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sábado, 8 de junio de 2024

Cine y Pediatría (752) Documentales educativos de cine (2): “Picotazos contra el cristal” y “Escuela de sordos”

 

En nuestra entrada previa comenzamos a analizar algunas películas documentales alrededor de la educación, películas poco conocidas y apenas difundidas, muchas incluso no estrenadas en cines y relegadas a plataformas. Y lo hicimos con la película belga, Pequeña escuela (Lydie Wisshaypt-Claudel, 2022), y la película española, El lápiz, la nieve y la hierba (Arturo Méndiz, 2017). Y hoy continuamos con la película española Picotazos contra el cristal (Rafael Moles y Pepa Andreu, 2019) y la película argentina Escuela de sordos (Ada Frontini, 2013).  

- Picotazos contra el cristal (Rafael Moles y Pepa Andreu, 2019) nos muestra el proceso de transformación educativa del instituto Cotes Baixes de Alcoy (Alicante) durante el curso académico 2017-18. Un grupo de profesores decide asumir el reto aunque era previsible que surgieran las dudas y algún rechazo entre algunos padres, alumnos y parte del profesorado. 

Lo explica Fernando Sancaloni, el director: “La idea no es escuchar al maestro, tomar apuntes y después hacer un examen, expulsar lo que hemos aprendido y olvidarse”, “Mi obligación como profesor cada vez lo tengo más claro: preparar personas para una sociedad justa, solidaria y lo más avanzada posible”. Porque ellos entienden que no se puede cambiar el mundo si siguen enseñando lo mismo que les enseñaron a ellos, y quieren luchar frente a esa educación habitual como una forma de domesticación que suele romper la imaginación y la creatividad. Y por ello vemos actividades como escribir una carta asimismo para volver a leer a fin de curso, dar clases de cocina por grupos o realizar una visita al cementerio. 

Y se cruzan las opiniones de profesores, y algunos alumnos y padres: “Hasta ahora, el valor se basaba en los conocimientos, pero pensamos y tenemos claro que el valor serán las personas”. Y el formato y objetivo recuerda de alguna forma a la película La educación prohibida (Germán Doin, 2012), por constituirse como un lugar para el debate y la reflexión al cuestionar el modelo de escuela tradicional y dirigir los esfuerzos en formar ciudadanos activos y críticos.  

Y en el montaje de la película, las vivencias de este instituto de Alcoy se cruzan con el de otros institutos y escuelas de España: el instituto Sils de Gerona, el instituto Miguel Catalán de Coslada (Madrid) y la escuela O Pelouro en Caldeiro de Tui (Pontevedra). Porque, poco a poco, ya algunos colegios han iniciado el cambio por su cuenta, y en el centro pontevedrés se nos explica como el niño tiene la libertad de autodefinirse y el profesor se retira hacia atrás, en un modelo que nos recuerda algo al método Montessori. Y también aparecen algunos otros personajes relevantes en la docencia como Ken Robinson (escritor, conferenciante y asesor internacional sobre educación británico, considerado un experto en asuntos relacionados con la creatividad, la calidad de la enseñanza, la innovación y los recursos humanos) y César Bona (maestro y escritor zaragozano, uno de los cincuenta mejores maestros del mundo según el Global Teacher Prize, el llamado Premio Nobel de los profesores), quien nos deja algunos buenos mensajes: “Si echamos la vista atrás, siempre recordaremos un maestro que nos marcó para bien o para mal”, “Se puede aprender con miedo o con alegría, pero los resultados serán totalmente diferentes”.  

Y en este paseo por diferentes centros escolares que han empezado a dar picotazos contra el cristal, como ese pájaro que quiere salir de una habitación y consigue que la abran la ventana para comenzar a volar, vemos como algunos profesores que venían de la frustración están intentando transformar los métodos docentes. 

- Escuela de sordos (Ada Frontini, 2013), película ganadora al mejor documental en el Festival Mar del Plata, nos muestra la experiencia de Alejandra, fundadora y docente de una escuela de sordos en una pequeña ciudad del interior de Argentina, pero que se ha constituido en mucho más que una maestra. Una escuela donde atiende a unos 30 alumnos de diferentes edades (niños, adolescentes y jóvenes, los más pequeños entre 8 y 12 años), aunque cada día acuden una decena, los que pueden, y allí les enseña a leer, a escribir, a expresarse o, por qué no, a poner mensajes en un teléfono móvil. 

