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sábado, 18 de febrero de 2023

Cine y Pediatría (684) “Princesa”… la soledad de la víctima


Aunque el cine coreano es centenario, su desarrollo ha sido desde siempre irregular, marcado por la dependencia al régimen político que hubiera en cada momento y los avatares que, como la ocupación de Japón de 1910 a 1945 o la guerra de Corea de 1950 a 1953, fue un desastre para la industria cultural del país. Hay grandes películas coreanas de todos los períodos, pero cuesta encontrar copias de grandes clásicos anteriores a esas conflictivas fechas, y es a mediados de los 50 cuando se reaviva el séptimo arte y surge una década marcada por un ascenso brutal en la producción y una época dorada en la temática. Pero no duraría mucho, pues la Ley del cine de 1963, con la censura de contenidos, y la aparición de la televisión no favorecieron a la industria del cine. Hay que espera a la década de los 90 cuando comienza el auge del cine de Corea del Sur, con un mercado propio dispuesto para invertir en grandes producciones y con gran éxito de público. Si a ello le sumamos el reguero de premios y éxitos alrededor del mundo, tenemos un cine que, desde el comienzo del siglo XXI son muchas las voces que lo reivindican como uno de los más estimulantes y de mayor calidad del panorama internacional. Una fábrica de relatos apasionantes con un tratamiento narrativo único y una facilidad pasmosa para dejar al respetable clavado en la butaca con unos libretos imprevisibles. Y con la película Parásitos (Bong Joon-ho, 2019), gran triunfadora de los Óscar de aquel año, se nos representa un hito insólito que parece solo la punta de un iceberg que está aún por llegar. 

Porque el cine coreano merece ser estudiado con atención, o al menos revisar a sus directores más conocidos en el panorama internacional, con al menos cinco nombres claves que comienza con Kim Ki-duk, (Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera, 2003; Hierro 3, 2004; El arco, 2005; Time, 2006; Aliento, 2007) y continúa con Park Chan-wook (Oldboy, 2003; Stoker, 2012; La doncella, 2016; Decisión to Leave, 2022; y su trilogía de la venganza), Bong Joon-ho (Memories of Murder/Crónica de un asesino en serie, 2003; Mother, 2009; Rompenieves, 2013; Okja, 2017; Parásitos, 2019) y Kim Jee-woon (The Quiet Family, 1998; A Bittersweet Life, 2008; El bueno, el malo y el raro, 2008; Encontré al diablo, 2010; El imperio de las sombras, 2016). Pero que continúa con Na Hong-jin (The Chaser, 2008; El extraño, 2016), Kim Seong-hun (A Hard Day, 2014; The Tunnel, 2016), Lee Chang-dong (Oasis, 2002), Lee Jeong-hyang (Sang Woo y su abuela, 2002), John H. Lee (A Moment to Remember, 2004), Lee Hey-jun (Castaway on the Moon, 2009), Jang Cheol-soo (Endemoniada, 2010), Lee Jeong-beom (El hombre sin pasado, 2010), Hwang Dong-hyuk (Silenced, 2011), Lee Joon-ik (Hope, 2013), Shim Sung-bo (Niebla, 2014), July Jung (Un monstruo en mi puerta, 2014), Yeon Sang-ho (Tren a Busan, 2016), Hong Sang-soo (Delante de ti, 2021), Yim Soon-rye (Little Forest, 2018), entre otros. Directores de nombre difícil de recordar, pero películas difíciles de olvidar.  

Y a estos nombres hoy sumamos un debut en la dirección con la película Princesa (Han Gong-Ju) (Lee Su-jin, 2013), el drama de una estudiante adolescente, Han Gong-ju (Chun Woo-hee, también en su debut como protagonista), quien es obligada a abandonar la escuela tras un misterioso incidente del que todo el mundo calla y al que todo el mundo la señala como culpable. Con sus padres ilocalizables, es llevada a otra ciudad, donde cambiará de vida y de escuela, también de hogar. Poco a poco irá acostumbrándose a su nueva vida y haciendo nuevas amigas, pero el pasado que ha dejado atrás siempre la acosa y regresa para atormentarla. Y la pregunta permanece en el aire hasta el final, ¿qué ha pasado para tener que esconderse? 

