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sábado, 16 de mayo de 2026

Cine y Pediatría (853) “La misteriosa mirada del flamenco”… y de la transexualidad y el sida

 

Cuando uno lee el título de esta reciente película, La misteriosa mirada del flamenco (Diego Céspedes, 2025), puede interpretar que se trate de una película española alrededor de ese baile típicamente andaluz que ha adquirido el título de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Pero nada de eso, sino que es una película chilena que hace referencia al flamenco como ave y cuyo peculiar título tiene un significado muy descriptivo y que analizaremos más adelante. 

La misteriosa mirada del flamenco es la ópera prima de su director y ya ha tenido una recepción muy destacada en festivales, con diversos galardones, incluido la selección para representar a Chile en los Óscar como mejor película internacional, así como mejor película de Un certain regard del Festival de Cannes, premio que reconoce el talento joven y fomenta obras innovadoras y atrevidas. Y a buen seguro que este sí que es un film innovador y atrevido, pues adquiere el aspecto de un western en una fábula queer sobre deseo, miedo y comunidad bajo los ojos de una adolescente, historia ambientada en un pueblo minero en el desierto de Atacama, el lugar más seco del planeta y situado en el norte de Chile a comienzos de los años 80. Una peculiar película definida como un neowestern, un relato de iniciación y un melodrama queer con componentes de realismo mágico, y que se suma a otros títulos de estos premios Un certain regard que ya forman parte de Cine y Pediatría y que fueron revisadas al hablar de la película británica How to Have Sex (Molly Manning Walker, 2023)ganadora de este galardón dos años antes.  

“Norte de Chile, año 1982”. Así comienza esta historia y ya nos marca el contexto geográfico y temporal. Y nos presenta a nuestra protagonista, Lidia (Tamara Cortés), una niña de 11 años que crece en el seno de una particular comunidad queer marginada en el borde de un desagradable y polvoriento pueblo minero. Allí vive con un grupo de travestis y transexuales que forman parte de la bizarra diversión de los mineros del lugar y donde pronto nos aparece la primera reflexión: “Por cada maricón infectado aquí en la cantina aparecen 20 mineros infectados en el pueblo. En la cantina habemos cuatro infectadas vivas y dos que ya nos dejaron… Y eso da un total de…”. Y es que la comunidad les culpa de una misteriosa enfermedad que está empezando a propagarse, y de la que se dice que se transmite a través de una sola mirada, cuando un hombre se enamora de otro. Estamos en los inicios de la aparición del sida en el mundo, pero de momento aquí solo es una superstición, donde Lidia se enfrenta a en un entorno marcado por la violencia, el prejuicio y el miedo colectivo, donde la familia queer es su único refugio y el amor podría ser el verdadero peligro. 

Es esta una cantina regentada por Mamá Boa (Paula Dinamarca, verdadera actriz trans), quien puso a sus “chicas” nombre de animales: Leona, Piraña, Estrella, Flamenco… Y acabamos conociendo cómo Flamenco (Matías Catalán), la preferida de lugar, se encontró a Lidia abandonada a la puerta del local y prometió ser su madre y cuidarla. 

Se suceden las escenas que no dejan indiferentes, como el patético concurso de Miss Alaska, donde siempre ha ganado Flamenco y nos canta la canción “Ese hombre” de Rocío Jurado, un momento que no es ajeno a esa dualidad (animal y baile) del título de la película… En ese momento se nos presenta la provocativa aparición de quien fuera su pareja, Yovani (Pedro Muñoz), y que le pregunta “¿Te enamoraste de un hombre de 21 años, así como yo?”… hasta que todas le dan una paliza para que salga del local. Pero aires de venganza acaban con la vida de Flamenco, momento en el que Lidia recuerda las palabras de su madre: “Yo no me quiero ir de esta vida culeado siendo un secreto, hija”. 

“Lava que lava. Al maricón no hay que mirar. Lava que lava. La peste te va a pegar. Lava que lava. Los ojos hay que tapar. Lava que lava. El maricón te va matar”, es la canción que repiten los mineros cuando las ven pasar y evitan su contacto visual. Lidia intenta entender lo que está ocurriendo, y cómo ocurrió el contagio de la “peste”: “¿Y por qué el hombre se enamora si es tan peligroso?”, pregunta Lidia a su amigo Julio, y este le responde: “Yo creo que porque cazar y ser cazado es inevitable para todos los animales”. Y las chicas trans le dicen que esa “peste” era como una maldición frente a los mineros, pero siguen sus dudas: ”Y si era frente a los mineros, ¿por qué se enfermaron ustedes?”. 

Pasa el tiempo y vemos los estigmas cutáneos que dan nombre a la supuesta “peste”: el sarcoma de Kaposi tan identificativo de los inicios del sida. Así lo vemos en Yovani, quien fallece como un apestado más (aunque Lidia imagina su final con una onírica escena del más clásico Far West). Así lo percibimos también en Mamá Boa, quien antes se casó con Clemente (Luis Dubó), uno de los mineros… No es difícil imaginar que la promiscuidad y la transexualidad, la falta de conocimientos sobre la infección, los mecanismos de transmisión y los medios preventivos, hicieron que el sida campara a sus anchas. 

Y con ese devenir de los hechos, deciden enviar a Lidia a la ciudad. Y la vemos alejarse en el coche por ese seco horizonte, con ese aroma de western una vez más… Pero es difícil para ella romper con su pasado, mientras suena al final la canción “Rara avis” de Florencia di Concilio, compositora uruguaya de música para cine. 

Y sí, es una rara avis ese flamenco y esta historia… Porque La misteriosa mirada del flamenco es un título simbólico con varios niveles de lectura: Flamenco es el nombre de una de las figuras centrales de esa familia queer, a la que Mamá Boa llamó así por sus piernas largas y delgadas, y la “mirada” remite al rumor que circula en el pueblo: que la enfermedad o el deseo se contagian incluso con el simple acto de mirar; y donde la palabra “misteriosa” alude a ese clima de superstición, miedo y desconocimiento que rodea a la comunidad del filme, ese misterio social de cómo el prejuicio transforma el amor, el cuerpo y la diferencia en algo temido y casi sobrenatural. Y también aporta una dimensión poética: porque el flamenco es un animal bello, frágil y extraño, muy coherente con el tono del relato, que mezcla dureza, ternura y mito. En conjunto, el título resume muy bien la película: es una historia sobre cómo una comunidad marginada es observada, juzgada y convertida en leyenda por quienes la rechazan. Al mismo tiempo, reivindica la potencia de esa misma mirada cuando nace desde el afecto, la familia elegida y la supervivencia compartida. 

Una película que funciona como una alegoría del estigma vinculado al VIH/sida y del pánico moral que se construyó alrededor de la disidencia sexual. En vez de centrar la violencia en el arma clásica del western, la desplaza hacia la mirada como símbolo de deseo, contagio imaginado y persecución social. También pone en primer plano la idea de familia elegida, el cuidado comunitario y la ternura como formas de resistencia frente a la exclusión. Y donde afloran tres enseñanzas principales: que el miedo social a la diferencia suele producir más daño que la propia amenaza real, que la identidad y el afecto pueden construir refugios colectivos incluso en contextos de hostilidad extrema, y que la infancia permite mirar la violencia con una mezcla de inocencia y lucidez que vuelve más fuerte la denuncia moral. Lo más interesante de la película es cómo reescribe el western desde una sensibilidad disidente, sustituyendo la épica viril por una ética del cuidado. El desierto de Atacama no aparece solo como paisaje, sino como espacio de soledad, belleza y vulnerabilidad, reforzando el tono emocional del relato. 

Ya hemos hablado del sida ya desde varias miradas y filmografías, como la estadounidense Kids (Larry Clark, 1995), la sudafricana Yesterday (Darrell James Roodt, 2004) o la española Romería (Carla Simón, 2025). Y ahora vemos la visión desde La misteriosa mirada del flamenco, una obra se presenta como un debut muy sólido, visualmente poderoso y con una ambición poética que refuerza el cine chileno.

 

miércoles, 15 de abril de 2026

Terapia cinematográfica (21). Prescribir películas para entender el sida en la infancia y adolescencia

 

El síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida) irrumpió en la historia de la medicina el 5 de junio de 1981, cuando los CDC de Estados Unidos reportaron cinco casos de neumonía por Pneumocystis jirovecii en hombres homosexuales de Los Ángeles. En 1984 se identificó el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) como agente causal de la enfermedad y un año después se desarrolló el primer test de diagnóstico basado en la detección de anticuerpos. En 1987 se introdujo la zidovudina (AZT), primer fármaco antirretroviral, aunque el cambio fundamental llegó entre 1995-1996, cuando la combinación de tres o más fármacos de diferentes familias. 

Desde finales de los años 1980, el séptimo arte ha funcionado como un registro paralelo de la epidemia de sida: no solo documentando la devastación clínica y social, sino también visibilizando las vulnerabilidades estructurales, la homofobia sistémica, el estigma, la marginalización de personas afectas y la desigualdad global en el acceso a medicamentos. Las películas sobre sida cumplen una función pedagógica, política y afectiva que la medicina científica, por sí sola, no puede alcanzar. Y para ello baste enumerar una filmografía representativa en tres etapas: 1) Años 80-90: los comienzos inciertos; 2) Años 90-2000: reflexión y memoria; 3) A partir del siglo XXI: reinvención personal y normalización. 

Filmar el sida en la niñez y adolescencia plantea desafíos únicos: cómo representar a menores expuestos al virus sin exotizarlos, cómo retratar la transmisión vertical sin culpabilizar a madres, cómo narrar la muerte prematura de jóvenes sin caer en el melodrama o la moralizante lástima. Las películas más efectivas en este registro equilibran autenticidad emocional, rigor médico y responsabilidad pedagógica. 

