Cine y Pediatría 8

sábado, 11 de julio de 2020

Cine y Pediatría (548). “Adú” y las encrucijadas de los refugiados


Es África un continente con enormes riquezas naturales y humanas, que algunos refieren como el continente de la juventud y el futuro, pero un continente que sueña con la dignidad, como soñó en su día con las palabras de Nelson Mandela: "Sueño con un África que esté en paz consigo misma". Justicia, paz y dignidad son las divisas de la organización Africans Rising, los pilares sobre los que construir una nueva África que intenta levantarse. El #AfricaWeWant (el África que queremos) que proyectan los participantes en esta aventura se construye a través de la exigencia de transparencia, de la demanda de responsabilidad a la ciudadanía y a las autoridades, de la lucha contra la corrupción, de la regeneración de los círculos de poder y, en resumen, de un avance en el camino de la justicia social. 

El continente africano, compuesto por 46 países y 740 millones de habitantes, se presenta con que  el 72% de las muertes se deben a enfermedades contagiosas. En estos tiempos de la pandemia COVID-19, cabe no olvidar que desde hace décadas la mortalidad africana lleva el nombre de enfermedades como el sida, la tuberculosis, la malaria, las infecciones respiratorias y las complicaciones durante el embarazo y el parto. Y datos más pormenorizados ayudan a comprender lo anterior, por ejemplo: África concentra el 60 % de las personas que viven con VIH en todo el mundo, aunque sólo supone un 11 % de la población mundial; cada año se registran unos 2,4 millones de casos de tuberculosis en la región africana - el 25% de todos los casos notificados en el mundo - y medio millón de muertes por ese motivo; de los 20 países con mayores tasas de mortalidad materna, 19 se encuentran en África, donde su tasa de mortalidad en recién nacidos es la más alta del mundo (se estima que unos 50 de cada 1.000 bebés nacidos mueren durante sus primeros veintiocho días de vida); la mortalidad infantil está en aumento en su proporcionalidad respecto al resto del mundo: si en 1960 se registraban en esos países el 14 % de todas las muertes de niños menores de 5 años ocurridas en todo el mundo, ese porcentaje se incrementó hasta el 23 % en 1980 y el 43 % en 2003 y en esas cifras se mantiene. 

Un continente que atrapa y te contagia de “el mal de África”. Como le ha pasado el cine que nos ha regalado películas del estilo de Tarzán de los monos (W.S. Van Dyke, 1932), Casablanca (Michael Curtiz, 1942), Sahara (Zoltan Korda, 1943), Las minas del rey Salomón (Andrew Marton, Compton Bennett, 1950), La reina de África (John Huston, 1951), Las nieves del Kilimanjaro (Henry King, 1952), Mogambo (John Ford, 1953), Historia de una monja (Fred Zinnemann, 1959), Hatari! (Howard Hawks, 1962), Lawrence de Arabia (David Lean, 1962), Patton (Franklin J. Schaffner, 1970), Los dioses deben estar locos (Jamie Uys, 1980), Memoria de África (Sydney Pollack, 1985), Grita libertad (Richard Attenborough, 1987), Gorilas en la niebla (Michael Apted, 1988), El cielo protector (Bernardo Bertolucci, 1990), Cazador blanco, corazón negro (Clint Eastwood, 1990), El rey león (Rob Minkoff, Roger Allers, 1994 y Jon Favreau, 2019), Congo (Frank Marshall, 1995), Soñé con África (Hugh Hudson, 2000), Black Hawk derribado (Ridley Scott, 2001), Hotel Rwanda (Terry George, 2004), Madagascar (Eric Darnell, Tom McGrath 2005), Diamante de sangre (Edward Zwick, 2006), Días de gloria (Indigènes) (Rachid Bouchareb, 2006), Invictus (Clint Eastwood, 2009), El niño que domó el viento (Chiwetel Ejiofor, 2019), entre otras muchas. Y Cine y Pediatría ya ha tenido un buen número de películas con este continente como protagonista, como Moolaadé (Ousmane Sembene, 2004),  El jardinero fiel (Fernando Meirelles, 2005),  Flor del desierto (Sherry Hormann, 2009),  Blue Bird (Gust Van Den Berghe, 2011), Mary y Martha (Phillip Noyce, 2013),  Timbuktu (Abderrahmane Sissako, 2014),  Difret (Zeresenay Mehari, 2014),  La buena mentira (Philippe Falardeau, 2014),  El cuaderno de Sara (Norberto López Amado, 2018).  

Y hoy, a estas películas, se suma una más, actual y producida por Netflix, absolutamente recomendable: Adú (Salvador Calvo, 2020). Una película circular sobre tres historias en África y con epicentro en los refugiados, y que toma el título del nombre de ese niño camerunés de seis años por nombre Adú. Una película bien construida y dosificada, con claridad de ideas en los sentimientos que se debaten, desde los más puros y necesarios hasta los banales y accesorios, y con la expresividad natural del niño Moustapha Oumarou, que nos arrastra con su sonrisa y su mirada.  Una invitación a reflexionar sobre las barreras que nos separan de África y la indiferencia con la que seguimos mirando por encima del hombro al tercer mundo

Todo comienza en una escena nocturna en la valla de Melilla, donde refugiados subsaharianos intentan saltarla con la oposición de nuestra Guardia Civil. Uno de estos refugiados muere al caer de la valla. Y ya la siguiente escena nos traslada a la increíble naturaleza de la Reserva Natural de DuDja (Camerún) donde cazadores furtivos abaten elefantes en busca de sus colmillos, y es allí donde conocemos a Gonzalo (Luis Tosar), un activista medioambietal destinado aquí para evitar estas matanzas, y también al pequeño Adú y a su hermana Alika de 11 años, quienes observan la escena y reconocen que es Kimba el elefante abatido. Y a partir de ahí viajamos con los distintos personajes por Yaudé (Camerún), Dakar (Senegal), Nuakchot (Mauritania), Alhucemas (Marruecos), Monte Gurugú (Marruecos) y Centro de Menores de Melilla. Tres historias que se entrecruzan y donde nada volverá a ser lo mismo

La historia de los hermanos Adú y Alika, quienes viven felices en su poblado, allí donde el pequeño Adú juega al fútbol con el “7 de Ronaldo” escrito a tiza en su piel. Una felicidad que se trunca cuando asesinan a su madre y tienen que huir del poblado en busca de su padre en España. Una aventura desesperada por alcanzar Europa, donde Adú le pregunta a su hermana, “Qué hubieras hecho si hubiera muerto?” y ella le contesta, “Continuar”. Y en realidad eso es lo que ocurre, pero con los papeles cambiados. Y en el camino, Adú encuentra al joven Massar, otro refugiado, y entre ellos se establece una bonita amistad de supervivencia, donde llegan a entenderse bien, aunque Adú sea de Camerún y hable francés y Massar sea de Somalia y hable inglés. Y Massar le defiende con su “magia”, una dolorosa magia entre los camioneros que encuentran en el trayecto. Y, de nuevo, la pregunta de Adú a su amigo: “¿No te vas a morir, verdad?, ¿tú me lo prometes?”. Un trayecto de refugiados sembrado de dificultades, pobreza, hambre, pederastia, prostitución y violencia

La historia de Gonzalo y su hija Sandra (Anna Castillo), producto de uno de sus dos matrimonios, quien le viene a visitar a África, intuyéndose una relación complicada entre ellos, donde la adicción a las drogas de la joven no es ajena (y donde el padre le realiza constantes controles de orina). Una Sandra que entiende con dificultad a su padre, cuando dice “Se le da genial lo de llevarse bien con sus ex… Y es que él se lleva bien con ellas y con los elefantes”, y porque ella en realidad le pide una paternidad responsable: “Pero es que tú no eres mi amigo, eres mi padre”

La historia de Mateo (Álvaro Cervantes) y sus dos amigos guardias civiles, sometidos a juicio por los hechos acaecidos aquella noche en la valla. Y uno de ellos le dice a Mateo: “¿Tú sabes cuál es el problema en África? Que todos se van, maestros, políticos, enfermeras. Si todos se van, ¿quién arregla aquello?”

Tres historias en las que sobresale la eterna sonrisa de Adú, su mirada y las lágrimas que nos deja su historia, una historia inspirada en millones de historias reales. Y donde destaca el dúo interpretativo de Luis Tosar y Anna Castillo, dos actores que ya nos han regalado grandes papeles en Cine y Pediatría: el primero en A cambio de nada (Daniel Guzmán, 2015) y en ma ma (Julio Medem, 2015) ; la segunda en El olivo (Icíar Bollaín, 2016). 

Y esta pequeña epopeya de trasfondo humano – por lo mejor y peor del alma – nos abre un pequeño resquicio a la esperanza. Aunque el final nos deje este dato: “En 2018 más de 70 millones de personas abandonaron su hogar en busca de un mundo mejor. La mitad de ellos eran niños”. Fin. Fundido en negro.


miércoles, 8 de julio de 2020

Aprendiendo de las crisis, con corona o sin corona



Estamos viviendo una pandemia que ha parado el mundo y cuyas consecuencias sanitarias en afectados y muertes está siendo catastrófica, pero cuyas oleadas posteriores y resacas, pueden tener un efecto aún más grave. Y la crisis del coronavirus y la crisis del postcoronavirus debe sacar de nosotros la mejor de las resiliencias para conseguir doblarnos, adaptarnos y no rompernos.

