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sábado, 11 de diciembre de 2021

Cine y Pediatría (622) “Ángeles del sol” y la noche de la prostitución infantil

 

La semana pasada llegó a Cine y Pediatría la primera película portuguesa, puro cine de crítica social, con Listen (Ana Rocha, 2020).  Y hoy seguimos también con la crítica social de la cinematografía en portugués, si bien de un país como Brasil que ya está presente en nuestro proyecto con películas tan potentes como Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, Kátia Lund, 2002),  El año que mis padres se fueron de vacaciones (Cao Hamburger, 2006), Mi planta de naranja lima (Marcos Bernstein, 2012) y  El mundo y el niño (Alê Abreu, 2013).  Todas ellas películas con una interesante reflexión alrededor de las infancias desde varias ópticas. Al igual que la película que hoy nos convoca: Ángeles del sol (Rudi Lagemann, 2006), una dura visión de la prostitución infantil fundamentada en una serie de relatos de prensa y que aquí se centra en la historia de María (Fernanda Carvalho), una niña de 12 años que, después ser vendida por sus padres, se ve envuelta en una red de prostitución infantil en un periplo que va de la selva amazónica a la gran urbe. 

Todo comienza bajo los acordes de una hermosa música clásica de cuerda, mientras un extraño hombre, por nombre Sr. Tadeau, llega a la isla donde María, esa niña de pelo corto, es vendida por sus padres, como antes lo fuera otra hermana. Los padres las venden para que consigan un futuro mejor, pero la realidad es muy otra…y quizás no sean ajeno a ello. Porque escondidas en un camión, María llega con otras adolescentes a la casa de Madame Nazaré: “Estoy aquí para ayudaros”. Tras un baño y nueva ropa, son subastadas a los hombres que acuden a esa casa. Y María e Inés son compradas por el Sr. Lourenzo, quien, tras violarlas, las envían a un club en medio de la selva amazónica. Las primeras lágrimas de María aparecen cuando vislumbra cuál va a ser en realidad su futuro. 

En la pequeña población amazónica de Socorro y en el club de alterne Casa Roja les recibe el encargado, Sr. Saraiva, quien arenga a estas dos chicas: “A partir de hoy tendréis una nueva vida. Tendréis cada una vuestro cuarto. Y más: os alimentaré, os vestiré, os daré medicinas y perfumes. Y todo lo que necesito es que os acostéis con mis clientes. ¿Fácil, verdad?.. Ah, y no tengáis ninguna idea de intentar huir”. Saraiva anuncia por megafonía a la población la llegada de nuevo material, tras lo cual se santigua ante una imagen de la virgen. Y él es el primero en probar ese “material”. Y la posterior escena del pasillo pasando clientes, nos hace sentir sin ver. “Me duele mucho y me siento sucia”, nos dice María entre lágrimas; y deciden huir, pero acaban capturadas tras ser perseguidas con perros de presa, y recibir un brutal castigo que acaba con la vida de Inés y con la inocencia de María. 

Sin otro remedio, María se acopla a la vida en la Casa Roja, donde el proxeneta Saraiva les engatusa con la compra de una televisión para ver fotonovelas o el propio Campeonato de Fútbol (posiblemente el del año de 2002 celebrado en Corea del Sur y Japón, y que ganara Brasil en la final contra Alemania). Y nos parece tan paradójica esa escena donde chicas y clientes cantan ensimismados el himno nacional, ajenos a toda la vergüenza que les rodea. Apenas una sonrisa esboza María en toda la película, pero esta dura poco cuando se entera que una compañera no está enferma de malaria, sino de sida, y la hacen desaparecer. Y está claro que, en este negocio fraudulento y vil, la compra de preservativos no forma parte del propósito su dueño. 

Con la llegada del Sr. Lourenzo al club, el primer comprador y violador de María, nuestra protagonista decide huir de nuevo con la ayuda de su compañera Celeste, con la que comparte uno de los escasos momentos de ternura. Y logra llegar a Río de Janeiro y encontrarse con la Sra. Vera, amiga de Celeste. Pero en realidad es otra madame de la prostitución - quien le dice: “Bienvenida a la Ciudad Maravillosa” – y le cambia el nombre (ahora se llamará Isabella Ferreira do Santos, nombre de una joven fallecida cuyo nombre se encuentran en la lápida del cementerio) y también de look, incluida peluca que tape su pelo corto que a tantos sorprende. Y es así como cambia la selva amazónica por la selva de la gran ciudad, el megáfono del club por las citas de internet de la gran urbe. Por ello, vuelve a huir… 

Y su huida es con destino es a ninguna parte. Y por ello, cuando el camionero que la recoge le pregunta por su nombre, ella responde: “Isabela”. Y aquí, en los créditos finales, aparece este mensaje:Esta película está basada en hechos reales descritos en artículos periodísticos en la prensa brasileña y por organizaciones no gubernamentales. Reportaje publicado por la Secretaría Especial de Derechos Humanos en enero de 2005, denunciando la explotación sexual comercial de niñas y adolescentes de 937 municipios brasileños. Se calcula que 100.00 niñas y adolescentes son actualmente explotadas sexualmente en Brasil”. 