Una historia contada con destreza hacia adelante y hacia atrás. Previamente vivía con un padre bebedor y pendenciero que apenas cuidó a su hija, y una madre que se casó con otro hombre y no puede (o quiere) ayudarla. Ahora un nuevo lugar para vivir (en la casa de la madre de un antiguo profesor), un nuevo colegio, una infección genital, un hecho por esclarecer. Han Gong-ju quiere aprender a nadar - al menos cruzar una piscina de 25 metros - y declara: "Estoy harta de llorar". Tiene un don musical, y mientras toca la guitarra y canta, le dice una compañera de clase: "Cantar así solo es posible si te ha pasado algo gordo". Intentan difundir su música, pero ella no quiere que le graben: "No quiero que nadie mire mi cara"

Aparece una declaración, “Los han declarado culpables... Olvídalo, ya ha acabado todo", nos abre las puertas a ir descubriendo qué pasó para que ahora nuestra protagonista tenga un comportamiento tan complicado. Y cuando una compañera de clase le pregunta si ha besado a alguien, ella contesta que a 43, pero no eran humanos, sino gorilas. Y conocemos como ella y otra compañera fueron violadas por docenas de adolescentes. La otra joven se suicidó y ella, además de ser mancillada, tuvo que escapar. Y a la pregunta “Gong-ju, ¿por qué nadas con tanta fuerza?”, su respuesta lo aclara todo: “Por si quiero empezar de nuevo, por si pudiera cambiar de opinión". Y ello nos aboca a un gran final… 

Una película con un buen número de escenas a destacar, todas ellas bastante desgarradoras y con el trasfondo de la violencia machista y la esperanza de las segundas oportunidades, allí donde nuestra víctima no solo sufrió el horrible ultraje sino que soporta la insolidaridad de la sociedad. Y ella se cobija en la música (destacar el solo de guitarra de la canción “Give me a Smile”) y nos confiesa “por un instante olvido la soledad, la tristeza y el miedo; el sonido de la respiración, de los pasos, el sonido del viento, hasta el sonido del rasgueo del metal me ayuda mucho, pero en el mundo real”. Porque esta princesa, que no es tal, es un reflejo de la soledad de las víctimas quienes, además, pueden sufrir una injusta criminalización. Y por ello, solo quiere ser invisible. 

Es Princesa una película de matices a la que hay que dar un cierto margen en el desarrollo de la historia para adentrarnos en ella. El comienzo puede ser algo confuso, pero el final bien vale la pena. Y entre medias se va tejiendo el pasado y el presente. Nuestro personaje no es sencillo, porque tampoco ha sido lo que le ha tocado vivir. Porque Han Gung-jo es cualquier cosa menos lo que entendemos por una  princesa.

sábado, 28 de enero de 2023

Cine y Pediatría (681) “Butter” y “Cerdita”, distintas caras del bullying en la obesidad

 

La obesidad se considera un problema de salud pública mundial dado el aumento de su prevalencia, su continuidad en la edad adulta, los cambios en los estilos de vida de la población, la comorbilidad que se asocia y la baja percepción del riesgo por parte de la población. En los últimos años, la obesidad ha ido aumentado de forma alarmante a nivel mundial y ello también afecta a la prevalencia de obesidad infantojuvenil, donde se aprecia un ligero predominio en varones y se asocia con clase social y nivel de estudios inferiores. 

Dentro de los tipos de obesidad, la más frecuente es la exógena o poligénica, cuya etiología es multifactorial; otras causas (como la obesidad monogénica, la obesidad asociada a síndromes polimalformativos o la obesidad secundaria) son menos frecuentes. Y un tema clave en su manejo es que el mejor tratamiento de la obesidad infantil es la prevención, ya que es muy difícil tratar la obesidad una vez establecida. Porque son múltiples las comorbilidades que se derivan de la obesidad (más preocupantes cuanto mayor índice de masa corporal), a nivel de todos los órganos y sistemas, con el síndrome metabólico como santo y seña. Pero donde cabe destacar a esta edad las importantes alteraciones psicológicas, pues se ha encontrado relación entre la obesidad en niños y el temperamento de reactividad negativa, actitudes negativas, insatisfacción corporal, distorsión de la imagen corporal, acoso escolar, ansiedad, depresión, baja autoestima y trastornos de comportamiento. 

