Mostrando entradas con la etiqueta reformatorios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reformatorios. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de julio de 2016

Cine y Pediatría (341). El "Refugio" equivocado de la vida


"Los reformatorios se proponen desarrollar el espíritu cristiano educando al interno en la fe y fomentando su integridad con todos su dotes naturales al servicio del amor" Guía para los educadores de la antigua diaconía de Freistatt. Basada en hechos reales, rodada en localizaciones originales. Junio 1968. 

Así comienza la película alemana Refugio (Marc Brummund, 2015), opera prima en el largometraje de su director, formado en Psicología, Periodismo y Cine Documental, fraguado en los cortometrajes y anuncios. Porque el cine gusta de extender sus tentáculos a los rincones más olvidados y oscuros de la Historia, y así lo hace Marc Brummund, quien recoge la historia de unos internados de educación cristiana que permanecieron en activo en Alemania Occidental hasta mediados de los setenta, en los que prevalecían la violencia y la represión como formas de aprendizaje. Eran verdaderos santuarios del terror, reformatorios para chicos difíciles, correccional de jóvenes airados nacidos en la posguerra. 

Tal como se nos muestra en la película, estos centros eran concebidos casi como campos de trabajo y centros penitenciarios de alta seguridad, aislados entre fangosos pantanos y en medio de ninguna parte. Porque la película fue grabada en los escenarios naturales gracias a la diaconía de Freistatt. Y es allí donde transcurre el descenso a los infiernos al que se ve abocado Wolfgang (encarnado con credibilidad por Louis Hofmann), uno de esos adolescentes "difíciles", aunque su aparente dificultad realmente era ser un adolescente vital y no aceptar a su padrastro, imagen especular de la que tiene de su bella madre (a la que le une un cierto complejo de Edipo). Y sin más, sin juicio previo, pasa del amor materno de una familia disfuncional (pero, al fin y al cabo, una familia) a la hostilidad de la estricta educación, rallando la vejación y la tortura. Cuando entra en el colegio/reformatorio, la forma que su padrastro idea para apartarlo de la vida familiar, es recibido con este informe de los Servicios Sociales: "Díscolo, desobediente. Seis meses en el reformatorio, fugado tras tres meses. Niega su conducta, miente. No atiende a razones. No quiere mejorar"

Y pasa, cómo no, por la fase de rebelión, aunque algún compañero le sugiere desde el principio: "Aquí hay que hacer lo que mandan o no sobrevives. Sé quien aguantará y quién no". En un principio, disimula en sus cartas: "Querida mamá. No te preocupes. Estoy bien. Aprendo mucho de la fe cristiana. Se ocupan de mi trabajo al aire libre y he hecho muchos amigos. Escribe pronto. Wolfgang". Pero más adelante ya predomina la desesperación sobre el disimulo: "Querida mamá. Sacadme de aquí, por favor. No aguanto más. Nos pegan y nos torturan. A veces lloro hasta que me duermo. Me gustaría volver a casa. No causaré problemas. Te echo mucho de menos. Wolfgang"

Y se desgranan los días y con ellos los sentimientos que surgen a flor de piel entre los internos, entre violencia y casi torturas, entre recelo y amistad, entre traición y solidaridad, entre insumisión y redención. Y allí donde hay un libro de castigos, los niños canta en ocasiones: "Hay una casa en Nueva Orleans a la que llaman el Sol Naciente...". Y aunque nuestros protagonistas intentan huir entre las ciénagas del pantano, pero es imposible, como es casi imposible ya huir de sus vidas

Y así llegamos al final y al epílogo de la cinta: "Hasta los años 70, Freistatt se consideraba uno de los correccionales más severos. Desde 1945 más de 800.000 chicos y chicas pasaron por 3.000 de estos centros de la Iglesia y estado en la República Federal Alemana. El Parlamento alemán no aprobó indemnizaciones hasta 2010. Hoy Freistatt es una organización social moderna con un amplio programa pedagógico para niños y adolescentes"

El cine nos asoma de nuevo a lugares oscuros de la humanidad, muy proclive cuando se mezcla infancia e internados de docencia y religión no humanizada (y donde se pierde el verdadero sentido de la fe, en Dios y en el hombre). Ya nos ocurrió en Cine y Pediatría con otras filmografías, como la película francesa Adiós, muchachos (Louis Malle, 1987), las irlandesas Las hermanas de la Magdalena (Peter Mullan, 2002) o Los niños de San Judas (Aisling Walsh, 2003), la alemana Napola (Dennis Gansel, 2004) o la británica Philomena (Stephen Frears, 2013). 

