lunes, 18 de mayo de 2026

Museo de Medicina Dr. Balmis: un nuevo capítulo en la historia de la medicina alicantina

 

Los museos de Medicina son importantes porque convierten la historia sanitaria en una experiencia viva: ayudan a entender cómo han cambiado el diagnóstico, los tratamientos, la relación médico-paciente y la propia idea de salud a lo largo del tiempo. También cumplen una función educativa y social, porque preservan patrimonio científico, reconocen a los profesionales que impulsaron avances médicos y acercan ese legado a estudiantes, investigadores y público general. 

Un museo médico no solo exhibe instrumentos antiguos; también explica cómo se construyó el conocimiento que hoy sostiene la práctica clínica. Eso permite ver la medicina como una disciplina histórica, científica y humana a la vez, marcada por aciertos, errores, innovación y compromiso social. Además, estos museos ayudan a la divulgación sanitaria, fomentan vocaciones y crean memoria colectiva sobre epidemias, hospitales, campañas de salud pública y figuras clave de la medicina. En tiempos de desinformación, su valor es doble: conservan evidencias materiales y ofrecen contexto para interpretar mejor la ciencia médica. 

Y hoy recordamos este hecho porque Alicante acaba de inaugurar el pasado 13 de mayo un nuevo espacio donde la ciencia se mira con nostalgia y la memoria médica se convierte en cultura viva: el MUSEO DE MEDICINA DR. BALMIS y que se encuentra en el Palacio de Congresos del Colegio Oficial de Médicos de Alicante, y que será un puente entre las generaciones de profesionales sanitarios y la ciudadanía. 

Un museo con nombre propio 

El nombre del museo no es casual: alude al alicantino Francisco Javier Balmis, figura histórica de la medicina española, reconocido por su compromiso humanitario y por llevar la vacunación contra la viruela a América en el siglo XVIII. Ese referente simbólico invita a mirar la medicina no solo como conjunto de técnicas, sino como una práctica profundamente social, ética y transformadora. En Alicante, el museo se convierte en un homenaje explícito a esa tradición de servicio y responsabilidad profesional a través de su médico más relevante en la historia. Aquel que llevó adelante la primera Expedición Filantrópica médica de la historia de la humanidad y del que ya hemos hablado en este blog, tanto desde la literatura como desde el cine. Y que, además, este nombre propio que tiene el museo es el mismo que tiene mi hospital, el hospital terciario y de referencia de la provincia de Alicante: el Hospital General Universitario Dr. Balmis.    

Más de 125 años de historia 

El museo se concibe como un recorrido por más de 125 años de historia colegial y de asistencia sanitaria en la provincia. A través de fotografías, documentos, objetos médicos, instrumentos quirúrgicos o piezas de diagnóstico y tratamiento, el visitante puede observar cómo han cambiado los consultorios, los hospitales, los espacios de formación y la propia relación médico‑paciente; y también los libros. Cada vitrina, en realidad, es una pausa en la historia: un momento concreto del esfuerzo por comprender mejor el cuerpo humano y aliviar el sufrimiento. Alrededor de 3.000 piezas custodiadas por el busto del Dr. Balmis a la entrada del museo. 

De la memoria privada al patrimonio común 

Una de las características más valiosas del proyecto es su capacidad de sacar la memoria médica de los archivos privados y trasladarla al ámbito público. El museo reúne piezas cedidas por familias, médicos en activo (es una satisfacción que varios instrumentos de mi práctica clínica estén allí, en representación de los miles de niños y niñas que he cuidado), jubilados y centros sanitarios, conformando un patrimonio que antes solo circulaba en recuerdos personales o en despachos olvidados. Al darles visibilidad, el museo convierte esas historias dispersas en un relato colectivo sobre la construcción de la medicina moderna en la provincia. 

