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sábado, 29 de junio de 2024

Cine y Pediatría (755) “Colegas”, el homenaje más Down al séptimo arte


El síndrome de Down vuelve a ser el protagonista de una película y las personas con trisomía 21 son los actores de este film tan particular: Colegas (Marcelo Galvao, 2012), película brasileña que se suma a otras filmografías que han buscado recordarnos que la vida no va de cromosomas, sino de amor e integración. Y aquí podemos recordar la película francesa El octavo día (Jaco Van Dormael, 1996), la estadounidense Duo: The True Story of a Gifted Child with Down Syndrome (Alexandre Ginnsz, 1996), la británica After Life (Alison Peebles, 2003), la española León y Olvido (Xavier Bermúdez, 2004), la argentina Anita (Marcos Carnevale, 2009), la libanesa Ghadi (Amin Dora, 2013), la italiana Mi hermano persigue dinosaurios (Stefano Cipani, 2019), entre otras muchas.       

La película nos presenta con voz en off - que será habitual en el metraje - a nuestros tres protagonistas internados en una institución para personas con síndrome de Down: Stalone (Ariel Goldenberg), a quien pusieron el nombre preferido del actor del padre, pero fue lo único que prefirió, pues aquel se largó de casa al enterarse del diagnóstico de su hijo y meses después su madre le abandonó también; Marcino (Breno Viola) perdió pronto a sus padres y sus hermanos decidieron meterlo en una institución, de forma que al principio sí lo visitaban, pero pasado un tiempo nunca más se supo de ellos; Aninha (Rita Pokk) si tenía padre y madre, pero nunca les conoció, aunque siempre le decían que vivirían juntos cuando ella se casara (pero tenía que ser con un cantante y en el día de San Judas Tadeo). Y entre ellos se llamaban colegas, teniendo como trabajo la videoteca de la institución, de ahí el amor por las películas. 

Y de una de esas películas, Thelma & Louise (Ridley Scott, 1991), cuyos diálogos Stalone se sabían de memoria, surge la idea de huir con el coche del jardinero para vivir una experiencia en libertad. Es entonces cuando se hacen llamar Sr. Green, Sr. Blue y Sr. Pink, como los protagonistas de Reservoir Dogs (Quentin Tarantino, 1992), e inician una particular road movie que comienza con un atraco - y las mascaras que se pone son un homenaje a la película Los Clowns (Federico Fellini, 1970) -, y que les lleva hasta Buenos Aires, en busca de cumplir sus tres deseos: Stalone quiere ver el mar, Aninha busca un marido y Marcio quiere volar. Y es así que, con esta alocada y peculiar persecución de los agentes de policía, esta película se convierte en un continuo homenaje al séptimo arte, y las referencias previas ya nos marcan el camino. Y en los títulos de crédito finales se nos especifican las escenas relacionadas con alguna de estas películas que iremos descubriendo: Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, George Cukor, Sam Wood, 1939), Casablanca (Michael Curtiz, 1942), Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), James Bond contra Goldfinger (Guy Hamilton, 1964), El graduado (Mike Nichols, 1967), Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), Superman (Richard Donner, 1978), Scarface (Brian de Palma, 1983), El sentido de la vida (Terry Jones, Terry Gilliam, 1983), Terminator (James Cameron, 1984), Cobra (George R. Cosmatos, 1986), El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989), El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991), Los tres mosqueteros (Stephen Herek, 1993), Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994), Asesinos natos (Oliver Stone, 1994), Jerry Maguire (Cameron Crowe, 1996), Titanic (James Cameron, 1997), La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), Men in Black (Barry Sonnenfeld, 1997), Matrix (Hermanas Wachowski, 1999), Tropa de élite (José Paldinho, 2007), entre otras. 

Las referencias son continuas, incluso en algunos diálogos alrededor de este grupo ya conocido por la policía como la Banda del síndrome de Down, algunos en off (“Stalone aprendió un poco de francés y español con las película de Godard y Almodóvar”) y otras menos políticamente correctos (“Debemos tener mucho cuidado. Debido a que son deficientes mentales viviendo el mundo lúdico del cine”). Es Colegas una película donde no solo el cine está presente, sino también la música es omnipresente, como no podía ser menos en un homenaje a estas personas con tanta sensibilidad musical. Y quiero destacar el homenaje implícito del film a la figura de Raul Seixas, una de las máximas figuras del rock brasileño, a quien se debe gran parte de las canciones que suenan y que hace un cameo no real en la historia (pues Raul Seixas falleció en 1989 a los 44 años de edad por una pancreatitis devenida de su alcoholismo). 