Y por ello, Ángeles del sol es una película que va más allá de la simple crítica cinematográfica y que atesora su valor en el poder de denuncia a la explotación sexual de niñas en Brasil (pero cuyo problema se extiende en toda Latinoamérica). Esta película brasileña quizás no llegue a la contundencia del magnífico film sueco Lilja 4-ever (Lukas Moodysson, 2002), pero si es superior a muchas otras que se han acercado a este peligroso abismo, y en ambos casos sus protagonistas femeninas tienen mucho que ver con ese brillo: Oksana Akinshina en la obra sueca, Fernanda Carvalho en la actual. Porque Ángeles del sol nos sumerge en la terrible noche de la prostitución infantil, un mal que acaece en los cinco continentes y que hace que más de tres millones de menores caigan en redes de prostitución, lacra íntimamente asociada a la pobreza y la orfandad. 

 

sábado, 16 de junio de 2018

Cine y Pediatría (440). “The Florida Project” y ese otro Disneyland


En el año 2009, el británico Danny Boyle nos regaló la película Slumdog Millionaire, en lo que fue un pequeño milagro, pues pocas películas han sido capaces de contar tantas desgracias alrededor de la infancia (pobreza, marginación, delincuencia y prostitución juvenil, maltrato y mafias de niños, etc.) y simular un cuento de hadas en las calles de Mumbai, con un final feliz que despierta una sonrisa y energía positiva. Y en el año 2017, el estadounidense Sean Baker nos sorprende con la película The Florida Project, una nueva joya del indie americano, una obra visualmente única y sencilla, un retrato irónico sobre un barrio chabolista, la residencia de protección oficial The Magic Castle, colindante con el mayor imperio vacacional de Estados Unidos: Disneyland. La pequeña historia veraniega de tres niños que viven rodeados de pobreza, malnutrición, drogas y prostitución – por obra y gracias de sus progenitores -, pero que el director pinta de color toda esta miseria para amortiguar el golpe en el espectador y transmitir algo de alegría de esa infancia maltratada, aunque ellos no lo saben. 

En la primera escena dos niños y una niña de entre 6 y 7 años se dedican a escupir en un coche y a insultar a los adultos en lo que parece un motel barato lleno de colores a las afueras de Orlando (Florida)… Edificios con colores vivos, pero nada habituales: morado, rosa, naranja, amarillo, verde… El lugar recibe el nombre de Magic Castle Hotel y enseguida comprobamos que no es un castillo y tiene poca magia las familias que allí viven. 

Los tres niños son Moonee (espontánea Brooklynn Prince) y Scooty, quienes le hacen un tour guiado por el motel donde viven a su nueva vecina Jancey: "Nadie coge el ascensor porque huele a pis. Aquí vive una que se cree que está casada con Jesús. A este hombre le viene a buscar la policía todo el rato". Y todo ocurre en esos días de verano repleto de juegos, helados y travesuras. Porque cualquier cosa sirve para la travesura, alguna de ellas subida de tono (como quemar unos viejos apartamentos), en estos chicos que viven con poco control familiar en sus familias unifamiliares: en el caso de Moonee vive con una joven y bella madre tatuada, Hally (Bria Vinaite, a quien el director encontró a través de las redes sociales), sin trabajo y que alterna la prostitución ocasional con intentar vender a los turistas perfumes baratos comprados en un supermercado o simplemente con pedirles dinero; en el caso de Scooty su madre trabaja de camarera y Jancey fue acogida por su abuela cuando su madre dio a luz a los 15 años y se quiso deshacer de ella. Mujeres sin demasiada educación, familias sin orden ni concierto, donde no es difícil entender que a sus hijos les acompañe un lenguaje soez y su falta de normas y límites. Todas estas mujeres luchan ante la adversidad mientras crían a sus hijos solas. 

Y así avanza el verano. Y alrededor de sus juegos se intuye en los adultos que les rodean la prostitución, se intuye la pederastia, se intuye algo que no es bueno alrededor de la infancia. Y se intuye de forma sutil, pero agonizante, hasta que llegan a actuar los Servicios Sociales. Porque vemos como Moonee se alimenta de "fast food", golosinas y comida basura, como su madre, convive con el humo de su tabaco y sus porros, y se cuela para desayunar en los hoteles de la zona. Porque Moonee sueña con ir a Disneylandia, pero lo más cerca que ha estado es en este motel barato de colores, y porque lo más parecido que Moonee tiene a un padre es Bobby (contenido Willem Dafoe, nominado al Oscar a Mejor Actor Secundario), el gerente-conserje del motel, un hombre cauto y diligente que está en todo y para todos dentro de un vecindario muy peculiar, tan peculiar como el color de las paredes de sus viviendas. 

Prometía ser un verano inolvidable, donde los niños ríen, se entretienen con lo poco que tienen y dicen tacos más grandes que sus diminutos cuerpos. Son maleducados, deslenguados y adorables granujas que sacan de quicio y revitalizan con su energía a cada inquilino del motel. Porque The Florida Project no es una película coral pese a los muchos personajes que intervienen, sino un relato con dos puntos de vista: el de Moonee, sus travesuras y la relación con su madre, y el de Bobby, el ángel guardián de tan peculiar lugar. 

