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sábado, 26 de noviembre de 2022

Cine y Pediatría (672) “Una vida en tres días”, prisioneros de las segundas oportunidades


Es Jason Reitman un director, guionista y actor canadiense de ascendencia eslovaca nacionalizado estadounidense, al que la afición por el cine le viene de cuna. Su padre, Ivan Reitman, fue conocido por dirigir películas en tono de comedia como El pelotón chiflado (1981), Los cazafantasmas (1984) o Los gemelos golpean dos veces (1988), si bien fue una labor que combinó con la de productor. Jason Reitman forma parte de esa nueva hornada de directores que han logrado brillar, pese a su corta filmografía. Cuenta con ocho películas en su haber, y dos de ellas han conseguido sendas nominaciones a los Óscar: en Juno (2007) optó a mejor director y con Up in the Air optó a mejor película, mejor director y mejor guion adaptado. Ha sido guionista en cinco de sus películas (adaptando diferentes novelas) y en las otras tres cuenta con la colaboración de Diablo Cody, concretamente en Juno, Young Adult (2011) y Tully (2018). Y ya tres películas de sus películas han sido analizadas en Cine y Pediatría: Juno, un simpático e inteligente debate sobre el embarazo no deseado en adolescentes; Tully, un análisis poco glamuroso sobre la maternidad y la depresión postparto; y Hombres, mujeres y niños (2014), alrededor de internet y las nuevas tecnologías en las relaciones familiares, con un universo de encuentros en el mundo virtual y desencuentros en el mundo real. Y hoy llega su póker con la película que hoy nos reúne: Una vida en tres días (2013), de la que también es guionista, en esta ocasión adaptando la novela “Labor Day”, escrita por Joyce Maynard en el año 2009.   

Una vida en tres días es una película que va de menos a más, y quizás también merece una segunda oportunidad, como los propios protagonistas de esta historia. Comienza la película bajo la melodía folk de “I´m Going Home” de Arlo Guthrie y la voz en off de Henry (Gattlin Griffith, a quien conocimos aún más niño en El intercambio - Clint Eastwood, 2008 -), voz en off que nos acompañará durante toda la película (lo cual siempre resulta un riesgo en el séptimo arte) en esta historia ambientada en los años ochenta.  Y este chico de 13 años que vive en New Hampshire nos relata que cuida de su madre Adele (Kate Winslet), sumida en la soledad y tristeza tras que su padre abandonara el hogar: “Yo entendía quién era mi familia. Ella”. Y enseguida tiene lugar un encuentro casi inverosímil, pues aparece Frank (Josh Broslin), un convicto que es buscado por la policía tras fugarse de la cárcel, y que les solicita que le ayuden y pueda pasar una noche en su casa. A través de flashbacks se nos va revelando la historia que ha llevado a Frank a esa situación y es por ello que le dice a Adele: “Nada engaña más a la gente que la verdad”. Y también iremos conociendo que Adele tuvo varios abortos y un mortinato después de tener a Henry, por lo que el mundo se convirtió para ella en un lugar cruel, lo que contribuyó a precipitar su separación matrimonial. 

Y a través de la convivencia en ese fin de semana, donde Frank ayuda a poner orden en la casa y el jardín abandonado, ambos adultos reparan mutuamente sus dolores y se enamoran, en esos tres días que cambiaron sus vidas: “Yo he venido a salvarte, Adele”. Y no solo Henry, Adele y Frank elaboran juntos un pastel de melocotón, sino que proyectan juntos una vida común en otro lugar. Pero el sueño no se puede alcanzar, pues la realidad acaba con el arresto y larga condena de Frank. Es entonces cuando Henry pasa a la custodia del padre, Adele vuelve a convivir con su soledad y su tristeza, y Frank decide escribirla durante todos los días de sus 25 años de arresto (aunque estas cartas nunca llegaron a sus manos, pues fueron censuradas). Muchos años después, Henry (ahora interpretado por Tobey Maguire, a quien conocimos más joven en Las normas de la casa de la sidra - Lasse Hallström, 1999 – y a quien aquí hace prácticamente un cameo), se ha convertido en un exitoso panadero con una especialidad en aquellos pasteles de melocotón que Frank le enseñó. Y nos aboca a un final feliz a través del reencuentro y de esas segundas oportunidades que a veces nos regala la vida. 

