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sábado, 14 de octubre de 2023

Cine y Pediatría (718) “Mi mejor amigo”, un corte de pelo al conflicto turco-kurdo

 

Las guerras, las malditas guerras, son la punta del iceberg de conflictos políticos, religiosos y culturales entre distintos pueblos y que acompaña a la historia de la humanidad desde siempre. Algunos conflictos se acantonan en el tiempo, pero olvidamos en la distancia, aunque sigan latentes. Este es el caso del conflicto palestino-israelí, que se remonta a principios del siglo XX, pero que se declara la guerra en el año 1948, cuando ocurre la independencia del recién creado estado de Israel, establecido en la tierra de Palestina. Una guerra que ha generado 700.000 refugiados palestinos a los que se les negó aceptar el retorno y que han vivido desde entonces en campamentos de refugiados y ciudades de Líbano, Siria, Jordania, la franja de Gaza y de Cisjordania, entre otros lugares. Y este mes de octubre de 2023 se ha desencadenado de nuevo la guerra tras el ataque sorpresa de Hamas, el movimiento de resistencia islámica. Y por eso vuelve a estar de actualidad un conflicto que, realmente, nunca se ha solucionado. 

Pues algo parecido ocurre con el conflicto turco-kurdo, que se remonta a dos siglos, aunque su fase moderna comienza en 1922, con el surgimiento del nacionalismo kurdo en paralelo con la formación del moderno Estado de Turquía. Los kurdos son un pueblo mayoritariamente musulmán sunita, no árabe, con una lengua relacionada con el persa y que habita en las regiones montañosas fronterizas entre Armenia, Iraq, Irán, Siria y Turquía. Actualmente la mayor parte de los kurdos se encuentran establecidos en el sureste de Turquía, en lo que corresponde a la amplia región de Anatolia, pues este pueblo de origen indoeuropeo se asentó en esta zona en torno al siglo X a.C. y, por tanto, son un pueblo milenario que han sido históricamente perseguidos por los países en los que residen debido a sus ansias independentistas. Considerados el mayor pueblo sin Estado del mundo, los kurdos han sido históricamente perseguidos por los países en los que residen debido a sus ansias independentistas. Y el conflicto turco-kurdo es una guerra civil que exige la independencia del Kurdistán (un territorio repartido entre cinco estados: Irak, Irán, Siria, Armenia y, especialmente, Turquía) y mayores derechos civiles y culturales para los kurdos dentro de la República de Turquía. 

Y esta introducción nos sirve para contextualizar la película turca Mi mejor amigo (Ferit Karahan, 2021), la sencilla y desgarradora epopeya infantil de dos niños huérfanos kurdos en un internado turco aislado en las montañas de Anatolia, una historia de amistad que combina la dureza de su escenario con la ternura de sus protagonistas. Tercer trabajo del director Ferit Karahan, coescrita junto a su esposa Gülistan Acet, un relato con tintes autobiográficos y crítica política. Una historia simple y corta para criticar al sistema educativo turco y a una sociedad adoctrinada en la obediencia y el miedo, y que nos devuelve una mirada retadora, la de ese alumno con el corte de pelo (recordar que el título original en turco, Okul Tiraçi se traduce como “corte de pelo escolar”), que nos mira de frente en la última escena y que nos deja tantas preguntas por contestar, cual Antoine Doinel en Los cuatrocientos golpes (François Truffaut, 1959).  

La primera escena son las duchas colectivas de decenas de chicos en el internado (cómo me resulta de conocido a los que hemos vivido algo así) y sus habitaciones compartidas con varias literas, con los encargados de la disciplina intentando poner orden antes de acostarse. Yusuf (Samet Yildiz) y Memo (Ekin Koç), dos niños de 11 años, duermen en la misma habitación. A la mañana siguiente, Yusuf comprueba que Memo está enfermo y no se puede levantar. No sabe lo que le pasa y Yusuf intenta comunicar ese hecho a sus profesores para que atiendan a su amigo, pero se choca continuamente con distintos obstáculos burocráticos impuestos por las represivas autoridades de la escuela. 

Memo está inconsciente, vomita en una ocasión y no tiene fiebre (dato que se repite continuamente). Y mientras la nieve cae de forma abundante en el crudo invierno de Anatolia, Yusuf consigue llevar en brazos a Memo a algo que llaman enfermería, un lugar frío e inhóspito, sin instrumental ni material y con aspirinas como toda medicación disponible. Mientras tanto se oye arengar al director del centro a los alumnos formados en el patio: “El estado os proporciona un lugar para dormir. Os da de comer. Tenéis un baño semanal. Tenéis dinero en el bolsillo cada mes. ¡Y aún os quejáis! A vuestra edad, nosotros caminábamos 10 Km cada día para ir a la escuela. Y nunca nos quejábamos, El cabello, la forma de vestir, vuestra actitud le dicen inmediatamente a cualquiera, aunque esté a 100 metros, que sois alumnos de esta escuela. Tenéis que ser un ejemplo para el mundo exterior. Hay miles de chicos hay fuera que querrían estar en vuestro lugar. Así que tenéis que comer y acostaros a su hora. Tenéis que trabajar mucho. Tenéis que ser ciudadanos valiosos para la patria, para la nación… ¡Viva nuestro país y nuestra patria!”. 