Y al final, las palabras de Moonee a los agentes de los Servicios Sociales: “¿Por qué dice que me voy con otra familia?... ¿Esos polis se van a llevar a mi mamá?”. Y por ello se escapa en busca de Jancey, a quien dice: “Eres mi mejor amiga y esta puede ser la última vez que te vea”. Y al final las dos niñas, cogidas de la mano, y en un largo travelling que las sigue de espaldas, llegan a Disneyland y cuando vemos el castillo de Cenicienta llega el fundido en negro… y el final. Como si estas niñas huyeran hacia una infancia diferente… 

Sencillamente porque muchas infancias no son como Disneyland. Quizás porque no siempre sus familias son una bella atracción.

 

sábado, 5 de marzo de 2016

Cine y Pediatría (321). "Girlhood", rebeldes de extrarradio y diamantes en el cielo


En el año 2014 un director estadounidense tan especial como Richard Linklater nos regaló la película Boyhood, un canto al poder de la infancia y al poder de lo cotidiano y que fue todo un experimento cinematográfico grabado durante 12 años (la producción más larga en la historia del cine). El subtítulo fue "Momentos de una vida" nos describe las claves de la película.

En ese mismo año 2014, y aprovechando la estela del título, una joven directora francesa tan especial como Céline Sciamma nos regala Girlhood, la película que cierra la trilogía de películas que hablan de la identidad sexual, de la importancia del género en la construcción de uno mismo, de los sentimientos de ambigüedad entre adolescentes y del trastorno que conlleva el hecho de sentirse diferente (las otras dos películas, ya tratadas en Cine y Pediatría, son Lirios de agua -2007- y Tomboy -2011-). El subtítulo "Bande filles", título original en francés, nos describe las claves de la película.

Y es que Céline Sciamma es desde ya un nombre a recordar, pues se ha convertido en la directora que no entiende de géneros, y cuyas obras arrastran la polémica (a favor y en contra). Y de nuevo, se adentra en los conflictos que se crean en la adolescencia femenina y, como ya ocurrió en sus anteriores películas, Sciamma, vuelve a descubrir a actrices gracias a castings con personas desconocidas de los barrios obreros de París. Las protagonistas son Karidja Touré, Assa Sylla, Lindsay Karamoh y Marietou Touré, chicas habituales que pueden ser excepcionales, prototipo de una buena parte de esa juventud francesa que ocupa las ciudades.

Un entrenamiento nocturno en un partido de fútbol americano entre chicas nos da entrada a la película...Todas las jugadoras son de raza negra y tras un fundido en negro y el título Girlhood comienza una película cuya trama gira alrededor de Marieme (Karidja Touré), una chica de 16 años que vive, en el extrarradio de Paris y en plena adolescencia, una vida llena de prohibiciones por su situación familiar (un padre ausente, una madre casi desaparecida -una breve aparición como limpiadora en alguna oficina de La Défense-, un hermano que hace el rol de padre y la maltrata y dos hermanas menores que se cuidan entre ellas), el callejón sin salida que parece ser la escuela y la implacable ley que imponen los chicos en el barrio. Pero empieza una nueva vida al conocer a un banda de chicas de espíritu liberal, lideradas por Lady (Assa Sylla) junto a Adiatou (Lindsay Karamoh) y Fily (Marietou Toure), chicas que pasan el tiempo entre altercados con otras bandas del barrio, excursiones de tiendas por Les Halles de París y noches de risas en hoteles.

Cuando en casa Marieme se guarda en el bolsillo una navaja que estaba lavando y la cámara se separa lentamente de su espalda, el posterior fundido en negro nos dice que algo ha cambiado en ella. Cambia su forma de vestir y su forma de acosar (ha pasado de ser una tímida a una matona), porque para ser aceptada por el grupo abrazará los códigos de la calle donde violencia, amistad y libertad convergen de un modo extraño. También cambia de nombre y ahora adopta el nombre de Vic ( de "victoria"), y con él aparece su frase más repetida: "Hago lo que quiero".

Todas las protagonistas son negras de barrios marginales. Los fundidos en negro entre escenas cada vez se prolongan más, cinco fundidos en negro que son elipsis temporales en la trayectoria vital de nuestra protagonista. Y ese color nos adelanta el devenir... cada vez más oscuro de Marieme/Vic, camino a la prostitución. "No puede ser, no quiero llevar una vida decente", le llega a decir a su novio, cuando éste le propone casarse y normalizar su vida. Y el llanto final nos deja con la duda...

Girlhood es un relato de iniciación que sigue al dedillo el manual del rebelde de extrarradio, pero que no cae en el tópico. Triple salto mortal de una adolescente para poder conquistar su futuro. Porque de nuevo la adolescencia se nos muestra como ese periodo de transición de la vida con el inevitable desconcierto en que uno se debate entre la independencia y el rebaño, ese no fácil camino en el que todo puede confundirse, ideales y práctica, mensaje y actitud, autenticidad y procacidad. Y aquí nos traslada a una historia sobre la humillación y la desesperanza, debido al sometimiento social, familiar y de género al que se ve sometida Mariem/Vic.

