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sábado, 25 de julio de 2026

Cine y Pediatría (863) “El sueño de Iván” y “Diamantes negros”, del sueño a la pesadilla futbolística

 

Acaba de terminar el Campeonato Mundial de Fútbol 2026, uno de los fenómenos deportivos más virales en el mundo (con permiso de los Juegos Olímpicos). Un mes en el que se han enfrentado 48 equipos de todos los continentes y que nos abocaron a una final “en español” entre España y Argentina. Ni que decir que los ecos de este deporte, aunque solo sea fútbol, tiene una gran repercusión. Y el cine no ha sido ajeno, como ha hemos visto en alguna ocasión más en Cine y Pediatría. 

Hagamos un breve recorrido en el tiempo y por países de películas alrededor del fútbol: desde Hungría, Match en el infierno (Zoltán Fábri, 1961); desde Irán, El viajero (Abbas Kiarostami, 1974) y Offside (Fuera de juego) (Jafar Panahi, 2006); desde Estados Unidos, Evasión o victoria (John Houston, 1981); desde Chile, Historias de fútbol (Andrés Wood, 1997); desde Bután, La copa (Khyentse Norbu, 1999); desde Colombia, La pena máxima (Jorge Echeverri, 2001); desde Alemania, Guys and Balls (Sherry Hormann, 2004) y Las fieras fútbol club (Joachim Masannek, 2005); desde Serbia, Montevideo, God Bless You! (Dragan Bjelogrlic, 2010); desde Venezuela, Hermano (Marcel Rasquin, 2010); desde Brasil, El año que mis padres se fueron de vacaciones (Cao Hamburger, 2006) y Heleno, o príncipe maldito (José Henrique Fonseca, 2011); desde Cuba, La partida (Antonio Hens, 2013); desde Uruguay, Mi mundial (Carlos Andrés Morelli, 2017); dese Suiza, Mario (Marcel Gisler, 2018); desde Francia, ¡Va por nosotras! (Mohamed Hamidi, 2019); desde Suecia, Tigers (Ronnie Sandahl, 2020); desde Italia, Fue la mano de Dios (Paolo Sorrentino, 2021); desde Georgia, Hoja seca (Alexandre Koberidze, 2025); desde Ecuador, Despelote (Julián Cordero, 2025); etc.

Un recorrido en el que predominan tres países: curiosamente el Reino Unido, donde se originó este deporte, y nuestros dos países finalistas: Argentina y España. 

Desde el Reino Unido, The Firm (Alan Clarke, 1989), Quiero ser como Beckham (Gurinder Chadha, 2002); Football Factory (Diario de un hooligan) (Nick Love, 2004), Hooligans (Lexi Alexander, 2005), The Damned United (Tom Hooper, 2009), Buscando a Eric (Ken Loach, 2009),… 

Desde Argentina, Pelota de trapo (Leopoldo Torres Ríos, 1948), Escuela de campeones (Ralph Pappier, 1950), El crack (José A. Martínez Suárez, 1960), El centroforward murió al amanecer (René Mugica, 1961), Luna de Avellaneda (Juan José Campanella, 2004), El camino de San Diego (Carlos Sorin, 2006), Un santo para San Telmo (Gabriel Stagnaro, 2007), Metegol (Juan José Campanella, 2013),… 

Desde España, Días de fútbol (David Serrano, 2003), La gran final (Gerardo Olivares, 2006), El equipo de mi barrio (Rafa de los Arcos, 2017), Llenos de gracia (Roberto Bueso, 2022), Pioneras. Solo querían jugar (Marta Díaz de Lope Díaz, 2026),… 

Pero hoy queremos recordar dos películas españolas más y que, desde el punto argumental, son dos polos opuestos: El sueño de Iván (Roberto Santiago, 2013), una comedia alrededor de una selección mundial de niños, y donde nuestro pequeño protagonista cumple su sueño; y Diamantes negros (Miguel Alcantud, 2013), un drama que cuesta olvidar alrededor de dos adolescentes malinenses cuyo sueño alrededor del fútbol en Europa se convierte en pesadilla. 

- El sueño de Iván (Roberto Santiago, 2011), basada en la novela homónima del propio director, sigue a Iván (Óscar Casas, de la saga de los hermanos Casas), un niño de 11 años apasionado por el fútbol, seleccionado para una Selección Mundial Infantil que juega un partido benéfico contra estrellas profesionales en el Estadio Azteca de México. Iván viaja con su equipo multicultural de niños a este evento impulsado por UNICEF y FIFA, que busca recaudar fondos para víctimas de un terremoto en África, mientras Iván rivaliza con Morenilla (Fergus Riordan), vive su primer amor con Paula (Carla Campra), combinando épica futbolera con comedia romántica y lecciones de madurez, que intenta aplicar el abuelo de Paula (Antonio Resines). 

Una película para un público infantil que promueve valores deportivos como compañerismo, superación personal, trabajo en equipo y respeto; y que enfatiza la amistad por encima de rivalidades, el coraje ante fracasos y la solidaridad global, recordando que ayudar a otros (como en causas benéficas) enriquece experiencias personales. Una película llena de buenas intenciones, pero que visionada por un adulto deja ver demasiadas costuras sobre su calidad cinematográfica. Una película que engrana con el cine habitual de Roberto Santiago, donde prioriza tramas de amistad, superación y valores positivos, a menudo dirigidas a audiencias familiares. Y como una de sus grandes pasiones desde la infancia es el fútbol, recordamos también El penalti más largo del mundo (Roberto Santiago, 2005) y su prolífica saga literaria “Los Futbolísimos” (con 29 títulos hasta la fecha), que fueron adaptadas al cine como Los Futbolísimos (2019) y Los futbolísimos 2. El misterio del tesoro pirata (2025), ambas dirigidas por Miguel Ángel Lamata. 

- Diamantes negros (Miguel Alcantud, 2013) narra la aventura de dos adolescentes de 15 años que viven en Bamako, capital de Mali, y que, tras ser captados por un ojeador de fútbol español, abandonan sus familias con la promesa de convertirse en estrellas del fútbol europeo. Ellos son Amadou (Setigui Diallo) y Moussa (Hamidou Samaké) y representan a tantos jóvenes africanos que ven en el fútbol una vía de escape para salir de la vida difícil que tienen en sus países y con ello también ayudar a sus familias (quienes ya se han empeñado en parte para comprarles los pasajes de avión y sufragar gastos). 

Y bajo el son de la canción “Kar Kar” del cantante malinense Boubacar Traoré, nuestros jóvenes llegan a Madrid con una sonrisa en la boca. Allí comienza su aventura y la ilusión de triunfar en el deporte, apoyándose como amigos. Y comienzan entrenando en equipos de categorías inferiores, en busca de mejor oportunidad, mientras sus mentores negocian la mejor salida, con una sensación de menores usados como “mercancías” (les cambian el nombre y la edad). Pero las trayectorias de cada uno son divergentes: Moussa es expulsado del equipo por su excesiva individualidad en el juego, es abandonado por su mentor y expulsado del piso que les dejaba, por lo que tiene que dormir en la calle y acaba traficando con drogas, imbuido por el ejemplo de otros inmigrantes, ingresando en un correccional; Amadou acaba teniendo una oportunidad en un equipo portugués, pero una inoportuna lesión del ligamento cruzado de la rodilla, hace que su mentor también le abandone en Lisboa y sin dinero, teniendo que realizar pequeños hurtos para conseguir el dinero que le devuelva primero a Madrid, donde no encuentra a su amigo, y luego a Bamako, donde su familia y amigos le reciben como un fracasado: “Eres una decepción”, le dice su madre. Finalmente el mentor de Moussa le busca en correccional y le encuentra un equipo en Estonia, donde parece que le va a ir bien. Trayectorias donde la exclusión, la delincuencia y el desarraigo hacen mella, mostrando cómo el sueño deportivo se convierte en demasiadas ocasiones en una pesadilla de explotación y abandono. 

El final es contundente: “En las calles de Europa sobreviven unos 20.000 jóvenes africanos traídos por agentes persiguiendo su sueño de jugar al fútbol”. Y todo ello mientras suena la canción “Lundandi” de Tchi Denw, otro autor malinense, interpretada por Amaia Salamanca. Esta película fue ganadora del Premio del Público en Festival de Málaga y, a buen seguro, que ganará el corazón de muchos espectadores. 

Y ello porque la película funciona como cine de denuncia social sobre la trata encubierta de jóvenes talentos africanos en el fútbol europeo, con algunas reflexiones que no nos son ajenas: ese “sueño” como mecanismo de vulnerabilidad, donde la pobreza y la falta de oportunidades convierten el fútbol en una vía de escape, facilitando que redes de intermediarios manipulen expectativas y separen a los menores de sus familias, dando origen a demasiadas “pesadillas”. 