Pasa el tiempo y Memo sigue sin ser atendido. No logra que nadie detecte la importancia de lo que quiere decir. Mientras, sigue la actividad en las aulas o en el comedor, y confirmamos la estricta disciplina y los malos tratos (las bofetadas de los profesores a los alumnos es una constante), reflejo de un sistema tiránico y opresor. Cuando finalmente profesores y el director del centro acuden a ver a Memo, intentan conocer qué ha podido pasar, y detectan que la noche previa ha sido castigado con bañarse con agua fría cuando la temperatura del exterior marcaba 35 grados bajo cero. Siguen sin saber qué le pasa: no parece un traumatismo, ni una intoxicación, ni una infección (no tiene fiebre, repiten continuamente),… Cuando deciden derivarlo a un hospital, la nieve les impide salir en coche y la ambulancia se demora. Se descubre finalmente la causa por la que Memo está así. Y llega el 112, por fin. Y la última escena regresa de nuevo a las duchas colectivas, con la mirada de ese niño al que le raparon una línea de pelo… 

Es inevitable, al ver esta aparente sencilla película turca, no acordarse del director iraní Abbas Kiarostami, y dos de sus emblemáticas obras: ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), donde también el protagonista es un niño que intenta ayudar a un amigo suyo de la escuela, sin disfrutar de mucha ayuda de los adultos que tiene alrededor; y Los alumnos del curso preparatorio (1984), donde una cámara oculta sigue a un grupo de niños durante su primer día en la escuela y se recuerda especialmente una escena con todos formando en el patio recibiendo los sermones del director. Porque Kiarostami es un elogio a la sencillez con historias de sabor neorrealista, conmovedoras y llenas de lirismo y sutileza. Algo de lo que Ferit Karahan ha tomado buena nota en Mi mejor amigo, pero donde también permite acordarnos de la ética y estética de los hermanos Dardenne, directores belgas que han creado huella en su cine social en películas como Rosetta (1999) o El niño (2005), y que aquí sigue en el transcurso de un día en este internado de la Turquía profunda, con cámara en mano y actores no profesionales.   

Y es que, tras la sencillez cinematográfica, la problemática que presenta Turquía con el pueblo kurdo queda reflejada con maestría por medio de los ojos de los niños. En el propio internado se niegan sus raíces y nuestro propio protagonista sabe el peso que conlleva pertenecer a dicha etnia, porque esconderse para sobrevivir parece ser el mantra que acompaña a este pueblo desde hace mucho tiempo. Y cabe destacar la valentía de este director al tratar este complicado tema con tanta sutileza y tacto, en un país conocido por su férrea censura como es Turquía. Y es que ese también es el valor del cine y, gracias a la proyección internacional de Mi mejor amigo, cada vez más personas conocerán la cara oculta de Turquía y la promulgación de la limpieza étnica en contra de sus propios ciudadanos. 

La complicada traducción del original de las películas supone un problema. Por ello no confundir esta película turca de hoy, Mi mejor amigo (Okul Tiraçi, Ferit Karahan, 2021), con otras con similar título en español: la película estadounidense Mi mejor amigo (Because of Winn-Dixie, Wayne Wang, 2005), la relación de amistad de una solitaria niña y un perro huérfano; la película francesa Mi mejor amigo (Mon meilleur ami, Patrice Leconte, 2006), alrededor de un marchante de arte y su apuesta de encontrar al amigo perfecto; y la película argentina Mi mejor amigo (Martin Deus, 2018), la singular amistad entre dos adolescentes con el trasfondo de la Patagonia.

 

sábado, 16 de noviembre de 2019

Cine y Pediatría (514). “Cero en conducta”, demoledora crítica al sistema educativo


Pese a su corta vida y a su escasa filmografía, Jean Vigo fue un revolucionario del séptimo arte, olvidado en su tiempo, pero reinventado con la Nouvelle Vague, allí donde su cine tuvo gran influencia en este movimiento fílmico dispuesto a hacer tambalear los cimientos del cine académico francés. Con solo cuatro películas en su haber, su temprana muerte por tuberculosis a los 29 años acabó de fraguar el mito. Ejerció su dirección en la primera mitad del siglo XX, especialmente en ese periodo de transición del cine mudo al cine sonoro y que la historia del séptimo arte encuadra entre los años 1927-1933. Su primera obra data del año 1930, Á propos de Nice, un documental experimental crítico con la vida de la alta burguesía, y continuaría al año siguiente con un corto promocional de un campeón de natación y bajo el título de Taris, roi de l´eau. Y a continuación sus dos obras clave, aquellas que fueron toda una influencia para el posterior desarrollo del cine francés: Cero en conducta (1933), una crítica demoledora al sistema educativo francés de la época, y L´Atalante (1934), un trabajo que entremezcla realismo y surrealismo para dar vida a la historia de amor de Jean y Juliette. 