Cuatro adolescentes que son cuatro diamantes en negro..., ellas brillan como un diamante como en la canción de Rihanna "Diamonds in the Sky" que interpretan (en una de las escenas que más se recordarán): "Somos bellas como diamantes en el cielo..." Y, posiblemente, así sean las adolescentes... pero como toda joya debe ser muy cuidada: pulida y abrillantada. 

sábado, 5 de julio de 2014

Cine y Pediatría (234). “Mi Idaho privado”, road movie en busca de la identidad


“Narcolepsia: dolencia caracterizada por breves ataques de sueño profundo”. Así comienza la que fue (y es, pues aún resiste el paso del tiempo) una película mítica del cine independiente americano del año 1991, Mi Idaho privado, por obra y gracia de un rebelde como Gus Van Sant y con dos jóvenes promesas e iconos del cine: River Phoenix (quien falleció de sobredosis dos años después en Sunset Boulevard, truncando una prometedora carrera con tan solo 23 años, lo que contribuyó a la mitomanía del actor y de la película) y Keanu Reeves (una promesa hecha realidad, especialmente tras su Neo de la saga Matrix). 

Gus Van Sant nos recibe con una primera imagen: una ruta desolada entre los estados de Idaho y Oregón, y un cielo marca de la casa. Al lado del camino un atractivo joven que intenta encontrar alguna dirección y que pronto descubrimos que se desvanece y entra en un sueño profundo. Así nos presenta a Mike Waters (River Phoenix, papel que le valió la Copa Volpi a mejor actor en Venecia), un joven desarraigado que viaja de ciudad en ciudad en una travesía que lleva el impulso y necesidad de reunir los retazos de su familia, con la intención de buscar a su madre (esa madre que en sueños le mece el pelo y le dice, de forma reiterada: “No te preocupes, todo estará bien”), de crear su propia identidad, de crearse una historia. Y pronto descubrimos a Scott Favor (Keanu Reeves), quien aparenta todo lo contrario: goza de un status social acomodado con una familia estructurada, pero de la que decide huir, buscar su identidad justamente en los espacios desprovistos de toda idea de familia. 

Mike y Scott son dos jóvenes chaperos que acaban vendiendo su cuerpo a hombres en las calles de Portland. Han llegado a esta situación de dos orígenes diferentes: Mike rastrea en sus raíces, obsesionado con la búsqueda de su madre, y Scott huye de su familia, especialmente como muestra de rebeldía ante su padre, el alcalde. Pero ambos mantienen una loca amistad, amistad que Mike transforma en enamoramiento hacia Scott (la escena en que le manifiesta estos sentimientos se ha convertido en una de esas escenas de culto: “Si tuviera una familia normal, y una buena educación, entonces hubiera sido una persona bien integrada”), y que sufre vaivenes en tono de road movie. 

Road movie de culto por diversos lugares, pues ambos emprenden un viaje de búsqueda por los hipnóticos y fascinantes paisajes y carreteras del pacífico norteamericano, y en el camino se ven rodeados por diversas historias y personajes marginales (yonquis, ladrones, vagabundos y toda clase de maleantes). Road movie que se sitúa entre el cine “indie” (ese cine independiente y de autor que aborda una serie de temas que no están en la mira del cine mainstream: homosexualidad, drogas, prostitución, falsedad del sueño americano, decadencia de la familia, soledad, etc.) y el cine “queer” (ese cine radical por su forma de tratar las identidades sexuales, que desafiaban tanto el statu quo heterosexual, como la promoción de imágenes positivas de la homosexualidad que reivindicaba el movimiento LGBT –lesbianas, gays, bisexuales y transexuales-), Mi Idaho Privado se vuelve icónica de una generación, de una forma de vivir, de una actitud: el punk, las drogas, la rebeldía, el vivir a la deriva, el descubrimiento de la sexualidad, pero sobre todo la bandera de la juventud de esta inquietante película que, en general, siempre fue recibida con buenas críticas. 

En Mi Idaho Privado apreciamos varias influencias de las que se sirve su director: por un lado toma elementos de “Enrique IV” de Shakespeare (sobre el que se basa el personaje de Scott) que había combinado sabiamente Orson Welles en Campanadas a Medianoche (1965); por otro, utiliza una historia suya sobre un joven que viaja hasta Europa para buscar a su madre y, finalmente, mezcla todo eso con sus experiencias con una serie de jóvenes callejeros a los que conoció y que utilizó de inspiración para sus personajes. Y, por qué no, reminiscencia a los ambientes tétricos y los temas irreverentes del David Lynch de Terciopelo azul (1986) y Corazón Salvaje (1990). El título de la película proviene de una canción de la banda de new wave y rock alternativo, The B-52's: “Private Idaho”. 

