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sábado, 8 de septiembre de 2018

Cine y Pediatría (452). “Cometas en el cielo” y sombras en la tierra


A la pregunta, ¿qué es mejor, la película o la novela en la que se fundamenta el guión?, la respuesta mayoritaria será siempre: la novela. Y nuestra obra de hoy no es una excepción. Pero no siempre es así y algunos casos son la excepción, cuando la película supera a la novela, como por ejemplo Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960) basada en la obra “Psycho” de Robert Bloch, El Graduado (Mike Nichols, 1967) basada en la novela “The Graduate” de Charles Webb, La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971) inspirada en “A Clockwork Orange” de Antonhy Burgess, El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972) cuyo guión parte de la novela “The Godfather” de Mario Puzo, Alguién voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975) inspirada en “One Flew over the Cuckoo´s Nest” de Ken Kesey, El resplandor (Stanley Kubrick, 1980) basada en “The Shining” de Stephen King, El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991) adaptada desde “The Silence of the Lambs” de Thomas Harris, Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994) fundamentada en la novela “Forrest Gump” de Winston Groon, Réquiem por un sueño (Darren Aronofsky, 2000) inspirada de la obra “Requiem for a Dream” de Hubert Selby Jr., o Mystic River (Clint Eastwood, 2003) traslado de la novela “Mystic River” de Dennis Lehane, estas tres últimas ya formando parte de la familia de Cine y Pediatría. 

La cadencia entre obra literaria y cinta cinematógrafica suele ser de pocos años, generalmente menos de 5 años para verse reflejada en gran pantalla. Y algo así ocurrió con la primera novela del escritor estadounidense de origen afgano, Khaled Hosseini: “The Kite Runner”, una novela del año 2003 escrita en parte durante los sucesos del 11-S del año 2001, y que fue llevada al cine en el año 2007 con el mismo nombre, Cometas en el cielo, bajo la dirección de Marc Forster, un director de origen suizo que se diera a conocer una película premiada en los Oscar, Monster´s Ball (2001) y posteriormente con Descubriendo nunca jamás (2004) y que cambiaría de registro al ser llamado a dirigir una película más de la saga de James Bond, Quantum of Solace (2008). 

La novela “The Kite Runner” se convirtió en un éxito de ventas después de ser impresa en un formato de bolsillo y que se popularizara en los clubes de lectura. La historia de amistad en Kabul en la década de los 70 entre el niño Amir y Hassan, el hijo de un sirviente hazara de su padre. La historia se desarrolla en tres partes, que se reflejan en la película: 1) casi la mitad de la obra (y la mejor) narra sus infancias en las calles de una Kabul confiada en su pujanza y en su futuro, en aquellos momentos inolvidables de los concursos de volar cometas y que tiene como punto álgido un acto de violencia contra Hassan (es violado por otros chicos) que Amir no logra evitar y que le provoca una reacción inesperada contra su amigo; 2) la segunda parte se desencadena por los acontecimientos tumultuosos en el país, desde la caída de la monarquía de Afganistán a través de la intervención militar soviética, hasta el ascenso del régimen talibán y éxodo de refugiados a Pakistán y a Estados Unidos, donde nuestro joven Amir convive con sus sentimientos de culpa, traición y redención por aquella vivencia contra Hassan; 3) la parte final del libro (y película) se centra en los intentos de Amir de expiar aquella transgresión tras haber descubierto un secreto sobre aquel amigo fiel y leal que fue Hassan, y para ello regresa a un Kabul, irreconocible más de dos décadas después por el fanatismo talibán, para rescatar al hijo de Hassan. 

Los créditos iniciales de la película con unas letras y una música muy árabe, esta última del compositor español Alberto Iglesias (director musical de gran número de películas, entre ellas algunas ya revisadas en Cine y Pediatría como El jardinero fiel – Fernando Meirelles, 2005 – o Ma Ma - Julio Médem, 2015 -), nos ponen en situación. Y todo comienza cuando Amir recuerda desde San Francisco, y en el momento en el que tiene entre sus manos su primera obra literaria publicada, un evento que ocurrió 26 años antes, cuando todavía era un niño, en su Kabul natal. 