Y es que toda la obra de Jean Vigo dura poco menos de 200 minutos, una obra que pasó de la casi total indiferencia a convertirse, años más tarde, en una de las imprescindibles por su capacidad para conmover, entretener y por convertir la cámara en una herramienta más de lucha, en un actor por el cambio mediante el cual quiso plasmar sus convicciones y su compromiso social. Porque a Jean Vigo se le considera el precursor del Realismo poético francés, movimiento de cine europeo caracterizado fundamentalmente por plasmar con naturalidad la realidad, buscando la belleza en los elementos más cotidianos. 

Y hoy llega a Cine y Pediatría, Cero en conducta (con el subtítulo de Pequeños diablos en la escuela), que se presenta en un formato de mediometraje (solo 42 minutos), una película del más puro cine en blanco y negro, ya todo un clásico que no fue ajeno a la censura, pues el propio Vigo escribió esta historia que pasó 13 años en un cajón hasta que pudo ser expuesta. Este mediometraje se convirtió en un ajuste de cuentas personal, ya que tras la muerte de su padre, Vigo pasó parte importante de su infancia en internados, bajo una estricta disciplina y severidad. Pero había llegado el momento de la reivindicación y, aunque fuese en la pantalla y en la ficción, llevó a cabo ese motín tantas veces soñado y que nunca pudo llevar adelante en la realidad. 

Y hoy revisamos Cero en conducta, una película dividida en tres partes: "Acabada las vacaciones, la vuelta al colegio"; "El complot de los chavales"; "Domingo, Caussat en casa de su tutor y Colin con la Sra. Alubia, su madre". Y se desgranan las escenas con estos alumnos y profesores, especialmente alrededor de esos cuatro chicos (Bruel, Caussat, Colin y Tabard), adolescentes transgresores que fuman en el vagón de tren para no fumadores, que son castigados en su única salida de los domingos por su “cero en conducta”, que se revolucionan en el comedor donde siempre comen alubias o en el pabellón de dormir donde vuelan las plumas de las almohadas o en los paseos por la ciudad. Porque si peculiares son los alumnos, mucho más son los profesores, verdaderos personajes caricaturizados por el propio Vigo: el vigilante Hughet que imita a Charlot en el patio de recreo y sale a pasear con los alumnos, el supervisor que tiene su cama entre cortinas en medio del pabellón de los alumnos y su pregunta: “¿Es un cero en conducta lo que queréis?”, el profesor que hace ejercicios gimnásticos malabares en clase, el supervisor general que aprovecha los recreos para entrar en clase y robar comida y objetos a los alumnos - y que fisgonea por la ventana mientras están en clase con sus profesores -, o ese director general que es un enano barbudo. 

Y esa escena en la que el gordo profesor de ciencias soba a Tabard y éste se rebela. Y cuando el chico es convidado por el director y todo el elenco de profesores a pedir perdón, es cuando el resto de alumnos se levantan y gritan: “¡La guerra está declarada! ¡Abajo los maestros! ¡Abajo los castigos! ¡Viva la revolución! Libertad o muerte. ¡Nuestra bandera debe ser izada! ¡Mañana, todos! ¡Lucharemos con libros viejos y viejas latas de metal, y zapatos viejos! La munición está en la boardilla. ¡Bombardearemos a los viejos monigotes del Día de la Conmemoración! ¡Adelante!". Porque los ánimos están desatados y a cámara lenta empiezan a volar las almohadas, las plumas inundan las habitaciones y se toma al primer rehén; la bandera pirata cuelga de la azotea y empiezan a llover calderos, libros y todo lo que tuviesen a mano contra los representantes de ese sistema educativo – aprovechando la visita del Gobernador - sobre el que por fin Vigo consumaba su venganza. Una venganza convertida en obra maestra, cuyo testigo años después lo tomaría Truffaut con Los cuatrocientos golpes, donde plasma a través de Antoine Doinel su particular visión de una infancia difícil, y refleja el espíritu rebelde que Vigo nos trasmitió en cada una de las escenas de Cero en conducta

Al visionar hoy esta película, podemos confirmar que fue rodada con muy escaso presupuesto, pero mantiene la rebeldía que los recuerdos de Vigo quería poner sobre la pantalla, un canto a la rebelión contra la imposición sin sentido, una nostálgica mirada a la niñez y al idealismo de la infancia, algo que conocía bien pues pasó gran parte de su infancia en internados y la severidad tradicional del sistema escolar francés marcó la infancia del artista. Por ello, Cero en conducta es una crítica frontal a un sistema educativo basado en el castigo, la disciplina rígida y la permanente frustración sin expectativas de mejora. Jean Vigo mediante este mediometraje dibuja el absurdo de las clases aburridas, de los regímenes estrictos, de profesores que abusan de su autoridad de forma cruel y arbitraria. En ese ambiente se genera la rebeldía como la única forma de escapatoria posible, como último recurso para ser escuchados. De tal manera que los alumnos planean combatir el autoritarismo mediante la ironía y la burla, sin armas, simplemente con su imaginación. Como si de un juego más se tratara planean su revolución, reivindican su deseo de seguir siendo niños. 

