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sábado, 1 de febrero de 2020

Cine y Pediatría (525) “La canción de nuestra vida”, historia familiar real de fe y amor


Rory Feek y Joey Martin Feek es un dúo de música country y bluegrass que fueron descubiertos en 2008 después de completar el programa concurso de CMT “Can You Duet”. Ellos conformaron un matrimonio muy especial en la música y en la vida, Joey + Rory, con tanto éxito en Estados Unidos que llegaron a tener su propio show televisivo. Para Rory era su segundo matrimonio, del que aportaba dos hijas adolescentes; para Joey, 10 años menor, su primer hogar del que nacería su única hija. Esta historia fue llevada al cine en una película documental escrita, filmada y dirigida por el propio Rory Feek, una de las muestras de amor más importantes que se hayan llevado a la gran pantalla, cuando ellos eligieron que menos es más. La película del año 2016 tiene un título original tan significativo como “To Joey, with Love”, y en España se ha conocido como La canción de nuestra vida. 

Una película que en 90 minutos nos traslada a un carrusel de emociones basada en una historia real de fe y amor que merecía ser contada. Y que merece ser vista… Comienza con la omnipresente voz en off de Rory: “En enero de 2014 mi esposa Joey y yo decidimos tomar un año sabático. Aunque nuestra carrera musical estaba en su apogeo, sentimos que era el momento oportuno para reducir la velocidad, simplificar. Así que dejamos nuestros sueños en pausa por un tiempo y nos preparamos para el bebé que vendría en pocas semanas. Creíamos que Dios nos daría una gran historia… Y lo hizo”. Y poco después entendemos el origen de esta película y de las imágenes tan reales como la vida misma: “En este tiempo de descanso que decidimos tomarnos, decidí comenzar a escribir un blog y también grabar nuestra vida casi todos los días con una cámara. Algo me decía que necesitaríamos recordar estos momentos, grandes y pequeños, y que un día sería importante”. Y con esta película nos enfrentamos a un buen número de reflexiones sobre la vida, la muerte, la trascendencia y el sentido de la vida. Una película llena de amor donde las canciones del propio dúo ponen el contrapunto perfecto para la emoción. Y os aseguro que hay mucha emoción… 

Y detrás de la cámara, como espectadores de esta historia familiar, asistimos al parto domiciliario con matrona de Joey en su granja, aunque una complicación obstétrica hizo que finalmente tuviera que ser trasladada en ambulancia a un hospital. Fue en ese momento cuando les confirmaron que su hija Indiana había nacido con el síndrome de Down. Pero Joey estaba convencida de que Dios les había dado el bebé que Él quería que tuviéramos y también Rory nos dice el día de su cumpleaños: “Tengo 49 años y una bebé recién nacida”

Y acompañamos a esta pareja autosuficiente que es capaz de cultivar y alimentarse de su propia huerta, criar polluelos, construir un escenario para dar conciertos de Navidad en su granja, hacer el ajuar necesario para el bebé y un sinfín de oficios que ejercen como si fuese lo más habitual. Y es entonces, cuando pocos meses tras el parto, a Joey se le diagnostica cáncer del cuello uterino. Inicialmente la cirugía logró extirparlo, pero meses después reapareció. Ahí comienza el camino de nuevo del cáncer, ahora acompañado de quimioterapia y radioterapia. Y ello mientras vemos crecer a Indiana con el profundo cariño de unos padres que cantan a la vida y rezan a Dios. Porque pese a todas las pruebas que la vida les da, la película es de una luminosidad y optimismo franco, con la música y la fe como bandera

Durante este periodo de lucha, grabaron juntos un álbum de himnos, donde combinaron su amor a Dios y su amor a la vida. Pese a todo, el cáncer siguió avanzando de forma irreversible. Fue el momento en que Joey decidió volver a casa para disfrutar de los preciosos días que le restaran con la gente que amaba, y sobre todo al lado de su hija Indiana, la luz de su vida, junto a su esposo. Estos hechos, referidos en el blog de Rory, fue un acontecimiento que conmocionó a sus fans en Estados Unidos, quienes se unieron en oración con manifestaciones en solidaridad hacia Joey cuando ella decidió abandonar la lucha médica para pasar los últimos días con su familia en Alexandria, Indiana (de su estado natal procede el nombre de su hija). Y es allí donde fue ordenando su corazón y su alma, mientras recibía cuidados paliativos en el hogar junto a los suyos. 