Pero no nos enfrentamos a nada nuevo, si quizás diferente. Porque la historia de la humanidad está repleta de crisis en todas las épocas y de todo tipo, ya sean nucleares (Chernobyl, 1986), militares (Ruanda, 1994), terroristas (World Trade Center, 2001) o financieras (Lehman Brothers, 2008), así como desastres naturales como tsunamis (Sudeste asiático, 2004),  terremotos (Haití, 2010) o epidemias (Ébola, 2014), y así podríamos continuar por las diferentes épocas del pasado.

El problema, como nos recuerda Francisco Alcaide - conferenciante, formador, escritor y coach en liderazgo y motivación -, es que tenemos muy poca memoria histórica. Como se suele decir, «la historia no sirve para nada, pero el que no sabe de historia no sabe de nada». Y Francisco Alcaide, cuyo best seller "Aprendiendo de los mejores", le ha encabezado a ser el único autor español entre los 25 autores más leídos en el mundo en desarrollo personal. Abajo os dejamos el vídeo de presentación a este recomendable libro, porque "las personas verdaderamente inteligentes aprenden de la experiencia de los demás" y cabe trabajar bien nuestros cinco ámbitos: desarrollo personal, espiritualidad, libertad financiera, emprendimiento y liderazgo.

Francisco Alcaide nos regala algunas enseñanzas de esta crisis que bien se podrían aplicar a otras épocas de la historia. Y que me atrevo a compartir por sus potenciales beneficios.

1. CREATIVIDAD. Lo importante no es tener respuestas, sino la capacidad de inventarlas.
Donde hay un problema, hay una solución. No queda otra. La creatividad está incrustada en la naturaleza humana y es infinita. La creatividad se alimenta de curiosidad. En realidad, eso es lo único que hace falta, porque la curiosidad lleva a preguntar, observar, investigar y trastear hasta dar con la tecla. Ya lo decía Albert Einstein: «No tengo talentos especiales, pero sí soy profundamente curioso». Quien busca, siempre encuentra, sólo es cuestión de tiempo hallar una solución.

2. CAMBIO. Si no cambias, es probable que termines allí donde te diriges.
La frustración procede de no aceptar la realidad. Pero si la realidad cambia, uno está obligado a cambiar con ella o se queda atrás. El precio de hacer lo mismo siempre es mayor que el precio del cambio, aunque a corto plazo sea más placentero porque el cambio asusta, duele y lleva tiempo. Lo que evitas se pospone, y habitualmente, con mayor dolor. El éxito consiste en admitir la responsabilidad y luego responsabilizarse. Todo lo demás es una forma segura de seguir con un problema. Todos nos sentimos inclinados a la negación cuando la verdad es demasiado incómoda. La aceptación siempre es una liberación, porque sólo lo que aceptamos lo podemos transformar.

3. REINVENCIÓN. Reinventarse no es cambiar de profesión como quien cambia cromos.
Reinventarse, como todo, es posible, pero no es automático. Reinventarse es un proceso, y como todo proceso, exige constancia y tiempo. Reinventarse exige aprender nuevas competencias, habilidades y actitudes. Reinventarse, como todo lo que merece la pena, lleva esfuerzo, resiliencia y paciencia.

4. ADVERSIDAD. En la vida todos nos movemos por dos fuerzas: inspiración o desesperación.
Es posible que en más del 90% de los casos nos movamos por 'desesperación'. En el ser humano hay una tendencia grande a la inercia, la rutina y lo cómodo. Siempre es más fácil ser cobarde que ser valiente. Por eso, muchas veces la mejor alternativa es no tener alternativas, porque entonces ya sólo queda tirar para delante. Por ello, jamas debemos desaprovechar una buena crisis.

5. PROBLEMAS. La riqueza se logra resolviendo problemas.
Quienes aspiran a conquistar cotas altas no pueden esperar a que la vida sea fácil. Nunca lo es. Problemas, problemas y más problemas. Y curiosamente lo que la mayor parte de la gente no quiere son problemas. Para ello es esencial aprender a mirar la realidad cara a cara. Sólo desde esa postura se puede encontrar una solución. Negar la realidad u ocultar los problemas no los resuelve. Y en todo el proceso es clave mantener la calma y la serenidad para poder pensar con claridad y actuar con eficacia.

6. ACTITUD. La actitud que tomes con la vida es la que la vida tomará contigo.
Las personas de éxito no son infalibles pero sí saben interpretar todo lo que les ocurre de manera positiva. Cómo interpretas, afrontas y reaccionas a todo lo que te sucede, especialmente los momentos difíciles (fracaso, derrota, error, adversidad...), es un buen indicador de tu potencial y va a determinar en buena medida la altura de tu éxito. Porque la vida no es de color de rosa, pero puedes convertir cualquier circunstancia en una fuente de aprendizaje si tienes la actitud correcta. Nuestra actitud es una de las pocas cosas sobre las que tenemos control, así que merece la pena que sea la adecuada. Una actitud es una respuesta, se elige.

7. PENSAR. Pensar es el trabajo más difícil que existe.
Quizás por sea esa la razón por la que hay tan pocas personas que lo practiquen. Las personas que más valor aportan dedican tiempo en sus agendas a pensar y así poder re-ajustar, re-diseñar, re-enfocar, re-estructurar y re-orientar con sentido. Dedicar tiempo a pensar te hace ganar claridad, y con esa claridad es más fácil hacer mejor las cosas. Y el tiempo de confinamiento ha sido un buen momento para ello.

8. GRATITUD. El único estado mental que te permite atraer mejores cosas es la gratitud.
En la vida no siempre todo marcha como a uno le gustaría (y la pandemia ha vuelto el mundo del revés), y ahí es dónde sale a la luz la auténtica naturaleza humana. La gestión de la adversidad y los momentos difíciles, con serenidad o desconcierto e ingratitud, desvelan quiénes somos. Porque una cosa es que algo no sea de nuestro agrado, y otra olvidar todo lo que tenemos a nuestro alcance, que es mucho.
Vivir en España es de auténticos privilegiados. Ningún país es perfecto (como ningún trabajo, pareja, ni nada...) pero basta conocer ciertas realidades internacionales para saber que en España es uno de los países con mejor calidad de vida: infraestructuras, sistema sanitario, comida, playas, temperaturas, carácter y otras muchas cosas más. Con frecuencia somos adictos a la queja. Todos nos podemos quejar de algo. No hay que negar los problemas pero es importante no negar lo bueno que hay en nuestra vida. Cuando alimentas la gratitud, desactivas la negatividad de tu vida. La gratitud es en sí misma una forma de abundancia.

9. AHORRO E INGRESOS PASIVOS. Riqueza no es lo que ganas; riqueza es lo que conservas.
Si ingresas mucho, pero gastas igual (o más endeudándote) tu riqueza es cero (o negativa). El ahorro cumple su función y 'nos salva' cuando aparecen momentos difíciles, y existe precisamente para eso, para solventar esos periodos con soltura. El ahorro es necesario, porque siempre aparecen imprevistos: enfermedades, accidentes, dificultades, falta de cobros, o lo que sea. Como señala Warren Buffett: «No ahorres lo que te queda después de gastar; gasta lo que te quede después de ahorrar». Además, no sólo hay que tener ahorros (que se pueden agotar si hay que tirar de ellos) sino que más inteligente es tener activos que generen ingresos pasivos (que no dependan del trabajo y la presencia física).

Nueve palabras y acciones clave para superar cualquier crisis, con corona(virus) o sin corona: creatividad, cambio, reinvención, adversidad, problemas, actitud, pensamiento, gratitud y ahorro. Porque la solución global a esta crisis merece mucho consenso, pero la solución individual depende de nosotros mismos. Y no habrá una solución global sino ponemos cada uno nuestro grano de arena.


lunes, 6 de julio de 2020

Teorías conspiranoicas en tiempo de la COVID-19: the never ending story



No falla. Siempre regresa la misma historia. Es como un dejá vu… Porque siempre que hay una tragedia nacional o internacional, brotan las teorías conspiranoicas que atribuyen el origen de los acontecimientos a oscuros enigmas o personajes, habitualmente con el ocaso de un ciclo para el ser humano (y para la especie) y con oscuras tergiversaciones de lucrativa economía. La pandemia de la COVID-19, que ha azotado a todo el globo, no ha sido menos. Y no han perdido el tiempo… los unos y los otros. 

Pero antes de analizar estos bulos conspiranoicos, vale la pena responder a algunas preguntas: ¿Por qué somos tan adictos a las teorías conspiranoicas ? ¿Nos han atraído de la misma forma a lo largo de la Historia? 

El libro “Uniendo los puntos" (de Clara de Inocencio, JanWillem van Prooijen y Karen M. Douglas) indaga en ello y explica que la creencia en planes secretos y otras historias típicas de tabloides se deben a una distorsión del proceso cognitivo que permite al ser humano identificar patrones. Una habilidad que ha sido clave para nuestra supervivencia como especie - beber agua quita la sed, el semáforo rojo significa que hay que parar, etc. -, pero que a veces también nos lleva a intuir un patrón donde sólo hay estímulos caóticos o generados aleatoriamente. En otras palabras: descartamos que algunos fenómenos se producen al azar y preferimos pensar que en la sombra hay alguien manejando los hilos. Según los autores del libro, las teorías de la conspiración ofrecen una explicación sencilla de la realidad y ayudan a restaurar una cierta sensación de control y predictibilidad. 