En clave pedagógica, ambas películas, El sueño de Iván y, sobre todo, Diamantes negros, se convierten en dos historias útiles para debatir en aulas o foros sobre la ética del deporte, y concretamente los valores del fútbol para los más jóvenes. Porque todos tenemos una gran responsabilidad en este deporte, desde los jugadores a los espectadores y aficionados, porque somos el espejo en el que miran los más jóvenes. Por ello, la verdadera Copa del Mundo es el juego limpio que enseña a respetar las normas y al rival, que disfruta de la victoria con humildad y acepta la derrota con dignidad. Los adultos (y sus algoritmos en redes sociales) deben dar ejemplo mostrando autocontrol y respeto, destacando siempre valores como el trabajo en equipo y la superación personal, y enseñando a sus hijos o nietos que hay que priorizar la diversión. 

Porque si no lo hacemos así, convertiremos el sueño del fútbol en una pesadilla…

 

miércoles, 22 de julio de 2026

Terapia cinematográfica (23). Prescribir películas para entender las migraciones y la infancia en tránsito

 

Se denomina como migración al desplazamiento de personas desde un lugar de origen hacia otro territorio, ya sea dentro del mismo país o cruzando fronteras internacionales. Puede ser temporal o permanente, voluntaria o forzada, y suele estar ligada a factores económicos, sociales, políticos o ambientales. Las migraciones son uno de los grandes fenómenos de nuestro tiempo. Cada año, millones de personas dejan su lugar de origen para buscar trabajo, seguridad, reunificación familiar o una vida mejor en otro país. Según Naciones Unidas, en 2024 había casi 304 millones de migrantes internacionales en el mundo, una cifra que refleja la magnitud global de este proceso (y, a buen seguro, que es una cifra infraestimada). 

Un movimiento poblacional de este calibre tiene consecuencias (positivas y negativas) tanto en los países de origen como en los países receptores. Las migraciones no son un problema aislado, sino un fenómeno global ligado a la desigualdad, la violencia, el trabajo, el clima y los derechos humanos. Entender sus causas y consecuencias ayuda a ver que detrás de cada flujo migratorio hay historias personales, decisiones difíciles y profundas desigualdades entre regiones del mundo. Un entorno donde no es fácil que predomine el “nosotros” solidarios sobre el “yo” egocéntrico y temeroso. Porque el fenómeno migratorio ocurre desde siempre y siempre ha causado debate y tensiones. 

La migración transforma sociedades enteras. Y nos recuerda que migrar no siempre es una elección libre, sino a menudo una respuesta desesperada a la necesidad. Y el séptimo arte no ha sido ajeno a ello, películas que suelen repetir algunos núcleos narrativos: la salida del lugar de origen por necesidad, el viaje como prueba física y moral, la llegada a un entorno hostil o incierto, la tensión entre integración y pérdida de identidad, el choque entre expectativas y realidad, etc. 

Pero hoy vamos a desviar nuestra mirada hacia el cine que ha tratado la migración hacia la infancia en tránsito, allí donde se retratan niños, niñas y adolescentes que viajan solos o con sus familias, cruzan fronteras, viven en campos de refugiados o crecen entre dos culturas. Relatos que ponen el foco en la vulnerabilidad, la separación familiar, el miedo, la burocracia y también en la capacidad de adaptación y resistencia de la infancia. Y es así que desde esta sección de Terapia cinematográfica hoy recogemos 7 películas argumentales al respecto, y que son, por orden cronológico de estreno: 

- Pelle el conquistador (Pelle erobreren, Bille August, 1987), para recordar que el desarraigo también ha ocurrido en países del primer mundo, en busca de la tierra prometida. 

- Vete y vive (Va, vis et deviens, Radu Mihaileanu, 2005), para entender los sacrificios necesarios para sobrevivir a los movimiento migratorios que ocasionan las guerras. 

- La buena mentira (The Good Lie, Philippe Falardeau, 2014), para descubrir la doble supervivencia de los menores migrantes, tras la huída de su país de origen y tras la llegada al nuevo país. 

 - Collisions (Richard Levien, 2018), para vivir el impacto de los migrantes mexicanos en Estados Unidos y lo que pueden suponer las políticas trumpistas. 

- Minari. Historia de mi familia (Minari, Lee Isaac Chung, 2020), para analizar la metáfora coreana del sueño americana, pero también la de otras nacionalidades. 

- Tori y Lokita (Tori et Lokita, Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne, 2022), para conocer un poco mejor la triste realidad de los menos no acompañados (MENAS). 

- Chinas (Arantxa Echevarria, 2023), para revivir la identidad e integración de los hijos de padres emigrantes chinos nacidos en España. 

Siete películas argumentales para conocer y reconocer distintas experiencias de los menores migrantes y esa infancia en tránsito desde diferentes geografías. 

Se puede revisar el artículo completo en este enlace o en este otro.

sábado, 18 de julio de 2026

Cine y Pediatría (862) “Los Tenenbaums. Una familia de genios”, pero totalmente desestructurada

 

Wes Anderson es uno de los directores de cine estadounidenses contemporáneos más singulares, con una filmografía muy particular y muy reconocible, con estos rasgos: simetría y encuadres frontales muy marcados, con composiciones casi pictóricas; paletas cromáticas muy controladas, a menudo con colores pastel o tonos cuidadosamente equilibrados; uso muy visible de decorados, vestuario y utilería como parte esencial del relato; narración coral, con repartos amplios y muchos personajes secundarios memorables; movimientos de cámara y coreografías muy calculadas, con travellings y planos largos que refuerzan el orden visual , y un humor seco, nostalgia y una sensibilidad emocional que suele esconderse bajo una apariencia fría o geométrica. 

Sirva como ejemplo de todo lo anterior algunas de sus películas más icónicas como Academia Rushmore (1998), Life Aquatic (2004), Fantástico Sr. Fox (2009), Moonrise Kingdom (2012), El Gran Hotel Budapest (2014), Isla de perros (2018) y, muy especialmente, Los Tenenbaums. Una familia de genios (2001). Y es que esta última película, de la que estamos celebrando las bodas de plata de su estreno, sigue divirtiendo y sorprendiendo.  

Los Tenenbaums. Una familia de genios es una tragicomedia que explora la culpa, las segundas oportunidades de esos niños prodigio y la posibilidad de recuperar los viejos vínculos, y ello con el particular universo visual, musical y narrativo de Wes Anderson. El guion, coescrito por el director junto a su amigo de la infancia Owen Wilson, estuvo nominado al Oscar al mejor guion original. 

La película está construida narrativamente como si fuera la adaptación cinematográfica de un libro de biblioteca. Cada salto importante en la trama está marcado de forma literaria mediante pantallas fijas que muestran las páginas de un libro real impreso. La historia cuenta con un narrador omnisciente con voz en off (en su versión original interpretado por el actor Alec Baldwin). Y se organiza estructuralmente en las tres partes habituales de la estructura narrativa clásica: introducción, nudo y desenlace. 

- Introducción: el prólogo donde se nos presentan los genios de la familia. 
El narrador presenta a los tres hermanos Tenenbaum durante su infancia, destacando que todos eran prodigios: Chas (Ben Stiller), un genio de las finanzas; Margot (Gwyneth Paltrow), una aclamada dramaturga; y Richie (Luke Wilson), campeón de tenis juvenil. Sin embargo, esta brillantez se desvanece abruptamente debido a dos décadas de decepciones causadas por el abandono de su padre, Royal (Gene Hackman), a su madre Etheline (Angelica Huston). 

- Nudo: el reencuentro y las mentiras, que se nos presenta de los capítulos 1 al 8
Veinte años después, la familia vive distanciada y sumida en el fracaso emocional. El padre de la familia, se queda sin dinero y decide volver a su casa. Para ganarse el amor de sus hijos y recuperar a su esposa - que planea casarse con su contable, Henry (Danny Glover) -, finge tener una enfermedad terminal. Durante este tiempo, todos vuelven a vivir bajo el mismo techo, lo que provoca la explosión de sus problemas, depresiones y secretos. 

- Desenlace.la catarsis y la reconciliación. 
El engaño del padre finalmente se descubre, lo que provoca una crisis familiar temporal. A pesar del enojo, este evento actúa como una purga emocional y les permite sacar a la luz las heridas del pasado- En esta última parte, cada miembro de la familia comienza a sanar: Royal reconoce el daño que causó, se aleja para que su exmujer sea feliz, y los hermanos encuentran la manera de seguir adelante con sus vidas de forma más equilibrada. 