Y al respecto hoy recordamos la película estadounidense Butter (Paul A. Kaufman, 2020) que aborda estos últimos aspectos en esta cinta juvenil con un mensaje esperanzador y que fue galardonada con los premios a mejor director, mejor guion y mejor actor en los New York Film Awards. Y que comienza con este correo electrónico que nuestro protagonista, un adolescente con obesidad mórbida por nombre Butter (Alex Kersting), redacta en su web personal Butterfinalsmeal.com: “¿Creéis que ahora como mucho? Eso no es nada. Conectaos en Año Nuevo, a medianoche, cuando transmita mi último atracón en directo. No aguanto otro año en este disfraz de gordo. Si podéis digerirlo, estáis invitados a ver cómo me mato comiendo”. 

Butter realiza controles médicos habituales con el Dr. Bean (Ravi Patel) para intentar controlar sus 192 Kg de peso, por lo que se entiende su autocrítica: “Me había abandonado a mí mismo…Comía para sentirme satisfecho. Comía para aliviar mi dolor. Comía para olvidar”. Pero no es de extrañar, viendo los desayunos y comidas que le pone su amorosa madre separada (Mira Sorvino), un amor mal entendido, sin duda. Y no sorprende que fuera sometido a vejaciones entre algunos compañeros de clase y se sincera así ante su profesor de música: “No tengo amigos. Todos me miran y me juzgan por como soy. ¡Me marginan!”. Porque Butter tiene en su saxo a su mejor amigo y en los momentos más complicados toca en la montaña de noche y reflexiona: “Con cada nota que tocaba me permitía un poco más de autocompasión. Sol, padres que te abandonan. La bemol, gente que te observa, pero que no te ve en realidad. Si bemol, chicos que preferían verte comer que escuchar lo que tienes que decir. Si, necesito que me escuchen”. 

Y Butter se enamora de forma virtual y oculta de Anna (McKaley Miller), la chica más guapa del instituto. Y se hace pasar por otro a través del anonimato de las redes sociales. Pero con la llegada del Año Nuevo, un nuevo fracaso y el cyberbullying al que es sometido, decide retransmitir por la web su muerte comiendo, tal como había anunciado previamente. Y logra sobrevivir tras dos días en coma, de ahí las palabras de su madre: “Sabía que estabas sufriendo, pero no que te habías cansado de vivir”. 

Y al son de la canción de Charlie Parker, “Chasin` The Bird”, Butter se perdona a sí mismo y se reconcilia con su padre, con sus compañeros y con la vida… todo muy “made in USA”, con el valor de las segunda oportunidades. Porque esta película nos habla de los jóvenes con cuerpos no normativos y del acoso escolar, en esta comedia dramática gracias especialmente a la buena y carismática interpretación del debutante Alex Kersting como Butter. 

Y con esta película no queremos dejar de recordar uno corto español, Cerdita (Carlota Pereda, 2018), un cuento de terror sobre el bullying en una adolescente obesa con inesperados giros de guion en sus 14 minutos de metraje. Y que, como pasa con frecuencia con los cortometrajes de éxito, se realizó el largometraje recientemente – y recordamos un caso similar con el corto Madre de Rodrigo Sorogoyen y su posterior película homónima –, Cerdita (Carlota Pereda, 2022), la ópera prima de su directora en este formato y para el que contó con la misma actriz para interpretar a la adolescente Sara (Laura Galán). 

Dos maneras de abordar el bullying en las personas obesas, en la primera película como una comedia dramática, en la segunda como un thriller de terror.  Y es que la obesidad mórbida no trae buenas consecuencias. Pero algo falla en la prevención cuando cada vez es más prevalente en la infancia y adolescencia. Eso sí que es un drama terrorífico...

 

sábado, 26 de noviembre de 2022

Cine y Pediatría (672) “Una vida en tres días”, prisioneros de las segundas oportunidades