Y es así como Gus Van Sant es uno de esos pocos directores en activo, que pese a tontear de vez en cuando con el cine comercial (Ellas también se deprimen, 1993; Psycho, 1998), sigue siendo un estandarte dentro del cine independiente norteamericano, gracias a sus personales y arriesgadas propuestas fílmicas que muchas veces navegan en los cauces del cine más experimental. Para llegar a ese estatus envidiable, el de Kentucky tuvo que edificar su carrera con tres títulos iniciales como Mala Noche (1985), su ópera prima, Drugstore Cowboy (1989), o la que aquí nos ocupa, Mi Idaho privado (1991), títulos que le valieron el sobrenombre del poeta fílmico del desamparo

En Mi Idaho privado Van Sant hipnotiza al espectador con esos bellos fragmentos de nostalgia de Mike cuando piensa en el hogar y su madre, sorprende con esas portadas de las revistas gay que cobran vida, o inquieta con la manera en que filma las escenas de sexo, expresiones del acto sexual sin movimiento. Detalles que ponen en evidencia la irrefutable capacidad creativa de Van Sant para lograr imponer un estilo visual propio, algo que es una constante en su cine, como lo es también el uso de personajes marginales y desraizados en su etapa adolescente que pueblan sus fotogramas. De hecho, nuestra próxima entrega de Cine y Pediatría versará sobre la adolescencia según Gus Van Sant.

Porque la película empieza con Mike Waters en una extensa carretera y termina en otra carretera similar, carreteras que sirven para señalar ese camino que rastrea el personaje para pasar de la adolescencia a la edad adulta, esa road movie en busca de la identidad (personal, sexual y familiar). Y lo hace con una bella y poética película en ocasiones, con parajes ensoñadores, pero también con imágenes menos poéticas, y que son el reverso amargo de la vida de sus protagonistas, en ese viaje casi metafísico que sufren sus personajes.
“Soy un conocedor de rutas y pruebo las rutas, toda mi vida. Esta ruta que nunca acaba. Y probablemente va alrededor de todo el mundo”. Un nuevo ataque de narcolepsia y su cuerpo tendido en una interminable y recta carretera en la llanura casi desértica de Idaho… con el cielo y las nubes por testigo. The end.

 

sábado, 5 de abril de 2014

Cine y Pediatría (221). “Joven y bonita”…, la sexualidad de una adolescente en cuatro estaciones


François Ozon tiene la firma de "enfant terrible" del cine francés, prolífico con 36 películas (entre corto y largos) a sus espaldas, en la mayoría también como guionista. Un cineasta que se mueve en los extremos, pasa con naturalidad de lo artificioso a lo simbólico, de la comedia al melodrama, de envolturas brillantes a puestas en escena austeras. 
No dejó indiferente su debut en el largometraje con Sit Com (1998), en Gotas de agua sobre piedras calientes (1999) adapta a Fassbinder, autor con el comparte su pasión por los personajes femeninos, en Bajo la arena (2000) comenzó su colaboración con su actriz fetiche (Charlot Rampling), en 8 mujeres (2001) supuso un antes y un después en su carrera, un cóctel explosivo con las divas del cine francés, y en la magnética En la casa (2012) se rodeó de premios, incluido la Concha de Oro a la mejor película. 

François Ozon no teme arriesgar y destaca por su habilidad para deconstruir y construir géneros, por un cine lleno de personas con pasiones y relaciones complejas, por sus finales sorpresa, por el buen uso de la música y las canciones, por la doble moral y el gusto por la familia, así como una mirada fresca y liberada de la sexualidad. Con este cóctel, acaba de estrena su última obra, Joven y bonita (2013), que no es ésta su mejor película, pero si deja ese halo de emociones perturbadoras y de preguntas por responder. Porque le gusta romper tabúes, desenmascarar la hipocresía burguesa y, siempre, y de alguna forma, reclama el matriarcado. 

Porque Joven y bonita es una propuesta arriesgada por el tema que trata (la prostitución y la adolescencia) y la forma en que lo hace (con el recato necesario, pero sin tapujos). Y para ello se vale de cuatro elementos clave en su filmografía: el regreso al mundo femenino de Ozon (con 8 mujeres como paradigma), el volver a hablar de la adolescencia (después de trabajar con actores jóvenes en el rodaje de En la casa), el tener la inspiración de claros referentes (algunos consideran que esta película es una versión adolescente de la lejana Belle de Jour de Luis Buñuel -1967-, aunque otros no dejan de recordar retazos de la más cercana The Girlfriend Experience de Steven Soderbergh -2009-, pero lo que es indudable es que el principio de la película es puro Eric Rohmer) y el seguir contando con su actriz fetiche (aunque sea para que Charlot Rampling haga una aparición esporádica al final de la película). 

La adolescencia es una etapa de grandes cambios físicos, psicológicos y sociales, y también señala el inicio del despertar sexual. Isabelle (Marine Vacth) es una hermosa joven de 17 años de familia burguesa que lo tiene todo y está protegida: una buena posición económica, familia, amigos y un enorme futuro por delante. Tras sus primeras experiencias, quizás el sexo, quizás el placer, quizás la sensación de dominio sobre el hombre la empujan a introducirse en la prostitución de lujo. Estudiante de día, prostituta de noche...dos caras de una misma mujer que disfruta con su cuerpo, aunque parece que no le interesa el sexo, quizás tampoco necesita el dinero, pero cada vez más se engancha a sus encuentros clandestinos, en una perversa búsqueda de la humillación. No sabemos qué piensa, no sabemos por qué lo hace, no es lógico lo que hace, pero lo hace por ese deseo de experimentar… en el filo del peligro, una característica demasiado constante en la adolescencia. 