Aparte del núcleo familiar de los Tenenbaum, existen otros personajes que se cruzan en su universo: Eli Cash (Owen Wilson), el vecino de la infancia y mejor amigo de Richie, escritor adicto a las drogas que busca desesperadamente ser aceptado como un miembro legítimo de la familia Tenenbaum; Raleigh St. Clair (Bill Murray), un neurólogo e intelectual extremadamente apático que está casado con Margot y que se pasa sus días estudiando el comportamiento de un joven sujeto de pruebas llamado Dudley; o Pagoda (Kumar Pallana), el leal mayordomo e intermediario de la casa, quien, a pesar de trabajar con Etheline, mantiene una extraña alianza de espionaje y amistad secreta con Royal. 

Señalar que el director de fotografía, Robert D. Yeoman, trabajó codo a codo con Anderson para asentar las bases del universo estético del director. Y donde destaca la uniformidad de los personajes, pues los tres genios hermanos visten exactamente la misma ropa durante casi toda la película (Chas con su chándal rojo de Adidas, Margot con su abrigo de piel y Richie con sus gafas y cinta de tenis) como si fueran dibujos animados o juguetes estáticos. 

Y si importante es la fotografía, qué decir del uso exquisito que Wes Anderson hace siempre de la música, en este caso combinando composiciones clásicas de Mark Mothersbaugh con canciones icónicas de la cultura pop de los años 60 y 70, del folk melancólico al punk rock, pasando por el pop más clásico, con temas como temas de Nico (“These Days”), Elliott Smith (“Needle in the Hay”), Paul Simon ("Me and Julio Down by the Schoolyard"), The Velvet Underground ("Stephanie Says"), Ramones ("Judy Is a Punk"), Bob Dylan ("Wigwam"), The Clash ("Police & Thieves"), Van Morrison ("Everyone") o The Rolling Stones ("Ruby Tuesday" y "She Smiled Sweetly"). Porque Wes Anderson es un ejemplo claro de fusión de lo sonoro y lo visual. 

Pero aparte de la estética, Los Tenenbaums. Una familia de genios también deja una mezcla poderosa de emociones y transmite varios mensajes sobre la infancia perdida, la fragilidad del éxito y la posibilidad (imperfecta) de redención familiar. Quizás el más importante es que la infancia no superada marca la vida adulta: los hijos prodigio siguen anclados en sus roles infantiles, incapaces de madurar plenamente por heridas emocionales tempranas. Y eso porque el éxito no garantiza la felicidad: el talento y la fama de los Tenenbaum no impiden sus fracasos personales y vacío afectivo. Y es que pocos dudan que la familia es nuestro ecosistema clave como fuente de daño y salvación: aquí la figura del padre ausente/egoísta es responsable de muchas fracturas, aunque su (cuestionable) intento de redención abre la puerta a la reconciliación, aunque imperfecta. 

Los Tenenbaums ofrece una lección doble: muestra lo destructivo que puede ser el abandono emocional y, al mismo tiempo, sugiere que la redención y el afecto son posibles aunque nunca completos ni perfectos. La película celebra la imperfección humana con ternura y mirada crítica.

 

miércoles, 15 de julio de 2026

La inquietante visión de la maternidad e infancia dirigida por Juanma Bajo Ulloa

 

Un galicismo popular dentro del mundo del arte es el de “enfant terrible”, aplicado a artistas de diversa índole, y que se usa para hablar de artistas jóvenes rebeldes, ya sean por su enfoque, su rupturismo y, sobre todo, por su capacidad de romper con lo establecido, siendo transgresor hasta el límite y generando controversia sin importar a quien ofende en su provocación. Y directores con este calificativo los hay en todas las filmografías. Uno de ellos en España es el vasco Juanma Bajo Ulloa. 

Su debut en largometraje fue con 23 años, cuando rodó Alas de mariposa (1991), fue un éxito de crítica y premios (entre ellos el honor de ser el director más joven en ganar la Concha de Oro de San Sebastián; después llegó La madre muerta (1993), que muchos consideran su obra más celebrada y de culto. A lo largo de su carrera ha alternado periodos de gran visibilidad con otros de menor presencia industrial, algo bastante coherente con un cineasta que nunca ha sido cómodo para el mercado. Tras Airbag (1997) - una violenta y alocada road movie que se ha convertido que se convirtió en ese momento en la película más taquillera de la historia del cine español, superada luego con la saga Torrente-, volvió con títulos como Frágil (2004), Historia de un grupo de rock (2008), Rey gitano (2015), Baby (2020) y El mal (2025). Entre medias, cortos y videos musicales. 

Sus películas suelen moverse entre lo infantil y lo siniestro, entre la ternura rota y la crueldad, con una puesta en escena muy marcada y una tendencia a romper expectativas genéricas. Esa personalidad estética explica que sea considerado un director “a contracorriente”, más cercano a la autoría radical que a la industria convencional. Y esa parte materno-infantil del cine de Bajo Ulloa es la que hoy nos convoca con tres películas clave en su recorrido: 

 - Alas de mariposa (1991), que abrió su carrera con una combinación de sensibilidad y extrañeza que ya lo definía todo. Esa particular relación entre Ami (Laura Vaquero), una niña de seis años introvertida y especialmente sensible, y su madre Carmen (Silvia Munt), quien vive obsesionada con la idea de tener un hijo varón, sentimiento que no comparte su marido. La película explora la ambivalencia de la madre —dadora de vida y transmisor de muerte— en un. entorno opresivo del norte español, con prejuicios y complejos que convierten el hogar en pesadilla 

- La madre muerta (1993), que consolidó su fama de autor intenso, visualmente poderoso y poco complaciente. Narra la historia de Leire (Ana Álvarez), una adolescente deficiente mental con rasgos autistas, sin expresividad tras ser testigo en su niñez del asesinato de su madre y el reencuentro con el asesino años después (Karra Elejalde). 

- Baby (2020), donde recuperó la atención crítica y volvió a situarlo como un director capaz de incomodar y fascinar a la vez. Porque Baby se convierte en un cuento de hadas del siglo XXI sin palabras, solo con el poder de la imagen y la música. Una joven drogadicta embarazada (Rosie Day), quien, tras dar a luz, desatiende los cuidados de su bebé debido a su enfermiza adicción de heroína y alcohol, una abuela (Charo López) que intenta cuidarlos, una matrona (Harriet Sansom Harris) que se dedica al tráfico de bebés, y otros extraños personajes que se cruzan en la historia. Y donde todas sus protagonistas son femeninas… como la Madre Tierra. 

Tres películas que reflejan el gusto de Juanma Bajo Ulloa por las atmósferas opresivas e inquietantes, visionadas a través de diversas etapas de la infancia con epicentro en la maternidad: lactancia (Baby), infancia (Alas de mariposa) y adolescencia (La madre muerta). 

Y el análisis en profundidad de estos directores y sus películas se puede revisar en reciente artículo publicado en el último número de la revista Arte y Medicina, que se puede revisar en las páginas 56 a 61. 

sábado, 11 de julio de 2026

Cine y Pediatría (861) “Mandy”, el oralismo y la sordera social

 

Ealing Studios son unos estudios británicos de cine situados en Londres, cuyo nombre quedó especialmente asociado al cine británico clásico de posguerra, sobre todo a las comedias satíricas y de humor negro de los años 40 y 50. Pero este lugar no fue solo un lugar físico de rodaje, sino una verdadera fábrica de estilo: bajo la dirección de Michael Balcon, reunió a directores, guionistas y actores que dieron forma a una identidad muy marcada del cine británico que combinaba realismo, humor satírico y crítica social. 

Ealing Studios alcanzó su momento más famoso entre finales de los 40 y mediados de los 50, y ello gracias principalmente al director Alexander Mackendrick, quien firmó al menos ocho títulos con la compañía, afianzándose como uno de los grandes nombres de la comedia inglesa de posguerra, donde destacan títulos como El hombre de traje blanco (1951) y El quinteto de la muerte (1955), pero en donde incluye una obra abiertamente dramática, que es la que hoy nos convoca: Mandy (1952). En 1955 la compañía fue vendida a la BBC, y su etapa clásica como gran productora terminó poco después. A partir de ahí combinó una corta carrera posterior entre Estados Unidos y Reino Unido, donde nos dejó una obra tan particular como Viento en las velas (1965), adaptación de la novela de Richard Hughes “A High Wind in Jamaica”, la historia de un grupo de niños que son secuestrados por piratas, lo que da pie a una narrativa que explora la inocencia, la moralidad y la adaptación infantil a circunstancias extremas.  

Mandy es un melodrama de enorme delicadeza formal y gran dureza emocional: parte de la sordera infantil para hablar, en realidad, de incomunicación familiar, represión social y del precio humano de “proteger” a alguien sin escucharlo de verdad. Su fuerza no está tanto en el énfasis lacrimógeno como en la precisión con que observa a los personajes y en cómo convierte el silencio en experiencia dramática. 