Reconducir por el buen camino a supuestos jóvenes descarrilados es lo que pretendían este tipo de centros... y casi nunca lo consiguieron. Pretendían ser refugios de la vida, pero la vida es mucho más que un refugio... porque todos buscamos la casa del sol naciente.

 

sábado, 10 de mayo de 2014

Cine y Pediatría (226). “Crónica de un niño solo”, poesía de la soledad


Hoy recuperamos una película que, según una encuesta de críticos, historiadores e investigadores del cine realizada en el 2000 por el Museo Nacional de Cine Argentino, estaba considerada por la mayoría (75%) como la mejor película de la historia del cine argentino. Hablamos de Crónica de un niño solo, una película en blanco y negro del año 1965 con dirección y guión de Leonardo Flavio e interpretada principalmente por niños. 

Leonardo Favio perteneció a ese reducido grupo de artistas del renacimiento: actor, cantante de baladas, escritor y director de cine, sus películas son auténticas joyas de cine de autor que revolucionaron el cine latinoamericano en los años 60 y 70. El cine de Favio se caracteriza por el predominio de la imagen sobre la palabra y una sensibilidad más próxima a la poesía romántica de los grandes autores literarios que al propio lenguaje cinematográfico. Los silencios y las sensaciones imperan sobre la propia historia lo que otorga a su cine un halo de espiritualidad y simbolismo, interesado en provocar en el espectador sensaciones visuales a través de historias de marcado carácter pesimista, con personajes invadidos por la tristeza que despiertan a la vida a través de amores imposibles y sueños inalcanzables, personajes que acaban devastados por la realidad que dinamita ese espejismo de felicidad. 

Crónica de un niño solo fue su ópera prima, en donde Favio materializó en la pantalla sus vivencias infantiles en las que el abandono familiar y la soledad de sus estancias en orfelinatos marcaron su carácter sensible y reflexivo. Fue dedicada a Leopoldo Torre Nilsson, director que le introdujo como actor en el mundo del cine, y ya en aquel momento consiguió el Cóndor de Plata como mejor película y toda una conmoción en el cine del país, en esa época inmersa en un cine independiente conocido como Nuevo Cine Argentino. Crónica de un niño solo, es la primera parte de una trilogía, que continúa Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más... (1966) y termina con El dependiente (1969). 

La película trata sobre Polin (Diego Puente), un niño pobre cuya vida transcurre entre la villa miseria (nombre que se le da en Argentina a los asentamientos informales caracterizados por una densa proliferación de viviendas precarias)  y el reformatorio. La cinta, de gran crudeza y belleza, cuenta con una espectacular fotografía en blanco y negro acompañada de planos técnicamente perfectos de gran realismo. 

La película tiene tres partes diferenciadas. 
- En la primera parte y en la primera secuencia vemos, bajo un impactante plano, a un estricto carcelero pasando revista a un grupo de niños que viven en un intransigente reformatorio para niños delincuentes. Seremos testigos de las experiencias y vejaciones que sufren estos niños sujetos a una férrea disciplina que les impide actuar con la inocencia propia de su edad. Niños con cicatrices no solo físicas, sino afectivas que son obligados a fregar amplios pasillos del correccional y a practicar gimnasia con métodos casi fascistas. Uno de estos niños es Polin, quien se rebela contra este régimen y logra huir hacia la ansiada libertad mediante otra maravillosa escena, filmada con planos largos y pausados, casi sin cortes. 
- La segunda parte comienza con Polín corriendo por las calles en plena libertad en una escena con montaje idéntico a Los cuatrocientos golpes (François Truffaut, 1959). Regresa al barrio donde habitaba, una villa miseria deprimida con familias desestructuradas y extremadamente pobres, verdadero hogar de los perdedores. Posteriormente seremos testigos de la escena icónica de la película: la del baño en el río con un amigo, una secuencia con clara influencia del realismo poético francés al estilo de Una partida de campo (Jean Renoir, 1936) y con escenas nudistas de un naturalismo pocas veces visto en el cine latinoamericano, al estilo de Cero en conducta (Jean Vigó, 1933). En esa escena, la poesía de Favio permite narrar la violación que sufre el amigo de Polín a manos de una jauría de niños desnudos que se encontraban nadando en el mismo río.
- La tercera parte finaliza con Polín regresando a la villa de chabolas para encontrarse con Fabián (interpretado por el propio Favio), un conductor de carruaje solitario y triste como Polín. Tras seguirle los pasos por la noche, Polín descubre que los hombres de la villa hacen cola en una chabola donde habita una prostituta. Polín, intrigado por el goce que escucha en el interior de la casa, busca dinero para perder su virginidad, pero el encuentro con el caballo de Fabián le hace retroceder a la infancia para elegir jugar con el caballo en lugar de con la meretriz. Y aquí una nueva maravillosa escena, y ésta nos recuerda a El Limpiabotas (Vittorio de Sica, 1946), única secuencia de la película en la que nuestro protagonista se comporta como lo que es, un niño, y en la que observamos la cara ilusionada de Polín al juguetear con el caballo. Sin embargo, al final Polín, hundiéndose en la oscuridad de la noche, se aleja junto al policía que lo lleva detenido hacia el reformatorio en dónde adivinamos volverá a crecer en él la única esperanza que cobijó en su corta vida y que no es otra que la de volver a escaparse. Y con ello Favio nos recuerda (recordando su infancia) que los momentos de felicidad e inocencia son cortos en la vida, instantes que, con el paso del tiempo, nunca volverán.