“Lo que me gustaba era concertar citas. Chatear por internet, hablar por teléfono, escuchar voces, imaginar cosas. Y luego acudir, descubrir el hotel, no saber con quién me iba a encontrar…”, nos dice la protagonista. Y el director confirma sobre la actriz protagonista: "Lo que me gusto de Marine Vatch es que es una chica misteriosa, es misteriosa en la vida real. Cuando la ves da esa impresión de misterio, lo que era perfecto para la película. El espectador va a notar su misterio". Porque esta joven modelo realiza en esta película su primer papel protagonista y, a buen seguro que lo hace con nota, como se fue el hecho de que su complejo papel le valiera una nominación al Cesar a la Mejor Actriz en 2014. 

Joven y bonita se estructura en cuatro estaciones y cuatro canciones clave (aunque en la banda sonora hay 13 canciones de distintos autores, pero destacan varias de Philippe Rombi y de Françoise Hardy), elementos para relatar la historia de Isabelle y su universo personal: el despertar del primer amor del verano en las vacaciones familiares junto al mar; la sorprende doble vida del otoño, con ese fundido en negro inicial que nos presenta a una Isabelle recorriendo los pasillos de un hotel hacia un destino sorprendente; el invierno y esa forma de llegar a integrar ser hija, hermana y estudiante, pero prostituta de lujo por las tardes de lunes a viernes,… hasta el suceso trágico y la declaración de la policía a su madre: “Su hija lleva una doble vida. Su hija se prostituye”; y la redención (o no) de la primavera, pues nuestra adolescente protagonista sigue mostrándose como un delicioso enigma, distante, tanto como el final propuesto a esta historia. 

Como en muchos trabajos de su Ozon, el director parece renunciar al relato psicológico y, sin embargo, siembra mensajes (las canciones de Françoise Hardy, el poema de Rimbaud), pistas (el padre ausente) e hipótesis (la necesidad de experimentar, la búsqueda de la independencia y el poder, la venganza contra el mundo adulto…) que apuntan, con timidez e indecisión, a todo ese entramado de causas y efectos cuyas conexiones no siempre encajan. Aún así, Joven y bonita genera debate y reflexión, lo cual no es sencillo de encontrar en el cine actual, pero aquí se nos muestra una visión entre lo visible y lo invisible con el buen sentir del cine francés (generalmente en estado de gracia), una visión arriesgada (pero no imposible) de la compleja sexualidad en el complejo mundo de los adolescentes, una sexualidad que abarca las cuatro (y más) estaciones.. 

Vuestra es la decisión de verla o no, pero si lo vais a hacer (como siempre) no dejéis de hacerlo en versión original (subtitulada). De esa forma toda película es más joven y más bonita…

 

sábado, 25 de enero de 2014

Cine y Pediatría (211). “Sombras del tiempo” para el trabajo infantil


Florian Gallenderger es un director alemán que se trasladó a la India durante más de año y medio para investigar las costumbres y la magia del país y dar forma, con un guión propio y su dirección, a una emotiva película de amor a través del tiempo y en la que subyace un retrato arquetípico del trabajo en la infancia, una historia concebida como la condena del miedo y la indecisión. 
Y es así como este director alemán se viste de Hollywood en la película Sombras del tiempo (2004), al igual que lo hiciera, posteriormente, el británico Danny Boyle en Slumdog Millionaire (2009). En ambas películas ambientadas en India se narran historias de amor desde la infancia con la denuncia a distintas formas del maltrato de los niños como mar de fondo. Pocas películas como Slumdog Millionaire han sido capaces de contar tantas desgracias alrededor de la infancia (pobreza, marginación, delincuencia y prostitución juvenil, maltrato y mafias de niños, etc.) y simular un cuento de hadas en las calles de Mumbai. Algo similar ocurre en Sombras del tiempo, película que nos regala una cálida fotografía (donde Jurgen Jürges confiere un sello inconfundible con los colores de la India, desde sus saris a sus alfombras, desde sus templos a sus fábricas), un cuidado diseño de producción (para reproducir tanto las condiciones de trabajo inhumanas como la degradación moral del país o el progreso socioeconómico de un pueblo que estrenaba independencia) y una música apropiada (una banda sonora emocional a cargo de las eficaces e insistentes partituras de Gert Wilden Jr), junto con una dirección que utiliza la prosa narrativa, en donde, quizás, la trama adolece de prevalecer más el romance que la crítica social (principalmente patente en la primera mitad de la película). 