Un espacio para todos 

El Museo de Medicina Dr. Balmis se presenta como un espacio abierto, con entrada libre y gratuita, pensado para estamentos muy diversos: profesionales sanitarios, estudiantes de medicina y ciencias de la salud, familias, investigadores e incluso curiosos que nunca han trabajado en el sector. Esa vocación inclusive refuerza su función divulgativa: más que mostrar instrumentos antiguos, pretende explicar cómo se ha ido avanzando en diagnóstico, tratamiento y prevención, y cómo esas conquistas se han ido incorporando poco a poco a la vida cotidiana de la población. 

Y este logro es gracias al esfuerzo de muchas personas, pero cabe destacar la incomiable labor de casi una década del Prof. Jaime Merino, excatedrático de Medicina Interna de la Universidad Miguel Hernández, quien ha demostrado su tesón para llevarlo adelante. Ahora vienen a mi memoria las muchas llamadas de teléfono que me hizo durante este tiempo, retomando una vez y otra el proyecto.

Un faro en la cultura de la salud 

En un contexto de desinformación sobre temas médicos y de creciente desconfianza en la ciencia, los museos de salud cumplen una labor especialmente relevante. Al mostrar la larga trayectoria de errores, experimentos, debates y avances, ayudan al público a entender que la medicina es una ciencia histórica, en constante construcción, y no un conjunto de verdades absolutas. En este sentido, el Museo de Medicina Dr. Balmis no solo mira al pasado; también ofrece claves para interpretar críticamente el presente de la salud y la atención sanitaria.

sábado, 16 de mayo de 2026

Cine y Pediatría (853) “La misteriosa mirada del flamenco”… y de la transexualidad y el sida

 

Cuando uno lee el título de esta reciente película, La misteriosa mirada del flamenco (Diego Céspedes, 2025), puede interpretar que se trate de una película española alrededor de ese baile típicamente andaluz que ha adquirido el título de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Pero nada de eso, sino que es una película chilena que hace referencia al flamenco como ave y cuyo peculiar título tiene un significado muy descriptivo y que analizaremos más adelante. 

La misteriosa mirada del flamenco es la ópera prima de su director y ya ha tenido una recepción muy destacada en festivales, con diversos galardones, incluido la selección para representar a Chile en los Óscar como mejor película internacional, así como mejor película de Un certain regard del Festival de Cannes, premio que reconoce el talento joven y fomenta obras innovadoras y atrevidas. Y a buen seguro que este sí que es un film innovador y atrevido, pues adquiere el aspecto de un western en una fábula queer sobre deseo, miedo y comunidad bajo los ojos de una adolescente, historia ambientada en un pueblo minero en el desierto de Atacama, el lugar más seco del planeta y situado en el norte de Chile a comienzos de los años 80. Una peculiar película definida como un neowestern, un relato de iniciación y un melodrama queer con componentes de realismo mágico, y que se suma a otros títulos de estos premios Un certain regard que ya forman parte de Cine y Pediatría y que fueron revisadas al hablar de la película británica How to Have Sex (Molly Manning Walker, 2023)ganadora de este galardón dos años antes.  

“Norte de Chile, año 1982”. Así comienza esta historia y ya nos marca el contexto geográfico y temporal. Y nos presenta a nuestra protagonista, Lidia (Tamara Cortés), una niña de 11 años que crece en el seno de una particular comunidad queer marginada en el borde de un desagradable y polvoriento pueblo minero. Allí vive con un grupo de travestis y transexuales que forman parte de la bizarra diversión de los mineros del lugar y donde pronto nos aparece la primera reflexión: “Por cada maricón infectado aquí en la cantina aparecen 20 mineros infectados en el pueblo. En la cantina habemos cuatro infectadas vivas y dos que ya nos dejaron… Y eso da un total de…”. Y es que la comunidad les culpa de una misteriosa enfermedad que está empezando a propagarse, y de la que se dice que se transmite a través de una sola mirada, cuando un hombre se enamora de otro. Estamos en los inicios de la aparición del sida en el mundo, pero de momento aquí solo es una superstición, donde Lidia se enfrenta a en un entorno marcado por la violencia, el prejuicio y el miedo colectivo, donde la familia queer es su único refugio y el amor podría ser el verdadero peligro. 

