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sábado, 27 de septiembre de 2025

Cine y Pediatría (820) Un viaje documental trans “Hacia mi nombre”

 

Las películas sobre personas trans, a lo largo de la historia del cine, han evolucionado desde representaciones a menudo distorsionadas y estereotipadas hasta convertirse en una herramienta poderosa para la visibilidad, la empatía y el cambio social. El cine trans ha ayudado a sacar a la luz a una comunidad históricamente marginada, lo que contribuye a normalizar su existencia, pues el espectador puede entender mejor sus luchas, alegrías, miedos y esperanzas, lo que fomenta la empatía y derriba prejuicios. Es un cine que muestra la diversidad de identidades y la complejidad de la vivencia de género, cuestionando el binarismo. Y un paso más allá lo tenemos con las películas documentales, pues conllevan estos aportes a un nivel más profundo y directo, al dar una dimensión de realidad y testimonio que el cine de ficción, aunque valioso, no puede replicar del todo. 

Los documentales, por su propia naturaleza, suelen dar la palabra directamente a las personas trans y a sus familias, donde se abordan las problemáticas sociales y políticas que enfrenta la comunidad trans, como la discriminación laboral, la violencia, la transfobia institucional o las barreras legales. Un enfoque que contrasta con la historia del cine de ficción, donde a menudo los roles trans eran interpretados por actores cisgénero, perpetuando estereotipos. El formato documental es una herramienta educativa muy poderosa, pues pueden ser utilizados en centros docentes o foros para sensibilizar y educar a la población sobre las realidades trans, desmintiendo mitos y proporcionando información veraz sobre temas como las infancias trans o los procesos de transición, así como un gran diversidad de experiencias que pueden enriquecer la comprensión del público. 

Ejemplos de películas documentales sobre la transexualidad proceden de muy diversos países. Sirvan de ejemplo las siguientes películas estadounidenses: Suited (Jason Benjamin, 2016), la visión de la trastienda de la sastrería de Brooklyn especializados en confeccionar ropa para personas transgénero; La vida y muerte de Marsha P. Johnson (David France, 2017), alrededor de esta activista trans; Disclosure: Ser trans en Hollywood (Sam Feder, 2020), donde se examina la representación trans tanto en el cine como en la televisión; Man Made (T Cooper, 2018), centrada en el único campeonato de culturismo transgénero en el mundo; Haciendo la calle (Zackary Drucker, Kristen Lovell, 2023), la historia de prostitutas transgénero en un barrio de Nueva York; etc. 

Pero también encontramos ejemplos en otras latitudes. Sirvan de ejemplo la película española Vestida de azul (Antonio Giménez Rico, 1983), sobre seis transexuales en la España de los ochenta; la película portorriqueña Mala Mala (Antonio Santini, Dan Sickles, 2014), sobre el poder de transformación contado a través de los ojos de nueve personas trans en Puerto Rico; la película argentina Reina de corazones (Guillermo Bergandi, 2016), la historia de diez mujeres trans que pertenecen a una cooperativa de teatro, quienes, por medio del arte, pretenden visibilizar sus luchas y realidades; las películas brasileñas Laerte-se (Lygia Barbosa, Eliane Brum, 2017), una de las viñetistas más brillantes de Brasil, quien tras pasar casi 60 años viviendo como hombre, decide mostrarse ante el mundo como mujer, e Indianara (Marcelo Barbosa, Aude Chevalier-Beaumel, 2019), sobre esta revolucionaria en defensa de las personas transgénero; las películas colombianas Wërapara (Claudia Fischer, 2022), sobre mujeres trans indígenas en ese país, y Alma del desierto (Monica Taboada Tapia, 2024), sobre una mujer transgénero wayúu al final e su vida; las películas mexicanas Las flores de la noche (Eduardo Esquivel y Omar Robles, 2020), alrededor de un coreógrafo trans que forma comunidad con las juventudes de su localidad, La felicidad en la que vivo (Carlos Morales, 2020), basada en una mujer trans de 87 años que sueña con crear un hogar de ancianos para la comunidad LGBTTI + de personas mayores, y Kenya (Gisela Delgadillo, 2022), activista trans que se enfrentó al sistema de justicia de México tras el asesinato de su mejor amiga,… 

Y la infancia y adolescencia trans es protagonista de alguno de estos documentales, como los siguientes títulos: Real Boy (Shaleece Haas, 2016), la historia del rito de iniciación de Bennett Wallace, un adolescente transgénero en búsqueda de su propia identidad como músico, amigo, hijo y hombre; Transhood (Sharon Liese, 2020), filmado durante más de cinco años en la ciudad de Kansas, donde se sigue a cuatro niños transgénero, a partir de los 4, 9, 12 y 15 años, mientras se acercan o pasan por la adolescencia; o La vida soñada de Georgie Stone (Maya Newell, 2022), que sigue la andadura de niña a adolescente de esta activista por los derechos de las personas trans. Y entres estos, ya algunas de estas películas documentales forman parte de Cine y Pediatría y han sido analizadas: They (Anahita Ghazvinizadeh, 2017) desde Qatar; Me llamo violeta (David Fernández de Castro, Marc Parramon, 2019) desde España; Una niña (Sébastien Lifshitz, 2020) desde Francia; y Gabi, de los 8 a los 13 años (Engeli Broberg, 2021) desde Suecia.   

Y hoy llega la película italiana Hacia mi nombre (Nicolo Bassetti, 2021), otro genuino ejemplo de que es posible visibilizar a las personas del colectivo LGTBIQ+, así como mirar con ellas, en lugar de mirar hacia ellas. El milanés Nicolo Bassetti no solo es director, sino también productor, guionista y fotógrafo de este relato coral donde los cuatro jóvenes trans (Leonardo, Raffaele, Nicolò y Andrea) comparten con la audiencia fragmentos de su vida en Bolonia junto con sus respectivas parejas. Un proyecto personal que en realidad es un regalo a su hijo trans, quien le asesoró durante el rodaje. Y la película se ha promocionado porque Elliot Page se ha constituido en padrino de honor por sus buenas críticas a este documental: “Nunca he visto una película como esta, no puedo esperar a compartirla con vosotros”. Recordemos que Elliot Page es una actor trans que se declaró como tal en el año 2020, pero que antes nos dejó como Ellen Page películas tan significativas como Hard Candy (David Slade, 2005) y Juno (Jason Reitman, 2007).   

Una película que comienza con este texto: “2017. Extracto de una sentencia del Tribunal de Milán. En nuestro ordenamiento jurídico no hay cabida para un tercer género que contemple la presencia de caracteres sexuales primarios y secundarios tanto masculinos como femeninos, por mucho que ampliemos la definición de ser humano”. Y Hacia mi nombre nos cuentan la historia de su transición de género, experiencias diferentes en cada uno de ellos, pero que les ayuda a entenderse y a sentirse menos solos. Los cuatros nos comparten sus reflexiones más profundas, como la elección de sus pronombres, la terapia hormonal, las decisiones sobre la cirugía y el trato con las instituciones. Porque en el sistema estrictamente binario en el que vivimos, la decisión de determinar la propia identidad de género se convierte en un acto de subversión, y así lo expresa uno de ellos al comienzo: “Una transición de género es uno de los actos inofensivos más subversivos“. Pero el documental también hace hincapié en la diversidad de identidades, en esa heterogeneidad de personas que conforman el colectivo trans y que, por lo tanto, no se les puede englobar a todas bajo la misma etiqueta. Algunas querrán hormonarse, otras no. Algunas querrán operarse, otras no. El único denominador común que comparten es que quieren ser felices mostrándose tal y como son, pudiendo expresar su identidad de género sin miedo a ser juzgadas u oprimidas. 