Es Jason Reitman un director, guionista y actor canadiense de ascendencia eslovaca nacionalizado estadounidense, al que la afición por el cine le viene de cuna. Su padre, Ivan Reitman, fue conocido por dirigir películas en tono de comedia como El pelotón chiflado (1981), Los cazafantasmas (1984) o Los gemelos golpean dos veces (1988), si bien fue una labor que combinó con la de productor. Jason Reitman forma parte de esa nueva hornada de directores que han logrado brillar, pese a su corta filmografía. Cuenta con ocho películas en su haber, y dos de ellas han conseguido sendas nominaciones a los Óscar: en Juno (2007) optó a mejor director y con Up in the Air optó a mejor película, mejor director y mejor guion adaptado. Ha sido guionista en cinco de sus películas (adaptando diferentes novelas) y en las otras tres cuenta con la colaboración de Diablo Cody, concretamente en Juno, Young Adult (2011) y Tully (2018). Y ya tres películas de sus películas han sido analizadas en Cine y Pediatría: Juno, un simpático e inteligente debate sobre el embarazo no deseado en adolescentes; Tully, un análisis poco glamuroso sobre la maternidad y la depresión postparto; y Hombres, mujeres y niños (2014), alrededor de internet y las nuevas tecnologías en las relaciones familiares, con un universo de encuentros en el mundo virtual y desencuentros en el mundo real. Y hoy llega su póker con la película que hoy nos reúne: Una vida en tres días (2013), de la que también es guionista, en esta ocasión adaptando la novela “Labor Day”, escrita por Joyce Maynard en el año 2009.   

Una vida en tres días es una película que va de menos a más, y quizás también merece una segunda oportunidad, como los propios protagonistas de esta historia. Comienza la película bajo la melodía folk de “I´m Going Home” de Arlo Guthrie y la voz en off de Henry (Gattlin Griffith, a quien conocimos aún más niño en El intercambio - Clint Eastwood, 2008 -), voz en off que nos acompañará durante toda la película (lo cual siempre resulta un riesgo en el séptimo arte) en esta historia ambientada en los años ochenta.  Y este chico de 13 años que vive en New Hampshire nos relata que cuida de su madre Adele (Kate Winslet), sumida en la soledad y tristeza tras que su padre abandonara el hogar: “Yo entendía quién era mi familia. Ella”. Y enseguida tiene lugar un encuentro casi inverosímil, pues aparece Frank (Josh Broslin), un convicto que es buscado por la policía tras fugarse de la cárcel, y que les solicita que le ayuden y pueda pasar una noche en su casa. A través de flashbacks se nos va revelando la historia que ha llevado a Frank a esa situación y es por ello que le dice a Adele: “Nada engaña más a la gente que la verdad”. Y también iremos conociendo que Adele tuvo varios abortos y un mortinato después de tener a Henry, por lo que el mundo se convirtió para ella en un lugar cruel, lo que contribuyó a precipitar su separación matrimonial. 

Y a través de la convivencia en ese fin de semana, donde Frank ayuda a poner orden en la casa y el jardín abandonado, ambos adultos reparan mutuamente sus dolores y se enamoran, en esos tres días que cambiaron sus vidas: “Yo he venido a salvarte, Adele”. Y no solo Henry, Adele y Frank elaboran juntos un pastel de melocotón, sino que proyectan juntos una vida común en otro lugar. Pero el sueño no se puede alcanzar, pues la realidad acaba con el arresto y larga condena de Frank. Es entonces cuando Henry pasa a la custodia del padre, Adele vuelve a convivir con su soledad y su tristeza, y Frank decide escribirla durante todos los días de sus 25 años de arresto (aunque estas cartas nunca llegaron a sus manos, pues fueron censuradas). Muchos años después, Henry (ahora interpretado por Tobey Maguire, a quien conocimos más joven en Las normas de la casa de la sidra - Lasse Hallström, 1999 – y a quien aquí hace prácticamente un cameo), se ha convertido en un exitoso panadero con una especialidad en aquellos pasteles de melocotón que Frank le enseñó. Y nos aboca a un final feliz a través del reencuentro y de esas segundas oportunidades que a veces nos regala la vida. 

Una vida en tres días es la historia de tres almas magulladas que deciden construir su propia isla aislada del mundo, narrada por la mirada de un adolescente que empieza a descubrir las pulsiones inconfesables de la vida adulta. Aunque para algunos críticos esta película es una película algo inverosímil o demasiado edulcorada (por ese recurrente pastel de melocotón y ese final feliz), lo cierto es para aquel espectador que no tema la hiperglucemia puede acabar también prisionero de una historia diferente con el valor de las segundas oportunidades, un drama romántico con el aval interpretativo de sus protagonistas. Y es una oportunidad más para disfrutar de una Kate Winslet que siempre resulta efectiva (en Cine y Pediatría ya la hemos disfrutado en Descubriendo nunca jamás - Marc Forster, 2004 -, Juegos secretos - Todd Field, 2006 - y Contagio – Steven Soderbergh, 2011 -), en este caso con Josh Brolin (el tipo duro del remake Oldboy - Spike Lee, 2013 – y tantos otros films), dos intérpretes con estilos claramente diferenciados, pero que aquí encajan a la perfección, ya que la sensible fragilidad de ella y la ruda humanidad de él van amoldándose progresivamente. 