Y miles de personas, a través del blog de su marido, se maravillaron de las cosas extraordinarias que Joey podía hacer disfrutando de sus últimos días de vida ordinaria. Y logró cantar el feliz cumpleaños por segunda vez a su hija y ver publicado el nuevo CD de himnos de Joey + Rory. Joey falleció en marzo del año 2016 a la edad de 40 años y Rory escribió: “El mayor sueño de mi esposa se hizo realidad hoy… Está en el cielo”

Y como tributo, Rory Feek nos deja esta película, que es la canción de sus vidas. Una película que Rory dedica a la familia de Joey, a sus padres y hermanos, y a sus tres hijas, las dos de su primer matrimonio y a la pequeña Indiana. Porque pocas veces se podrá ver un legado con tanto amor y tanta fe. Y os animo a descubrir la discografía de este dúo, gran parte de ella en la la B.S.O. de la película, para sentir lo que os digo. 

Es La canción de nuestra vida una historia real de fe, esperanza, música y amor a la vida. Porque en este matrimonio de músicos de firme fe cristiana nace una niña con síndrome de Down que siempre es vivido como un regalo, con alegría y vitalidad desbordante que la pequeña siente a cada paso. Después llega el cáncer y los profundos altibajos, pero  todo se vivirá alrededor del amor y de la música. Y toda esta historia llega cuando deciden retirarse un año para cuidar el embarazo y dedicarse a la crianza de la hija que iba a llegar, justo cuando estaban en la cúspide del éxito musical: en 2010 ganaron el premio al mejor dúo vocal del año que otorga la Academia de Música Country y, a pesar de la enfermedad terminal de Joey, la pareja obtuvo una nominación al Grammy aquel año por “If I Needed You”. 

La canción de nuestra vida mezcla la historia de un matrimonio musical de country y bluegrass, las vivencias con su hija y la fe y las dudas en la batalla frente al cáncer. Y una historia así nos deriva inmediatamente a otra gran película con los mismos ingredientes y que ya tiene un lugar especial en Cine y Pediatría: hablamos de la película belga Alabama Monroe (Felix Van Groeningen, 2012). La diferencia podremos encontrarla en que Alabama Monroe es una historia de cine donde los personajes no tienen el apoyo de su fe, mientras que en La canción de nuestra vida es una historia real que sus protagonistas quisieron contar al mundo con sencillez, confianza y valentía y sin dejar de mirar al cielo. Un canto a la vida reflejado en el presente y futuro de Indiana,… porque la vida no va de cromosomas, va de amor. Y donde difícilmente podremos olvidar la belleza de Joey Martin Feek, bella por fuera y por dentro, bella en sus canciones y en sus mensajes.

Una película para entender la gran fortuna de cultivar la fe… y su capacidad para transformarlo todo. Y en una película que se ve con gran sentimiento sin molestar a nadie.

 

sábado, 13 de junio de 2015

Cine y Pediatría (283). “El viaje de Carla” hacia la resiliencia y la tolerancia


Desde hace un año las siglas LGTBI se han hecho presentes en mi vida. Y como sin querer se han ido reproduciendo los hechos alrededor de este término colectivo para referirse a los sectores socialmente incluyentes en donde se congregan los diversos grupos de personas que se identifican como no heterosexuales: Lésbico, Gay, Bisexual, Travesti, Transexual, Transgénero e Intersexual.