Es esta una cantina regentada por Mamá Boa (Paula Dinamarca, verdadera actriz trans), quien puso a sus “chicas” nombre de animales: Leona, Piraña, Estrella, Flamenco… Y acabamos conociendo cómo Flamenco (Matías Catalán), la preferida de lugar, se encontró a Lidia abandonada a la puerta del local y prometió ser su madre y cuidarla. 

Se suceden las escenas que no dejan indiferentes, como el patético concurso de Miss Alaska, donde siempre ha ganado Flamenco y nos canta la canción “Ese hombre” de Rocío Jurado, un momento que no es ajeno a esa dualidad (animal y baile) del título de la película… En ese momento se nos presenta la provocativa aparición de quien fuera su pareja, Yovani (Pedro Muñoz), y que le pregunta “¿Te enamoraste de un hombre de 21 años, así como yo?”… hasta que todas le dan una paliza para que salga del local. Pero aires de venganza acaban con la vida de Flamenco, momento en el que Lidia recuerda las palabras de su madre: “Yo no me quiero ir de esta vida culeado siendo un secreto, hija”. 

“Lava que lava. Al maricón no hay que mirar. Lava que lava. La peste te va a pegar. Lava que lava. Los ojos hay que tapar. Lava que lava. El maricón te va matar”, es la canción que repiten los mineros cuando las ven pasar y evitan su contacto visual. Lidia intenta entender lo que está ocurriendo, y cómo ocurrió el contagio de la “peste”: “¿Y por qué el hombre se enamora si es tan peligroso?”, pregunta Lidia a su amigo Julio, y este le responde: “Yo creo que porque cazar y ser cazado es inevitable para todos los animales”. Y las chicas trans le dicen que esa “peste” era como una maldición frente a los mineros, pero siguen sus dudas: ”Y si era frente a los mineros, ¿por qué se enfermaron ustedes?”. 

Pasa el tiempo y vemos los estigmas cutáneos que dan nombre a la supuesta “peste”: el sarcoma de Kaposi tan identificativo de los inicios del sida. Así lo vemos en Yovani, quien fallece como un apestado más (aunque Lidia imagina su final con una onírica escena del más clásico Far West). Así lo percibimos también en Mamá Boa, quien antes se casó con Clemente (Luis Dubó), uno de los mineros… No es difícil imaginar que la promiscuidad y la transexualidad, la falta de conocimientos sobre la infección, los mecanismos de transmisión y los medios preventivos, hicieron que el sida campara a sus anchas. 

Y con ese devenir de los hechos, deciden enviar a Lidia a la ciudad. Y la vemos alejarse en el coche por ese seco horizonte, con ese aroma de western una vez más… Pero es difícil para ella romper con su pasado, mientras suena al final la canción “Rara avis” de Florencia di Concilio, compositora uruguaya de música para cine. 

Y sí, es una rara avis ese flamenco y esta historia… Porque La misteriosa mirada del flamenco es un título simbólico con varios niveles de lectura: Flamenco es el nombre de una de las figuras centrales de esa familia queer, a la que Mamá Boa llamó así por sus piernas largas y delgadas, y la “mirada” remite al rumor que circula en el pueblo: que la enfermedad o el deseo se contagian incluso con el simple acto de mirar; y donde la palabra “misteriosa” alude a ese clima de superstición, miedo y desconocimiento que rodea a la comunidad del filme, ese misterio social de cómo el prejuicio transforma el amor, el cuerpo y la diferencia en algo temido y casi sobrenatural. Y también aporta una dimensión poética: porque el flamenco es un animal bello, frágil y extraño, muy coherente con el tono del relato, que mezcla dureza, ternura y mito. En conjunto, el título resume muy bien la película: es una historia sobre cómo una comunidad marginada es observada, juzgada y convertida en leyenda por quienes la rechazan. Al mismo tiempo, reivindica la potencia de esa misma mirada cuando nace desde el afecto, la familia elegida y la supervivencia compartida. 