Una película que explora los errores del pasado y el abismo de los remordimientos recurrentes del presente, y en los que un encuentro casual cambia sus vidas en una película con defectos (sin duda), pero con algunos aciertos en busca de ese descarnado retrato sobre los límites de la condición humana. Un desafío emocional en el que cada espectador sacará su juicio. Porque el buen vino es aquel que nos gusta,… como para cada uno serán sus buenas películas.

 

sábado, 17 de abril de 2021

Cine y Pediatría (588). Sin palabras alrededor de la maternidad con “Baby”

 

El séptimo arte siempre ha disfrutado (y sufrido) con los directores considerados como “enfant terrible” en las filmografías de su país. Es decir, aquellos directores que no han tenido tapujos para contar historias, autores explícitos, polémicos y controvertidos. Algunos clásicos como Pier Paolo Pasolini, Stanley Kubrick, Bernardo Bertolucci, Lars von Trier, Quentin Tarantino, Gaspar Noe, Larry Clark.  o Gus Van Sant. Pero también en Cine y Pediatría hemos comentado algunos jóvenes “enfant terrible” como el canadiense Xavier Dolan, la suiza Ursula Meier, el estadounidense Todd Solondz o la francesa Céline Sciamma.  

Pero en este listado no podemos olvidar al español Juanma Bajo Ulloa, un director de corta filmografía y que desaparece y aparece como los ojos del Guadiana, pero que no pasa desapercibido. Ya en los inicios de nuestro proyecto hablamos específicamente de su inquietante visión de la infancia, con sus dos primeras películas que tienen en común ser dos cuentos infantiles algo siniestros y barrocos, con dos niñas como protagonistas y la fuerza expresiva de sus imágenes. En 1983 fundó la productora Gasteizko Zinema; en 1991 hipotecó su casa para producir su primer largometraje (Alas de mariposa) y, con los ingresos de ésta, hizo su segundo largo (La madre muerta), dos años después.

Alas de mariposa recrea el simbolismo ambivalente de la figura de la madre: la que da la vida y, a la vez, transmite la muerte. La madre que ha sido hija, y la hija que se convierte en madre. Fábula sobre la infancia, los celos y el enfrentamiento familiar con esa mirada de Ami, una niña Laura Vaquero con unos ojos de una profundidad pocas veces superada en nuestro cine. La madre muerta nos narra la historia de Leire (Ana Álvarez), una adolescente deficiente mental con rasgos autistas, sin expresividad tras ser testigo en su niñez del asesinato de su madre y su posterior relación con este asesino. 

Realmente el mayor éxito cinematográfico de Juanma Bajo Ulloa fue Airbag (1997), una violenta y alocada road movie. Desde entonces, su eco ha sido escaso y errático. Y en el año 2020 reaparece el Juanma Bajo Ulloa más oscuro y experimental, y lo hace con nuestra película de hoy: Baby, una propuesta radical y arriesgada absolutamente atípica para los acomodaticios tiempos que corren en el mundo del cine. Porque Baby se convierte en un cuento de hadas del siglo XXI sin palabras, solo con el poder de la imagen y la música

Las imágenes que acompañan a los créditos iniciales de Baby ya nos marca que nos enfrentamos a una película ni fácil ni convencional. Porque entramos en el mundo que ya conocimos en los inicios de Juanma Bajo Ulloa, pero con una vuelta de tuerca. Una joven drogadicta embarazada (Rosie Day) quien, tras dar a luz, desatiende los cuidados de su bebé debido a su enfermiza adicción, heroína y alcohol. Un lactante con sorprendentes ojos azules como sus muñecas, su llanto inconsolable y un chupete especial. Una abuela (Charo López) que intenta cuidarlos, pero que escribe un número de teléfono en el dorso de la mano de su hija. Una matrona (Harriet Sansom Harris) que se dedica al tráfico de bebés en los escenarios de Vitoria-Gasteiz y que convive con una chica albina (Natalia Tena) y una niña coja con peluca (Mafalda Carbonell) en una casa misteriosa invadida por la naturaleza. Arrepentida, la joven tratará de recuperar a su hijo. 