Amir (Zekeria Ebrahimi) es el hijo sensible e inteligente de un hombre de negocios adinerado en Kabul y ya apreciamos que es un cuentista talentoso y un aspirante a escritor, que vive en un lindo hogar con Baba (Homayon Ershadi), su padre, quien tiene dos sirvientes, Ali y su hijo Hassan (Ahmad Khan Mahmidzada) que son hazaras, una minoría étnica. El amigo cercano de Baba, Rahim Khan (Saun Toub), también está a menudo en el hogar, siempre dispuesto a los buenos consejos, como el que expone a Baba porque éste considera que su hijo no es todo lo fuerte que considera: “Los niños no son cuadernos para colorear. No puedes rellenarlos con tu color preferido. Él no es como tú, no será nunca como tú eres. Pero no te preocupes, al final todo saldrá bien”. A lo que Baba contesta: “Un niño que no sabe defenderse, acaba siendo un hombre que no defiende nada”. Y Amir, más amante de escribir cuentos que de meterse en reyertas infantiles, piensa: “Papá me odia porque yo la maté… a mi madre”

Y así avanza la película en ese especial triángulo entre Amir, su padre y su amigo Hassan. Un padre que es un comerciante rico y respetado, un hombre con altos valores y fuertes convicciones anticomunistas y antirreligiosas, dispuesto a dar consejos a su único hijo: “Solo existe un pecado y es el robo. Los demás pecados son variaciones sobre el robo”. Un padre que tiene un cariño especial a Hassan, y luego descubriremos el por qué trata con tanta bondad a un criado: “Es el cumpleaños de Hasan. Le he traído para que elija una cometa”, dice el padre de Amir. 

Ya en Pakistán, donde padre e hijo viven como emigrantes, Amir se gradúa en Medicina y el padre dice: “Esta noches soy muy feliz, esta noche bebo con mi hijo… Ojalá Hassan estuviera con nosotros, esto le haría muy feliz”, aunque realmente no entiende que lo que verdaderamente quiere ser su hijo es escritor: “En lugar de ejercer de médico y salvar vidas, quiere inventarse historias”. Pero Baba, al final de sus días y de su enfermedad, acaba por entenderle, sobre todo cuando su hijo le lee parte de sus historias: “Los ciudadanos de Kabul eran ahora esqueletos, esqueletos que vendían asma en el mercado nocturno, esqueletos que bebían tazas de té fuerte, esqueletos que jugaban a las cartas a la luz de la luna. Al pasar yo me saludaban con los dientes apretados por el frío…”. 

Y en la búsqueda de su amigo y su pasado, encuentra a un exhausto Rahim Khan, aún emigrante en Pakistán, quien le cuenta, “Los talibanes son malos, peores… hasta han prohibido volar cometas”. Y le revela: “Hassan a muerto, lo mataron los talibanes como a su mujer… Él solo aprendió a leer y escribir. No quería escribirte una carta hasta que supiera escribir bien”. Finalmente le descubre que Hassan era su hermano, hijo de su padre con otra mujer hazara, historia que su padre ocultó por vergüenza, y esto acaece mientras lee la carta que Hassan le envió: “…Hecho de menos tus cuentos. Te envío una foto mía con mi hijo Shorab. Es un buen chico, Rahim Khan y yo le enseñamos a leer para que no sea un estúpido como su padre. Y cómo dispara con el tirachinas que me regalaste. Pero temo por él, Amir. El Afganistán de tu infancia murió hace tiempo. La bondad se ha ido del país y no se puede escapar a las matanzas, siempre las matanzas. Sueño que Dios nos guiará hacia tiempos mejores, sueño que mi hijo crecerá para ser una buena persona, libre, una persona importante. Sueño que las flores volverán a crecer en las calles de Kabul y que la música volverá a sonar en las casas. Y que las cometas surcarán de nuevo el cielo. Y sueño que algún día volverás a Kabul a visitar de nuevo la tierra de nuestra infancia. Si lo haces, encontrarás a un viejo y leal amigo esperándote. Que Dios te acompañe. Hassan”. Para entonces Hassan había muerto a manos de los talibanes, como a su mujer, y por defender la casa del padre de Amir. 