Una película que funciona como una alegoría del estigma vinculado al VIH/sida y del pánico moral que se construyó alrededor de la disidencia sexual. En vez de centrar la violencia en el arma clásica del western, la desplaza hacia la mirada como símbolo de deseo, contagio imaginado y persecución social. También pone en primer plano la idea de familia elegida, el cuidado comunitario y la ternura como formas de resistencia frente a la exclusión. Y donde afloran tres enseñanzas principales: que el miedo social a la diferencia suele producir más daño que la propia amenaza real, que la identidad y el afecto pueden construir refugios colectivos incluso en contextos de hostilidad extrema, y que la infancia permite mirar la violencia con una mezcla de inocencia y lucidez que vuelve más fuerte la denuncia moral. Lo más interesante de la película es cómo reescribe el western desde una sensibilidad disidente, sustituyendo la épica viril por una ética del cuidado. El desierto de Atacama no aparece solo como paisaje, sino como espacio de soledad, belleza y vulnerabilidad, reforzando el tono emocional del relato. 

Ya hemos hablado del sida ya desde varias miradas y filmografías, como la estadounidense Kids (Larry Clark, 1995), la sudafricana Yesterday (Darrell James Roodt, 2004) o la española Romería (Carla Simón, 2025). Y ahora vemos la visión desde La misteriosa mirada del flamenco, una obra se presenta como un debut muy sólido, visualmente poderoso y con una ambición poética que refuerza el cine chileno.

 

miércoles, 13 de mayo de 2026

Músicos por la salud, medicina para el alma


 

La musicoterapia se ha consolidado en las últimas décadas como una disciplina terapéutica con creciente reconocimiento dentro del ámbito sanitario. Definida como el uso clínico y basado en la evidencia de intervenciones musicales para lograr objetivos individualizados dentro de una relación terapéutica, integra conocimientos de la medicina, la psicología y las ciencias de la música. Su valor no radica únicamente en su carácter complementario, sino en su capacidad de incidir de manera significativa en dimensiones físicas, emocionales, cognitivas y sociales del paciente

Uno de los principales fundamentos de la musicoterapia es su impacto directo sobre el sistema nervioso. La música actúa sobre estructuras cerebrales implicadas en la emoción, la memoria y la regulación del estrés, como el sistema límbico. Diversos estudios han demostrado que puede reducir los niveles de cortisol, disminuir la percepción del dolor y mejorar el estado de ánimo. En contextos clínicos, esto se traduce en beneficios tangibles: menor ansiedad preoperatoria, mejor tolerancia a procedimientos invasivos y reducción del uso de analgésicos en algunos casos. 

En el ámbito hospitalario, la musicoterapia se ha incorporado progresivamente en unidades de cuidados intensivos, oncología, pediatría, neonatología, neurología y salud mental (aunque queda mucho camino por andar para que sea una realidad en España)En pacientes pediátricos, por ejemplo, facilita la expresión emocional y reduce el miedo asociado a la hospitalización. En neonatología, la exposición controlada a estímulos musicales puede favorecer la estabilidad fisiológica y el vínculo afectivo entre padres e hijos. En adultos con enfermedades crónicas o terminales, la musicoterapia contribuye a mejorar la calidad de vida, ofreciendo un espacio de comunicación y alivio emocional cuando las palabras resultan insuficientes. Nuestra experiencia en el Servicio de Pediatría del Hospital General Universitario Dr. Balmis de Alicante así lo avala en el caso de la oncología pediátrica (tanto en pacientes, como en familiares y personal sanitario). 

Particularmente relevante es su aplicación en trastornos neurológicos. En pacientes con enfermedad de Alzheimer, la música puede evocar recuerdos y mejorar la interacción social incluso en fases avanzadas. En rehabilitación tras ictus, el ritmo y la melodía se utilizan para estimular la recuperación del lenguaje y la coordinación motora. Este enfoque se basa en la plasticidad cerebral, aprovechando redes neuronales alternativas para compensar funciones dañadas. 