De nuevo se recoge el decadente clima social y moral de la India colonial Y allí nos traslada Florian Gallenberger para recordar, a partir de su escena inicial, como un Ravi anciano regresa a la fábrica de tejidos y alfombras para rememorar sus lejanos recuerdos del Ravi niño (Sekandar Awarval y Prashant Narayanan de hombre) y los tiempos en que trabajaba en condiciones de explotación en dicha fábrica de Calcuta. Allí conoció a la niña Masha (Tumpa Das y Tannishtlla Cahtlriee de mujer) y se enamoró de ella hasta el punto de establecer promesas de amor eterno, si bien el destino cruel complicará la vida de estos dos enamorados hasta convertir los vivos colores de sus tejidos en tonos grises apagados por el infortunio. Porque este Ravi niño sabe que el dinero fija la línea entre ser libre y ser un esclavo, y trata de llegar lo más alto posible en el trabajo: comienza como un simple peón y tratará de llegar a ser el mejor urdidor de alfombras, para cumplir su deseo de abandonar aquel lugar. La desgracia viene cuando averigua que el encargado se dispone a vender a Masha a un proxeneta para que ejerza como prostituta. Es entonces cuando invierte todo su dinero para comprar la libertad de la chica, que le promete esperarle todas las noches de luna llena en el templo de la ciudad, dedicado a Shiva. 

Una historia de amor imposible en la que Gallenberger juega con los contrastes para potenciar la sensación de fragilidad del amor y de fugacidad de la felicidad, pero en donde el cruel mensaje que subyace es un mundo de abusos infantiles y atropellos en el que se negocia con la mano de obra infantil, la pobreza o el sexo. Y donde el dios Shiva parece empeñado en poner palos a la rueda del amor a los enamorados en una lucha contra el destino a la luz de la luna. Y así es como Masha le dice a Ravi: “No hay nada que puedas cambiar. Ni el pasado, ni posiblemente el futuro”

Sea como sea, de nuevo nos enfrentamos a un retrato arquetípico de la esclavitud infantil. Porque Ravi y Masha son esclavos sin remedio en la región india de Bengala por el año 1943, donde las clases más bajas tienen casi la misma situación que los presos. Por aquel entonces, en el país manda Gran Bretaña y los niños son mano de obra sin gastos, muchas veces su única paga es la comida. Masha y Ravi son dos niños pequeños explotados que trabajaban juntos en la fábrica de alfombras y en donde el destino y la vida se encargará de decidir lo que será de sus vidas. 

Pero Masha y Ravi son el fiel reflejo de una realidad muy cruel que afecta a más de 200 millones de niños mayores de 5 años de edad, problema que se concentra principalmente en Asia, África Subsahariana y América Latina. Un Objetivo de Desarrollo del Milenio incumplido y que duele sobremanera, porque uno de cada seis niños del planeta está obligado a ganarse la vida con el trabajo

Porque el trabajo infantil es una lacra en el mundo, una lacra que en demasiadas ocasiones va asociada a otros males mayores, como la prostitución infantil y el abuso de poder. Niños de la calle o en situaciones sociales marginales o límites, no sólo en la India, sino en cualquier país del mundo, como ya hemos denunciado en “Cine y Pediatría” desde Perú (La espalda del mundo de Javier Corcuera, 2000), Argentina (El Polaquito de Juan Carlos Desanzo, 2003), o Paraguay (7 cajas de Juan Carlos Maneglia y Tana Schémbori, 2011). Hoy cambiamos de continente, pero todo sigue igual. Hoy es la India, pero está a nuestro alrededor, de forma directa o indirecta. 

Porque el trabajo infantil sí que es una sombra del tiempo...

 

sábado, 13 de julio de 2013

Cine y Pediatría (183). “El Polaquito”, un Oliver Twist a ritmo de tango


La película de hoy es una historia verdadera, una historia perfectamente documentada por periódicos y publicaciones de Argentina. La historia de un chico de la calle, tiene tan sólo 13 años y se gana la vida cantando tangos en los trenes de la Estación Central de Buenos Aires. Imita a un famoso cantante de tangos argentinos ("Polaco" Goyeneche), por lo que la gente le conoce como el Polaquito. Juan Carlos Desanzo, experimentado director de cine, guionista y director de fotografía argentino, se fundamentó en esta historia real para crear una de las películas de mayor impacto en el continente suramericano en 2003 y por el que obtuvo el reconocimiento de la crítica y premios en muchos festivales del continente americano (entre ellos el Cóndor de Plata a mejor actriz y mejor fotografía): El Polaquito.

Es la historia del Polaquito (Abel Ayala, en un magnífico debut como intérprete, consolidado en el 2009 en El baile de la victoria de Fernando Trueba), un chico de la calle de 13 años que conoce a Pelu (Marina Glezer, joven actriz con experiencia, pero que se consolidó también el año 2004 con Diarios de motocicleta de Walter Salles), una joven prostituta de 16 años que también trabaja en la estación, de la cual se enamora y a la que intenta rescatar de la mafia que la explota. La historia se cierra con otros dos personajes principales: Vieja (Fernando Roa), el amigo ratero que le lleva por caminos de delincuencia no deseados, y Rengo (Roly Serrano), siniestro personaje, adulto cojo y líder de la mafia, quien, en connivencia con la policía de la estación, promueve la prostitución de las jóvenes adolescentes y la delincuencia de los chicos.

