miércoles, 6 de mayo de 2026

Lavarse las manos salva vidas en sanidad

 

Ayer, 5 de mayo, celebramos el DÍA MUNDIAL DE LA HIGIENE DE MANOS, fecha que fue establecida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2009, aunque la OMS ya había iniciado campañas de concienciación sobre la higiene de manos desde 2005. La creación de este día se enmarca en la iniciativa global de la OMS llamada "Save Lives: Clean Your Hands". El objetivo era destacar la importancia de la higiene de manos en la prevención de infecciones, especialmente en el ámbito de la atención sanitaria. 

La fecha del 5 de mayo (5/5) fue elegida estratégicamente para recordar los cinco momentos clave para la higiene de manos definidos por la OMS: 

1. Antes de tocar al paciente. ¿Cuándo?: higienícese las manos antes de tocar a un paciente cuando se acerque a él. ¿Por qué?: para proteger al paciente de los gérmenes que tenemos en las manos. 

2. Antes de realizar una tarea limpia/aséptica. ¿Cuándo?: higienícese las manos inmediatamente antes de realizar una tarea aséptica. ¿Por qué?: para proteger al paciente de los gérmenes dañinos que podrían entrar en el cuerpo, incluidos los gérmenes del propio paciente. 

3. Después de la exposición a fluidos corporales. ¿Cuándo?: higienícese las manos inmediatamente después de un riesgo de exposición a líquidos corporales y al quitarse los guantes. ¿Por qué?: para protegerse y proteger al entorno de atención de salud de gérmenes dañinos del paciente. 

4. Después del contacto con el paciente. ¿Cuándo?: higienícese las manos después de tocar a un paciente y la zona que le rodea, cuando deje la cabecera del paciente. ¿Por qué?: para protegerse y proteger al entorno de atención de salud de gérmenes dañinos del paciente. 

5. Después de tocar el entorno del paciente. ¿Cuándo?: higienícese las manos después de tocar cualquier objeto o mueble del entorno inmediato del paciente, cuando lo deje (incluso aunque no haya tocado al paciente). ¿Por qué?: para protegerse y proteger al entorno de atención de salud de gérmenes dañinos del paciente. 

El Día Mundial de la Higiene de Manos tiene varios objetivos fundamentales: 

- Concienciar: sensibilizar a nivel mundial a profesionales de la salud, pacientes, cuidadores y al público en general sobre la importancia de la higiene de manos para prevenir la propagación de infecciones. 

- Promover las mejores prácticas: fomentar la adopción de prácticas correctas de higiene de manos en los centros de salud y en la vida cotidiana. 

- Reducir las infecciones: disminuir la incidencia de infecciones asociadas a la atención sanitaria y otras enfermedades infecciosas transmisibles. 

- Combatir la resistencia antimicrobiana: la higiene de manos es una medida clave para prevenir infecciones, lo que a su vez reduce la necesidad de antibióticos y ayuda a combatir la creciente amenaza de la resistencia a los antimicrobianos. 

- Crear una cultura de seguridad: integrar la higiene de manos como un componente fundamental de la seguridad del paciente y de la calidad de la atención sanitaria. 

- Apoyar a los trabajadores de la salud: reconocer el papel crucial de los profesionales de la salud en la promoción de la higiene de manos y proporcionarles las herramientas y la formación necesarias. 

- Fomentar la participación: movilizar a líderes, responsables de la formulación de políticas y al público en general para que prioricen la higiene de manos. 

Y nuestro Hospital General Universitario Dr. Balmis (HGUA) se ha sumado un año más a la celebración de la Jornada Mundial de la Higiene de Manos, con el liderazgo del Servicio de Medicina Preventiva, quien ha organizado un programa de actividades para involucrar a los profesionales para adherirse a la campaña liderada por la OMS, que este año 2026 tiene por lema "Lávate las manos: la acción salva vidas". 

Porque desde Medicina Preventiva se analiza de forma sistemática - y con un cuestionario – un total de 57 unidades del HGUA varias veces al año, en el que se analizan, entre otros aspectos, el cumplimiento de higiene de manos. Y con unos resultados que vale la pena analizar: 

- El porcentaje global del hospital en el cumplimiento del lavado de manos ha sido de un 65%. Una cifra que ha mejorado en los últimos años gracias a programas de formación, pues se percibió una preocupante caída postpandemia (algo que se ha definido como “fatiga pandémica”). 

