El término "Érase una vez..." es una expresión tradicional usada para iniciar cuentos de hadas y narraciones fantásticas, evocando un tiempo indefinido en el pasado. Proviene de traducciones de cuentos clásicos como los de Charles Perrault, los hermanos Grimm o Hans Christian Andersen. Y también el cine se ha aprovechado de esta expresión. Y basta recordar la trilogía de Sergio Leone: Érase una vez… en el Oeste (1968), Érase una vez… en México (1971) y Érase una vez… en América (1984). Otro título icónico es Érase una vez… en Hollywood (Quentin Tarantino, 2019), pero hay muchos otros títulos así en español y desde diversas nacionalidades: Érase una vez (Carl Theodor Dreyer, 1922), Érase una vez un príncipe (Howard Hawks, 1927), Érase una vez (Alexander Hall, 19449, Érase una vez un mirlo cantor (Otar Iosseliani, 1970), Érase una vez un sinvergüenza (George Schaefer, 1973), Érase una vez el diablo (Bernard Launois, 1985), Érase una vez… (Olivier Dahan, 2001), Érase una vez en los Midlands (Shane Meadows, 2002), Érase una vez en Bolivia (Patrick Cordova, 2012), Érase una vez en Durango (Juan Antonio de la Riva, 2010), Érase una vez en la Patagonia (Maxi Anriquez, 2016), Érase una vez en Buenos Aires (Agustín Ross Beraldi, Diego Labat, 2016), etc.
Y hoy sumamos la reciente película francesa Érase una vez mi madre (Ken Scott, 2025), una comedia dramática cuyo guion procede la novela autobiográfica de Roland Perez, “Ma mère, Dieu et Sylvie Vartan”, que también es el título original de la película. Un relato muy accesible que asemeja un cuento de hadas sobre discapacidad, fe, maternidad y cultura popular francesa de los años 60–90 y que se ha convertido en un éxito de crítica y, sobre todo, de público en Francia.
El filme narra la infancia y vida adulta de Roland, nacido en 1963 con un pie equino-varo (popularmente conocido como pie zambo) y que, según los médicos, le condena a muletas o silla de ruedas de por vida: “Nunca, nunca debe cargar peso en ese pie… Su hijo es un discapacitado”. Es el sexto hijo de este matrimonio judío sefardí de origen marroquí, y su madre, Esther (soberbia Leila Bekhti, ya vista en O los tres o ninguno, Kheiron, 2015), de carácter indomable, promete que su hijo caminará “como los demás” y tendrá una vida “fabulosa”, fiando esa promesa a Dios, en la visita a múltiples especialistas médicos y charlatanes, y a la energía vital que le aporta la música de Sylvie Vartan: “Solo rezo por la pierna de Roland”, nos dice.
La película, con un metraje de 103 minutos, se divide casi simétricamente en dos partes: la infancia (sin duda, la mejor) y la vida adulta. En la primera parte asistimos al encierro doméstico del niño Roland (interpretado por dos actores, uno hacia los 4 años y otro hacia los 12) y cómo este se desplaza arrastrando por casa, los conflictos con servicios sociales porque no está escolarizado (“Mi hijo, el primer día de colegio, irá andando”, se promete Esther a sí mismo y a la asistente social), las peregrinaciones médicas y, finalmente, el largo tratamiento que le permite caminar. La segunda parte sigue a Roland adulto (Jonathan Cohen), convertido en jurista y periodista (tras pasos previos por la canción e interpretación), que acaba encontrándose profesionalmente con su ídolo Sylvie Vartan (con 80 años en el momento de rodarse la película, y todo un milagro de la cirugía estética, tras un grave accidente de coche en su juventud junto a Jhonny Hallyday) mientras intenta emanciparse de una madre tan abnegada como invasiva. Llega a casarse y tener tres hijos, pero su esposa fallece de cáncer. Acude a apoyo psiquiátrico, a quien le manifiesta: “El problema es que toda mi vida han tomado las decisiones por mi y ahora estoy perdido”.