Por ello, cuando Amir regresa a Kabul, disfrazado con una larga barba talibán, nos dice: “No quiero olvidar nada”. Y tras penurias varias logra que Shorab regrese a San Francisco con su familia. Y la escena final, con la familia volando cometas, donde Amir reproduce las palabras que Hassan le decía a él, y él se las regala a su sobrino: “Tu padre cazaba las cometas sin echar una mirada al cielo. Algunos afirmaban que solo perseguía la sombra de la cometa, pero ellos no le conocían como yo le conocía. Tu padre no perseguía sombras, simplemente ya lo sabía”. Y esa declaración final de amor que Amir hace a Shorab: “Por ti lo haría mil veces”

Cierto, la novela es aquí mejor que la película. Pero es una película digna que, aunque Kalend Hosseini escribió en inglés, la mayor parte de la película prefirió Marc Foster que fuera en idioma dari y pastún, en aras del realismo. Y es una película que se ve con agrado y desagrado, con el agrado de las cometas en el cielo y el desagrado de las sombras en la tierra. Las sombras que dejan en las infancias los fanatismos religiosos y las atrocidades políticas. Y novelas así y películas así nos lo recuerdan…

 

sábado, 27 de agosto de 2016

Cine y Pediatría (346). "The Kings of Summer"... y de todas las estaciones


Hace unos días celebrábamos el 80 cumpleaños Robert Redford, el actor de intensos ojos azules, resplandeciente sonrisa blanca y pelo rubio cuidadosamente revuelto que continúa siendo un sex symbol que enamora a distintas generaciones. Pero Redford tiene un calificativo que le identifica sobre otros actores: el ser el rey del cine independiente, porque, ni más ni menos, fundó en 1981 el festival de Sundance, una de las mecas del cine independiente cuyos premios han servido como trampolín a actuales directores míticos (como Quentin Tarantino, Kevin Smith, Robert Rodriguez o los hermanos Coen) y películas ya míticas (algunas ya en Cine y Pediatría como María llena eres de gracia, Joshua Marston 2004; Pequeña Miss Suhsine, Jonathan Dayton y Valerie Faris 2006; Winter´s Bone, Debra Granik 2010; Bestias del sur salvaje, Benh Zeitlin 2012; entre otras). 

Porque fue precisamente la película de 1969 que encumbró a Robert Redford, Dos hombres y un destino (una traducción inventada en nuestro país del original Butch Cassidy and the Sundance Kid), la que dio nombre premonitorio a este festival, ya que tomó el nombre de Sundance Kid, el personaje de Redford, y con ello inició uno de sus proyectos más importantes: crear el Sundance Institute, un centro que impartía cursos de alta calidad para jóvenes cineastas en unos terrenos propiedad del actor. Y de esa hornada, hoy disfrutamos en los albores del verano de una película más de este lugar de buen cine indie: The Kings of Summer, ópera prima de Jordan Vogt-Roberts del año 2013, quien comenzó su carrera produciendo videos de comedia en internet y tras su exitoso corto Successful Alcoholics. 

Tres amigos adolescentes de 15 años, Joe (Nick Robinson), Patrick (Gabriel Basso) y el peculiar Biaggio (Moises Arias), acuciados por el comportamiento sobreprotector de sus padres y los conflictos familiares (nada excepcionales, por cierto) deciden escapar de casa y pasar el verano en el bosque, construyendo una casa y viviendo en libertad al margen de la sociedad y del entorno familiar, en un acto de reivindicación por su independencia. Los tres amigos se mudan al extraño habitáculo que han creado con mucho esfuerzo, allí convivirán sobreviviendo como pueden, intentando ser dueños de su propio destino, y lo más importante, libres de sus padres y sus estrictas normas. Y al comenzar esa nueva vida leen este manifiesto: "Bajo pena de perder la amistad, no hablar nunca en esta casa con ningún adulto, ni revelar la ubicación ni identidad de sus moradores, Y, desde hoy en adelante, herviremos nuestro agua, cazaremos la comida, construiremos nuestro cobijo y nos valdremos solos". 

Pero pronto, lo que se había convertido en un idílico verano, se transforma en una importante lección de vida en la que aprenden que la familia no es algo de lo que uno pueda huir tan fácilmente, por mucho que uno de ellos afirme: "Me alegro de estar donde no están mis padres". Y esto aunque Joe mantenga una complicada y distante relación con su padre viudo, o aunque Patrick sufra todo lo contrario, a unos padres tan aparentemente enrollados que resultan ridículos y tan cariñosamente sobreprotectores que literalmente le provocan alergia. Porque algo aprenden ellos (y recordamos todos), y es que la familia no es un juego de Monopoly, donde el cariño se puede vender y comprar... 

