. Cuando miramos el cielo, solo vemos las estrellas. Pero también podemos ver formas mágicas: centauros, águilas, dragones, unicornios… Ahora sé que hay otras cosas detrás de las apariencias. Y eso es gracias a ti. Espero que estés mejor, estés donde estés. Siempre pensaré en ti y sé que volveremos a estar juntas. Te quiero”. 

Porque esta historia de Lionel/Lola es la de muchos. Y aunque la sociedad avanza en la integración y respeto a las personas transgénero, queda mucho camino aún por recorrer. Esperemos que menos que de aquí a las estrellas.