Una vida en tres días es la historia de tres almas magulladas que deciden construir su propia isla aislada del mundo, narrada por la mirada de un adolescente que empieza a descubrir las pulsiones inconfesables de la vida adulta. Aunque para algunos críticos esta película es una película algo inverosímil o demasiado edulcorada (por ese recurrente pastel de melocotón y ese final feliz), lo cierto es para aquel espectador que no tema la hiperglucemia puede acabar también prisionero de una historia diferente con el valor de las segundas oportunidades, un drama romántico con el aval interpretativo de sus protagonistas. Y es una oportunidad más para disfrutar de una Kate Winslet que siempre resulta efectiva (en Cine y Pediatría ya la hemos disfrutado en Descubriendo nunca jamás - Marc Forster, 2004 -, Juegos secretos - Todd Field, 2006 - y Contagio – Steven Soderbergh, 2011 -), en este caso con Josh Brolin (el tipo duro del remake Oldboy - Spike Lee, 2013 – y tantos otros films), dos intérpretes con estilos claramente diferenciados, pero que aquí encajan a la perfección, ya que la sensible fragilidad de ella y la ruda humanidad de él van amoldándose progresivamente. 

Una película que explora los errores del pasado y el abismo de los remordimientos recurrentes del presente, y en los que un encuentro casual cambia sus vidas en una película con defectos (sin duda), pero con algunos aciertos en busca de ese descarnado retrato sobre los límites de la condición humana. Un desafío emocional en el que cada espectador sacará su juicio. Porque el buen vino es aquel que nos gusta,… como para cada uno serán sus buenas películas.

 

sábado, 9 de marzo de 2019

Cine y Pediatría (478). “Manny y Lo”, una road movie con luz escarlata


Hace tiempo comentamos en Cine y Pediatría dos entradas sobre pequeños grandes actores en Hollywood o niños prodigio en el séptimo arte, tanto en blanco y negro (Jackie Coogan, Jackie Cooper, Shirley Temple, Freddie Bartholomew, Margaret O´Brien, Mickey Rooney, Johnny Sheffield, Bobby Driscoll, Dean Stockwell, Natalie Wood, Roddy McDowall, Elizabeth Taylor,…) como en color (Ron Howard, Jodie Foster, Tatum O´Neal, Rick Schroeder, Jennyfer Connelly, Christian Bale, Leonardo di Caprio,-Lukas Haas, Elijah Wood, Natalie Portman, Anna Paquin, Kirsten Dunst, Ben Affleck, Michael J. Fox, Ethan Hawke, Shia LaBeouff, Diane Lane, Juliette Lewis, Tobey Macguire, Joaquin Phoenix, Emmy Rossum, Wynona Ryder, Brooke Shields, Scarlett Johanson,…).

Y hoy vamos a hablar de esta última, Scarlett Johanson, una actriz que antes de convertirse en una de las actrices más cotizadas, amén de una sex symbol, en películas como La chica de la perla (Peter Webber, 2003), Match Point (Woody Allen, 2004) o Lucy (Luc Besson, 2014), presentó una infancia y adolescencia como actriz. Debutó con 9 años en Un muchacho llamado Norte (Rob Reiner, 1994), pero fue dando pasos de gigante con El hombre que susurraba a los caballos (Robert Redford, 1998), que la catapultó al éxito, éxito que cimentó en la adolescencia con películas como Ghost World (Terry Zwigoff, 2001) y Lost in translation (Sofia Coppola, 2003).

Pero entre estas obras de infancia hay una que he descubierto por casualidad y en la que Scarlett Johanson realiza a sus 11 años de edad un papel que enamora, tanto por su belleza y candor infantil como por el propio papel que interpreta. Hablamos de la película Manny y Lo (Lisa Krueger, 1996), una obra menor nada despreciable.

Manny es el apodo de Amanda (Scarlett Johansson) y Lo el apodo de Laurel (Aleksa Palladino), dos hermanas de 11 y 16 años, huérfanas de madre, y que huyen de sus respectivas familias adoptivas. De ahí la voz en off de Manny al inicio de la película: “Lo solía decir que hay gente que nace para estar en familia y otra que no. Y no tenías que sentirte mal si eras de las que no…”.