Las películas sobre la adolescencia insatisfecha son un clásico desde que James Dean se calzara su célebre chaqueta roja en Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955). Como buen subgénero, ha dado una enorme cantidad de productos, la gran mayoría de dudosa calidad y algunos para recordar como Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986), quizás con cierta semejanza a nuestra The Kings of Summer. Porque con esta película Jordan Vogt-Roberts ha sabido captar los altibajos de una época de la vida tan compleja y llena de contradicciones, aportando frescura, luminosidad y alegría que contagia al espectador. A ello ayuda la buena interpretación de sus tres jóvenes protagonistas, quienes nos transmiten toda la gama de emociones que trae la adolescencia, de la rebeldía al arrepentimiento, del entusiasmo del primer amor al dolor del desengaño, de la amistad a la amargura y la reconciliación, y todas de una manera bastante auténtica. Baste recordar un personaje y una escena: el personaje de Baggio, este chico hispano de lo más peculiar, con unos rasgos de personalidad que bien merecen una valoración psiquiátrica; y la escena paralela de Joe y su padre, cuando ambos rememoran en soledad cómo han podido destrozar su hogar, el real y el ficticio. 

El guión y los actores proporcionan el envoltorio perfecto a una historia y unos personajes que, aunque hemos visto mil veces, pueden seguir emocionandonos en un tiempo en que los días de verano eran eternos y podíamos creer que todo era posible. Porque los hijos son los reyes del verano... y de todas las estaciones. Y no es fácil ser buenos padres, al menos para la interpretación de nuestros hijos adolescentes.

sábado, 28 de febrero de 2015

Cine y Pediatría (268). “Timbuktu”, allí donde los niños lloran por tanta sinrazón


En el cine (en la obras de teatro, en las novelas, en la comunicación científica, en la vida,…) siempre hay tres partes destacadas en la comunicación: el inicio (el llamado “tiempo de oro”, aquel que nos engancha al argumento que ha de venir), el nudo (la trama o desarrollo de la historia) y el desenlace (el llamado “tiempo de platino”, el colofón brillante que sintetiza y deja el buen sabor de boca y la reflexión). Hoy hablamos de una película muy especial en que estas partes se destacan en escenas memorables. 
Hablamos de Timbuktu (2014), cuarto largometraje del cineasta mauritano Abderrahmane Sissako y primero que llega a las salas comerciales españolas, gracias sin duda a la repercusión internacional que le han procurado su candidatura al Oscar como mejor película en habla no inglesa (que finalmente fue a parar a otra obra maestra, la película polaca Ida de Pawel Pawlikowski), a sus dos premios en Cannes y a arrasar en los Premios César (con 7 trofeos). Cabe destacar que el director de esta película (uno de los pocos directores africanos de reconocimiento internacional) es musulmán, mauritano de nacimiento, maliense de adopción (y que, actualmente, vive en Francia), particularidades que le confieren plena autoridad para ilustrarnos sobre lo que está ocurriendo en los países del Magreb y el Sahara Occidental. Hasta tal punto, que algunos exhibidores cinematográficos han tenido miedo que Timbuktu pudiera desencadenar la ira de radicales islamistas. Pero pasemos a esas escenas memorables