Y finalizo con dos dedicatorias. Una, la de la propia película al final, muy especial y que da sentido al mensaje que quiere transmitir su director: “Para aquellos que, pese a las adversidades, con una simple sonrisa, ven la felicidad en las pequeñas cosas de la vida. A mi tío Marcio, gracias por haberme enseñado tanto. Marcelo Galvao”. Y otra en recuerdo a Raul Seixas, que nos dejó un mensaje que utilizo desde hace décadas en mis proyectos: “Un sueño que se sueña solo es sólo un sueño que se sueña solo, pero un sueño que se sueña juntos es realidad”. 

Pues eso, soñemos un mundo donde se permita vivir con dignidad a todas las personas, independientemente de su número de cromosomas. Y que, al menos, puedan nacer… Entonces si sería un mundo “de cine”. Y así nos lo demuestra Colegas, todo un homenaje al séptimo arte, como ya otras películas también lo hicieron, y recordamos dos hermosas historias como Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988) y La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011).

Nota final. No confundir esta película brasileña, Colegas, con otras películas del mismo título en nuestro país, dos estadounidenses (Colegas/Hangin' with the Homeboys dirigida por Joseph B. Vasquez en 1991, y Colegas/The Wood dirigida por Rick Famuyiwa en 1999) y la española Colegas (Eloy de la Iglesia, 1982), uno de los films prototipos del cine quinqui en nuestro país. 

 

sábado, 18 de noviembre de 2023

Cine y Pediatría (723) “Broker”, la adopción y las familias improbables de Koreeda


Es Hirokazu Koreeda un referente absoluto en cuanto al cine japonés contemporáneo se refiere y uno de los directores más prolíficos de la industria del séptimo arte, prácticamente con el estreno de una película cada año en la última década y con obras premiadas en los principales festivales del cine del mundo. Y, sin duda, el director por antonomasia de este proyecto que es Cine y Pediatría, y ello por su especial visión de la familia y la infancia, ese ecosistema peculiar en el que transcurre casi todo su universo cinematográfico. Ya hemos dedicado un artículo especial a este director, revisando las siete películas ya comentadas en este blog. Todo comenzó con Nadie sabe (2004), ese brutal relato de supervivencia contado a vista de niño; continuó con Still Walking/Caminando (2008), sobre la importancia del núcleo familiar, aunque sea una familia desestructurada unida por el cariño, el resentimiento y los secretos; Kiseki/Milagro (2011), ese milagro del reencuentro familiar de dos hermanos que viven separados y que nos acerca a la indisolubilidad espiritual de la familia; De tal padre, tal hijo (2013), nos plantea quién es nuestro verdadero hijo, si alguien con el que pasamos todo nuestro tiempo o alguien con el que compartimos la sangre; Nuestra hermana pequeña (2015), una profunda reflexión sobre cómo madurar sin la figura de los padres, y hacerlo en un hogar que es un espacio de supervivencia libre de resentimientos; Después de la tormenta (2017), ese infinito y delicado ecosistema producto de relaciones entre abuelos, padres e hijos; y Un asunto de familia (2018), allí donde Koreeda condensa todos los dilemas acerca de las relaciones humanas y familiares, rompiendo esquemas tradicionales. Y ahora llega Broker (2022), la primera de sus películas rodadas en Corea del Sur y con actores reconocidos del emergente cine coreano, para poner el contexto familiar bajo el tema nuclear de las adopciones.       

Y es que desde hace casi tres décadas Koreeda lleva preguntándose qué es la familia, ese universo entre padre, hijos, hermanos, abuelos, nietos, tíos y primos. Y lleva años postulando que no es necesariamente la sangre la que determina tus raíces, sino los vínculos emocionales, los recuerdos y las experiencias vividas. El eterno debate entre “nature” o “nurture”, genética o educación… y todo ello bajo la visión del país del sol naciente. Se ha hablado en más de una ocasión de Koreeda como el heredero espiritual de Yasujiro Ozu, pues ambos son compatriotas y ambos centran buena parte de sus filmografías en examinar el funcionamiento de la familia japonesa en sus respectivas épocas. Ahora bien, no solo importante el qué, sino el cómo, y en el caso de Ozu sus imágenes perduran por la ética y la estética, y en Koreeda la estética no es su objetivo principal. Pero si Koreeda no destaca por su puesta de escena, sí sobresale en la dirección de actores, con elencos creíbles (y con especial mención a las interpretaciones de los niños y niñas). Y en Broker continúa este patrón temático y formal. El toque Koreeda sigue aquí…en esta peculiar road movie en furgoneta con cinco personajes seguidos muy de cerca por el coche de las dos agentes de la Unidad de Menores. 