El sueño de Manny es el de tener una familia estable, mientras que el de Lo es el de ser azafata. La aventura en la que se embarcan les obliga a robar alimentos en tiendas, dormir en casas deshabitadas o en el automóvil, y a enfrentarse al inesperado embarazo de Lo, donde Manny le apoya de una manera precozmente razonable. Y así se nos aparecen como una fórmula infanto-juvenil de Thelma y Louise (Ridely Scott, 1991), una road movie con mensaje: “Nos aferrábamos a la regla número 1 de Lo: no te pares y así no te pillan”.

Ante el embarazo que progresa y la próxima llegada del hijo, las dos buscan la manera de salir de esa crisis, así que deciden secuestrar a Elaine (Mary Kay Place), dependienta de una tienda de ropa premamá que asegura saber todo acerca de maternidad. Y las tres conviven en una cabaña que ocupan en medio del bosque, y desde allí comienza una relación triangular muy especial, donde Elaine acaba sintiendo simpatía por sus secuestradoras a las que transmite sus consejos: “La mamá tiene que retener en su vientre al bebé tanto como pueda”, “¿Qué haces fumando si estás embarazada?”, “Nos vamos a quedar y vamos a dar a luz a este bebé”.

Un triángulo muy especial entre dos hermanas y una rehén, donde Manny le pregunta “¿No tienes familia, verdad Elaine”. Y ahí reconoce que no puedo consumar la maternidad, lo que nos hace entender algo más el devenir de esa relación. Y al final una nueva reflexión de Manny, nuestra angelical Scarlett Johanson niña: “¿Alguna vez has soñado con alguien antes de conocerlo en la vida real? Esas cosas pasan de verdad, cosas extrañas e increíbles. Te aseguro que ocurren todo el tiempo”.

Una Scarlett Johanson que no es ajena a Cine y Pediatría, pues además de la película que hoy destacamos, ya estuvo presente en Ghost World (Terry Zwigoff, 2001), reflejo de esas dos adolescentes en busca de un lugar en el mundo fantasma de los adultos, La Isla (Michael Bay, 2005) y su debate sobre la clonación, o en Un lugar para soñar (Cameron Crowe, 2011), una historia de superación. 

Y hoy apreciamos la luz escarlata que nos deja Scarlett Johanson en un filme atractivo visualmente y verdaderamente comprometido con sus personajes como Manny y Lo, una película inteligente, dulce y divertida, lleno de originalidad y de situaciones imprevisibles. Una película que no juzga, sino que nos lanza a la carretera con ellas y nos hace partícipes de su experiencia sin posicionamientos ni juicios. 

sábado, 25 de agosto de 2018

Cine y Pediatría (450). Los diferentes instintos maternales en “Tallulah”


Netflix es una empresa comercial estadounidense de entretenimiento que proporciona mediante tarifa plana mensual un streaming principalmente de películas, series de televisión y documentales, y ello bajo demanda por internet, además de DVD que son facilitados por correo postal. La empresa fue fundada en el año 1997 y en estas dos décadas su crecimiento ha sido tal que ya se considera la mayor compañía de entretenimiento en esta materia. Tal es así, que en el año 2011, Netflix comenzó a producir contenido original para su servicio de suscripción de streaming, tanto en series como en documentales y películas. Y este comentario viene en relación con una película que pude disfrutar hace pocas semanas en esta cadena y que vale la pena destacar pues no es una película cualquiera, lo cual habla del poderío de esta empresa. 

Una película que cuenta como actriz principal a la ya gran Ellen Page, esta actriz canadiense que actualmente tiene 31 años, pero que mantiene su eterna cara y cuerpo de adolescente, por lo que no es de extrañar que ya forme parte de la familia de Cine y Pediatría. Aunque comenzó a actuar muy joven, lo cierto es que su primera sorprendente actuación fue la de una adolescente de 14 años llamada Hayle Stark y que nos aparece como nuestra caperucita del siglo XXI en la película Hard Candy (David Slade, 2005), toda una declaración de intenciones frente a la pederastia y el grooming. Pero alcanzaría su cima como esa adolescente de 16 años llamada Juno MacGuff que queda involuntariamente embarazada en la película Juno (Jason Reitman, 2007), una obra que se atreve a debatir sobre el embarazo no deseado y que fue capaz de incomodar tanto a las comunidades Pro vida como Pro elección. 