La película comienza con esta voz en off presentándonos a la protagonista: “Esta es Mandy, o mejor dicho, Amanda Jane Garland. Tiene dos años. Amanda en latín significa “merece ser amada”. Merecido o no, lo cierto es que recibe mucho amor. Es nuestra única hija, así que Harry y yo nos dedicamos a soñar con que será una mujer de negocios o una artista, o una simple ama de casa, como yo. Y nos preocupamos todo el rato por su salud, y por si crece como es debido. Parece bastante inteligente…” Esta es la reflexión de la madre antes de manifestar la duda que le acompañ: “Tienes dos años y aún no dice una palabra”. Le quieren quitar importancia, dada la variabilidad en el lenguaje, pero la madre presiente que algo no va bien…pues tampoco comprueban que tampoco reacciona a los ruidos. 

Porque el matrimonio Garland (Terence Morgan y Phyllis Calvert) vive feliz con su única hija, Mandy (Mandy Miller), hasta que un día, ya cumplidos los dos años, se dan cuenta de que la niña es sordomuda. Deciden instalarse en casa de los abuelos paternos, para protegerla y que no sufra el contacto con otros niños en la escuela. Cuando la niña cumple seis años, su madre decide llevarla a una escuela especializada, lo que provoca un conflicto con su esposo y sus suegros. La madre apuesta por internarla en una escuela para niños y niñas sordomudos y por abrir a la niña al mundo; el padre y la familia paterna prefieren mantenerla “a salvo” dentro del hogar, aunque eso signifique aislarla. La polémica está servida en una familia burguesa dividida entre negación, sobreprotección y miedo al cambio. 

El inicio de Mandy en la institución no es fácil y lo manifiesta con aislamiento, tristeza y ataques de ira. Y entonces deciden acogerla como externa, viviendo la madre cerca, quien ya se ha alejado de su marido. Se establece una relación especial con el director, Dick Searle (Jack Hawkins), que otros confunden… En esta institución se utiliza el método del oralismo, es decir, la enseñanza centrada en hablar y leer los labios, relegando la lengua de signos. Y finalmente nos aboca a un final que parece esperanzador, pero de lectura ambigua: la niña avanza, aunque el precio humano para su madre y para el equilibrio familiar es alto. 

Mackendrick dirige con una sobriedad muy controlada, evitando la sentimentalidad fácil pese al material melodramático. El blanco y negro y el uso expresivo de sombras refuerzan la sensación de encierro doméstico y de emociones reprimidas. Especialmente importante es el trabajo con el sonido: la película recurre en momentos clave a la supresión o atenuación auditiva para aproximarse a la experiencia de Mandy, transformando el silencio en un recurso narrativo y sensorial. La puesta en escena también utiliza primeros planos, encuadres que aíslan el rostro o incluso la nuca de la niña, para subrayar su dificultad de comunicación. Y donde cabe destacar que la pequeña actriz Mandy Miller, no siendo sordomuda, hace una interpretación de gran solvencia, allí donde esa niña no es solo víctima de su sordera, sino también de la incapacidad adulta para asumir la realidad sin prejuicios ni miedo. 

Más allá de la historia íntima, Mandy funciona como crítica de la mentalidad conservadora de la posguerra británica y de la obsesión por las apariencias en la clase media. El film muestra cómo la respetabilidad, el patriarcado y la rigidez institucional pueden convertirse en barreras tan dañinas como la propia enfermedad o discapacidad. Pero también tiene una dimensión pedagógica: introduce la educación especial y la comunicación con personas sordas, tal como ya conocemos en films posterior alrededor de este tema como El milagro Ana Sullivan (Arthur Penn, 1962), a través del proceso educativo de Helen Keller, o La historia de Marie Heurtin (Jean-Pierre Améries, 2014), con la educación de Marie Heurtin, ambos hechos reales acaecidos a finales del siglo XIX, el primero en Estados Unidos, el segundo en Francia.   

Mandy no es una historia real, sino de ficción y que nos sitúa en la Inglaterra de mediados de siglo XX. Pero que nos deja una serie de enseñanzas para reflexionar: que escuchar de verdad implica aceptar la diferencia, no forzarla a entrar en nuestras expectativas; que el amor puede volverse opresivo cuando se confunde con control; que la educación es un acto ético (no se trata solo de enseñar contenidos, sino de abrir posibilidades de vida) y que la familia puede ser refugio, pero también prisión cuando bloquea la autonomía. 

Mandy nos recuerda que la discapacidad no reside solo en el cuerpo, sino también en la sociedad que no sabe adaptarse. Una película que ocupa un lugar singular, la obra más abiertamente dramática de Mackendrick y una de las más finas en el retrato de la infancia herida y de la comunicación fallida. Por eso, y pese a los años, sigue siendo una película muy valiosa: no solo emociona, sino que obliga a pensar cómo miramos la diferencia, cómo educamos y hasta qué punto el cariño puede llegar a dañar cuando se impone sin escucha. Mackendrick sugiere que el verdadero problema no es solo “hacer hablar” a la niña, sino aprender a escucharla de verdad. 

Y desde el punto de vista docente, nos muestra una época en la que ese enfoque educativo del oralismo era discutido y aún no se había consolidado una visión más plural e inclusiva de la discapacidad. Por eso, Mandy tiene interés histórico y pedagógico además de cinematográfico: porque en el siglo XVI un monje benedictino español, Pedro Ponce de León, comenzó con lo que sería el lenguaje de signos, pero fue desde el Congreso de Milán de 1880 cuando tomó fuerza el oralismo, es decir el método educativo basado en forzar a las personas sordas a aprender a leer los labios y a emitir sonidos, suprimiendo el uso de las manos. Y es así como la polémica histórica entre el oralismo y la lengua de signos ha evolucionado hacia un consenso científico a favor del enfoque bilingüe: la lengua de signos como la primera lengua, que se aprende de forma natural y temprana a través de la vista, garantizando que el cerebro del menor desarrolle el pensamiento, la gramática y la estructura cognitiva sin retrasos; la lengua oral como la segunda línea, que se aprende de forma formal, apoyada en logopedia, restos auditivos e implantes, de forma que un niño con una base sólida en signos aprende a leer y escribir el idioma con mayor facilidad.

 

sábado, 4 de julio de 2026

Cine y Pediatría (860) “El Hotel New Hampshire” y la familia en construcción

 

John Irving es un escritor que sigue transportado su estilo decimonónico ya durante medio siglo, regalándonos tramas complejas y un enfoque en el azar que altera vidas. Sus personajes son dickesianos y donde incluye temas que han sido importantes en su devenir como persona y literato, como Nueva Inglaterra, Austria, los osos, la ausencia paterna, la lucha libre, la sexualidad no ortodoxa (incesto, transexualismo, violación, prostitución) y las muertes accidentales. Además, es uno de esos novelistas que mantiene con el mundo del cine una relación estrecha, compleja y a veces problemática, que oscila entre el éxito de las adaptaciones de sus novelas, su trabajo directo como guionista y su crítica a la forma en que Hollywood traduce su literatura. 

Es así que de sus 16 novelas escritas hasta la fecha, cinco han sido llevadas a la gran pantalla, tal como recordamos en un post de hace muchos años, cuando destacamos dos de estas adaptaciones: El inolvidable Simon Birch (Mark Steven Johnson, 1998), basada en la novela “Oración por Owen”, emotiva historia de amistad entre Simon Birch (Ian Mitchel Smith), un niño afecto de enanismo por síndrome de Morquio, y Joe (Joseph Mazzello); y Las normas de la casa de la sidra (Lasse Hallström, 1999), basada en la novela “Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra”, esa especial relación entre Homer Wells (Tobey Maguire), quien ha vivido durante toda su vida entre las paredes del aislado orfanato de St Cloud, y el director del centro, el doctor Larch (Michael Caine). Pero también recordamos El mundo según Garp (George Roy Hill, 1982) y Una mujer difícil (Tod Williams, 2004), ambas basadas en sus novelas homónimas, y la que hoy nos convoca: El hotel New Hampshire (Tony Richardson, 1984)

El Hotel New Hampshire se fundamente en la novela homónima de John Irving y que cuenta con dirección y guion de Tony Richardson, el que fuera una figura clave del Free Cinema y de la nueva ola británica, con un cine muy atento a la realidad social, la clase obrera y los conflictos morales de la posguerra. Su estilo combina realismo social, espíritu rebelde, energía visual y una mirada crítica que suele mezclar humor, rabia y compasión. Y, además, le atrajo mucho la adaptación literaria y teatral, versiones que podían parecer clásicas en la forma pero, al mismo tiempo, eran muy modernas en su actitud. Y todas esas cualidades las utilizó en la adaptación de El Hotel New Hampshire, obra de madurez tras dejarnos títulos como Mirando atrás con ira (1959), La soledad del corredor de fondo (1962), Tom Jones (1963), Mademoiselle (1966), o Un sabor a miel (1961), obra esta que ya forma parte de Cine y Pediatría.  