El cine ha abordado el sida y sus consecuencias desde su aparición. Pero las películas argumentales sobre este tema alrededor del sida infantojuvenil son infrecuentes, aunque desde esta sección de Terapia cinematográfica recogemos 7 películas argumentales al respecto. Estas películas son, por orden cronológico de estreno: 

- Juicio a un menor (The Ryan White Story, John Hezfeld, 1989), para conocer la ola de prejuicios y falsas creencias que llevó en sus inicios – y durante mucho tiempo - al rechazo social, la discriminación, la marginación y, en muchos casos, la criminalización de las personas infectadas por el VIH. 

- Kids (Larry Clark, 1995), para reconocer el ambiente de sexo, alcohol y drogas que rodeaba a un parte de la juventud en la década de los 90, y que fueron el caldo de cultivo que extendió la enfermedad. 

- La súplica de una madre (A Mother´s Prayer, Larry Elikann, 1995), para adentrarnos en las fases de duelo de una madre viuda afecta de sida que tiene que buscar una salida para su hijo, cuando ella ya no esté. 

- Que nada nos separe (The Cure, Peter Horton, 1995), para reivindicar el poder curativo e integrador de la amistad y el afecto en los menores con sida. 

- Yesterday (Darell James Roodt, 2004), para ser testigos de la desolación del sida en el continente africano, especialmente en las mujeres. 

- Girl, Positive (Peter Werner, 2007), para concienciar sobre la importancia de la prevención frente al sida – y otras infecciones de transmisión sexual – a partir de la adolescencia. 

- Romería (Carla Simón, 2025), para reparar la memoria silenciada de tantos niños y adolescentes que perdieron a sus padres por el estigma del sida y la drogadicción. 

Siete películas argumentales para adentrarnos en las complejas vivencias de las infancias y adolescencias que se vieron acosadas por el sida, bien directamente como enfermos o bien indirectamente como huérfanos de padres afectos. 

Se puede revisar el artículo completo en este enlace o en este otro.

sábado, 24 de enero de 2026

Cine y Pediatría (837) “La súplica de una madre” ante la orfandad por sida de su hijo y sus fases del duelo

 

Conocimos a la bella actriz Linda Hamilton por su icónica interpretación de Sarah Connor en la saga Terminator, que catapultó su carrera a la fama mundial, entre ellas las dos películas dirigidas por James Cameron (más adelante se convertiría en su marido): Terminator (1984) y Terminator 2: El juicio final (1991), más la secuela posterior Terminator: Destino oscuro (Tim Miller, 2019). Junto a otros papeles en cine de acción y drama, quizás su papel más diferencial es el que realizó en el telefilm La súplica de una madre (Larry Elikann, 1995), donde interprete a una madre viuda, Rosemary Holmstrom, que al ser diagnosticada de sida debe decidir qué será de su hijo de 12 años, T.J. (Noah Fleiss), cuando ella muera, convirtiendo la organización de su ausencia en su último acto de cuidado materno. 

En las dos últimas semanas hemos podido revisar distintas miradas del sida en la adolescencia: Girl, Positive ((Peter Werner, 2007), Three Months (Jared Frieder, 2022) y Romería (Carla Simón, 2025). Y hoy lo hacemos con esta película, un drama ficticio inspirado en los miedos y realidades del VIH en la década de los 90 en Estados Unidos, epicentro del sida, y se centra en la relación madre‑hijo, el estigma del VIH y el sistema de acogida/adopción, con una interpretación central de Linda Hamilton que fue nominada al Globo de Oro. 
Falta URL de Romería 

Un diagnóstico inesperado de infección por VIH/sida irrumpe la vida de Rosemary, una enfermedad transmitida a través de su marido, usuario de drogas por vía parenteral y quien contrajo el virus y se lo transmitió vía sexual a su esposa sin que ella lo supiera. Un diagnóstico que en aquella primera década del sida implicaba asumir que moririría antes de que su hijo llegue a la adultez, por lo que su prioridad se vuelve encontrar una familia adoptiva “adecuada” para T.J., ya que no cuenta con familiares capaces de hacerse cargo. 

Lo más destacado de esta película es cómo traza la evolución emocional de esta madre y que sigue las etapas clásicas del duelo ante un diagnóstico terminal de sida: desde la negación inicial hasta una aceptación altruista centrada en el futuro de su hijo, una progresión no solo humaniza el impacto del VIH, sino que resalta la resiliencia materna en contextos de vulnerabilidad extrema. 

- Etapa inicial: Negación y rabia. Rosemary recibe el diagnóstico de VIH/sida como un golpe inesperado, respondiendo con incredulidad y rechazo visceral a la noticia médica. En esta fase, se muestra aislada emocionalmente, ocultando la verdad a T.J. y luchando sola contra síntomas incipientes como fatiga y debilidad, lo que refleja miedo a la estigmatización social de la época. La rabia emerge en confrontaciones con recuerdos de su difunto esposo, culpándolo implícitamente por la transmisión, y en arrebatos de frustración por la precariedad económica que agrava su vulnerabilidad. 

- Etapa intermedia: Negociación y planificación. Acepta gradualmente la realidad al confrontar el deterioro físico, canalizando su energía en buscar una familia adoptiva ideal para T.J., transformando el dolor en acción práctica. “Si tienes sida, ¿qué pasará conmigo?”, le pregunta a su madre. Esta etapa muestra vulnerabilidad en entrevistas con posibles padres, donde evalúa no solo estabilidad material sino calidez emocional, revelando su miedo a dejar a su hijo en manos inadecuadas. El proceso de entrevistas con posibles padres adoptivos, servicios sociales y parejas candidatas se convierte en el eje dramático: aparecen momentos de ternura y culpa materna, como cuando T.J. percibe cambios y reacciona con rebeldía, forzándola a negociar internamente entre apego y desapego. “Lo único que me importa es que mi hijo esté bien cuando yo no esté”, nos dice. Aparece incluso la madre en programas televisivos, como representación de las miles de madres que en ese momento – y en aquella época – se enfrentaban a lo peor con respecto a sus hijos. 

- Etapa final: Aceptación y sacrificio. Rosemary alcanza una aceptación serena al consolidar el vínculo con los Walker, priorizando la felicidad futura de T.J. sobre su presencia, culminando en un traspaso emocional liberador pero desgarrador. Su evolución culmina en escenas de debilidad física extrema donde, pese al dolor, irradia paz al ver a T.J. adaptarse, simbolizando un amor que trasciende la muerte: “Siempre será mi madre, mi única madre. Pase lo que pase”. En esta fase se subrayan temas de resiliencia y legado, invitando a reflexionar sobre cómo el cuidado materno redefine la supervivencia ante enfermedades terminales.  Se nos describe al final que Rosemary Holmstrom en Nueva York en el año 1991, tenía 36 años (por lo que se nos presenta como una historia basada en hechos reales, aunque no una biografía estrictamente documental).

Es La súplica de una madre un telefilm emotivo y que plantea un buen debate para visionar que el sida no es solo una enfermedad, sino un dispositivo social que genera orfandad, estigma y exclusión, y frente al cual se reclama compasión y responsabilidad comunitaria. Temas que se abordan son: la importancia del cuidado materno frente a la enfermedad (pues la identidad de Rosemary no se agota en ser “paciente con sida”, porque ante todo es madre y la protección de su hijo es su mayor objetivo); la inocencia de muchos afectados (porque se evidencia cómo muchas mujeres y niños contrajeron VIH sin haber participado en conductas de riesgo directas, lo que cuestiona las narrativas moralizadoras que asociaban el sida a “culpa” individual); la importancia de los sistemas de protección (adopción y acogida); y la visibilización del impacto del sida en la vida cotidiana, porque más allá del hospital y la clínica, se muestran efectos en la escuela, el vecindario, las relaciones sociales y familiares. 

Por ello, este telefilm de la productora estadounidense MCA Television Entertainment nos permite reflexionar sobre el sida como fenómeno social (que invita a pensar el sida no solo como patología, sino como proceso social que genera pobreza, orfandad y exclusión), sobre la maternidad en contextos de vulnerabilidad (lo que implica decisiones extremas y que cuestiona la idealización de la madre omnipresente y eterna), sobre el duelo anticipado en la infancia (como un retrato de la elaboración del duelo ante enfermedades terminales de los progenitores en edades tempranas) y sobre el estigma y la ética del cuidado (frente a los discursos de miedo y discriminación propios de aquella época en la que se enfoca esta historia, la película propone una ética basada en la compasión, la responsabilidad y la dignidad). 

Y terminamos con una cifra escalofriante. Porque es posible estimar el número de niños huérfanos por sida (definidos como aquellos que perdieron a uno o ambos padres por causas relacionadas con VIH/sida), gracias a datos históricos de organizaciones como UNICEF y UNAIDS que han realizado seguimiento global desde los años 90. Estas cifras acumulan alrededor de 14 millones a lo largo de la epidemia, de los cuales más de 10 millones se concentran en África subsahariana, aunque han disminuido drásticamente gracias a tratamientos antirretrovirales. Y un buen ejemplo de ello nos lo demostró la película Yesterday (Darrell James Roodt, 2004). 

 

sábado, 17 de enero de 2026

Cine y Pediatría (836) “Romería” cierra la trilogía de la memoria familiar de Carla Simón


Carla Simón es una joven directora y guionista barcelonesa que construye su cine en torno a un naturalismo depurado, que prioriza la observación paciente de la vida cotidiana y las dinámicas familiares, evitando el melodrama y los subrayados emocionales. Sus películas retratan mundos desde la perspectiva infantil o juvenil, usando actores no profesionales para lograr autenticidad y rostros que transmiten verdad inmediata, con rodajes largos en localizaciones reales que permiten captar gestos, silencios y sonidos ambientales en directo. 