Crónica de un niño solo es una película demoledora a la vez que bella y poética, única por sus imágenes subyugantes y sus silencios, escenas que quedan grabadas a fuego en la memoria del espectador, con marcado tanino cinematográfico por el duradero recuerdo de su visionado y por la experiencia vital de gran carga filosófica: una poesía de la soledad infantil que nos recordará que la pérdida de la inocencia supone el desprendimiento de nuestras ensoñaciones para darnos de bruces con esa realidad que todo arrolla.
Y en esta soledad de la infancia, Favio parece preguntarnos: ¿qué es la infancia?, ¿cómo se construye la infancia?, ¿cómo se define la condición de infancia? Y el director nos propone internamos en la película no para ansiar comprenderla, sino para hacernos sentir la enorme soledad de un ser humano al que le robaron la infancia como a tantos y que nunca tuvo la posibilidad de ser un niño porque nunca tuvo infancia. Porque si admitimos que la infancia es una construcción social, ¿cómo deberíamos definir ésa condición cuando nos encontramos frente a un niño como Polín que es un ser humano que no tiene recuerdos infantiles de caricias hogareñas, de juegos, de deseos y de alegrías?

Y así es como Crónica de un niño solo es la crónica de un niño solo, pero no es la crónica de un solo niño, es la de muchos niños. Niños que no conocen la infancia, niños a los que le roban la infancia, que deambulan de la miseria al reformatorio, niños alejados de una familia. Niños solos y poesía de la soledad.

El cine argentino atesora una interesante filmografía. En Cine y Pediatría hemos recordado unos cuantos ejemplos: El niño que gritó puta (Juan José Campanella, 1991), Kamchatka (Marcelo Piñeyro, 2001),   El polaquito (Juan Carlos Desanzo, 2003), La niña santa (Lucrecia Martel, 2004), XXY (Luisa Puenzo, 2007), Leonera (Pablo Trapero, 2008), El último verano de la boyita (Julia Solomonoff, 2009), Anita (Marcos Carnevale, 2009), La educación prohibida (Juan Vautista, 2012), Infancia clandestina (Benjamín Ávila, 2012), entre otras. Y hoy tenemos el honor de recordar una película que muchos consideran la mejor película de Argentina.

 

sábado, 23 de junio de 2012

Cine y Pediatría (128). “Los niños de San Judas” y los abusos en la educación


Los niños de San Judas se basa en los hechos reales que están contados en la novela “Song for a Raggy Boy” de Patrick Galvin. Narra la historia de un estricto internado católico irlandés de 1939, en donde refleja algunos aspectos negativos de los reformatorios, poniendo especial énfasis en el maltrato a los niños, que incluye los abusos de los religiosos a los menores y los métodos educativos violentos. 