Y la grabación se realiza preferentemente sin sonido, bajo el lenguaje de señas y con subtítulos. Escenas que el espectador puede sentir como agobiantes, al vivir la sensación de no oír. Entre las rutinas de su casa y el trabajo nos asomamos a la vida de Alejandra, una vida dedicada a la integración de los sordos a la comunidad. Y en este documental de 71 minutos compartimos esa cena alrededor de una fondue de carne con su amigo Juan, un referente de la comunidad sorda argentina, una tarde a la orilla del río, un día de trabajo en el campo o un asado con algunos de sus alumnos. Y entre silencios y gestos se reflexiona sobre la problemática de la educación en la discapacidad a través de una mirada austera, pero también real y humana. Y se establecen diálogos sobre la diferencia entre la lengua de señas y el llegar a hablar, sobre el estar implantado o no, sobre lo distinto que puede ser la lengua de señas de los oyentes, más variable, y la de los sordos, bastante homogénea. En la película se hace referencia continuamente a las siglas LSA, significado de lengua de señas argentina, que es la lengua de señas empleada por la comunidad sorda en Argentina con una gramática compleja, completa y distinta al español, y cuyo origen puede remontarse a la comunidad nacida en las primeras escuelas para sordos de Buenos Aires a finales del siglo XIX. Y lo cual ha causado conflictos con la comunidad sorda cuando docentes, artistas o intérpretes ajenos a la comunidad realizan señas en el orden gramatical del español, lo cual se ha denomina "español señado", pero que es diferente al LSA. 

En Cine y Pediatría algunas otras películas de ficción han abordado el mundo de la docencia en sordomudos con dos películas dramáticas basadas en hechos reales: El milagro de Ana Sullivan (Arthur Penn, 1962) y La historia de Marie Heurtin (Jean-Pierre Améries, 2014), Y también en dos comedias dramáticas alrededor de familias sordomudas, la francesa La familia Bélier (Eric Lartigeau, 2014) y su remake estadounidense, CODA: CODA: Los sonidos del silencio (Siân Heder, 2021). Pero nada que ver estas con el formato y mensaje de Escuela de sordos.   

 

sábado, 12 de noviembre de 2022

Cine y Pediatría (670) “CODA”, el remake que hizo oídos sordos para alzarse con el Óscar

 

Posiblemente la 94 edición de los Premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas (conocidos popularmente como Premio Óscar), la última celebrada en marzo de 2022, será recordada por tres hechos: sin duda, por ser la edición del guantazo que le arreó Will Smith (premiado con el Óscar a mejor actor por El método Williams) al presentador Chris Roc; pero también por ser el año que se decidió premiar con el Óscar a menor película a la más cómoda de las producciones, el “remake” CODA: Los sonidos del silencio (Sian Heder, 2021) y el año que se decidió ignorar a la película Mass (Fran Kranz, 2021), de la que hablamos la semana pasada, sin una mísera nominación. 

Los Premios Óscar es raro el año que no guardan alguna polémica. Pero en el caso de CODA: Los sonidos del silencio ya algunos se plantean si no ha sido la peor ganadora de la historia a mejor película. Y ello por varios motivos: 1) por ser un remake de la deliciosa película francesa La familia Bélier (Éric Lartigau, 2014) (y ya sabemos que las copias gringas de películas europeas no suelen acabar bien, como veremos luego) y que no aporta nada nuevo (sino, más bien resta); solo una película que fuera un remake consiguió antes el Óscar a mejor película, y esa fue Infiltrados (Martin Scorsese, 2006), quien gracias a la maestría de su director y un buen elenco actoral estuvo a la altura de la película original hongkonesa Juego sucio (Infernal Affairs) (Andrew Lau, Alan Mak, 2002); 2) por ser la primera cinta desde casi cuatro décadas, con el caso de Cabalgata (Frank Lloyd, 1933), que consigue este galardón sin ser nominada en dirección, edición o ambas, y la primera en cuatro décadas que lo gana sin una nominación en apartados técnicos; 3) por la poca relevancia de sus actores, a excepción Troy Michael Kotsur, que se alzó con el Óscar a mejor actor de reparto por su papel del padre de familia. Incluso la crítica la sitúa en peor lugar que otras premiadas con el Óscar a mejor película y que plantearon dudas en su momento, como Gente corriente (Robert Redford, 1980), Paseando a Miss Daisy (Bruce Beresford, 1989), Crash (Colisión) (Paul Haggis, 2004), Argo (Ben Affleck, 2012), Moonlight (Barry Jenkins, 2016), La forma del agua (Guillermo del Toro, 2017) o Green Book (Peter Farelly, 2018). 