La especial sensibilidad y sentido estético de Jean Vigo le hizo marcar su propio estilo al dotar a sus imágenes de esa de fantasía y onirismo que tan ingeniosamente supo mezclar con las realidades más cotidianas. Con esta pequeña rebelión de Cero en conducta - infantil, lúdica, rozando con el absurdo de sus personajes y las situaciones - nos deja la nostálgica poesía de unos niños que se manifiestan por una libertad perdida o jamás alcanzada. Francois Truffaut solía decir que esta película era el más poderoso y auténtico retrato de la infancia jamás filmado y le rindió un claro homenaje en su película Los cuatrocientos golpes (1959), copiando casi fotograma a fotograma la escena en la que una línea de escolares que corren por París va perdiendo uno a uno sus miembros. También la película If (Lindsay Anderson, 19689 puede considerarse la versión que el Free cinema hizo de este mediometraje. 

La severidad tradicional del sistema escolar francés dejó una huella imborrable en el alma del joven, de la que nunca pudo liberarse. Vigo hace en este film un informe sobre la vida en un internado francés, un estudio de la psicología infantil, un feroz ataque contra las escuelas, y un relato autobiográfico. Y esta película, como el resto de la corta filmografía de Vigo, se mantiene como una fuente de inspiración inagotable. 

Os dejamos este pequeño vídeo de Cero en conducta, en el que poder revisar las bases ideológicas y estéticas que, pese al paso del tiempo, permanecen en pie. 

sábado, 7 de octubre de 2017

Cine y Pediatría (404). "Evil", el demonio de la violencia


La violencia no es una buena compañera de viaje, y violencia es cualquier forma de maltrato (físico, psicológico o social), más en la infancia y adolescencia. La violencia es el demonio que nos acompaña como miembros de una sociedad en la que convivimos con otros, incluso con identidades e ideas diferentes. Y es bueno reflexionar sobre ello, y por ello la película de hoy. Una película basada en la novela autobiográfica de Jan Guillou, una película sueca del año 2003 dirigida por el también sueco Mikael Hafström y que fue seleccionada en su momento por su país para optar a los Oscar en su categoría de Mejor película de habla no inglesa: su título original Ondskan, pero conocida en nuestro país como Evil

Evil es un drama de principio a fin, lleno de todo tipo de escenas violentas. El comienzo marca la pauta: una escena del maltrato que un padrastro somete hacia su hijo en una familia que parece de bien, mientras la madre mira con dolor a otro lado y toca el piano; y, sin dilación, violencia de ese hijo hacia otros jóvenes en una reyerta callejera. Ese joven es Erik Ponti (Andreas Wilson), un adolescente de 16 años que reproduce en la calle casi lo que ve en casa, una existencia fundamentada en la violencia. "Solo una palabra le define: maldad" le dice el director del instituto antes de expulsarle por su comportamiento agresivo, aunque solo reproduzca patrones de su irascible padrastro sobre él. Debido a todo ello, Erik es internado en un centro educacional para adolescentes de familias aristocráticas y acaudaladas, Stjärnsberg como una última posibilidad para liberarse de su vida anterior y seguir sus estudios. 

Por tanto, nos adentramos en una película más sobre la interrelación de un internado escolar, sus profesores y alumnos. Hay ejemplos de diferentes tipo, desde la musicalidad de Los chicos del coro (Christophe Barratier, 2004) a la descripción de una realidad como en Adiós, muchachos (Louis Malle, 1987), pasando por la dureza de ciertos internados vinculados a la iglesia con prácticas inapropiadas, como fueron Las hermanas de la Magdalena (Peter Mullan, 2002), Los niños de San Judas (Aisling Walsh, 2003), Philomena (Stephen Frears, 2013) o El refugio (Marc Brummund, 2015). Y hoy en Evil viene a profundizar en las agresiones de los bachilleres a los alumnos de cursos inferiores, algo que está tolerado por la dirección, quienes miran para otra parte. Y no son las novatadas de Novatos (Pablo Aragüés, 2015), son algo más...

Erik comparte su habitación con el empollón Pierre, quien desde el principio intenta darle buenos consejos: "Procura no destacar. Lo mejor es ser del montón". Porque Erik llega al internado con la idea de retomar sus estudios, sacar buenas notas, evitarse problemas y que su madre se sienta orgullosa de él. Pero es esta escuela una jungla donde el más fuerte consigue lo que quiere presionando cruelmente al débil, donde hay unos códigos fundamentados en el acoso escolar continuo, impune a la dirección (como lo es el bullying en determinados centros escolares que ni se plantean este problema). Y donde los profesores, salvo honrosas excepciones, derraman su ponzoña, su hiel y sus ideología políticas sobre los alumnos: ¿nos suena...?.

Aprecien la disertación del maestro ante dos alumnos, para diferenciar las tribus germánicas de las tribus eslavas procedentes del este. Así describe a Erik delante de toda la clase: "Mirada fija, nariz recta, mentón fuerte, una mandíbula ancha. Observen el armónico desarrollo que ha tenido la musculatura de sus brazos y piernas. En definitiva, como pueden observar es el prototipo germánico. Muchos de los carolingios de Carlos XII debían tener el mismo aspecto. Los azules". Y luego describe, también delante de todos, a su compañero de habitación, Pierre: "Ojos incrustados, vista pobre, nariz carnosa, hombros caídos como en una botella, la cintura es como la base de un bolo. Observen además sus piernas delgadas. Seguramente tiene los pies planos. Como pueden observar, es un espléndido ejemplo de oriundo meridional". Cruel, ¿verdad? Pues esto está ocurriendo en realidad en ciertas escuelas catalanas con educadores fanáticos independentistas, los que han amasado el nacionalismo en las mentes de las nuevas generaciones desde los años 80.