- El inicio. Un grito y un primer plano de una gacela que huye asustada con grandes saltos entre las arenas del desierto, mientras evita las balas que, desde un todoterreno, le lanza un grupo de yihadistas (una de las más violentas y radicales ramas del islam político). Con esta metáfora visual tan brutal comienza esta película de la sinrazón del fanatismo religioso sobre la libertad del hombre, de la mujer y de la infancia. 
- El nudo. Repleto de escenas de enorme belleza, aunque son escenas que esconden gran dolor. Pero el director no se engola con la desgracia, sino que la contrasta entre los colores del desierto. Cómo olvidar las tranquilas escenas de Kidane y su pequeña familia (su mujer Sátima y su hija Toya, más el niño pastor, Issan) en esa jaima aislada entre las dunas; o el sorprendente partido de fútbol de esos niños y adolescentes (un partido sin pelota, porque les está prohibido jugar al fútbol…aunque hablen de quien es mejor, si Messi o Zidane); o la increíble puesta de sol sobre el lago, un plano estático interminable y lejano donde se intuye un homicidio involuntario; o la declaración de amor del padre hacia su hija, cuando sabe casi con seguridad que será condenado a muerte, pero busca en el corazón de los yihadistas algún atisbo de piedad que no llega; o la escalofriante escena de lapidamiento de dos enamorados fuera de la ley; o muchas otras. 
- El desenlace. Uno de los finales para la historia del cine. Con esa hija corriendo en el desierto y repitiendo con una voz que es un llanto una, dos, tres… diez y muchas más veces las palabras “papá, mamá” y esos nombres y esos llantos nos dejan helados, en uno de los finales más crudos que el séptimo arte haya podido engendrar. Un final que el día de la proyección impidió durante varios minutos que nadie se atreviera a moverse de los asientos en la sala…, por respeto al visto y a lo vivido. 

Porque Timbuktu es una película basada en hechos reales en la ciudad maliense de Tombuctú (pero aquí no es la alegre parodia de Luis García Berlanga, París-Tombuctú), allí donde, en 2012, una joven pareja fue brutalmente lapidada a mano de los islamistas en la ciudad de Aguelhok, situada al norte de Malí, por un grave crimen para ellos: no estar casados y, a los ojos de sus verdugos, estar cometiendo un grave delito contra la ley divina. La pareja fue apedreada hasta la muerte en presencia de centenares de espectadores impávidos. Este suceso despertó la atención de los medios de comunicación de todo el mundo y tuvo una gran repercusión, tal es así que el director y productor mauritano se decidió a llevarla a la gran pantalla. 
Pero este hecho es solo un detalle en Timbuktu, donde la esencia es mostrarnos sin estridencias la sinrazón (una vez más en la historia) de la religión fanática, uno de los motivos que más muertes y más injusticias tiene en su haber en este peculiar mundo en que vivimos. Los integristas islámicos se han adueñado de la región de Tombuctú, en el norte de Malí y ha instalado el miedo entre sus humildes pobladores de estas dunas desérticas donde ahora reír, fumar, escuchar música, bailar, jugar al fútbol o enseñar las manos las mujeres son actividades consideradas pecaminosas por la sharia, la ley islámica que ha impuesto el grupo yihadista Ansar Dine y tropas tuaregs del Movimiento Nacional para la Liberación del Azawad. Y se nos destapa esa incoherencia arrogante y perversa que acaba delatando siempre a los guardianes de la moral, pertenezcan al credo que sea, y que hace de sus víctimas meros animales de presa a merced de los peores instintos del cazador, como subraya Sissako en los planos iniciales y finales de su película. 

Y es así como Abderrahmane Sissako nos muestra una belleza trascendente (donde el director de fotografía, Sofian El Fani, es gran responsable, como ya lo hiciera en La vida de Adèle) a partir de esa denuncia a la agenda ideológica, y con ello logra despertar nuestra indignación emocional y moral. Y consigue con Timbuktu crear una película de denuncia renunciando al maniqueísmo, al tremendismo, al discurso basado en tópicos y a la manipulación emocional del espectador. Porque detrás de estas imágenes y de esas escena no hay panfleto, no hay discurso (anti) político ni (anti) religioso, hay hechos que ocurren y nos lo presenta con imágenes de una fuerza poética sobrecogedora, dignas de perdurar en la memoria y en el corazón.

Nos quedamos con el desgarrador final, con ese grito y esa mirada de Toya frente a las cámaras, así como la melodía de esa canción prohibida que en la película nos declara: “… Aquí los niños lloran por tanta tristeza”. Timbuktu nos impregna ríos de dolor y algunas gotas de esperanza, porque es un canto a la libertad y a la resistencia. 

sábado, 3 de enero de 2015

Cine y Pediatría (260). “Electrick Children”, el embarazo como metáfora de libertad y misticismo