- El cumplimiento es desigual por estamentos sanitarios: mejor en enfermería, seguido por auxiliares-TCAES y los médicos con el peor resultado. También es desigual por sexos, peor en hombres. Y por servicios: mejor en unidades de críticos, seguido por servicios médicos y los servicios quirúrgicos con el peor resultado. Datos que suelen coincidir con los reflejados en la literatura. 

- El cumplimiento ha sido peor "antes" (en los momentos 1 con un 58,2% y 2 con un 56,5%) que "después" de tocar al paciente (en los momentos 3 con un 73,6%, 4 con un 72,4% y 5 con un 66%) 

- Las áreas con mayor porcentaje de mejora del año previo a este han sido: en primer lugar, Hemodiálisis con un 47% de mejora, seguido por Neurología con un 43% y Hematología con un 30%.

- Y las unidades con mejores resultados en este años han sido: Oncología Pediátrica y Hospital de Día de Oncología Pediátrica con un 100% de cumplimiento; Neonatología en segundo lugar con un 95% y en tercer lugar, la Unidad Cuidados Intensivos con un 91%. 

Es una gran satisfacción que dos unidades de nuestro Servicio de Pediatría (Oncología y Neonatología) lideren este indicador de calidad y seguridad del paciente. Mi expresa felicitación a las jefas de sección (Dras. María Tasso y Caridad Tapia), supervisoras (María José Vidorreta y Eugenia del Caño) y a todos los compañeros que lo hicieron posible desde todos los estamentos (profesionales médicos, de enfermería, TCAES, residentes, etc.). 

Porque un acto tan sencillo marca la diferencia. Porque lavarse las manos salva vidas en sanidad…

lunes, 4 de mayo de 2026

Código ictus pediátrico: cuando el tiempo es cerebro

 

El código ictus pediátrico es el circuito asistencial de respuesta rápida para reconocer, diagnosticar y tratar de forma urgente el ictus en niños y adolescentes, porque en esta edad también se trata de una emergencia tiempo-dependiente. Su objetivo es evitar demoras en la atención y maximizar las opciones de reperfusión precoz cuando el caso lo permite, además de reducir secuelas neurológicas a largo plazo. 

Aunque el ictus es menos frecuente en pediatría que en adultos, su impacto es muy serio: puede dejar secuelas motoras, del lenguaje, cognitivas y conductuales, y condicionar muchos años de discapacidad. Precisamente por eso el código ictus pediátrico busca que el reconocimiento sea rápido, que el traslado sea prioritario y que el paciente llegue cuanto antes a un centro preparado. 

Los síntomas que deben hacer saltar la sospecha son, sobre todo, de inicio brusco: debilidad de un lado del cuerpo, asimetría facial, dificultad para hablar o comprender, alteración de la marcha, pérdida visual, cefalea intensa o un empeoramiento neurológico repentino. En pediatría el diagnóstico es más difícil que en adultos, porque puede confundirse con migraña complicada, crisis epiléptica, parálisis de Todd o parálisis facial periférica. Por eso la activación del circuito depende mucho del alto índice de sospecha clínica. 

El valor real del código no está solo en el nombre, sino en la coordinación: urgencias, pediatría, radiología, neurología o neuropediatría, anestesia y UCI pediátrica deben responder como un solo equipo. En varios protocolos se insiste en que el niño sospechoso debe pasar por neuroimagen urgente y valoración especializada para decidir tratamiento, ya sea en hospital de origen o mediante derivación a un centro de referencia. También se señala que, a diferencia del adulto, en pediatría la dependencia previa no debería excluir automáticamente la activación del código. 

Aquí está el punto clave: el código ictus pediátrico debe tener la misma relevancia organizativa que el de adultos, porque el tiempo también importa en el cerebro infantil. El adulto fue pionero en estructurar rutas de respuesta rápida, y ese modelo ha demostrado que los protocolos salvan tiempo y mejoran resultados; trasladar esa lógica a pediatría es esencial para no llegar tarde. La diferencia es que en niños la evidencia es menor y el proceso suele ser más complejo, así que la existencia de un circuito específico es todavía más necesaria. 