El hotel New Hampshire es una historia familiar extravagante sobre los Berry y sus cinco hijos, y esos varios hoteles levantados como si la familia misma fuera una obra en construcción permanente. Una película que convierte la vida doméstica en una mezcla de melodrama, farsa y relato de iniciación. La historia arranca cuando Win Berry (Beau Bridges), estudiante de Harvard, conoce a Mary (Lisa Banes) mientras trabaja en un hotel de la costa; se casan y, tras la guerra, deciden levantar su propio hotel en el recuerdo de aquel lugar idealizado. A partir de ahí, la familia crece y cada uno de sus cinco hijos encarna una forma distinta de desajuste, deseo o búsqueda de identidad: Frank (Paul McCrane), el “raro", quien lidia con su homosexualidad y tiene una personalidad algo sombría; Franny (Jodie Foster), la carismática, la más fuerte y la líder natural del grupo de hermanos; John (Rob Lowe), el hermano mediano, el responsable y narrador de la historia, quien mantiene una intensa y peculiar relación con su hermana Franny; Lilly (Jennifer Dundas), quien padece enanismo y se refugia en la escritura desde muy joven; y Egg (Seth Green), el eterno benjamín y el más frágil de la familia. 

El relato se desplaza luego a Austria, donde los Berry intentan abrir el segundo hotel New Hampshire y terminan atrapados en una trama política y absurda, antes de volver de nuevo a Estados Unidos años después, donde el tercer hotel New Hampshire se erigirá como un refugio para curar las heridas acumuladas a lo largo de los años. Porque el núcleo narrativo no es solo “qué les pasa”, sino cómo la familia sobrevive a pérdidas, violencias, amores imposibles y fracasos sucesivos. Esa resistencia, a veces desordenada y casi siempre afectiva, es la auténtica columna vertebral del filme. 

El hotel New Hampshire es un lugar en el que cada personaje tiene que crecer (aunque no sea físicamente), encontrarse a sí mismo y descubrir su lugar en una familia tan caótica como lo es el mundo en el que vivimos, así como descubrir una manera de salir adelante y superar las adversidades sin acabar volviéndose completamente loco. Aunque para ello haya que tomar medidas poco convencionales y, en ocasiones, arrasar con todo. Y en el camino aparecen otros personajes peculiares como el abuelo (Wilford Brimley), un apasionado del levantamiento de pesas y del ejercicio físico, Susie the Bear (Nastassja Kinski), una joven profundamente insegura que camina siempre disfrazada con un traje de oso para ocultar sus complejos, o Freud (Wallace Shawn), un viejo amigo del padre de la familia que es judío, ciego, y dueño del oso llamado State o´ Maine 

Se suele considerar una obra de culto por su tono híbrido, entre comedia negra, drama familiar, sátira sexual y fábula sentimental. Y donde uno de los rasgos más comentados es su audacia temática: aparecen el incesto, la homosexualidad, la violencia sexual, la mezcla racial y el terrorismo, todo ello tratado con una extraña mezcla de humor y dolor. Esa acumulación de elementos hace que muchos espectadores la recuerden como una película desconcertante pero muy singular. Pero otros detalles memorable son la presencia de esos animales: el oso, ligado a la figura de Freud, y el perro labrador que expulsa flatulencias, convertido en un símbolo grotesco de la excentricidad familiar. 

Pero más allá de su rareza, la película puede leerse como una reflexión sobre la familia como refugio y también como lugar de conflicto, donde cada hotel funciona como espacio de convivencia imperfecta, casi un microcosmos de la familia Berry, esa metáfora de la casa interior que se construye entre todos, con ruinas, reparaciones y memoria. Allí donde Win y Mary no encarnan una crianza ideal, pero sí una voluntad radical de mantener unidos a sus hijos, incluso cuando el entorno es caótico y doloroso. Porque en los Berry, cada hijo busca su sitio desde la diferencia, y la película sugiere que una familia valiosa no es la perfecta, sino la que resiste, escucha y permanece, allí donde el amor convive con el desconcierto, una idea hermosa y muy irvingiana.

 

sábado, 27 de junio de 2026

Cine y Pediatría (859) “Mi hija Hildegart”, en busca de la hija eugenésica

 

La historia de Aurora Rodríguez Carballeira (1879-1955) y de su hija Hildegart Rodríguez Carballeira (1914-1933), ocurrida en el convulso primer tercio del siglo XX, constituye uno de los casos más fascinantes y trágicos de la crónica negra y sociopolítica española. Aurora es una mujer gallega nacida en Ferrol de clase media-alta acomodada, y que en su juventud se trasladó a Madrid ya con una amasada ideología socialista utópica y eugenésica. Convencida de que la mujer debe ser liberada de la opresión masculina, Aurora decide concebir un "modelo de mujer del futuro". Elige cuidadosamente a un sacerdote como progenitor biológico bajo la condición de que este renuncie a cualquier derecho de paternidad. Y de este plan nace Hildegart (cuyo nombre significa "jardín de la sabiduría"), a quien somete desde el principio a un estricto e implacable régimen de educación y aislamiento por parte de su madre. De esa manera, la niña se convierte en un prodigio absoluto: lee a los dos años, escribe a los tres y domina varios idiomas en su infancia; a los 17 años se convierte en la abogada más joven de España; y se transforma en una activa militante política y líder de la Liga Mundial para la Reforma Sexual. 

El conflicto estalla cuando Hildegart cumple 18 años. Al madurar, la joven comienza a buscar su independencia emocional e intelectual, se enamora e intenta desvincularse del control asfixiante de su progenitora. Aurora, incapaz de tolerar que su "escultura de carne y hueso" desarrolle voluntad propia y arruine el proyecto de su vida, decide que prefiere destruirla antes que perder su control. El 9 de junio de 1933, Aurora asesina a tiros a Hildegart mientras duerme. 

Una historia, la de este “proyecto Hildegart”, que ha inspirado varias adaptaciones cinematográficas en nuestro país. Tres en concreto, dos películas de ficción y un documental. Y que vamos a comentar, poniendo especial hincapié en la película original. 

- Mi hija Hildegart (Fernando Fernán Gómez, 1977), basado en el libro "Aurora de sangre" de Eduardo de Guzmán, y adaptado por Rafael Azcona y Fernando Fernán Gómez. Se basa en los hechos que precedieron al juicio, cuando Aurora confiesa su asesinato y rememora la historia de ella y su hija, protagonizada por Amparo Soler Leal (como Aurora) y Carmen Roldán (como Hildegart). Se nos presenta en blanco y negro las escenas del pasado y los recuerdos, mientras que el presente es en color, lo que hace que las continuas analepsis (flashback) y prolepsis (flashforward) se puedan seguir sin dificultad, sin perder su tono esencialmente teatral y que pone bastante peso en el análisis sociopolítico de la Segunda República. La música corre a cargo de Luis Eduardo Aute. 

Vale la pena destacar algunas confesiones de Aurora ante su abogado: "Tenía que ser una niña, una mujer sana de cuerpo y alma, guiada certeramente desde antes de nacer, capaz de realizar la gran idea que yo por mi falta de preparación no podía llevar a cabo. Hildegart debía consagrarse a la liberación de la mujer", lo que aclara su idea eugenésica; "Prefiero la muerte, antes de que la gente piense que mis ideas fueron por estar loca", lo que reafirma la convicción de sus ideas, hasta sus más crueles consecuencias. Porque esta madre, incapaz de soportar la más mínima desviación de su hija del camino que ha soñado para ella, la mata a sangre fría, en sus propias palabras, igual que un escultor destruye su obra cuando la misma no ha alcanzado las cotas de perfección a que aspiraba. Y ello, al parecer, con el propio consentimiento de la hija. 

- La virgen roja (Paula Ortiz, 2024), es una versión más reciente con guion de Eduard Sola y Clara Roquet, protagonizada por por Najwa Nimri (como Aurora) y Alba Planas (como Hildegart). Utiliza una paleta de colores donde predominan el blanco, el negro y el rojo para simbolizar el fanatismo, la pureza, el control y la libertad. Se centra fuertemente en el diseño científico de la menor por parte de la madre y la fractura entre ambas cuando Hildegart intenta independizarse y explorar sus propias emociones frente a la rigidez de su madre. 

Algunos de los mensajes que Auroa lanza a su hija son contundentes: "Fuiste concebida para cambiar el mundo", "Freud en el sexo, Nietzsche en el pecho, Marx en la cabeza", "El amor es una debilidad",...