El embarazo, el parto y la maternidad son temas recurrentes en el séptimo arte. Y lo son desde un punto de vista trágico, cómico y tragicómico, desde largometrajes clásicos a películas documentales, desde películas de ficción a obras con valores, emociones y reflexiones. En Cine y Pediatría, además, estos temas han ocupado un lugar preferente alrededor de la adolescencia. Pero la película de hoy, con el embarazo de un adolescente como protagonista, adquiere una nueva dimensión, entre el misticismo religioso y la libertad del individuo, una película con esencia de cine indie, cine de autor con todas sus peculiaridades, abierto a diferentes interpretaciones, pero no inapropiada en una época mística como es la Navidad que nos rodea. Una película en la que hay que seguir a ciegas los consejos de los niños protagonistas de Un puente hacia Terabithia: “Tú cierra los ojos y abre bien la mente”

Hablamos de la ópera prima de la directora Rebecca Thomas, Electrick Children, una película del año 2012, pero que ha sido estrenada en España hace un mes. Un drama adolescente que fusiona géneros como el romántico o el religioso, como un metáfora en la que salen a la palestra diversas confrontaciones ideológicas y conceptuales como la libertad individual (representada aquí por el embarazo) frente a la religión con sus correspondientes restricciones y mandamientos de obligado cumplimiento (representada aquí por la comunidad mormona) o la tradición (con el matrimonio concertado por la familia para acallar la vergüenza de tener una hija embarazada) frente a la felicidad que supone el amor verdadero (de la protagonista con un skater). Realmente, la joven directora Rebecca Thomas recoge en esta película algunas de sus experiencias de niñez en una comunidad mormona con el fin de cuestionar la perversidad inherente a las religiones institucionalizadas, apostando por la experiencia mística como vivencia necesariamente personal e intransferible.

Electrick Children nos presenta a Rachel (Julia Garner), de 15 años, quien pertenece a una ortodoxa comunidad mormona de Utah que la ha mantenido apartada siempre de cualquier contacto maligno con el exterior, una vida fundamentada en el hermetismo religioso. Sin embargo, una noche, la curiosidad (alimentada por una enigmática historia que su madre suele contarle antes de dormir a ella y sus hermanos) la lleva al éxtasis cuando descubre y escucha una vieja canción de rock and roll en una olvidada cinta de cassette. Sin noticias de la menstruación a los tres meses, Rachel intenta convencer a su familia de que la voz del desconocido cantante la dejó embarazada. Ella lo achaca al milagro de la Inmaculada Concepción, pero su familia, avergonzada, le niega este hecho milagroso y le concierta un matrimonio. Pero ella se escapa en busca de respuestas, en un viaje iniciático para comprender el milagro de la concepción y para descubrir sus verdaderas raíces familiares mientras experimenta su primer amor. 

La expresiva cámara de Thomas logra imbuir de una rara magia a la búsqueda de la protagonista, a medio camino entre una fábula orgullosamente naif y el naturalismo costumbrista. Una apuesta difícil, si bien cabe reconocer el arrojo de la directora al atreverse con un tema así, al realizar un demoledor retrato del auge del fundamentalismo cristiano en Estados Unidos: instituciones moralmente restrictivas, pero regidas por un escepticismo ante lo milagroso que revela pronto que no es oro todo lo que reluce, mientras que personajes tan poco religiosos como la pandilla de skaters y, en concreto, el aspirante a novio, Clyde (Rory Culkin), será quien paradójicamente termine por defender la inmaculada concepción de Rachel, movido por el amor. 

Uno de los éxitos de la película es la elección de Julia Garner como actriz principal, pues ella ya había adquirido caché en el mercado indie cinematográfico gracias a su participación en algunos títulos referentes del género como Martha Marcy May Marlene (Sean Durkin, 2011) o Las ventajas de ser un marginado (Stephen Schbosky, 2012). Aquí consigue, con su personaje de Rachel, un equilibrio casi imposible entre lo adorable y lo perturbador, con una imagen entre una modelo de Boticelli y una madonna de Rafael. Y lo hace en esta película que, para algún crítico, bien podría definirse como un cruce antinatura entre Yo te saludo, María (Jean Luc Godard, 1984) y la propia Martha Marcy May Marlene

La proximidad del estreno en España de tres películas como son la estadounidense Orígenes (Mike Cahill, 2014), la alemana Camino de la cruz (Dietrich Brüggemann, 2014), también interpretada por una adolescente sometida a los dictámenes del catolicismo, y nuestra Electrick Children viene a hablarnos de cómo, en medio de una crisis que es mucho más que una crisis económica, el escepticismo materialista predominante empieza a resquebrajarse para dejar paso a productos culturales que, con mayor o menor fortuna, proponen una revisión de los valores espirituales. No debería extrañarnos, por otra parte, que el interés por lo religioso resurja en tiempos de carencias e incertidumbres. Siempre es así… 