Todo comienza en una noche de lluvia torrencial, cuando la joven So-young (Lee Ji-eun, cantante y actriz surcoreana conocida como IU) abandona a su bebé a las puertas de una iglesia. Dos mujeres policías de la Unidad de Menores vigilan el lugar, la inspectora Su-jin (Bae Doona, la actriz principal de Un monstruo en mi puerta, July Jung, 2014), y su ayudante, la detective Lee (Lee Joo-young), a quien le dice: “No tengas un bebé si vas a abandonarlo”. Y meten al recién nacido en la ventanilla metálica para bebés que tiene disponible la Iglesia de la Familia de Busán. Allí dos hombres recogen al recién nacido, quien lleva una nota de la madre donde pone que se llama Woo-sung y que promete volver a por él, y ellos dicen al bebé: “Vas a ser muy feliz aquí”. Estos hombres, Sang-hyenon (Song Kang-ho, galardonado por su interpretación en Cannes, y uno de los más famosos actores surcoreanos, visto en Parásitos, Bong Joon-Ho, 2019), y y el joven Doing-soo (Gang Dong-won) se dedican a traficar con estos bebés abandonados para venderlos a padres dispuestos a pagar una tarifa. Cuando So-young regresa a la iglesia, arrepentida, descubre el negocio ilegal de ambos hombres y decide unirse a ellos para encontrar a los padres adoptivos más adecuados.   

Y todos estos protagonistas parten hacia un inusual viaje por carretera en busca de los mejores compradores del bebé, y en donde iremos descubriendo el pasado de cada uno nuestros protagonistas: Sang-hyenon está separado y su ex mujer e hijos viven en Seúl; Doin-soo regresa al orfanato donde se crió y desde allí se les suma al viaje un niño ya mayor amante del fútbol que sigue sin ser adoptado; conoceremos que So-young ha asesinado al padre de su recién nacido, pues ella ejercía de prostituta, y lo hizo por decirle que el niño no debía haber nacido y querer quitárselo (y ahora su verdadera mujer busca al pequeño); y las dos agentes pasan la mayor parte del tiempo dentro del coche, con la misión de atrapar a estos traficantes de bebés con las manos en la masa, y con un pensamiento muy fundado: “Es una irresponsable. Tener un bebé y abandonarlo así”. Y las interacciones entre ellos se cruzan y cambian, en una continua reflexión sobre el sentido de la familia. Y se mezclan las escenas más simpáticas (como cuando acuden a urgencias pediátricas con el recién nacido y Sang-hyenon le dice a la madre: “Es normal que tengan fiebre. Es que están creciendo”) con otras más profundas (“¿Es que matarlo antes de que nazca en vez de abandonarlo, es menos pecado?”, pregunta la joven madre a la inspectora). 

Y durante más de dos horas de metraje son varias las oportunidades para preguntarnos en la actitud de cada personaje, ¿dónde empieza la maldad y dónde acaba la bondad? Pues es más que evidente la ilegalidad e inmoralidad del tráfico de bebés, pero tal como nos lo presenta Koreeda no será fácil definir quién obra bien y quién mal: la joven madre decide no abortar y entregar su bebé en una iglesia que ha instalado una caja de recién nacidos; los traficantes de bebés los salvan de la muerte o de una vida muy precaria; los compradores en el mercado negro de bebés, con gran deseo de ejercer una paternidad que no pueden conseguir por vía natural, tiene la disposición de darles la mejor de las vidas,… Porque quizás el propio título de Broker nos pone en la pista de esta película. Porque si se define como un bróker a la persona que actúa como intermediaria en operaciones de compra y venta de valores financieros y acciones que cotizan en bolsa, aquí estos valores son los recién nacidos de adopción. 

Broker es una emotiva road movie que parte de un tema escabroso y acaba convirtiéndose en un bálsamo para el corazón, donde el cariño y afecto se apodera de cada uno de los protagonista, que acaban constituyen una familia… para acabar agradeciendo cada uno el haber nacido.

 

sábado, 15 de febrero de 2020

Cine y Pediatría (527). “La sonrisa verdadera” y el viaje verdadero al autismo


Hoy, 15 de febrero de 2020, Cine y Pediatría clausura en Valencia la VI Reunión Anual de la SVANP (Sociedad Valenciana de Neuropediatría) y lo haré con la conferencia "Cine y Trastornos del neurodesarrollo", un tema que ya se ha impartido en otros congresos y reuniones. Concretamente en el año 2018 en la XIV Reunión sobre Abordaje multidisciplinar de los Trastornos del neurodesarrollo en la infancia celebrado en el Hospital Ramón y Cajal (Madrid) y en el año 2019 en dos ámbitos: en la I Jornada Científica Conocer la Discapacidad celebrada en la Universidad Miguel Hernández (Alicante) y en 51 Congreso Nacional de la Confederación Nacional de Pediatría de México celebrada en Guadalajara (Jalisco/México), una conferencia de clausura inolvidable en el mayor congreso en español de Pediatría del mundo. Un tema en el que “prescribimos” un buen número de películas en relación con los trastornos del neurodesarrollo y donde una entidad es clave y protagonista principal: el trastorno del espectro autista, conocido también por las siglas de TEA. 