 - La virgen roja (Marcos Nine, 2021), película documental cimentada con alternancia de fragmentos de películas de la primera mitad del siglo, imágenes de archivo y segmentos de animación de cosecha propia con las narraciones y testimonios de una serie de historiadores, escritores y psiquiatras especialistas en la historia analizada. Nine reconstruye, bajo la primacía de la imagen sobre la palabra, las peculiares vidas de Aurora Rodríguez y su hija Hildegart, a la que quiso moldear como su Frankenstein particular (al respecto, cabe no olvidar que la novela de Almudena Grandes titulada “La madre de Frankestein” tiene como protagonistas a un joven psiquiatra, a Aurora Rodríguez Carballeira y a una joven auxiliar de enfermería que trabaja en un manicomio). 

Tres visiones cinematográficas de una misma historia que acumula una serie de enseñanzas que cabe recordar. La primera, que los hijos no son proyectos ni extensiones de los progenitores, poniendo en aviso del peligro de la paternidad posesiva; porque los hijos son seres individuales con derecho a forjar su propio destino y no "herramientas ideológicas" al servicio de los traumas o ambiciones parentales. La segunda, que la libertad no se puede construir sobre la opresión: paradójicamente, Aurora buscaba la liberación de las mujeres en la sociedad, pero aplicó una tiranía claustrofóbica y totalitaria dentro de su propio hogar; es así que la incoherencia entre sus ideales públicos y sus métodos privados vició el proyecto desde el origen. Y la tercera, el siempre peligro del fanatismo ideológico: cuando una doctrina teórica (en este caso la eugenesia y el control social radical) se superpone a la empatía, el amor filial y la humanidad básica, se abren las puertas a la monstruosidad. 

Tres enseñanzas amasadas bajo otras tantas reflexiones de una historia que parece ficción, pero que nos demuestras una vez más que en ocasiones la realidad supera a la ficción. Esta historia funciona como una versión real y oscura de Frankenstein o el mito de Pigmalión, la de ese creador que dota de inteligencia a su criatura, pero se ve superado por la autonomía y el libre albedrío de esta, reaccionando con violencia letal ante la pérdida de control. Y donde Hildegart vivía en una profunda contradicción, pues mientras teorizaba con brillantez sobre la reforma sexual y la libertad de la mujer en libros y discursos públicos, ella vivía completamente reprimida y tutelada en su privacidad, lo que refleja la dura brecha existente entre el conocimiento abstracto y la madurez vivencial afectiva.

 

miércoles, 24 de junio de 2026

Libro Cine y Pediatría 15, todos frente al acoso escolar


Un año más, y un nuevo libro del proyecto "Cine y Pediatría" llega a las librerías. Y hoy presentamos Cine y Pediatría 15

Y es así como se desgranan las celebraciones:


Y hoy llega Cine y Pediatría 15. Ese 15 que simboliza la pasión, la creatividad, la libertad y el cambio, actuando como una energía alquímica que impulsa a tomar decisiones y buscar la realización personal. Y a buen seguro que cada una de esas características nos han acompañado para llegar aquí con este proyecto que sigue aunando cine y pediatría, arte y ciencia con conciencia.  

Y esa realización personal del número 15 es la deseamos a cada niño y niña en sus tres ámbitos de desarrollo habituales: la familia, el centro escolar y el entorno social. Y hoy centramos nuestra atención en un problema que sigue presente en los entornos educativos e interrumpe esa correcta realización personal: hablamos del acoso escolar (también conocido como maltrato entre iguales en la escuela, maltrato por abuso de poder entre escolares o con el anglicismo bullying). Un problema frente al que todos debemos luchar, desde los profesores a las familias, pasando por los organismos estatales. Un tema que no debe ser ajeno a los pediatras, pues a buen seguro que el acoso escolar influye en la salud física, psíquica y social de nuestros pacientes. Y de sus familias.

Y, desde el séptimo arte, las películas alrededor del acoso escolar se constituyen en un motivo de visualización, reflexión y debate. Y hoy recopilamos en Cine y Pediatría aquellas películas y personajes que pueden ayudarnos a entender mejor el acoso escolar en sus distintas aristas. Dividimos nuestro repaso en dos grupos de películas: aquellas argumentales y esenciales, y aquellas relevantes a tener también en cuenta.   

a) Prescribir películas argumentales sobre el acoso escolar: Klass (Ilmar Raar, 2007), Cobardes (José Corbacho y Juan Cruz, 2008), Después de Lucía (Michel Franco, 2012), Marion, 13 años eternamente (Bourlem Guerdjou, 2016), El silencio roto (Piluca Baquero, 2017), El profesor (Teacher) (Adam Dick, 2019), Un pequeño mundo (Laura Wandel, 2021).



b) Prescribir películas relevantes sobre el acoso escolar: Carrie (Brian de Palma, 1976), Bienvenido a la casa de muñecas (Todd Solondz, 1995), Mamá es boba (Santiago Lorenzo, 1999), Antes de la tormenta (Rza Parsa, 2000), Evil (Mikael Hafström, 2003), Ben X (Nic Balthazar, 2007), Ser gorda como yo (Douglas Barr, 2007), Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008), Precious (Lee Daniels, 2009), Bullying (Josetxo San Matero, 2009), En un mundo mejor (Susanne Bier, 2010), Moonlight (Barry Jenkins, 2016), Un monstruo viene a verme (J.A. Bayona, 2016), Wonder (Stephen Chbosky, 2017), Butter (Paul A. Kaufman, 2020), Cerdita (Carlota Pereda, 2022), Uno para todos (David Ilundain, 2020), Monstruo (Kaibutsu, Hirokazu Koreeda, 2023), etc.



Y por fortuna cada libro siempre va con la mejor compañía en este camino. La compañía de nuestros prologuistas. Y contamos con tres prologuistas “de cine”: 

- El Prólogo desde el punto de vista de la Pediatría ha contado con el saber ser y estar del Dr. Iván Carabaño, pediatra amigo amante del valor de las artes en la humanización de nuestra profesión. Con la paleta de colores de su sensibilidad dará buen sentido al término arteterapia en el cuidado de la infancia y adolescencia. 
Y en su prólogo, titulado “Abrir significados”, nos regala una frase así sobre el “significado” de este proyecto ya consolidado: “Porque Cine y Pediatría no es una propuesta ornamental ni un ejercicio cultural para tiempos muertos. Es un proyecto docente sólido, sostenido a lo largo de los años, que defiende —y demuestra— que el cruce de caminos entre las artes y la Pediatría tiene una utilidad real en la formación de los profesionales y en la mejora de la práctica clínica”

- El Prólogo desde el punto de vista del Cine es un regalo del actor José Corbacho, también director, guionista y cómico español conocido por su versatilidad en teatro, cine y televisión. Su compromiso se pactó con emoción en el pasado Festival Internacional de Cine de Alicante, cuando supo que este número 15 tendrá un capítulo introductorio (y el video promocional) dedicado al cine que afronta (y se enfrenta) al acoso escolar, un tema muy apreciado por él, pues fue uno de los primeros en denunciar en pantalla en España esta lacra con su película Cobardes del año 2008. 
En su maravilloso prólogo, por título “El cine frente al acoso escolar y la complicidad del silencio” nos hace viajar con emoción a esta lacra que conoció tan bien, y así se refiere a la conspiración del silencio frente al bullying: “Porque todos hemos sido alguna vez ese testigo silencioso. Todos hemos mirado hacia otro lado. No hemos avisado al profesor, ni al jefe, ni —quizá lo más importante— hemos tendido la mano a quien lo necesitaba…Eso me provocó una profunda reflexión, y también cierta tristeza. Porque la sociedad no es algo abstracto: la formamos nosotros. Y somos nosotros quienes tenemos la voz para romper ese silencio. Personas como el doctor Javier González de Dios, que a través de sus libros y de las películas que propone, contribuyen a generar esa conciencia, son necesarias para construir una sociedad mejor”. 

El Prólogo desde el punto de vista de la Docencia tendrá la firma de la Fundación Aprender a Mirar, entidad bajo el protectorado del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, sin ánimo de lucro, que trabaja por la defensa de los usuarios de los medios de comunicación audiovisual, en especial, de los niños y los jóvenes. 
Y desde Fundación Aprender a Mirar toma la palabra su directora de comunicación, Patricia Amat, quien titula su prólogo de forma tan acertada como “El cine como aula: aprender a mirar la infancia”. Y que haya puesto en el foco en algo tan importante para Cine y Pediatría: “Javier González de Dios propone precisamente eso: enseñar a mirar la infancia a través de narraciones cinematográficas y convertir el lenguaje audiovisual en un espacio de aprendizaje emocional, social y ético. Así, consigue que ver una película deje de ser solo entretenimiento y se transforme en una experiencia formativa que interpela al espectador, lo invita a reflexionar y amplía su comprensión del mundo infantil y de quienes lo rodean”.