El código ictus pediátrico es un reto todavía pendiente. En la práctica, el gran problema del ictus pediátrico sigue siendo el retraso diagnóstico, porque es infrecuente y sus síntomas no siempre se reconocen de inmediato. De ahí que sociedades científicas y hospitales insistan en implantar y actualizar estos circuitos, con equipos entrenados y derivación ágil a centros con capacidad de tratamiento avanzado. En términos sanitarios, disponer de un código ictus pediátrico bien definido significa dar al niño la misma oportunidad de tratamiento precoz que ya se asumió como indispensable en adultos. 

Por tanto, el código ictus pediátrico no es una versión menor del de adultos, sino una necesidad clínica propia, porque en la infancia cada minuto cuenta y el retraso diagnóstico multiplica el riesgo de secuelas permanentes. Veamos algunos comentarios a tres preguntas clave. 

¿Cómo se diferencia el ictus pediátrico del ictus en adultos? 

El ictus pediátrico presenta diferencias significativas respecto al de los adultos en cuanto a su naturaleza, causas, diagnóstico y criterios de actuación. Según las fuentes, estas son las principales distinciones: 

- Naturaleza y epidemiología 
Tipo de ictus: mientras que en los adultos el 75% de los casos son isquémicos, en la edad pediátrica más del 50% son de naturaleza hemorrágica. 
Incidencia: el ictus es mucho más frecuente en adultos (175-200 casos por cada 100.000 habitantes al año) que en niños, donde la incidencia se sitúa entre 2,3 y 13 casos por cada 100.000 niños al año. 

- Etiología 
Variedad de causas: en los niños, las causas son mucho más numerosas y variadas que en los adultos. El abanico incluye anomalías cardíacas congénitas, enfermedades hematológicas (como la drepanocitosis), infecciones (meningitis, sepsis), traumatismos y arteriopatías específicas como el síndrome de Moya-moya. 

- Presentación clínica y "simuladores" 
Sintomatología: las manifestaciones clínicas en la infancia suelen ser más inespecíficas que en los adultos, lo que dificulta un diagnóstico rápido. 
Simuladores de ictus (Stroke-mimics): son ataques cerebrales agudos de origen no vascular que se confunden con un ictus. En los adultos representan solo el 20-30% de las sospechas, pero en los niños alcanzan el 60-70%. Los más comunes en pediatría son las crisis epilépticas (especialmente la parálisis de Todd), la migraña hemipléjica y trastornos metabólicos. 

- Diagnóstico por imagen 
Prueba de elección: en adultos se suele recurrir inicialmente a la TC y Angio-TC. En cambio, en pediatría, la Resonancia Magnética (RM) cerebral se considera la base para diferenciar un ictus real de un cuadro simulador. 

- Manejo y Código ictus 
Criterios de exclusión: una diferencia fundamental es que, a diferencia de los adultos, la dependencia previa no se considera un motivo de exclusión para la activación del Código Ictus Pediátrico. 
Ubicación del ingreso: se aconseja que todo paciente pediátrico con ictus ingrese en una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). 
Tratamiento agudo: existe una menor evidencia científica en tratamientos como la fibrinólisis o la trombectomía mecánica en niños comparado con adultos, por lo que a menudo se deben adaptar juiciosamente los protocolos de adultos al ámbito pediátrico. 

Finalmente, aunque existe el concepto de que el niño tiene un "buen pronóstico" por su mayor plasticidad neuronal, las fuentes advierten que el impacto es severo: el 75% de los niños supervivientes presentan secuelas neurológicas de por vida. 

¿Qué síntomas inespecíficos complican el diagnóstico del ictus pediátrico? 

El diagnóstico del ictus pediátrico es particularmente complejo porque, a diferencia de los adultos, los niños suelen presentar signos y síntomas inespecíficos que pueden confundirse con otras patologías. 
- Cefalea (dolor de cabeza): Presente en un 20-50% de los casos. De hecho, la cefalea puede ser la forma de presentación inicial en un 27% de los ictus. 
- Alteración del nivel de conciencia: ocurre en un 17-38% de los pacientes pediátricos. Esto incluye estados que van desde el letargo y la obnubilación hasta el estupor o el coma. 