Y es en el año 2016 cuando Netflix distribuye la película Tallulah, escrita y dirigida por Sian Heder, quien fuera escritora de las tres primeras temporadas de Orange is The New Black, también emitida por Netflix. Y aquí en es donde Ellen Page interpreta magistralmente a Tallulah o Lu, una joven vagabunda que vive en una camioneta y está muy orgullosa de llevar una vida austera pero independiente, que pretende estar fuera del sistema, y que sobrevive como espíritu libre a partir de buscarse la vida, incluyendo hurtos o pequeñas estafas. Pero en realidad Tallulah es la historia de tres mujeres cuyas vidas se entrecruzan a través de un lactante, y con ello se abre una ventana para mostrarnos los diferentes instintos maternales. Y es así como se explora la historia de cada una de las mujeres, quiénes son y qué cosas las llevaron a ser esas que son. 

Tallulah, en un momento no fácil de su vida, se hace pasar por trabajadora del personal de un hotel. Allí conoce por casualidad a Carolyn (Tammy Blanchard), una insatisfecha e insegura madre de Beverly Hills más preocupada de sí misma y de que su marido no la abandone que de su propia hija de un año, más preocupada en su aspecto físico y en la bebida para olvidar que en cuidar y alimentar a la pequeña. Carolyn pide a Tallulah que le cuide a su bebé una noche que tiene que salir, pero ante la situación tan paradójicamente dramática que observa, nuestra protagonista decide llevarse a la pequeña lejos de aquella irresponsable madre (que cualquier trabajador social le hubiera quitado la patria potestad por negligente). Y ante la falta de posibilidades de sustento, Lu acude a Margo (Allison Janney), la madre de su exnovio, con el fin de que le preste la ayuda y el dinero que necesita, y para ello continua con la mentira: “Es que estoy descubriendo lo que es ser madre yo sola”. Margo llega a creerse la abuela de la niña y acepta acogerles a ambos en su casa, y a encariñarse de ambas, y ello llega a mitigar su soledad de mujer abandonada (por su esposo, que se fue a vivir con otro hombre cuando descubrió que era gay, y por su hijo, que decidió salir del hogar y de la presión familiar porque no la soportaba), lo cual ya intentaba también con la paradoja de su propia profesión: escribe libros sobre la unidad familiar. Y una relación que comenzó con desconfianza, comienza a normalizarse y hasta llega a provocar la sonrisa en Margo cuando Tallulah le realiza confesiones como ésta: “Todos moriremos. Es supertriste”; o cuando todos entendemos algo más de su forma de proceder cuando Tallulah acaba confesándole que fue abandonada por su madre a los seis años… Pero ella acaba adquiriendo un gran sentido de la responsabilidad por el cuidado de la niña, y cuando acude con ella enferma a un hospital oímos algo que en temas sanidad no puede dejarnos indiferente: "Tendrá que verle un médico de familia. El de urgencias tiene que pagarlo..." (bendita sanidad USA, para que nos quejemos de la española). 

Tras la búsqueda policial de la niña por secuestro, confirmamos la inestabilidad emocional de Carolyn, la madre biológica: "Esperé y esperé a que despertara mi sentido de la maternidad, pero no ocurrió... ¿no soy una persona horrible?"“Mi marido ya me considera una madre horrible… “. Y tras resolverse todo, es posible que todos los personajes se hayan dado cuenta de que lo que realmente importa es la familia. Porque en última instancia, independientemente de esta melodramática historia, el interés de la película reside en la incansable búsqueda de tres mujeres atravesadas por diferentes tipos de soledad, vacío y frustración. Las tres protagonistas (Tallulah, Carolyn y Margo) recorren procesos disímiles que terminan por desembocar en inevitables puntos de contacto que funcionan como espejos en donde se ven reflejadas de una forma u otra. 