Pues bien, como homenaje a esa efeméride, y como un guiño y una sonrisa a estos eventos llenos de ciencia y de conciencia, hoy viene a este espacio una película que es todo un viaje al autismo. Un viaje real de dos hermanos que recorren 1300 km en tándem en bicicleta desde Cuenca a Marruecos, a una recóndita aldea del Atlas marroquí. Un viaje que es una novela, una película y una web y que lleva por título La sonrisa verdadera. 

La novela “La sonrisa verdadera” ha sido galardonada con el premio Feel Good a novelas optimistas, que nos dicen que vale la pena seguir pedaleando en la vida. La historia de Sergio Aznárez Rosado, quien nació ciego y, cuando quiso sentir y reconocer su entorno, el autismo se lo hizo todavía más difícil. La vida no se lo puso fácil, pero fue sumamente generosa al darle el mejor de los hermanos, Juanma, un muchacho alegre, vital y emprendedor, quien junto con Sergio se embarcó en un emocionante viaje que se convirtió en el reto de sus vidas. Pero curiosamente a lo que suele ser habitual, esta novela, que se publicó en el año 2017, fue posterior a la película. 

Porque fue en el año 2015 cuando se estrena la película La sonrisa verdadera, película documental dirigida por Juan Rayos, un director con experiencia detrás de la cámara y con ese grado de sensibilidad necesario para esta aventura llena de matices y con tres protagonistas principales: los hermanos Sergio y Juanma y la madre de ambos, Mari Rosa Rosado, quien desde el primer momento, no tomó la situación como una tragedia sino como una misión, para su hijo y para ella. El camino fue duro, pero no hay duda de que en esta familia son buenos ciclistas y como nos dicen, no solo tienen piernas fuerte sino sonrisa musculosa. Y baste revisar las intervenciones de la madre en la película, cuando nos dice cosas así: 
“Sergio nació con una microftalmia severa. Tenía los ojos del tamaño de una cabeza de alfiler. Se los extirparon un poco antes de salir del hospital. Hasta entonces mi papel en la vida no había sido especialmente brillante, digamos. Y pensé que a lo mejor era un momento para mejorarlo. Pensé que realmente se podía ser feliz sin ver. Sentí un profundo dolor por mi hijo, por todo aquello que no iba a poder apreciar, por todo aquello que no iba a poder ver, por lo maravilloso que es la vida cuando ves. La infancia de Sergio se inició con una operación: tuvieron que ampliarle la cavidad orbitaria y hacerle una reconstrucción de párpados. Aquel momento fue muy doloroso, fue muy traumático. Sergio sufrió muchísimo y además se prolongó durante un año largo. Yo creo que en aquel momento surgió el autismo de Sergio. La primera infancia de Sergio fue muy difícil. Era un niño que estaba siempre asustado: le asustaban los espacios, fuera del entorno familiar, fuera de su círculo pequeñito de la casa, Sergio estaba muy asustado. Rechazaba los objetos, le hacían daño los sonidos, había que preverle de todo lo que sonara. Y todos los sonidos eran nuevos para él. Sin embargo, eran su fuente de información. Y era paradójico, pues a la par que le gustaba, le alteraban y le producían un pánico tremendo. Tenía unas crisis de pánico muy fuertes. Luego era un niño que movía mucho la cabeza y estaba ensimismado en su mundo. No quería realmente incluirse en el mundo real. Porque no le gustaba, porque le hacía daño, porque le agredía”. 
“A los seis años descubrimos que era autista… Era autista y ciego y que iba a depender de mí toda la vida. Que el trastorno que tenía no tenía cura. Me sentí muy triste. Pero bueno, luego se me pasó. Lo olvidé, realmente. Y acepté una forma diferente de vivir y una forma distinta de ser feliz”. 
“Dicen los especialistas que tener un hermano para un autista es lo mejor, porque le rompes su monotonía y su vida tan igual. La relación de Juanma con Sergio ha sido siempre maravillosa…”. 