Quizá esta película, con el embarazo como metáfora de libertad y misticismo, sirva para reflexionar que vale la pena no esperar a tiempos de crisis para pensar que hay algo más allá de nuestras narices. Y no lo digo yo, también lo dice León Tolstói, y lo hizo mucho antes que su guerra y su paz: “No se vive sin la fe. La fe es el conocimiento del significado de la vida humana. La fe es la fuerza de la vida. Si el hombre vive es porque cree en algo”.

 

sábado, 19 de abril de 2014

Cine y Pediatría (223). La infancia programada de “El último bailarín de Mao”


Las películas basadas en hechos reales (biopics) tienen un valor añadido, especialmente si son historias de superación personal. Este es el caso de El último bailarín de Mao (2009), la historia de un famoso bailarín chino (que llegó a ser uno de los mejores bailarines de danza clásica del mundo), Li Cunxin, adaptada de su libro autobiográfico “Mao’s last dancer”. La película adquiere el mismo nombre que el libro y contó para ello con la dirección de Bruce Beresford (especialmente reconocido por su oscarizada Paseando a Miss Daisy) y el experimentado guionista Jan Sardi (a quien debemos el guión de Shine: El resplandor de un genio o El diario de Noa). 

La visión de un chino y la revisión de dos australianos nos dejan una película con críticas para todos los gustos, pero en la que destacamos dos partes bien definidas: la primera parte nos remite a continuos flashbacks a la infancia de Cunxin y la segunda más centrada en la denuncia política y reflexión personal. 

El último bailarín de Mao cuenta cómo, en plena Revolución Cultural China, Cunxin fue uno de los 40 niños elegidos por el Estado para ser convertido en bailarín. Y es así como tuvo que abandonar a los 11 años de edad a su familia, campesinos que vivían en una aldea, y trasladarse a estudiar a la Academia Oficial de Danza de Pekín. Corría el año 1972 y se vivía la última etapa de la época de Mao Tse Tung en China. Los inicios en la escuela fueron duros, pues fue catalogado de debilucho (“Llorar es señal de debilidad” le dice un guardián) y vive en primera línea cómo el arte es sometido a los principios del partido único, por lo que se depura a toda persona que no esté de acuerdo con el régimen comunista (incluido a su maestro de baile). Una infancia programada en pos del éxito, donde el estado somete al individuo y a su familia, sin respeto a ninguno de los principios fundamentales de la ética. 
Posteriormente, en el año 1981, Cunxin (Chi Cao en el papel de adulto, un bailarín reconocido y elegido por el propio Cunxin) es descubierto por una comisión americana que le proporciona una estancia becada de tres meses en el Ballet de Houston para su formación a las órdenes del famoso coreógrafo de ballet, Bob Stevenson (Bruce Greenwood). El amor y su arte harán que desee quedarse para siempre en ese país, pero para ello tendrá que sufrir grandes contrariedades (aclamado al principio como un héroe de la China comunista, acabó siendo acusado de traición) y temer por su familia que permanece en China. Cunxin al fin triunfa como bailarín, con el siempre vivo dilema entre Oriente y Occidente, y, con el cambio de régimen chino, incluso puede recuperar a sus padres. 

Arte, danza, libertad, el precio del éxito y el valor del triunfo personal son las claves de esta película que dibuja la Revolución Cultural china y la injerencia maoísta en el ámbito familiar. Una película que se manifiesta como una mezcla de otras películas con estos valores como protagonistas, como es el caso de Noches de sol (Taylor Hackford, 1984), Together (Chen Kaige, 2002) o Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000). En esta enésima historia intercultural de superación, destacamos dos aspectos fundamentales, esencia de los valores El último bailarín de Mao: las escenas de la infancia y las escenas del baile. Ambas se conjugan en las palabras del protagonista real, el propio Li Cunxin: “El entrenamiento era cruel y muy difícil, pero era fantástico. Al principio lo odiaba, pero luego fui consciente de que no habría alcanzado un nivel tan alto si no fuera bajo esas condiciones”, reflexiona el bailarín, que ahora vive en Australia con su mujer y sus dos hijas. 