Fue en mayo de 2014, y en el IV Simposio Internacional de Actualización en Pediatría en Cartagena de Indias, donde la doctora Carmen Escallón Góngora, médica pediatra cartagenera, puericultora, sanadora de heridas del alma, soñadora, cuentera, enamorada de la equidad y la igualdad, y abuela feliz… nos regaló la conferencia inaugural que tituló “Desde Kavafis hasta Vargas Llosa: adolescente LGBTI y el pediatra del siglo XXI”.
En febrero de 2015 se dieron dos acontecimientos casi seguidos: mi buen amigo José Luis Pedreira, psiquiatra infanto-juvenil, me habló de la película documental El viaje de Carla (Fernando Olmeda, 2014) y poco después, una amiga dermatóloga me regaló “El libro de Daniela”, un breve y hermoso relato escrito por su madre, África Pastor Espuch. Dos obras menores en el formato, pero grandes y valientes en el contenido. Porque ambas se alzan como un arma para luchar contra la ignorancia y para denunciar el vergonzoso silencio que existe en la realidad de los niños transgéneros, la negación máxima del principio de universalidad de los derechos humanos. Y a través de estas historias, los autores nos invitan a adentrarnos en un mundo en el que reina la igualdad entre seres humanos, la empatía, los colores, la compresión y, sobre todo, un mundo en el que reina la felicidad. 

En Cine y Pediatría ya varias películas se han acercado al mundo LGTBI en la infancia, un mundo que existe, que debemos conocer y respetar, y en el que debemos colaborar los pediatras para tener la suficiente formación e información que permita apoyar a esos niños y niñas y a sus familias. Películas como las estadounidenses Mi Idaho privado (Gus Van Sant, 1991) y Plegarias para Bobby (Russell Mucahy, 2009), las argentinas XXY (Luisa Puenzo, 2007) y El último verano de la boyita (Julia Solomonoff, 2009), las francesas Tomboy (Céline Sciamma, 2011) y La vida de Adéle (Abdallatif Kechiche, 2013), la sueca Fucking Amal (Lukas Moodysson, 1998), la británica Mi amor de verano (Pawel Pawlikowski, 2004), la canadiense C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 2005) o la española A escondidas (Mikel Rueda, 2014).  
Y a estas hoy se suma precisamente la película documental El viaje de Carla, presentada la semana pasada en el XII Festival Internacional de Cine de Alicante, una vivencia especial y personal junto a su director, Fernando Olmeda, y junto a su protagonista, Carla Antonelli. Una película vivida con mis “5C”, conciencia, conciencia, calidad, color y calor…el calor de la amistad. 

Carla Antonelli es el nombre artístico de Carla Delgado Gómez una actriz, política y referente nacional e internacional del colectivo LGTBI, una de las más relevantes activistas por la igualdad en España y, desde el año 2011, es diputada de la Asamblea de Madrid por el Partido Socialista Obrero Español. Y Fernando Olmeda es un polifacético profesional, periodista, profesional de la televisión, novelista y también director de documentales. 

Como nos describe la web de la película, Carla, nacida en el año 1959 en Güimar, una pequeña localidad de Tenerife, regresa a su pueblo natal 32 años después, del lugar de donde tuvo que salir para conseguir una existencia acorde a su identidad de género y libre de los prejuicios sociales vigentes en aquella época. Es el primer regreso de Carla Antonelli desde 1976 a su pueblo natal para reencontrarse con sus recuerdos y hacer balance de su vida, lo que constituye el “viaje” emocional de esta emocionante película documental de 65 minutos grabada entre los años 2009 y 2013. 

Amigos de la infancia, familiares, compañeras del mundo del espectáculo, estrellas de televisión, políticos, vecinos de Güímar y activistas LGTBI participan en El viaje de Carla, la narración de un “viaje” con muchos amigos, como Pedro Zerolo (sirva de homenaje también para él, quien ha fallecido esta misma semana), Boti García Rodrigo, Maribel Peces-Barba, Elianne García Ruiz, Antonio Poveda, Pedro Damián Hernández o Jordi González, entre otros. 