Los conspiracionistas, auténticos “believers” de lo subterráneo y lo paranormal, son a la sociedad lo que los populistas a la política: están por todas partes... y más vale verles venir de frente. Según el ensayo “Republic of Lies” de Anna Merlan, donde analiza “la ecosfera de la sospecha", sostiene que el pensamiento conspiranoico tiende a florecer en tiempos de mucha agitación social, cuando cualquier agarradera es buena para no ser arrastrado por la incertidumbre. Consecuencia: los bulos ya tienen más público que nunca. Y las redes sociales y cualquier medio de comunicación son el perfecto caldo de cultivo (y sin barbecho). Pero con un pequeño pero (que es enorme): los avances tecnológicos han aumentado la complejidad de nuestra realidad diaria, que es instantánea y donde cualquiera puede “producir” información (de calidad formal y ética muy variable). Con ello estamos más (sobre)expuestos a información (de hecho, estamos “infoxicados”) sobre eventos sociales, económicos, científicos y políticos, pero la mayoría de nosotros sólo tiene un conocimiento superficial del mundo en el que vivimos y de los temas que preocupan. Ni se profundiza ni se reflexiona sobre esos aspectos de los que todo el mundo habla, la inmediatez solo da para opinar rápido, donde el “zasca” es lo que más “likes” y “followers” consigue (Twitter dixit). 

La mayoría de las teorías de la conspiración proporcionan un culpable, y eso tiene un poderoso atractivo emocional para muchas personas. Las teorías de la conspiración ofrecen una explicación de la realidad que es sencilla y comprensible, y aunque estén basadas en ideas erróneas ayuda a las personas a restaurar una cierta sensación de control y predictibilidad sobre sus vidas

La Historia reconoce varias edades de oro en las teorías conspiranoicas: la primera edad de oro de la conspiración comienza con el asesinato del presidente Kennedy; la segunda, con la llegada del hombre a la Luna; y, quizás la tercera y estrella de la conspiración es el 11-S. Ése es el punto de inflexión. Aquí la desconfianza entre el poder y su autoridad alcanza su clímax y el caos de la conspiración total es un agujero negro que todo lo devora, como Saturno a sus hijos. 

Pero son muchos las conspiraciones que hemos vivido ya: el Nuevo Orden Mundial; el ocultamiento extraterrestre; el que Elvis Presley hubiera fingido su muerte o el que Paul McCartney es en realidad un doble, pues el real Paul murió en 1966; las muy variadas teorías conspiranoicas sobre la Bíblia; el triángulo de las Bermudas; las profecías de Nostradamus; el experimento Filadelfia; los caballeros templarios, los cátaros y el Santo Grial; la conspiración judeo-masónica-comunista-internacional; los Illuminati; la teoría de la falsedad del Holocausto (vaya por Dios, menos mal que “solo” fueron 20 millones de víctimas); los chemtrails (abreviatura de chemical trail o estela química en el aire) que se han convertido en los equivalentes contemporáneos de los Illuminati y Los sabios de Sión es porque han conseguido proyectarse a lo bestia desde las redes sociales. Uno de los bulos que más fuerte ha pegado en la red últimamente es el de su origen en las redes 5G, tanto que incluso ha provocado que decenas de ciudadanos hayan atacado a las torres con estas antenas 5G. 

Las teorías de la conspiración han encontrado su ecosistema digital en las redes sociales, desde el que se desarrollan y multiplican su efecto, según profundiza sobre ello el columnista de The Times, David Aaronovitch, es su libro “Voodoo Histories. The role of the conspiracy theory in shaping modern history” publicado en 2009. Y donde no es ajeno a decir que los periodistas y los medios han contribuido a ese estado mental, pues muchos temas que eran tabú, friquismo puro, han saltado a la prensa (bueno, más bien a la prensa “amarillista”). 

Pero, ¿qué se sabe hasta ahora sobre el origen del coronavirus? Una primera investigación sobre el origen de esta enfermedad, publicada en la revista The Lancet, determinó que se trataba de un nuevo tipo de virus, de la familia Coronavidae, emparentado con el Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS) y con el Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS) pero que no es igual a ninguno de ellos. El punto común de los primeros casos de nuevo coronavirus fue el mercado de la ciudad china de Wuhan, en la provincia de Hubei: ese fue el epicentro de la crisis sanitaria declarada a nivel mundial. El mercado de Wuhan se trata de un mercado de animales, de ahí la importancia de averiguar desde qué animal 'dio el salto' el coronavirus para infectar a los humanos: y la principal sospecha es el murciélago, pues parece que se ya se ha descartado el pangolín. 

Y he aquí las tres principales teorías conspiranoicas en tiempos de la COVID-19: 

1) El coronavirus son las torres 5G. 
Una de las teorías más apoyadas es que el origen del SARS-CoV-2 se encuentra en las redes 5G. Probablemente habrá oído que el 5G va a marcar un antes y un después en la sociedad de la información: ofrece velocidades de conexión mucho más alta y abre un abanico casi infinito de posibilidades telemáticas. No opinan lo mismo quienes consideran que la enfermedad COVID-19 no es un virus en absoluto, sino el efecto de las torres 5G, que se introdujeron por primera vez en 2019. Algunos famosos han contribuido a extender esta disparatada teoría: la cantante Keri Hilson, el futbolista David Icke, el cantante Miguel Bosé, el político nigeriano Femi Fani Kayode, el escritor Jeremy Stone. Según esta tesis, Bill Gates también es protagonista y tiene un plan perverso para desarrollar una "vacuna" que consiste en un chip con capacidad de monitorear nuestros movimientos. 

2) El SARS-CoV-2 fue creado en un laboratorio. 
El 9 de marzo, el expresidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, declaró al COVID-19 una arma biológica en un tweet que incluía una carta escrita a António Guterres, secretario general de las Naciones Unidas, en la que mostraba sus sospechas sobre el nuevo virus. A medida que la teoría ganó fuerza, algunos usuarios de Internet llegaron a afirmar que Bill Gates (otra vez el magnate de Microsoft) había participado en la síntesis del virus "cultivado en laboratorio", y la conspiración afirmaba que tal brote podría significar un gran negocio para la Fundación Bill y Melinda Gates (a pesar de que la fundación ha prometido millones para combatir el brote de COVID-19 y que lleva muchos años dedicada a reequilibrar oportunidades en salud y educación a nivel local, especialmente en las regiones menos favorecidas, razón por la cual se le galardonó con el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional 2006). Pero los hechos no sirven de nada, frente a un buena teoría conspiranoica. 
La historia ha circulado hasta tal punto que se ha llevado a cabo un estudio real para probar el origen natural del SARS-CoV-2: el estudio, publicado en la revista Nature Medicine, señala que dos características clave en el patógeno SARS-CoV-2 descartan la intervención de laboratorio en su desarrollo. Pero no servirá de nada… frente a los tweets y retweets de esta teoría. 

3) El coronavirus lo trajeron los extraterrestres. 
Existe una teoría que apunta que la vida que habita en planetas desconocidos podría llegar a la Tierra a través de un meteorito. El profesor Chandra Wickramasinghe, del Centro de Astrobiología de Buckingham, afirmó a principios de este año que una bola de fuego que cayó en el norte de China en octubre pasado es la fuente más probable de SARS-CoV-2. 
Las similitudes de SARS-CoV-2 con SARS y MERS son una vez más evidencia de que esta teoría no tiene pies ni cabeza, ya que es absolutamente improbable que un virus extraterrestre evolucione exactamente de la misma manera que los patógenos transmitidos en la Tierra. Y de aquellos otros dos no dijeron nada en su momento… 

Así que en esta pandemia de la COVID-19 también vale aquello de envía tu teoría conspiranoica, que algo siempre queda. Aunque sea confusión, que no ayuda a nadie, pero a los difusores da relevancia y a los seguidores una aparente seguridad ante las situaciones difíciles. Nada nuevo sobre la faz de la Tierra, porque ya hemos visto que es “the never ending story”. 