Y desde la web La sonrisa verdadera extraemos estos comentarios de lo que es y significa esta película, primero, y ese libro, después. Y donde Juanma nos confiesa que todo empezó con un deseo: compartir la maravillosa experiencia de tener un hermano ciego y con autismo. Y cómo su vida y la de su familia se ha enriquecido con Sergio, donde todos son una piña entorno a un ser que admiran y del que sienten afortunados. Y este viaje era un regalo a su hermano al pedalear  juntos con destino a Marruecos para visitar a su gran amiga Mati. Y para cumplir este sueño fundaron la productora Visual Wagon y lanzaron un crowfunding, Y durante ese viaje grabaron esta película documental de 85 minutos y escribieron el libro. Y aún siguen viajando en tándem y empujando un nuevo proyecto, por nombre “Be my brother”

Y el resultado de aquel viaje es un viaje a la mirada vacía de un autista ciego que nos enseña así su mundo, tan verdadero y mágico como el desierto al que se dirigen. Pero el amor de Sergio a la música le conectó a la vida y las grabadoras le fueron conectando a su realidad. Y quizás la sonrisa verdadera es oír hablar a Juanma de Sergio: “Lo mejor de mí ha ido creciendo con él”. Hay cosas que sí valen la pena. 

Y La sonrisa verdadera es película más que nos enfrenta al viaje (físico y emocional) alrededor de la discapacidad (o las capacidades diferentes, como hoy preferimos llamarlas), con una mezcla de películas que ya forman parte de la familia de Cine y Pediatría: desde Todos los caminos (Paola García Costas, 2018), también una “road movie” a dos ruedas a favor del síndrome de Rett, a Mundo pequeño (Marcel Barrena, 2012), ese viaje a las antípodas de la Tierra de un joven parapléjico en silla de ruedas. Viajes que son verdaderos ejemplos de vida y de superación. Viajes con una sonrisa, con la sonrisa verdadera.

 

sábado, 25 de mayo de 2019

Cine y Pediatría (489): “Güeros”, donde ser joven y no ser revolucionario es una contradicción



El término “güero” en México y en algunos otros países de América Central y del Sur se emplea para designar a una persona de tez clara con pelo rubio, castaño o rojo. Este término se opone al de moreno, que es de tonos de piel marrón oscuro o negro-marrón y/o de origen amerindio o afro-mexicano. Y güero es como se les llama a los de piel blanca, que quiere decir cigoto, pálido, enfermo. Y ese término sirve de título a la ópera prima del director mexicano Alonso Ruizpalacios en el año 2014: y Güeros fue considerada por la crítica la mejor película de dicho año en México, arrancando ovaciones y premios en diferentes festivales internacionales. 

Güeros es una película filmada en blanco y negro, una road movie muy chilanga (que es como se llama a los habitantes de Ciudad de México) con cuatro estudiantes de protagonistas y con telón de fondo de la famosa huelga estudiantil de la Universidad Nacional (UNAM) de 1999, que duró más de 10 meses. Una huelga que revolucionó al país, tema de discusión permanente en los medios de comunicación y que se desencadenó tras la modificación del Reglamento General de Pagos de la UNAM, piedra que colmó el vaso de otros muchos descontentos. Una huelga en la que los estudiantes tomaron las instalaciones universitarias y donde todo se fue un poco de las manos, tal como refleja la cinta. 

Una película que se narra en cinco partes, por nombre Sur, Poniente, Ciudad Universitaria, Centro y Oriente. Y en donde la primera secuencia de Güeros es desconcertante y estridente: una madre sale despavorida con su hijo lactante en brazos, que no deja de llorar mientras ella hace las maletas para escapar del hogar y mientras un teléfono suena de forma continua y amenazante. En la calle, un suceso inesperado interrumpe su huida: un globo de agua cae sobre el bebé, desconcertando a la madre. La cámara y el relato se vuelven hacia los responsables y esta anécdota sirve para dar a conocer al primer protagonista, Tomás (Sebastián Aguirre). Este es solo el primero de los cambios repentinos y las sorpresas de esta película realizada de retazos y fundidos en negro

Una nueva travesura de este adolescente de 13 años que acaba con la paciente de su madre: “Te vas a ir con tu hermano un tiempo a la ciudad. Ya no puedo contigo, ya no puedo”. Y Tomás parte de Veracruz hasta Ciudad de México, en busca de su hermano mayor Federico/Sombra (Tenoch Huerta), quien vive con su amigo Santos (Leonardo Ortizgris) en una casa donde nada funciona, como nada funciona en su universidad, la famosa UNAM, levantada en huelga. Una casa sin luz en la que fuman, y beben, y con la vecina niña con síndrome de Down hablan a través de un vaso de plástico que les sirve de teléfono. Una vida en la que matan el tiempo platicando y arreglando el mundo, con discusiones baladíes sobre no entender qué es el desayuno continental (pues no saben a qué continente se refieren), donde Federico presenta ataques de pánico (“le está dando el tigre”, lo refieren) y en donde el joven Tomás, harto de todo esto, llega a decirle: “Me cago en tu puta tesis, tu puta huelga y tu puta vida”