Porque Tallulah nos lanza una pregunta: ¿de qué trata la maternidad? Y la propia película nos muestra un resquicio de varias maternidades: la de la madre ausente de la vida de su hijo adulto (Margo); la de la madre no responsable que no valoró bien las consecuencias de dar a luz una nueva vida (Carolyn); y la de la madre accidental (Tallulah). Y Margo, Carolyn y Tallulah encontrarán en sí mismas el significado de la maternidad para cada una, un lazo que, al mismo tiempo, las une y separa. Diferentes instintos maternales que nunca debieran dejar de atesorar dos premisas: amor y entrega.  

Y hoy recordamos con agrado que esta película, puro estilo indie, nace de la factoría Netflix. Bienvenida sea… Y aún intentamos buscar respuesta al significado de la escena final, con Margo gravitando y agarrándose a la rama de un árbol. 

 

sábado, 12 de marzo de 2016

Cine y Pediatría (322). De “La habitación” al mundo real


Aún tenemos el recuerdo reciente de los últimos Oscar de la Academia, donde los galardones han sido muy repartidos, pero con tres películas destacadas en el ranking de premiadas: 6 Oscar para Mad Max: Furia en la carretera (George Miller, 2015), todos de carácter técnico; 3 para El renacido (Alejandro González Iñárritu, 2015), premios con sabor mexicano (Mejor director para Iñárritu y Mejor fotografía para Emmanuel Lubezski, el primero en la historia en conseguir tres Oscar en tres años consecutivos) y con una deuda saldada con Leonardo di Caprio (quien a la quinta consiguió el Oscar a Mejor actor); y 2 para Spotlight (Tom McCarthy, 2015), incluyendo Mejor película y Mejor guión original.

Los principales premios se repartían entre estas tres películas, salvo uno mayor, el Oscar a Mejor actriz que recaía sobre la joven Brie Larson en la película quizás más sorprendente de esta edición, La habitación (Lenny Abrahamson, 2015). No es la primera vez que hablamos de Brie Larson en Cine y Pediatría. Nos sorprendió y sorprendió en Sundance hace unos años con su interpretación en Las vidas de Grace (Destin Cretton, 2013), una película terapéutica y casi catártica donde esta joven actriz nos presentaba con maestría las dos vidas de Grace en continuo conflicto. Y ahora reaparece en olor de multitudes, venciendo en la terna por el premio a actrices de la talla de Cate Blanchett en Carol (Todd Haynes, 2015), Jennifer Lawrence en Joy (David O. Russell, 2015), Charlotte Rampling en 45 años (Andrew Haigh, 2015) o Saoirse Ronan en Brooklyn (John Crowley, 2015), la que fuera la adolescente asesinada de Lovely Bones (Peter Jackson, 2009). 

Todo parte de la novela de Emma Donoghue del año 2010, "Room", drama que toma como punto de partida el asombroso relato de una de las víctimas del monstruo de Amstetten (el caso de la austriaca Elizabeth Fritzl, que permaneció encerrada en un sótano subterráneo durante 24 años por iniciativa de su padre), conmovedor y tenso drama, en una historia llena de imaginación sobre la cautividad y la libertad pero, sobre todo, sobre el incondicional amor maternal y los lazos familiares, inquebrantables hasta en las circunstancias más extremas. La autora, debido al éxito editorial, se atreve a adaptarse a sí mismo para el cine, algo anecdótico cuando no se tiene experiencia en este campo. Y lo hace sin complejos y fue ella misma quien seleccionó al irlandés Lenny Abrahamson como director de este drama. El resultado es una de las películas del año, que algunos definen como un híbrido de thriller y cuento de hadas que reflexiona sobre la ambigüedad de los conceptos “cautiverio” y “libertad”, y que cuaja como ingeniosa metáfora sobre las relaciones madre-hijo en las circunstancias más hostiles imaginables, cebo narrativo para atrapar al respetable en la red de una de las historias más perturbadoras vistas en una sala de cine en bastante tiempo. Una película que se sustenta en dos partes y en dos actores. 