Y también la película nos muestra la violencia entre los alumnos, con los matones impunes ante la mirada de los profesores y cuidadores, con un acoso escolar continuado contra los nuevos y débiles. La humillación de las matones, el seguimiento sin sentido de las masas, la locura colectiva, el mal lo puede todo: y esto que ocurre en un centro escolar es perfectamente extrapolable a nuestra sociedad... y más en estos días.

Pero en esta difícil situación, Erik intenta reconducir su vida y casi lo consigue: tiene un amigo de habitación que le ayuda a estudiar, su entrenador le apoya en la natación, su gran afición, y se enamora de Marja, una de las camareras. Pero no acepta la violencia y el chantaje, y le llaman "Rata", intentando aguanta ante las continuas humillaciones. Porque no puede revelarse, pues sería expulsado. Pero ¿hasta cuándo se puede aguantar la humillación?

Y solo la voz de un profesor surge, de los pocos con alma en ese centro: "Lo que distingue a los humanos de los animales no es solo la inteligencia, también es la moral. La capacidad de distinguir el bien del mal. Os habéis comportado como animales, como buitres. Es indecoroso. Esto tiene que acabar".

Mañana es mi cumpleaños, y en estas fechas siempre me regalo una película especial. Quizás esta no lo sea por su belleza, pero sí es necesaria por su mensaje. Y sobre todo es necesaria la frase final para que la tengan en cuenta todos aquellos que han provocado la profunda quiebra de la sociedad catalana y española a espaldas de la legalidad y el marco democrático y de libertades en que se mueven las sociedades del siglo XXI. 

 

sábado, 23 de julio de 2016

Cine y Pediatría (341). El "Refugio" equivocado de la vida


"Los reformatorios se proponen desarrollar el espíritu cristiano educando al interno en la fe y fomentando su integridad con todos su dotes naturales al servicio del amor" Guía para los educadores de la antigua diaconía de Freistatt. Basada en hechos reales, rodada en localizaciones originales. Junio 1968. 

Así comienza la película alemana Refugio (Marc Brummund, 2015), opera prima en el largometraje de su director, formado en Psicología, Periodismo y Cine Documental, fraguado en los cortometrajes y anuncios. Porque el cine gusta de extender sus tentáculos a los rincones más olvidados y oscuros de la Historia, y así lo hace Marc Brummund, quien recoge la historia de unos internados de educación cristiana que permanecieron en activo en Alemania Occidental hasta mediados de los setenta, en los que prevalecían la violencia y la represión como formas de aprendizaje. Eran verdaderos santuarios del terror, reformatorios para chicos difíciles, correccional de jóvenes airados nacidos en la posguerra. 

Tal como se nos muestra en la película, estos centros eran concebidos casi como campos de trabajo y centros penitenciarios de alta seguridad, aislados entre fangosos pantanos y en medio de ninguna parte. Porque la película fue grabada en los escenarios naturales gracias a la diaconía de Freistatt. Y es allí donde transcurre el descenso a los infiernos al que se ve abocado Wolfgang (encarnado con credibilidad por Louis Hofmann), uno de esos adolescentes "difíciles", aunque su aparente dificultad realmente era ser un adolescente vital y no aceptar a su padrastro, imagen especular de la que tiene de su bella madre (a la que le une un cierto complejo de Edipo). Y sin más, sin juicio previo, pasa del amor materno de una familia disfuncional (pero, al fin y al cabo, una familia) a la hostilidad de la estricta educación, rallando la vejación y la tortura. Cuando entra en el colegio/reformatorio, la forma que su padrastro idea para apartarlo de la vida familiar, es recibido con este informe de los Servicios Sociales: "Díscolo, desobediente. Seis meses en el reformatorio, fugado tras tres meses. Niega su conducta, miente. No atiende a razones. No quiere mejorar"

Y pasa, cómo no, por la fase de rebelión, aunque algún compañero le sugiere desde el principio: "Aquí hay que hacer lo que mandan o no sobrevives. Sé quien aguantará y quién no". En un principio, disimula en sus cartas: "Querida mamá. No te preocupes. Estoy bien. Aprendo mucho de la fe cristiana. Se ocupan de mi trabajo al aire libre y he hecho muchos amigos. Escribe pronto. Wolfgang". Pero más adelante ya predomina la desesperación sobre el disimulo: "Querida mamá. Sacadme de aquí, por favor. No aguanto más. Nos pegan y nos torturan. A veces lloro hasta que me duermo. Me gustaría volver a casa. No causaré problemas. Te echo mucho de menos. Wolfgang"