Ulloa intenta asombrar con una puesta en escena arrebatadora que juega al contraste entre la enorme crudeza y crueldad de la historia y la bellísima y maravillosa fotografía de imágenes reales y oníricas de Josep M. Civit, así como una buena banda sonora (con la elección de la inolvidable canción “Riverman” de Nick Drake) alrededor del sonido de la naturaleza o el llanto del bebé. En el camino, arañas, fresas, escarabajos, bosques, cuervos, ríos, mariposas, mar, caballos, nubes, cigüeñas, cielo, ratones, muñecas de peluche, un calendario y una cuna-nido. El cuento macabro se apodera de la pantalla y comienzan a aparecer extraños personajes propios de un universo onírico lleno de simbología y metáforas. No todas resultarán entendibles, pero conforman un atrapante viaje iniciático que el propio director describe como doloroso viaje del temor hacia el amor. Porque la historia principal gira en torno al tema de la creación y la maternidad, algo que siempre ha estado presente en el cine del director. 

Al final el grito desgarrador de la madre que se lleva a su hijo, ahora negro. Y mientras los buitres atacan a una presa muerta, ella cabalga con su hijo en brazos sobre un caballo blanco. Porque hay que interpretar esta historia como un cuento gótico que refleja una evidente crítica hacia la gestación subrogada, pero que intenta ir más allá en sus planteamientos y nos deja sin palabras alrededor de la maternidad. Los personajes son elementos de la naturaleza que se relacionan entre sí como si fueran del mundo animal omnipresente. Las reflexiones sobre la naturaleza humana se superponen a la propia naturaleza como entorno, formando un único organismo que se comunica con el espectador. Maternidad alrededor de la vida y la muerte, de la creación de vida y su autodestrucción. Donde la ruptura del vínculo maternofilial se reivindica con el derecho a las segundas oportunidades para enmendar errores, para recuperar un espacio en la sociedad y para amar. 

Ha regresado la inquietante visión de la infancia de Juanma Bajo Ulloa. Ahora también la inquietante visión de la maternidad. Porque Baby no es una película sencilla de ver, que a buen seguro tendrá opiniones polarizadas y no dejará indiferente. Y donde todas sus protagonistas son femeninas… como la Madre Tierra.

 

sábado, 27 de abril de 2019

Cine y Pediatría (485). El poder de la imaginación en “El verano de sus vidas”


Belle Isle es una pequeña ciudad en el estado de Florida, allí donde se encuentran nuestros dos personajes y sus historias en un verano, el que fuera el verano de sus vida por eso que llamamos segundas oportunidades. 

Por un lado Monte Wildhorn (Morgan Freeman), un viejo viudo escritor de novelas del oeste quien ha perdido la fe en el mundo y en sí mismo y sólo encuentra consuelo en el alcohol. Y llega a este lugar en silla de ruedas para pasar las vacaciones, por consejo de un sobrino, quien le ha buscado la casa de un amigo suyo, con una condición: que cuide del perro, un perro que se llama Ringo, pero que le cambia el nombre por Lunar y se pasa toda la película intentando que recoja una pelota. Por otro lado, Charlotte O´Neil (Virginia Madsen), una atractiva divorciada que antes de su divorcio vivía en Manhattan, pero que ahora lo hace junto al lago con sus tres hijas: Flora (Nicolette Pierini), de 6 años, Finnegan (Emma Fuhrmann), de 10 y Willow (Madeline Carroll), de 15. 

La película lleva por título El verano de sus vidas, una película del año 2012 del veterano director Rob Reiner, a quien conocemos especialmente por su film Cuando Harry encontró a Sally (1989), pero que ya nos ha dejado alguna historia de infancia y juventud en Cine y Pediatría, como fue Cuenta conmigo (1986). Y esta película nos demuestra, una vez más, que es importante la versión original, tanto de los diálogos como de los títulos. Pues el título original de esta película es The Magic of Belle Isle (Summer at Dog Dave´s), por lo cual no quedaría ninguna duda en no confundirla con una comedia española por título El mejor verano de mi vida (Dani de la Orden, 2018). 