Los dos actores son la ya citada Brie Larson en el papel de Joey, y el niño de 5 años Jack Tremblay, en el papel de Jack, en un papel tan espectacular que es difícil imaginar que no haya sido nominado al Oscar a Mejor Actor (y que a buen seguro hubiera podido haber arrebatado el premio final al mismísimo Di Caprio de encontrarse en esa tesitura el jurado, pues ha sido una de las interpretaciones más aplaudidas de este año). Y las dos partes se distribuyen en la primera mitad de la película, cuyo escenario es una reducida habitación (una parte absolutamente magistral y rompedora), y la segunda mitad de la película cuando regresan al mundo habitual (válida, pero mucho más convencional). Y es así como La habitación funciona peor en la luz que en la sombra, pues para muchos críticos el primer acto se cuenta entre lo mejor del cine del último curso. 

Como cualquier madre, Joey se dedica enteramente al cuidado de su hijo Jack, pero lo hace en un lugar que enseguida nos sorprende y nos descoloca, pues viven en un cubículo de tres metros cuadrados donde cohabitan cocina, cama, televisión, bañera, retrete y armario (que resulta ser la cama del niño). No hay ventanas y solo un pequeña claraboya en el techo permite ver un mínimo de luz. A este lugar tan particular Ma (que es como Jack llama a su madre) le ha llamado eufemísticamente 'La habitación', pero no se puede salir de allí, pues está custodiada por una puerta blindada que solo se abre por un código secreto, código que solo conoce el viejo Nick (Sean Bridgers). Dentro de esa habitación, Ma ha creado todo un universo para su hijo, un universo rodeado de rutinas estrictas que hacen que los días pasen con la más aparente normalidad, y donde Jack sea capaz de vivir una vida completa y satisfactoria, allí donde el pelo largo le da toda su "forzudez"
En algún momento Ma confiesa a su hijo que el mundo real no es ese, el único que Jack ha conocido, pues ha nacido allí y ese es su único mundo, donde las personas y animales solo existen en la pequeña tele que hay en la habitación. "¿Recuerdas como Alicia no estaba siempre en el país de las maravillas?... Pero yo no siempre estuve en la Habitación, como Alicia. Yo era una chica pequeña llamada Joey. Y yo estaba en una casa, con mi madre y mi padre. Tú los llamarías abuela y abuelo...Tenía un patio, y teníamos una hamaca. Solíamos balancearnos en la hamaca y comer helado... Una casa real, no televisión. ¿Me estás escuchando? Cuando era un poco mayor, cuando tenía 17, Iba caminando para casa... Tú aún estabas en el cielo…. Un hombre me hizo creer que su perro estaba enfermo... El viejo Nick, así le llamamos. No sé su verdadero nombre… Me hizo creer que su perro estaba enfermo.... ¡No, esta historia la tienes que escuchar! Me metió en el cobertizo de su jardín. Aquí, Habitación es el cobertizo. Cerró la puerta y él es el único que sabe la combinación. ¿Sabes? Los números secretos que abren la puerta. Él es el único que los sabe y he estado encerrada aquí por 7 años. He estado aquí por siete años, ¿entiendes?". Y la conversación entre madre e hijo nos hace reflexionar sobre los límites de la realidad cuando Ma le dice: "¡Jack! No pude explicártelo antes porque eras muy pequeño para entenderlo, así que me tuve que inventar una historia pero… Pero ahora estoy haciendo lo contrario de mentir, estoy desmintiendo. Porque ya tienes 5 años. Tienes cinco y ya eres grande para entender como es el mundo. ¡Tienes que entender! No podemos seguir viviendo así, tienes que ayudarme". Y su hijo le contesta: "Quiero volver a tener 4". 