Una película de historias personales, de voces que deben ser escuchadas. He aquí algunas de esas reflexiones: 
Nicolò/Nico nos explica: “Para pedir el cambio legal del nombre, debo tener un informe psicológico y un informe endocrinológico. Cuando los tenga, puedo ir a un abogado y pedirle que solicite el cambio de nombre y el permiso para las posible operaciones quirúrgicas”. 
Raffaele/Raffi nos confiesa: “Este tipo de expectativas de género que percibía antes al ser unachica atípica, pero que se rebelaba contra esa clase de prisión, es algo que todavía percibo, ya que cualquier desconocido me ve como un chico. La gran contradicción es que antes era demasiado masculino, es decir, como chica no encajaba en los cánones femeninos, y ahora no soy suficientemente masculino para los cánones. Antes era demasiado, ahora no soy suficiente. Así que, sea como sea, nunca encajo”. 
Leonardo/Leo expresa: “He vivido 30 años como mujer y quiero vivir el resto con mi nuevo nombre. El nuevo nombre, que se elige y se anuncia, no el amuleto de una presunta masculinidad. Es un proyecto de vida, una esperanza. Una combinación de sonidos que, cuando alguien lo pronuncia en alto, te recuera todo lo que siempre has sido”

La identidad de nuestros cuatro protagonistas no solo se ve conformada por su género, sino por todas las piezas que han ido recogiendo en el camino de sus vidas. Los cuales son reconocidos por su nombre, aquel que ellos mismos han elegido tener. Porque lo que no se nombra, no existe. Pero la existencia nunca debe ser impuesta, sino siempre construida y elegida por una misma. 

La película finaliza con un largo colofón donde se describe cuál ha sido el futuro posterior de cada uno de nuestros cuatro protagonistas. Y se remata con estos datos para la reflexión: “Las personas trans representan alrededor del 1% de la población mundial, es decir, casi 80 millones de personas. En ningún lugar del mundo tienen los mismos derechos que los demás ciudadanos. Al contrario, se les discrimina de forma sistemática. En muchos países, se enfrentan a la cárcel y a la muerte”.

 

sábado, 7 de junio de 2025

Cine y Pediatría (804) “La mitad de Ana”, de Sonia a Son


Es un camino no excepcional el que muchos actores y actrices den el salto a la dirección con el paso del tiempo. Y hay ejemplos dentro y fuera de nuestro país, como podemos ver en este recordatorio de aquellas óperas primas ya comentadas en Cine y Pediatría. Algunos ejemplos son Vittorio De Sica con Ladrón de bicicletas (1948), Charles Laughton con La noche del cazador (1955), Jodi Foster con El pequeño Tate (1991), Sofia Coppola con Las vírgenes suicidas (1999), Benn Afleck con Adiós pequeña, adiós (2007), Diego Luna con Abel (2014), Ewan McGregror con American Pastoral (2016), o Greta Gerwing con Lady Bird (2017).  Y en España cabe reseñar el debut en la dirección de Antonio Banderas con Locos en Alabama (1999), Achero Mañas con El bola (2000), Daniel Guzmán con A cambio de nada (2015), o Paz Vega con Rita (2024). Y hoy llega la ópera prima en la dirección de Marta Nieto con La mitad de Ana (2024), con la peculiaridad que también es guionista y protagonista, y que es la adaptación del cortometraje Son, que ella misma dirigió dos años antes. Una historia que retrata la tolerancia y la aceptación del otro en una historia que habla sobre la identidad de género en la infancia, la maternidad y el autodescubrimiento, y donde los personajes son Son, una niña que se siente niño, y su madre Ana.    

En el cortometraje Son, el papel de Ana lo interpreta la actriz Patricia-López Arnáiz y el papel de Son, de 6 años, Ale Colilla. En la película La mitad de Ana, el papel de Ana es para Marta Nieto y el papel de Son, el niño trans, aquí con 7 años, Noa Álvarez. Y es curioso que pasar la misma historia de un corto a un largometraje bien lo sabe de primera mano nuestra directora, pues participó como actriz en el multipremiado corto Madre (2017) y que se transformaría en la película Madre (2019), ambos dirigidos por Rodrigo Sorogoyen, a la postre pareja sentimental de Marta Nieto. Y para cerrar más el círculo, cabe decir que Patricia López-Arnáiz ha participado también como madre de otra niña trans en la reciente y conmovedora historia de 20.000 especies de abeja (Estibaliz Urresola Solaguren, 2023).  

Pero dejemos los círculos y pasemos a dibujar la mejor línea recta de la historia que nos cuenta La mitad de Ana y que se centra en la transformación de esta madre separada, que vive cómo su hija Sonia elige ser llamado Son. Una historia que transcurre entre Madrid, donde su madre, aunque licenciada en Bellas Artes, se gana la vida como vigilante del Museo Reina Sofía, y Villajoyosa, donde vive el padre con otra pareja. El proceso de Sonia a Son es complicado para ambos padres, pero la madre lo tiene que pasar sola y debe digerir esta situación, como la pregunta de esa madre de otro hijo trans ya adulto: “Me han dicho que tu hijo está transicionando desde hace poco“. Y en el camino Son repite con frecuencia “Me duele mucho la tripa”, pues ella siente esa lucha de sus padres por su custodia, aunque los dos quieren lo mejor para Son. Y sirva de ejemplo las palabras de su madre: “Todos tenemos algo de nuestro cuerpo que no nos gustan. Pero otras que sí. Pon de tu parte y podrás ser quien quieras ser”

En la historia se usan dos simbologías recurrentes: el caballito de mar y el cuadro “Un mundo” de Ángeles Santos. Porque el caballito de mar es conocido por sus características biológicas únicas, que desafían las nociones tradicionales de los roles de género: es el macho quien gesta y da a luz a las crías, invirtiendo los papeles reproductivos convencionales. Esta particularidad lo convierte en un símbolo perfecto para representar la fluidez y la diversidad de la identidad de género, alejándose del binarismo. La elección de este animal subraya la idea de que en la naturaleza, y por extensión en la experiencia humana, existen múltiples formas de ser y sentir. Y eso da sentido a ese arranque de la película con la escena en la que Ana y Son liberan a un caballito de mar que se encontraba atrapado; y este acto de liberación se convierte en el reflejo premonitorio del propio proceso que Son está a punto de iniciar: el de liberarse de una identidad de género que no le corresponde para poder vivir de acuerdo con su verdadero yo. Y también el cuadro “Un mundo” aparece de forma recurrente, una de las obras del Museo Reina Sofía donde trabaja Ana y con el que la protagonista interacciona, porque este cuadro, con sus figuras cubistas y caras ocultas, sirve como una metáfora visual del conflicto interno de Ana, quien también se siente fragmentada. La obra de arte, con sus múltiples capas y facetas, refleja la dificultad de Ana para entender su propia identidad, la transición de su hija y su relación con la maternidad. Cabe decir que esta pintura, realizada con solo 17 años por Ángeles Santos, la convirtió en la pintora española surrealista que conquistó el mundo a tan temprana edad y luego quedó casi en el olvido. 