El verano de sus vidas es una historia...llena de historias, pero con un epicentro: la especial relación entre Finnegan y el viejo escritor venido a menos, y que comienza a crecer cuando ésta le pregunta: “¿Me enseña a escribir historias?”. Y es que la lectura y las palabras forman parte de la educación de la niña, pues su madre utiliza una especial forma de castigo para ella y sus hermanas (aprender nuevas palabras) y las enseñanzas de la madre son claras: “Un libro hace lo que no hace un amigo: callarse para dejar pensar”. Y es así como Monte Wildhorn comienza a darle clases de contar historias y enseguida son tres las nuevas palabras que aprende con él: imaginación, embaucar y mentor. Y la madre, agradecida, invita al escritor a cenar y así les dice a sus hijas: “Creo que os iría bien conociendo a un hombre culto”. 

De esta especial relación con Finnegan y también con su madre, nuestro personaje acaba recuperando la capacidad de escribir mientras va perdiendo su gusto por la bebida y su equivocada teoría: “Emborráchate y llorarás por todos. Las lágrimas te harán llegar a algún sitio”. Y con la sola movilidad de su mano derecha reinicia su actividad en su vieja máquina de escribir. Y a la pregunta de la niña, “¿Por qué no escribe con ordenador?”, su respuesta es contundente: “Me gusta como suena, me gusta como las letras se marcan en el papel…”. 

Y comienza escribiendo el cuento infantil para la pequeña Flora, “Tony y el elefante”, y lo hace por capítulos, cuando en realidad también es una declaración de amor hacia la Sra. O´Neill. Y cuando intentan comprarle los derechos de autor de las novelas del oeste, también retoma las historias de Jabal McClos que le encumbraron. Y en ella acaba dando un papel protagonista a Karl, ese vecino adolescente obeso con retraso mental y estereotipias al que Finnegan le describe así: “Según Willow dice que es retrasado. Según mamá, que es especial”. Y claro que es especial y nuestro escritor no desoye lo que la madre de Karl le dice: “A Karl no le llama nadie por teléfono. Le encantaría que alguien le llamara”. 

Pequeñas historias cruzadas en un verano, historias sencillas con el trasfondo de las segundas oportunidades y con el poder de la imaginación vertido en las narraciones que se cuentan en los libros. Una película llena de buenas intenciones, con ese edulcorado de las películas “made in Hollywood” que no nos pillan de sorpresa y, por qué no, que a veces nos gustan aunque disimulemos. Y, sino, basten estas frases al final de la historia: la de la Sra. O´Neill (“A mis hijas les digo que uno de los verdaderos placeres de la vida es encontrar el amor verdadero”) y las del Sr. Wildhorn (“Ha sido un verano fantástico. Solo hay una cosa que lamento no haber hecho… Bailar nuestro vals bajo la luna”). Y es que al final, como el cariño es mutuo, la Sra. O´Neill y el Sr. Wildhorn se tutean. 

Pero por encima de todo, permanece el mensaje final de nuestro escritor a la pequeña Finnegan: “Nunca dejes de buscar lo que no está”. Porque para esto está la imaginación y para eso sirven las segundas oportunidades… De esta segunda oportunidades ya hablamos en la película Ali (Paco R. Baños, 2011). Y de la imaginación hablan los libros…

Y por ello esta película aparece en la semana que acabamos de celebrar el Día Internacional de Libro, este mítico día 23 de abril en el que supuestamente coinciden el fallecimiento de Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega en la misma fecha del año 1616. Y decimos supuestamente, pues no fue realmente así, y el único que falleció en esa fecha fue el Inca Garcilaso de la Vega, pues Cervantes falleció el 22 de abril (y fue enterrado el 23), mientras que Shakespeare murió el 23 de abril del calendario juliano (que corresponde al 3 de mayo del calendario gregoriano). Así que, como vemos, también en esta fecha se mezclan imaginación y segunda oportunidades.

Sea como sea, bienvenidos al poder de la imaginación de la palabra, las palabras y los libros. Y no solo en verano, sino en todas las estaciones.