Y se desgranan los días y con ellos los sentimientos que surgen a flor de piel entre los internos, entre violencia y casi torturas, entre recelo y amistad, entre traición y solidaridad, entre insumisión y redención. Y allí donde hay un libro de castigos, los niños canta en ocasiones: "Hay una casa en Nueva Orleans a la que llaman el Sol Naciente...". Y aunque nuestros protagonistas intentan huir entre las ciénagas del pantano, pero es imposible, como es casi imposible ya huir de sus vidas

Y así llegamos al final y al epílogo de la cinta: "Hasta los años 70, Freistatt se consideraba uno de los correccionales más severos. Desde 1945 más de 800.000 chicos y chicas pasaron por 3.000 de estos centros de la Iglesia y estado en la República Federal Alemana. El Parlamento alemán no aprobó indemnizaciones hasta 2010. Hoy Freistatt es una organización social moderna con un amplio programa pedagógico para niños y adolescentes"

El cine nos asoma de nuevo a lugares oscuros de la humanidad, muy proclive cuando se mezcla infancia e internados de docencia y religión no humanizada (y donde se pierde el verdadero sentido de la fe, en Dios y en el hombre). Ya nos ocurrió en Cine y Pediatría con otras filmografías, como la película francesa Adiós, muchachos (Louis Malle, 1987), las irlandesas Las hermanas de la Magdalena (Peter Mullan, 2002) o Los niños de San Judas (Aisling Walsh, 2003), la alemana Napola (Dennis Gansel, 2004) o la británica Philomena (Stephen Frears, 2013). 

Reconducir por el buen camino a supuestos jóvenes descarrilados es lo que pretendían este tipo de centros... y casi nunca lo consiguieron. Pretendían ser refugios de la vida, pero la vida es mucho más que un refugio... porque todos buscamos la casa del sol naciente.

 

sábado, 14 de mayo de 2016

Cine y Pediatría (331). "El coro", el don de la música y el don de la vida


Las películas sobre coros juveniles han triunfado con dos propuestas casi opuestas. Una es francesa, nostálgica y melodramática, tomando como paradigma una película que tocó el corazón de los espectadores: Los chicos del coro (Christophe Barratier, 2004), una obra llena de valores sobre el valor de la música en la educación de la infancia. La otra propuesta es estadounidense, algo gamberra, con chicas buenas, chicas malas y chicas raras, aunque no se olvida de los problemas juveniles: Dando la nota (Jason Moore, 2012), que logró llegar a los adolescentes sin dificultad. Y entre medias una filmografía que está a medio camino entre Francia y Estados Unidos, con una cultura y un cine que desea tomar lo mejor de ambos países: hablamos de Canadá y de la película Gabrielle (Louise Archambault, 2013), donde las canciones de un coro especial se constituían en el punto de encuentro entre la música, la discapacidad, la sexualidad bien entendida y la dignidad de las personas.

Y en el año 2014 se estrena El coro, película que siendo estadounidense se aproxima al modelo francés, porque, no en balde, su director es el canadiense François Girard, un experto en documentales de música clásica y director de la película El violín rojo, un reconocido film donde nos demostró la capacidad para captar el alma de un instrumento musical y por el que obtuvo en el año 1988 el Oscar a Mejor música original.

Los chicos del coro y El coro se parecen en el título y en sus intenciones, pero no en el resultado. El coro ha contado en su haber con un elenco actoral de Oscar: los ganadores Dustin Hoffman (Mejor actor, en el año 1979 por Kramer contra Kramer y en el año 1988 por Rain Man), y Kathy Bates (Mejor actriz en el año 1990 por Misery), y la triple nominada a Mejor actriz, Debra Wringer (en el año 1982 por Oficial y caballero, en el año 1983 por La fuerza del cariño y en el año 1993 por Tierras de penumbra). Y pese a ello, el guión no nos devuelve una historia tan sólida como la del educador Clément Mathieu, quizás por ser demasiado previsible, quizás por definir menos de lo debido a algunos personajes, quizás por ser un drama de superación personal demasiado convencional.

El coro es una película especialmente dedicada a los amantes de la música, donde el niño protagonista de 11 años, Stet (interpretado por Garrett Wareing, un modelo adolescente llamado a ser un nuevo Leonardo DiCaprio), encuentra en el canto la tabla de salvación a una infancia en la que lucha contra todo y, especialmente, contra sí mismo y su infancia de perdedor, favorecido por el fallecimiento de una madre adicta al alcohol y un padre ausente que ha formado otra familia feliz. Ingresa en un internado y sus dotes para el canto le permiten entrar en una escuela de música de alto prestigio, donde no parece no encajar con su rebeldía y enfado con la vida.
Allí encontrará la figura de un director de música estricto y paternal, Mr. Carvelle (Dustin Hoffman), quien jugará un papel decisivo para encauzar el don natural de Stet hacia la música. Una relación que no será fácil entre ambos, pero donde el tesón del profesor cambiará la vida de su alumno: "Tienes un don, pero no es suficiente... Es tu momento y los estás desaprovechando". Stet llegará a formar parte del Coro Nacional de Niños, pero no sin dificultad por la rivalidad de Davon, la estrella del coro. La rivalidad de Stet y Davon es patente entre el propio profesorado: "Stet es instintivo, Devon es analítico".
Un momento muy especial es la preparación del "Hallelujah" de Haendel, cuando la directora dice en el Consejo Escolar: "Vais a coger esa partitura tan sagrada y divina de Haendel y vais a hacer maravillas con ella. Quiero ver ángeles descendiendo del cielo en la misma catedral. Quiero que la gente llore. ¡Quiero que tú y tus chicos hagáis añicos las vidrieras del templo!".
Finalmente pasa el tiempo y a Stet le cambia la voz, a lo que Mr. Carvelle le dice: "Nunca volverás a cantar como antes. Esa voz, ese sonido no eran tuyos para siempre. Te los han prestado un tiempo y ahora se han ido a otra parte". Y su carta final de recomendación: "A quien corresponda: Stet Tate es el mejor alumno que he tenido en mi vida".