Y cuando los alumnos de la clase de Son visitan el Reina Sofía, el profesor les cuenta el realismo mágico que atesora “Un mundo”. Y Ana, cuidadora de la sala, les pregunta: “¿Qué pensáis que hay en las otras tres caras que no se ven?” Y cada niño da su respuesta, pero Son y su madre ven las figuras moverse. Luego transcurre un lapso de tiempo, en el que alguien pregunta a Ana que cómo les va este año, a lo que ella responde: “Pues iremos viendo. Sin prisa”. Fin. 

Porque esa película no se centra en la "lucha" de Son, cuya identidad es clara y firme; no hay trauma interno en el niño; solo la necesidad de ser nombrado y reconocido. El conflicto es externo: la incomprensión del padre, las dudas del colegio, y sobre todo, el desconcierto inicial de Ana. Por tanto, el verdadero viaje es el de Ana, donde la certeza de su hijo ilumina la profunda incertidumbre de ella. Se da cuenta de que su identidad se ha disuelto en su rol de madre, que es solo "la mitad" de sí misma, una mitad definida por y para los demás. A partir de aquí, la película se convierte en un fascinante espejo de identidades: mientras Son busca afirmar quién es, Ana se ve forzada a descubrir quién ha dejado de ser. Y por ello La mitad de Ana es una de las exploraciones más honestas y valientes sobre la maternidad en el cine reciente, donde se desmitifica la idea del sacrificio materno como una entrega abnegada y feliz, para mostrar su lado más oscuro: la anulación personal. Ana quiere a su hijo por encima de todo, pero el viaje que emprende es el de entender que para ser una buena madre para Son, primero debe volver a ser una persona completa para sí misma. Su amor incondicional no se mide por cuánto renuncia, sino por su capacidad de transformarse junto a su hijo. 

No es La mitad de Ana una película redonda, pero si es un viaje íntimo y transformador que nos enseña que para encontrar la mitad que nos falta, a veces, primero debemos tener el coraje de perdernos por  completo.

sábado, 21 de octubre de 2023

Cine y Pediatría (719) “20.000 especies de abejas”… abrazando la infancia trans

 

Que el cine español se declina en femenino en los últimos cinco años lo hemos recordado frecuentemente en Cine y Pediatría y sirva como ejemplo algunas películas ya destacadas: Verano 1993 (Carla Simón, 2017), Carmen y Lola (Arantxa Echevarría, 2018), La inocencia (Lucía Alemany, 2019), Las niñas (Pilar Palomero, 2020), Libertad (Clara Roquet, 2021), Chavalas (Carol Rodríguez Colás, 2021), La maternal (Pilar Palomero, 2022) o Cinco lobitos (Alauda Ruiz de Azúa, 2022), Todas ellas con éxito de crítica y público, multipremiadas, muchas con el Goya a mejor director novel (directora, claro está, en todas ellas). Y hoy llega una de las grandes (y agradables) sorpresas de este año con 20.000 especies de abejas (Estibaliz Urresola Solaguren, 2023)

Es 20.000 especies de abejas un poético título para un realista, conmovedor y luminoso retrato sobre la búsqueda de la identidad de una niña trans de 8 años y por el que la joven actriz vasca Sofía Otero hizo historia en la Berlinale de 2023, pues se ha convertido en la actriz más joven en ganar el Oso de plata a la mejor interpretación femenina. Es inolvidable su papel como Aitor/Lucía/Cocó. 

Cocó es el apodo con el que le llama su familia y reconoce que no encaja en las expectativas del resto y no entiende por qué. Todos a su alrededor insisten en llamarle Aitor, pero no se reconoce en ese nombre ni en la mirada de los demás; porque quiere ser y llamarse Lucía. Su madre Ane (Patricia López Arnaiz), sumida en una crisis profesional y sentimental, aprovechará las vacaciones para viajar con sus tres hijos a la casa materna en el pueblo, donde reside su madre Lita (Itziar Lazkano) y su tía Lourdes (Ane Gabarain), una familia estrechamente ligada a la cría de abejas y la producción de miel. Será un verano que cambiará sus vidas, la de las tres generaciones: la de Aitor/Lucía/Cocó, la de su comprensiva pero desorientada madre y la de su conservadora abuela. Tres generaciones enfrentándose a sus dudas y temores en relación con la transexualidad, con renuncias del pasado e interrogantes del futuro, algo que ya vimos de alguna manera en la película estadounidense 3 generaciones (Gaby Dellal, 2015). 

A su temprana edad, Aitor/Lucía/Cocó tiene muchas dudas, y así se confirma durante la película con las preguntas a su abuela (“¿Por qué soy así…?”), a su hermano mayor (“¿Tú crees que cuando estaba en la tripa de mama algo salió mal?”) o a su madre (“¿Yo me puedo morir para nacer otra vez siendo chica?”). Y mientras su madre pasa una gran parte del tiempo en el taller trabajando en sus esculturas de cera, Aitor lidia con su enuresis nocturna, su vergüenza al acudir a la piscina sin ropa, su oposición a que le corten el pelo,.. Y escucha a todos los que están a su alrededor, como esos consejos de un abuelo del pueblo: “La fe es un convencimiento de algo, pero que uno siente aquí dentro y por eso tira para adelante. Es como tener una certeza. Es una convicción de algo en lo que crees… La fe va más allá de lo que pueden ver nuestros ojos físicos, ¿entiendes?”. Y a tan joven edad, parece que sí lo entiende. 

El trato a la transexualidad de nuestro joven protagonista es sutil y respetuoso. Sus preguntas, su comportamiento, su pelo largo, sus uñas pintadas, la comprensión de su madre, las advertencias de la abuela ante los dimes y diretes de la gente del pueblo (“Ponle límites, ponle límites… No ves que eres tú el que le estás haciendo especial, consintiéndole absolutamente todo”). Y ese significativo cambio de bañadores en la poza del río con su amiga, a la que le confiesa que ”Mi verdadero nombre es Lucía”, la misma amiga que le expresó este bello pensamiento: “Mi abuelo dice que hay muchas especies de abejas y que todas son buenas”. 

Se ve representado Aitor por las sirenas, y aunque la madre le intenta hacer ver que no hay diferencia entre chicos y chicas (“Las sirenas son parte de la imaginación y la imaginación también es parte de la realidad”), el resto de la familia se percata de esa situación que está viviendo. El padre cree que le han consentido demasiado. La madre cree que no han sabido ver lo que pasaba. Y la escena de la fiesta familiar en que Ane accede a que Aitor se vista como una niña, es clave: porque finalmente el pequeño se quita el vestido y ello para evitar el enfado del padre y la tristeza de la madre. Desaparece en la fiesta y le buscan todos desesperadamente alrededor del río; todos gritan Aitor y en un momento dado, su hermano y su madre le llaman Lucía, para que aparezca. 

Y el final de 20.000 especies de abeja tiene el mismo sentido y sensibilidad que el resto de la historia. Una historia que cabe ver en versión original, para vivir ese bilingüismo entre el vasco y el español de sus protagonistas. Y por ello esta película entra por la puerta grande del buen cine, cine en español (y vasco) declinado en femenino. Cine alrededor de la transexualidad, pura poesía con un tema que en nuestra cinematografía patria ya lo hemos comentado previamente en otras dos películas, si bien estas de carácter documental: El viaje de Carla (Fernando Olmeda, 2014) y Me llamo Violeta (David Fernández de Castro y Marc Parramon, 2019). 