 

sábado, 2 de septiembre de 2017

Cine y Pediatría (399). "Ali" aprende las segundas oportunidades


"Ali tiene dos miedos: miedo a conducir y miedo a enamorarse. Aunque en realidad son el mismo miedo". Con esta introducción la película nos da a conocer a la joven e inconformista Ali, una chica de 18 años que trabaja en un supermercado, que vive con su madre, que se encuentra encarada con todo y con todos, que se protege tras una coraza de mujer fuerte y rebelde. 

Y así, Ali, es como se titula esta película del año 2012 y que recibió el Premio a la Mejor ópera prima en el Festival de Cine de Málaga de ese año. Una película que ha pasado bastante desapercibida y que dese luego nada tiene que ver con otra de similar nombre: Alí (con acento, el biopic del icónico boxeador Muhammad Alí, dirigida por el estadounidense Michael Mann y protagonizada por Wil Smith y Jamie Foxx, una película de espíritu hollywoodense) no es lo mismo que nuestra Ali (sin acento, diminutivo de Alicia, una película que es toda un lección de repaso sobre las segundas oportunidades en el amor de una hija y su madre, dirigida por el sevillano Paco R. Baños y protagonizada por Nadia de Santiago y Verónica Forqué, una película de espíritu indie). 

Ali trata del amor, de las relaciones humanas, de la superación de los miedos e inseguridades y de las segundas oportunidades. Como nos recuerda su director, "En el país de Ali, los niños juegan a ser mayores, los adultos se comportan como adolescentes y los adolescentes - como casi siempre - se quedan a medio camino de todo". 

Ali (Nadia de Santiago) no soporta las continuas depresiones de su enamoradiza madre (Verónica Forqué): "A ti qué te pasa mamá. Es que no aprendes. Eres una enferma". Su madre intenta explicarse: "Es mi pareja. Y no tienes ningún derecho a faltarle al respecto, ni a él ni a mí", ante lo que su hija reflexiona: "¿Y a mí quién me respeta?". Y todo eso le ha obligado a madurar a marchas forzadas y, además, le han hecho temer al amor: "Yo no pienso, soy como tú, mamá.... Les metes en casa, te enamoras, les haces la vida imposible, te dejan y te quedas echa una mierda"

Ali se defiende frente al amor, pero la aparición de dos hombres en su vida amenaza con romper su burbuja: por un lado, su madre tiene un novio nuevo, Antonio, un tipo bastante gafe; y por otro, Julio, un compañero del supermercado del que Ali no ha podido evitar enamorarse. Mientras tanto, ella pasa los ratos libres con tres amigas, y cuyas conversaciones nos hacen rememorar la película Barrio (Fernando León de Aranoa, 1999), conversaciones tan frescas como habituales en esa intrascendental vida a la que sobreviven como adolescentes sin rumbo: "Bueno, ¿bailamos o nos quitamos las bragas?", "Creo que voy a hacerme lesbiana".

Ali fuma constantemente y nos dice: "Desconfía de todo lo que no puedes hacer mientras fumas". Y desde que Ali fuma, su madre ha tenido cinco novios y cinco depresiones. En las cinco le ha tocado hacer de madre de su madre y eso le ha hecho ser como es, aunque no lo sepa. Ali está enamorada de Julio pero no quiere aceptarlo, pues para ella es más fácil seguir viviendo en el país invulnerable de Ali que cruzar al país de Alicia, porque nada de lo que le rodea le parece una maravilla. Pero el amor sincero de Antonio hacia su madre y de Julio hacia ella hacen que la aparente seguridad de su pequeño universo se empiece a resquebrajar.

Porque la película Ali está divida en varias partes (Ali y las olas del mar, Ali en la calle de los congelados, ...) y cada parte va precedida de un accidente de tráfico. Y por ello, los recurrentes pensamientos de nuestra protagonista: "Los coches rojos son los que más accidentes tienen. Y los negros los que más buscan". Y a un vecino que le ayuda a aprender a conducir, ella le comenta: "Prefiero ser una incrédula a una enferma mental".

Y esta es nuestra Ali, siempre a la defensiva, sardónica, contradictoria,... Esta es nuestra Ali, quien trabaja en un supermercado, como lo hacía Rosalía, otra adolescente protagonista de la película argentina Pequeños milagros (Eliseo Subiela, 1997).

Y así es como Ali nos enseña el valor de las segundas oportunidades en este milagro que se llama superar la adolescencia.