Y es así como alzamos la voz contra el acoso escolar con Cine y Pediatría 15. Y a través de cada fotograma late la esperanza de una escuela más humana, donde el silencio se transforme en diálogo y la herida en abrazo. Con el deseo de que cada película prescrita no solo eduque la mirada, sino que despierte la conciencia y reclame empatía frente al silencio.

Los libros disponibles a la venta en Lúa Ediciones 3.0.

Y os dejamos el vídeo de presentación.

sábado, 20 de junio de 2026

Cine y Pediatría (858) Cine minimalista de la infancia: “El globo rojo” y “El viaje de Takara”

 

El cine minimalista es un estilo cinematográfico que se caracteriza por su sencillez y economía narrativa, enfocándose en lo esencial para transmitir emociones y significados sin recurrir a elementos superfluos. Y que se fundamenta en el conocido principio de que "menos es más", sin efectos especiales ni recursos técnicos sofisticados, con historias a veces mínimas en las que se requiere que el espectador ponga de su parte. 

El cine minimalista se fundamenta en reducir los elementos narrativos, espaciales y técnicos al mínimo para centrarse en la pura observación de sus personajes, un enfoque que funciona de maravilla al retratar la honestidad y la mirada de la infancia. Y sirva como ejemplo algunas películas que ya forman parte de la familia de Cine y Pediatría, generalmente retratos íntimos y contemplativos: la película japonesa He nacido, pero… (Yasujiro Ozu, 1932), la película italiana Ladrón de bicicletas (1948), la película británica My Chilhood (Bill Douglas, 1972), la película española El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), la película iraní El globo blanco (Jafar Panahi, 1995), la película francesa Ponette (Jacques Dillon, 1996), la película coreana El camino a casa (Jeong-Hyang Lee, 2002), la película afgana Osama (Siddiq Barmak, 2003), la película rusa El regreso (Andrei Zvyagintsev, 2003), la película mexicana Los herederos (Eugenio Polgovsky, 2008), la película belga Blue Bird (Gust Van Den Berghe, 2011), la película saudita La bicicleta verde (Haifaa Al-Mansour, 2012), la película neerlandesa Kauwoy (Boudewijn Koole, 2012), la película etíope Difret (Zeresenay Mehari, 2014), la película mauritana Timbuktu (Abderrahmane Sissako, 2014), la película irlandesa The Quiet Girl (Colm Bairéad, 2022), entre otras. 

Pues a estos títulos, hoy añadimos dos títulos más, quintaesencia de ese minimalismo cinematográfico con la infancia como protagonista, dos películas separadas entre sí seis décadas, pero con algunas semejanzas: ambas se centran un niños preescolares protagonista que se guían por su propia lógica, curiosidad y asombro, ambos deambulan por ciudades (uno por una ciudad francesa, el otro por una ciudad japonesa) y ambas historias se nos narran con práctica ausencia de diálogos, con una narrativa que se apoya fuertemente en las imágenes, los silencios, los sonidos ambientales y la expresividad corporal del niño. Hablamos del mediometraje francés El globo rojo (Albert Lamorisse, 1956) y del largometraje japonés El viaje de Takara (Damien Manivel, Kohei Igarashi, 2017). 

- El globo rojo (Albert Lamorisse, 1956) 

Esta película de 36 minutos es considerado por muchos como el mejor mediometraje de todos los tiempos y el único corto que ha ganado un Óscar en la categoría general (en su caso como guion original), amén de innumerables premios en diversos festivales. Un poético film (protagonizado por el propio hijo del director, con 4 años de edad), sin apenas diálogos, donde este niño encuentra un globo rojo en el barrio parisino de Ménilmontant. 

El globo no es un objeto cualquiera: tiene vida propia, voluntad y fidelidad, que acompaña y sigue al pequeño. Juntos deambulan por las calles de París, formando una amistad sin palabras que desafía la lógica, y con una particular estructura narrativa: encuentro, amistad, protección, persecución, rescate, final trágico para el globo y esa redención final cuando todos los globos de París se liberan y flotan en el cielo como símbolo de libertad. Pura paradoja de lo simple y lo profundo… como la infancia. 

- El viaje de Takara (Damien Manivel, Kohei Igarashi, 2017) 

Esta película de 76 minutos es otro ejemplo de minimalismo que nos traslada a una ciudad japonesa (Aomori) cubierta por la nieve invernal. Como cada noche, un pescador realiza su viaje al mercado de la ciudad; su hijo de 6 años, Takara Kogawa, se despierta con su marcha y no puede volver a dormirse. En la casa, donde el resto de la familia duerme, el pequeño hace un dibujo de animales marinos que desliza en su cartera. Por la mañana, su silueta somnolienta se aleja del camino a la escuela y se interna en la nieve.... 

Takara se desvía de su camino al colegio y ante su lógica infantil emprende un viaje solo, en tren, para buscar a su padre. Su objetivo es enseñarle el dibujo que hizo por la noche y así compartir con él su creación. Su travesía termina en una lonja de pescado (el mercado donde trabaja su padre), quedándose dormido dentro de una camioneta cerca de ese lugar. Y esta sencilla historia se estructura en la película en tres partes, por título “El dibujo” (el punto de partido, el acto del hogar), “La pescadería” (el viaje en solitario, el acto del tren) y “Un sueño largo” (el encuentro y el descubrimiento, el acto final). 

Curiosamente la semana pasada acompañamos a un niña escolar de 9 años con su mochila que deambulaba por la ciudad iraquí de Bagdad en La tarta del presidente (Hasan Hadi, 2025), y hoy lo hacemos con este niño de 6 años y su mochila. Y siempre acompañaremos a la infancia y a las infancias del mundo, sean historias minimalistas… o de máximos. 

 

lunes, 15 de junio de 2026

Terapia cinematográfica (22). Prescribir películas para combatir la problemática del trabajo y explotación infantil

 

El trabajo infantil es toda actividad laboral realizada por niños, niñas o adolescentes que perjudica su desarrollo, su salud o su educación, o que les priva de su infancia y dignidad. La explotación infantil es una forma más grave de abuso, en la que el menor es utilizado de manera abusiva o forzada, a menudo vulnerando sus derechos, por ejemplo mediante trabajos peligrosos, esclavitud, trata, explotación sexual o actividades delictivas. Los dos implican una violación clara de sus derechos y su protección, pero la explotación infantil es un paso más grave e ilegal si cabe. 

El trabajo infantil afecta a casi 140 millones de niños, niñas y adolescentes de 5 a 17 años en 2024-2025, según la OIT y UNICEF, incumpliendo la meta de erradicación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible pactados para 2025. Esta explotación viola derechos fundamentales y perpetúa ciclos de pobreza, teniendo en cuenta que el trabajo infantil priva a los niños de infancia, potencial y dignidad, y que es perjudicial para su desarrollo físico, mental, social y moral. Las peores formas abarcan esclavitud, trata, prostitución, pornografía, reclutamiento armado y drogas. 

El cine ha tratado el trabajo infantil y la explotación infantil sobre todo como un problema de pobreza estructural, violencia y pérdida de la infancia, no solo como un drama individual. Lo ha hecho a través de ficciones realistas, cine social, neorrealismo y documentales de denuncia, con frecuencia situando a los niños en la calle, en fábricas, en minas, en plantaciones o en redes de explotación sexual. 

Pero hoy vamos a intentar hablar y prescribir de películas sobre el trabajo y explotación infantil que ya forman parte del proyecto Cine y Pediatría. Y es así que desde esta sección de Terapia cinematográfica hoy recogemos 7 películas argumentales al respecto, desde títulos clásicos a modernos, desde películas de realismo social a documentales. Estas películas son, por orden cronológico de estreno: 

- Oliver Twist (David Lean, 1948), para revivir el trabajo infantil y el maltrato institucionalizado en una Inglaterra sumida en la convulsa Revolución Industrial. 

- Los olvidados (Luis Buñuel, 1950), para denunciar la desigualdad sobre esos “olvidados” de la infancia y adolescencia cada vez más numerosos que dio a luz el desarrollismo de la opulencia. 

- El polaquito (Juan Carlos Desanzo, 2003), para conocer a nuestro Oliver Twist a ritmo de tango alrededor de la estación central de Buenos Aires. 

- Sombras del tiempo (Schatten der Zeit, Florian Gallenberger, 2004), para enfrentarnos a un retrato arquetípico de la esclavitud infantil desde Calcuta, entre el trabajo y la prostitución infantil. 