Mas nos vale en la COVID-19 enfocarnos hacia lo importante y ser coherentes en todo momento (algo que ha brillado por su ausencia a nivel político en estos meses). Porque queda mucho por hacer para recobrar nuestra vida normal, no la “nueva normalidad”, otra teoría conspiranoica que me pone de muy mal carácter… por cierto.

sábado, 4 de julio de 2020

Cine y Pediatría (547). “El indomable Will Hunting”, redimido por el perdón y el amor




Cuatro nombres habituales en Cine y Pediatría se reunieron en el año 1997 para regalarnos una película icónica: el director Gus Van Sant y los actores Robin Williams, Matt Damon y Ben Affleck. Hablamos de una de esas películas que te enseñan a vivir y en las que permanecen sus diálogos y enseñanzas: El indomable Will Hunting

Gus Van Sant es uno de esos “enfants malades” del séptimo arte estadounidense, al que ya dedicamos hace mucho tiempo una entrada por su especial dedicación a la adolescencia en su cine:  desde Mi Idaho privado (1991), esa peculiar road movie en busca de la identidad (personal, sexual y familiar) de dos adolescentes hasta Paranoid Park (2007), pasando por El indomable Will Hunting (1997) y Descubriendo a Forrester (2000), con una hechura similar ambas, y la rompedora Elephant (2003), sobre la tragedia del instituto Columbine. Robin Williams ya es un habitual en Cine y Pediatría con icónicos personajes como el profesor John Keating en El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989), el crecidito Peter Pan de Hook (Steven Spielbert, 1991),  el famoso Dr. Hunter “Patch” Adams, promotor de la risoterapia, en Patch Adams (Tom Shadyac, 1998), o  el dickesiano Wizard de El triunfo de un sueño (Kirsten Sheridan, 2007).  Y también será en nuestra película de hoy Sean McGuire, ese profesor que le hizo cambiar la vida a nuestro protagonista de hoy (y posiblemente también a los espectadores). Y luego tenemos a la pareja de amigos conformada por Matt Damon y Ben Aflleck, quienes además de actores de esta película, son coguionistas (junto a William Goldman): Matt Damon ya fue el emprendedor Benjamin Mee de Un lugar para soñar (Cameron Crowe, 2011)  y Ben Affleck nos regaló su ópera prima en la dirección en el año 2007 con Adiós pequeña, adiós.  

En su momento, El increíble Will Hunting, obtuvo numerosos premios, entre ellos el Globo de Oro al mejor guión original, dos Oscar (guión original y actor secundario a Robin Williams) y Oso de Plata en el Festival de Berlín por la interpretación de Matt Damon. Y todo ello por una sencilla historia llena de sentido y sensibilidad, cuyos mensajes permanecen un cuarto de siglo después. Y varios son los motivos para revisar de nuevo esta película: 
- Por una historia que llega al alma desde el principio hasta el final, donde acompañaremos al joven Will Hunting (Matt Damon), de 20 años, durante una etapa de cambios en su vida, en la que tiene que luchar entre su rebeldía natural y su gran intelecto. 
- Por la relación entre sus personajes, todos aquellos con los que Will se encuentran en su camino, como su amigo Chukie (Ben Affleck), su novia Skylar (Minnie Driver), el profesor Gerard Lambeau (Stellan Skarsgard) y, especialmente, con el profesor Sean McGuire (Robin Williams). 
- Por las actuaciones totalmente creíbles, la de todos, pero especialmente el dúo Will/Matt Damon y Sean/Robin Williams, sendos ganadores de premios. 
- Por los profundos diálogos, de esos que te atrapan y que no puedes olvidar fácilmente, frases que se quedan en nuestra memoria y que nos llegan a algún lugar entre el cerebro y el corazón. 

Y destaco dos diálogos, tan largos como profundas. Frases inolvidables… 
- La conversación de Sean y Will en el parque: “Si te preguntara sobre arte, me darías una lista de libros. Miguel Angel, sabes mucho sobre él. Su trabajo, sus aspiraciones políticas, él y el Papa, sus preferencias sexuales, todo. Pero no puedes decirme a qué huele la Capilla Sixtina, nunca has estado ahí ni has visto ese hermoso techo, no lo has visto. Si te preguntara sobre mujeres me darías un compendio de tus favoritas. Quizá hasta te hayas acostado algunas veces, pero no puedes decirme lo que es despertar con una mujer y ser realmente feliz. Eres un chico rudo. Si preguntara sobre la guerra, me hablarías de Shakespeare "Una vez más a la brecha, queridos amigos..." Pero nunca has estado cerca de una, nunca has tenido la cabeza de tu mejor amigo en tu regazo agonizando y pidiéndote ayuda. Si te preguntara sobre el amor, citarías un soneto, pero nunca miraste a una mujer y te sentiste vulnerable. Ni has conocido a alguien que te absorbiera con los ojos. Como si Dios hubiera bajado un ángel sólo para ti, que pudiera rescatarte del infierno. Ni sabes qué se siente ser un ángel para ella. Tener ese amor por ella para siempre pasando por todo, pasando por el cáncer. No sabes qué es dormir en un hospital por dos meses sosteniendo su mano, y que los doctores sepan que no respetarás las horas de visita. No sabes lo que es una pérdida. Eso sólo pasa cuando amas algo más que a ti mismo. Dudo que hayas osado amar tanto a alguien. Te veo y no veo a un hombre inteligente y confiado. Veo a un chico arrogante y muerto de miedo. Pero eres un genio, Will; es indudable. Nadie podría entender tu complejidad. Pero crees saber todo sobre mí por ver mi pintura. Hiciste pedazos mi puta vida. Eres huérfano, ¿verdad? ¿Crees que sé lo dura que ha sido tu vida, cómo te sientes y quién eres, porque leí "Oliver Twist"? ¿Eso te define? Personalmente no, me importa una mierda, porque no hay nada que no pueda saber sobre ti que no pueda leer en un puto libro. A menos que quieras hablar sobre ti mismo sobre quién eres. Entonces estaré fascinado, lo aceptaré. Pero no quieres hacer eso, ¿verdad? Te aterra lo que puedas decir. Te toca, jefe”. 

- O la conversación de Will al rechazar el trabajo en la Agencia de Seguridad Nacional: "¿Por qué no debería trabajar para ustedes? Pregunta difícil, pero intentaré responderla... Imaginemos que empiezo a trabajar y me ponen un código sobre la mesa, uno con el que nadie puede. Yo intento descifrarlo y lo consigo, y me siento satisfecho porque he hecho bien mi trabajo, pero a lo mejor ese código era la situación de un ejército rebelde en el Norte de África y en cuanto han localizado su escondite bombardean el pueblo donde se esconden los rebeldes; mueren 500 personas a las que no conocía y con las que no tenía ningún problema. Luego los políticos dicen: "enviemos a los marines para asegurar el área", aunque les importa una mierda, no serán sus hijos los que vayan a morir, los suyos tienen recomendación y se pegan la vida padre en la Guardia Nacional. Será un chico de Southie al que le llenaran el culo de metralla, y cuando vuelva descubrirá que la planta en la que trabajaba ha sido trasladada al país del que acaba de volver, y el tipo que le llenó el culo de metralla le ha quitado el trabajo porque lo hará por 15 centavos al día y sin pausas para mear. Luego el chico comprende que el único motivo por el que le enviaron allí fue para instaurar un gobierno que nos vendería el petróleo a buen precio. Y las compañías petrolíferas han aprovechado el conflicto para disparar los precios de la gasolina, lo que supone un hermoso beneficio para ellas, de modo que a mi colega no le ha servido de nada, así que se toman su tiempo para traer el petróleo nuevo y se toman la libertad de contratar a un capitán mercante borracho al que les gusta darle al Martini y hacer eslalon entre icebergs. A medio camino choca con uno, derrama el petróleo y se carga la fauna del Atlántico Norte. Mi colega está en el paro, no puede pagar la gasolina, va andando a buscar empleo y eso le putea, porque la metralla del culo le ha provocado hemorroides y está muerto de hambre, porque cuando va a comer el único plato del día que sirven es pescado del Atlántico Norte al aceite de motor. ¿Que qué me parece? Creo que puedo montármelo mejor. Pienso, ¡qué coño!, ya puestos, ¿por qué no me cargo a mi colega? Le quito su trabajo, se lo doy a su enemigo, subo la gasolina, bombardeo un pueblo, mato a una foca a golpes, fumo maría y me apunto a la Guardia Nacional. Podría llegar a presidente...". 

Está claro que si has visto la película, recordarás estos momentos. Y está claro que si no la has visto, harás lo posible por buscarla y disfrutar de ella y sus enseñanzas. Porque esta es la historia de Will, un chico superdotado desadaptado a la sociedad. Un mago de las matemáticas, que conoce casi todos los datos de la historia, el derecho y el arte, pero que tiene la arrogancia indomable de quien comienza a vivir. Y se encuentra con otro genio, Sean, quien ya lo ha vivido (y sufrido) casi todo. Y este tour de forcé interpretativo de dos personajes inolvidables en el cine es lo que hace de El indomable Will Hunting una película para prescribir en la educación en valores a nuestro hijos, nuestros alumnos, nuestros pacientes. 

Porque Will, cuando descubren su talento por parte de los académicos, tendrá la aparente obligación de elegir entre seguir con su vida de siempre - un trabajo fácil, buenos amigos, muchas cervezas y alguna bronca- o aprovechar sus grandes cualidades intelectuales en alguna universidad de prestigio (Harvard, MIT). Y solo los consejos de un solitario y bohemio profesor lo ayudarán a decidirse, a superar su pasado (un chico huérfano que pasó por diversas casas de acogida y que fu maltratado por algún padre adoptivo) y que estudia (y sabe de todo) por diversión, sin fin para mejorar su status. Indomable y autodestructivo por su aparente libertad, quien le llega a confesar a Skylar: “No sé cómo te funciona la mente”

Indomable frente a su mentor, el profesor Gerald Lambeau, frente a su consejero, el profesor Sean McGuire,  su amiga y novia Skylar, y frente a su panda de amigos. Es su mecanismo de defensa contra todo y contra todos. Hasta que Sean le repite varias veces: “No es culpa tuya” y entonces Will logra llorar y abrazarle: “¡Dios mío, lo siento mucho! ¡Dios mío!”, francamente emotivo y sanador. Y la despedida de Sean: “Buena suerte, hijo”

Y ese final con Will en coche rumbo a esa carretera con rumbo a su corazón, al que ha logrado domar y con ello redirigir su vida a través de su perdón y el amor.


miércoles, 1 de julio de 2020

Los trastornos del neurodesarrollo son “de cine”… y quedan muchos guiones por escribir


Los trastornos del neurodesarrollo, como el trastorno del espectro autista y el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, aunque presentes principalmente en la infancia, son una afección de por vida. Los trastornos del neurodesarrollo han experimentado una evolución diagnóstica considerable en la última década (del DSM-IV al DSM-V) y tienen en cuenta el alto nivel de heterogeneidad y superposición, así como su alta prevalencia conjunta en la población

Uno de los principales retos en el campo de los trastornos del neurodesarrollo es que estas entidades se hagan visibles. Y un terreno esencial para trabajar por su visualización son los medios de comunicación, siendo el cine un recurso esencial. 