Un cine que cala en el espectador y la crítica con sus dos rasgos formales distintivos: una puesta en escena austera (planos largos, encuadres horizontales que integran el paisaje como actor, y un diseño de sonido que privilegia lo ambiental sobre el diálogo explicativo); una autobiografía velada (temas recurrentes como la orfandad, la memoria fragmentada y la herencia familiar, tratados con lirismo contenido que universaliza lo personal sin caer en la introspección confesional). Y es que, tras varios cortometrajes, sus únicos tres largometrajes constituyen una trilogía de la memoria familiar: Verano 1993 (2017), que convierte el duelo por la muerte de los padres (fallecidos por sida) en una crónica íntima del verano en que Frida aprende a pertenecer a una nueva familia, filmando el mundo desde la altura de una niña de seis años; Alcarràs (2022), donde desplaza el foco a la memoria de una familia campesina amenazada por la pérdida de la tierra, donde la cosecha final de melocotones funciona como último ritual colectivo antes de que el paisaje que los sostiene desaparezca; y Romería (2025), donde la adolescente Marina, hija de padres fallecidos de sida, viaja a Vigo para conocer por primera vez a la familia paterna y recomponer una memoria fragmentada a partir del diario de su madre y de las grietas emocionales de esa familia. 

Tres películas multipremiadas en los festivales de cine y tres movimientos de una misma herida. En Verano 1993 la memoria es sobre todo afectiva y confusa: el cine recoge gestos, juegos y silencios de una niña incapaz de poner palabras a la pérdida, de ahí el tono de “falso documental” y la observación paciente del día a día. En Alcarràs la memoria se vuelve colectiva y política: la familia entera encarna una forma de vida amenazada, y el filme funciona como archivo emocional de un mundo rural que está a punto de ser expulsado por los paneles solares y los contratos. En Romería la memoria es ya activamente buscada: Marina investiga, pregunta, lee cartas y papeles, cuestiona el silencio en torno al sida y obliga a la familia a narrarse, reparando “una memoria mal colocada”. 

Y el sida es el protagonista de la primera y última película de esta trilogía. Ya hablamos de Verano de 1993, un poema fílmico sobre la infancia de obligada prescripción, y en el que Frida (Laia Artigas) es alter ego de la directora con sus 6 años. Y hoy hablamos de Romería, donde Marina (Llucía García) también se convierte en alter ego de Carla Simón, ahora con sus 18 años en lo que es toda una evolución poética: la primera se centra en aquellos inicios de la década de los 90, epicentro del sida, y es más realista; la segunda ocurre ya en el año 2004 e incorpora elementos oníricos, musicales y fantásticos, cuestionando sus propios límites para explorar “lo mágico del cine”. Sí, Frida y Marina son el alter ego de Carla Simón, ya que la directora ha confirmado que las protagonistas canalizan su propia experiencia personal (en la infancia y adolescencia) como hija de padres fallecidos por sida y adicción a la heroína y donde se incluye el descubrimiento del diario de su madre basado en cartas reales.  

Romería es un viaje íntimo de Marina, huérfana (y adoptada) desde niña cuyos padres murieron de sida tras una historia marcada por la heroína y la precariedad afectiva. Y comienza en Vigo, junto al mar, donde se encuentra la familia del padre ya ausente hace más de una década. Ella quiere estudiar cine y viaja allí desde Cataluña, pues precisa un documento que justifique su verdadera filiación y la firma de sus abuelos paternos para conseguir una beca. Y la historia convierte ese viaje administrativo y familiar en una búsqueda identitaria donde la protagonista se enfrenta al silencio, la vergüenza y el estigma que rodean la memoria de sus padres. 

La película tiene un formato peculiar de contar la historia. En la primera mitad del metraje Marina conoce el entorno familiar de su padre a través de una narración fraccionada en cuatro días, marcados por cuatro carteles: “Día 1. 16 de julio 2004 ¿Encontraré algo de mis padres biológicos?”, “Día 2.17 de julio 2004 ¿Qué persona sería si me hubiese criado con la familia de mi padre?”, “Día 3. 18 de julio 2004 ¿De cuántas maneras se podría ser joven en los 80?”, “Dia 4. 19 de julio 2024 ¿Llevar la misma sangre te hace de la misma familia?” En esa casa gallega se encuentra con abuelos, tíos y primos que han enterrado el pasado, incómodos con la historia de drogas y sida de la pareja que formaron sus padres. Aquí va descubriendo secretos que se habían mantenido ocultos y tiene que oír comentarios estigmatizantes, como el de ese grupo de amigas de sus primos: “¿Sabes que por tomarnos un porro no vamos a acabar como tus padres?". A través de comidas familiares tensas, y paseos por la ciudad y la costa, Marina va detectando grietas en el relato oficial: contradicciones, silencios, comentarios a media voz que revelan dolor, culpa y clasismo. 

En la segunda mitad del metraje todo es más onírico y a través del diario encontrado de su madre, y una especial relación afectiva con un primo, le permite imaginar cómo pudieron sentirse sus padres cuando eran jóvenes en aquella etapa de los 80 de amor libre y drogas, alegoría de la devastación causada por la heroína y el sida en toda una generación. Hasta que logra la firma y la sanación: “Me gusta este mar… Como a mi padre”. 

¿Qué pretende Carla Simón con estas películas… y con su historia? Se me ocurren tres posibilidades: primero, reparar la memoria silenciada: pues ese silencio familiar —por vergüenza, estigma o culpa— no protege, sino que deja a los hijos sin historia, donde la búsqueda de Marina afirma el derecho de los descendientes a conocer el pasado para poder vivir en paz con él; segundo, desestigmatizar el sida y la drogadicción: al humanizar a unos padres marcados por la heroína y el VIH, el filme rehúye tanto la condena moralista como la idealización, y propone comprender el contexto social que arrasó la vida de muchos jóvenes en la década de los 80 y 90; y, finalmente, el poder regenerar la identidad a través de la imaginación y la creación artística: cuando la memoria heredada está rota o llena de huecos, es legítimo “inventarse” una imagen de los padres, y el cine aparece así como herramienta para generar recuerdos que no se tuvieron, y para transformar el dolor en relato propio. 

Verano 1993 y Romería son dos películas atravesadas por la orfandad y los modelos de familia no normativos: adopciones, familias extensas y parientes desconocidos con los que hay que renegociar el vínculo. Es un relato en dos etapas (infancia y adolescencia) que configuran un retrato lleno de dignidad frente al estigma del sida. Para ella el cine funciona como un laboratorio emocional donde generar sus propios recuerdos, reescribir el lugar de sus padres y explorar las posibilidades del relato familiar como acto de duelo, archivo y reparación. Para ella y para muchos el arte (también el séptimo arte) es sanador. Un buen colofón para cerrar su trilogía familiar.

 

sábado, 10 de enero de 2026

Cine y Pediatría (835) “Girl, Positive”, “Three Months” y el estigma adolescente frente del sida


El sida irrumpió en la historia contemporánea hace 45 años como una crisis global que desafió a la ciencia y transformó los paradigmas sociales. Su impacto trascendió lo clínico para generar una cultura de estigma, activismo y resiliencia que afectó a personas de todas las edades y condiciones. A través de la gran pantalla, el cine ha servido como testimonio de esta realidad, documentando tanto el dolor de la pérdida como la lucha por la dignidad humana frente a la enfermedad. En este sentido, recordamos películas icónicas como Philadelphia (Jonathan Demme, 1993), Los testigos (André Téchiné, 2007), Dallas Buyers Club (Jean-Marc Vallée, 2013), The Normal Heart (Ryan Murphy, 2014), 120 pulsaciones por minuto (Robin Campillo, 2017), 1985 (Yen Tan, 2018), entre otras. 

Sin embargo, hay pocas películas centradas específicamente en el sida en la infancia y adolescencia. En Cine y Pediatría ya hemos revisado las siguientes películas alrededor del sida en la edad pediátrica: Juicio a un menor (John Herzfeld, 1989), Kids (Larry Clark, 1995), Que nada nos separe (Peter Horton, 1995), Yesterday (Darrell James Roodt, 2004) y Verano 1993 (Carla Simón, 2017). Y a estas sumamos hoy otras dos películas estadounidenses separadas entre sí tres quinquenios para indagar en el estigma del sida: Girl, Positive (Peter Werner, 2007), centrada en una adolescente heterosexual en los comienzos del sida, y Three Months (Jared Frieder, 2022), alrededor de un adolescente homosexual en la época más actual de la enfermedad.      

- Girl, Positive (Peter Werner, 2007) es un telefilme centrado en una adolescente de clase media-alta que se enfrenta al miedo a vivir con VIH y al estigma en su entorno escolar. Narrada a lo largo de varios días, conocemos a Rachel Sandler (Andrea Bowen), una popular estudiante de instituto que descubre que Jason, un deportista con el que mantuvo relaciones sexuales, ha muerto y que era consumidor de drogas por vía intravenosa y portador de VIH. A partir de esa noticia, emerge el miedo: tal vez ella también esté infectada, pese a no haber considerado nunca ese riesgo. 

La película funciona casi como un relato de iniciación donde la protagonista pasa de la negación y la desinformación a una posición de mayor conciencia, apoyada por una adulta seropositiva que vive con su enfermedad y su medicación en secreto. Ella es Sarah Bennett (Jennie Garth), la profesora sustituta, quien en clase ya les comenta a sus alumnos temas sobre infecciones de transmisión sexual (ITS) y sida: "Basta con una sola vez para infectar docenas de vidas", “Pensándolo bien, es difícil imaginar otra epidemia desde la peste negra de la Edad Media que haya causado tanto miedo", “En realidad, uno no muere de VIH. El VIH es un virus que ataca el sistema inmunitario. Soy voluntaria en la clínica gratuita de SIDA del centro y puedo garantizarles que los hombres homosexuales no son los únicos afectados por el VIH”. Y esta escena ya indaga en que la educación sexual que recibían los adolescentes era incompleta o evasiva: la escuela quizás prefería “no ver” el sexo ni las ITS, mientras los jóvenes tomaban decisiones basadas en intuiciones más que en información rigurosa. 