Porque 20.000 especies de abejas abrazan la infancia trans con la suma de un buen guion y dirección de Estibaliz Urresola Solaguren y una gran interpretación coral, con el destacado lugar de Sofía Otero. Una película que combina con identidad la prosa y la poesía cinematográfica para abordar la identidad de género, pues como nos advierte uno de los personajes, “lo que no tiene nombre, no existe”.

 

sábado, 9 de octubre de 2021

Cine y Pediatría (613). “Lola” y su unicornio por estrella

 

La transexualidad y las personas transgénero han tenido su espacio en Cine y Pediatría, en algunas películas abordando historias reales llevadas a la ficción, en otras planteando una ficción tan real como la vida misma. Desde la filmografía de Estados Unidos hemos podido comentar Boys Don´t Cry (Kimberly Peirce, 1999),  Transamérica (Duncan Tucker, 2005),  3 generaciones (Gaby Dellal, 2015) y  Jake (Silas Howard, 2018). Desde la filmografía española la icónica película El viaje de Carla (Fernando Olmeda, 2014) y  Me llamo Violeta (David Fernández de Castro y Marc Parramon, 2019).  Y desde Bélgica tuvimos la oportunidad de disfrutar de Girl (Lukas Dhont, 2018)  y hoy llega Lola (Laurent Micheli, 2019), dos películas que nos vuelven a reafirmar sobre la altura del cine en francés. 

Porque si Transamérica fue una simpática “road movie” entre una madre trans y su hijo en un viaje por la América profunda, Lola se nos presenta como una impactante “road movie” entre un padre y su hija trans por los caminos belgas (entre franceses y flamencos) que llevan hacia el Mar del Norte. Un tour de forcé interpretativo de altura entre Lola (Mya Bollaers, en su debut como actriz trans) y su padre Philip (Benoît Magimel). 

Lola es una chica trans que nos presenta con su ambigua belleza, su pelo a dos colores, su mochila y su monopatín con un unicornio pintado. Ahora vive en un hogar de acogida con Samir, su único amigo, pues su padre no aceptó que su hijo Lionel ahora quisiera ser una chica; y por ello nos confiesa: “Con las hormonas y estando en el refugio me siento mejor. Conmigo, me refiero”. Sigue los controles médicos y escucha atenta la explicación de su doctora: “Desde ahora, tan solo seguiremos el protocolo. Habrá dos fases, como planeamos. Una en cinco semanas y la otra en diez. Primero aumento de pecho y castración y, después, reasignación”. 

Pero Lola, impulsiva y solitaria, no pasa por un buen momento, pues cuando le confirman que por fin puede someterse a la soñada operación de reasignación de género, su madre Catherine, que era su único apoyo a nivel emocional y económico en su disfuncional familia, fallece. Y cuando Lola acude al entierro, el padre le espeta: “No tienes decencia. Tu madre se avergonzaría de ti. ¿Cómo nos has hecho esto?...Mírate, ¿no te avergüenzas de aparecer así delante de tu familia y de tus amigos? Con pintas de travelo”. Una escena muy tensa tras dos años sin haberse visto padre e hija, una relación complicada seguida de momento convulsos hasta que deciden llegar a un acuerdo para cumplir el último deseo de Catherine: esparcir sus cenizas en la casa de su infancia situada en la costa belga del Mar del Norte.

Cumpliendo con este deseo, Philip y Lola, padre e hija (aunque su padre se resiste a no llamarle Lionel), emprenden ese viaje en coche junto al jarrón que porta las cenizas de la esposa y madre (que ambos echan mucho de menos). Un viaje más emocional que físico y que tendrá consecuencias imprevisibles. Un viaje donde la música de una seleccionada BSO amplifica la emoción de algunas escenas. Y baste recordar ese viaje en coche de noche mientras suena el “Vissi d´arte, vissi d´armore” de la ópera Tosca de Puccini, interpretada por la gran María Callas, y que nos regala un tempo especial a este viaje de despedida, de desencuentros y reencuentros tan creíble. 

Y es patognomónico el desencuentro que  tiene lugar en el club de alterne, donde el padre le dice: “¿Dónde estabas cuando cuidaba de mamá? Ni sabes que fue culpa tuya que cayera enferma. Murió por tu culpa”. Una declaración tan dura como errónea, pues la madre siempre cuidó de Lionel cuando era niño y de Lola cuando decidió ser mujer, porque la aceptó en todo momento, aunque al final fuera a escondidas para no enfadar al esposo. Y en esa noche, el padre confiesa a la madame del club lo que para él ha sido un infierno: “Empezó con pesadillas casi cada noche. Más tarde, un día empezó a romper su ropa, autolesionarse, a sufrir ataques pánico y crisis. Empezaba a llorar y a gritar por nada. Al final te vuelve loco. Un día llamaron de la escuela. Se había cortado los brazos con unas tijeras. Vimos psiquiatras. Lo intentamos todo para ayudarle. Pensábamos que todo pasaría. Pero no, tan solo empeoró. Empezó a escaparse y desaparecía durante días. Su madre y yo estábamos muy asustados. Y después, empezó a ponerse ropa de chica, a travestirse. Y yo solo perdí el control. No podía soportarlo… Tenía un hijo, no una hija”. 

Muy pocas veces Lola logra estar feliz y liberada. Si acaso cuando la animan a bailar al son de la canción “Karma Chameleon” del grupo Culture Club, muy apropiada al rememorar la estética glam y sexualmente ambigua de su líder, Boy George. O también la conversación con su padre en el coche mientras suena “What-s Up?” del grupo 4 Non Blondes, una canción que habla sobre la desesperación y pérdida, cuando Lola le pregunta a su padre: “¿La echas de menos?”. Y en algún momento suena la canción “Bird Guhl” del grupo Antony and the Johnsons, muy significativa, pues su líder, Antony Hegarty, es conocida desde 2015 por su identidad transgénero bajo el nombre de Anohni; y su desgarradora voz y letra sirve de clímax en ese túnel de lavado, donde no solo se limpia el coche sino algo del alma del padre. Tres canciones que marcan momentos muy especiales del viaje. 

Finalmente llegan al mar a cumplir el último deseo de la madre. Pero algo inesperado (y casi inexplicable) ocurre al incendiarse el coche con el jarrón de las cenizas dentro. Y cuando Philip encuentra un sobre que la madre tenía escondido con mucho dinero con la palabra CPRE, no sabe lo que es. Hasta que Lola le descubre que significa “cirugía plástica reparadora y estética”, y que su madre la estaba ayudando en los últimos meses en la reasignación de sexo, algo que el padre sigue sin comprender. Y por ello le pregunta: “¿Por qué quieres hacerlo? Aún eres un adolescente. Tan solo tienes 18 años. Es normal sentirse incómodo sobre tu cuerpo, tener complejos, no sé… Puede que cuando tengas 25 años lo veas todo diferente. Cambiarás de opinión”. Y Lola contesta sin vacilar: “No cambiaré de opinión. De todos modos, con operación o no, ya soy una mujer. Tan solo tienes que aceptarlo”. Y aún es más contundente la respuesta a si no tiene miedo al dolor de la operación: “El dolor físico no es nada comparado con todo lo que he sufrido en la vida”. 