CODA es el acrónimo de Child of Deaf Adults, es decir, “hijo de padres sordos”, lo que ya delata el contenido de la película. Este término fue acuñado por la fundadora de la organización CODA, Millie Brother, donde se nos comunica que el 90% de los hijos de adultos sordos pueden oír normalmente, por lo que son hijos que se mueven entre dos culturas, la de los sordos y la de los oyentes, y deben adaptarse a ambas, especialmente porque los padres sordos pueden llegar a depender de sus hijos hablantes. Y, en realidad, la historia de La familia Bélier se reproduce en CODA: Los sonidos del silencio, aunque cambiando lugar y nombres: la familia francesa de ganaderos en La familiar Bélier pasa a ser una familia yanqui de pescadores; nuestra protagonista adolescente, la hija oyente, pasa de llamarse Paula (la cantante y actriz francesa Louane Emera) a llamarse Ruby (la actriz británica Emilia Jones, vista en la película Nuestro último verano en Escocia); el papel de madre pasa de la actriz francesa Karin Viard a la icónica actriz sorda estadounidense Marlee Martin, ganadora de un Óscar a mejor actriz por Hijos de un dios menor (Randa Haines, 1986); el hermano menor de Paula pasa a ser ahora el hermano mayor de Ruby; el peculiar profesor de música M. Thomasson (Éric Elmosnino) se convierte en el peculiar profesor de música Bernardo Villalobos (Eugenio Derbez, visto como director en la película del año 2013 No se aceptan devoluciones o como actor en la película dirigida en el año 2016 por Patricia Riggen, Los milagros del cielo); y los hermosos temas musicales “Je vole” o “Je vais t´aimer” de Michael Sardou se intercambian por otros temas como el “You´re All I Need Get By” de Marvin Gaye y Tammi Terrell o el “I've Got The Music In Me” de The Kiki Dee Band; y quizás aquí el novio de Ruby, interpretado por Ferdia Walsh-Peelo (visto en su debut en Sing Street, dirigida por John Carney en 2016), tenga un papel algo más relevante que su homónimo en la película francesa. Por tanto, aunque CODA: Los sonidos del silencio intenta ser un remake diferencial con estos cambios, la esencia es la misma respecto al mensaje (incluso con escenas que son casi un plagio), pero pierde toda la frescura de La familia Bélier.  

Aún así, en ambas películas apreciamos ese mensaje claro de los hijos e hijas denominados con el acrónimo CODA. Porque el personaje de Ruby es el de una adolescente que se levanta de madrugada para ir a pescar con su padre y hermano, que estudia y da clases de música, pero que también es la traductora de la familia y la que les cuida en distintas situaciones; y que tiene en la canción su tabla de salvación. Por ello, se entienden sus palabras: “No tienes ni idea de cómo es oír a la gente reírse de tu familia…y tener que protegerlos. Ellos no oyen, pero yo sí” o “Yo llevo toda la vida haciendo de intérprete. Es agotador. Lo que sé es cantar. Es todo para mí”

En conclusión, La familia Bélier fue para mí una película inolvidable y muy recordada, tanto por la forma como por el fondo. Y aunque CODA: Los sonidos del silencio es una buena película, deja bastante indiferente si has visto primero la película francesa. Pero lo que no debiera quedar duda, es que ésta no es la mejor película del año 2021, ni de lejos, por mucho que el peculiar jurado de los Premios Óscar le haya concedido ese galardón,… haciendo oído sordos (o quizás por ello) de otras películas que merecieron ese galardón por mayores méritos cinematográficos. 

Pero la costumbre de los "remake made in USA" no es nueva, y aunque generalmente no trae buenos resultados, siguen en el empeño. Recordamos algunos títulos: Tres hombres y un bebé (Leonard Nimoy, 1987) que versiona la francesa Tres solteros y un biberón (Coline Serreau, 1985); Secuestrada (George Sluizer, 1993) que versiona la holandesa Desaparecida (George Sluizer, 1988); Mentiras arriesgadas (James Cameron, 1994) que versiona la francesa Dos espías en mi cama (Claude Zidi, 1991); Diabólicas (Jeremiah Chechik, 1996) que versiona la francesa Las diabólicas (H.G. Clouzot, 1955); Una jaula de grillos (Mike Nichols, 1996) que versiona la francesa Vicios pequeños (Edouard Molinaro,1978); El talento de Mr. Ripley (Anthony Minghella, 1999) que versiona la francesa A pleno sol (René Clément, 1960); Vanilla Sky (Cameron Crowe, 2001) que versiona la española Abre los ojos (Alejandro Amenábar, 1997); Infiel (Adrian Lyne, 2002) que versiona la francesa La mujer infiel (Claude Chabrol, 1969); Alfie (Claude Chabrol, 2004) que versiona la británica Alfie (Lewis Gilbert, 1966); Sin reservas (Scott Hicks, 2007) que versiona la alemana Deliciosa Martha (Sandra Nettelbeck, 2001); La huella (Kenneth Branagh, 2007) que versiona la británica La huella (Joseph L. Mankiewicz, 1972); Funny Games (Michael Haneke, 2007) que versiona la alemana Funny Games (Michael Haneke, 1997); Cuarentena (John Erick Dowdle, 2008) que versiona la española REC (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007); La cena de los idiotas (Jay Roach, 2010) que versiona la francesa La cena de los idiotas (Francis Veber, 1998); The Tourist (Florian Henckel von Donnersmarck, 2010) que versiona la francesa El secreto de Anthony Zimmer (Jérôme Salle, 2005); LOL (Lisa Azuelos, 2012) que versiona la francesa Bienvenido al mundo de LOL (Lisa Azuelos, 2008); Un funeral de muerte (Neil LaBute, 2010) que versiona la británica Un funeral de muerte (Frank Oz, 2007); Déjame entrar (Let Me In) (Matt Reeves, 2010) que versiona la sueca Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008); Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres (David Fincher, 2011) que versiona la sueca Los hombres que no amaban a las mujeres (Niels Arden Oplev, 2009); Elsa & Fred (Michael Radford, 2014) que versiona la argentina Elsa & Fred (Marcos Carnevale, 2005); El secreto de una obsesión (Billy Ray, 2015) que versiona la argentina El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009); Asesinato en el Orient Express (Kenneth Branagh, 2017) que versiona la británica Asesinato en el Orient Express (Sidney Lumet, 1974); The Upside (Amigos para siempre) (Neil Burger, 2017) que versiona la francesa Intocable (Olivier Nakache, Eric Toledano, 2011); Gloria Bell (Sebastián Lélio, 2018) que versiona la chilena Gloria (Sebastián Lélio, 2013); Después de la boda (Bart Freundlich, 2019) que versiona la danesa Después de la boda (Susanne Bier, 2006); La decisión (Roger Michell, 2019) que versiona la danesa Corazón silencioso (Bille August, 2014); o Muerte en el Nilo (Kenneth Branagh, 2022) que versiona la británica Muerte en el Nilo (John Guillermin, 1978), entre otras. 