El proyecto Cine y Pediatría apuesta por el objetivo de mejorar la humanización de nuestra práctica clínica a través de la prescripción de películas. Y en este artículo adaptamos este objetivo de forma específica a la prescripción de películas sobre trastornos del neurodesarrollo en la infancia y adolescencia, para conocer y reconocer a nuestros protagonistas y sus diferentes enfermedades con especiales capacidades. En este artículo proponemos 22 películas en dos grupos (películas sobre trastorno del espectro autista y películas sobre otros trastornos del neurodesarrollo), esenciales para vivir las emociones y reflexiones que nos devuelven sus protagonistas y familias. 


Estas son las películas prescritas que abordan el trastorno del espectro autista: Mater amatísima (José Antonio Salgot, 1980), Rain Man (Barry Levinson, 1988), Paraíso oceánico (Xue Xiaolu, 1998), Un viaje inesperado (Gregg Champion, 2004), Mozart y la ballena (Petter Naess, 2005), Ben-X (Nic Balthazar, 2007), El niño de Marte (Menno Meyjes, 2007), Mary and Max (Adam Ellito, 2009), María y yo (Félix Fernández de Castro, 2010), Mi nombre es Khan (Karan Johar, 2010), Tan fuerte, tan cerca (Stephen Daldry, 2011), La sonrisa verdadera (Juan Rayos, 2015), Especiales (Olivier Nakache y Eric Toledano, 2019). 


Y estas son las películas prescritas que versan sobre otros trastornos del neurodesarrollo: El milagro de Anna Sullivan (Arthur Penn, 1962), Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994), Estrellas en la Tierra (Aamir Khan, 2007), El primero de la clase (Peter Werner, 2008), Gabrielle (Louise Archambault, 2013), Cromosoma 5 (María Ripoll, 2013), La historia de Marie Heurtin (Jean-Pierre Améries, 2014), Línea de meta (Paola García Costas, 2014), Dora y la revolución sexual (Stina Werenfels, 2015). 


La observación narrativa de estas películas argumentales nos permitirá acercarnos a este apasionante mundo del autismo y otros trastornos del neurodesarrollo, pero sobre todo a las extraordinarias personas y familias que hay detrás del frío nombre de cada entidad médica. Y aunque hemos “prescrito” 22 historias “de cine”, seguramente hay muchas películas al respecto: películas de todas las épocas, de todas las orientaciones, desde todos los países. Por ello, en los trastornos del neurodesarrollo quedan muchos guiones por escribir.

Os dejamos el artículo completo, que podéis recuperar en este enlace de Revista de Pediatría de Atención Primaria, revista a la que agradecemos el interés por estos temas que unen arte, ciencia y conciencia, o bien en el archivo adjunto.


lunes, 29 de junio de 2020

Oleadas (y resaca) de una pandemia


Hace casi dos meses publicamos en este blog las fases técnicas de una pandemias, así como las fases emocionales derivadas quede un duro confinamiento conllevaen su evolución. Pero no debemos olvidarnos de las oleadas de cualquier pandemia, pues no solo importa el reguero inicial inmediato de muertes, sino también las réplicas posteriores alrededor de secuelas, patologías aplazadas y salud mental afecta. 

Estas cuatro olas de una pademia se expresan el gráfico adjunto.


- Primera oleada: es la que llega de improviso y es la más mortífera. Las cifras de la COVID-19 hablan por sí solas: a finales de junio ya hemos superado los 10 millones de casos en el mundo, con más de medio millón de fallecidos.

- Segunda oleada: secuelas de los contagiados, con el pulmón y el corazón como órganos más dañados por el SARS-CoV-2, pero donde está claro que los efectos de esta enfermedad van más allá de la función respiratoria.

- Tercera oleada: aluvión de crónicos que han aguantado en domicilio por miedo y que llegan tarde o descompensados. La suspensión de consultas y la desprogramación de cirugía y otros cuidados durante el tiempo de la primera oleada, como los cribados oncológicos, contribuirán a estar terecera oleada de infradiagnóstico de tumores, insuficiencias cardíacas descontroladas o apendicitis evolucionadas, entre otras muchas entidades.

- Cuarta oleada: la resaca mental. Porque pasado lo peor, afloran las secuelas mentales, tanto en pacientes como en sanitarios. De la trastienda de la pandemia empiezan ahora a surgir los espectros de varios meses de lucha agotadora y agonizante, con escasos medios y no siempre con la protección adecuada al momento: trastornos psiquiátricos contenidos en el furor de la batalla que emergen luego en forma de ansiedad, depresión, insomnio y decepción (mucha decepción).

Y a la reconstrucción del cuerpo y el alma, se plantea una quinta oleada y un desafío mundial. Y esta quinta oleada puede tener consecuencias imprevisibles, pero, sin duda, muy duras.

- Quinta oleada: la crisis económica, con un triada muy difícil de digerir (recesión económica, paro y pobreza) y que implicará un alto grado de cohesión,coherencia y solidaridad por parte de las organización supranacionales y nacionales.

Para hacer frente a estas cinco olas y no morir en el intento (de esa gran resaca de ese agua que llega a la orilla) cabe acumular calma (para no seguir infundiendo miedo, que nada ayuda), coherencia (para salir adelante y avanzar, ponderando bien las pruebas científicas) y preparación (sin desdeñar nunca a los mejores técnicos y mejor foramdos para la búsqueda de soluciones, evitando siempre el efecto Dunning-Kruger).

Todos tenemos una gran responsabilidad en sortear estas olas. Pero no olvidemos (y que no os engañen), que la principal responsabilidad es política, de aquellos que toman decisiones en la macro y mesogestión. Porque hasta ahora el comportamiento de los sanitarios y de la ciudadanía ha sido ejemplar (y no digamos el de la infancia y adolescencia) y esperamos que nuestros políticos estén a nuestra altura. No más errores, no más mediocridad. Muy atentos a la máxima de Juan Huarte de San Juan, hace más de cuatro siglos: "No hay cosa más perjudicial en la República que un necio con opinión de sabio, mayormente si tiene algún mando y gobierno".

Y para que no haya ninguna duda, las sociedades científicas siempre pondrá el punto sobre las íes, para que no confundamos ni nos confundan. Sirva como ejemplo este documento de 10 sociedades médico-científicas sobre la priorización de la asistencia a pacientes con COVID-19. Sirva como ejemplo que no todo vale y no vale esparcir dudas y responsabilidades a quien no corresponde. No olvidemos, pues, la responsabilidad del periodismo y la lacra del amarillismo periodístico.


sábado, 27 de junio de 2020

Cine y Pediatría (546). “Brain on Fire” y mi encefalitis por anticuerpos contra los receptores NMDA


La todopoderosa Netflix también se asocia a las historias basada en hechos reales. Y con un plus si tiene un trasfondo médico-sanitario y el objetivo de autoayuda. En nuestra historia y película de hoy todo parte del libro superventas del año 2012 “Brain on Fire: My Month of Madness” de Susannah Cahalan, una joven periodista que está iniciando su camino profesional en el New York Post, y quien nos describe en primera persona su experiencia y lucha real frente a una rara enfermedad autoinmune y su recuperación: la conocida como encefalitis por anticuerpos contra los receptores NMDA (N-metil-D-aspartato). 

La encefalitis es un conjunto de enfermedades producidas por una inflamación del encéfalo y que se ocasiona generalmente por la infección de gran variedad de gérmenes (donde destacan los virus). Pero esta encefalitis por anticuerpos contra los receptores NMDA, reconocida en el año 2005, es algo diferente. Y esta película y este libro nos adentra en esta entidad que afecta a pacientes jóvenes, en su mayoría mujeres mayores de 18 años, y que se caracteriza por un pródromo pseudogripal seguido del desarrollo de síntomas psiquiátricos prominentes, crisis convulsivas y compromiso del estado de conciencia. En ocasiones se asocia con tumores, principalmente, teratomas de ovario, por lo que puede considerarse un síndrome paraneoplásico. Dado que es una enfermedad rara, el diagnóstico puede ser difícil y confundirse con otras patologías, principalmente con enfermedades psiquiátricas. Con este prolegómeno bien vale la pena “prescribir” Brain on Fire a nuestros estudiantes de Medicina o residentes en formación para que no se nos olvide esta entidad y los retos diagnósticos que conllevan. Y los errores que podemos llegar a cometer cuando nos enfrentamos a entidades que presentan manifestaciones bordeando lo orgánico y lo funcional. 