Y Tomás se lleva una cinta de casete “que una vez hizo llorar a Bob Dylan, eso dijo mi papá”. Una cinta de Epigmenio Cruz, rey del rock nacional ficticio, que se titula “Los güeros” y que sirve de “macguffin” a la historia. Y Tomás, Federico y Santos parten en la búsqueda del cantante que parece que se está hospitalizado por una cirrosis, para honrarle. Y así la película se transforma en una especial “road movie” por Ciudad de México, que se traslada del zoológico de Chapultepec a barrios marginales, y con epicentro en la UNAM y el problema estudiantil. Allí encuentran a Ana (Ilse Salas), en plena asamblea dentro de la universidad, una universidad tomada por los estudiantes y por los lemas, algunos muy significativos: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción” o “Educación primero al hijo del obrero, educación después al hijo del burgués”. Una UNAM repleta de consignas, asambleas, discusiones, fiestas y peleas, y en donde Ana al ver que han manchado un mural se pregunta: “¿Qué diría Siqueiros?”. 

Y ahora nuestros cuatros protagonistas siguen buscando a Epigmenio Cruz, “el único que pudo haber salvado el rock nacional”, quizás ese sustituto emocional del mundo sin figura paterna de Tomás. Y llegan a perderse en la ciudad durante la búsqueda, entre los numerosos puentes colgantes y tiendas Oxxo, recorriendo innumerables cuadras. Y Tomás pregunta “Dónde estamos” y su hermano le responde, “En la Ciudad de México”. Y la película continúa como una propuesta sensorial y existencial, una atípica “road movie” física y emocional con momentos estelares. Destaco dos escenas y diálogos. Cuando Federico/Sombra reflexiona sobre la películas Los olvidados (Luis Buñuel, 1950): “Puto cine mexicano. Agarran unos pinches pordioseros en blanco y negro y dicen que ya están haciendo cine de arte. Los chingados directores no conformes con la humillación de la Conquista todavía van al Viejo Continente y le dicen a los críticos franceses que nuestro país no es más que un nido de marranos, rotos, diabéticos, agachados, ratoneros, fraudulentos, traicioneros, malacopa, putañeros, acomplejados y precoces”. Y Santos sentencia: “Si lo es”. Y cuando encuentra a Epigenio en un bar y Federico/Sombra enaltece las letras de sus canciones: “Mi papá decía que si el mundo era una estación de trenes, la gente, los pasajeros, los poetas no son los que van y vienen, sino los que se quedan en la estación viendo los trenes partir…Porque tú eres de los que ven los trenes partir”. 

No es Güeros una película fácil ni apta para todos los públicos, pero que sí recompensará a aquellos que se atrevan a disfrutar de su caos y de sus ganas: ganas de cine y ganas de vivir. Y disfrutar del gusto de sus primeros planos: como es beso final de Federico y Ana. Un beso antes que se parta la manifestación… y preludio del fin de esta película tan especial, sobre una juventud que buscaba y que sigue buscando. No sé si buscaban las lágrimas de Bob Dylan, pero poco importa… Lo cierto es que, de uno u otra forma, ser joven y no ser revolucionario se constituye en una contradicción. 

 

sábado, 9 de marzo de 2019

Cine y Pediatría (478). “Manny y Lo”, una road movie con luz escarlata


Hace tiempo comentamos en Cine y Pediatría dos entradas sobre pequeños grandes actores en Hollywood o niños prodigio en el séptimo arte, tanto en blanco y negro (Jackie Coogan, Jackie Cooper, Shirley Temple, Freddie Bartholomew, Margaret O´Brien, Mickey Rooney, Johnny Sheffield, Bobby Driscoll, Dean Stockwell, Natalie Wood, Roddy McDowall, Elizabeth Taylor,…) como en color (Ron Howard, Jodie Foster, Tatum O´Neal, Rick Schroeder, Jennyfer Connelly, Christian Bale, Leonardo di Caprio,-Lukas Haas, Elijah Wood, Natalie Portman, Anna Paquin, Kirsten Dunst, Ben Affleck, Michael J. Fox, Ethan Hawke, Shia LaBeouff, Diane Lane, Juliette Lewis, Tobey Macguire, Joaquin Phoenix, Emmy Rossum, Wynona Ryder, Brooke Shields, Scarlett Johanson,…).