En este ambiente hostil, el Polaquito intentará luchar a favor del amor que siente por Pelu, pero el mal que le rodea es superior a sus buenas intenciones: una ambiente social y una familia disfuncionales a los que no le es permitido renunciar (un padre alcohólico, una madre maltratada y una hermana prostituta). Sus espacios son la gran estación ferroviaria y un vagón destartalado que le sirve de vivienda. Su paso por un reformatorio lo enfrenta a seres tan desdichados como él, aunque la calidez que le da su relación con Pelu pudiera ser la tabla de salvación de este adolescente y, quizás, su única posibilidad de salida.

Un drama romántico con grandes dosis de denuncia y que logra tocar la sensibilidad del espectador. Como logró tocar la fibra de Juan Carlos Desanzo, quien tardó casi 10 años en escribir el guion de la historia del Polaquito, la Pelu, el Vieja y el Rengo. Una historia que narra la dura vida de un niño de la calle que intenta salir adelante, vencer el bien sobre el mal. Y así El Polaquito se nos presenta como un Oliver Twist del siglo XXI a ritmo de tango, y nos devuelve una visión descarnada del hampa bonaerense.

Y para ello Desanzo se lanzó a la búsqueda de artistas por centros de acogida, reformatorios y zonas de chabolas, con el fin de contar un drama de desarraigo con tintes autobiográficos. Así, Abel Ayala, el actor que da vida al Polaquito, no ha conocido a su padre ni a su madre. Lo crió su abuela y a los 10 años se escapó de casa para vender chucherías en la Estación Central de Buenos Aires. En 2003, Juan Carlos Desanzo, contó con él para ser el protagonista principal de la película y entonces es cuando nos regala una de esas interpretaciones inolvidables.

El propio director nos comenta que "Muchos niños y adolescentes deambulan sin rumbo por las calles porteñas con la sombra de trágicos destinos. Ellos pasan a nuestro lado con su carga de dolor, intentan recolectar entre humillaciones y vergüenza alguna moneda que les permita sobrevivir en un micromundo que los ignora o recorren una amplia gama de lugares de la ciudad con el pretexto de ofrecer las mercaderías más insólitas, incluso su voz o su cuerpo". Porque los chicos de la calle son los hijos de nadie: trabajo infantil, prostitución y abuso de poder. Porque la historia del Polaquito, lleva al cine una historia más de esas que lamentablemente vemos por la calle, o en la televisión o en los diarios. Y, claro está, no sólo en Buenos Aires.

Las necesidades humanas se encuentran en una pirámide de cinco escalones. En el inferior se localizan las necesidades fisiológicas (salud, comida, etc.). El segundo escalón son las necesidades de seguridad (justicia, educación, vivienda, etc.). El tercero son de pertenencia y afecto, éstas que sirven para ser más seguros de uno mismo. El cuarto escalón de la pirámide pertenece a la estima y autorealización como persona. Y en la cúspide podemos situar la necesidad de ser mejores y la el crecimiento personal. Como claramente refleja la película, los adolescentes que se nos presentan apenas pueden pisar alguno de esos escalones, y casi de soslayo. Y así, de nuevo, el cine es un reflejo de la sociedad, de sus crisis y de su tiempo, el cine se transforma en un elemento de denuncia, de emoción y de reflexión.

Porque uno de los signos de marginalidad social más preocupantes de un ciudad es la presencia de niños o adolescentes que mendigan en la vía pública. La historia de la mayoría de estos “niños de la calle” empieza en una familia en la cual han estado ausentes las figuras materna y paterna, de hogares sumergidos en la extrema pobreza y con deterioro afectivo. Cuando se analizan las causas profundas que impulsan a un menor a escapar de su casa no se debe caer en que los únicos factores que influencia son los socioeconómicos, sino que incluye también motivaciones afectivas, socioculturales y éticas a las que es imprescindible prestar atención.

Por ello, El Polaquito nos devuelve la cara menos amable de Buenos Aires y nos habla de trabajo infantil y explotación, de pobreza y delincuencia, de drogadicción y prostitución infantil, de abuso de poder y de corrupción, de discriminación social y económica. Esa cara trágica de todas las ciudades (más en unas que en otras) y que ha nadie nos gusta ver y reconocer. El Polaquito se transforma así en una cruda radiografía de una verdad que nadie ignora, aunque muchos prefieran mirar hacia otro lado. Un testimonio desgarrador de esos niños y adolescentes, y que en palabras del propio director nos recuerda: "Dentro de mí hay un niño al que durante muchos años dejé solo con sus dolores y sus angustias del pasado, me olvidé de él y lo fui llenando con mis miedos y mis tristezas ocultas".

Desanzo logró un film tan realista como doloroso, tan brutal como cálido. Y para ello ha contado con la buena fotografía de Carlos Torlaschi, la magistral interpretación de sus “chicos de la calle” y la exacta banda musical de Martín Bianchedi. La secuencia final, en la que Pelu se aleja de toda posibilidad de redención a los compases de "Naranjo en flor", entonado por Roberto Goyeneche, es el más estremecedor resumen de esta película que debe verse con el corazón abierto, el pensamiento libre y una profunda capacidad de reflexión. Reflexión que nos golpea con la frase final: “El expediente judicial que investigó la muerte de El Polaquito fue cerrado y archivado como suicidio”.