Los niños de San Judas es el segundo largometraje de la directora irlandesa Aisling Walsh (2003), coproducción de Irlanda, Reino Unido, Dinamarca y España (como nota curiosa, Juan José Ballesta, gran protagonista de El bola y de Planta 4ª, actúa en un papel secundario). Parece la versión masculina de otra película realizada también en coproducción entre Irlanda y Reino Unido, prácticamente coetánea: Las hermanas de la Magdalena (Peter Mullan, 2002). Si ésta trataba sobre un cine denuncia ambientado en un colegio-reformatorio de chicas (la fundación de los asilos de la Magdalena en Irlanda) y estaba dirigida por un hombre (el siempre polémico y crítico Peter Mullan), curiosamente, la película que nos ocupa hoy se ambienta en un colegio-reformatorio de chicos y está dirigida por una mujer (Aisling Walsh). Ambas películas tienen bastantes paralelismos y ambas se constituyen en cine denuncia frente al sistema reformatorio escolar de Irlanda, que se prolongó hasta el año 1984. 

En contra de los deseos de los miembros más antiguos de la iglesia, William Franklin (Aidan Quinn) es designado como el único profesor laico en el reformatorio de San Judas, entre un personal de hermanos católicos encabezados por el sádico Prefecto, el Hermano John (Ian Glen). Franklin es un excombatiente de la Guerra Civil Española, quien vive con el recuerdo de la pérdida de su bella novia española durante la contienda, cuando él acudió como voluntario de las Brigadas Internacionales (una foto y un libro sobre poesía española nos lo recuerda). Llega a este colegio-reformatorio con unas ideas progresistas en cuanto a la enseñanza, si bien no será fácil, pues nos encontramos en la Irlanda católica de la primera mitad del siglo XX. Pero frente a los duros métodos utilizados por los profesores religiosos, Franklin trata de construir una relación diferente profesor-alumno: en fuerte contraste con el abuso verbal y físico al que los muchachos están acostumbrados, Franklin trata de construir una amistad con sus alumnos basada en la confianza y logrará ir poniendo en práctica sus métodos educativos con gran aceptación por parte de un alumnado hasta entonces temeroso y escéptico. Él busca sus talentos ocultos, enseñándoles a leer y a apreciar la poesía; especial interés pone en Liam Mercier (John Travers), un muchacho rebelde con excepcional talento, al que intenta ayudar en este desafío. 

En Los niños de San Judas se nos presenta un colegio-reformatorio cuyo alumnado está formado por niños de los denominados “difíciles”, alumnos que en el fondo no tienen más que puesta la coraza ante el trato que reciben fundamentalmente por el sádico Hermano John y los abusos homosexuales del reprimido Hermano Mac (Marc Warren). Brutales escenas cuando el Hermano John golpea con saña con el cinturón a dos hermanos, así como el brutal castigo a Mercier, que le ocasionó la muerte y desencadenó la tragedia. 

El abuso de poder ejercido por algunos miembros de la Iglesia Católica, ya sea en colegios o instituciones-reformatorios que regentaban, ha sido llevado al cine en numerosas ocasiones, las suficientes para llegar a poner en duda el valor de estas instituciones en su labor educativa. Es más fácil las películas proclives a la crítica negativa, como la película española La mala educación (Pedro Almodóvar, 2004) o la estadounidense La duda (John Patrick Shanley, 2008), y excepcionales aquéllas que dan un valor positivo a los educadores religiosos, y un ejemplo podría ser la película chilena Machuca (Andrés Wood, 2004). 

Las películas denuncias son necesarias para luchar contra el abuso en la educación, pero conviene no caer en el sesgo de creer que dichos comportamientos respondían a una calculada y sistemática forma de "educar" de los internados religiosos. En Los niños de San Judas, además, se juega con un extraño paralelismo entre los fascistas contra los que se combatió en España y los profesores fascistoides que regentan el reformatorio irlandés. Los casos aislados de abuso en la educación (sea en colegio religiosos o laicos) deben denunciarse (en el cine y, sobre todo, fuera del cine), pero no pueden enturbiar la realidad: y esto lo digo con conocimiento de causa, pues estudié en un internado con religiosos y los valores positivos que me enseñaron aún me acompañan con fuerza en mi vida. 

Los niños de San Judas aborda la educación de un manera casi especular a Profesor Lazhar (Philippe Falardeau, 2011), la película que comentamos la semana pasada y en la que aún resuena la magnífica reflexión de Lazhar: "Un aula es un lugar para la amistad, el trabajo y la cortesía. Un lugar lleno de vida al que le dedicas tu vida y en el que te dan su vida". Una frase que se debe grabar a fuego, para que nunca se den abusos en la educación.