Y es así que Sarah anima a Rachel a acercarse a una clínica de sida para conocer su situación e informarse, pero la joven está demasiado aterrada como para hacerse la prueba y comparte sus dudas con la propia docente. Es entonces cuando Sarah le revela que lleva más de siete años viviendo en secreto con VIH, lo que, una vez descubierto por el entorno escolar, desencadena una espiral de rumores y exposición tanto para la alumna como para la profesora, pues el VIH se ha asociado a comportamientos “inmorales”, lo que conduce a culpa, vergüenza y aislamiento en adolescentes y jóvenes que viven con la infección. 

Cabe destacar las escenas en las que Rachel busca en internet información sobre la enfermedad y se encuentra con titulares así: “Más de 40 millones de personas viven en el mundo con VIH/sida”, “En USA la mitad de todas las nuevas infecciones se dan entre adolescentes y jóvenes adultos”, “50 jóvenes estadounidenses se infectan cada día de VIH”

Girl, Positive debe visualizarse como un material educativo audiovisual. Plantea en Rachel, nuestra protagonista, la importancia de las pruebas de VIH, del uso sistemático del preservativo y de la noción de que “no hay perfil” del seropositivo, desmontando la idea de que el riesgo es visible en el cuerpo o en la apariencia del otro. Y donde Sarah es un personaje puente, una adulta que comparte con la protagonista género, vulnerabilidad y experiencia de estigma, y que introduce una narrativa de empoderamiento más que de victimización. Su acompañamiento encaja con lo que recomiendan intervenciones centradas en jóvenes con VIH: modelos de rol positivos, trabajo en autoestima y habilidades para manejar la revelación del diagnóstico y las relaciones afectivo-sexuales. 

Una relación alumna–profesora muy particular y muy positiva, útil para trabajar en aula temas de sexualidad responsable, consentimiento informado, prueba del VIH y acompañamiento a jóvenes que viven - o temen vivir - con el virus. 

- Three Months (Jared Frieder, 2022) es una comedia coming-of-age queer donde nuestro protagonista adolescente, Caleb (Troye Sivan, cantante y actor), descubre que ha estado expuesto al VIH y debe esperar tres meses para el resultado definitivo. Caleb transforma la angustia de esperar resultados de VIH en un relato vitalista sobre autodescubrimiento, amistad y amor en la adolescencia tardía. Ambientada en Florida, evita el melodrama para mostrar cómo un joven gay enfrenta el estigma moderno del VIH con humor, apoyo comunitario y resiliencia. Porque Jared Frieder, el director de esta película, inspirado en su propia experiencia, prioriza la alegría sobre la tragedia, diferenciándose de narrativas ochenteras. 

Se nos presenta a Caleb como un estudiante ingenioso y extrovertido a punto de graduarse en el instituto. Tiene un encuentro sexual con un desconocido en una fiesta y, poco después, descubre que la pareja es VIH+ y que el condón se rompió, iniciando un período de tres meses de espera para su prueba confirmatoria: "Al parecer estaba caducado, como un maldito aguacate". En una clínica LGTBIQ+, conoce a Estha (Viveik Kalra), un chico más reservado también en espera de resultados, y forjan una conexión romántica mientras navegan miedos, rechazos familiares y la efervescencia del verano. Apoyado por su madre soltera y un consejero de la clínica, Caleb vive intensamente: fiestas, fotografía y reflexiones que lo llevan a madurar más allá del diagnóstico incierto. 

Es así que esta película desmonta el estigma persistente, al presentar el VIH no como sentencia de muerte, sino como condición manejable con tratamiento accesible, enfatizando que la detección temprana y la profilaxis pre-exposición cambian el panorama para jóvenes. Y otro mensaje contundente: el estigma social y la homofobia residual afectan más la salud mental que el virus mismo en adolescentes LGTBIQ+. 

Caleb encarna la vitalidad juvenil en búsqueda de su identidad, que usa el humor para lidiar con la vulnerabilidad sexual y el rechazo materno inicial, reflejando tensiones comunes en jóvenes gays que infravaloran riesgos en encuentros casuales. La relación con Estha explora el consentimiento, la intimidad emocional y el "qué pasaría si" del futuro, mostrando cómo el miedo al VIH cataliza crecimiento personal y lazos auténticos. Porque hoy en día esperar no es morir alrededor del sida, donde el protagonista aprende que el VIH es crónico, no terminal, promoviendo pruebas regulares y conversaciones abiertas sin pánico. 

Girl, Positive y Three Months se constituyen en dos películas que afrontan el temor de un adolescente frente al sida desde dos perspectivas diferentes, y que en su visionado nos deja buenos mensajes para “prescribir” a nuestros hijos o alumnos.

 

sábado, 9 de agosto de 2025

Cine y Pediatría (813) “Yesterday”, el ayer y hoy de las infancias huérfanas por el sida en África

 

Nos encanta descubrir nuevas filmografías en Cine y Pediatría. La semana pasada inauguramos Egipto con la película Yomeddine (Abu Bakr Shawky, 2018) alrededor del estima de la lepra y hoy lo hacemos con Sudáfrica, y ello a través de una película de una gran belleza, aunque la historia que nos cuente sea tan dura alrededor del estigma del sida. Belleza en los personajes, en las actrices protagonistas, en el paisaje, en la música, en los sentimientos y en el mensaje. Una historia que se revisa con el corazón encogido al sentir la asimetría del mundo y cómo la realidad de África sigue siendo muy lejana a la acomodada vida de nuestro primer mundo. Hablamos de la película Yesterday (Darrell James Roodt, 2004), una historia de mujeres (la protagonista y su hija, la doctora, la maestra, las vecinas) enfrentadas a la infección por VIH.  

Yesterday se nos cuenta a través de dos estaciones del año: verano e invierno. Comienza en verano a través de una panorámica de la tórrida sabana africana, en la que caminan Yesterday (Leleti Khumalo) y Beauty (Lihle Mvelase), madre e hija de 5 años, respectivamente, dos nombres muy significativos para esta historia. Tras tres horas caminando llegan a un centro sanitario donde Yesterday busca ser atendida, pero no es posible, pues hay una gran cola de pacientes delante de ella y debe regresar resignada. Pronto observamos su tos persistente y disneizante. 

Mientras pasan los días hasta volver a acudir al médico de nuevo, se nos presentan que viven en una población rural pequeña de Sudáfrica, Rooihoek, con escasos recursos y donde sólo vemos mujeres con sus hijos (se deduce que, o bien son viudas, o sus maridos trabajan en zonas más industrializadas para ayudar a mantener a sus familias, cual es el caso del padre de Beauty, quien lo hace en una mina en Johannesburgo). La segunda tentativa por consultar su enfermedad con un médico sigue el mismo fracasado destino, por lo que acaba recurriendo, sin mucha confianza, a la curandera del pueblo, quien le dice “Aquí hay mucha ira. Tienes que soltar esa ira”, algo que nada tiene que ver con la realidad. Sigue empeorando, y en la tercera tentativa, la nueva profesora del poblado (Harriet Lenabe) le suministra un taxi para que llegue temprano al centro sanitario y ahora si pueda ser atendida. Cabe destacar la empatía de la doctora que le habla en zulú y le pregunta por qué se llama Yesterday, a lo que ella contesta: “Mi madre decía que las cosas fueron mejores ayer que lo que son hoy”. Tras examinarla y hacer una analítica, regresa días después, donde la doctora le explica con tacto y mesura, con mucha humanidad, que ha contraído el sida (realmente no se nombra, se intuye). A destacar el silencio que se produce cuando Yesterday le pregunta: “Entonces, ¿voy a dejar de vivir?”. Yesterday no entendía que hubiera tenido que usar preservativos, estando casada, pero finalmente viaja a Johannesburgo para comunicarle la noticia a su esposo John (Pepi Khambule) y decirle que es preciso que él también se haga las pruebas… Y aquí somos testigos de las escenas más crueles de la película, especialmente cuando luego Yesterday recuerda entre lágrimas que el ayer con su esposo y su hija fue feliz en algún momento. 

Llega el invierno y vemos ya a una Yesterday débil y enferma por el avance del sida. Las vecinas son testigos de su deterioro, ella les dice que es sólo cansancio. Al regresar de las labores del campo, un día encuentra en casa a su marido tiritando, sudoroso, delgado y pálido, muy enfermo. “No quise creer lo que tú me dijiste”, le confiesa a su mujer, en otra de las escenas más dura y emotivas del film. Yesterday vuelve a revisión con la doctora y toma una decisión que comparte con la facultativa: “¡Hasta que mi hija no vaya a la escuela, no pienso morirme! Empieza el año que viene”. Mientras tanto su marido sigue oculto en casa, bajo el murmullo de todo el pueblo. Finalmente confiesa a su amiga profesora que tanto su marido como ella tienen el sida, y a la pregunta de por qué no dijo nada, ella le relata la historia de una chica de un pueblo cercano a la que todos sus vecinos apreciaban, pero que, tras contraer el VIH, se lo dijo a sus padres y murió lapidada. Pero la situación se vuelve tan violenta con sus vecinas por la salud de su marido, donde el miedo, la desinformación, el estigma, la intolerancia y el desprecio son más que notorios. Mientras, Yesterday busca soluciones: no la encuentra en un hospital para pacientes terminales con sida pues está lleno, por lo que decide construir una cabaña a las afueras de la aldea, lejos de de rumores y de la intolerancia de sus vecinas. 