Y hoy vamos a hablar de esta última, Scarlett Johanson, una actriz que antes de convertirse en una de las actrices más cotizadas, amén de una sex symbol, en películas como La chica de la perla (Peter Webber, 2003), Match Point (Woody Allen, 2004) o Lucy (Luc Besson, 2014), presentó una infancia y adolescencia como actriz. Debutó con 9 años en Un muchacho llamado Norte (Rob Reiner, 1994), pero fue dando pasos de gigante con El hombre que susurraba a los caballos (Robert Redford, 1998), que la catapultó al éxito, éxito que cimentó en la adolescencia con películas como Ghost World (Terry Zwigoff, 2001) y Lost in translation (Sofia Coppola, 2003).

Pero entre estas obras de infancia hay una que he descubierto por casualidad y en la que Scarlett Johanson realiza a sus 11 años de edad un papel que enamora, tanto por su belleza y candor infantil como por el propio papel que interpreta. Hablamos de la película Manny y Lo (Lisa Krueger, 1996), una obra menor nada despreciable.

Manny es el apodo de Amanda (Scarlett Johansson) y Lo el apodo de Laurel (Aleksa Palladino), dos hermanas de 11 y 16 años, huérfanas de madre, y que huyen de sus respectivas familias adoptivas. De ahí la voz en off de Manny al inicio de la película: “Lo solía decir que hay gente que nace para estar en familia y otra que no. Y no tenías que sentirte mal si eras de las que no…”.

El sueño de Manny es el de tener una familia estable, mientras que el de Lo es el de ser azafata. La aventura en la que se embarcan les obliga a robar alimentos en tiendas, dormir en casas deshabitadas o en el automóvil, y a enfrentarse al inesperado embarazo de Lo, donde Manny le apoya de una manera precozmente razonable. Y así se nos aparecen como una fórmula infanto-juvenil de Thelma y Louise (Ridely Scott, 1991), una road movie con mensaje: “Nos aferrábamos a la regla número 1 de Lo: no te pares y así no te pillan”.

Ante el embarazo que progresa y la próxima llegada del hijo, las dos buscan la manera de salir de esa crisis, así que deciden secuestrar a Elaine (Mary Kay Place), dependienta de una tienda de ropa premamá que asegura saber todo acerca de maternidad. Y las tres conviven en una cabaña que ocupan en medio del bosque, y desde allí comienza una relación triangular muy especial, donde Elaine acaba sintiendo simpatía por sus secuestradoras a las que transmite sus consejos: “La mamá tiene que retener en su vientre al bebé tanto como pueda”, “¿Qué haces fumando si estás embarazada?”, “Nos vamos a quedar y vamos a dar a luz a este bebé”.

Un triángulo muy especial entre dos hermanas y una rehén, donde Manny le pregunta “¿No tienes familia, verdad Elaine”. Y ahí reconoce que no puedo consumar la maternidad, lo que nos hace entender algo más el devenir de esa relación. Y al final una nueva reflexión de Manny, nuestra angelical Scarlett Johanson niña: “¿Alguna vez has soñado con alguien antes de conocerlo en la vida real? Esas cosas pasan de verdad, cosas extrañas e increíbles. Te aseguro que ocurren todo el tiempo”.

Una Scarlett Johanson que no es ajena a Cine y Pediatría, pues además de la película que hoy destacamos, ya estuvo presente en Ghost World (Terry Zwigoff, 2001), reflejo de esas dos adolescentes en busca de un lugar en el mundo fantasma de los adultos, La Isla (Michael Bay, 2005) y su debate sobre la clonación, o en Un lugar para soñar (Cameron Crowe, 2011), una historia de superación. 

Y hoy apreciamos la luz escarlata que nos deja Scarlett Johanson en un filme atractivo visualmente y verdaderamente comprometido con sus personajes como Manny y Lo, una película inteligente, dulce y divertida, lleno de originalidad y de situaciones imprevisibles. Una película que no juzga, sino que nos lanza a la carretera con ellas y nos hace partícipes de su experiencia sin posicionamientos ni juicios. 

sábado, 19 de enero de 2019

Cine y Pediatría (471) “Todos los caminos” buscan a las princesas


Paola García Costas es una joven periodista sevillana, también directora y que ha creado su propia productora, Costa Films. La conocí por casualidad y ella me regaló, tal cual, su primera película, Línea de meta (2015) con la que ya obtuvo dos nominaciones a los Goya. Línea de meta es una película documental sobre la historia de María, una niña afecta del síndrome de Rett, y de su familia, especialmente de su padre Josele, quien corre maratones nacionales e internacionales y que un día decide salir a correr empujando el carro de su hija y cruzar la línea de meta con ella y así dar conocer la enfermedad de María y la de miles de niños. 