 

sábado, 30 de mayo de 2015

Cine y Pediatría (281). “La familia Bélier”, lo que no escuches lo sentirás en tu corazón


No nos cansaremos de hablar del cine francés, una filmografía que está hoy en día un paso por delante de cualquier otra. La semana pasada hablamos de otra película francesa en cartel muy aconsejable (La profesora de Historia) y hoy repetimos de país. Es sabido que los franceses saben mantener un sabio equilibrio entre cine de autor y comercial pensado para reventar taquillas y a recientes ejemplos nos remitimos: Intocables (Eric Toledano y Olivier Nakache, 2011 ), la película más taquillera de la historia del cine en Francia, pero también otros recientes ejemplos como Dios mío, ¿pero cómo te hemos hecho? (Philippe de Chauveron, 2014) o De óxido y hueso (Jacques Audiard, 2012). Pues bien, una reciente película repite fórmula, éxito y rompe las taquillas en su país y fuera del mismo: hablamos de La familia Bélier (Eric Lartigeau, 2014).

Porque La familia Bélier no presenta ninguna novedad, pero, sin duda, ése es el mayor de sus encantos. Con un pie puesto en la comedia popular francesa de los años 40 y 50 y el otro en las nuevas maneras de enfrentarse al humor surgidas de la televisión, la película funciona a la perfección para devolvernos muchas sonrisas y alguna lágrima. Parece que el cine francés ha encontrado la piedra filosofal capaz de convertir cualquier tipo de argumento, por muy banal o explotado que sea, en oro de cara a las taquillas Esa alquimia funciona en todo tipo de géneros, pero especialmente en la comedia. Y si se acompaña de pegadizas canciones la fórmula es más amable y familiar, como ésta.

La familia Bélier está compuesta por cuatro miembros que viven en una granja en la campiña francesa, entre vacas y quesos. Todos los miembros de la familia son sordos, excepto Paula (Louane Emera), que tiene 16 años y acude cada día (en bici y en autobús) al instituto, allí donde le dice a su amiga: “Te cambio la familia”. Ella hace de intérprete para sus padres y es parte importante de esa peculiar familia; ella que es natural y pura como el campo en el que vive, siempre que se presenta dice “Me llamo Paula Bélier…que significa carnero”. Pero, Paula, alentada por su profesor de música que ha descubierto su talento para el canto, un buen día decide prepararse para la audición del Coro de Radio France, una elección que la obligará a distanciarse de su familia.

Porque en los últimos meses hemos hablado en Cine y Pediatría en dos ocasiones de la sordomudez (más bien eran sordociegos) como protagonista central: una película actual, La historia de Marie Heurtin (Jean-Pierre Améries, 2014) y otra un clásico, El milagro de Anna Sullivan (Arthur Penn, 1962), ambas películas basadas en una historia real, historias de superación personal y películas vocacionales sobre el alto valor de la docencia. Dos grandes películas que nos aproximan al silencioso mundo de los sordos (y sordociegos) desde el drama. Y hoy lo hacemos desde la comedia, por los senderos de la ternura familiar y con la música como compañera.

La familia Bélier, quinto largo del francés Eric Lartigau, hasta ahora inédito en España, está repleta de conversaciones donde la imagen se llena de subtítulos que traducen al espectador el lenguaje de los sordos. Una apuesta casi suicida que Lartigau soluciona con sencillez, simpatía, naturalidad, emoción, humor y humanismo, ayudado por unos magníficos intérpretes que hacen suyos unos personajes adorables, en sus virtudes y en sus defectos: la relación entre los padres es increíble (baste recordar la escena del médico o del mercado), y cómo Rodolfo, el padre (François Damiens), se lanza, con el entero apoyo de su esposa Gigi (Karin Viard), como candidato a la alcaldía de su pueblo; o el maestro de música, todo un caso aparte, capaz de declamar máximas como la de “Cuando todo va mal y no queda ninguna esperanza, nos queda Michel Sardou. Mirchel Sardou es para la música francesa lo que Mozart para la música clásica: intemporal”; o nuestra Paula, adolescente protagonista, uno de esos personajes ya para no olvidar. Protagonizada además por Louane Emera, la ganadora de La Voz en Francia, y que nos sorprende con una capacidad natural de interpretación a igual altura (sino superior) a su gran voz, lo que le valió el César a la mejor actriz novel. Curiosamente en la película tan solo el hermano pequeño es sordomudo de verdad, pero los intérpretes llegan a dominar a la perfección el lenguaje de los signos.