Los coros de niños remontan sus raíces en las capillas de la Alta y la Baja Edad Media, pues hasta el siglo XIX las mujeres tenían prohibido cantar en las iglesias. Aún hoy en día los coros de niños continúan ligados a esa tradición de interpretar música sacra y, aunque ya se propagaron los coros mixtos, en realidad no han desplazado al coro de niños. Los coros de niños suelen estar constituidos sólo por voces de soprano y contralto, pues a esa edad es imposible que interpreten las melodías correspondientes a las voces de bajo, barítono o tenor; solo el cambio de voz de la adolescencia (habitualmente a los 12-13 años) les permite en ocasiones obtener esas voces que suelen interpretar hombres. Son famosos los Niños Cantores de Viena, el Coro de Santo Tomás de Leipzig, el Coro de Niños de Töltz, el Coro Santo Tomás de Aquino de Madrid, etc. Y la película El coro nos remonta a revivir esta historia de los coros de niños dentro de la particular historia entre un director y su alumno, una historia donde la música se convierte una vez más en salvadora. Y a partir de la cual comprendemos un poco mejor el pensamiento de Friedrich Nietzsche: “Sin música la vida sería un error”.

Y la música tiene la capacidad de corregir ciertos errores de la vida, como le ocurre a Stet, un chico con una voz que es un don y al que el profesor le reprime: "La música no significa nada para ti. Abandonar es lo único que sabes hacer". Y en El coro se enfrenta el don de la música y el don de la vida, como nos recuerda la canción de los créditos finales "The mistery of your gift" de Josh Groban, y la sentencia de Mr. Carvelle: "Algunos os haréis contratenores, otros barítonos, otros serán dentistas. Lo importante no es la música, sino vosotros".

 

sábado, 27 de diciembre de 2014

Cine y Pediatría (259). “Los chicos del coro” y el valor de la música en la educación de los niños


El cine en francés (de Francia y de Canadá, principalmente) es uno de los que mejor han tratado la educación en el séptimo arte. Películas con una sensibilidad especial para abordar un tema tan importante como es la interacción de profesores, alumnos y sociedad. Varias entradas de Cine y Pediatría así lo atesoran, pero hoy recordamos una película mágica por su guión, sus personajes y, especialmente, por su música: Los chicos del coro (Christophe Barratier, 2004). Y lo recordamos hoy, por dos motivos: porque este año se han cumplido 10 años de su estreno (y sigue emocionando como el primer día) y porque es de esas películas que inspiran buenos sentimientos, como la propia Navidad en la que nos encontramos. 

Para dirigir su primer largometraje, el francés Christophe Barratier se ha inspirado en La cage aux rossignols (Jean Dréville, 1945), una película que marcó su infancia. Y surge así Los chicos del coro, una película inspiradora que se fundamenta en tres personajes y en tres temas. Los tres personajes son su director (Christophe Barratier, quien se basó en su propia infancia -sufrió el divorcio de sus padres y fue enviado a un internado- y en su preparación musical -guitarrista de formación clásica-), su actor principal (Gérard Jugnot en el mítico papel del educador Clément Mathieu) y todos los chicos del internado (niños no actores de los mismos lugares de rodaje de Auvernia y entre los que destaca el joven Jean-Baptiste Maunier, solista de los Petits Chanteurs de Saint Marc en Lyón). Y los tres temas son la infancia (un tema universal, en este caso a través del abandono de niños de internado cuyos padres están ausentes o han desaparecido), la música (Bruno Coulais convierte las música y las canciones en un personaje principal de la obra, una creación sonora que juega con la emoción) y la enseñanza (la experiencia artística como elemento educativo). 

Muchas películas han utilizado como leit motiv la importancia de la experiencia artística en la transformación de un niño a adolescente y de adolescente a adulto: en Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988) con el cine, en El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989) ocurría con la poesía, y en Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000) con la danza. En Los chicos del coro se trata del valor educativo de la música… y qué música. Como declaraba el propio Barratier: "Esto es lo que más me gusta del cine, y lo que tienen en común mis películas preferidas: ¿cómo puede contribuir un individuo a mejorar el mundo? Sé que el cine no puede cambiar las cosas, pero puede despertar las ganas de intentarlo. Me gusta salir de ver una película con ganas de identificarme con el personaje principal". 