Y tres años después regresa con la misma línea argumental, en esta ocasión con la película Todos los caminos (2018). Es Todos los caminos una iniciativa generosa y más que loable que nació en parte de la iniciativa del actor Dani Rovira en su deseo de conseguir fondos, a través de su Fundación Ochotumbao (que fundó con su pareja y también actriz, Clara Lago, con ese 8 que es el número de la suerte de ambos – por algo también se conocieron en la película Ocho apellidos vascos – y que al estar tumbado refleja el infinito y ese lema de “ayundando a ayudar”), para lograr investigar en el síndrome de Rett, una rara e incurable enfermedad regresiva que afecta solo a niñas. Y junto a la Fundación Ochotumbao, también la Fundación Mi Princesa Rett, y los cuatro protagonistas: Paco, un padre de una niña afecta de Rett, por nombre Martina; Germán, un bombero; Martín, un entrenador personal; y el propio Dani Rovira. 

Ellos llegan de Badajoz, Alicante y Madrid y se dan cita en la explanada del Hospital San Juan de Dios de Barcelona para lograr un reto: viajar en bicicleta desde Barcelona a Roma con el objetivo de presentarse en el Vaticano ante el propio Papa Francisco para dar publicidad a su propósito, que no es otro que promover la investigación en el síndrome de Rett. 

Un viaje de 1500 kilómetros con sucesivas etapas de más de 100 km por tierras de España y Francia, en lo que es una especial “road movie” (a dos ruedas) en formato documental, un trabajo notable en manos de su directora, pues logra un montaje que nos hace adentrarnos en un viaje personal, toda una experiencia de amor, convivencia, solidaridad y altruismo. La película, de 98 minutos de metraje, tiene un antes y un después en el cuarto día de viaje, consecuencia de un accidente que de forma milagrosa no termina en tragedia. Y a lo largo de los días y de los kilómetros se suman las peripecias y, sobre todo, los emotivos diálogos y reflexiones personales. Y hasta el accidente real captado por las cámaras es bien aprovechado por la directora para reflexionar sobre la débil línea que a veces separa la vida de la muerte, e incluso sobre la existencia de Dios. 

De especial calado son las confesiones del propio Dani Rovira, vinculado a numerosas causas solidarias, y que demuestra una especial sensibilidad por su visión del mundo y de la vida. Pero de especial importancia son las palabras de los padres de Martina. Paco, el padre, nos confiesa su experiencia al diagnóstico de su hija: “Culpé al mundo entero por lo que le pasa a mi hija. Lloré, lloré, lloré… Y la casa estaba oscura..”; y cómo decidió lanzarse a esta aventura por su hija y por tantas niñas con la misma enfermedad: “Y no paro. Porque si paro pienso. Y si pienso me caigo. Y se lo debo a Martina”. Y Marina, la madre, nos dice: “Los buenos momentos de la vida nos los ha enseñado mi hija”

Cierto es que las películas documentales rara vez suman en lo artístico (aunque las haya), pero es que sus intenciones son otras: que sumen para la causa. Y Paola ya es una experta en esto, y nos sorprendió con Línea de meta, y ahora nos encandila con Todos los caminos. Y no es fácil encandilar en casi cien minutos de metraje si no se tiene claro de sintonizar un buen guión y un buen montaje, y al que asociar emociones en el camino. Como la llegada de nuestros héroes al sillín a Roma, con vistas al Vaticano y al Coliseo, y el encuentro con el Papa y sus palabras a Paco: “Que Dios te dé lo que pedís”. Y todo ello con la canción creada por Antonio Orozco para la ocasión, su “Nana del camino”. Porque un artista de la sensibilidad de Orozco pone la guinda con esta canción, una nana para las princesas Rett. 

Porque Paola García Costas sabe que para llegar a la línea de meta del síndrome de Rett sirven todos los caminos. Y de la fusión de sus dos películas documentales con este tema se complementa el círculo y culmina con el fundido en negro final y la frase del psiquiatra y psicoanalista francés, Jacques Lacán: “Los verdaderos viajes empiezan cuando acaban los caminos”

Hoy en día, los más de 2.100 niñas afectas de síndrome de Rett en España y sus familias, repiten las palabras de la “Nana del Camino” de Orozco: “No quedan viajes sin rumbo que no valgan la pena… Me quedan valientes que riman fronteras, me quedan sonrisas color primaveras, me quedan princesas con piel de canela, me quedan las ruedas que quitan las penas. No hay, no quedan, ni barcos hundidos ni amores de vela…” 

Por eso hoy Todos los caminos buscan a las princesas… Y por eso ha obtenido ya 11 nominaciones a los Goya, incluida Mejor película, dirección y canción original.