El sentimiento verdadero de toda la familia, el humor que sabe destilar el director y la emotividad constante de la cinta sirven en bandeja una comedia que tiene de todo pero, fundamentalmente, una gran belleza interna. Y con mensajes contundentes: “Ser sordo no es un hándicap, es una identidad”.
Una película donde la música es intérprete y las canciones del gran Michel Sardou, cantante mítico francés de varias generaciones, es casi leitmotiv. La canción “Je vole” se adapta a las aspiraciones de esta adolescente que tiene dificultades de volar por la gran responsabilidad que supone cuidar de su familia y la canción “Je vais t´aimer”, con el magnífico efecto final de no oir la música, nos coloca en la piel (y los sentidos) de un sordo.

La película me la aconsejó un gran amigo (maestro y músico, Antonio Tomás Beades), y los grandes amigos nunca dan un mal consejo. Tenéis que ir corriendo a ver esta película que hace el milagro de convertirnos en mejores personas al salir de la sala, una película llena de corazón y bravura. Como dice la carátula de presentación de esta cinta: “Lo que no escuches, lo sentirás en tu corazón”. Así es… y así lo sentimos.

sábado, 18 de abril de 2015

Cine y Pediatría (275). “El milagro de Anna Sullivan” y otros milagros sensoriales


La semana pasada hablamos de La historia de Marie Heurtin, una película actual dedicada al a los sordociegos. Y ya comentamos que su director, el francés Jean Pierre Améries, se basó en el impacto que le causó en su momento El milagro de Anna Sullivan, una película clásica de la década de los sesenta del estadounidense Arthur Penn. 

Dos películas de ayer y hoy sobre un mismo tema, pero con diferentes enfoques. Mientras Arthur Penn usa el blanco y negro para dar un tono de casi pesadilla a su discurso, interesado sobre todo en el atormentado personaje de la profesora Ana Sullivan y su enfrentamiento con Helen Keller, su alumna sordociega, y el entorno familiar de ésta, Jean Pierre Améris relata en color la historia de superación enmarcada dentro de una religiosidad elegante y sincera, tanto de la hermana Marguerite como de su alumna, Marie Heurtin. Y ambas proceden de dos historias reales (volcadas en sendos libros), una realidad que aconsejamos revisar a aquellos profesionales que tenemos la fortuna de trabajar por y para la infancia. 

Una diferencia más es que mientras Jean Pierre Améris es un director casi desconocido por la mayoría, Arthur Penn es un clásico de Hollywood. Atraído por el mundo de la interpretación desde muy joven, Penn se dedicó al teatro, actividad que continuó cuando estuvo sirviendo en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial. En la década de 1950, realizó una serie de dramas para la televisión, debutando en la gran pantalla con el western El zurdo (1958). Y su siguiente film fue, ni más ni menos, que El milagro de Anna Sullivan (1962), una obra de teatro del escritor William Gibson basada en hechos reales, que narra de la vida de Anna Sullivan y su relación con la que fue su alumna sordociega, Helen Keller. La película aparte de ser favorablemente acogida por el público, fue nominada a cinco Oscars de la Academia y ganó dos; y estas dos estatuillas fueron para Anne Bancroft (en su papel de la profesora Anna Sullivan), como actriz principal, y Patty Duke (en su papel de la niña Hellen Keller) como actriz de reparto, precisamente las dos actrices que interpretaron esta obra en Broadway. Penn también recibiría la primera nominación de las tres que recibiría en su carrera profesional a la Mejor dirección (las otras dos serían en 1967 con Bonnie y Clyde, su mayor éxito, y en 1969 con El restaurante de Alicia), pero nos dejó otras grandes obras de la categoría de La jauría humana (1965) o El pequeño gran hombre (1969). 