Queremos destacar las tres ideas que nos desgrana esta película: 1) la lucha denodada de las personas como Carla por vivir conforme a su identidad de género, y en defensa de la tolerancia; 2) el compromiso de las personas como Carla para luchar en favor de la igualdad legal y social; 3) la capacidad de superación de las personas como Carla, que, a pesar de tener casi todo en su contra, logran salir adelante y se convierten en referentes sociales, todo un ejemplo de resiliencia. 
Y nos parece importante destacar los propios valores que nos destaca la sinopsis del documental y que son, al menos, cuatro: 
1) Valor biográfico: aparte de la conocida faceta pública de Carla, ahora nos adentramos a momentos desconocidos que influyeron decisivamente en su singladura vital. 
2) Valor histórico: Carla ha sido testigo directo de tres décadas de cambios en España, desde los ambientes nocturnos más underground de los años ochenta a la lucha social y política del siglo XXI, en su actual puesto como asamblearia. 
3) Valor emocional: el que nos devuelven las vivencias nunca fáciles de su vida, un viaje existencial que le ocasionó salir en silencio y por la puerta de atrás de Güimar y regresar con alborozo y por la puerta grande. 
4) Valor social: la que supone su trayectoria en defensa de los derechos del colectivo LGTBI, como referente en España y en América Latina, y que en su labor actual como diputada autonómica, ha ampliado su ámbito de actuación a otros campos, como la problemática de los menores en la Comunidad de Madrid o el drama de los “niños robados” durante el franquismo. 

Y esos valores los necesitamos los pediatras (y, en general, todos los profesionales sanitarios). Porque necesitamos formación, información y tolerancia en el campo de atención de las personas LGTBI, algo de lo que aún estamos lejos. Porque un adulto LGTBI ha sido antes un niño o una niña, un adolescente LGTBI, con familias preocupadas y, a veces, desorientadas. Ya hay movimientos favorables para mejorar estos aspectos en la atención de la infancia LGTBI y sus familias, pero queda mucho por hacer y películas como El viaje de Carla nos ayudan a ello. 

Y es así como con Carla Antonelli se hacen realidad tres pensamientos que la Dra. Carmen Escallón nos enseñó en su ponencia: 
- Las palabras del chileno Alejandro Jodorowsky: "Los pájaros que nacen encerrados creen que volar es una enfermedad"
- El poema de la argentina Alfonsina Storni: "Yo soy una y soy mil, todas las vidas pasan por mí, me muerden sus heridas"
- La reflexión del novelista alemán Herman Hesse: "Tu sabes muy profundamente que hay una sola magia, un solo poder, una simple salvación que se llama amar".  

Gracias, Carla y Fernando, por este "viaje" de resiliencia y camino a la tolerancia.

martes, 26 de marzo de 2013

Lo Que De Verdad Importa


Vivimos tiempos de crisis económica, es cierto. Pero yo siempre he pensado que esta crisis, real, que padecemos es consecuencia directa de otra crisis previa que ha pasado inexplicablemente desapercibida... o que al menos no se le dado - no se le está dando, porque sigue entre nosotros - la importancia que merece: padecemos una brutal crisis moral, una falta absoluta de valores éticos. No es difícil deducir que de esos polvos - aún presentes y actuantes en nuestra sociedad - vienen los lodos que padecemos.

Me canso de oír que España es uno de los primeros países en... multitud de rankings lamentables: corrupción, adicciones entre nuestros jóvenes (alcohol, drogas...), embarazos adolescentes, aborto... para qué seguir.

Es por ello reconfortante que existan fundaciones como "Lo Que De Verdad Importa". Cuando se ha perdido el norte, es urgente recuperarlo. Cuando por nuestra prensa, radio y televisión no hacen más que bombardearnos con malas noticias, es importante no perder de vista que el mundo está lleno de personas normales capaces de acciones admirables. Esta Fundación está inspirada en el testimonio de Nicholas Fortsmann, un multimillonario que, enfermo de cáncer, escribió sus últimas reflexiones sobre los asuntos que de verdad le importaban en la vida. Lo tituló ‘What really matters’.