Con la llegada del nuevo verano, vemos a Yesterday se halla visitando la tumba de John. Le acompaña la profesora, que le informa que las clases empezarán la semana próxima, causándole gran felicidad el hecho de poder ver cómo acude Beauty al colegio por primera vez, pues ella no pudo y es analfabeta. También le dice: “Cuando llegue el final, amaré a Beauty como si fuese mía”. Con el corazón roto de amor y conteniendo las lágrimas, recordaremos esta maravillosa película por mucho tiempo, con esa imagen final de Yesterday acompañando a Beauty en su primer día de clase y dándole un beso en la distancia. 

Los datos actuales del sida en África nada tienen que ver con los de otros continentes. La crudeza de las cifras hablan por sí misma: este continente concentra cerca de dos tercios de todas las personas con VIH en el mundo, pese a representar solo alrededor del 12 % de la población mundial; actualmente se cuentan alrededor de 26 millones de personas viviendo con VIH en África, concentrado específicamente en la región subsahariana; y cada año se contabilizan más de un millón de nuevas personas infectadas; la vulnerabilidad es mayor en países del este y sur como Botswana, Lesotho, Malaui, Mozambique, Namibia, Sudáfrica, Zambia y Zimbabue. Si centramos nuestra atención en la población infanto-juvenil, se estima que aún más de 1,4 millones de niños y niñas entre 0 y 14 años viven con VIH a nivel mundial, de los cuales la gran mayoría se encuentran en África subsahariana (en esta región las mujeres y niñas representaron el 63% de todas las nuevas infecciones); se estima que en 2024 aún murieron 75.000 menores por causas relacionadas con el sida (pues a pesar de que la infancia representa solo el 3% de las personas que viven con VIH, constituyeron el 12% de las muertes relacionadas con sida a nivel mundial). Y no se debe olvidar que, desde el inicio de la pandemia en África, el sida ha dejado más de 12 millones de niñas y niños huérfanos. 

¿Cuáles son los desafíos a los que se enfrenta el sida en África (muchos presentes en nuestra película de hoy)?: la transmisión de madre a hijo elevada (dadas las deficiencias en la cobertura de salud para las madres seropositivas), el diagnóstico tardío o inexistente, la dificultad de acceso al tratamiento antirretroviral, la resistencia a antirretrovirales como amenaza creciente, el estigma social y barreras legales (sobre todo en población clave como LGTBIQ+, drogadictos vía parenteral, trabajadores sexuales), el aumento de leyes punitivas (en países como Uganda o Mali, lo que agrava la invisibilidad y vulnerabilidad de estas poblaciones), la desigualdad de género (desfavorable a adolescentes y mujeres jóvenes) o los recortes en la financiación. 

Y es así como la conmovedora obra cinematográfica Yesterday nos habla del ayer y del hoy de las infancias huérfanas por el sida en África. Y entre emociones como la empatía y compasión, la tristeza y el dolor, la indignación y frustración, o la esperanza y admiración, nos llevamos estas reflexiones en la mochila, dignas de un cine fórum: el estigma y la ignorancia en torno al VIH/sida, la resiliencia de la mujer africana, la importancia de la educación (un símbolo de esperanza para el futuro y la única manera de cambiar el destino de las naciones) y la universalidad de la condición humana sobre temas como el amor incondicional de una madre, la lucha por la supervivencia, la dignidad ante la enfermedad y la búsqueda de un futuro mejor. Y entender que, aún hoy, el sida en África poco tiene que ver aún con el sida en el primer mundo. Y por ello Yesterday y Beauty son dos nombres que ya nos inspiran en busca de un mañana más bello.

 

sábado, 26 de julio de 2025

Cine y Pediatría (811) “Juicio a un menor”, juicio al estigma frente al sida

 

“Esta película está basada en experiencias familiares, entrevistas, documentos de tribunales y reportajes de periódicos y revistas”. A continuación un baile callejero al son de la canción “Small Town” de John Mellecamp y distintas imágenes nos sitúan en un pequeño pueblo del estado de Indiana, Kokomo. Así comienza una película que es una historia real, la historia de un niño que cambió la mirada sobre la pandemia del sida: Juicio a un menor (John Herzfeld, 1989), telefilm cuyo título original “The Ryan White Story” nos retrotrae a aquella historia de la década de los 80 que no dejó indiferente al mundo, en aquellos inicios en que se sabía poco de la infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) y se temía mucho. 

Tras esa introducción conocemos al adolescente Ryan White (Lukas Haas, protagonista tras participar cuatro años antes en la exitosa película Único testigo, dirigida por Peter Weir e interpretada por Harrison Ford), cuya tos hemoptoica antes de acompañar a su hermana Andrea (Nikki Cox) al concurso de patinaje, nos pone sobre aviso y nos marca la fecha, diciembre de 1984. Tras llegar del evento, le dice a su madre Jeanne (Judith Light): “He estado todo el día muy cansado. No me encuentro bien…”. Tras la consulta en el hospital, el informe del doctor: “Ryan tiene un tipo de infección que los niños normales no padecen. Se llama Pneumocystis. Puesto que sabemos que la tiene y sabemos también que le han estado administrando productos sanguíneos desde hace mucho tiempo para tratar su hemofilia, nuestra conclusión es que un virus ha dañado gravemente su sistema inmunológico. Sra. White, Ryan tiene sida”. A la pregunta de la madre de cuánto le queda de vida, la respuesta nos indica lo que en aquellos momentos eso significaba: “Nadie sabe lo suficiente sobre el sida para que yo pueda decirle cuánto tiempo le queda. Pero saldrá de la neumonía porque sabemos tratarla. Necesitamos más información, pero no se morirá de esta neumonía, de eso estoy seguro”. Una información muy dura ofrecida por el médico con adecuada forma y asertividad. A continuación, una reacción de la madre muy dura, mientras se abraza a su hija: “Si Ryan se muere, moriremos todos juntos. Quemaré nuestra casa. Meteremos el coche en el garaje, cerraremos la puerta y dejaremos el coche en marcha hasta que nos quedemos dormidos”. Ya hemos ido conociendo que Jeanne está separada y el padre no se preocupa por sus dos hijos. 

Con la llegada de los abuelos se nos muestra la busca de un culpable en el duelo. La abuela comenta en alto, “¡Los homosexuales empezaron esto!”, y la madre replica: “¡Nadie sabe quién lo empezó! No culpes a nadie, si quieres un culpable, cúlpame a mí, yo soy quien porta los genes deformados que le produjeron la hemofilia, soy yo quien le hace las transfusiones para la hemofilia, así es como ha entrado en contacto con el plasma sanguíneo infectado que le ha contagiado el sida. Así que si quieres echarle la culpa a alguien, échamela a mí”. Pasado unos días, informan a Ryan de su enfermedad, con la madre, el cura, el médico y la enfermera presentes, una escena especialmente extraña y que da para un debate sobre cómo se planteó. Porque a la pregunta de Ryan si va a morirse, su madre le contesta que “todos moriremos algún día, pero no sabemos cuándo”

Pasa el tiempo y las fases del duelo. Llega la aceptación y se vislumbra cuando Andrea y su madre están a solas, y ésta le dice que olvide lo que le comentó sobre encerrarse en el garaje, apoyándose en que sus vidas son muy valiosas y que seguirán adelante. Durante la conversación, Jeanne lee folletos sobre información del VIH y de qué forma se transmite: “¡Estos folletos no te cuentan nada, en unos te cuentan una cosa y en otros, otra, pero hay algo en lo que están todos de acuerdo: no puede contagiarse el sida viviendo todos en la misma casa, bebiendo del mismo vaso o besando!”. 

Nos trasladamos a abril de 1985 y Ryan corretea ya con la bici por el barrio. Desea regresar al colegio, pero su madre le da una noticia que no esperaba: “Ryan, ellos no quieren que vuelvas, por tu enfermedad… He estado en el colegio y no quieren escucharme, dicen que es una enfermedad contagiosa”. Es entonces cuando Jeanne decide acudir a un abogado (George C. Scott) para exponer la situación actual de su hijo y la negativa del colegio a que acuda a recibir clases, decidiendo hacerse cargo del caso. Pero los padres y madres del colegio se oponen firmemente a la readmisión de Ryan, por miedo al sida y desconocimiento a los medios de contagio, y lanzan una campaña de recogida de firmas. Y de nada sirven los consejos del doctor: “No se puede garantizar la ausencia de contagio. Lo único que sabemos sobre el virus del sida es que vive en la sangre y se transmite a través de las membranas mucosas, los ojos, la boca, la región intestinal y los órganos sexuales. Se puede contagiar a través de un corte en la piel, pero no tocando los mismos objetos o estando en la misma habitación”. Pero todos los miembros de la familia sufren también la exclusión: la madre lo recibe de compañeros de su fábrica, su hermana debe afrontar comentarios crueles de sus compañeros del colegio: “Mi madre dice que tu hermano es marica”. Cruel, todo muy cruel… pero fue la realidad del miedo que nos asoló (y no creo que sea tan lejano, pues con la covid hemos vivido situaciones similares, dado que aprendemos poco el ser humano). 

Persiste el sentimiento de culpabilidad de la madre, al ser ella la trasmisora de la hemofilia de su hijo (es conocido que la hemofilia A que presenta Ryan tiene patrón de herencia recesivo ligado al cromosoma X, de forma que la madre es portadora y la enfermedad se manifiesta principalmente en hijos varones). Y llegan los medios de comunicación, deseando entrevistarle, tras haberse convertido en noticia mediática su batalla legal por regresar al colegio, y cuando le preguntan qué es lo que más le molesta de su situación, Ryan responde: “Las cosas que murmura la gente, como que escupo en las verduras del supermercado y, sobre todo, cuando dicen cómo lo he cogido. Piensan que soy un gay, son las únicas personas que lo cogen”. Incluso cuando Ryan queda a hacer los deberes con la chica que le gusta de su colegio, ella le dice con pesadumbre: “Mi madre cree que es mejor que no estemos juntos”. La enfermedad avanza y debe reingresar al hospital: “Me voy a morir si no ocurre un milagro… Tengo miedo”, le confiesa a su madre. Allí conoce a Chad, un chico de su misma edad que se encuentra en la misma situación que él y comparten reflexiones: “Nadie sabe lo que se siente estando tan sólo”, le comenta Chad, palabras con gran valor, pues quien da vida a este personaje es el protagonista en la vida real, Ryan White. 