- Ángeles del sol (Anjos do sol, Rudi Lagemann, 2006) , para denunciar la explotación sexual de niñas en Brasil, basado en una serie de relatos reales de prensa. 

- Los herederos (Eugenio Polgovsky, 2008) , para adentrarnos en silencio en el retrato del trabajo infantil en zonas agrícolas y montañosas de México. 

- Slumdog Millionaire (Danny Boyle, 2008) , para conocer a esos verdaderos perros callejeros en las infancias desfavorecidas de la India. 

Siete películas argumentales para adentrarnos en las muchas caras del trabajo y maltrato infantil a lo largo del mundo, una lacra que cuesta tanto erradicar. 

Se puede revisar el artículo completo en este enlace o en este otro.

sábado, 13 de junio de 2026

Cine y Pediatría (857) “La tarta del presidente”, devastadora fábula de la infancia bajo la dictadura iraquí

 

Muchas son las óperas primas en el cine. Pero pocas que puedan ya superar el recuerdo e impacto emocional que deja esta película iraquí con intérpretes no profesionales y cuya historia está inspirada en recuerdos personales del director. Un film que vuelve a encontrar en la mirada de la infancia una forma muy directa y muy humana de contar el miedo, la miseria y la supervivencia en aquel Irak de la década de los 90 marcado por la guerra, las sanciones y la escasez bajo el régimen dictatorial de Sadam Husein. Hablamos de una película con un título tan significativo como La tarta del presidente (Hasan Hadi, 2025), una devastadora fábula con una protagonista ya inolvidable, una niña de 9 años llamada Lamia (Baneen Ahmad Nayyef). 

Y antes de adentrase en este aparente sencillo guion, vale la pena revisar la compleja historia que vivía Irak en los inicios de esa década. Pues en 1991 Irak fue el epicentro de la Guerra del Golfo, ya que recordamos que, tras la invasión iraquí de Kuwait en 1990, una coalición de 34 países liderada por Estados Unidos inició la Operación Tormenta del Desierto en enero de 1991, expulsando a las fuerzas de Sadam Huseín y desencadenando rebeliones internas. Fue un 3 de marzo de 1991 cuando Irak aceptó las condiciones de alto el fuego de las Naciones Unidas, que incluyeron el restablecimiento de la soberanía de Kuwait, la destrucción de armas de destrucción masiva y el inicio de un prolongado embargo comercial. Y fueron esas graves sanciones de la ONU las que provocaron pobreza y escasez de alimentos y medicinas en Irak. Y en ese contexto se creó la obligación escolar de que cada centro educativo elaborara una tarta para el cumpleaños de Sadam Husein, lo que era un símbolo más que formaba parte del extremo culto a la personalidad del dictador. Y eso se asignaba a un alumno, quien tenía que enfrentarse a la odisea de conseguir los ingredientes básicos del pastel (como harina, azúcar y huevos), sabiendo que hacer un mal pastel o no cumplir con el encargo podía acarrear graves represalias del régimen para los niños y sus familias. 

Esta anécdota real y el respeto y temor que infundía en la población infantil sirven como argumento central en La tarta del presidente, película candidata al Óscar a Mejor Película internacional y Cámara de Oro Cannes como mejor ópera prima, amén del Premio del público, una de las historias más conmovedoras del último año. “26 de abril de 1991. Dos días antes del cumpleaños”, así comienza esta historia… Allí conocemos a Lamia, quien vive sola con su abuela en las marismas mesopotámicas del sur de Irak (sus padres fallecieron como consecuencia de la guerra), bajo las duras sanciones internacionales que provocan escasez generalizada y miseria. Los escolares llegan a la escuela en canoas por un paisaje de una gran belleza donde la población sobrevive en casas de juncos en condiciones muy precarias. 

En la escuela, hasta los propios niños dan mítines a favor de su adorado Sadam Huseín, mientras los aviones de guerra sobrevuelan continuamente el cielo: “¡Con nuestra sangre y nuestra alma los venceremos por ti, Sadam!...¡Sacrficaremos nuestra alma por ti!”, proclaman estos jóvenes alumnos. Y en este país donde el régimen exige que el cumpleaños de Sadam Husein se celebre con un pastel en cada escuela, esa tarea casi imposible le toca por sorteo a Lamia, un sorteo realizado por un tiránico maestro que es más un fanático militar. La misión es obligatoria y saben que si no cumple con el mandato, las consecuencias pueden ser la cárcel o incluso la muerte. Cuando llega a casa, se aprecia la preocupación de la abuela, quien le dicta los ingredientes a conseguir: “Apunta. Tres huevos, huevos para la fertilidad. Un kilo de harina para la vida. Quinientos gramos de azúcar para una vida dulce. Y levadura para que el bizcocho esponje”. 

La abuela viaja a Bagad con Lamia, pero en realidad quiere dejarla con otra familia, pues ella está enferma y no puede ya cuidarla sola. Y es por ello que Lamia decide huir y vaga por la ciudad con su inseparable gallo Hindi a cuestas, al que se une después su amigo Saeed, y recorren Bagdad en busca de los ingredientes del pastel, viviendo una odisea urbana repleta de escollos que recalcan el elevado precio de la supervivencia en un Irak hostil y atomizado. Cada paso la acerca al riesgo de ser castigada, y la niña debe usar su ingenio y valentía para cumplir con el mandato: “Me gustaría ser el presidente… Así me podría comer todas las tartas del mundo”, le recuerda Saeed. 

Finalmente consiguen los ingredientes, tras muchos avatares y muchos riesgos. Y consigue cocinar el pastel, pero a un precio muy alto. Porque la película es una devastadora fábula de la infancia bajo la dictadura iraquí que se vale de la poesía visual para sacar a flote la miseria de un pueblo. Y donde prevalece el maravillo el recuerdo de esta bella niña, con su coleta de pelo negro, su uniforme y su cartera de colegio a la espalda, y su gallo cogido en brazos. 

Porque la interpretación de Baneen Ahmad Nayyef está a una altura igual o superior a la que ya hemos vivido con otras niñas actrices que recordamos desde Cine y Pediatría, como Ana Torrent en El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973) y Cría cuervos (Carlos Saura, 1976), Tatum O’Neal en Luna de papel (Peter Bogdanovich, 1973), Aida Mohammadkhani en El globo blanco (Jafar Panahi, 1995), Victoire Thivisol en Ponette (Jacques Dillon, 1996), Mara Wilson en Matilda (Danny De Vito, 1996), Leidy Tabares en La vendedora de rosas (Víctor Gaviria, 1998), Dakota Fanning en Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001), Marina Golbahari en Osama (Siddiq Barmak, 2003), Avaz Latif en Las tortugas también vuelan (Bahman Ghobadi, 2004), Abigail Breslin en Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2006), Ivana Baquero en El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), Nikbakht Noruz en Buda explotó por vergüenza (Hana Makhmalbaf, 2007), Nerea Camacho en Camino (Javier Fesser, 2008), Quvenzhané Wallis en Bestias del sur salvaje (Benh Zeitlin, 2012), Waad Mohammed en La bicicleta verde (Haifaa Al-Mansour, 2012), Sophie Nélisse en La ladrona de libros (Brian Percival, 2013), Sofía Otero en 20.000 especies de abejas (Estibaliz Urresola Solaguren, 2023), entre otras. 

Una película con algunos aspectos cinematográficos que destacar: una cámara que suele situarse a la altura de Lamia, reforzando la sensación de vulnerabilidad y de un mundo hostil construido para adultos, donde una niña debe comportarse como una estratega para sobrevivir; una fotografía que apuesta por tonos apagados y planos calculados con esmero para transmitir la información que da contexto a la historia y profundidad a los personajes; unos intérpretes no profesionales que suministran a la fórmula una inesperada economía gestual en la que impera la naturalidad más orgánica. 

La película es un documento conmovedor que retrata una infancia atravesada por el autoritarismo, el hambre y el miedo. Una metáfora sobre el sometimiento colectivo y el absurdo del poder que exige celebrar el cumpleaños del presidente con un pastel en un país donde la gente lucha a diario por sobrevivir, lo que muestra la desconexión brutal entre las exigencias del poder y la realidad de la población. Pero que, gracias a la mirada de Lamia, la película se llena de ternura y poesía; porque la inocencia de la niña convierte esta historia en un relato capaz de mostrar belleza y poesía frente a la crudeza de un país sometido por el miedo y la escasez. 

Y cabe no olvidar su final… Ese final ambiguo que refleja la triste realidad de que en sistemas totalitarios, incluso los pequeños triunfos de resistencia individual tienen límites y la situación no cambia radicalmente. Cuando el profesor militar prueba la tarta de Lamia y bombardean la escuela, los dos amigos juegan a no parpadear, pero pueden más las lágrimas de esa niña ya inolvidable.