La formación en valores, lamentablemente, no parece ser una de las prioridades educativas actuales. Ni de este gobierno ni de los previos, independientemente de su ideología política. Es por ello que resulta reconfortante que desde la sociedad nazcan iniciativas como "Lo Que De Verdad Importa".

Podemos leer en su web que "La Fundación LQDVI tiene por fin promover el desarrollo y la difusión de los valores humanos, éticos y morales universales al público en general, fundamentalmente mediante el desarrollo de actividades culturales". Y muy especialmente, añado, mediante actividades dirigidas a nuestros jóvenes.

Y una de esas actividades son las conferencias dirigidas a jóvenes. Testimonios personales de seres humanos como tú y como yo que han tenido que enfrentarse a situaciones difíciles. Testimonios necesarios en una sociedad como la nuestra, con tan baja tolerancia a cualquier pequeña frustración.

Os dejo un vídeo de una de estas conferencias. Dura una media hora pero os recomiendo que la veáis entera. El ponente es Albert Espinosa. Muchos lo conoceréis por sus libros y sus películas ("Planta cuarta", la serie de televisión "Pulseras Rojas")... Albert padeció un cáncer óseo a los 14 años. Perdió. como él explica en el vídeo, una pierna, un pulmón y medio hígado. Albert tiene muchas cosas que enseñarnos a todos. Como por ejemplo que cualquier circunstancia vital, por negativa que pueda ser, siempre tiene dos caras. Una positiva y otra negativa. Y escoger una u otra es posible. Y depende de nosotros.

Podéis ver más conferencias de esta Fundación clicando en este enlace.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Cine y Pediatría (142). “La vida sin Grace”, el valor fuera del campo de batalla.


Algunos momentos históricos cruciales en la historia contemporánea han visto su traducción en el cine y ya han ocupado su lugar en “Cine y Pediatría”: así lo hemos referido ya con el holocausto nazi y también con la Guerra Civil Española y su postguerra

La reciente Guerra de Irak también tiene su hueco en el cine, especialmente en el Hollywood de los últimos 5 años: En el valle de Elah (Paul Haggis, 2007), Red de mentiras (Ridley Scott, 2008), En tierra hostil (Kathryn Bigelow, 2008), The Messenger (Oren Moverman, 2009), Los hombres que miraban fijamente a las cabras (Grant Heslov, 2009), Caza a la espía (Doug Liman, 2010), etc. Y con esta película de hoy, La vida sin Grace (James C. Strouse, 2007) de nuevo la guerra de Irak y el sentido patriótico como telón de fondo, en una especie de pulso político que se ha generado en el cine norteamericano en torno al conflicto. Pero aquí no se recoge el clima de violencia o de denuncia, ni tampoco se recurre a la textura hiperrealista de anteriores propuestas. Se trata más bien de la aproximación a un hombre que debe aprender a vivir sin la madre de sus hijas, que descubre la distancia que le separaba de las pequeñas y la necesidad de suavizar los modos en la convivencia, y que entiende que el valor también se puede demostrar lejos del campo de batalla. 

La vida sin Grace acaba convirtiéndose en una “road movie” de un padre y sus dos hijas, de alguien que se sentía un fracasado profesional y que debe descubrir la relativa importancia que encierran las contingencias de cada día frente al poder del cariño familiar. Porque Stanley Phillips (John Cusack) soñaba con alistarse y hacer carrera en el ejército, sueño que se vio truncado por su miopía. Ahora atiende a los clientes de una tienda de productos del hogar mientras que su mujer es sargento y combate en la guerra de Irak, e intenta encargarse, con más torpeza que acierto, de la educación de sus dos hijas: la adolescente Heidi de 12 años (Shélan O´Keefe) y la niña Dawn de 8 años (Gracie Bednarczyk). Aunque las quiere, es incapaz de asumir un papel más afectivo y las niñas echan mucho de menos a su madre. Mientras soporta su trabajo y se pelea con la paternidad, recibe la noticia de la muerte de su mujer. Él mismo no sabe cómo afrontarlo y se ve incapaz de contárselo a sus hijas. Desesperado por retrasar el momento de decírselo, se embarca con ellas en un viaje improvisado y descabellado por carretera para darles sus últimos momentos de inocencia. Cuanto más se alejan de casa, más se estrecha su relación, pero Stanley sabe que tiene que enfrentarse a la tarea inevitable de volver al hogar, decirles la verdad y cambiar sus vidas para siempre. 