Es el irlandés Gerard Barett el encargado de dirigir esta película en el año 2016, con título homónimo de Brain on Fire. Y para interpretar a Susannah Cahalan contó con una joven actriz que ya es una habitual en el proyecto Cine y Pediatría: Chloë Grace Moretz. Ella ha sido la actriz protagonista de películas tales como La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011), Déjame entrar (Matt Reeves, 2010) y Carrie (Kimberly Peirce, 2013), estas dos últimas sendos remakes de los clásicos originales. Y en todas ellas interpreta a niñas y jóvenes con poderes especiales en papeles especiales. Como el suyo de Brain on Fire. 

Porque Brain on Fire nos presenta a Susannah Cahalan, una joven periodista que está viviendo su sueño como redactora en el New York Post. Susannah es independiente, creativa, decidida y resuelta en su día a día, pero algo empieza a cambiar en su conducta que empieza a llamar la atención en su entorno de trabajo. Olvidos constantes y fuertes dolores de cabeza son los primeros síntomas que la hacen acudir a un médico: “No me había sentido así nunca. Nunca… No sé, es como que tengo síntomas de gripe. Se me duerme el brazo y la pierna izquierdos. Y tengo la cabeza embotada todo el rato”. Llegan las primeras pruebas analíticas y de imagen, con RM cerebral incluida. Todas las pruebas llegan normales, pero ella no está normal y, además, empeora: cambios de comportamiento, luego convulsiones, más tarde, episodios de trance. Continúan las pruebas, ahora estudios electroencefalográficos (con vídeo-EEG y fotoestimulación) y exhaustivas exploraciones neurológicas: todo es aparentemente normal. 

Con el tiempo empiezan las sospechas de que la causa posible sea el alcohol u otras drogas que pueda ingerir la joven, y la conclusión médica complaciente: “En resumen, sale mucho de fiesta, no duerme bien y trabaja demasiado. Les ocurre a muchos jóvenes cuando pasan de estudiar a trabajar. Es un rito de paso, la transición a adulto”. El siguiente paso es probar diferentes especialistas (neurólogos, psiquiatras, psicólogos,…) y distintas medicaciones (antiepilépticos, antipsicóticos, antidepresivos,…). Y ella acaba creyendo eso mismo (“Soy bipolar. Lo busqué en Google”, le dice a un médico) y termina viendo su triste final, tal como manifiesta a su familia: “Cuando me muera, quiero me que enterréis junto a la abuela”. Porque todo empeora y nada avanza en el diagnóstico: vuelta a sugerir que es por el alcohol (que no prueba) y el estrés laboral (que no tiene ya). Y surge la reclamación de su madre, abatida: “No saben nada. Cada uno hace un diagnóstico. Que si bipolaridad, que si esquizofrenia, que si psicosis… yo que sé. Creo que es la explicación más sencilla para ellos. Hay que seguir presionando para que investiguen más a fondo. Es muy importante”. 

Continúa el deterioro de la paciente y continúan los niveles de pruebas complementarias: punción lumbar, nuevas pruebas de imagen, y todo tipo de estudios para descartar infecciones (incluida enfermedad de Lyme, toxoplasmosis, criptococosis, y muchos otros más), pero también trastornos metabólicos, tóxicos y autoinmunitarios. Hasta que llega la respuesta tras consultar a distintos especialistas y la explicación del Dr. Najjar a la familia: “En términos sencillos, tiene el cerebro ardiendo. Su propio cuerpo lo ataca”. Y con ello la voz en off de agradecimiento de Susannah Cahalan: “Tengo suerte. En un sistema donde gente como yo pasa desapercibida, me encontraron gracias al Dr. Najjar. Él me encontró. Mi cuerpo me atacaba mi cerebro. Me había dejado incapaz de hacer nada. ¿A cuánta gente habrán tratado a lo largo de la historia de esquizofrénica, psicótica, bipolar o simplemente loca y tenía un problema tan fácil de diagnosticar?”. 

Y su redactor jefe del New York Post, a su regreso ya curada, le sugirió escribir su experiencia. Y de ahí surgió el libro. Y del libro esta película. Y ambos cabe “prescribirlos” en las rotaciones de Neurología y Neurología Pediátrica, porque conjugar vivencias, arte y ciencia como aquí es apostar porque ya no nos resulte ajena ni nos pase desapercibida esta enfermedad. Y que entendamos mejor  el colofón de la película: “Susannah Cahalan fue la paciente número 217 diagnosticada como encefalitis por anticuerpos contra los recep tores NMDA. Y hay miles de diagnosticados más. Su best seller autobiográfico Brain on Fire ha ayudado en todo el mundo a diagnosticar y tratar trastornos autoinmunitarios. El Dr. Najjar sigue ejerciendo, abrió uno de los primeros centros del mundo dedicados a trastornos neurológicos autoinmunitarios y conserva su amistad con Susannah. Ella sigue concienciando sobre estos trastornos como escritora y periodista. En 2015 se casó con Stephen, su músico preferido”

Es Brain on Fire una película sobre la que la crítica ha dicho de todo. No soy crítico cinematográfico, ni pretendo convencer a nadie (para los gustos se hicieron los colores… y las películas), pero si me atrevo a “prescribir” películas por su valor docente y de humanización: y esta película de hoy, que nos deja el cerebro en llamas, atesora ambos valores.


miércoles, 24 de junio de 2020

Cuando el efecto Dunning-Kruger se traslada al Ministerio de Sanidad… échate a temblar


Se dice a nivel popular que “de fútbol y de medicina todo el mundo opina”. Y esto porque no hay quien no sea experto en ambos temas sin más dotes que los que él se conceda. Aunque, claro está, no es lo mismo desvelar el enigma de Bale en el Real Madrid o de Dembelé en el F.C. Barcelona, que intentar resolver la pandemia de la COVID-19 y tener la solución a lo que hacer con las pruebas diagnósticas frente al SARS-CoV-2. Hay un trecho, pero el que es osado no lo conoce… Y por eso yo llevo tiempo pensado que deberíamos cerrar las Facultades de Medicina en España, primero porque sobran la mitad per se (y esto es verídico) y otra porque muchos se han vuelto catedráticos de Medicina sin estudiar un libro de anatomía, patología médica o epidemiología (por lo que quizás no valga la pena el esfuerzo de seguir con la enseñanza tradicional). 

Por tanto, esto es un ejemplo de que no es nada nuevo lo que describieron allá por el año 1999 dos profesores de psicología de Nueva York, ejerciendo en la Universidad de Cornell, David Dunning y Justin Kruger. De sus estudios concluyeron lo siguiente: «La sobrevaloración del incompetente nace de la mala interpretación de la capacidad de uno mismo. La infravaloración del competente nace de la mala interpretación de la capacidad de los demás». A ello le llamaron el EFECTO DUNNING-KRUGER que, en román paladino, puede resumirse en la frase: cuanto menos sabemos, más creemos saber. Es un sesgo cognitivo según el cual, las personas con menos habilidades, capacidades y conocimientos tienden a sobrestimar esas mismas habilidades, capacidades y conocimientos. Como resultado, estas personas suelen convertirse en gente que opina sobre todo lo que escucha sin tener idea, pero pensando que sabe mucho más que los demás. O que se atreven a ejercer de algo que no les va ni les viene. 

Estos dos psicólogos dedicaron parte de su vida a demostrar su “efecto” con experimentos varios. Y a intentar responder a varias preguntas: 
- ¿Por qué cuanto menos sabemos más creemos saber? 
Porque existe una percepción irreal de algo tan básico como que para hacer algo bien, debemos tener al menos un mínimo de habilidades y competencias que nos permitan estimar con cierto grado de exactitud cómo será nuestro desempeño en la tarea. De hecho, el efecto Dunning-Kruger se puede aplicar a todas las áreas de la vida y en la práctica creemos que sabemos todo lo que es necesario saber para ejercer un cargo. 
- ¿Cómo minimizar el efecto Dunning-Kruger? 
Todos cometemos errores por falta de cálculo, conocimientos y previsión. Los errores no son negativos y no debemos huir de ellos sino que podemos convertirlos en herramientas de aprendizaje, pero debemos mantenernos atentos a este sesgo cognitivo porque la incompetencia y la falta de autocrítica no solo hará que lleguemos a conclusiones equivocadas, sino que también nos impulsará a tomar malas decisiones que terminen dañándonos (o dañando a otros). 
Por ello, para minimizar el efecto Dunning-Kruger y no convertirnos en esa persona que opina sobre todo sin tener idea de nada o que asumen cargos que les vienen grandes o a destiempo, lo más importante es aplicar estas sencillas reglas: 1) sé consciente al menos de la existencia de este sesgo cognitivo; 2) deja siempre un espacio para la duda, para formas diferentes de pensar y hacer las cosas; 3) opina siempre desde el respeto a los demás, por muy seguro que estés de tu opinión, no intentes imponerla. 
- ¿Cómo lidiar con las personas que no reconocen su incompetencia o desconocimiento? 
Las personas que opinan tajantemente sobre todo sin tener ni idea y que subestiman a los demás suelen generar un gran malestar. Nuestra primera reacción será irritarnos o enfadarnos, algo perfectamente comprensible, pero no servirá de nada. En su lugar debemos aprender a mantener la calma, porque debemos recordar que solo debería afectarnos aquello a lo que le das poder, lo que consideras significativo. Y sin duda, la opinión de una persona que no es experta en la materia y ni siquiera sabe de lo que habla, no debería ser significativa. Pero es que a veces – lo malo – es que estos inexpertos en el tema ocupan puestos relevantes, muy relevantes. 