Helen Keller quedó sorda y ciega a causa de una enfermedad cuando tenía 19 meses de edad (nos lo sugiere el trágico comienzo de la película, con esas imágenes casi neoexpresionistas y la posterior sombra de la niña entre la balaustra de una escalera, que más parecen las rejas de una cárcel, momento en que aparece el título). Hellen usaba el resto de sentidos para “ver” y “oir” el mundo que le rodeaba: tocaba y olía todas las cosas que estaban alrededor de ella y sentía las manos de otras personas y copiaba sus movimientos. Pero al no poder expresarse ni entender, su frustración aumentó con la edad y sus ataques de ira empeoraban, haciendo complicada la convivencia familiar, una familia de nivel alto de la sociedad estadounidense. 
Esta situación hizo que la familia viera la necesidad de hacer algo, por lo que antes de cumplir siete años, la familia contrató a una tutora privada. Esta tutora fue Anna Sullivan, quien había perdido la visión cuando tenía cinco años y fue abandonada en una casa de escasos recursos. Tuvo la suerte de ser acogida en el Colegio Perkins para Ciegos en Boston, donde, tras dos operaciones, recuperó parcialmente su visión. Allí se formó como educadora y el director de la escuela pensó que debía ser la persona adecuada para educar a Hellen Keller. 
El método educativo de Anna Sullivan es peculiar a nuestros ojos. Su primer paso fue comunicarse con Hellen venciendo su agresividad con fuerza y paciencia. El siguiente paso fue enseñarle el alfabeto manual. Como resultado de todo este trabajo, Hellen llego a ser más civilizada y amable, pero el esfuerzo fue máximo: cabe rememorar la agotadora escena de maestra y alumna en el comedor, cuando se intenta que utilice los cubiertos en la mesa y doble su servilleta; métodos expeditivos y con esa frase final de Anna Sullivan: “El cuarto está destrozado, pero dobló su servilleta”
Pero cierto es que Hellen aprendió a leer y escribir en Braille, pero también aprendió a leer de los labios de las personas tocándoles con sus dedos y sintiendo el movimiento y las vibraciones. Se graduó con título de honor de la Radcliffe College en 1904 gracias a su gran poder de concentración. Allí escribió “The story of my life”, libro que tuvo un rápido éxito y, gracias a él, le permitió ganar suficiente dinero para comprarse su propia casa y colaborar en la creación de la Fundación Americana para los Ciegos con el objetivo de ofrecer servicios a otras personas ciegas. Hellen Keller llegó a ser muy famosa, incluso con títulos de Honor de diferentes universidades extranjeras. 

El Milagro de Anna Sullivan es ya una película mítica del séptimo arte, sobre la que muchos han escrito y muchos han analizado desde distintos puntos de vista, bien desde el prisma del cine o bien desde el valor de la educación. Tomamos el análisis que el blog EduKacine realizó de la misma, pues nos parece de una gran profundidad y enseñanza. Estos son los apartados que desgrana: 
- Helen como niña salvaje. La principal diferencia entre el ser humano y los demás animales es el lenguaje. “Crecí salvaje y desbocada, riendo y cacareando para expresar placer, pataleando, arañando, emitiendo los sofocados chillidos del sordomudo para indicar lo opuesto”.  En el “Diario” escrito por Anna Sullivan lo describe así: “La salvaje criaturilla de hace dos semanas se ha transformado en una dulce niña. Está sentada junto a mí mientras escribo, el rostro sereno y dichoso, tejiendo una larga cadena de lana roja. Aprendió a hacer punto esta semana, y está muy orgullosa de su logro. Cuando logró hacer una cadena que cruzaba toda la habitación, se palmeó el brazo y apoyó cariñosamente contra la mejilla la primera obra de sus manos. Ahora me permite besarla, y cuando está de buen talante se sienta un par de minutos en mi regazo; pero no me devuelve las caricias. El gran paso -el paso que cuenta- ya se ha dado. La pequeña salvaje ha aprendido su primera lección de obediencia, y el yugo le resulta leve. Ahora es mi grata tarea dirigir y modelar la bella inteligencia que comienza a asomar en su alma de niña.” También Anna Sullivan se dio cuenta de que la adquisición del lenguaje supuso de inmediato para Helen la posibilidad de expresar sus sentimientos ante los demás y ante sí misma, y el dejar de lado esa agresividad animal que utilizaba siempre que se sentía presionada.  
- La carencia de la vista y el oído: la cárcel de Helen. La vista y el oído son los sentidos más apreciados por los seres humanos, y su carencia genera serias dificultades de adaptación. Por ello la película está rodada en un blanco y negro lúgubre en la mayoría de las escenas, y sólo al final la película se salpica por rayos de un sol que prologan el milagro, porque sólo al final de la película es cuando Helen “escapa” de su cárcel y en una de las escenas más emotivas le entrega a Anna las llaves de la casa y deletrea la palabra “maestra”. 
- El proceso de aprendizaje del lenguaje de los sordociegos. Y esa frase simbólica: “Ahora cuanto tengo que enseñarte cabe en una sola palabra: todo”. El aprendizaje del lenguaje para sordomudos, o el del lenguaje para sordociegos a través del tacto, que es el que aparece en la película. La diferencia principal con el lenguaje oral es que el lenguaje para sordociegos, en vez de centrarse en los sonidos, lo hace en las sensaciones táctiles. En el aprendizaje del lenguaje, la historia de Helen Keller añade un problema más, aparte de la carencia de dos sentidos tan importantes como la vista y el oído; el problema al que nos referimos es la edad de Helen. Con siete años Helen habría sobrepasado el denominado “periodo crítico” para el aprendizaje del lenguaje. Basándose en los casos de seres humanos que durante su infancia sufrieron una carencia -total o parcial- en la enseñanza del lenguaje, los psicolingüistas aseguran que si en los primeros cinco años de vida el niño no es sometido a ningún estímulo lingüístico, su capacidad para la adquisición posterior del lenguaje disminuirá de modo importante. 
- La educación de Helen. La alumna, la profesora y la familia. Porque en la película se aprecian cuatro posturas diferentes acerca de la educación de Helen: la de su padre autoritario, el capitán Keller (una postura muy pesimista), la de su madre (conserva la esperanza, pero alejada de la realidad, pues espera que su hija recupere la vista y oído; Anna le recuerda: “Señora Keller, la ceguera o la sordera no es el peor mal para Helen, es el cariño de ustedes y su compasión. Entre todos la han criado como a un perrillo faldero, pero incluso a los perros se les educa”), la de su hermanastro James (teñida por unos celos que no pasan inadvertidos, aunque acabará siendo el principal aliado) y la de su maestra (que entiende desde el primer momento que su función pedagógica no ha de limitarse a Hellen, sino extenderse a toda la familia, para ser reeducada). 