Tras un arriesgado plan, consiguen escapar, y ahora tendrán que enfrentarse cara a cara con algo que puede ser más espantoso todavía: el mundo real, donde han perdido los referentes y la aparente seguridad que les daba (sobre todo a Jack) la habitación. Todo sucede deprisa en un mundo hostil para Jack: la policía, la habitación de un hospital, el encuentro con los abuelos (papeles para Joan Allen y William H. Macy en lo que es su tercera colaboración juntos, después de protagonizar En busca de Boby Fisher -Steven Zaillian, 1993- y Pleasantville - Gary Ross, 1998 -). Y en su cabeza muchos pensamientos: "He estado en el mundo por 37 horas. He visto panqueques y escaleras. Y aves, y ventanas y cientos de coches. Nubes, policías y doctores. A abuela y a abuelo. Pero Má dice que ya no viven en la casa con la hamaca. Abuela vive con su amigo Leo ahora. Y abuelo vive muy lejos. He visto a personas con caras diferentes, Y muchas personas hablando a la misma vez. El mundo es como un planeta TV, todo al mismo tiempo. Así que no se hacia dónde mirar y que escuchar. Hay puertas y más puertas. Y detrás de cada puerta hay algo dentro. Y otras salidas. Y las cosas pasan, pasan y pasan y nunca se detienen. Además... El mundo siempre cambia de brillo y de calor. Y hay gérmenes invisibles flotando por todos lados. Cuando yo era pequeño, sólo sabía cosas pequeñas, pero ahora que tengo 5, lo sé todo"
Porque ahora Jack tiene el mundo, pero no tiene como antes a su madre. Porque las cosas no serán fáciles para su madre ni para él. Y por ello el niño sigue pensando: "Cuando tenía 4 ni sabía que el Mundo existía. Y ahora Má y yo viviremos en él para siempre. Hasta que muramos. Esto es una calle en una ciudad, en un país llamado América. Y la tierra es un planeta azul y verde que siempre gira y no entiendo por qué no nos caemos. Luego está el espacio exterior. Y nadie sabe dónde está el paraíso. Y Má y yo hemos decidido que como no sabemos lo que nos gusta probaremos todo. Hay tantas cosas aquí. Y a veces asusta, pero eso está bien, Por qué aún somos tú y yo"

Y con ello avanzamos hacia un final desconcertante, cuando Jack le pide a su madre el poder ver la habitación donde estaban cautivos. Y ahora se asombra al ver que era un lugar tan pequeño. El niño pasea por el pequeño cobijo desmantelado y realiza una emblemática despedida: "Adiós silla número uno, adiós silla número dos, adiós armario, adiós lavabo, adiós claraboya..."

La habitación es una película especial, difícil de olvidar. La habitación intenta iluminar oscuros rincones del alma humana, porque las cuatro paredes del minúsculo habitáculo simulan las contradicciones del amargo despertar al mundo de los adultos, desde la idílica seguridad del útero materno hacia la vida, y desde el amparo de la coraza maternal hacia un mundo real en el que cruelmente se diluyen y expiran los mitos de la infancia. Porque algo así ocurre cuando pasamos de La habitación al mundo real...

 

jueves, 20 de octubre de 2011

En apoyo a las cooperantes españolas secuestradas


Hoy se cumple una semana del secuestro de dos cooperantes españolas en el campo de refugiados de Dadaab (este de Kenia). Las dos cooperantes ((Montserrat Serra y Blanca Thiebau), que trabajan para la ONG Médicos Sin Fronteras (MSF) al parecer se encuentran en la ciudad costera somalí de Kismayo, feudo de la milicia radical islámica Al Shabab, vinculada a Al Qaeda.
El presidente de MSF en España, José Antonio Bastos, ha vuelto a exigir la liberación inmediata de las dos cooperantes, si bien no se dispone de información veraz sobre su paradero ni sobre la identidad y objetivos de los captores.

El secuestro de una persona siempre provoca gran preocupación. En el caso de que el secuestro se realice sobre personas jóvenes que van a realizar solidariamente una labor de cooperación internacional a un país de África, provoca además indignación. En mi caso, en el de mi familia, los sentimientos son muy diversos: nuestra hija regresó hace 2 meses de Kenia, tras su segundo año de trabajo como cooperante. Y apenas hemos hablado del tema.

Confiemos en la pronta y feliz resolución de esta situación. Por Montserrat y Blanca, por sus familias, porque no se prolongue la agonía y acabe influyendo sobre el deseo de realizar cooperación internacional en las personas.

Las fotos que acompañan esta entrada fueron realizadas este verano por mi hija María en los alrededores de Nairobi. El valor de la sonrisa de un niño africano lo compensa todo. Porque en África los niños sonríen de una forma muy especial.