El problema, además, es que las personas afectas del efecto Dunning-Kruger no se limitan a dar una opinión ni a sugerir, sino que intentan imponer sus ideas. Si esas ideas son de una persona de la calle, pues bueno va… Pero si esas ideas proceden de un político con dicho “efecto” (repasemos la calidad de nuestros políticos, que ni uno ni diez asesores corrigen - solo incrementan el gasto al erario público -), pueden acabar en Reales Decretos, Leyes o Normativas publicadas en Boletines Oficiales. Y es entonces cuando aparecen recomendaciones sin ton ni son, de esas a las que estamos habituados en los últimos meses, que duran unas horas o pocos días, hasta ser revocadas o sustituidas. 

En el Ministerio de Sanidad hemos sufrido mucho este efecto de Dunning-Kruger a lo largo de nuestra historia democrática. Todos recordamos nombres de ministros de Sanidad vinculados a diferentes signos políticos que fueron, como poco, muy peculiares, pero nada gratificantes para los que trabajamos en esta profesión. Pero la situación actual ha debido ser muy especial para Salvador Illa, un licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona y MBA en el IESE Business School por la Universidad de Navarra (como yo, como muchos), cuyos méritos para aceptar esta cartera no se reconocen, aunque si su vinculación política como alcalde de La Roca del Vallés (por ejemplo, durante su mandato se construyo el Outlet La Roca Village) y secretario de Organización del PSC, de la mano de Miquel Iceta. A priori un Ministerio de Sanidad que parecía cómodo y por dos razones: 1) porque se había eliminado de esta cartera Consumo y Bienestar Social (si gestionado en el periodo previo por María Luisa Carcedo, licenciada en Medicina y Cirugía por la Universidad de Oviedo y diplomada en Medicina de Empresa, como nos gusta a los sanitarios que sea… no sé si a todos, pero a la inmensa mayoría, por lógico y coherente); y 2) porque todas las Comunidades Autónomas tienen transferidas las competencias de sanidad, y las competencias exclusivas del Estado en el ámbito sanitario son muy pocas: Sanidad Exterior, bases y coordinación general de la sanidad y legislación sobre productos farmacéuticos. 

Pero resulta que, prácticamente a los dos meses de su nombramiento, apareció la pandemia COVID-19, un tema para que era importante venir bien formado en sanidad desde casa y desde joven. Al menos para conocer cosas básicas y esenciales en el tema y poder tomar decisiones eficientes y cruciales. Pongamos por ejemplo los tan populares test diagnósticos frente a este virus: que menos que conocer la diferencia entre sensibilidad-especificad de una prueba diagnóstica respecto a sus valores predictivos y saber calcular los cocientes de probabilidad (positivos y negativos), pues sin temas básicos de poco sirve pasar a destiempo de lo de “test para casi nadie” (cuando había mucha enfermedad y no se hizo una buena compra de pruebas) a “test para casi todos” (cuando ya no hay casi enfermedad). O en temas de control y prevención de enfermedades, para no contradecirse entre "la mascarilla no es necesaria" (cuando la carga de la enfermedad en la población era muy alta) y "mascarillas para todo y para todos" (cuando apenas hay enfermedad en la población). Es como si yo tuviera que explicar en una Facultad de Filosofía, con mi escasa formación (aunque con interés y buenas palabras) la esencia de las meditaciones metafísicas de Descartes o el criticismo de la filosofía kantiana. Pues entiendo que haría un pan como unas tortas… Y por ello tuvo que volver la figura del Dr. Fernando Simón, este epidemiólogo maño metido en mil batallas, pero al menos dos recientes: portavoz del Comité especial sobre la enfermedad del virus del Ébola en España en 2014 (con gobierno del Partido Popular) y como portavoz del Ministerio de Sanidad contra la pandemia de enfermedad COVID-19 en 2020 (con gobierno del Partido Socialista). A él (médico) y a tantos sanitarios, nuestro agradecimiento por su trabajo y por no presentar el efecto de Dunning-Kruger. 

Lo que ha ocurrido en España con la enfermedad COVID-19 no lo vamos a repetir. No vamos a entrar en debates de si hemos sido los peores del mundo o los peores de Europa, o los penúltimos o por la mitad (vaya usted a saber) en la gestión de la crisis del coronavirus. Pero que no ha ido nada bien, eso no creo que lo discuta nadie. Y que los malos resultados (realmente dramáticos en mortalidad) y una gestión deficitaria no son culpa de la ciudadanía, a quien ahora se le tiene atemorizada con el “rebrote” (ojo, a la mínima le van a llamar rebrote y señalarnos que cómo somos los españoles de a pie), sino es culpa de los políticos, y de este Ministerio de Sanidad que ha ido como pollo sin cabeza. Y es preocupante la falta de confianza que el entorno sanitario ha tenido a esta gestión. Porque los sanitarios que se han enfrentado de cara a la enfermedad en los hospitales, centros de salud y residencias de ancianos hubieran deseado tener mucha más sintonía con su Ministro de Sanidad y mucho menos efecto Dunning-Kruger. 

Porque la sanidad es muy importante en un país. Y los sanitarios somos importantes siempre (no solo cuando truena, como Santa Bárbara). Y por ello los sanitarios nos merecemos un Ministerio de Sanidad en cuyo liderazgo no haya personas con efecto de Dunning-Kruger. Y para subsanar esto es importante lo de zapatero a tus zapatos, y no creo que sea tan difícil elegir a un sanitario con bagaje en su profesión, y con todos los MBA, Másteres y Cursos de gestión y organización que sean menester, pues con ese perfil hay centenares de profesionales que harían esta labor con una gran base de partida (la mayoría seguramente sin perfil político, pero pueden ir de independientes). Porque como me dijo una profesora en mi MBA del IESE Business School (como el de nuestro ministro): “en sanidad no se trabaja con mano de obra, se trabaja con cerebros de obra”. 

Y en un lugar como es la profesión de sanitarios con tantos “cerebros de obra” se nota mucho, a la legua, el efecto de Dunning-Kruger.  No perdamos la oportunidad de aprender con los errores (este ha costado muy caro) y que al frente de las instituciones no haya jefes sino líderes, no haya políticos sino técnicos profesionales en la materia con una brillante trayectoria previa que le avale. 

lunes, 22 de junio de 2020

Los niños y niñas no son culpables de nada



Los parques infantiles han seguido cerrados hasta el final del confinamiento. Hace semanas que las terrazas estaban abiertas, también los bares y restaurantes. También las playas. Pero los parques infantiles han seguido cerrados hasta el final, con esas bandas policiales de "no pasar". Y han sido de las últimas cosas por abrir en la ciudad… Pero es que hasta hace poco hasta los grandes parques, llenos de vegetación, también estuvieron cerrados. 

Los niños y niñas no son culpables de nada, son los más inocentes de esta pandemia de la COVID-19. Afortunadamente es así y lo confirman los datos de todo el mundo, de todos los lugares. Se plantea hipótesis varias de por qué este buen comportamiento ante esta enfermedad con tantos interrogantes, pero los datos confirman que el SARS-Cov-2 ha afectado poco y de forma poco grave a la infancia y adolescencia. Un ejemplo cercano: en la provincia de Alicante, con casi 2 millones de habitantes, solo han presentado una PCR positiva al nuevo coronavirus un total de 12 niños, la mayoría sin sintomatología (y en el contexto de pruebas realizadas antes de una intervención quirúrgica). La mitad de esos niños han tenido síntomas leves y no solo alguno ha precisado hospitalización para observación. Ninguno ha precisado soporte respiratorio. Ninguno ha tenido una enfermedad grave. 

El comportamiento de la infancia y adolescencia ha sido ejemplar. El comportamiento de los políticos no ha sido ejemplar. Pero los niños y niñas no votan. Porque España ha sufrido el confinamiento más severo de Europa y, a la vez atesora, las peores estadísticas: mayor número de afectados por 10.000 habitantes, mayor número de fallecidos por 10.000 habitantes, mayor número de ancianos fallecidos por 10.000 habitantes, mayor número de sanitarios fallecidos, mayor tasa de paro y de ERTEs por 10.000 habitantes. No salen las cuentas. 

Pero esto no ha acabado. Porque la inoperancia y negligencia política previa no se puede pagar ahora con la severidad (plagada de miedo) contra la sociedad: algo así como si hay un rebrote (señores, el riesgo cero no existe en nada) será responsabilidad de los “irresponsables” españoles y, sino, para eso están los periodistas amarillistas para sacar las inoportunas fotos con gran angular para demostrarlo. La ciudadanía ha tenido un comportamiento ejemplar, aunque personas con actitudes incorrectas las hay en todas las partes y en todas las circunstancias, también en las carreteras (y por ello no hemos dejado de conducir) y hasta en los propios hospitales (donde se vacuna cada año de la gripe - una de las enfermedades con mayor morbimortalidad - menos de la mitad de los profesionales sanitarios que tendrían la obligación ética y moral de vacunarse, pero por ello no dejamos de creer en ellos).