Desde una perspectiva psicosocial, la musicoterapia también desempeña un papel importante en la humanización de la asistencia sanitaria. Introduce una dimensión artística y relacional que contrarresta la despersonalización que a menudo acompaña a los entornos clínicos altamente tecnificados. El paciente deja de ser únicamente un sujeto pasivo de intervención médica para convertirse en participante activo de su proceso terapéutico. 

A pesar de sus beneficios, la implementación de la musicoterapia en los sistemas de salud aún enfrenta desafíos. Entre ellos destacan la necesidad de mayor estandarización en los protocolos, la formación especializada de los profesionales y la integración efectiva en equipos multidisciplinares. Asimismo, aunque la evidencia científica es cada vez más sólida, sigue siendo necesario ampliar estudios con metodologías robustas que permitan consolidar su inclusión en guías clínicas. 

Por ello el evento de presentación que tuvo lugar el día 11 de mayo en nuestro hospital de la Fundación Músicos por la Salud tiene un valor añadido. Músicos por la Salud es una fundación española nacida en 2015 en la Comunidad Valenciana (por cierto, de donde proceden más de la mitad de los músicos del país) y que lleva música en directo a hospitales y centros sociosanitarios para humanizar la experiencia de pacientes, familiares y personal sanitario. Su propuesta se basa en microconciertos emocionales y breves, diseñados para aportar bienestar en contextos de soledad, vulnerabilidad o enfermedad. 

La organización trabaja con actuaciones en hospitales, residencias y otros centros de atención, incluyendo programas específicos como "Piano por la Salud" y "Recordar, Cantar y Curar". Según su propia información, ha realizado decenas de miles de microconciertos y ha llegado a cientos de miles de personas en toda España. Su idea no es solo “poner música”, sino usarla como una intervención con sentido terapéutico y relacional, adaptada al entorno sanitario. En los conciertos se procura que la música conecte con las preferencias del paciente y favorezca una experiencia más cálida y menos impersonal, siendo clave que la música la elige el paciente siempre. 

Además del componente asistencial, Músicos por la Salud ha impulsado un modelo de colaboración entre músicos, voluntariado e instituciones sanitarias. También promueve la investigación y la evaluación de sus intervenciones para respaldar con evidencia su impacto en salud y calidad de vida. Y eso es lo que ocurrió ayer en nuestro hospital en un acto lleno de ciencia y arte, de música, donde a través de piezas de piano deSerguéi Rajmáninov, Frédéric Chopin, Isaac Albéniz u Óscar Esplá llevadas a cabo por músicos del Conservatorio de Alicante, se nos expuso el inicio de este proyecto en nuestro hospital. Y comenzó con la donación de un piano de cola que ahora luce en el hall de entrada del hospital y que ya es símbolo de la apuesta por la musicoterapia (será el cuarto piano donado por la fundación, tras los ya existentes en el Hosiptal La Paz, Hospital de Manises y Hospital La Fe).  Un acto inolvidable que tuvo como maestro de ceremonias a nuestro compañero el Dr. Paco Cholvi, rehabilitador de nuestro hospital y afamado pianista. 


Una apuesta por la arteterapia que lleva décadas desarrollándose en distintos ámbitos del hospital (como los centenares de proyectos que, desde 2014, realizamos con la Unidad Pedagógica Hospitalaria en el proyecto "La cultura y el deporte se ponen la bata y el fonendo"). Porque a nuestro proyecto "Un hospital de cuento" y "Un hospital de cine", ahora se suma este que bien podría ser "Un hospital de música". 

Porque el valor de la música en la vida es fácil de entender. Y ya lo dijo un científico como Einstein: "Si no fuera físico, probablemente sería músico. A menudo pienso en música. Vivo mis sueños en música. Veo mi vida en términos musicales".