Estos síntomas dificultan el diagnóstico porque son compartidos por los denominados "simuladores de ictus" (stroke-mimics), que en pediatría representan entre el 60% y el 70% de las sospechas iniciales. Entre estos cuadros que imitan al ictus mediante crisis, cefaleas o disminución del nivel de conciencia se encuentran: 
- Crisis epilépticas: especialmente cuando cursan con hemiparesia postictal o Parálisis de Todd. 
- Migrañas: sobre todo la migraña hemipléjica y la migraña basilar. 
- Trastornos metabólicos o tóxicos: como la hipoglucemia, hiponatremia o la ingesta de ciertos fármacos. 
- Infecciones: como la meningitis o la encefalitis. 
Debido a esta presentación clínica tan variada y poco específica, el ictus en niños tiende a estar infradiagnosticado o diagnosticado de forma tardía, lo que hace vital aumentar el índice de sospecha ante cualquier déficit neurológico agudo. 

¿Cuáles son las principales causas y factores de riesgo infantiles? 

Las causas del ictus pediátrico son mucho más numerosas y variadas que las de los adultos, abarcando un amplio abanico de patologías predisponentes.  
- Problemas cardíacos: Incluyen tanto anomalías congénitas como arritmias. 
- Arteriopatías: se distinguen las intracraneales, como el síndrome de Moya-moya o la enfermedad de Takayasu, y las extracraneales, destacando la disección arterial. 
- Estados protrombóticos: trastornos hematológicos como las trombofilias y la drepanocitosis. 
- Malformaciones vasculares: presencia de malformaciones arterio-venosas. 
- Infecciones: procesos graves como sepsis, meningitis y encefalitis. 
- Otros factores externos y patologías: traumatismos, tumores cerebrales, consumo de drogas o ciertos fármacos. 

Es importante destacar que los avances socioeconómicos y sanitarios han permitido un aumento en la supervivencia de niños con estas patologías crónicas, lo que paradójicamente ha generado un incremento de la población susceptible de sufrir un ictus pediátrico. 

Porque en el ictus pediátrico, como en el adulto, el tiempo también es cerebro…

viernes, 1 de mayo de 2026

Cine y Pediatría (851) “Ciudad sin sueño” en la Cañada Real

 

La Cañada Real de Madrid es un antiguo camino pecuario —una vía reservada históricamente al paso del ganado— que hoy se conoce sobre todo por el gran asentamiento irregular que se formó sobre parte de su trazado. Atraviesa el sureste de Madrid y municipios como Coslada, Madrid y Rivas-Vaciamadrid, y se extiende a lo largo de unos 14-15 kilómetros. 

En origen, esta Cañada Real de Madrid formaba parte de la Cañada Real Galiana (o Riojana), una de las diez principales cañadas que formaron la red de cañadas reales utilizadas para la trashumancia en España. Eran vías protegidas por ley, con un ancho determinado, y no estaban pensadas para edificación. Desde la segunda mitad del siglo XX, y especialmente a partir de los años 60 y 70, fueron apareciendo construcciones irregulares, primero pequeñas viviendas y huertas, y después chabolas, naves, talleres e incluso edificaciones más consolidadas. Con el tiempo se convirtió en un gran asentamiento informal dividido en sectores. Hoy la Cañada Real de Madrid es conocida por las graves condiciones de vida de sus habitantes: falta de servicios básicos en algunas zonas, problemas de acceso a la electricidad y una fuerte vulnerabilidad social. También es un espacio de gran complejidad urbanística y administrativa, porque intervienen varias instituciones con competencias distintas. 

La Cañada Real es importante porque resume varias realidades a la vez: historia de la trashumancia, crecimiento urbano desordenado, pobreza, exclusión social y conflicto sobre el derecho a una vivienda digna. Por eso aparece tanto en debates urbanísticos como en obras culturales y periodísticas. Y también es el epicentro de nuestra película de hoy: Ciudad sin sueño (Guillermo Galoe, 2025), un drama híbrido entre ficción y mirada documental que retrata la Cañada Real de Madrid a través de Toni (Antonio Fernández Gabarre), un adolescente gitano de 15 años, que vive con su familia de chatarreros en este entorno, el asentamiento irregular más grande de Europa, donde las noches sin electricidad y la amenaza de desalojo forman parte de la vida cotidiana. Y cuya comunidad vive entre el arraigo, la incertidumbre del derribo y la pérdida de un mundo que se desmorona. Esta obra es la ópera prima de su director en el largometraje, tras varios cortos y algún documental. 