Y los niños y niñas parecen diana propicia de esta severidad y falta de tino. Todos recordamos con estupor cuando las primeras propuestas de salida de nuestros hijos y nietos dadas por nuestro Gobierno: acompañar a los padres al banco, la farmacia o las tiendas. Medida tan incoherente que duró lo que tardó en ser publicada y retirada (hábito demasiado común de nuestros políticos, en los que la reflexión y consenso con todas las partes no es hábito). 

Los niños y niñas no han podido volver al colegio. Y ahora se siguen gestando propuestas de vuelta al colegio para el curso que viene. Propuestas con las que casi nadie está de acuerdo (dejamos aparte aquella de que solo irán a clase la mitad de los alumnos y se irán turnando, pues preferimos pensar que no se dijeron por nuestros responsables de Educación). Pretenden que en las escuelas se mantenga la distancia de seguridad de dos metros entre los niños, y en las terrazas están todos sentados unos al lado de otros. La escuela va a recibir a unos niños que están traumatizados (todos, también la infancia, ha salido tocada… no más fuerte) y los va a retraumatizar porque son unas condiciones (mascarillas, pantallas, distanciamiento) que no respetan ni sus necesidades ni sus derechos. Y muchos de estos alumnos vendrán con una carga extra de ansiedad, tristeza y depresión ante las condiciones en que verán a muchas de sus familias, donde el trabajo va a escasear y los problemas familiares van a aumentar. No se avecina la mejor época para las familias para acompañar a sus hijos hacia una infancia feliz. No hagamos del otro entorno común a ellos, el colegio, un lugar problemático. 

Son muchas personas, muchos profesionales vinculados y conocedores de la infancia, los que piensan que las escuelas se deben organizar no a partir de las necesidades de la COVID-19, sino de en base a las necesidades de la infancia. Y su principal necesidad es aprender a cuidarse unos a otros en un entorno no traumático. El miedo no puede ser un recurso educativo. 

Es hora de tomarse muy en serio lo de no hacer leyes absurdas y de que empecemos a cuidar de ellos. Nadie duda de que no hay mala voluntad de quien lanza ideas o normas que duran horas o días, pero es muy importante contar con muchas voces y opiniones fundamentadas (educadores, pediatras, psicólogos, pedagogos, etc.) para partir de un hecho claro: que estamos utilizando unas medidas en la infancia que están provocando unos efectos colaterales infinitamente más graves que el impacto que tiene el virus en ellos. 

Finalizo con un pensamiento de la docente e investigadora, Heike Freire, en una reciente entrevista: “La Asociación Española de Pediatría, el Gobierno y las consejerías de Educación deberían tomar nota de que los niños no sufren de COVID y de lo que están sufriendo ahora mismo es de los confinamientos estrictos que han sufrido. Han sido los únicos niños de toda Europa que no han podido pisar la calle durante un mes y medio. Ahora mismo queremos meter a los niños en una escuela que es absolutamente monstruosa, cruel y traumatizante”. 

Los niños y niñas no son culpables de nada…

sábado, 20 de junio de 2020

Cine y Pediatría (545). “El mejor”… y lo peor



Dos películas han marcado ya en Cine y Pediatría el dolor de los padres por la muerte inesperada de un hijo: la italiana La habitación del hijo (Nanni Moretti, 2001) y la holandesa Tonio (Paula van der Oest, 2016).  Dos películas para adentrarnos en el duelo en su máxima expresión, y en sus clásicas cuatro fases del duelo: fase de aturdimiento, fase de anhelo (o búsqueda), fase de desorganización (o desesperanza) y fase de reparación. Y entre ambas, hoy presentamos la estadounidense El mejor (Shana Feste, 2009). 

Pero El mejor es quizás algo más, y quizás algo menos. Porque el principio de la película es un valiente e intenso plano que anuncia la espléndida película que podría haber sido y finalmente no fue. En efecto, tras el entierro del hijo adolescente, su familia (el padre, la madre, el otro hijo) viaja en el asiento trasero de un coche. Feste les dedica un plano fijo, largo, un minuto de tensión que sin palabra alguna, sólo con el registro de sus rostros desconsolados, sabe transmitir el profundo dolor que padecen. De seguir por ese camino, El mejor se alinearía en las filas del Moretti de La habitación del hijo o de van der Oest de Tonio. Pero un cuarto personaje, y sin duda el más importante de esta película, aparece: la novia del fallecido, embarazada de él y en su adolescencia. De hecho, ya mencionamos hace tiempo esta película en la entrada sobre el embarazo en la adolescencia.

Porque de forma retrospectiva conocemos que dos jóvenes de 18 años se enamoran idílicamente, Bennet y Rose (Carey Mulligan), y en su primera noche juntos el último día del curso, ella queda embarazada y él pierde la vida en un accidente de tráfico. Al cabo de unos meses, Rose se presenta ante los padres de Bennet y les dice: “Estaba enamorada de él. Por eso quiero tener el bebé. Estuve enamorada de él cuatro años. Casi no le conocía… pero todo fue tal y como me lo había imaginado. Todo fue como yo quería que fuera. Tengo que tener este hijo. Creo que él fue el amor de mi vida”

Y cada miembro de la familia soporta el duelo de la perdida de forma diferente. El padre, Allen (Pierce Brosnan), profesor de matemáticas, contiene la pena y el llanto, somatizando su ausencia de lágrimas. La madre, Grace (Susan Sarandon, siempre excepcional, con cierto recuerdo a aquella madre coraje de El aceite de la vida), no desea pasar página y quiere hablar del hijo muerto, saber qué dijo en el cuarto de hora que permaneció vivo tras el accidente de coche, y por ello llega a cuidar al camionero que se vio implicado en ese accidente. El hermano, Ryan (Jhonny Simmons), se aferra al papel de hijo malo e imperfecto, a diferencia de Bennet. Y todos intentan recuperar su vida: Allen dejando a su amante, Ryan intentando abandonar su afición a las drogas (su madre le analiza la orina cada dos semanas). Y todos intentan alguna forma de ayuda: “Internet está lleno de sugerencias sobre el duelo”, le dice el padre a su esposa, sin éxito. Y el duelo, ya difícil, se hace más complejo, con la llegada de Rose: porque una vida no repone otra, ¿o sí…? “No se suele regalar un cachorro a alguien que ha perdido un perro…¡Debería haber muerto ella!”, son las duras y dolorosas palabras de Grace ante la presencia de Ros. 

Emotivo film que supone el debut en la dirección de la californiana Shana Feste, que también ha escrito el guión, y que obtuvo buenas críticas en el Festival de Sundance, para contarnos la perdida de ese hijo perfecto, bueno y simpático (“el mejor”) y la difícil aceptación de la ausencia. Una ausencia que se intenta mitigar con la llegada de una nueva vida, y con el valor de esta madre adolescente por salir adelante. Un guión delicado que mezcla aspectos de La habitación del hijo y de Juno (Jason Reitman, 2007) podría correr el riesgo de ser demasiado lacrimógeno o edulcorado, lo que se mitiga con sus actores protagonistas, especialmente esta joven Carey Mulligan que el futuro anunciaba como la nueva Kate Winslet o la nueva Audrey Hepburn (que para todos los gustos ha habido para este nuevo ángel cinematográfico) y que nominaciones a sus interpretaciones en An Education (Lone Scherfig, 2009) y Drive (Nicolas Winding Refn, 2011), lo atestiguan. 

Sea como sea, El mejor nos regala un final muy reparador, donde Rose confiesa a su nueva familia (y a nosotros, como espectadores): “Quiero saber todo lo que sabría si estuviera vivo. Quiero tener más recuerdos suyos”. Y así acompañamos a la familia de El mejor a las vivencias de su peor momento y que no es difícil adivinar que para la mayoría de las personas no es otro que la pérdida inesperada de un hijo.


miércoles, 17 de junio de 2020

Algoritmos de Pediatría en Atención Primaria



La Guía de Algoritmos en Pediatría de Atención Primaria es un proyecto de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap) que se viene realizando desde el año 2015. Se trata de una publicación en formato web, con actualización continua y acceso libre, que consiste en un compendio de algoritmos o árboles de decisión referidos a los principales motivos de consulta en pediatría de atención primaria, ordenados por especialidades. 

La guía está concebida como un instrumento de ayuda al pediatra en la consulta de atención primaria, con el objetivo de orientarle en su toma de decisiones. Se ha procurado que todos los contenidos estén basados en la mejor y más actualizada evidencia científica, mediante una revisión sistemática y crítica, pero su aplicación nunca debe sustituir al juicio clínico del facultativo y la valoración individual de cada paciente.

En este momento hay publicados 69 algoritmos. Y la búsqueda se puede realizar por orden alfabético, por fecha de publicación o por áreas temáticas. 

Se puede acceder a este interesante recurso desde este enlace

Las últimas publicaciones, en estos largos tres meses de confinamiento, han sido:
- Dislipemia
- Hiperglucemia
- Atención al niño y niña inmigrantes
- Anomalías vasculares congénitas

Os dejamos el ejemplo del último algoritmo publicado sobre Dislipemia.