La película, que es crítica con la irracionalidad del comunismo maoísta, presenta también una cierta crítica moral a los defectos del capitalismo (“Mi padre gana 50 dólares al año. Y tú te has gastado 500 dólares en ropa para mí en un día”, le dice Cunxin a Bob Stevenson). Pero lo que el film pone por encima de la bipolaridad comunismo-capitalismo es el arte como lenguaje universal, la belleza como territorio común y la infancia y familia como tesoro a respetar. 

Y la historia se repite, en otros países y en otras disciplinas. Y la pregunta subyace: ¿se puede sacrificar la infancia y la familia en busca del éxito –un éxito que se alcanza pocas veces- a tan temprana edad de un niño o niña? Y hablamos de deportistas de alto rendimiento, de estrellas efímeras de la televisión o del cine, de niños prodigio de la música o del ajedrez, etc. Porque cuando la competitividad se traslada al mundo infantil se atraviesa una difícil barrera que puede conllevar mucha infelicidad. Y, si esa competitividad concurre en niños con especial talento, superdotado o niño prodigio, acaba convirtiéndose en un verdadero dilema para la familia, incluso un problema ético. 

Y como ya reflexionamos al hablar de Pequeña Miss Shunsine (Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2006), programar la infancia en busca del éxito puede darnos algún niño estrella, pero muchos niños estrellados. Y nadie tiene derecho a programar la vida de un niño…, y mucho menos si esa programación viene determinada por los gobiernos o estados.

 

viernes, 4 de diciembre de 2009

Manifiesto por los derechos fundamentales en Internet


Ante la inclusión en el Anteproyecto de Ley de Economía sostenible de modificaciones legislativas que afectan al libre ejercicio de las libertades de expresión, información y el derecho de acceso a la cultura a través de Internet, los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de internet manifestamos nuestra firme oposición al proyecto, y declaramos que:
  1. Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva y a la libertad de expresión.
  2. La suspensión de derechos fundamentales es y debe seguir siendo competencia exclusiva del poder judicial. Ni un cierre sin sentencia. Este anteproyecto, en contra de lo establecido en el artículo 20.5 de la Constitución, pone en manos de un órgano no judicial -un organismo dependiente del ministerio de Cultura-, la potestad de impedir a los ciudadanos españoles el acceso a cualquier página web.
  3. La nueva legislación creará inseguridad jurídica en todo el sector tecnológico español, perjudicando uno de los pocos campos de desarrollo y futuro de nuestra economía, entorpeciendo la creación de empresas, introduciendo trabas a la libre competencia y ralentizando su proyección internacional.
  4. La nueva legislación propuesta amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural. Con Internet y los sucesivos avances tecnológicos se ha democratizado extraordinariamente la creación y emisión de contenidos de todo tipo, que ya no provienen prevalentemente de las industrias culturales tradicionales, sino de multitud de fuentes diferentes.
  5. Los autores, como todos los trabajadores, tienen derecho a vivir de su trabajo con nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades asociadas a sus creaciones. Intentar sostener con cambios legislativos a una industria obsoleta que no sabe adaptarse a este nuevo entorno no es ni justo ni realista. Si su modelo de negocio se basaba en el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo.
  6. Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir.
  7. Internet debe funcionar de forma libre y sin interferencias políticas auspiciadas por sectores que pretenden perpetuar obsoletos modelos de negocio e imposibilitar que el saber humano siga siendo libre.
  8. Exigimos que el Gobierno garantice por ley la neutralidad de la Red, en España ante cualquier presión que pueda producirse, como marco para el desarrollo de una economía sostenible y realista de cara al futuro.
Proponemos una verdadera reforma del derecho de propiedad intelectual orientada a su fin: devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras.

En democracia las leyes y sus modificaciones deben aprobarse tras el oportuno debate público y habiendo consultado previamente a todas las partes implicadas.No es de recibo que se realicen cambios legislativos que afectan a derechos fundamentales en una ley no orgánica y que versa sobre otra materia.

 
Este manifiesto, elaborado de forma conjunta por varios autores, es de todos y de ninguno. Se ha publicado en multitud de sitios web. Si estás de acuerdo y quieres sumarte a él, difúndelo por Internet.