Un internado en 1949 tras la guerra mundial, en una Francia llena de conflictos sociales y de pobreza, en que muchos niños eran huérfanos de guerra, y otros de familias de precaria economía. Situar la película en esa fecha no es casual, pues después de la guerra se constituyeron los famosos centros de reinserción llamados comúnmente correccionales, se acababa de salir de la guerra y, como en todos los períodos de crisis, los padres tenían otras prioridades que la educación de los hijos. En esa misma época se creó en Francia la Protección Judicial de la Juventud, que confirió a los niños de un estatuto jurídico distinto del de los adultos. Otra gran película francesa también ocurre entre las paredes de un internado y por la misma época, una película que rememoraba también mi etapa adolescente entre las paredes de un internado: Adiós, muchachos (Louis Malle, 1987). 

En Los chicos del coro nos muestran el siguiente entorno. Centro educativo: internado de reeducación de menores en plena postguerra mundial. Alumnado: escolares hijos de mineros. Profesor: Clément Mathieu, profesor de música en paro, empieza a trabajar como vigilante en un internado de reeducación de menores ("Me llamo Clément Mathieu, músico fracasado, vigilante en paro"); descubre que la música atrae poderosamente el interés de los alumnos y se entrega a la tarea de familiarizarlos con la magia del canto, al tiempo que va transformando sus vidas para siempre ("Yo, que juré olvidarme de la música para siempre jamás...Jamás digas jamás. Siempre hay cosas que intentar, nunca nada está realmente perdido"). Valores añadidos: música, docencia, buenos sentimientos y valores humanos; el profesor Mathieu da lecciones de música que son lecciones de vida. Características de la película: la primera infancia, la música y la enseñanza son los sus temas circulares en esta película que logró un gran éxito de público y crítica, incluyendo la nominación al Oscar a la mejor película extranjera (que le arrebató Mar adentro de nuestro Alejandro Amenábar). Uno de los mayores éxitos fue la banda sonora de la película, obra de Bruno Coulais (y que contiene dos temas corales compuestos por el propio director); especial cuidado se puso en la elección de los niños coristas de la película. 

La película nos presenta dos antagónicos modos de ver la realidad, y por lo tanto dos visiones de la enseñanza: el método represivo implantado por el director Rachin, quien apenas logra mantener la autoridad sobre los alumnos difíciles; y el método del diálogo educativo de Mathieu, paradigma del educador que intenta llegar a las personas sin castigo y, desde ahí, sacar lo mejor de ellas mismas. Procurará inculcarles lecciones de humanidad y lealtad que, poco a poco, irán calando en ellos. Y es aquí donde la música se convierte en un medio privilegiado para cambiar a las personas y transformar el mundo, con su empeño por formar un coro, lo que a los chicos les hará descubrir la belleza de la música, y por extensión, la del mundo que les aguarda más allá de los muros de su escuela. Algunas frases expresan este valor de la música en la educación de la infancia: "Están cantando….no cantan bien, pero cantan" "La música cambia a las personas”

Comienza la película con una especie de prólogo en el que dos personajes se reencuentran después de más de cincuenta años: son dos de aquellos niños del internado (Pierre Morhange, ahora un prestigioso director de música, y Pépinot) a los que un educador un día les dio una oportunidad que cambiaría sus vidas. Y la película se transforma en un largo flash-back lleno de sentimiento y sensibilidad, donde recordarán aquellos tiempos del internado, con una mirada llena de cariño al maestro Mathieu y a los tiempos del coro. Un comienzo y un desarrollo que nos transporta, sin duda, al comienzo y desarrollo de Cinema Paradiso, cuando Totó (no es casualidad que ambos papeles de recuerdo, tanto en Cinema Paradiso como en Los chicos del coro, los interprete Jacques Perrin) rememora a su amigo Alfredo el proyeccionista. Y en ambas míticas películas juega un papel estelar la música, en la película italiana con el gran Ennio Morricone y en esta película francesa con una banda sonora fascinante a cargo de Bruno Coulais, con canciones grabadas con los Petits Chanteurs de Saint Marc en Lyon. Una de las canciones, "Vois sur ton chemin", logró estar nominada al Oscar (y que ese año iría a parar a Jorge Drexler por su canción “Al otro lado del río” de la película Diarios de motocicleta). 

Quizás el enorme éxito de esta película haya que atribuirlo a una trilogía de hechos coincidentes: la música, el casting y el personaje del profesor Mathieu. Porque nuestra sociedad necesitaría muchos Mathieu, al igual que necesitaría muchos Atticus Finch de Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962), muchos profesores Keating de El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989) o muchos Forrest de Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994). 

Una película llena de valores para una época llena de valores como es la Navidad. Una película donde la música es puro sentimiento y los pensamientos del profesor Mathieu nos ofrecen reflexiones con esta carga de nostalgia: "Siento en sus miradas deseos de aire libre, de construir cabañas junto al cielo. El buen tiempo les pone tristes". Que la música nos acompañe, desde la infancia a la vejez, y que nos dé alegría. Que nos eleve en Navidad y en cualquier día del año, porque "la música es una revelación mayor que toda la sabiduría y la filosofía" (Ludwig van Beethoven).