La película destaca por su tono elegíaco, su sensibilidad etnográfica y una puesta en escena cuidada que evita la pornomiseria y apuesta por la dignidad de sus personajes. La trama se articula alrededor de Toni y su relación con el abuelo (Jesús Fernández Silva), su amistad con Bilal (Bilal Sedraoui), de origen marroquí, y la elección dolorosa entre quedarse en un territorio amado o aceptar un futuro incierto fuera de la Cañada. Porque el conflicto no es solo urbanístico, sino también emocional y generacional: Toni ve cómo se deshace el mundo que conoce mientras la comunidad se enfrenta a la dispersión, al fin de una infancia compartida y a la presión de abandonar el lugar. 

Ese proceso convierte a la película Ciudad sin sueño en una historia de formación, pérdida y despedida. "En todos los sitios estorbamos los gitanos" es una sentencia pronunciada por un hombre mayor en un bar. Y cuando a la familia de Toni les enseña el nuevo piso público, este ni se atreve a subir en el ascensor. “Ya tienes una habitación para ti”, le dice el funcionario que les enseña el piso, pero él lo observa sin ilusión alguna. Al decir su madre que ya ha firmado y que se va con la familia de la Cañada Real, su argumento es claro: “No tengo agua, no tengo luz, no puedo más…”; pero el abuelo se enfada y dice que los niños se quedan. 

Y al final este pensamiento: "Toni debe elegir: enfrentarse a un futuro incierto o aferrarse a un mundo que está a punto de desaparecer". Y finaliza cuando Toni sale de la Cañada Real en su furgoneta con la familia en busca de una nueva vivienda, una nueva vida… mientras suena la canción de Enrique Morente y Lagartija Nick, “Ciudad sin sueño”, canción que da título a la propia película. Y resuena su letra: “No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas…”. 

Es Ciudad sin sueño una película que atesora diversos premios, incluido cinco nominaciones a los Goya, del que consiguió el premio a mejor actor revelación para Antonio Fernández Gabarre, muy valorada por su naturalidad y su fuerza contenida (destacar aquí el resto del reparto no profesional, lo que contribuye al tono de verdad que sostiene la película). Uno de los rasgos más llamativos del film es la mezcla de registro social, mirada lírica y cierta deriva de western moderno, donde la Cañada Real aparece como un territorio fronterizo, casi mítico, sometido a tensiones de ocupación, vigilancia y expulsión. La película usa la oscuridad, los cortes de luz y la materialidad del espacio para construir una atmósfera muy reconocible. 

También sobresale el uso de imágenes muy trabajadas desde el punto de vista visual, con travellings laterales, planos nocturnos y una fotografía que transforma la precariedad en un paisaje casi épico. Es llamativo el uso del color en algunas escenas, con rosas de Barbie, azules de Avatar, colores kitch que pintan la realidad de la pobreza y marginación, allí donde conviven personas de raza gitana e inmigrantes árabes. Varias críticas subrayan que la obra conversa con el cine social contemporáneo, pero con una personalidad formal propia, más cercana a una observación poética que a una denuncia explícita. 

Una película que habla, ante todo, de la dignidad de quienes viven al margen y del derecho a permanecer en un lugar que forma parte de su identidad. Y también nos plantea que el desalojo no solo expulsa cuerpos, sino memorias, vínculos y modos de vida que no siempre encajan en la lógica urbana dominante. Otro mensaje central es el de la identidad adolescente: Toni está obligado a madurar demasiado pronto porque el desarraigo le impone decisiones para las que nadie le ha preparado. En ese sentido, la película convierte la pérdida de la casa en una metáfora de la pérdida de la infancia y de la fragilidad de cualquier pertenencia. 

Sea como sea, Ciudad sin sueño evita el tono victimista y también el paternalismo; por eso funciona mejor como experiencia humana que como simple alegato. Su mayor virtud es mostrar que la Cañada Real no es solo un problema social, sino una comunidad con lazos, códigos, afectos y una memoria propia. La relación entre Toni, Bilal y el abuelo abre además una reflexión sobre el relevo generacional y sobre la posibilidad de conservar la identidad cuando el entorno desaparece. Esa tensión entre permanencia y desplazamiento da a la película una dimensión política muy clara, pero también íntima y universal. 

Como obra cinematográfica, Ciudad sin sueño interesa porque integra observación social, sensibilidad poética y una fuerte conciencia del espacio. Eso la convierte en una película muy útil para pensar el cine como mirada política sin renunciar a la emoción ni a la belleza. Una ciudad sin sueño en la Cañada Real de Madrid, un lugar donde conviven algunas zonas de mayor estabilidad con otras de pobreza extrema y fuerte exclusión.