Érase una vez mi madre se comporta como un feel-good movie entre esa peculiar relación de Roland con su madre, en una historia repleta de emociones y enseñanzas: 1) El amor materno y ambivalencia. Porque la emoción dominante es la de un amor materno feroz, capaz de desafiar diagnósticos médicos, estructuras sociales y sentido común. Un amor con doble cara: por un lado, motor de resiliencia y salvación; por otro, fuente de invasión y dificultad para que el hijo se independice emocionalmente. Y se nos plantea que el apoyo incondicional puede convivir con la necesidad de poner límites y de que el adulto se separe simbólicamente de la figura materna. 2) La discapacidad, diferencia y dignidad, esas “tres D” que es el recorrido del pie zambo de Roland, donde la enseñanza central es que dignidad y deseo de futuro no dependen de la “corrección” del cuerpo, sino del entorno afectivo, educativo y simbólico que rodea al sujeto. 3) La fe, cultura judío‑marroquí e identidad, donde la fe en Dios es un recurso emocional clave para Esther. Y donde la película sugiere que la identidad de Roland se construye en el cruce entre su cuerpo “desviado”, su origen minoritario y la cultura popular francesa (representado por su idolatrada Sylvie Vartan), y que esa mezcla puede transformarse en fuerza y singularidad creativa.
Destacar como la cantante Sylvie Vartan aparece como mito íntimo y motor narrativo. De niño, para Roland ella es icono pop, musa y figura redentora laica; con ella aprende a leer con las letras de sus canciones, proyecta en ella un horizonte de glamour y escape, y convierte su voz en acompañamiento emocional de su rehabilitación. En la etapa adulta, el encuentro real con Vartan cierra el arco: el ídolo se humaniza sin perder su dimensión mítica, y el protagonista comprueba que el imaginario que lo sostuvo de niño puede integrarse en su vida profesional y afectiva adulta.
Y ello nos lleva a su banda sonora original (BSO), compuesta por Nicolas Errèra, y cuyo dispositivo dramático descansa en varios números de Sylvie Vartan, insertados como canciones diegéticas o evocadas en escenas clave. Sus canciones cumplen tres funciones para Roland: pedagógica (sirven literalmente como materia prima para que Roland aprenda a leer, convirtiendo la cultura pop en herramienta de alfabetización), terapéutica (su escucha marca momentos de resiliencia, especialmente durante el tratamiento largo en cama, donde la música genera una “burbuja” anímica frente al dolor) e identitaria (vinculan la historia personal de Roland con la memoria colectiva de la Francia y la diáspora de los años 60–70, subrayando la pertenencia a un imaginario común pese a su diferencia). Pero además también escuchamos de forma patente icónicas canciones en momentos clave de la vida de Roland, como “Get It On” del grupo T-Rex, “I Wonder Why” de Billy Preston o “Trouble, Heartaches & Sadness” de Ann Peebles.
Es difícil no rememorar este uso de una BSO tan potente en películas que ya hemos analizado, como C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 2005), u homenajes a determinados ídolos de la música. Si en Érase una vez mi madre el homenaje es a Sylvie Vartan, en Melody (Waris Hussein, 1971) fue al grupo Bee Gees, La familia Bélier (Eric Lartigeau, 2014) lo hizo con Michel Sardou, y la magia de The Beatles estuvo presente en Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001) y Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba, 2012).
La magia de la música y el cine, la fusión de lo sonoros y lo visual, ese “tercer personaje” invisible y leitmotiv que es la BSO. Y aquí en una película con calidez emocional y enseñanzas varias alrededor de una relación madre-hijo, el pie zambo, Dios y Sylvie Vartan. Y que nos deja este pensamiento final de Roland: “Un escritor inglés dijo una vez acertadamente que como Dios no pudo estar en todas partes, tuvo que inventar a las madres”. El escritor se atribuye a que fue Rudyard Kipling, un novelista acostumbrado a narrar historias que bien podían empezar por “Érase una vez…”