La vida sin Grace es puro cine independiente, ópera prima de su director y avalada por el Festival de Sundance (con los Premios del Público y Mejor guión), que nos habla de de extremas soledades y que plantea una crítica soterrada para el espectador (sobre todo el estadounidense): si de verdad merece la pena que tantos hogares queden destrozados por una decisión política altamente discutible. Y lo hace con una película sencilla y tremendamente humana, con un clima dramático afectuoso, punteada por la íntima banda sonora de uno de los grandes del séptimo arte, Clint Eastwood (ver Cine y Pediatría 95 y 96), con una música sencilla para una película sencilla. 

La cuestión clave es cómo decir a dos niñas que no volverán a ver a su madre porque ha muerto en la guerra. De ahí que lo fundamental sea la transformación interior que debe experimentar Stanley y el descubrimiento de unas hijas despertando a la vida real, más que el hecho de que éstas sepan lo ocurrido: esa adolescente Heidi que sospecha que algo raro ocurre; esa niña Dawn que juega y sueña con ilusiones largamente esperadas. Y ello se nos muestra en algunas escenas entrañables: como la del supermercado y los primeros agujeros en las orejas de las niñas; cuando el padre llama desde una estación de servicio a su casa, para oír en el contestador con la voz de su mujer y hacer que habla con ella: “Grace, estoy hecho una mierda. No sé cómo hablar con la niñas.. Por favor, dime qué tengo que hacer”; el silencio en el coche, de regreso a casa, tras pasar esos días de aventura, huyendo de la realidad y de enfrentarse a la verdad; y el final al borde del mar… cuando la música (del gran Clint Eastwood) deja paso al dolor de la noticia. Sólo por esa última escena, sólo por ese final… vale la pena esta película. 

Una película agradable y sencilla, con sensaciones de pérdida y también de reencuentro, sin especiales pretensiones ni alardes formales, con un veterano (Eastwood) y una novata (O’Keefe) que destacan como lo mejor del film, y un Cusack siempre solvente (en este blog ya le vimos en El niño de Marte - Menno Meyjes, 2007-). Una película donde el campo de batalla es el propio hogar, ese lugar en el que hay que demostrar la valentía, el coraje, la solidaridad y el amor para con los tuyos. Porque si hay una guerra que ganar en la vida, ésa es la de la familia.

 

viernes, 28 de octubre de 2011

¿Por qué......???????


Dicen que uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras. Hoy quiero ser esclavo de mis palabras. Pero desde un blog pediátrico no dejaremos pasar un días más sin denunciar las recientes brutalidades cometidas sobre dos niños en China y reflexionar sobre la escala de valores en esa sociedad.

El día 17 de octubre visualicé una de las imágenes más duras que recuerdo en mi vida: el doble atropello de un niña de 2 años, sin ser atendida por un buen número de personas que pasaron a su lado. La omisión de ayuda durante 16 minutos se convierte en una imagen más dura que el propio atropello.
El día 25 de octubre, sin tiempo para digerir esas imágenes, aparece otra noticia tan escalofriante o más: un camionero chino atropella a un niño de 5 años; al verle malherido volvió a atropellarle hasta comprobar que estaba muerto. Esto lo hizo porque, según la legislación de China, en caso de que un niño muera deberá pagar unos 2.000 euros de multa; en cambio, si sobrevive, se verá obligado a hacerse cargo de todos los gastos de la recuperación (como lo oyen).