Y la película llega a un final tan abierto como maravilloso, con esas palabras que escribió a su madre, toda una declaración de amor y de principios: “Mamá, contigo siempre pensé que todo era posible. ¿Te acuerdas del telescopio que me comprasteis por mi cumpleaños? Fue mi primer regalo. No solo por ver las estrellas, sino porque significaba que pasaríamos tiempo los tres. Noches enteras diciéndome el nombre de estrellas y constelaciones. Descubrimos mi favorita: Monoceros, el unicornio. Me dijiste que si quería creer en él, podía. Que lo importante en la vida era lo que creía, no lo que otros pensaran. Cuando miramos el cielo, solo vemos las estrellas. Pero también podemos ver formas mágicas: centauros, águilas, dragones, unicornios… Ahora sé que hay otras cosas detrás de las apariencias. Y eso es gracias a ti. Espero que estés mejor, estés donde estés. Siempre pensaré en ti y sé que volveremos a estar juntas. Te quiero”. 

Porque esta historia de Lionel/Lola es la de muchos. Y aunque la sociedad avanza en la integración y respeto a las personas transgénero, queda mucho camino aún por recorrer. Esperemos que menos que de aquí a las estrellas.

 

sábado, 21 de diciembre de 2019

Cine y Pediatría (519). “Me llamo Violeta”, más allá del nombre de una persona trans


El cine es arte, es ciencia y es conciencia. Y el séptimo arte es un medio de comunicación y reivindicación muy potente, donde dar a conocer y visibilizar otras realidades. Y la realidad de las personas transgénero ha tomado partida por contar sus historias en guiones originales o adaptados, en películas documentales o de ficción. Son varios los ejemplos ya volcados en Cine y Pediatría y desde distintas cinematografías: desde Estados Unidos, Boys Don´t Cry (Kimberly Peirce, 1999), Transamérica (Duncan Tucker, 2005), 3 generaciones (Gaby Dellal, 2015) o Jake (Silas Howard, 2018); desde Bélgica, Girl (Lukas Dhont, 2018) o desde España, El viaje de Carla (Fernando Olmeda, 2014).

Y precisamente la protagonista de esta última película, la carismática Carla Antonelli forma parte de la película documental que se ha estrenado este año 2019 bajo el título de Me llamo Violeta bajo la dirección conjunta de David Fernández de Castro y Marc Parramon. Una película que parte de un hecho: a los seis años, Ignacio dijo a sus padres: “Soy una niña, me llamo Violeta”. Y a través de la historia de Violeta, la de sus padres (las estrellas de cine adulto, el español Nacho Vidal y la colombiana Franceska Jaimes), y de otras familias y jóvenes transgénero, conocemos la complejidad del proceso que afrontan y los desafíos que se encuentran
Porque Nacho y Franceska, tan acostumbrados a trabajar alrededor del sexo, pensaron que con esa declaración su hijo era homosexual, pero no transgénero, y todo por puro desconocimiento de lo que implica el sexo sentido. Y por ello el padre nos confiesa: “Fue un trabajo de aceptación para toda la familia”

El documental de 76 minutos de metraje aborda la realidad de los menores trans y sus familias en la actualidad, que aún se enfrentan a infinidad de trabas, empezando por las administrativas. Pero también las dificultades alrededor de la autoestima de estas personas, sus problemas para la integración social (e incluso para la contratación laboral), el acoso escolar, y su lucha contra la ley y las leyes. Violeta tuvo que esperar tres años para que le cambiaran el nombre en el DNI. "Es incoherente, durante años nos estuvieron negando el nombre y de repente nos lo aceptaron. Esto debería ser un sí o un no. Si es un no y yo quiero que sea un sí ya lucharé por ello… Es innecesario hace sufrir a un niño por un nombre", protesta Nacho Vidal. Y más adelante confiesa: “Tuve miedo de tener que defender a mi hija toda la vida”

"¿Cómo sé yo que eres un chico o una chica?". Así empieza el reportaje, con esta pregunta a distintos niños y niñas. Y ellos responden con multitud de respuestas. "No lo sé", "no lo tengo claro", "son mis sentimientos", dicen algunos de los niños y niñas que aspiran a hacer de Violeta en el documental, después de que los servicios jurídicos aconsejaran cambiar el guión del film para que la niña no apareciera de forma reconocible en el documental, a pesar del visto bueno de la familia, para proteger su imagen. "Teníamos claro que no la íbamos pixelar [a Violeta], no íbamos a hacer un tratamiento similar al de un delincuente". Y los directores y el propio Nacho Vidal consideran un tratamiento discriminatorio respecto a otras situaciones, y ponen por ejemplo lo que ocurre con personas con síndrome de Down, y un reciente ejemplo es La historia de Jan (Bernardo Moll, 2016), una película documental similar a ésta y también promovida por sus padres. 

A sus 11 años, Violeta entra en la adolescencia y debe tomar varias decisiones que compartimos como espectadores: una de ellas es la de elegir si tomar bloqueadores de hormonas y evitar así el desarrollo de las características sexuales secundarias asociadas tradicionalmente al género masculino. Más adelante vendrá el tratamiento hormonal cruzado y cuando cumpla los 18 años también podrá decidir si someterse a una vaginoplastia, una cirugía de reasignación sexual. 

El reportaje hace también un recorrido histórico y relata la primera manifestación homosexual en España, organizada clandestinamente por el Front d'Alliberament Gai de Catalunya (FAGC) en 1977 y en la que también participaron las personas trans y travestis, a pesar de las resistencias de una parte del colectivo LGTBI. Es el caso de Silvia, una mujer trans que cuenta en primera persona su participación en aquella manifestación, donde desfiló por las Ramblas de Barcelona al grito de "abajo la ley de peligrosidad". El objetivo de aquella protesta, evidente: suprimir la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social aprobada en 1970 durante el franquismo, que perseguía a "vagos", "rufianes", "proxenetas", a los que practicaran "actos de homosexualidad" o "la prostitución". 

Y no solo en este documental aparece este hecho, sino que al menos se cruzan otras tres historias. La primera es la historia y las declaraciones de Carla Antonelli, una de las primeras personas en defender los derechos de este colectivo desde hace décadas, quien confirma la diferencia de tiempos para vivir la transexualidad. La segunda es la historia de Ivan, un chico trans que nos confiesa que “al ver fotos antiguas no me reconozco como Violeta y me siento orgulloso de haber cambiado” y a quien en su cumpleaños de mayoría de edad su pareja trans le canta de “cumplehormonas feliz”. Y la tercera y más mediática, es la historia de Alan, un adolescente transexual de 17 años que residía en la población barcelonesa de Rubí, quien fuera uno de los primeros menores de edad de España en haber conseguido hacer un cambio de nombre en su documentación oficial de modo que estuviera de acuerdo a su identidad y quien acabó con su vida víctima del bullying en la escuela, lo que tuvo una gran repercusión mediática y suscitó el apoyo de la sociedad. Tres historias cruzadas, que se conocen y se reconocen. Y todos ellos envían un mensaje a nuestra protagonista: “Querida Violeta, llegarás a una edad muy difícil llamada adolescencia…”. Porque la adolescencia nadie ha dicho que sea fácil, pero bajo estas circunstancias el camino no se allana. 

Porque el caso de Violeta es un caso de éxito, ya que desde un inicio ha contado con el respaldo de su familia y su entorno. Sin embargo, otros, como el caso de Alan, fueron más complicados y ponen sobre la mesa la complejidad y la diversidad de situaciones dentro de la comunidad trans. Y las declaraciones de la madre, Franceska Jaimes, son claras: “Violeta me ha enseñado el amor, el verdadero amor”. 