Tras este “milagro” de película, se han realizado más adaptaciones en Estados Unidos sobre la misma historia: una película para la televisión, El milagro de Keller (Paul Aaron, 1979) y otra para el cine, Un milagro para Hellen Keller (Nadia Tass, 2000). Y no es El milagro de Anna Sullivan o La historia de Marie Heurtin las únicas películas sobre el tema de la educación de los sordociegos. Hay algunas más, como Black (Sanjay Leela Bhansali, 2005), una versión en clave masculina e india de la anterior, en donde la joven Michelle McNelly (Ayesha Kapoor) es una chica sorda e invidente, completamente salvaje, y a un profesor retirado, el señor Debraj (Amitabh Bachchan), le es asignada la tarea de enseñar a la joven a comunicarse. Pero la joven se rebela contra los métodos de enseñanza de Debraj, por lo que los padres de Michelle deciden mandarla a un asilo, pero Debraj se empeña en su educación. 

Porque hablamos del milagro de la palabra, el milagro del lenguaje. Porque estas películas son películas vocacionales sobre el alto valor de la docencia. Y así resuenan las palabras de la maestra Anna Sullivan a su alumna, Hellen Keller, pues éss fue el “milagro”: “Todo lo que el hombre piensa, siente y sabe lo expresa con palabras, y ellas disipan las tinieblas… Y yo sé, estoy segura, de que con una palabra conseguiría poner el mundo en tus manos. Y bien sabe Dios que no me conformaré con menos”.

sábado, 11 de abril de 2015

Cine y Pediatría (274). “La historia de Marie Heurtin” y los cinco sentidos de los sordociegos


La sordoceguera es una discapacidad que dificulta enormemente la vida independiente. Se debe a distintas causas que se dividen en dos grandes grupos: congénita (síndrome de Usher, síndrome de Alström, enfermedad de Norrie, rubeola congénita, etc.) y adquirida (infecciones o traumatismos del sistema nervioso central, etc.). Más de la mitad de las personas sordociegas están afectas del síndrome Usher. 
Hay que tener en cuenta que la vista y el oído son los principales sentidos a través de los que una persona percibe y experimenta el mundo. Cuando estos dos canales sufren un deterioro, el mundo de esta persona puede estar restringido a aquello que puede alcanzar con su tacto (y menos con el olfato y el gusto). Por ello, la clave de su educación y rehabilitación es la comunicación, que se basa en el sentido del tacto, y más concretamente en la utilización de los dedos y la palma de la mano como receptivo. 

Acaba de estrenarse una película francesa sobre este tema, película que bien podría situarse a medio camino entre dos películas de la década de los sesenta: El milagro de Ana Sullivan (Arthur Penn, 1962) y El pequeño salvaje (François Truffaut, 1969): La historia de Marie Heurtin (Jean-Pierre Améries, 2014), también, como aquéllas, basada en hechos reales. Unos hechos reales que ocurrieron a finales del siglo XIX y que conviene recordar para conocer mejora la historia, esta discapacidad y lo que supone la lucha por su integración social. 