En el juicio el abogado realiza la estrategia de que le consideren “minusválido” para que le permitan volver al colegio, pero aún así el camino no es fácil. Finalmente, el juez da la razón a Ryan y es readmitido de nuevo en clase. Al regresar a las aulas es recibido con frialdad y así le explica a su mejor amigo Tomy las condiciones que le ha impuesto el centro y que debe aceptar: “Tengo mi propia toalla en la cartera, y es la única que puedo utilizar. Para comer tengo servilletas, platos de papel, cuchillos y tenedores de plástico. Después de utilizarlos tengo que tirarlo todo, y no puedo beber en ninguna fuente”. 

Finalmente la madre decide trasladarse con sus hijos a otra localidad, Cicero, para ofrecer un lugar libre de ambientes hostiles que pudieran seguir empeorando la salud de sus hijos y la suya propia. Y allí Ryan acude a un nuevo colegio, donde profesores y alumnos le reciben con respeto y cariño. Y mientras se escucha la canción “I´m Still Standing” (“Sigo en pie”) de Elton John se muestra un fotograma de Andrea, Ryan y Jeanne, primero como los protagonistas del filme y luego se superpone con los tres protagonistas de esta historia en la vida real. 

Ryan White murió en abril de 1990, cuando tenía 18 años, pocos meses después del estreno de esta película. Un estreno a finales de la década de los 80, cuando la pandemia del sida llevaba unos años convirtiéndose en un problema sanitario global contra el cual no existían tratamientos médicos eficaces, y dejando una ola de prejuicios y falsas creencias que llevó al rechazo social, la discriminación, la marginación y en muchos casos la criminalización de las personas infectadas por el VIH, causante de la enfermedad. Recordamos que a esta enfermedad se le llegó a denominar en aquellos inicios como "enfermedad de las cuatro H", en donde se identificaron cuatro grupos de riesgo: homosexuales, hemofílicos, adictos a drogas intravenosas (heroína en particular) y haitianos. El estigma no tardó en cuajar, especialmente frente a homosexuales y heroinómanos. Los prejuicios podían más que la información y las “fake news” corrían como por un reguero de pólvora. Los pacientes eran convertidos en parias: perdían sus trabajos, la escolaridad, las relaciones sociales y, a veces, hasta sus familias. Incluso había médicos y enfermeras que se negaban a atenderlos. Se llegó a hablar de un castigo de Dios. 

En ese contexto, hubo historias personales que ayudaron a cambiar esos puntos de vista y poner al sida en su real dimensión: los casos del actor Rod Hudson o del deportista Magic Johnson son bien conocidas. Otras lo son menos en la distancia, y el cine nos los recuerda, como fue la historia de Ryan White, quien se convirtió en un símbolo nacional en la lucha contra el estigma y la discriminación del VIH/SIDA. Tanto es así que cuando murió, el ex presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, lo despidió así: “Debemos a Ryan haber eliminado el miedo y la ignorancia que le había perseguido desde su casa al colegio. Debemos a Ryan haber abierto nuestros corazones y nuestras mentes a las personas con sida. Debemos a Ryan el ser compasivos, comprensivos y tolerantes con las personas con sida, sus familias y amigos. Es la enfermedad lo que da miedo, no las personas que la tienen”. Y en su homenaje, un año después, el Congreso estadounidense promulgó la ley Ryan White Comprehensive AIDS Resources Emergency (RWCARE), un programa federal que proporcionó ayuda financiera de emergencia a las comunidades afectadas por la epidemia del sida, que dotó de fondos a programas para mejorar la disponibilidad de asistencia a personas con bajos recursos, sin cobertura sanitaria o con una cobertura sanitaria deficiente al enfermo, incluyendo a sus familias. 

Su repercusión continuó. Elton John se interesó por Ryan, se hicieron amigos y ayudó a su familia en la adquisición de su nueva casa en Cicero; puso música al final de esta película con la canción referida y poco después creó la fundación Elton John contra el SIDA. Asimismo, Michael Jackson le dedicó una canción de su disco “Dangerous”, titulada “Gone too soon”. 

Por ello, valores cinematográficos aparte, cabe prescribir Juicio a un menor como un juicio al estigma frente al sida (y, por extensión, ante cualquier enfermedad infecciosa) y también para que las generaciones más jóvenes de sanitarios conozcan aquella realidad  inicial del sida, que nada tiene que ver con la que actualmente conocemos. 

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sábado, 17 de agosto de 2019

Cine y Pediatría (501). La mejor cura es la amistad… en tiempos del sida


El cine y el sida han tenido distintos puntos de encuentro. Los encuentros entre el cine y el sida en la infancia son más excepcionales. En Cine y Pediatría hemos podido encontrarlo alrededor de dos películas, una estadounidense, Kids (Larry Clark, 1995) y otra española, Verano 1993 (Carla Simón, 2017). Y también en nuestro primer post, la película coral En el mundo, a cada rato, concretamente en la historia El secreto mejor guardado (Patricia Ferreira, 2004), filmada en la India.

Y hoy recuperamos aquí una película poco conocida, una bonita historia de amistad en tiempos del sida. Su título original es The Cure (Peter Horton, 1995) y cuyas traducciones para España (Que nada nos separe) o para Latinoamérica (El poder de la amistad) nos pone en la pista de por dónde deriva la trama. Un agradable film, que salva con delicadeza una resbaladiza trama sobre lo que implica el sida en un hijo: la lucha, la angustia, el rechazo, el dolor y la muerte. Y que incluso nos permite soportar con dignidad un mensaje de sobras conocido: que la amistad puede ser la mejor medicina.

Dos niños que inician el camino de la adolescencia por diferentes caminos: Erik y Dexter. Son vecinos en una localidad de Minesota y ambos viven solo con sus madres y con sus distintas circunstancias.
Erik (Brad Renfro) tiene 13 años, y acaba de trasladarse a esta localidad tras la separación de sus padres. El chico está desubicado en el nuevo colegio y en un hogar donde la madre se ocupa más de su trabajo que de él. Conoce a su vecino a través de la valla que separa sus casas, un chico más joven que él llamado Dexter (Joseph Mazzello), quien también vive solo con su madre y con su enfermedad, pues está en tratamiento por sida, enfermedad que contrajo a causa de una transfusión de sangre. Todo en Dexter gira alrededor de su amorosa madre Linda (Annabella Sciorra), pues como ya sabemos nadie quiere acercarse a un enfermo de sida por el temor al contagio.

Cuando Erik salta la valla y conoce a Dexter surge poco a poco una historia de amistad, pues ambos encuentran algo que no tienen: Dexter el amigo que le niega la enfermedad, Erik esa madre que le niega la vida, pues Linda se comporta como tal con ambos, y se conmueve de que le quieran, pues quizá es lo que no tiene en su hogar, con una madre separada (no solo del padre, sino de él). Y cuando la madre de Erik conoce que tiene amistad con Dexter, le abofetea diciéndole. “Qué estabas pensando, dime. No es viruela, no es tosferina, es sida. ¿Qué estabas tratando de hacer, matarnos a ambos?”. Y les prohíbe que vuelvan a verse.

Pero Erik se interesa en la enfermedad de su nuevo amigo, sobre todo cuando Dexter le cuenta la preocupación de su madre: “Teme que no encuentren la cura a tiempo”. E inspirado en una película, decide emprender la búsqueda de una cura para el sida. Y para ello, Erik realiza experimentos “científicos” con distintos tipos de dulces y plantas, siendo Dexter el grupo de intervención y Erik el grupo control, y todo lo anota minuciosamente en su cuaderno de trabajo. Y cada infusión que prueba sabe peor que la otra, y Eik le anima: “Mi abuela dice que cuanto peor sabe, mejor es la cura”.

Cuando leen en la prensa que un doctor de Nueva Orleans ha encontrado la cura frente al sida, deciden escaparse y encontrar a este doctor. Y más que una “road movie” se transforma en una “boat movie” a través del río Misisipi. Y el viaje y las circunstancias del mismo hacen cimentar la amistad, mientras esquivan las adversidades del camino: “Mi sangre es como veneno. Es peor que el veneno de una cobra” resulta una amenaza válida para ahuyentar a los adversarios. Pero Dexter comienza empeorar y una pesadilla recurrente que lo atemoriza: perderse en la inmensidad negra del universo y hallarse solo (tal como se sentía antes de encontrar a Erik). A causa del estado de salud de su amigo, Erik se asusta y abandona el plan.

Y de regreso, Dexter es inmediatamente hospitalizado y allí permanece en compañía de su madre y de Erik. Y en la planta de hospitalización de Pediatría juegan a diferentes juegos, incluso la de hacerse el muerto… hasta que ocurrió de verdad. “Nunca debí dejar de intentar buscar la cura”, se reprocha Erik, y Linda le responde: “Lo hiciste. Toda la soledad y tristeza que había en su vida la olvidó. Y la olvidó por ti. Dexter fue muy feliz al tenerte como amigo”.