Y al final, repiten todos los niños y niñas de nuevo: “Me llamo Violeta”Porque no es solo un nombre lo que hay detrás de una persona transgénero, aunque hasta el nombre es importante.

 

sábado, 5 de octubre de 2019

Cine y Pediatría (508). “Jake” mate al binario masculino y femenino


No es fácil definir la transexualidad, pues como nos define el Dr. José Luis Pedreira (en un reciente artículo escrito de forma conjunta con este amigo especialista en psiquiatría infanto-juvenil) es un concepto que se configura con varios elementos clave: un sujeto humano es inscrito civilmente en el registro en base a una apariencia anatómica determinada en el momento del parto; el sujeto crece y busca su identidad, es decir, su ser en el mundo (externo e interno); en ese proceso percibe elementos contradictorios entre sus contenidos mentales y su apariencia física; se siente interna e identitariamente en base a su percepción subjetiva, potente y real; el poder identitario está en la mente, no en el cuerpo. A ésto se llama transexualidad, cuando se refiere a la identidad sexual discordante entre la apariencia física y la identidad mental del sujeto. La transexualidad se hace patente también en la infancia y se lucha por no considerarlo una enfermedad y arropar la diversidad. Y el cine no ha sido ajeno en arropar este concepto, y en Cine y Pediatría ya hemos revisado algunas películas como Transamérica (Duncan Tucker, 2005), El viaje de Carla (Fernando Olmeda, 2014) o 3 generaciones (Gaby Dellal, 2015).  

Son habituales estas películas desde el punto de vista del adolescente o adulto trans, menos habitual resulta la visión de esta entidad desde el punto de vista de los padres de un niño trans: sus dilemas entre el amor a su hijo y su temor al juicio social. Y de ello habla una reciente película, por título Jake (Silas Howard, 2018), puro cine independiente americano que se atreve a plantear el tema del género en los niños y niñas con una gran credibilidad. 

A sus cuatro años, el pequeño Jake (Leo James Davis) es distinto a todos los otros niños, pues le encanta ver películas de princesas y jugar a vestirse como ellas y usar faldas de colores mejor que pantalones. Sus padres, Greg (Jim Parsons) y Alex (Claire Danes), lo dejan ser quien es. Sin embargo, la inminente salida de Jake al mundo escolar - con el minucioso proceso de selección para escuelas privadas - los lleva a preguntarse cómo manejar la identidad de su hijo en público. 

Los dilemas y debates de unos padres que van in crescendo a medida que avanza el metraje. Y en ella podemos destacar algunas escenas: cuando tienen que decidir el disfraz para su hijo y el padre – psiquiatra para más detalles - comenta: “Tal vez deberíamos explicarle por qué no es una buena idea ir de Rapunzel”; cuando la directora del colegio les expone: “Me preguntaba si Jake os había expresado alguna vez alguna preocupación sobre su género”; les resulta extraño y doloroso plantearse una terapia con su corta edad, lo que lleva a los padres a discutir entre ellos y a que la madre exprese entre lágrimas: “Jake no es una decepción”

Es Jake una película donde la aparición del pequeño es prácticamente anecdótica, pues todo el peso del guión recae en las vivencias y dudas de los padres, que comienzan a preguntarse han educado bien a su hijo. Y ellos se platean: “Quizás el problema es que nosotros empezamos a empujarlo a ese rol”. Pero la profesora Judith (Octavia Spencer), que intenta ser siempre un apoyo les dice: “No es fácil conocer realmente a la gente. Especialmente a la que amamos”

Y en esos extremos se mueve la trama de esta película: entre el corazón y la necesidad de los padres de dejar que sus hijos sean la mejor versión de sí mismos, en conflicto con la razón y ese instinto de protegerlos de un mundo cruel, en el que la lógica binaria del sexo impulsa todos los prejuicios. Porque Greg y Alex quieren lo mejor para Jake, pero están atrapados entre la razón y el corazón. Y no hay respuestas sencillas, y el guión de Daniel Pearle (basado en su obra teatral homónima) tampoco las ofrece. Porque en ese final de Jake vestido con falda de tul y saltando en la acera de las manos de sus padres, intuimos que los padres deberán aprender a vivir con las decisiones que toman por su hijo en una sociedad apenas preparada para comprenderlo. 

Y es así como la película Jake no trata sobre Jake, porque el conflicto le sobrepasa y es demasiado pronto en la vida del niño para saber exactamente qué está pasando con él. El conflicto lo tienen sus padres, y ése es el que se nos presenta. Y con este conflicto aprendemos… y acompañamos a los protagonistas en busca de una solución a su imposible dilema, unos padres con su propia mochila: un Greg que es un terapeuta delicado que no está muy interesado en mostrar carácter más allá de las decisiones de su esposa; una Alex que abandonó su carrera como abogado, tampoco feliz de permanecer todo el día en casa, lidiando con una parte importante de la carga familiar. 

Y esto es Jake, la lucha de un matrimonio para entender cómo aceptar a su hijo tal y como es y que la sociedad no lo rechace. Y la identidad de género de su hijo pondrá a prueba la identidad de su matrimonio. Más allá del binario masculino y femenino. Más allá del corazón y la razón.

 

viernes, 7 de octubre de 2016

TRANSEXUALIDAD, un abordaje entre la ciencia y la conciencia


"Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños". Con estas bellas palabras del poeta libanés Khalil Gibran comenzó la Jornada sobre Enfoques actuales de la TRANSEXUALIDAD en la infancia y adolescencia de la Universidad Española a Distancia (UNED), que tuvo lugar el 5 de junio en un lugar emblemático, el Ateneo de Madrid. 
Y fue un curso con emociones y reflexiones, que atesoró con ciencia y conciencia un buen número de creencias, ocurrencias y evidencias sobre una realidad social poco conocida. Tuve la oportunidad de compartir como ponente la jornada con tres amigos con el color del arco iris: Dña. Carla Antonelli (Diputada de la Asamblea de Madrid por el PSOE. Responsable de familias, menores y temas LGTBI en la Comisión de Políticas Sociales y Familia), Dña. África Pastor (Presidenta de Fundación Daniela) y el Dr. José Luis Pedreira (Psiquiatra Infanto-Juvenil y Profesor UNED). 

Pues bien, estos tres expertos y líderes en el tema de la transexualidad y movimiento LGTBI estarán en Alicante en dos próximos eventos: 
- El 21 de octubre por la tarde en el XXXIV Congreso Nacional de Estudiantes de Medicina (CNEM), orientado solo a los 500 estudiantes de Medicina de España y otros países que se darán cita en el Colegio de Médicos de Alicante. 
- El 22 de octubre por la mañana en el Salón de Actos del Hospital General Universitario de Alicante, dirigido a todos los profesionales interesados y cuya actividad se desarrolla en el campo de las diferencias de género alrededor de la infancia y adolescencia (tales como médicos, pediatras, psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales, maestros, pedagogos y disciplinas afines) y a las familias y a toda persona de la sociedad interesadas en la transexualidad. 

Los objetivos de ambas Mesas redondas son: 
- Presentar las mejores pruebas científicas sobre los factores sanitarios, psicológicos, psicosociales y jurídicos relacionados con la transexualidad en niños y adolescentes. 
- Una mesa redonda para poner ciencia y conciencia a un tema real y necesario, donde hace falta más razón y menos pasión y donde, sin duda, hace falta formación e información. 