Duele hasta escribirlo. Supera a la ficción más macabra. ¿Cuáles son los valores de esta sociedad China que que permite hechos como los descritos?. Hechos que, lamentablemente, no son una anécdota. Hace tan sólo dos meses se ha promulgado el Plan de Desarrollo de los Niños de China (2011-2020) en el que se tomarán medidas enérgicas para combatir los delitos en que se organice, coaccione y engañe a menores de edad para involucrarlos en robos, mendicidad y en prostitución; así también promoverá el conocimiento legal de la población sobre la prevención y combate del secuestro y del tráfico de niños, y quedará (por fin) estrictamente prohibido reclutar a niños menores a los 16 años para trabajos.

Una sociedad china adicta al trabajo (por ende, al dinero) que viene pisando fuerte sin consideración para conseguir el potencial liderazgo económico del mundo, una sociedad que tiene en la copia falsa su marca de clase (hasta los ensayos clínicos que proviene de China se miran con lupa), una sociedad en donde se tambalean los derechos (humanos y laborales): escalofríos me entran sólo de pensar que este país se convierta en la primera potencia del mundo. Porque para ser una primera potencia no sólo hay que tener dinero (la lista de espera en China para recibir los Porsche Cayenne ya anda por más de los 15 meses), sino que hay que demostrar educación, cultura y valores. Porque puedo perdonarles el mal gusto (esos horrendos escaparates de sus almacenes en mi barrio repletos de bragas de colores), pero no les perdono que aún sus leyes permitan actos contra la infancia: leches infantiles adulteradas, juguetes tóxicos por presentar exceso de plomo en la pintura, alimentos contaminados por la falta de control sanitario, materias primas de poca calidad y así, una gran lista de deficiencias que nos hacía desconfiar totalmente de cualquier producto importado de ese país.

Todos los pediatras conocemos que conseguir que una madre china alimente al pecho a su hijo en nuestras Maternidades es casi una anécdota. ¿Qué podemos esperar de una futura potencia que no alimenta al pecho a sus hijos y que muestra un marcado desapego familiar?. Nada es gratuito: y de aquellos lodos viene estos modos. Podemos seguir mirando hacia otro lado (ahora que China infunde dinero a borbotones a economías debilitadas del Primer Mundo, resulta políticamente incorrecto poner estos temas sobre la mesa y no permitirlos ni un momento más), pero como pediatras (como personas) nos sumamos a la denuncia contra estas atrocidades cometidas en los niños chinos. En cualquier niño, sin duda.

¿Por qué....?. Esa es la pregunta. Quizás sólo el cielo lo sepa, ese cielo lleno de niños inocentes.
Para contrarrestar esta entrada de hoy, terminemos con un buen sabor de boca. Por ejemplo, recordando el espectáculo "Corteo" del Cirque du Soleil. Una de las canciones de su banda original se titula, precisamente, "El cielo sabrá"... y en la que, repetidamente, se pregunta "¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué.....?.


jueves, 11 de agosto de 2011

El Milagro de Candeal


Candeal es una favela de Salvador de Bahía. Era una barriada deprimida y dominada por la delincuencia, las drogas y las bandas armadas. Un lugar sin futuro.

Hasta que Carlinhos Brown, músico percusionista brasileño, decidió cambiar radicalmente el destino de ese barrio que era el suyo. ¿Cómo? Por medio de la música. Actuando sobre los niños, estableciendo una escuela de música, que fue el germen para nuevas iniciativas regeneradoras en aquel lugar. Iniciativas de todo tipo, pero entre las que quizá destaca la potenciación de la educación.

Candeal ya no es un gueto. Es un ejemplo, en estos tiempos de crisis mundial de valores, de lo que puede hacerse por medio de una generosidad sin límites y de un amor auténtico por el prójimo sin esperar nada a cambio. Candeal es un lugar libre de delincuencia, libre de drogas y de armas.

Os recomiendo que veais este extracto del documental "El Milagro de Candeal", de Fernando Trueba. Y os recomiendo también, vivamente, que veais la película completa.