Y el final se precipita como los sentimientos. Cuando Linda, con lágrimas en los ojos y una rabia incontenible, le dice dos cosas a la madre de Erik: la primera, que el mejor amigo de su hijo había muerto y que Erik iba a ir al funeral (le gustase o no), la segunda, que si volvía a ponerle una mano encima, ella misma se encargaría de matarla. Y luego la escena del funeral y el intercambio de zapatos entre los amigos. Y como Dexter deja el zapato de Erik en el río, para que la corriente lo lleve, simbolizando el nuevo viaje para su mejor amigo. Y todo ello bajo la bucólica banda sonora de Dave Grusin, despidiendo esta sensible película de amistad… en tiempos del sida.

Una amistad entre Erik y Dexter, intepretados con solvencia por los jóvenes Brad Renfro y Joseph Mazzello. Un Brad Renfro que debutó a los 12 años con El Cliente (Joel Schumacher, 1994) y participó en películas como Sleepers (Barry Levinson, 1996) y Ghost World (Terry Zwigoff, 2001), pero una sobredosis de heroína finalizó a los 25 años lo que pudo ser una prometedora carrera de actor y músico. Y un Joseph Mazzello que debutó en Presunto inocente (Alan J. Pakula, 1990), continuó en un par de películas de la serie Parque Jurásico, y también en El inolvidable Simon Birch (Mark Steven Johnson, 1998) - una película con la que guarda un gran parecido nuestra obra de hoy, por unir amistad y enfermedad en la infancia -, La red social (David Fincher, 2010) y donde su última aparición ha sido como bajista de la banda Queen, John Deacon, en el biopic Bohemian Rhapsody (Bryan Singer, 2018).

Es Que nada nos separe (The Cure) una pequeña gran película que puede haber pasado desapercibida y que reivindica que la mejor cura es la amistad… en tiempos del sida y en cualquier momento. Y que nos recuerda que vale la pena no olvidar esta película, pero sobre todo debemos tener en cuenta que el sida pediátrico no puede ser una enfermedad olvidada. Pues es cierto que desde su aparición en la década de los 90 el sida pediátrico ha llegado a ser muy poco frecuente en los países del Primer Mundo, gracias a los avances en prevención, diagnóstico y tratamiento, pero cabe no olvidar que en los países de baja renta (principalmente en África y Asia) se producen el mayor número de muertes por esta enfermedad: se contabiliza que alrededor de 500 niños mueren cada día en el mundo por sida infantil, unos 200.000 al año. Tal vez la existencia de más de 30 millones de adultos que viven con el VIH/sida en todo el mundo ha eclipsado la epidemia de sida pediátrico, lo que se ha traducido en una menor investigación a estas edades, unos servicios pediátricos insuficientes y unos regímenes de tratamiento antirretroviral inadecuados para ellos. Y en las sociedades de renta baja el sida pediátrico ha pasado a considerarse una enfermedad desatendida u olvidada. Porque sin tratamiento antirretroviral, hasta el 80% de los niños infectados por VIH mueren antes de cumplir los 5 años, con un progresivo deterioro del sistema inmune que les ocasiona infecciones bacterianas de repetición, fallo de medro y afectación neurológica, con una alta carga de morbilidad asociada y mala calidad de vida.

Y, aunque poéticamente en esta película decimos que la mejor cura es la amistad, está claro que la mejor cura en el sida pediátrico es la inversión en investigación y que el tratamiento antirretroviral llegué a todos los niños del mundo. Asimetría que hoy por hoy – y como muchas otras – es una dolorosa realidad.

 

sábado, 23 de septiembre de 2017

Cine y Pediatría (402). "Verano 1993", poema fílmico sobre la infancia de obligada prescripción


Qué mejor forma de despedir el verano de 2017 que hacerlo con una película que es puro cine indie con los sentimientos a flor de piel. Porque nunca un tema que afectó tanto a la sociedad, a las familias, a la infancia y, cómo no, a los pediatras... fue tratado con tanto sentido y tanta sensibilidad. Sin duda, una de las películas más impresionantes de lo que va de año, justa elegida para representar a España en los Oscar. Es más que posible que no lo consiga, pero Carla Simón, su directora, ya ha ganado el premio de conquistar nuestros corazones al relatarnos su propia historia con una dirección de actores espectacular, especialmente las dos niñas protagonistas, Frida (Laia Artigas), la niña de 6 años que al final consigue llorar, y Anna (Paula Robles), su angelical prima de 3 años. Y hasta aquí deberíamos contar de Verano 1993, porque el resto son las cosas del verano que cambió la vida de Carla Simón y su objetivo: "Hablar sobre los niños enfrentándose a la muerte"

No es la primera vez que hablamos de películas dedicadas al verano en Cine y Pediatría, con un recopilatorio en sus inicios, y luego también Mi amor de verano (Pawel Pawlikowski, 2004), El último verano de la boyita (Julia Solomonoff, 2009), The Kings of Summer (Jordan Vogt-Roberts, 2013) o Nuestro último verano en Escocia (Andy Hamilton y Guy Jenkin, 2014). 

Pero para Carla Simón, quien ahora tiene 30 años, el verano de 1993 fue sumamente especial, pero no precisamente por una experiencia placentera. Por aquel entonces, era una chiquilla de seis años que acababa de perder a su madre a causa del sida (su padre ya había fallecido tres años antes por el mismo virus) y de pronto tuvo que abandonar su piso de Barcelona para vivir junto a sus tíos en el pequeño pueblo de Les Planes d’Hostoles (Gerona). Esa época tan trascendental la ha querido plasmar en su debut en el largometraje con Verano 1993, rodada en catalán y que ya ha convencido y emocionado en los distintos festivales en los que se ha presentado: mejor ópera prima en la Berlinale, Biznaga de Oro en Málaga, tres premios en el festival BAFICI de Buenos Aires o premio especial del jurado en Estambul son algunas de sus hazañas hasta la fecha. ¿Será capaz una pequeña gran obra como ésta de convencer a los miembros de los Oscar para darle el premio a Mejor película de habla no inglesa? 

Porque en el tiempo detenido de la masía se imponía un retrato sutil y también fascinante, donde Frida tiene que adaptarse al concepto de la muerte de sus padres y a una nueva vida con sus tíos. La grandeza de Verano 1993 es la de estar a la altura del reto, una historia dura y trágica, de esas que dejan marcado a quien las vive - y a quien las observa - contada con simplicidad, elegancia, capacidad de observación y respeto con la que pasa. Y por todo ello y por derecho propio, Verano 1993 es ya un nuevo referente sobre el subyugante cine sobre la infancia: es decir, un ejemplo paradigmático de Cine y Pediatría, una película para prescribir por derecho propio. 

Y desde luego, uno de los secretos de Verano 1993 son sus pequeñas protagonistas. Todo comienza con una mudanza, algo confusa en una noche de San Juan con fuegos artificiales, en donde algo importante pasa en la vida de la niña Frida y que vamos descubriendo poco a poco con ella y como espectadores. Y cuando la abuela la besa en la cama y le dice "Y recuerda: tienes que rezar un Padrenuestro cada noche". 

Y Frida nos lo dice todo con su cara, con sus palabras, con sus silencios, con sus disfraces, con su familia (los magníficos tíos adoptivos y su tía con acondroplasia, los abuelos protectores), con su prurito cutáneo de su dermatitis atópica (producto de lo que luego se descubre que es alergia al pelo del gato y tienen que desprenderse de Feldespatas). Con esa estigma que suponía ser hija de madre VIH+ (siglas que aplicábamos a todo niño que nacía de una madre con sida) y el miedo que las familias tenían al contagio de otros hijos ("Que te dije, que no la tocaras", es la amarga reprimenda de la madre de una amiguita), y sus controles médicos: "En el Hospital del Mar me dijeron que no me harían más análisis"

Y fue un verano muy especial con los juegos de las niñas, los gigantes y cabezudos, los guateques del pueblo, la "Festa Major", la matanza de las ovejas, y el inicio del curso escolar con el famoso proceso de encuadernar los libros. Y entre tanto, Freda intenta explicarse lo que ha pasado y pregunta a todos: "¿Sabes lo que le ha pasado a mi madre?, ¿mi padre también ha muerto?". 

Y donde elijo tres escenas que permanecen en la retina y en el corazón: 
- Cuando Freda y su primita Anna juegan a ser la madre y la hija, y en el juego Freda se maquila y viste para remedar lo que debió vivir. 
- Cuando Freda, por su lógico comportamiento rebelde, expresa: "Me voy a mi casa... Porque aquí nadie me quiere". Y se escapa una noche de la masía, pero solo consigue llegar a la carretera y regresa y le dice a sus tíos que la buscaban: "Mejor me voy mañana, que hoy está muy oscuro". 
- Y el final de la película, cuando Freda pregunta a su tía: "¿Cómo se murió mi mamá de antes...?". Y esa magnífica definición del sida de una tía a su sobrina, ahora hija. Y, por fin, el llanto desconsolado de Freda. Fundido en negro y la dedicatoria de la directora: "A mi mamá Neus"

Y es que esta película toca la fibra del respetable por la autenticidad que transmite, por la grandeza de su simplicidad, por esos 94 minutos de una honestidad brutal, donde el espectador se sumerge en la agridulce historia de Frida, álter ego de la cineasta, y el complicado proceso de adaptación a su nueva familia adoptiva. Nos confiesa Carla Simón que se inspiró en varias películas, la mayoría ya en la familia de Cine y Pediatría: por orden cronológico se inspiró en Ponette (Jacques Doillon, 1996), esa niña de 4 años que pierde a su madre, pero también en El Espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973) y Cría cuervos (Carlos Saura, 1975), dos icónicas películas españolas con una misma protagonista como niña, Ana Torrent; y también reconoce influencias de El País de las maravillas (Alice Rohrwacher, 2014) y de La niña santa (Lucrecia Martel, 2004). 