Basada en una emocionante e inspiradora historia real, tal como nos recuerda la película en sus inicios. Marie Heurtin, de 14 años de edad, es sorda y ciega de nacimiento y es incapaz de comunicarse. Sus padres, acuden al Instituto Larnay, especializado en la educación de niñas sordomudas. A pesar del escepticismo general, la monja Marguerite acoge a esta "pequeña salvaje" bajo su protección, haciendo todo lo posible para educarla y sacarla de la oscuridad, en lo que constituye toda una gesta pedagógica

Marie Heurtin era una de las hijas mayores de un matrimonio campesino de la Bretaña francesa. A ese matrimonio le nacieron 9 hijos, de los cuales únicamente dos niñas vinieron al mundo sin alguna discapacidad. El resto de niños, 5 de los cuales murieron tempranamente, eran sordos o sordociegos. Marie nació en 1885 y hasta la adolescencia permaneció en la casa familiar, sin recibir ningún tipo de educación. Fue aceptada como alumna en la escuela de Notre Dame de Larnay regentado por las Hermanas de La Sabiduría, cerca de la ciudad francesa de Poitiers. Esta orden tenían ya una tradición importante en la enseñanza de sordos en muchos otros países, y las de Larnay venían reuniendo además experiencias exitosas en la enseñanza de niñas sordociegas. La primera niña que parece haber sido educada en Larnay fue Marthe Obrecht y su preceptora fue la hermana Marguerite. Marie Heurtin se convirtió en 1895 en la segunda alumna de esa monja. 
La formación básica de las niñas en la escuela de Larnay duraba unos 7 años. Una vez terminada esa formación, la mayoría de las niñas regresaba a sus familias, pero algunas permanecían internas de por vida en el convento: ese fue el caso de Marie Heurtin, quien desarrolló un profundo espíritu religioso y se convirtió luego en maestra de otras niñas sordociegas hasta su temprana muerte a los 36 años. 

Larnay se granjeó renombre internacional tras publicarse en 1904 “Une âme en prison”, de Louis Arnould, donde se describe gráficamente el método que empleó la hermana Marguerite para la educación de Marie Heurtin, vista como la versión francesa de la estadounidense Helen Keller (la protagonista de la icónica película El milagro de Ana Sullivan, sobre la que hablaremos la semana que viene), aunque posiblemente en peor estado, pues Marie se comportaba como una niña salvaje, en la que era casi imposible predecir si podría aprender algo. Tras muchos meses de lucha y trabajo duro, la hermana Marguerite finalmente logró un primer paso al enseñarle el lenguaje de los signos mediante el establecimiento de una relación entre un objeto y un signo para que Marie lo designase: un cuchillo de bolsillo por el que la joven mostraba gran apego. Aprendida la primera palabra luego fue posible avanzar a grandes pasos, gracias al tesón de la monja, quien siguió apegada al aprendizaje de Marie hasta el final de la corta vida de la hermana Marguerite, truncada por la tuberculosis. Marie nunca la olvidó y se esforzó en aprender Braille, escribir a máquina, jugar al dominó, coser y adquirir cultura hasta llegar a ser una joven refinada. Su historia se considera un milagro (otro milagro, como el de Helen Keller). 

Jean Pierre Améries estuvo fascinado por la historia de Helen Keller cuando vio de joven la película El milagro de Ana Sullivan y, al toparse con la menos conocida Marie Heurtin, decidió visitar el Instituto Larnay, que todavía opera en la actualidad, no ya como establecimiento religioso, aunque sigue como centro para niños sordomudos. Y, a partir de ahí, se crea un lazo entre Marie (Ariana Rivoire) y la hermana Marguerite (Isabelle Carre) que en la película se convierte en un tour de forcé entre ambos personajes y ambas protagonistas: porque ambas están soberbias en sus papeles, pero la labor de interpretar a Marie es digna de mención, pues Ariana Rivoire no es una actriz profesional, sino una chica sorda de 20 años que fue seleccionada por el propio director por las similitudes con el personaje de la película, y fue todo un acierto, dotando a su personaje de gran fuerza y presencia. 

Porque La historia de Marie Heurtin es una historia de educación mutua, un drama sobre la capacidad de comunicarse y de amar del ser humano. Una historia donde Marie tiene que salir de su estado de niña salvaje y aprenderlo todo, pero donde también Marguerite aprenderá a ver el mundo de una forma nueva, como nunca se había imaginado. De hecho, cuando la hermana Marguerite ve por primera vez a Marie nos dice: “Hoy he conocido un alma”. Porque La historia de Marie Heurtin es una preciosa indagación sobre el amor, y por medio de este, también sobre la fe y el sentido de la vida, narrada con tanta sensibilidad y sencillez que resulta inusualmente tierna, emotiva y profunda. Y a esta sensibilidad y sencillez contribuye la fotografía y la música. Imágenes para un discurso simultáneamente sensorial y abstracto, imágenes que parecen por momentos cuadros animados de Jean François Millet, por la suave sensualidad que destilan sus fotogramas, adornados por la emotiva banda sonora de la violonchelista Sonia Wieder-Atherton, con muchos temas inspirados en piezas populares centroeuropeas. 

Esta es una película cruda y real, pero también una película que nos hace mejores personas y nos permite seguir creyendo en la vida. La historia de Marie Heurtin es la celebración de la vida a través de los cinco sentidos. Es mucho más que una educación moral, pues es toda una educación sensorial. 
Durante los años en que Jean-Pierre Améris escribió el guión, el cineasta pasó largas temporadas con los niños sordociegos y nos confiesa: “Me enseñaron que sí, que es terrible ser sordo y ciego, pero que no es el final”.