Os invitamos a acudir al evento libre y gratuito (hasta completar aforo) que celebraremos el día 22 de octubre 2016 (sábado) en horario de 10 a 12,30 hs en el Salón de Actos del Hospital General Universitario de Alicante. 

Los pormenores se pueden revisar en el archivo adjunto, pero el PROGRAMA bien vale la pena: 
- "La transexualidad con las 5C y las 4H" 
- "Transexualidad desde el punto de vista social y jurídico" 
- "Transexualidad en la Infancia y Adolescencia. Acompañamiento familiar" 
- "Transexualidades desde el punto de vista de los profesionales sanitarios" 

¡¡ Os esperamos para informarnos y formarnos juntos !! Se ruega confirmar asistencia a este correo, indicando nombre y profesión: javier.gonzalezdedios@gmail.com 

Una oportunidad para aprender a ser receptivos y dar la bienvenida a todos los jóvenes, independientemente de su orientación sexual; para descartar la información errónea acerca de ser lesbiana, gay, bisexual, travesti, transexual, transgénero o intersexual; para que nos familiaricemos con las organizaciones locales y nacionales que sirven a los jóvenes de minorías sexuales y sus familias. 

Como profesionales y como padres necesitamos formación, información y tolerancia en el campo de atención de las personas LGTBI, algo de lo que aún estamos lejos. Porque un adulto LGTBI ha sido antes un niño o una niña, un adolescente LGTBI, con familias preocupadas y, a veces, desorientadas. Ya hay movimientos favorables para mejorar estos aspectos en la atención de la infancia LGTBI y sus familias, pero queda mucho por hacer... y este tipo de encuentros puede ayudarnos. 

Porque quizás el verdadero problema del transexual hoy no es que esté atrapado en un cuerpo equivocado, el verdadero problema del transexual hoy es que está atrapado en una mentalidad social equivocada. "Sexo es lo que se ve, género es lo que se siente. La armonía entre ambos es esencial para la felicidad del ser humano" (Harry Benjamin).

 

miércoles, 13 de julio de 2016

¿Qué debe saber un pediatra de la transexualidad? El SEXO sentido


"Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños".  
Con estas bellas palabras del poeta libanés Khalil Gibran comenzó la Jornada sobre Enfoques actuales de la TRANSEXUALIDAD en la infancia y adolescencia de la Universidad Española a Distancia (UNED), que tuvo lugar el 5 de junio en un lugar emblemático, el Ateneo de Madrid. 

Un curso de 8 hs con emociones y reflexiones, que atesoró con ciencia y conciencia un buen número de creencias, ocurrencias y evidencias sobre una realidad social poco conocida. Tuve la oportunidad de compartir la jornada con psicólogos, psiquiatras, sanitarios, organizaciones de apoyo, trabajadores sociales, educadores, transexuales y personas LGTBI. Un conjunto de asistentes diversos y que brillaron con la diversidad de color del arco iris. 

Os dejo mi contribución solicitada para esta jornada, con el título "¿Qué debe saber un pediatra de la transexualidad?" y cuyos objetivos han sido: 
- Abordar la mejor definición y contextualizar en el entorno LGTBI 
- Ofrecer elementos para una correcta evaluación 
- Reflexionar sobre las diferentes intervenciones terapéuticas disponibles 
- Mejorar el abrazo a la diversidad humana 

 Y se ha planteado en 6 apartados: 
- En busca del pediatra del siglo XXI: de Kavafis a Vargas Llosa 
- Un poco de historia: reconocer el pasado para conocer el presente 
- Definir bien para entender mejor la transexualidad 
- ¿Qué conviene saber sobre su evaluación? 
- ¿Qué conviene saber sobre su tratamiento? 
- Preguntas para llevar a casa… 

Varios hechos me han traído hasta aquí...

Fue en mayo de 2014, y en el IV Simposio Internacional de Actualización en Pediatría en Cartagena de Indias, donde la doctora Carmen Escallón, médica pediatra cartagenera, puericultora, sanadora de heridas del alma, soñadora, cuentera, enamorada de la equidad y la igualdad, y abuela feliz… nos regaló la conferencia inaugural que tituló “Desde Kavafis hasta Vargas Llosa: adolescente LGBTI y el pediatra del siglo XXI”. 
En febrero de 2015 se dieron dos acontecimientos casi seguidos: mi buen amigo José Luis Pedreira, psiquiatra infanto-juvenil, me habló de la película documental El viaje de Carla (Fernando Olmeda, 2014) sobre la vida y experiencias de Carla Antonelli, verdadero icono viviente en España del movimiento LGTBI, y poco después, una amiga dermatóloga me regaló “El libro de Daniela”, un breve y hermoso relato escrito por su madre, África Pastor Espuch.
Dos obras menores en el formato, pero grandes y valientes en el contenido. Porque ambas se alzan como un arma para luchar contra la ignorancia y para denunciar el vergonzoso silencio que existe en la realidad de los niños transgéneros, la negación máxima del principio de universalidad de los derechos humanos. Y a través de estas historias, los autores nos invitan a adentrarnos en un mundo en el que reina la igualdad entre seres humanos, la empatía, los colores, la compresión y, sobre todo, un mundo en el que reina la felicidad.

Y allí estaban todos en el Ateneo, José Luis como organizador y ponente, Carla y África llenando de magia el auditorio, y Carmen en la distancia, con su apoyo sentido. Y con ellos y con Isidro, con Ángela, con Leo y tanto otros se gestó un maravilloso arco iris... y debatimos sobre el SEXO sentido (que no el sexto sentido de M. Nigth Shyamalan, aunque seguro que allí, entre risas y lágrimas, aparecieron seis o más sentidos).

Y aunque muchas preguntas siguen sin respuesta, lo importante es lo aprendido: como pediatras necesitamos formación, información y tolerancia en el campo de atención de las personas LGTBI, algo de lo que aún estamos lejos. Porque un adulto LGTBI ha sido antes un niño o una niña, un adolescente LGTBI, con familias preocupadas y, a veces, desorientadas. Ya hay movimientos favorables para mejorar estos aspectos en la atención de la infancia LGTBI y sus familias, pero queda mucho por hacer...

Y como se nos recuerda, el verdadero problema del transexual hoy no es que esté atrapado en un cuerpo equivocado, el verdadero problema del transexual hoy es que está atrapado en una mentalidad social equivocada.

 

miércoles, 22 de abril de 2015

Fundación Daniela, frente a la discriminación y los prejuicios

La Fundación Daniela, sin ánimo de lucro, apuesta por la formación de los profesionales sociosanitarios para así evitar la discriminación o el trato inadecuado que en muchas ocasiones sufren los jóvenes transexuales y transgénero. Y conviene entender bien estos dos términos: 
- Transexualidad es una situación que define la convicción por la cual una persona se identifica con el sexo opuesto a su sexo biológico, por lo que desea un cuerpo acorde con su identidad y vivir y ser aceptado como una persona del sexo al que siente pertenecer. La transexualidad es característica por presentar una discordancia entre la identidad de género y el sexo biológico. 
- Transgénero es un término general que se aplica a una los individuos que se diferencian de las identidades de género binarias (hombre o mujer) y del papel que tradicionalmente tienen la sociedad. Transgénero es el estado de la identidad de género de uno mismo (autoidentificación como hombre, mujer, ambos, ninguno, etc.) que no se corresponde con el asignado (la identificación por parte de los demás de si se es hombre o mujer en función del sexo genético o genital). El transgénero no se relaciona con la presencia de determinada orientación sexual; las personas transgénero pueden identificarse como heterosexuales, homosexuales, bisexuales, pansexuales, polisexuales, asexuales, etc. 