Sea como sea, Verano 1993 entra ya como imprescindible en las películas sobre la niñez, importantísimo periodo en la vida de todo ser humano. Y conseguirlo con un cine honesto libre de artificios, donde las dos niñas nos regalan todo un recital interpretativo en el que abunda la naturalidad de los gestos y los diálogos improvisados, un escenario donde reina la espontaneidad y la complicidad infantil, pero también los celos y las preguntas por responder. 

Este es el Verano 1993 de Carla Simón. Un verano que los pediatras recordamos perfectamente, donde el sida campeaba a sus anchas y nosotros nos debatíamos cuidando a los hijos e hijas de madre VIH+. Han pasado casi 25 años, ha avanzado la medicina y, hoy, por fortuna todo lo anterior se antoja en nuestro primer mundo como una anécdota, no así en otros entornos. Hoy, para la infancia de España el Verano 1993 se antoja, afortunadamente, muy lejano.

 

sábado, 8 de julio de 2017

Cine y Pediatría (391). "El jardinero fiel" a la ética de los ensayos clínicos con fármacos


John le Carré es uno de los escritores con más adaptaciones cinematográficas sobre sus novelas publicadas, singulares historias donde el espionaje y la política suelen mezclarse con dramas personales y sociales. Perteneció durante 4 años al cuerpo diplomático británico, de donde aprendió los complejos entramados de la Guerra Fría y que bien pudo utilizar en su producción literaria. Al menos, 10 de sus novelas se han reflejado como películas, con este orden cronológico: El espía que surgió del frío (Martin Ritt, 1965), Llamada para el muerto (Sidney Lumet, 1967), El espejo de los espías (Frank Pierson, 1970), La chica del tambor (George Roy Hill, 1984), La casa Rusia (Fred Schepisi, 1990), El sastre de Panamá (John Boorman, 2001), El jardinero fiel (Fernando Meirelles, 2005), El topo (Tomas Alfredson, 2011), El hombre más buscado (Anton Corbijn, 2014) y Un traidor como los nuestros (Susanna White, 2016). 

Y hoy nos convoca una película muy especial, donde no hay espionaje en sí, pero si una particular visión sobre la práctica médica en países en vías de desarrollo, donde aparecen reflejados tratamientos frente al sida, así como el estudio de nuevos tratamientos para la tuberculosis multirresistente, y con una visión crítica sobre la ética en el desarrollo de nuevos medicamentos por parte de la industria farmacéutica. Hablamos, claro está de El jardinero fiel, adaptación de Jeffrey Caine de la novela homónima de John Le Carré del año 2001, "The constant gardener". Porque esta novela tenía todo el potencial de convertirse en una película con mucha fuerza; una historia de amor unida a un tema político muy actual sobre una estructura de suspense, la relación entre Justin y Tessa, un hombre que carece de opiniones políticas y que descubre quién era realmente la mujer a la que amaba después de que ella muera y que decide entregar su vida a continuar lo que hacía, acercándose aún más a ella en la muerte que en la vida. Y todo ello en Kenia, en el corazón de África, allí donde se dan los mayores dramas del mundo. 

El guión es fiel a la novela y se retiene el planteamiento no lineal, que comienza con la muerte de Tessa ya en la primera página, por lo que era necesario usar la técnica del flash-back con maestría, para lanzar la intriga lo suficiente sin revelar demasiado muy pronto. Y para la dirección se contó con Fernando Meirelles, y por una razón clave: la película que le alzó a la fama, Ciudad de Dios (2002) había sido capaz de visualizar y comunicar una poderosa historia acerca de una zona del mundo en la que nadie se fija, aquel mundo de delincuencia y marginación de las favelas de Río de Janeiro. 

Justin Quayle (Ralph Fiennes, recordado en el papel de El paciente inglés - Anthony Minghella, 1996 -) es un diplomático inglés que se encuentra en un remoto lugar, al norte de Kenia. Su feliz matrimonio con Tessa Quayle (Rachel Weisz, quien consiguiera el Oscar a la mejor actriz de reparto por este papel), la activista más entregada de la zona, finaliza con el brutal asesinato de la misma junto con el del médico local que la acompañaba. La explicación por parte del Alto Comisionado Británico, que apunta hacia un crimen pasional, no es aceptada por Justin, que busca el motivo de la muerte de su esposa hasta encontrarlo. Y lo que encuentra es como las mafias que manejan el mercado de las medicinas en el continente africano, y la conspiración entre la compañía farmacéutica internacional KDH y su aliada en el país, Tres abejas. KDH creó Dypraxa, un fármaco en estudio que se empleará en el tratamiento de la tuberculosis multirresistente y Tres abejas, su filial en Kenia, se dedica a realizar las pruebas del mismo, para lo que usa a pacientes que reciben tratamiento de manera gratuita, ya que si se negasen a realizar las pruebas ,se les quitaría la prestación sanitaria. 

Pero los resultados con Dypraxa no son los esperados, debido a efectos secundarios importantes de la medicación y que un pacto entre las dos empresas, y con el beneplácito del Comisionado Británico, oculta durante el desarrollo de los ensayos clínicos. Justin descubre que la muerte de Tessa fue debido a que quería detener las pruebas de Dypraxa, rediseñar el ensayo clínico, con lo que supondría años de retraso en la comercialización y millones de dólares perdidos para la compañía farmacéutica productora: "Así funciona el asesinato empresarial. Un jefe se entera de algo, avisa a su jefe de seguridad que habla con alguien, que habla con un amigo de otro y todo acaba con un contestador automático de un despacho alquilado y unos sensibles caballeros con una camioneta azul. Nunca sabrás quien encargó el trabajo". Porque aunque Dypraxa presentaba propiedades curativas, también podía matar y no era rentable volver al laboratorio y eliminar los efectos secundarios, por lo que aquellos pacientes que sufrían tal efecto se eliminaban del estudio, falseando los datos. 

El verdadero valor de El jardinero fiel es que, detrás de una aparente historia de amor y de intriga, se ponen sobre la mesa importantes problemas sanitarios (la educación sanitaria, el sida y la tuberculosis en África) y bioéticos (los aspectos éticos alrededor de los ensayos clínicos y la investigación científica, entre los que encontramos el consentimiento informado, la manipulación de datos, el sesgo de publicación, los conflictos de intereses, el fraude científico, etc.). Un núcleo de debate sobre temas de ética que no se aleja mucho de los que nos presentaron películas como El fugitivo (Andrew Davis, 1993) o Efectos secundarios (Steven Soderbergh, 2013), pero aquí subyace la denuncia de que África no puede ser el laboratorio de occidente y así lo declara un personaje: "No, no ha habido asesinatos en África. Solo lamentables muertes y de esas muertes obtenemos los beneficios de la civilización. Beneficios que obtenemos fácilmente porque esas vidas se compraron muy baratas". Y en el foco de atención, la denominada Gran Farmacia (industria que mueve el mundo, junto con las de armamento, automovilística y petroleras), aquella a la que se le apela que concentra más sus esfuerzos en las enfermedades del mundo occidental y no siempre importantes (la calvicie, la impotencia sexual, la menopausia, etc.) en desfavor de las enfermedades endémicas que matan en el Tercer Mundo (con la malaria, el sida y la tuberculosis entre ellas), pero que aportan escasos beneficios económicos. Y ante lo que algunos portavoces de la industria farmacéutica nos recuerdan que no son filántropos y que se deben a sus accionistas. 

Vale la pena recordar alguno de los pensamiento del Dr. Lorbeer, creador de Dypraxa: "Medicinas gratuitas, Sr. Black. La mayoría están caducadas, las donan las compañías farmacéuticas. Les supone una desgravación, fármacos desechables para pacientes desechables", "Todo esta máquina la impulsa la culpa" o "A lo mejor la redención está en la lucha, Dios posee la cabeza y el diablo las pelotas". 

Y es que El jardinero fiel se puede sintetizar en la suma de seis nombres y distintas nacionalidades para crear una obra denuncia del mundo y para el mundo. Y de la que surgió una canción mágica... El británico John Le Carré escribió el libro, verdadero best seller, y el brasileño Fernando Meirelles nos dejó una película fiel e inolvidable. Para ellos utilizó la historia de amor y vital de dos actores británicos de lujo, Ralph Fiennes y Rachel Weisz. El español Alberto Iglesias escribió la B.S.O. y entre esa música, un tema central producto del keniata Ayub Ogada, un tema por título "Kothbiro" que significa "lluvia venidera" y que fue esencial para depositar la emoción y la conciencia, pues atesora una letra tan mágica como su historia:

"No somos más que una gota de luz una estrella fugaz una chispa tan solo en la edad del cielo. 
No somos lo que quisiéramos ser sólo un breve latir en un silencio antiguo con la edad del cielo. 
Calma, todo está en calma deja que el beso dure, deja que el tiempo cure. 
Deja que el alma tenga la misma edad que la edad del cielo. 
No somos más que un puñado de mar una broma de Dios un capricho del sol del jardín del cielo. 
No damos pie, entre tanto tic-tac, entre tanto big-bang sólo un grano de sal en el mar del cielo. 
Calma, todo está en calma deja que el beso dure, deja que el tiempo cure. 
Deja que el alma tenga la misma edad que la edad del cielo" 

Y así es como Justin fue un jardinero fiel hasta el final, cuando nos dice: "Ya no tengo hogar Tim, Tessa era mi hogar". Y nos queda el recuerdo de las sonrisas de los niños y niñas de Kenia, pues con todo la carga vital que arrastran no conozco una sonrisa tan contagiosa, bella y sincera como la de ellos. Sonrisas que comprobé con la experiencia de colaboración sanitaria en Kenia de mi hija María y de nuestra amiga Conchita, y que esta película nos permite reconocer. Y por algún motivo ellas acompañaron esas sonrisas con la canción "Kothbiro", y por algún motivo ellas también se dejaron contagiar de "el mal de África". Y a ellas va dedicada esta película...