La Fundación Daniel trabaja sobre varios ejes fundamentales: 
1) Dotar de conocimientos especializados y herramientas adecuadas a los profesionales de la intervención social y sanitaria para que puedan realizar un abordaje adecuado de las problemáticas específicas que experimentan los niños y adolescentes transexuales y transgénero. 
2) Potenciar la creación de nuevas redes de profesionales especializados en la intervención con personas transexuales y transgénero que permitan un intercambio de información constante y apuesta porque esta red incluya profesionales, tanto del ámbito clínico como del de la intervención social, la psicología, y la educación. 
3) Realizar labores formativas y financiar nuevas investigaciones sobre esta realidad, porque para Fundación Daniela "la discriminación y los prejuicios no son más que un producto del desconocimiento de una realidad y aumentar el conjunto de conocimientos científicos y sociales es primordial para la erradicación del estigma y la discriminación"

Un consejo: para conocer un poco más y mejor Fundación Daniela es aconsejable leer un pequeño libro (pero grande en lo que cuenta y cómo lo cuenta): “El libro de Daniela”, en donde se relata la experiencia de una madre que descubre la verdadera identidad de género de su hija de 8 años. Es una historia llena de sensibilidad que invita a conocer el viaje que Daniela y su familia han tenido que hacer. Este libro relata la vivencia de una familia, pero esa vivencia sirve para ilustrar la odisea cotidiana que muchos niños y niñas transexuales tienen que vivir y que “dará luz a muchos padres y madres que tras leer este relato sabrán identificar qué es lo que les pasa a sus hijos"

“El libro de Daniela” es un arma para luchar contra la ignorancia, donde su autora (África Pastor Espuch, madre de Daniela) denuncia el vergonzoso silencio que existe en la realidad de los niños transgéneros, la negación máxima del principio fundamental de los derechos humanos. A través de esta historia, la autora nos invita a adentrarnos en un mundo en el que reina la igualdad entre los seres humanos, la empatía, los colores, la comprensión y, sobre todo, un mundo en el que reina la felicidad. 

Yo disfruté de su lectura hace un mes, y disfruté cada uno de sus capítulos, con títulos tan sugerentes como "Cuando nadie me ve...", "Puedo ser...", "Una hada", "Una princesa", "Alicia en el País de las Maravillas", "El camino", "El colegio", y ese colofón titulado "Daniela no es un problema, es una oportunidad".

Bienvenido al maravilloso Mundo de Daniela…. Y bienvenidos a conocer Fundación Daniela.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Cine y Pediatría (257). “Tomboy”, buscando la propia identidad sexual


El término tomboy hace referencia a las chicas que les gusta vestirse como chicos y actuar como ellos, no como una forma de llamar la atención, sino fruto de un impulso natural. Y usando ese término, la joven directora francesa Céline Sciamma dirigió en el año 2011 Tomboy (y lo hizo en tan sólo tres semanas), una película sobre una niña insatisfecha con su rol y que decide hacerse pasar por niño ante el resto de los amigos. 

Y es que Céline Sciamma se ha convertido en la directora que no entiende de géneros, y cuyas obras arrastran la polémica (a favor y en contra), pues en sus tres películas en haber habla de la identidad sexual, de la importancia del género en la construcción de uno mismo, de los sentimientos de ambigüedad entre adolescentes y del trastorno que conlleva el hecho de sentirse diferente. Así lo hizo antes de Tomboy, con su ópera prima Water Lilies (2007), y así lo acaba de hacer con la recién estrenada Bande de filles (Girlhood) (2014). 
En las cintas de Sciamma, el género es algo impreciso y mutante que cambia en función de la edad, el lugar y las circunstancias. Y por ello comenta: “Para mí, el género es como probarse varios disfraces. Es como una performance, una puesta en escena protagonizada por uno mismo”. Con estas películas y esta forma de pensar ha logrado levantar a un buen número de ciudadanos franceses de ultraderecha contra sus películas, especialmente frente a Tomboy, si bien es cierto que su primera emisión en la televisión de ese país incluso batió récords de audiencia. 

Laure, una niña de 10 años y su hermana pequeña vuelven a cambiar de domicilio con sus padres. En pleno verano, pocas semanas antes de que empiece el curso escolar, se instalan en un barrio de las afueras de París. La madre está embarazada y la figura de un tercer hermano es tanto un nuevo sueño como una inminente amenaza. La adolescente es un ser andrógino (su corte de pelo y su forma de vestir), transgénero y en busca de su propia identidad. Sus miedos ocultos la llevan a simular, fundado en una mentira, que es un chico y pasa a llamarse Mikael, proporcionándole una coraza para resistir los embates cotidianos contando con la complicidad interesada de su hermana pequeña. Su recién adquirida identidad le permite reinventarse una forma distinta de interactuar con los chicos, juega al futbol sin camiseta, escupe, se empuja entre sus amigos, todo con el fin poder demostrar su hombría; e incluso llega a enamorarse de “él” una chica de la pandilla. Y así pasa el verano, pero el final del mismo y la vuelta al colegio revelarán su inquietante secreto. 

Y es así como, aunque Laure/Mikael pertenece a una acomodada familia de clase media con unos padres preocupados y cariñosos, sin traumas freudianos por medio, tiene ese incipiente deseo y la necesidad de buscar su identidad sexual. Y para este complicado papel de Laurie/Mikael la directora encontró a la fascinante Zoé Héran. Y aliviada por haber encontrado a la actriz perfecta le pidió que se trajera a sus amigos del barrio y les contrató a todos para actuar. De esta forma, la pandilla dejó de jugar al fútbol delante del portal de su casa para hacerlo ante las cámaras de Sciamma. 

El tratamiento de la identidad sexual no es nuevo en el cine, y loables antecedentes preceden este trabajo. Películas como Trevor (Peggy Rajsk, 1994), Mi vida en rosa (Alain Berliner, 1997), Boys Don't Cry (Kimberly Peirce, 1999), Like a Virgin (Lee Hae-Joon, 2006), XXY (Lucía Puenzo, 2007) o El último verano de la boyita (Julia Solomonoff, 2009) son magníficos ejemplos aplicados en la infancia y adolescencia. ´
Y, pese a lo complejo que pueda parecer este tema, Tomboy es una película totalmente blanca, donde se centra en el ambiente infantil y familiar, sin juicios de valor ni ataques viscerales, sin espacio para dolorosas consecuencias, con un razonamiento singular y claro, porque todo ocurre sin tener en cuenta las consabidas etiquetas que nos sitúan en el camino. Se trata de un aprendizaje de la vida, donde se da pie a la complicidad entre iguales. Tomboy es una película aparentemente banal, pero que plantean conflictos mayores con una historia simple que no requiere de la grandilocuencia ni de medios excesivos.

Tomboy es un filme realizado con delicadeza que no juzga, ni moraliza, ni ofrece verdades absolutas, ni realidades únicas e inamovibles, ni saca conclusiones. Tomboy es una pequeña obra de arte que atesora uno de esos finales que rondan la perfección de la simplicidad.